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[SE}> Inversionistas / Soledad Morillo Belloso

21-06-2026

Soledad Morillo Belloso

Inversionistas

Decir que los inversionistas están haciendo cola para meter sus reales en Venezuela es tan ridículo como imaginarse a un burro bailando El Lago de los Cisnes en puntas de pie. Pero igual de ridículo es sentenciar que aquí no va a invertir nadie hasta que el país esté planchado, almidonado, perfumado y con certificado de buena conducta firmado por la Madre Teresa. Ambas frases —la del optimismo de feria y la del catastrofismo de sobremesa— son gemelas monocigóticas: exageradas, cómodas y absolutamente inútiles para entender cómo se mueve la plata en un país que tiembla incluso cuando no hay terremoto.

La verdad es menos fotogénica: es gris, incómoda, de pasillo con bombillo quemado. Los inversionistas no son ni santos ni suicidas; son pragmáticos. No tienen gustos, tienen intereses. No hacen cola, pero tampoco salen huyendo como si hubieran visto al mismísimo diablo con cédula laminada. Se acercan con cautela, con calculadora en mano, con ese olfato de perro viejo que distingue entre oportunidad y emboscada. Y Venezuela, con su caos tan artesanal, ofrece un menú donde conviven ambas cosas sin pedir permiso.

Todos —los serios, los oportunistas, los tiburones, los golondrinos, los curiosos, los huidizos y hasta los que vienen sólo a oler el ambiente— meten en la ecuación el riesgo país. No hay uno solo que no lo haga. Es la primera línea del Excel, la que decide si siguen leyendo o si cierran la carpeta y se van a almorzar a Las Mercedes. El riesgo país no es poesía financiera: es la forma elegante de medir cuánto puede costar que un país cambie las reglas a mitad del juego, que un contrato se vuelva servilleta mojada, que una autoridad decida que hoy sí, mañana no y pasado quién sabe. Es, en resumen, la pregunta que todos se hacen: ¿cuánto me puede salir este susto?

Algunos lo asumen porque donde otros ven ruina ellos ven oro enterrado. Otros lo rechazan porque el costo potencial es demasiado alto y prefieren un país con menos taquicardia institucional. Y un grupo —probablemente el más numeroso— se queda en el limbo del “depende”: depende de señales, de garantías, de un mínimo de estabilidad, de que Venezuela deje de comportarse como un plato que vibra aunque nadie esté moviendo la mesa.

Por eso, afirmar que hay una fila de inversionistas ansiosos es vender pececitos de colores. Y afirmar que nadie invertirá jamás es vender burbujas de miedo. La realidad es otra: hay interés, pero no hay suficiente fe; hay ganas, pero no hay todas las certezas deseables; hay conversaciones, pero no hay estampidas. Venezuela es un país donde algunos entran con guantes, otros con pinzas, otros con descaro, y unos cuantos sólo para mirar desde la puerta sin ensuciarse los zapatos.

Y todos, absolutamente todos, vienen por lo mismo: porque incluso en el desorden más desordenado puede haber retorno. Y se van por lo mismo: porque cuando el desorden se vuelve demasiado caro, no hay Excel que aguante ni PowerPoint que lo maquille.

Soledadmorillobelloso@gmail.com

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