09-02-2026
Bad Bunny: la fiesta del ruido
Bad Bunny es la demostración más clara de que la música del siglo XXI dejó de ser sólo un asunto de melodías y emociones para convertirse también en un territorio donde los números bailan. No porque su obra sea fría o calculada, sino porque su presencia en el mundo digital convierte cada escucha, cada repetición, cada salto de canción en un dato que revela algo sobre nosotros. Su éxito no se explica únicamente por su carisma, su estética o su capacidad para capturar el pulso emocional de una generación; también se explica por la manera en que su música se desliza con naturalidad dentro de los algoritmos, como si hubiera nacido para convivir con ellos.
Bad Bunny puede ser un fenómeno estadístico, un producto perfecto para el algoritmo, un artista que llena estadios y provoca ovaciones en espacios donde, si fuera por mí, jamás habría estado. Pero ese detalle —que me guste o no, que yo lo pondría o no en un escenario de fútbol— es secundario frente a una verdad más amplia: la música latinoamericana está repleta de glorias, de antes y de ahora, y ninguna figura contemporánea, por masiva que sea, puede representar por sí sola la riqueza de un continente entero.
Lo que ocurre con Bad Bunny es que su show —porque es más show que música— está diseñado para un ecosistema donde la espectacularidad pesa más que la palabra. Y ahí es donde aparece algo que me inquieta: un desprecio absoluto por el lenguaje. No hablo de coloquialismo, que es una forma legítima y hermosa de habitar la lengua. Hablo de vulgarizarla, de reducirla a un gesto vacío, de convertirla en ruido rentable. Su propuesta funciona porque está calibrada para el algoritmo, no para la tradición. Es un espectáculo “algoritmitizado”, hecho para generar datos, no para honrar la palabra.
Y sin embargo, mientras eso ocurre, la música latinoamericana sigue siendo un territorio desbordado de voces que sí cuidan el lenguaje, que lo reinventan, que lo honran. Ahí están Shakira, que convierte cada frase en arquitectura emocional; Rosalía, que experimenta sin traicionar la raíz; Fonseca, que sostiene la melodía con una nobleza casi artesanal; Maluma, que ha aprendido a equilibrar lo urbano con una sensibilidad melódica cada vez más pulida; Sebastián Yatra, que trabaja la palabra con una delicadeza inesperada en tiempos de prisa; Juanes, que lleva décadas demostrando que el rock en español puede ser poético, político y profundamente humano. Y podría llenar tomos enteros. Todos ellos mueven algoritmos, sí, pero también suman páginas sólidas a la historia musical en lengua hispana.
Y antes de ellos —y sosteniéndolos— están las generaciones que hicieron de la música latinoamericana un patrimonio emocional: Mercedes Sosa, que convirtió la palabra en conciencia; Simón Díaz, que elevó la sencillez a categoría universal; Rubén Blades, que hizo de la salsa una novela social; Juan Luis Guerra, que transformó la poesía en ritmo; Chavela Vargas, que cantó desde la herida; Celia Cruz, que convirtió la alegría en legado; Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, que demostraron que la canción puede pensar; Fito Páez, Soda Stereo, Caetano Veloso, Gal Costa, Joan Manuel Serrat, Sabina, Violeta Parra, Los Panchos, Armando Manzanero, Rocío Dúrcal, Lucho Gatica… una constelación inmensa que cuidó la lengua como quien cuida un fuego.
Por eso, cuando un show como el de Bad Bunny recibe aplausos rabiosos en un estadio, no lo leo como una amenaza a nuestra tradición o a una historia por ocurrir, sino como un síntoma de época. Un síntoma de un mundo donde lo cuantificable pesa más que lo profundo, donde la repetición vale más que la metáfora, donde el volumen importa más que la intención. Pero ese síntoma no borra lo que somos. No borra la grandeza que nos precede ni la que se sigue creando en cada rincón de América Latina.
Bad Bunny es un capítulo ruidoso, sí, pero apenas un capítulo. La historia es mucho más grande. Y la lengua —esa que él reduce y que tantos otros engrandecen— seguirá siendo el corazón de nuestra música, aunque el algoritmo no lo entienda.
