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Una frase atribuida a Sócrates sobre la amistad y el dinero vuelve a cobrar fuerza en la actualidad, al invitar a reflexionar sobre el valor real de los vínculos antes de que lleguen las dificultades
31-03-2026
“La vida no avisa, pero cobra. Y casi siempre en efectivo.” (SMB)
El dinero no es importante, eso te dicen. Y uno, todavía con esa inocencia que debería venir con fecha de vencimiento y etiqueta de advertencia —“PELIGRO: puede causar ilusiones”— asiente como si le hubieran entregado una verdad iluminada, envuelta en papel de seda y rociada con agua bendita. Claro, sí, el dinero no importa. Hasta que lo necesitas. Hasta que la vida —que tiene un humor más negro que café recolado en greca vieja— decide lanzarte una emergencia médica como un mono rabioso que se descuelga de una palmera y te suelta un coco directo al cráneo. Sin aviso. Sin anestesia. Sin misericordia. Y ahí descubres que la salud no es un derecho: es un lujo. Que el cuerpo es templo, sí, pero cualquier reparación cuesta como si fuera la restauración del Partenón… con Michelangelo supervisando y cobrando horas extras.
Entonces empieza el remate. Todo lo que alguna vez llamaste “mío” se convierte en “¿cuánto me das por esto?”. La propiedad inmobiliaria que jurabas que era tu jubilación, la vajilla heredada que tu mamá te dijo “ni se te ocurra venderla”, el televisor que funciona si lo miras con cariño y le das un golpecito motivacional, la bicicleta estática que compraste en un ataque de optimismo y terminó convertida en perchero de lujo. Todo va a remate. Hasta el cuadro que colgaste por compromiso se vuelve mercancía. Porque cuando la vida te dice “paga”, tú pagas; y cuando te dice “corre”, tú corres, aunque sea detrás de un comprador que quiere regatearte hasta la dignidad. Porque sí: la oportunidad es calva, pero el comprador es lampiño de alma y de vergüenza.
Y después de ese striptease financiero, te cae encima la gran verdad universal: el dinero no crece en las matas y hay gastos que son una soberana estupidez. El primero de la lista: un funeral. Porque es el único evento donde el homenajeado no consume, no comenta y no agradece. Tú, vivo, sudando frío, pagando flores que duran menos que un político honesto, escogiendo urnas que parecen muebles coloniales, mientras el protagonista del espectáculo está… bueno, en otra dimensión, sin enterarse de nada. Si pudiera opinar, diría: “mi amor, guarda esa plata para salir de una deuda, para una buena comida, un viajecito, o para pagar la próxima emergencia médica, que esas sí salen caras”.
Y ya que estamos en gastos inútiles, déjame mencionar otros que merecen su propio museo del absurdo. Las bodas que cuestan lo mismo que un apartamento, pero duran menos que un helado al sol. Los bautizos con banquete de quince años, donde el único que no come es el bautizado. Los regalos de Navidad que nadie pidió y que terminan en el clóset, en el mercado de pulgas o en manos de un primo que tampoco los quiere. Las remodelaciones de baño que prometen “cambiar tu vida” pero lo único que cambian es tu cuenta bancaria y tu paciencia. Y las suscripciones que uno paga y nunca usa: el gimnasio, la app de meditación. Todo eso es plata tirada al viento, pero sin glamour.
Y ahí, justo ahí, te llega el pensamiento que pica, que arde, que no perdona: ¿Qué haría yo si tuviera dinero? Pregunta profunda. Existencial. De esas que ameritan vino, brisa y un abanico.
Y aquí va mi respuesta, sin temblor en la voz:
Si yo tuviera dinero, o lograra ganarlo decentemente antes de andar mascando agua, me iría dos o tres meses a Italia, en un viaje casi mochilero.
En otoño, por supuesto. Porque el verano es un horno industrial, la primavera es un festival de alergias, y el invierno… bueno, el invierno sólo es chévere si esquías. De resto, es un plomazo con bufanda, guantes y dedos congelados.
Una cosa es estar pelando más que el perro de El Fugitivo, y otra muy distinta es morirse sin haber visto Sicilia y la ópera de Palermo. Sin haberse perdido en callejones de Positano donde huele a albahaca, pecado y vacaciones ajenas. Sin haberse tomado un vino en botella abrazada por una cestica, que sabe a gloria porque lo bebiste en una plaza donde nadie te conoce, nadie te apura y nadie te pregunta sandeces.
Italia casi mochilera, pero con dignidad. Tres o cuatro mudas de ropa. Dos pares de zapatos. Una laptop de 13 pulgadas para escribir genialidades. Un celular con buena cámara. Y la determinación de caminar hasta que los pies protesten como sindicato en huelga indefinida.
Comer pan con tomate como si fuera caviar. Perderse en estaciones de tren. Hablar con las manos aunque no entiendas nada.
Gastar lo justo, vivir lo máximo.
Porque si la vida te va a exprimir, que al menos te exprima en Siena, no en la cola del banco. Que te exprima sentada en una terraza medieval, con una copa de Chianti que huele a uva, a sol y a pecado leve, mientras ves pasar a los locales con esa elegancia natural que uno intenta imitar sin éxito. Que te exprima viendo cómo el atardecer convierte la Piazza del Campo en una postal que ni los filtros de Instagram pueden mejorar. Que te exprima escuchando a un violinista callejero en Lucca que toca como si te conociera desde otra vida.
Y ya que estamos en exprimideros agradables: ver Venecia otra vez, sin apuro, sin mapa, sin pretensiones. Caminar por esos callejones que parecen diseñados por un arquitecto borracho y feliz. Cruzar puentes que no llevan a ninguna parte, pero igual te llevan. Sentarte en un muelle a ver barcazas y góndolas pasar como si fueran cisnes con tarifa. Y dejar que la humedad te arruine el peinado, porque ¿a quién le importa el peinado cuando estás en Venecia?
Extraviarse en Florencia, que es un deporte extremo y un acto de fe. Perderse entre calles que huelen a cuero, a café recién molido y a turistas confundidos. Ver a un señor sentado en una mesa y pensar “ese es Dante”, aunque sepas que es tu imaginación haciendo travesuras. Mirar el Duomo desde todos los ángulos posibles, como si fuera un amante que no te cansas de ver. Entrar a una librería diminuta donde nadie habla tu idioma, pero todos entienden tu cara de felicidad. Y comerte un gelato que te hace cuestionar todas tus decisiones de vida anteriores.
Volver a contar los peldaños de la escalinata en Roma que baja desde la iglesia hasta Via Condotti, porque uno tiene derecho a sus obsesiones. Sentarte en la mitad de la escalinata como si fueras parte del paisaje, viendo pasar a la humanidad entera: modelos, monjas, turistas, italianos apurados, italianos no apurados, italianos que deberían estar prohibidos porque no se puede ser tan guapos. Y sentir, por primera vez en mucho tiempo, que la vida no te ganó la partida. Que esta vez fuiste tú quien movió la ficha correcta. Que esta vez, aunque sea por un rato, tú llevas la ventaja.
Porque yo entiendo la ecuación final, esa que nadie te dice pero todos aprenden a golpes: el dinero no compra la felicidad, pero compra tiempo, compra experiencias, compra respiros. Y si no alcanza para todo, al menos que alcance para algo que valga la pena.
Porque lo demás —los funerales caros, las flores inútiles, las bodas faraónicas, los bautizos gourmet, las remodelaciones que te dejan sin baño y sin plata, las suscripciones que no usas, las cuentas que te persiguen como cobradores del karma— eso sí es desperdicio.
Pero un viaje a Italia antes de andar mascando agua… eso es inversión en alma. Eso es ganarle una mano a la vida. Eso es decirle al destino:
“Ajá, te gané.”
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