[Canarias}> Gran Canaria, siglos XI a XIV: una isla de niños pescadores

04-03-2026

José María Rodríguez

Gran Canaria, siglos XI a XIV: una isla de niños pescadores

Un estudio publicado en ‘Journal of Island and Coastal Archaelogy’ ahonda en la profunda relación entre los antiguos habitantes de la isla y el mar como fuente de alimentos, pero también como elemento de su cultura y símbolo de identidad

El pueblo amazigh que habitó Gran Canaria antes de la llegada de los primeros europeos vivió muy desapegado de la costa durante 800 años a pesar de rodearle un océano, pero algo ocurrió en la isla en el siglo XI que hizo del mar un sustento económico básico y un símbolo de identidad.

Es un cambio bien estudiado por los historiadores, que suelen atribuirlo al crecimiento demográfico de Gran Canaria al final del primer milenio (en tiempos de la Conquista era la isla más poblada), que impulsó a sus habitantes a buscar fuentes de recursos adicionales al cultivo de cereales y al pastoreo, así como a la irrupción de una nueva oleada pobladora desde África, con otras costumbres.

Sin embargo, de cuando en cuando, aparecen nuevos estudios que muestran hasta qué punto la relación con el mar impregnó la vida diaria los antiguos pobladores de la isla en los siglos previos a su conquista por Castilla, como el que este mes publican en Journal of Island and Coastal Archaelogy Verónica Alberto, Teresa Delgado, Angélica Santa Cruz y Javier Velasco, entre otros investigadores.

Desescamadores de peces fabricados con cuerno de cabra, recuperados de un yacimiento costero de La Garita, Gran Canaria. Efe / Cedida por los autores del trabajo

 En el tramo final del periodo prehispánico se conformaron los asentamientos prehispánicos costeros más importantes de Gran Canaria, ya que sus habitantes habían preferido hasta entonces el interior. Y a ese periodo se refieren también varios estudios bioarquelógicos que cifran entre un 15% y un 20% el peso del pescado y el marisco en la alimentación de los antiguos habitantes de la isla.

Este nuevo trabajo revela que uno de cada siete niños y adolescentes de la Gran Canaria prehispánica (el 13%) presentaban exóstosis auditiva, un crecimiento óseo anormal en el conducto externo del oído que puede llegar a taponarlo. El porcentaje se dispara si el foco se pone en los restos óseos recuperados de asentamientos costeros: un 50% en Maspalomas (3 de 6), en el sur de la isla, y un 76% en El Agujero, Gáldar (10 de 13), en el norte.

Yacimiento arqueológico de Botija, en Gáldar, costa norte de Gran Canaria. Efe / Cedida por los autores del trabajo

La Medicina actual conoce esa patología como oído de surfista, porque la ocasiona la exposición prolongada al agua fría, pero en el tiempo al que se remonta este trabajo tenía otro origen más mundano: la pesca, faena colectiva en aquellos siglos, en la que colaboraban jóvenes y adultos metiéndose al agua en grupo con sus redes.

Los autores de este artículo aportan las primeras pruebas arqueológicas de hasta qué punto los menores contribuían en aquella sociedad al marisqueo y la pesca y, de paso, participan en los ritos de iniciación social ligados al mar. Y debían hacerlo desde muy pronto, porque documentan casos de oído de surfista en niños de diez años, cuando la exóstosis tarda unos cinco años en formarse.

Cráneo de un hombre de 18 a 25 años recuperado del yacimiento de El Agujero, en Gáldar, en la costa norte de Gran Canaria, con crecimiento óseo. Efe / Cedida por los autores del trabajo

El trabajo resalta que la colaboración en la pesca no sólo suponía una forma de que los niños y adolescentes ayudaran al sostenimiento de la comunidad, sino que formaba parte, probablemente, de los ritos de maduración e integración social.

De hecho, recuerda que los documentos históricos de la Conquista acreditan que nadar y pescar daban prestigio en la antigua sociedad grancanaria —hasta el punto de que el Guanarteme, o rey, se preciaba de ser un buen pescador—, y que el mar estaba presente en importantes ritos religiosos, como cuando los faycanes llevaban al pueblo a la costa a golpearlo con ramas para implorar a sus dioses lluvias.

Fuente

[Col}> Sopa para emergencias del corazón

13-12-2025

Soledad Morillo Belloso

Sopa para emergencias del corazón

Las emergencias del corazón no son accidentes; son revelaciones, casi epifanías. No llegan para destruir, sino para recordarle a uno que está vivo, que siente, que todavía hay zonas blandas donde la existencia hace nido. El corazón, ese filósofo testarudo que late sin pedir permiso, a veces se quiebra para que uno escuche lo que llevaba años ignorando. Y cuando eso ocurre, cuando la grieta se abre como una boca que exige verdad, no hay ambulancia que valga. Lo único que sirve es una sopa.

La sopa es un acto de pensamiento. Un pensamiento caliente, humilde, que no pretende resolver el misterio del universo, pero sí acompañarlo. Mientras hierve, uno se da cuenta de que la vida es eso: un hervor lento donde lo que duele y lo que salva conviven en la misma olla. El caldo no pregunta por qué uno está roto; simplemente acepta los pedazos y los deja flotar hasta que encuentran su lugar. Esa aceptación es, en sí misma, una filosofía.

Hay un momento, siempre, en que el vapor sube y uno lo huele. Y ahí, en ese olor, aparece la emoción. No la emoción grandilocuente de los discursos, sino la emoción mínima, íntima, la que se siente en la garganta antes de que llegue la lágrima. La sopa le habla a esa emoción con una ternura casi cómica, como quien dice: “Mira, no te me pongas trágica; si te calientas demasiado, te soplo”. Y uno se ríe, porque la risa es la grieta por donde entra la luz cuando el corazón está oscuro.

La filosofía de la sopa es sencilla: todo lo que se remueve se transforma. El dolor, cuando se revuelve con memoria, se vuelve nostalgia. La nostalgia, cuando se mezcla con humor, se vuelve resistencia. Y la resistencia, cuando se deja a fuego bajo, se vuelve una forma de amor propio. No un amor perfecto, sino uno que sabe que la vida es un plato que se sirve caliente y que a veces quema, pero igual alimenta.

El corazón, mientras tanto, mira, observa. Se deja ablandar. Se deja convencer. Entiende que no está siendo reparado, sino acompañado. Y en esa compañía encuentra su propia filosofía: la de seguir latiendo aunque duela, la de abrirse aunque asuste, la de confiar aunque la memoria tenga cicatrices.

Al final, cuando uno se sirve la sopa —esa sopa que no existe en ninguna cocina pero que se siente en todas las células— comprende que la emergencia no era un desastre, sino una invitación. Una invitación a mirarse con menos juicio y más cariño. A aceptar que la vulnerabilidad no es una falla, sino una forma de sabiduría. A reconocer que, incluso en el dolor, hay belleza.

Porque las emergencias del corazón no se curan; se atraviesan. Y la sopa, con su filosofía tibia y su humor discreto, es el puente que permite cruzarlas sin perderse del todo.

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