15-04-2026
Soledad Morillo Belloso
Lo que nos trajeron los ecuatorianos
Hay llegadas que no se anuncian: simplemente reconocen el lugar donde su historia continúa, como si la memoria de un pueblo pudiera adelantarse al propio viajero y abrirle la puerta antes de que toque, sabiendo que algunas presencias no vienen de lejos, sino de un hilo antiguo que vuelve a tensarse.
Los inmigrantes ecuatorianos llegaron a Venezuela como quien abre una ventana en una casa que llevaba años respirando el mismo aire. De pronto entró un viento nuevo, un olor distinto, un ritmo que no estaba en el manual. No venían con alharacas ni con manifiestos; venían con ollas, con manos curtidas, con palabras que parecían cosquillas —“achachay”, “arrarray”— y con una paciencia que sólo se aprende en tierras donde la montaña manda y el tiempo se mide en cosechas, no en relojes.
Trajeron su comida, que es como un abrazo con codos: firme, contundente, sin cursilerías. El encebollado, por ejemplo, es una especie de terapia colectiva disfrazada de sopa; uno lo prueba y siente que alguien le está diciendo “ya, ya, respira, que todo pasa”. Y el hornado llega a la mesa como un emperador de piel dorada, recordándonos que la vida es más amable cuando huele a ajo y a maíz. Trajeron también su música: el sanjuanito, que es un terremoto alegre, y el pasillo, ese primo elegante que llega a la fiesta con traje pero termina bailando descalzo a las tres de la mañana.
Y sin embargo, la relación emocional entre Venezuela y Ecuador no empezó con el encebollado ni con el sanjuanito. Empezó mucho antes, en un rincón íntimo de la historia, casi de telenovela de las buenas: la mujer que más quiso a Bolívar era quiteña. Y no, no fue “la amante del Libertador”, como dicen los manuales perezosos. Llamarla así es como llamar “ayudante de cocina” a quien inventó el fuego.
Durante muchos años —demasiados— las sociedades latinoamericanas fueron profundamente injustas con Manuelita Sáenz. Injustas y patéticamente pacatas. La historia oficial, escrita por caballeros muy serios con bigotes muy solemnes, no supo qué hacer con una mujer que cabalgaba, conspiraba, debatía, mandaba, amaba y desobedecía con la misma naturalidad con la que otros respiraban. Y como no supieron dónde ponerla, la empequeñecieron. La redujeron a un papel sensiblero y hasta de bajos fondos, como si la pasión fuera incompatible con la inteligencia política. La llamaron “amante”, que es la palabra que usan los mediocres cuando una mujer les queda demasiado grande.
Manuelita no acompañó la historia: la empujó. Fue coronela, espía, estratega, agitadora, defensora de la causa republicana y salvadora del Libertador en más de una ocasión. Tenía la osadía de cantarle a los poderosos lo que nadie se atrevía, y la elegancia de hacerlo sin perder la sonrisa. En un mundo donde las mujeres eran decorado, ella fue arquitectura. Bolívar, que podía con imperios, no podía con ella. Y no porque lo dominara, sino porque lo entendía. Era su igual, su contraparte, su espejo incómodo, su chispa de pólvora. La única capaz de decirle “Simón, no seas terco” sin que se desplomara la república.
Por eso, cuando los ecuatorianos empezaron a llegar a Venezuela, no eran extraños: eran parientes emocionales. Venían del país de la mujer que desarmó al Libertador —no solo políticamente— y que dejó una huella tan profunda que, sin darnos cuenta, nos preparó para querer a su gente. La puerta ya estaba entreabierta desde que Manuelita entró con su caballo, su espada, su risa y su irreverencia en los patios de nuestros corazones.
Así, la presencia ecuatoriana en Venezuela no se siente como una migración fría, sino como la continuación natural de una historia que empezó hace dos siglos entre un hombre que quiso liberar un continente y una mujer que se liberó a sí misma antes que nadie. Los ecuatorianos trajeron sabores, ritmos, oficios, palabras. Pero también trajeron —sin saberlo— el eco de Manuelita, esa mujer que vivió como un relámpago y que sigue iluminando el vínculo entre ambos países.
Y así, entre sopas que curan, músicas que despiertan y oficios que levantan ciudades, los ecuatorianos siguieron cruzando un puente que Manuelita había inaugurado mucho antes: un puente hecho de irreverencia, de coraje y de esa terquedad luminosa que no pide permiso para existir. Venezuela los recibió no como extraños, sino como herederos de una mujer que vivió como un relámpago y dejó encendida la luz. Porque al final, entre nuestros pueblos no manda la geografía ni la política: manda la memoria afectiva, esa que reconoce a los suyos aunque vengan de lejos, esa que sabe que cuando un ecuatoriano toca la puerta, todavía se escucha, muy al fondo, la risa de Manuelita abriéndola.
Soledadmorillobelloso@gmail.com