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05-04-2026
Soledad Morillo Belloso
Nació de Leonard Cohen, canadiense, poeta de voz grave y paciencia infinita. La publicó en 1984, en un disco que su propia disquera en Estados Unidos decidió ignorar, como si no entendiera que allí había un corazón latiendo. El álbum pasó de puntillas, y la canción con él, sin ruido, sin alboroto, sin sospechar el destino que le esperaba.
Cohen, obsesivo y luminoso, escribió decenas de estrofas —más de ochenta borradores— como quien pule una piedra hasta que deja ver la veta. Mezcló historias bíblicas con confesiones humanas: David y Betsabé, Sansón y Dalila, la fe que se tambalea, el deseo que arde, la fragilidad que nos delata. Todo dicho en un tono que camina descalzo entre lo sagrado y lo terrenal, sin decidir nunca de qué lado quiere quedarse.
Años después, en 1991, John Cale —galés, pianista de manos precisas— la recogió del suelo, la reordenó, la afinó, la volvió íntima. Su versión fue como abrir una ventana: por allí entró la luz que la canción necesitaba para empezar a vivir de verdad. De esa lectura nacieron casi todas las que vinieron después.
Y entonces, en 1994, Jeff Buckley la tomó y la convirtió en un susurro que todavía hoy atraviesa el pecho. Su interpretación —delicada, dolida, casi un rezo que no se atreve a decir su nombre— cambió para siempre la historia de la canción. Cuando Buckley murió en 1997, la canción quedó flotando como un eco de su ausencia, y desde allí se volvió símbolo, despedida, legado.
Décadas más tarde, en 2022, un documental —Hallelujah: Leonard Cohen, a Journey, a Song— contó la travesía completa: la lucha de Cohen por parirla, el rechazo inicial, el rescate de Cale, la consagración de Buckley, y ese extraño milagro por el cual una canción olvidada termina convertida en un himno global.
Hoy “Hallelujah” es eso: un himno. Más de ochenta versiones oficiales, incontables interpretaciones en vivo, traducciones que la reinventan sin romperla. Se canta en bodas y funerales, en templos y estadios, en salas de estar y en cuartos donde alguien llora sin hacer ruido. Es espiritual sin ser religiosa, íntima sin ser secreta, universal sin perder su misterio.
Su significado no cabe en una sola frase. Habla desde un borde donde lo humano y lo divino se rozan sin fundirse. No es plegaria ni lamento: es el sonido de alguien tratando de entenderse mientras mira hacia arriba y hacia adentro. En su centro late la idea de que la belleza y la fractura pueden convivir, que el amor revela y hiere, que la fe no siempre es certeza sino a veces un murmullo cansado, un “hallelujah” dicho con la voz rota porque la búsqueda continúa.
Cada verso es una grieta por donde entra la luz. Habla de cuerpos que se encuentran y se rompen, de almas que suben y caen, de la contradicción de amar sabiendo que el amor puede desarmarlo todo. El “hallelujah” que repite no es victoria: es aceptación luminosa. La vida es un tejido de dudas, pérdidas, deseos y pequeños milagros, y aun así —o por eso mismo— merece ser cantada.
Por eso resuena tanto. Porque cada quien escucha en ella su propio espejo: consuelo, nostalgia, una plegaria que no sabía que llevaba dentro. Y todos, de algún modo, reconocen ese “hallelujah” que no es final ni principio, sino la respiración profunda de quien sigue adelante, incluso cuando no entiende del todo por qué.
Ésta es la versión de John Francis Bongiovi Jr., norteamericano, conocido por su nombre artístico Jon Bon Jovi. Ojalá, en un día cuando millones en el mundo celebran la Pascua, les llegue tan hondo como a mí.
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