[*Otros}– Palmeros en América / David W. Fernández: José Pinto de Guisla y Van de Walle (2/2)

Gaspar José Pinto de Guisla y Van de Walle
(1701-17¿?)

Tanto Urrelo como los sanfelipeños se preparan para la lucha. Zuloaga ordena a Urrelo que reúna toda la tropa necesaria para rendir y poner en sujeción a San Pelipe, pero dos días después, al saber que los sanfelipeños recibían refuerzos de los holandeses e ingleses, y pensando que peligraba toda la Provincia, da una contraorden y opta por pactar. El doctor Bernardo Raimundo Dacosta Romero hará de mediador entre ambas partes. Los sanfelipeños envían un propio a Bogotá para lograr que el Virrey conozca la causa y los arrebatos de Zuloaga, pero el Virrey aprueba lo dispuesto por éste. Sin embargo, Zuloaga no cree conveniente renovar el nombramiento de Basasábal.

Por fin Urrelo entra en San Felipe. Ante él desfilan los declarantes de la ciudad. Viñas, Moneda y Arias son encerrados en Puerto Cabello. Otros son expulsados. Los cabildantes continúa díscolos, pero ahora la mayoría apoya a Urrelo, quien embarga las haciendas a los cabildantes. Se considera a Viñas el cabecilla del motín. Pasa el tiempo y, por fin, llega a España el sumario. El Consejo de Indias está en sesión plenaria. Los miembros del Real y Supremo Consejo emiten opiniones diversas. El Marqués de la Regalía —coterráneo de Pinto, que había sido Gobernador y Teniente de Capitán General de Venezuela, y quien, años antes, en informe al Rey, reconoce la necesidad de alguna tolerancia en el comercio libre si se quiere que el pueblo viva en una provincia tan pobre como Venezuela— pide que se siga la causa contra Basasábal. Otros opinan de igual modo. Por acuerdo final, San Felipe queda con su título de Ciuad, que estuvo a punto de perder, y los rebeldes van, unos a Caracas y otros al destierro perpetuo. Los más sufren la confiscación de sus bienes. Ninguno es condenado a muerte.

Si entre las sublevaciones de tipo económico que se realizan en Venezuela contra la Guipuzcoana, el levantamiento de Juan Francisco de León es el de mayor envergadura, y la rebelión de Andresote, en 1732, fue la primera entre las de alguna importancia, el motín de San Felipe es el mejor organizado y el único que logró su cometido: que el vasco Basasábal no fuera Teniente Justicia Mayor de San Felipe. Pues Andresote no alcanzó su propósito de algunas libertades de comercio en los valles de Yaracuy. Ni tampoco Juan Francisco de León consiguió el suyo: la expulsión de los vascos. Sin embargo, San Felipe, por voluntad de su pueblo, todavía en la primera mitad del siglo XVIII, en una época en que el poderío de los monarcas era absoluto, obtiene, por medio de todo un levantamiento contra los que en Venezuela representan al Rey, que sea anulado el nombramiento de uno de estos representantes reales.

Los promotores del motín de San Felipe fueron, como en el drama de Lope de Vega, “Todos a una»; sin embargo, no fue movimiento acéfalo, sino que estuvo dirigido por el grupo de los que componían el Cabildo. Entre éstos se ha señalado a Viñas como el principal ejecutor, pero, a pesar de ello, parece ser que Pinto, Alcalde Ordinario y familiar de casi todos los cabildantes, fue el que actuó como dirigente de estos hechos en los primeros momentos; así se desprende no sólo de una de las órdenes de expulsión dadas por Zuloaga el 16 de enero de 1741 —en la cual aparece Pinto citado de modo particular, y encabezando la lista de los condenados al ostracismo— sino también de la mención que hace de Pinto en sus declaraciones Francisco Venancio García, pardo libre, uno de los hombres que iba en compañía del Alcalde de la Santa Hermandad en la comisión que se entrevistó con Urrelo. Sería presumible que luego, en luna de miel, las delicias de himeneo hicieron que no fuera Pinto sino Viñas el que llevara la voz cantante que se oyese en el San Felipe revolucionado.

Pinto tuvo dos hijos, los cuales nacieron en Venezuela:

A.= Antonio Ignacio Pinto de Guisla y Matos (1743-1824), sucesor de la casa y mayorazgo de Guisla y Pinto —fundado por don Diego de Guisla y Corona, y su mujer doña María Pinto de Guisla, en 1698, del que se instituyó don Pedro de Guisla y Corona, en 1706—, y de los patronatos fundados respectivamente por don Miguel de Ceballos y Estrada en 14 de mayo de 1695 por ante Pedro Jiménez y el capitán Servan Grave y doña Margarita Portillo, su mujer, en 11 de noviembre de 1648 ante Tomás González de Escobar.

Fue Caballero de la Real y Militar Orden de San Hermenegildo, Coronel de Infantería de los Reales Ejércitos, Gobernador de las Armas en la isla de La Palma, donde murió. Había contraído matrimonio dos veces, pero ninguno de ellos dejó descendencia.

B.= Juan José Pinto de Guisla y Matos (17..-18..), casado en Venezuela con doña Luisa Díaz Payva, natural de Nutrias (Barinas), hija de don Pedro Díaz y de doña Francisca de Payva. Tuvo un hijo llamado

a.= José de Santa Ana Pinto de Guisla y Díaz Payva (17. .-1865), también nacido en Venezuela y bautizado en Santo Domingo de la Cotiza, que era entonces un pueblo de las Misiones Dominicas de Barinas, y hoy es municipio del distrito Rangel en el estado Mérida. Fue el útimo varón de la casa de Guisla de Pinto, y, por ello, último poseedor del mayorazgo y los patronatos de su casa que había heredado de su tío. Fue Capitán de Milicias Provinciales de Canarias.

En Santa Cruz de La Palma se casó con doña María de las Nieves Poggio y AIfaro, nacida el 25 de septiembre de 1797, e hija del teniente coronel don Joaquín Poggio y Alfaro, y de doña María Magdalena de Alfaro y Poggio, nieta por línea paterna del teniente coronel don Félix Poggio Escobar Maldonado y Valcárcel, y de doña Laureana de Alfaro y Poggio, su esposa y prima hermana; y nieta por línea materna de don Francisco Antonio de Alfaro y Poggio y de doña María de las Angustias Poggio y Valcárcel.

Murió en Santa Cruz de La Palma, dejando descendencia que alcanza a nuestros días, como sus nietos, los abogados Pedro Cuevas Pinto de Guisla (1875-1957), orador elocuente y Decano del Colegio de Abogados de la isla de La Palma, donde fue Delegado del Gobierno de S. M. y Presidente del Cabildo Insular; y Ezequiel Cuevas Pinto de Guisla (1880-1936), también notable por su elocuencia oratoria, y Fiscal de la Audiencia Territorial de Barcelona (España).

[*Otros}– Palmeros en América / David W. Fernández: José Pinto de Guisla y Van de Walle (1/2)

Gaspar José Pinto de Guisla y Van de Walle
(1701-17¿?)

Don Caspar José Pinto de Guisla y Van de Walle de Cervellón nació en Santa Cruz de La Palma (Canarias), el 9 de enero de 1701, siendo el segundo hijo de don Antonio Pinto de Guisla y Guisla —Coronel de Milicias del Regimiento Provincial de La Palma, Gobernador de las Amas de la misma isla, Corregidor y Capitán a Guerra de Gran Canaria, y Diputado General del Archipiélago a la Corte de Felipe V en 1718—, y de su legitima esposa y prima doña Inés Isidora Van de Walle de Cervellón y Urtusáustegui.

Es nieto por línea paterna de don Antonio Pinto de Guisla —Sargento Mayor de La Palma, y Alguacil Mayor del Santo Oficio— y de su legítima esposa y prima hermana doña María de Guisla y Corona Palaviccino. Por línea materna es nieto de don Gaspar Van de Walle de Cervellón y Olivares Maldonado Herrera, y de su legítima esposa doña Gabriela de Urtusáustegui y Van de Walle Estupiñán.

Es bautizado a los diez días de nacido en la parroquia matriz de El Salvador de Santa Cruz de La Palma, por don Pedro de Guisla Corona, Consultor y Comisionado del Vicario, y Visitador de la isla de La Palma; de licencia del Beneficiado de la Parroquia don Carlos Domingo Montañés. Fue su padrino don Luis Van de Walle y Rodríguez CarvelIón.

En la isla de La Palma pasó los primeros años de su vida, y desde allí se trasladó América.

En 1740 lo hallamos de Alcalde Ordinario Capitular de la Ciudad de San Felipe el Fuerte, actual Capital del Estado Yaracuy (Venezuela). En 1741 sabemos que tenía tienda de mercaderías en una de las esquinas de aquella población a la que dio nombre (Esquina de don Caspar Pinto).

En San Felipe se casó el 4 de diciembre de 1740 con doña María de la Candelaria de Matos y Arias de Escobar, hija de don Bernardo de Matos Machado y Montañés, y de su legítima mujer doña María Pascuala Arias de Escobar y Ruiz-Falero.

Era don Bernardo un venerable sesentón natural de Tenerife (Canarias), y descendiente de los nobles conquistadores y pobladores de aquella isla: Matos, Montañeses y Machados; había sido Regidor Perpetuo de la Ciudad de Cartagena de Indias, y ahora era Regidor Decano del Cabildo de San Felipe.

Don Bernardo de Matos Machado y Montañés se contó entre los canarios simpatizantes del movimiento pro archiduque, que se formó en Venezuela con motivo de la presencia, en el país, del embajador del archiduque Carlos de Austria, que lo era don Bartolomé de Capocelato, Conde de Anteria, y arribó a Venezuela en el otoño de 1702.

Don Bernardo era teniente de Ocumare de la Costa (Estado Aragua), y permitió el desembarco de los holandeses y fue por ello condenado a la pena capital, pero ello no se cumplió porque pudo huir.

Pero no adelantemos los acontecimientos: A la muerte del Teniente Justicia Mayor de San Felipe, el Capitán General de la Provincia de Venezuela, don Gabriel de Zuloaga, nombra para cubrir la vacante a don Ignacio de Basasábal. No conviene a los sanfelipeños este defensor del monopolio de la Real Compañía Guipuzcoana de Caracas, que viene a entorpecer el tráfico contrabandista que ellos realizan con el extranjero, y que tan común era en aquel lugar que hasta las más altas autoridades estaban metidas en él. Entonces acuerdan alegar que este nombramiento es del Virrey, añadiendo que Basasábal es un hombre ebrio e incompetente.

El Cabildo de San Felipe se reúne el 1° de diciembre de 1740. Forman este Cabildo, además de Pinto y de su futuro suegro —el también Alcalde Ordinario, don Pablo Arias de Escobar, tío de la que pocos días después va a ser la señora de Pinto—, don Juan Prudencio Gutiérrez de la Flor, Alcalde de la Santa Hermandad, y el Escribano Público don Francisco de Viñas, ambos también parientes de la futura esposa de Pinto; don Santiago Moneda, Alcalde Ordinario; don Francisco Leal, Procurador General; y los regidores don Esteban Ramos Morado, y don Juan Bautista Windivoghel. igualmente asisten a Cabildo don Sebastián de Olasiregui, Factor de la Guipuzcoana; y el clero y los frailes regentes de la Misión de San Francisco Javier.

Se abre la sesión, Todos los cabildantes se muestran hostiles al nuevo Teniente Justicia Mayor. Sólo el Factor de la Guipuzcoana —vasco como él y como Zuloaga, y defensor de unos mismos intereses— se le manifiestan como amigos. Cada capitular expone su criterio. Pinto se expresa así: “Es sabido que la cabeza de todo gobierno de la Provincia se halla en la persona del señor Virrey, Teniente General don Sebastián de Eslava, Caballero de la Orden de Santiago, y que el Gobemador Zuloaga juró obedecer la Real Cédula que así declaraba al Virrey cabeza de gobiemo, y puso auto diciendo que la guardaría y cumpliría, mandándola a publicar, por tanto, a usanza militar, en todas las ciudades y villas, aunque aquí, en San Felipe, no se publicó por haberse perdido los papeles».

Por fin, en aquella sesión memorable, el Cabildo da a Basasábal su empleo, pero sólo interinamente y después de haberle exigido fianza. Más tarde, el nuevo Teniente Justicia Mayor va a tomar represalia, no sólo impidiendo a todo trance el comercio ilícito y el contrabando del cacao, sino también cometiendo arbitrariedades y atropellos. Hace que el Procurador General, don Francisco Leal, sea sustituido por don Manuel Fernández Bello. Otros varios incidentes fueron indisponiendo aún más al ya encolerizado Basasábal con el Común de San Felipe y su Cabildo.

Por último, Cabildo y Común traman una conjura que ha de llevarse a efecto el 4 de enero de 1741. Los conjurados, de acuerdo con el Cabildo, prenden a los cabildantes y los obligan a pedir a Basasábal que renuncie y abandone la ciudad, por lo que éste se ve obligado a refugiarse en la Misión de San Francisco Javier.

Zuloaga, al enterarse del tumulto, envía, con gente armada, al Teniente de Gobernador y Auditor de la Gente de Guerra, Licenciado don Domingo López de Urrelo, como Juez Comisionado para conseguir información del tumulto. Asimismo, por orden dictada por el dicho Zuloaga el 16 de enero de 1741, es expulsado Pinto de la ciudad y destinado a Nirgua. Con igual fecha son también deportados a distintos lugares la mayoría de los que componen el Cabildo. Los sanfelipeños, al saber que estaba en camino Urrelo, hacen adelantar una comisión —formada por los hermanos Gutiérrez de la Flor, Domingo de Ribero, un negro y un mulato— con orden de hacer saber al dicho Urrelo que solamente debe entrar en la Ciudad con el escribano y demás comitiva de sus criados a quienes pueden acompañar sólo doce hombres de su guardia.

Urrelo aprende a los comisionados y acampa en Tamanabare, a unos once kilómetros al sur de San Felipe, en donde tiene noticia de que la ciudad se ha levantado al enterarse de la prisión de los comisionados, y, no teniendo confianza en su gente, establece cuartel en Guama y pide refuerzos y órdenes al Gobemador. Luego, por gestión del Cabildo de San Felipe, quedan en libertad los apresados.

[*Opino}– Otro hipérbaton de don Amando: «Afortunado de una manera casual»

Escrito por don Amando de Miguel, columna Lengua Viva, en Libertad Digital (España) del 12/10/07:

“[Serendipidad]. Se refiere a la extraña facultad de descubrir algo afortunado de una manera casual”.

Tal y como está escrito, el lector puede perfectamente creer, si no quiere adivinar, que ‘de una manera casual’ se refiere a ‘afortunado’, pues ‘afortunado de una manera casual’ es algo que tiene sentido.

Sin embargo, como después de releer uno cae en cuenta de que la intención de don Amando fue que ‘de una manera casual’ se refiriera a ‘descubrir’, lo que debió escribir para evitar este hipérbaton (y conste que fue él quien me dijo que este, para mí error, se llama así) es, p.ej.,

“Se refiere a la extraña facultad de descubrir, de una manera casual, algo afortunado”,

lo cual no deja lugar a dudas.

http://www.libertaddigital.com/opiniones/opinion_39785.html

[*FP}– De Carpádrez: Características subjetivas y coyunturales

1997

Algunas características personales son cualitativamente subjetivas y coyunturales, pues a veces resultan elogiadas por algunas personas, y otras veces condenadas por esas mismas personas o por otras. Así, quienes tienen mala memoria y lo saben suelen negar las aseveraciones para ellos inconvenientes que hagan quienes la tienen reconocidamente buena.

Carlos M. Padrón

[*ElPaso}– “Dándole vueltas al viento” / Poemas de Antonio Pino Pérez: Luz en la sombra

LUZ EN LA SOMBRA

A Manuel R. Quintero, amigo mío.

Aquel rayo de sol desvanecido
que alumbra tus ansias y desvelos,
penetró en los rincones del olvido
para traerte, con su luz, consuelos.

No estaba tan secreto y escondido
el hallazgo del Arte a tus anhelos,
pues pudo al fin el objetivo herido
del gran enigma desgarrar los velos.

Siempre la luz en la lucha con la sombra
te va mostrando con temblor incierto
el oscuro rincón que nadie nombra,

pues tú, que sabes escalar alturas,
sobre la noche que te apaga el puerto
navegas superando las negruras.

1955

[*Otros}– Palmeros en América / David W. Fernández: José Fernández Romero

09/10/2007

José Fernández Romero
(1697-17¿?)

El 15 de marzo de 1697 nació en Santa Cruz de La Palma (Canarias), José Fernández Romero, hijo legítimo de Antonio Fernández Romero y de Teresa de Jesús.

Apenas tenía siete días de edad cuando, en la parroquia matriz de El Salvador de su ciudad natal, el padre José Noguera Barreros, Teniente del Licenciado Antonio de Frías Van de Walle, Beneficiado de dicha Parroquia, derramó sobre su cabeza las aguas bautismales. En esta ceremonia apadrinó al neófito el doctor don Pedro de Guisla. Así consta en la partida bautismal que obra en el folio 105 del libro 8 del registro respectivo.

En sus primeros años es alumno de las escuelas que sostenían en Santa Cruz de La Palma los frailes dominicos y franciscanos, y que para su época llenaban todas las condiciones apetecibles.

En su juventud consiguió buenas colocaciones en la isla de La Palma, como marinero experto y valiente, pero no pudo continuar en el ejercicio de su profesión de piloto por causa de los inconvenientes y trabas que se oponían al comercio marítimo de esta isla, pues estando obligados los buques de la permisión de Indias a ser despachados en Santa Cruz de Tenerife y volver al mismo puerto en su retorno, esta medida había causado la depredación y ruina del comercio en los demás puertos canarios. Así, se vio obligado a emigrar del patrio solar y remontar su vuelo a otras regiones en donde su ruda profesión le fuera más lucrativa.

Después de haber surcado todos los mares occidentales, se avecinó en Buenos Aires donde, habiendo observado el desinterés que mostraban los habitantes de esta ciudad para poblar Montevideo —lo cual por su necesidad preocupaba tanto a la Metrópoli— tuvo la feliz y patriótica iniciativa de exponer al cabildo bonaerense el proyecto de enviar una representación al Rey, manifestándole la facilidad de poblar a Montevideo con familias canarias, a condición de que se permitiera a esas islas el comercio libre con el Río de la Plata.

Aceptada la antedicha proposición, el mismo Fernández Romero pasó luego a la Corte en calidad de diputado del comercio de la ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Santa María de Buenos Aires, y representó ante Felipe V las ventajas que de este comercio se seguirían, haciéndole ver al Rey la obligación en que se hallaba de celar y esforzar los medios más eficaces para el aumento de sus propios haberes y para la conservación de sus provincias, y para ver de que éstas se poblaran de los habitantes de que tanto carecían, especialmente Montevideo.

A tales efectos aconsejaba se permitiese a Canarias un registro anual para que, al mismo tiempo de conducir las familias pobladoras, pudiese transportar la carga de los frutos canarios —como eran el vino, aguardiente, almendras, frutas secas, y tejidos bastos para el abrigo de los indios—, y que fuese con la obligación de tomar en pago y conducir en retomo a Canarias los productos rioplatenses que padecían lo mismo por falta de extracción y consumo.

Esta demanda del comercio de Buenos Aires fue apoyada por el regidor y diputado de la isla de Tenerife en la Corte, don Alonso de Fonseca, quien aún solicitó algunas ampliaciones e insistió en que de ella no podía resultar ningún perjuicio al comercio de la España peninsular por la independencia total que tenían las especies y géneros de que se trataba.

Accediendo a las instancias de Fernández Romero, Felipe V, por real cédula despachada en Sevilla el 30 de octubre de 1729, concedió a Buenos Aires un registro anual de doscientas cincuenta toneladas para comerciar con Canarias, con la obligación de conducir, conforme al Reglamento de 1718, cinco familias canarias por cada cien toneladas, y sumar a ellas quince más destinadas a la nueva población de Montevideo, las cuales eran transportadas por cuenta de la Corona.

Álvarez de Abreu, futuro Marqués de la Regalía —que por estos años figuraban mucho en la Corte de Madrid, y que más tarde sería Decano del Consejo y Cámara de Indias—, auxilió a su coterráneo y amigo, el dicho Fernández Romero, en el logro de su pretensión, si bien más tarde no pudo evitar que se aboliese la dicha gracia.

El efecto de tantas restricciones y la oposición del comercio de Cádiz, impulsaron al Consejo Supremo de Indias a dar un informe desfavorable el 15 de julio de 1730, en cuya virtud, y mediante Real Cédula dada en Sevilla el 23 de enero de 1731, la autorización otorgada en 1729 fue suspendida, con la pérdida de una y otra parte.

Fernández Romero, excelente marinero y gran conocedor de la navegación por el Río de la Plata, a la que se había dedicado principalmente, y considerando la poca práctica de sus paisanos en el dicho río, en la conducción de los bajeles y equipajes, en la naturaleza de aquel comercio, y en el genio de los moradores, se dedicó a escribir una obra, que consagró a las tres islas —Gran Canaria, Tenerife y La Palma—, con este título:

«Instrucción exacta y útil de las derrotas y navegación de ida y vuelta desde la gran bahía de Cádiz hasta la boca del gran río de la Plata. Se hallarán también las derrotas y navegación de dicha boca hasta Montevideo, de Montevideo a Buenos Aires, de Buenos Aires a Montevideo, y de éste a la boca del mencionado río; la descripción de este gran río, costas, islas, bajos fondos, y variedad de corrientes, con las advertencias y precauciones que en sus navegaciones se deben practicar; y asimismo las islas y bajos peligrosos que hay al Norte y Sur de la Equinoccial, latitud y longitud de sus situaciones”.

En Cádiz, por Jerónimo Peralta, 1730.

Este libro, en el que su autor revela la experiencia adquirida en sus muchos años de navegación y su indiscutible capacidad, sirvió de guía no sólo a sus compatriotas, para quienes lo escribió, sino que también se aprovecharon de sus enseñanzas todos los marinos de Europa, ya que dicha obra fue muy consultada en aquella época por quienes se aventuraban por estos mares aún poco transitados, y constituye, por la amplitud de la información que contiene en materia de navegación y por el valor descriptivo de las costas, islas y demás noticias geográficas, el primer manual de navegación del Río de la Plata, y el precursor de los posteriores tratados acerca de dicho tema.

Los estudios anteriores a esta obra no pasan de ser simples derroteros, en los que falta la unidad, el plan de desarrollo, y la intención que animó a la publicación de Fernández Romero. Este libro, es la primera obra impresa que se refiere a Montevideo de modo principal.

Siendo aún de mediana edad, falleció en Buenos Aires, el célebre y afamado tratadista náutico que hizo posible el arribo de las ilustres familias canarias, a las que debe todo su ser la Ciudad de San Felipe y Santiago de Montevideo, que Canarias enviaba con espíritu colonizador y con la esperanza de extender su actividad mercantil.

Por las razones anotadas, algunos historiadores, como el canario Juan B. Lorenzo Rodríguez (1841-1908), han considerado a Fernández Romero fundador de Montevideo.

[*ElPaso}– Manuelita, Laurita y los «emprestigios»

08-10-2007

Carlos M. Padrón

Manuelita era una solterona analfabeta que, a pesar de su extracción social muy humilde y escasos recursos económicos, no dejaba de aparentar, en cuanta ocasión pudiera hacerlo, ser mucho más de lo que era y saber más de lo que sabía. Era muy religiosa, pero, en contraste, su hermana Laurita, también solterona, gozaba de una dudosa reputación en cuanto a su relación con el sexo masculino, además de profesar afición a empinar el codo.

En aquella época de los años 50, en la Iglesia Nueva había todavía reclinatorios privados —los más de los feligreses de relevancia social tenían el suyo— y bancos para quienes no querían o no podían darse ese lujo. Y de relevancia social era también el asistir a misa llevando un misal, y guiarse por él durante el acto.

Manuelita se las arregló para conseguir su propio reclinatorio, del que se sentía muy orgullosa. Como los reclinatorios se deterioraban con el uso, Rogelio, un joven laico a cargo del cuidado del templo, retiraba los que estaban en mal estado y los guardaba en el camerino. Cuando sus propietarias —pues el 99% de los reclinatorios eran de mujeres— no los encontraban en el lugar habitual, lo buscaban en el camerino, lo mandaban a reparar y, ya reparado, lo colocaban de vuelta en su sitio.

Dado el mal estado en que se encontraba el reclinatorio de Manuelita, un día Rogelio lo retiró de su lugar y lo llevó al camerino, pero Manuelita hizo caso omiso y, sin repararlo —tampoco tenía muchos medio económicos para hacerlo— lo rescató del camerino y lo colocó de nuevo en su sitio. Al notar eso Rogelio, lo llevó otra vez al camerino y, cuando Manuelita protestó, él le dijo que o lo reparaba o no podía ponerlo de nuevo en la iglesia.

Para sorpresa de Rogelio, Manuelita —que le había mostrado siempre afecto, lo respetaba mucho y le daba tratamiento de ‘usted’, a pesar de que por edad casi podría ella ser su madre— se le enfrentó realmente iracunda. Como no encontraba modo de calmarla, Rogelio le dijo:

—Manuelita, no se hable más: ¡o arreglas el reclinatorio o te excomulgo!

Sabiendo bien que eso de la excomunión era algo horrible para cualquier católico, Manuelita se paralizó y quedó muda al escuchar esa terrible amenaza que creyó cierta, y, como Rogelio la repitiera para hacerle entender que estaba dispuesto a llevarla a cabo, tomó el reclinatorio y lo mandó a reparar.

Un día Rogelio la encontró en la calle muy alterada, y entre preocupado y curioso le preguntó qué le pasaba. En un estado de gran excitación Manuelita le confesó:

—¡Ay, don Rogelio! Es que acabo de encontrarme con el señor Marquina, que ya sabe usted cómo dicen que es, y el muy sinvergüenza me ofreció un duro si hacía aquello con él. ¿¡Cómo se le ocurre ofrecerle un duro a una mujer de mi religión!? ¿Qué se cree él, que yo soy mi hermana Laurita?

Pero como su “paño de lágrimas” parecía ser Rogelio, un día de la época en que Manuelita trabajaba como doméstica para una señora de nombre doña Carmela, se le presentó a Rogelio en la sacristía, y entre ellos tuvo lugar esta pintoresca conversación:

—Don Rogelio, vengo porque doña Carmela quiere que usted le diga qué hora es.

Rogelio, que enseguida se dio cuenta de que era Manuelita quien quería saber la hora, pero que estaba usando a doña Carmela como pretexto, respondió.

—Dile a doña Carmela que se asome por el balcón de su casa y mire el reloj de la iglesia, y así sabrá la hora.

Manuelita, no dándose por vencida replicó:

—No, don Rogelio, es que doña Carmela quiere saber la hora que marca el reloj de usted.

Rogelio le mostró su reloj de pulsera, diciéndole:

—Ahí está.

No encontrando ya salida y dándose cuenta de que había quedado claro que ella no sabía leer la hora, exclamó, al tiempo que daba vuelta y se marchaba airada:

—Ay, ¡¡¡usted sí es!!!

Un día de diciembre, estando ya la iglesia engalanada para la Navidad, pero cerrada por la hora, se presentaron ante Rogelio, Manueli, Laurita y la madre de ambas. Laurita, que estaba bajo los efectos del alcohol, le pidió a Rogelio que las dejara entrar a la iglesia porque —y esto es lo bueno del caso, por el alto valor estimulante que de seguro tuvo para su madre—, “Mamá no la ha visto en Navidad y ésta es tal vez la última vez que pueda verla”.

Como el ser católico devoto y practicante daba prestigio social, Manuelita asistía a todos los actos religiosos, y en materia de misas iba a la llamada Misa Mayor, que era la principal de las celebradas los domingos, generalmente alrededor de las 12 del mediodía, y a la que asistía, aparte del número más elevado de feligreses —lo cual la hacía visible a mucha gente—, la flor y nata de la sociedad pasense.

Iba, además, con su misal en la mano. Se colocaba en su reclinatorio, y al comenzar la misa abría el misal, como todos los que lo usaban, excepto que, como ella no sabía leer, casi siempre lo abría en la página incorrecta, y, eso sí, pasaba la hoja cuando veía que lo hacía la persona ubicada en el reclinatorio vecino al suyo, persona que, conociendo bien las falencias y pretensiones sociales de Manuelita, tal vez por conmiseración se hacía de la vista gorda y no le decía nada al respecto.

Pero un día, en ese reclinatorio vecino al usado por Manuelita se ubicó otra señora que, si bien sabía quién era Manuelita, no sabía que era analfabeta. Y notando algo raro en el manejo del misal —a pesar de que Manuelita parecía estar leyendo devota y atentamente como todos los que tenían misal, y pasando las hojas en su momento—, se acercó más al libro, miró con más atención y, extrañada, la señora le dijo,

—Pero, Manuelita, ¡tienes el misal al revés!

Y Manuelita, sin inmutarse, le dio vuelta al misal mientras, y a guisa de explicación, con un retintín contestó:

—¡Eso dan los emprestigios! (1)

***

(1) En el viejo léxico de El Paso, ya en el olvido —por eso me he dado a rescatarlo—, el sustantivo ‘emprestigio’ se usaba para un préstamo que, bien por su índole perjudicial o porque se repetía mucho, no era del agrado de quien hablaba.

Lo que Manuelita quiso dar a entender con su espontáneo “¡Eso dan los emprestigios!” fue que el misal estaba al revés porque ella se lo había prestado a muchas personas y, de tanto prestarlo, se había deteriorado hasta ese punto y se lo habían devuelto así.

[*Otros}– Palmeros en América / David W. Fernández: Domingo Vicente de Guisla Boot y Salazar de Frías

Domingo Vicente de Guisla Boot y Salazar de Frías

(1696-1755)

De la relación del “Viaje muy puntual y curioso que hace por tierra don Miguel de Santisteban desde Lima hasta Caracas en 1740 y 1741” se hallan sendas copias manuscritas en la Biblioteca Pública de Nueva York (EEUU) y en la Biblioteca Nacional de París (Francia), y fue editada por la Academia Nacional de la Historia, en Caracas, primero resumida (1965) y luego in extenso (1970).

Acerca de la misma, también Horacio Cárdenas Becerra publicó “Un personaje del siglo XVIII: Don Miguel de Santisteban” (1975). En el relato del viaje se habla de un caballero llamado don Domingo de Guisla que en 1740, por las circunstancias de la guerra entre España e Inglaterra, proyecta en Lima, junto con el referido don Miguel de Santisteban, el viaje que por tierra realizan ambos hasta Caracas, y que es motivo de la mencionada relación.

De Santisteban se han hecho amplias referencias al publicar y estudiar su obra, pero de Guisla, el viajero que acompañó a Santisteban por los caminos de América, no se ha hecho estudio alguno, por lo que, dado el escaso conocimiento que de él se tiene, hemos de mencionarlo aquí de manera especial.

Parten ambos por vías distintas, y el 10 de octubre de 1740 arriba Guisla a Quito después de haber salido de Lima el 6 de junio próximo pasado.

Juntos continúa desde Quito la travesía por Ibarra y Tulcán, y dejando atrás la actual República del Ecuador, penetran en Colombia, pero en Pasto se enferma Guisla de fiebre palúdica, por lo que es necesario demorarse 14 días en la ciudad hasta que una dosis oportuna de quina le devuelve la salud, disipándole el ardor del cuerpo y el agotamiento.

Los maravillosos efectos del remedio observados por Santisteban lo llevarán —12 años más tarde, residenciado en Bogotá, y siendo ya un avezado conocedor de la quina— a intercambiar información sobre los resultados de la acción de la planta con el sabio José Celestino Mutis (1732-1808),

Prosiguen juntos por Popayán y La Plata, pero desde aquí Guisla continúa viaje hacia Caracas mientras que Santisteban toma otra vía que lo lleva al estado Mérida (Bailadores, Estanques, Jají) sonde tiene noticia de que hace un mes había pasado por allí Guisla. En Pueblo Nuevo se encontraron nuevamente y prosiguieron juntos por Tabay y Mucuchíes.

Se internan en el actual estado Trujillo y siguen rumbo al estado Lara por la vía de El Tocuyo, pero deteniéndose en la Hacienda de La Palma, del capitán don Juan Bernabé González Yépez, nieto del castellano don Juan de Yépez, fundador de la estirpe de los Yépez, de larga descendencia en las tierras tocuyanas. El dueño de la hacienda los atiende con esplendidez y les sirve en la mesa vino malvasía de Canarias que deleita especialmente a Guisla quien hacía mucho tiempo que no probaba esta exquisitez de su suelo nativo.

Continúan viaje, y el 22 de septiembre de 1741 Guisla y Santisteban arriban a Caracas. El mismo día visitan al Gobernador don Gabriel de Zuloaga, por boca de quien saben que dentro de un mes partirían de La Guaria para la Metrópoli dos navíos de la Compañía, y en su conserva una fragata de don Jerónimo de Guisla, hermano del referido don Domingo, fragata ésta que volvía a la isla de La palma de donde había venido de registro.

Al partir Santisteban para La Guaira el 20 de abril de 1742, registra en su relación que Guisla quedó en Caracas de donde debió regresar a Lima para morir allí trece años más tarde.

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Domingo Vicente de Guisla Boot y Salazar de Frías había nacido en Santa Cruz de La Palma (Canarias) el 12 de abril de 1696, y fue bautizado dos días después en la parroquia matriz de El Salvador, de su ciudad natal.

Fue su padre don Juan de Guisla Boot Campos y Castilla, quien en América había sido jefe de las Fuerzas de Santa Fe de Bogotá, en la actual República de Colombia. Y fue su madre doña Beatriz Hermenegilda Lorenzo de Monteverde y Salazar de Frías, igualmente de linajuda prosapia.

Don Domino de Guisla había sido capitán de milicias y Alcaide del Castillo de San Miguel en su isla natal de La Palma, y posteriormente incorporado al Ejército de Andalucía. Fue Corregidor y Justicia Mayor de Calca y Lares, en el Perú, en cuyo empleo se desempeño realizando una buena administración.

Contrajo matrimonio en Lima el 8 de diciembre de 1746 con doña Isabel de Larrea y Riaño, nacida el 13 de septiembre de 1718, e hija del capitán don Juan Ignacio de Larrea y Eguía, caballero de Vergara, en Guipúzcoa, y de doña Rosa de Riaño y Acuña Guevara y Ayala, natural de Lima

Fue caballero profeso del Hábito de Calatrava, y testó, ante don Francisco Maléndez, el 14 de agosto de 1755, en Lima, donde falleció el 17 de agosto de 1755.

Don Domingo y doña Isabel fueron padres de:

• Don Juan de Guisla y Larrea, nacido en Lima en 1747

• Doña María de Guisla y Larrea, que falleció soltera en Lima el 14 de abril de 1819.

• Doña María Hermenegilda de Guisla y Larrea, nacida en Lima el 3 de abril de 1751. Se casó en su ciudad natal el 29 de octubre de 1775 con su primo hermano, don Carlos José de Guisla Boot Salazar de Frías y Abreu y Van de Walle.

Don Domingo Vicente de Guisla Boot y Salazar de Frías fue un miembro de la nobleza canaria que se había establecido en América donde desempeñó cargos político-administrativos, fundó hogar en el que nació su hija, la IVª Marquesa de Guisla Guiselin que, no obstante ello, contribuyó durante la Guerra de Independencia de Hispanoamérica a defender la causa patriota.

[*ElPaso}– “Dándole vueltas al viento” / Poemas de Antonio Pino Pérez: Recuerdo mío

RECUERDO MÍO

Tengo un recuerdo escondido
que no lo cambio por nada,
y es de tu risa alocada
aquel encanto perdido.

Aquel perfume de ayeres
que ya no puedo volver,
aquel reír sin querer
que se llevó mis quereres.

Tu dulce inocencia buena
que perfumó mi ternura,
tu risa tan clara y pura
que de luz tuya me llena.

Las palabras de confianza
que en el viento se perdieron,
las inconstancias que fueron
un firme pacto de alianza.

Transparencia de alegría
que en los nublados me asiste.
Juego infantil, que persiste
para jugar todavía.

Travesuras que tenías
y con tu experiencia huyeron.
¡Risas blancas que murieron
y en el recuerdo son mías!