[*FP}– De Carpádrez: Características subjetivas y coyunturales

1997

Algunas características personales son cualitativamente subjetivas y coyunturales, pues a veces resultan elogiadas por algunas personas, y otras veces condenadas por esas mismas personas o por otras. Así, quienes tienen mala memoria y lo saben suelen negar las aseveraciones para ellos inconvenientes que hagan quienes la tienen reconocidamente buena.

Carlos M. Padrón

[*ElPaso}– “Dándole vueltas al viento” / Poemas de Antonio Pino Pérez: Luz en la sombra

LUZ EN LA SOMBRA

A Manuel R. Quintero, amigo mío.

Aquel rayo de sol desvanecido
que alumbra tus ansias y desvelos,
penetró en los rincones del olvido
para traerte, con su luz, consuelos.

No estaba tan secreto y escondido
el hallazgo del Arte a tus anhelos,
pues pudo al fin el objetivo herido
del gran enigma desgarrar los velos.

Siempre la luz en la lucha con la sombra
te va mostrando con temblor incierto
el oscuro rincón que nadie nombra,

pues tú, que sabes escalar alturas,
sobre la noche que te apaga el puerto
navegas superando las negruras.

1955

[*Otros}– Palmeros en América / David W. Fernández: José Fernández Romero

09/10/2007

José Fernández Romero
(1697-17¿?)

El 15 de marzo de 1697 nació en Santa Cruz de La Palma (Canarias), José Fernández Romero, hijo legítimo de Antonio Fernández Romero y de Teresa de Jesús.

Apenas tenía siete días de edad cuando, en la parroquia matriz de El Salvador de su ciudad natal, el padre José Noguera Barreros, Teniente del Licenciado Antonio de Frías Van de Walle, Beneficiado de dicha Parroquia, derramó sobre su cabeza las aguas bautismales. En esta ceremonia apadrinó al neófito el doctor don Pedro de Guisla. Así consta en la partida bautismal que obra en el folio 105 del libro 8 del registro respectivo.

En sus primeros años es alumno de las escuelas que sostenían en Santa Cruz de La Palma los frailes dominicos y franciscanos, y que para su época llenaban todas las condiciones apetecibles.

En su juventud consiguió buenas colocaciones en la isla de La Palma, como marinero experto y valiente, pero no pudo continuar en el ejercicio de su profesión de piloto por causa de los inconvenientes y trabas que se oponían al comercio marítimo de esta isla, pues estando obligados los buques de la permisión de Indias a ser despachados en Santa Cruz de Tenerife y volver al mismo puerto en su retorno, esta medida había causado la depredación y ruina del comercio en los demás puertos canarios. Así, se vio obligado a emigrar del patrio solar y remontar su vuelo a otras regiones en donde su ruda profesión le fuera más lucrativa.

Después de haber surcado todos los mares occidentales, se avecinó en Buenos Aires donde, habiendo observado el desinterés que mostraban los habitantes de esta ciudad para poblar Montevideo —lo cual por su necesidad preocupaba tanto a la Metrópoli— tuvo la feliz y patriótica iniciativa de exponer al cabildo bonaerense el proyecto de enviar una representación al Rey, manifestándole la facilidad de poblar a Montevideo con familias canarias, a condición de que se permitiera a esas islas el comercio libre con el Río de la Plata.

Aceptada la antedicha proposición, el mismo Fernández Romero pasó luego a la Corte en calidad de diputado del comercio de la ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Santa María de Buenos Aires, y representó ante Felipe V las ventajas que de este comercio se seguirían, haciéndole ver al Rey la obligación en que se hallaba de celar y esforzar los medios más eficaces para el aumento de sus propios haberes y para la conservación de sus provincias, y para ver de que éstas se poblaran de los habitantes de que tanto carecían, especialmente Montevideo.

A tales efectos aconsejaba se permitiese a Canarias un registro anual para que, al mismo tiempo de conducir las familias pobladoras, pudiese transportar la carga de los frutos canarios —como eran el vino, aguardiente, almendras, frutas secas, y tejidos bastos para el abrigo de los indios—, y que fuese con la obligación de tomar en pago y conducir en retomo a Canarias los productos rioplatenses que padecían lo mismo por falta de extracción y consumo.

Esta demanda del comercio de Buenos Aires fue apoyada por el regidor y diputado de la isla de Tenerife en la Corte, don Alonso de Fonseca, quien aún solicitó algunas ampliaciones e insistió en que de ella no podía resultar ningún perjuicio al comercio de la España peninsular por la independencia total que tenían las especies y géneros de que se trataba.

Accediendo a las instancias de Fernández Romero, Felipe V, por real cédula despachada en Sevilla el 30 de octubre de 1729, concedió a Buenos Aires un registro anual de doscientas cincuenta toneladas para comerciar con Canarias, con la obligación de conducir, conforme al Reglamento de 1718, cinco familias canarias por cada cien toneladas, y sumar a ellas quince más destinadas a la nueva población de Montevideo, las cuales eran transportadas por cuenta de la Corona.

Álvarez de Abreu, futuro Marqués de la Regalía —que por estos años figuraban mucho en la Corte de Madrid, y que más tarde sería Decano del Consejo y Cámara de Indias—, auxilió a su coterráneo y amigo, el dicho Fernández Romero, en el logro de su pretensión, si bien más tarde no pudo evitar que se aboliese la dicha gracia.

El efecto de tantas restricciones y la oposición del comercio de Cádiz, impulsaron al Consejo Supremo de Indias a dar un informe desfavorable el 15 de julio de 1730, en cuya virtud, y mediante Real Cédula dada en Sevilla el 23 de enero de 1731, la autorización otorgada en 1729 fue suspendida, con la pérdida de una y otra parte.

Fernández Romero, excelente marinero y gran conocedor de la navegación por el Río de la Plata, a la que se había dedicado principalmente, y considerando la poca práctica de sus paisanos en el dicho río, en la conducción de los bajeles y equipajes, en la naturaleza de aquel comercio, y en el genio de los moradores, se dedicó a escribir una obra, que consagró a las tres islas —Gran Canaria, Tenerife y La Palma—, con este título:

«Instrucción exacta y útil de las derrotas y navegación de ida y vuelta desde la gran bahía de Cádiz hasta la boca del gran río de la Plata. Se hallarán también las derrotas y navegación de dicha boca hasta Montevideo, de Montevideo a Buenos Aires, de Buenos Aires a Montevideo, y de éste a la boca del mencionado río; la descripción de este gran río, costas, islas, bajos fondos, y variedad de corrientes, con las advertencias y precauciones que en sus navegaciones se deben practicar; y asimismo las islas y bajos peligrosos que hay al Norte y Sur de la Equinoccial, latitud y longitud de sus situaciones”.

En Cádiz, por Jerónimo Peralta, 1730.

Este libro, en el que su autor revela la experiencia adquirida en sus muchos años de navegación y su indiscutible capacidad, sirvió de guía no sólo a sus compatriotas, para quienes lo escribió, sino que también se aprovecharon de sus enseñanzas todos los marinos de Europa, ya que dicha obra fue muy consultada en aquella época por quienes se aventuraban por estos mares aún poco transitados, y constituye, por la amplitud de la información que contiene en materia de navegación y por el valor descriptivo de las costas, islas y demás noticias geográficas, el primer manual de navegación del Río de la Plata, y el precursor de los posteriores tratados acerca de dicho tema.

Los estudios anteriores a esta obra no pasan de ser simples derroteros, en los que falta la unidad, el plan de desarrollo, y la intención que animó a la publicación de Fernández Romero. Este libro, es la primera obra impresa que se refiere a Montevideo de modo principal.

Siendo aún de mediana edad, falleció en Buenos Aires, el célebre y afamado tratadista náutico que hizo posible el arribo de las ilustres familias canarias, a las que debe todo su ser la Ciudad de San Felipe y Santiago de Montevideo, que Canarias enviaba con espíritu colonizador y con la esperanza de extender su actividad mercantil.

Por las razones anotadas, algunos historiadores, como el canario Juan B. Lorenzo Rodríguez (1841-1908), han considerado a Fernández Romero fundador de Montevideo.

[*ElPaso}– Manuelita, Laurita y los «emprestigios»

08-10-2007

Carlos M. Padrón

Manuelita era una solterona analfabeta que, a pesar de su extracción social muy humilde y escasos recursos económicos, no dejaba de aparentar, en cuanta ocasión pudiera hacerlo, ser mucho más de lo que era y saber más de lo que sabía. Era muy religiosa, pero, en contraste, su hermana Laurita, también solterona, gozaba de una dudosa reputación en cuanto a su relación con el sexo masculino, además de profesar afición a empinar el codo.

En aquella época de los años 50, en la Iglesia Nueva había todavía reclinatorios privados —los más de los feligreses de relevancia social tenían el suyo— y bancos para quienes no querían o no podían darse ese lujo. Y de relevancia social era también el asistir a misa llevando un misal, y guiarse por él durante el acto.

Manuelita se las arregló para conseguir su propio reclinatorio, del que se sentía muy orgullosa. Como los reclinatorios se deterioraban con el uso, Rogelio, un joven laico a cargo del cuidado del templo, retiraba los que estaban en mal estado y los guardaba en el camerino. Cuando sus propietarias —pues el 99% de los reclinatorios eran de mujeres— no los encontraban en el lugar habitual, lo buscaban en el camerino, lo mandaban a reparar y, ya reparado, lo colocaban de vuelta en su sitio.

Dado el mal estado en que se encontraba el reclinatorio de Manuelita, un día Rogelio lo retiró de su lugar y lo llevó al camerino, pero Manuelita hizo caso omiso y, sin repararlo —tampoco tenía muchos medio económicos para hacerlo— lo rescató del camerino y lo colocó de nuevo en su sitio. Al notar eso Rogelio, lo llevó otra vez al camerino y, cuando Manuelita protestó, él le dijo que o lo reparaba o no podía ponerlo de nuevo en la iglesia.

Para sorpresa de Rogelio, Manuelita —que le había mostrado siempre afecto, lo respetaba mucho y le daba tratamiento de ‘usted’, a pesar de que por edad casi podría ella ser su madre— se le enfrentó realmente iracunda. Como no encontraba modo de calmarla, Rogelio le dijo:

—Manuelita, no se hable más: ¡o arreglas el reclinatorio o te excomulgo!

Sabiendo bien que eso de la excomunión era algo horrible para cualquier católico, Manuelita se paralizó y quedó muda al escuchar esa terrible amenaza que creyó cierta, y, como Rogelio la repitiera para hacerle entender que estaba dispuesto a llevarla a cabo, tomó el reclinatorio y lo mandó a reparar.

Un día Rogelio la encontró en la calle muy alterada, y entre preocupado y curioso le preguntó qué le pasaba. En un estado de gran excitación Manuelita le confesó:

—¡Ay, don Rogelio! Es que acabo de encontrarme con el señor Marquina, que ya sabe usted cómo dicen que es, y el muy sinvergüenza me ofreció un duro si hacía aquello con él. ¿¡Cómo se le ocurre ofrecerle un duro a una mujer de mi religión!? ¿Qué se cree él, que yo soy mi hermana Laurita?

Pero como su “paño de lágrimas” parecía ser Rogelio, un día de la época en que Manuelita trabajaba como doméstica para una señora de nombre doña Carmela, se le presentó a Rogelio en la sacristía, y entre ellos tuvo lugar esta pintoresca conversación:

—Don Rogelio, vengo porque doña Carmela quiere que usted le diga qué hora es.

Rogelio, que enseguida se dio cuenta de que era Manuelita quien quería saber la hora, pero que estaba usando a doña Carmela como pretexto, respondió.

—Dile a doña Carmela que se asome por el balcón de su casa y mire el reloj de la iglesia, y así sabrá la hora.

Manuelita, no dándose por vencida replicó:

—No, don Rogelio, es que doña Carmela quiere saber la hora que marca el reloj de usted.

Rogelio le mostró su reloj de pulsera, diciéndole:

—Ahí está.

No encontrando ya salida y dándose cuenta de que había quedado claro que ella no sabía leer la hora, exclamó, al tiempo que daba vuelta y se marchaba airada:

—Ay, ¡¡¡usted sí es!!!

Un día de diciembre, estando ya la iglesia engalanada para la Navidad, pero cerrada por la hora, se presentaron ante Rogelio, Manueli, Laurita y la madre de ambas. Laurita, que estaba bajo los efectos del alcohol, le pidió a Rogelio que las dejara entrar a la iglesia porque —y esto es lo bueno del caso, por el alto valor estimulante que de seguro tuvo para su madre—, “Mamá no la ha visto en Navidad y ésta es tal vez la última vez que pueda verla”.

Como el ser católico devoto y practicante daba prestigio social, Manuelita asistía a todos los actos religiosos, y en materia de misas iba a la llamada Misa Mayor, que era la principal de las celebradas los domingos, generalmente alrededor de las 12 del mediodía, y a la que asistía, aparte del número más elevado de feligreses —lo cual la hacía visible a mucha gente—, la flor y nata de la sociedad pasense.

Iba, además, con su misal en la mano. Se colocaba en su reclinatorio, y al comenzar la misa abría el misal, como todos los que lo usaban, excepto que, como ella no sabía leer, casi siempre lo abría en la página incorrecta, y, eso sí, pasaba la hoja cuando veía que lo hacía la persona ubicada en el reclinatorio vecino al suyo, persona que, conociendo bien las falencias y pretensiones sociales de Manuelita, tal vez por conmiseración se hacía de la vista gorda y no le decía nada al respecto.

Pero un día, en ese reclinatorio vecino al usado por Manuelita se ubicó otra señora que, si bien sabía quién era Manuelita, no sabía que era analfabeta. Y notando algo raro en el manejo del misal —a pesar de que Manuelita parecía estar leyendo devota y atentamente como todos los que tenían misal, y pasando las hojas en su momento—, se acercó más al libro, miró con más atención y, extrañada, la señora le dijo,

—Pero, Manuelita, ¡tienes el misal al revés!

Y Manuelita, sin inmutarse, le dio vuelta al misal mientras, y a guisa de explicación, con un retintín contestó:

—¡Eso dan los emprestigios! (1)

***

(1) En el viejo léxico de El Paso, ya en el olvido —por eso me he dado a rescatarlo—, el sustantivo ‘emprestigio’ se usaba para un préstamo que, bien por su índole perjudicial o porque se repetía mucho, no era del agrado de quien hablaba.

Lo que Manuelita quiso dar a entender con su espontáneo “¡Eso dan los emprestigios!” fue que el misal estaba al revés porque ella se lo había prestado a muchas personas y, de tanto prestarlo, se había deteriorado hasta ese punto y se lo habían devuelto así.

[*Otros}– Palmeros en América / David W. Fernández: Domingo Vicente de Guisla Boot y Salazar de Frías

Domingo Vicente de Guisla Boot y Salazar de Frías

(1696-1755)

De la relación del “Viaje muy puntual y curioso que hace por tierra don Miguel de Santisteban desde Lima hasta Caracas en 1740 y 1741” se hallan sendas copias manuscritas en la Biblioteca Pública de Nueva York (EEUU) y en la Biblioteca Nacional de París (Francia), y fue editada por la Academia Nacional de la Historia, en Caracas, primero resumida (1965) y luego in extenso (1970).

Acerca de la misma, también Horacio Cárdenas Becerra publicó “Un personaje del siglo XVIII: Don Miguel de Santisteban” (1975). En el relato del viaje se habla de un caballero llamado don Domingo de Guisla que en 1740, por las circunstancias de la guerra entre España e Inglaterra, proyecta en Lima, junto con el referido don Miguel de Santisteban, el viaje que por tierra realizan ambos hasta Caracas, y que es motivo de la mencionada relación.

De Santisteban se han hecho amplias referencias al publicar y estudiar su obra, pero de Guisla, el viajero que acompañó a Santisteban por los caminos de América, no se ha hecho estudio alguno, por lo que, dado el escaso conocimiento que de él se tiene, hemos de mencionarlo aquí de manera especial.

Parten ambos por vías distintas, y el 10 de octubre de 1740 arriba Guisla a Quito después de haber salido de Lima el 6 de junio próximo pasado.

Juntos continúa desde Quito la travesía por Ibarra y Tulcán, y dejando atrás la actual República del Ecuador, penetran en Colombia, pero en Pasto se enferma Guisla de fiebre palúdica, por lo que es necesario demorarse 14 días en la ciudad hasta que una dosis oportuna de quina le devuelve la salud, disipándole el ardor del cuerpo y el agotamiento.

Los maravillosos efectos del remedio observados por Santisteban lo llevarán —12 años más tarde, residenciado en Bogotá, y siendo ya un avezado conocedor de la quina— a intercambiar información sobre los resultados de la acción de la planta con el sabio José Celestino Mutis (1732-1808),

Prosiguen juntos por Popayán y La Plata, pero desde aquí Guisla continúa viaje hacia Caracas mientras que Santisteban toma otra vía que lo lleva al estado Mérida (Bailadores, Estanques, Jají) sonde tiene noticia de que hace un mes había pasado por allí Guisla. En Pueblo Nuevo se encontraron nuevamente y prosiguieron juntos por Tabay y Mucuchíes.

Se internan en el actual estado Trujillo y siguen rumbo al estado Lara por la vía de El Tocuyo, pero deteniéndose en la Hacienda de La Palma, del capitán don Juan Bernabé González Yépez, nieto del castellano don Juan de Yépez, fundador de la estirpe de los Yépez, de larga descendencia en las tierras tocuyanas. El dueño de la hacienda los atiende con esplendidez y les sirve en la mesa vino malvasía de Canarias que deleita especialmente a Guisla quien hacía mucho tiempo que no probaba esta exquisitez de su suelo nativo.

Continúan viaje, y el 22 de septiembre de 1741 Guisla y Santisteban arriban a Caracas. El mismo día visitan al Gobernador don Gabriel de Zuloaga, por boca de quien saben que dentro de un mes partirían de La Guaria para la Metrópoli dos navíos de la Compañía, y en su conserva una fragata de don Jerónimo de Guisla, hermano del referido don Domingo, fragata ésta que volvía a la isla de La palma de donde había venido de registro.

Al partir Santisteban para La Guaira el 20 de abril de 1742, registra en su relación que Guisla quedó en Caracas de donde debió regresar a Lima para morir allí trece años más tarde.

***

Domingo Vicente de Guisla Boot y Salazar de Frías había nacido en Santa Cruz de La Palma (Canarias) el 12 de abril de 1696, y fue bautizado dos días después en la parroquia matriz de El Salvador, de su ciudad natal.

Fue su padre don Juan de Guisla Boot Campos y Castilla, quien en América había sido jefe de las Fuerzas de Santa Fe de Bogotá, en la actual República de Colombia. Y fue su madre doña Beatriz Hermenegilda Lorenzo de Monteverde y Salazar de Frías, igualmente de linajuda prosapia.

Don Domino de Guisla había sido capitán de milicias y Alcaide del Castillo de San Miguel en su isla natal de La Palma, y posteriormente incorporado al Ejército de Andalucía. Fue Corregidor y Justicia Mayor de Calca y Lares, en el Perú, en cuyo empleo se desempeño realizando una buena administración.

Contrajo matrimonio en Lima el 8 de diciembre de 1746 con doña Isabel de Larrea y Riaño, nacida el 13 de septiembre de 1718, e hija del capitán don Juan Ignacio de Larrea y Eguía, caballero de Vergara, en Guipúzcoa, y de doña Rosa de Riaño y Acuña Guevara y Ayala, natural de Lima

Fue caballero profeso del Hábito de Calatrava, y testó, ante don Francisco Maléndez, el 14 de agosto de 1755, en Lima, donde falleció el 17 de agosto de 1755.

Don Domingo y doña Isabel fueron padres de:

• Don Juan de Guisla y Larrea, nacido en Lima en 1747

• Doña María de Guisla y Larrea, que falleció soltera en Lima el 14 de abril de 1819.

• Doña María Hermenegilda de Guisla y Larrea, nacida en Lima el 3 de abril de 1751. Se casó en su ciudad natal el 29 de octubre de 1775 con su primo hermano, don Carlos José de Guisla Boot Salazar de Frías y Abreu y Van de Walle.

Don Domingo Vicente de Guisla Boot y Salazar de Frías fue un miembro de la nobleza canaria que se había establecido en América donde desempeñó cargos político-administrativos, fundó hogar en el que nació su hija, la IVª Marquesa de Guisla Guiselin que, no obstante ello, contribuyó durante la Guerra de Independencia de Hispanoamérica a defender la causa patriota.

[*ElPaso}– “Dándole vueltas al viento” / Poemas de Antonio Pino Pérez: Recuerdo mío

RECUERDO MÍO

Tengo un recuerdo escondido
que no lo cambio por nada,
y es de tu risa alocada
aquel encanto perdido.

Aquel perfume de ayeres
que ya no puedo volver,
aquel reír sin querer
que se llevó mis quereres.

Tu dulce inocencia buena
que perfumó mi ternura,
tu risa tan clara y pura
que de luz tuya me llena.

Las palabras de confianza
que en el viento se perdieron,
las inconstancias que fueron
un firme pacto de alianza.

Transparencia de alegría
que en los nublados me asiste.
Juego infantil, que persiste
para jugar todavía.

Travesuras que tenías
y con tu experiencia huyeron.
¡Risas blancas que murieron
y en el recuerdo son mías!

[*Otros}– La leyenda de La Pared de Roberto / María Victoria Hernández

María Victoria Hernández
(Extraído de la web del Patronato de Turismo de La Palma: http://www.lapalmaturismo.com/)

Arriba, en lo más alto de la isla de La Palma, a 2.426 metros de altura, se alzan hoy los más modernos observatorios de la astrofísica mundial junto a espirales, meandros, inscripciones en piedra relacionadas con misterios del Sol, la Luna y las estrellas, enmarcados dentro de los ritos de los antiguos prehispánicos.

La tradición continúa y hoy otros hombres siguen rastreando el cielo. Para los palmeros, el Roque de los Muchachos siempre ha sido un lugar mágico, en el que, desde hace siglos, diferentes culturas encontraron la ubicación idónea para comprender los misterios del universo.

En tiempos prehispánicos, en la cumbre del Roque de los Muchachos existía una construcción de piedras superpuestas —tagoror, en lengua aborigen—, alrededor de la cual se reunían los habitantes de la Isla para discutir sobre política y justicia, al tiempo que observaban las estrellas, ya que contaban los días por la Luna, a la que veneraban igual que al Sol.

El misterio ronda también la llamada Fuente Nueva, situada justo bajo el observatorio Isaac Newton, a 2.300 metros de altitud, de la que el agua mana o deja de manar coincidiendo con el flujo y reflujo de las mareas, circunstancia que las gentes del lugar atribuyeron a los designios de sus dioses.

Las voces del pueblo palmero cuentan que en ese lugar el Diablo, celoso de la felicidad del alma y el cuerpo, construyó en una sola noche una pared que incomunicara el antiguo camino que unía las localidades de Santa Cruz de La Palma y Garafía. Murrallón pétreo que se alza altanero y provocador, y más parece haber sido hecho por mano de hombre que por fuerza telúrica.

La Pared de Roberto, vista de canto.

La Pared de Roberto, vista de frente.

Otra vista de frente.

Al atardecer, los rayos del sol actúan sobre el tono verdoso de esta pared volcánica y producen reflejos amarillos en los rostros de los caminantes que se paran junto a ella, lo que ha contribuido a que los palmeros sigan atribuyendo al diablo actuaciones malignas en el lugar.

Vista de frente, pero más de cerca.
Las cuatro fotos de las debo a Roberto González Rodríguez, de franela azul en ésta. Las dos primera las bajó de Internet, y las dos últimas son de su propia colección, y tomadas en agosto de 2000.

Pero la leyenda que adorna la historia de La Palma no acaba aquí. Los viejos de la Isla cuentan que un mancebo del cantón de Tagaragre tenía amores no consentidos con una doncella del cantón de Aceró, hoy parque nacional de la Caldera de Taburiente, y que una noche, cuando iban a tener un encuentro de amores, se vieron sorprendidos por la pared de Roberto —por Roberto se conoce en La Palma al Diablo— que impedía su encuentro.

El joven, apasionado y deseoso de amar, quiso atravesar la pared y, al no conseguirlo, gritó por dos veces “¡Va el alma por pasar!” y, tras un instante de silencio, volvió a clamar “¡Va el alma y el cuerpo por pasar!». En ese momento, de la tierra fluyeron materiales ardiendo y llamas infernales, y el mancebo atravesó la pared en una incandescente bola de fuego, rodando al abismo.

La doncella que provocó la intrépida acción del joven amaneció muerta, y los pastores la enterraron en el Roque de los Muchachos, donde sobre su tumba brotaron pensamientos de la cumbre o Viola Palmensis, planta que, según la tradición y la leyenda, copió el color azul de los ojos de la joven.

La pared a la que se refiere esta leyenda puede verse hoy partida en dos mitades, como muestra la foto de arriba, y, si seguimos creyendo a la voz del pueblo, el hueco que las separa, por el que discurre un camino, fue creado por el mancebo en su deseo de llegar hasta su amante.

[*Otros}– Palmeros en América / David W. Fernández: Antonio José Álvarez de Abreu

Antonio José Álvarez de Abreu

(1688-1756)

En la ciudad de Santa Cruz de La Palma (Canarias), y en la casa número 25 de la entonces llamada Calle de la Carnicería, doña María Yánez Abreu, esposa legitima y prima del sargento don Domingo Álvarez Hernández, dio a luz, el 7 de febrero de 1688, un niño al cual se le impuso e! nombre de Antonio José, al ser bautizado, ocho días más tarde, en la parroquia matriz de El Salvador de dicha ciudad, por el licenciado Matías Pérez y Valle, y siendo su padrino Juan García.

Álvarez de Abreu aprendió las primeras letras en las escuelas sostenidas por los frailes de Santo Domingo y San Francisco en la ciudad de su nacimiento, que para su época llenaban todas las condiciones apetecibles. Más tarde se trasladó a La Laguna de Tenerife, capital cultural de Canarias, en cuyo convento de San Agustín estudio Latín y Filosofía, y luego a Salamanca, en cuyas aulas universitarias, después de haber cursado Leyes y Cánones, recibe el grado de Bachiller en 1707. En Madrid, se graduó de Licenciado en 1711.

En este tiempo se dedicó al estudio de las regalías de la Corona, convirtiéndose en el más asiduo lector de la recién fundada Real Librería, hoy Biblioteca Nacional de Madrid.

El rey Felipe V —confiando en la rectitud, literatura y desinterés, de Álvarez de Abreu y en la inteligencia con que había procedido en cuanto se había puesto a su cuidado— lo nombró el 16 de agosto de 1714 Alcalde Visitador de la Veeduría y Conservaduría General de los Reales Derechos del Comercio entre Castilla y las Indias, y se le destinó a Venezuela, con cuyos empleos y otras importantes comisiones de la vía reservada, partió de Cádiz, llegando al puerto de La Guaira el 8 de enero de 1715, y subiendo a la ciudad de Caracas el 7 de febrero del mismo año.

El Arzobispo de Caracas, don Fray Francisco del Rincón, suplicó a Álvarez de Abreu que leyera en el Colegio Seminario de Santa Rosa la que fue la primera Cátedra de Derecho que existió en Venezuela, la cual comenzó el 30 de agosto de 1715.

El 13 de abril de 1716 se casó en la catedral de Caracas con doña Teresa Cecilia de Bertodano Knepper, nacida el 23 de noviembre de 1691 en el castillo de San Bartolomé (Huesca, España), viuda del sargento mayor don Cristóbal de la Riva, vecino de la Isla de Margarita

El Gobernador y Capitán General de Caracas, Brigadier don Marcos de Bethencourt y Castro, consultó con Álvarez de Abreu acerca de los disturbios habidos en Guanare, y éste opinó que esos sucesos requerían gran reflexión y que, dadas las pocas fuerzas de que disponía el Gobernador, sólo había dos opciones: que éste fuera a Guanare, para evitar enredos, o hiciera venir a Caracas a los alcaldes para que le dieran satisfacción y, si esto no se lograra, castigar el atrevimiento del Cabildo. El Gobernador ordena que se proceda con el dictamen de Álvarez de Abreu.

El 11 de septiembre de 1720 el Virrey ordena al Cabildo de Caracas que prenda y separe del gobierno al Gobernador y ponga en él a Álvarez de Abreu, a quien nombra Gobernador y Teniente de Capitán General de la Provincia de Caracas. El Cabildo obedeció en lo primero pero no en lo relativo a Álvarez de Abreu, pero el Decreto del 26 de febrero de 1721 ordenó al Cabildo que, sin más dilación, diera posesión del gobierno a Álvarez de Abreu, lo cual se cumplió el 2 de mayo de 1721.

El 11 de septiembre de 1721, Álvarez de Abreu entregó el gobierno a don Diego de Portales y Meneses.

A fines de 1722, Álvarez de Abreu dejó Venezuela. En La Habana y Veracruz fue asesor de Campillo, Comisionado Real de la Marina.

A fines de 1723 regresó a Madrid acompañado de su familia.

En 1726 presentó a Felipe V su obra “Víctima Real legal. Discurso único jurídico-histórico-político sobre que las vacantes mayores y menores de las iglesias de las Indias Occidentales pertenecen a la corona de Castilla y León, con pleno y absoluto dominio”.

La crítica que ha juzgado esta obra ha dicho que en ella su autor muestra una vasta lectura, erudición jurídica, penetración, crítica, ingenio, método y novedad, pero a veces su estilo es demasiado gallardo, su elocuencia verbosa y sus opiniones ultramontanas, y lo llamaron “segundo Colón, por haber descubiertos nuevas Indias en las Indias ya descubiertas”.

En 1727 fue nombrado asesor de la Superintendencia de Rentas Generales y de Salinas, y luego juez subdelegado de ellas. Ese mismo año fue nombrado Oidor de la Casa de Contratación de Cádiz.

En 1729 se le dieron honores y graduación en el Consejo de Hacienda con antigüedad desde que marchó a Caracas.

En 1730 le dieron plaza de ministro en el Consejo de Indias, y, poco después, de la Cámara.

En 1731 fue ministro de la Junta General de Azogues.

En 1732, de la de Asiento de Negros.

En 1733, de la de Tabaco, Comercio y Moneda.

En 1735 imprimió un voto suyo sobre que “La isla de Santa Cruz, una de las de Barlovento, perteneciente a la corona, no pudo ser justamente vendida al rey de Dinamarca”. Otras obras suya impresas son “Extracto historial del expediente que pende en el Consejo Real y Supremo de las Indias, a instancias de la Ciudad de Manila, sobre el comercio…. de los tejidos de China en Nueva España” y “Sobre el régimen de las audiencias y togados en Indias”.

El 1 de julio de 1738 Felipe V, en atención a los beneficios que le había producido la obra “Víctima real legal”, los cuales le aumentaron su erario en más de un millón de reales anualmente, le concede a Álvarez de Abreu el título de Castilla con la denominación de Marqués de la Regalía, para sí y sus sucesores, y una pensión de mil ducados anualmente sobre las mismas vacantes de las iglesias de América.

Los capitulares del Cabildo de La Palma no fueron consecuentes cuando, habiéndose dado al dicho Cabildo una carta de Álvarez de Abreu en que participaba la merced que el Rey se había dignado hacerle de título de Castilla, ni se dignaron contestarla dándole la enhorabuena, ni acordaron cosa alguna. Como que si esto era ya demasiado tratándose de un hijo del pueblo.

En 1740, a la muerte de Carlos VI, Emperador de Alemania, se le consultó sobre los derechos del Rey a algunos de los estados hereditarios de la Casa de Austria, y compuso el manifiesto que en aquella época publicó la Corte española.

En 1741 trabajó las plenipotencias que llevó a la dieta de Francfort el Conde de Montijo, de quien ese mismo año fue nombrado subdelegado en la Superintendencia General de Azoguez.

En 1744, fue nombrado ministro de la Junta General de Dependencias de Extranjeros.

El 28 de noviembre de 1756 y a los 68 años de edad, murió en Madrid, en su palacio de la Calle de la Bola, el primer Marqués de la Regalía, excelentísimo señor doctor don Antonio José Álvarez de Abreu, Decano del Consejo y Cámara de Indias, siendo enterrado en el Convento de Santo Domingo el Real, de la Corte.

Fue hombre vivo, decidor y laborioso, verdadero oráculo en la Secretaría de Indias y en la del Estado, y puede decirse que apenas hubo ministro de su época que no le consultara sobre Derecho Público.

Según el decir de su coetáneo y pariente, el licenciado Gutiérrez de Rubalcaba, fue de singulares y notorias ventajas literarias, y sus progresos entre los jurisconsultos de su tiempo son asunto digno de la mayor admiración.

Célebre por su privanza, reputación y escritos, había sobresalido tanto en la ciencia del Derecho Público que en todas las secretarías del despacho se le consultaban los negocios políticos más arduos.

Durante su estancia en Caracas, los esposos Álvarez de Abreu y Bertodano tuvieron cuatro hijos:

• José Antonio, nacido el 3 de septiembre de 1717.
• Josefa Nicolasa, nacida el 17 de marzo de 1729
• Teresa Josefa, nacida el 11 de mayo de 1720; y,
• Félix José, nacido el 13 de julio de 1721.

Después tuvieron otros dos: Jaime Alberto y Miguel Antonio.