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29-03-2026
Dicen que en un pueblo junto al mar vivía una mujer que siempre caminaba acompañada. No por gente —que para eso era bastante selectiva— sino por dos sombras que no se parecían en nada. Una era compacta, firme, casi geométrica. La otra era inquieta, ondulante, como si estuviera hecha de humo.
La primera se llamaba Certeza. La segunda, Duda.
Certeza caminaba a su derecha, con paso seguro, como quien conoce el camino incluso antes de que exista. Era la que le decía: “Por aquí”, “Esto es así”, “No te detengas”. Tenía la voz de las cosas que una ha aprendido a fuerza de vivir: el olor del café que anuncia la mañana, la intuición que avisa peligro, la memoria de lo que ya funcionó una vez.
Duda, en cambio, caminaba a su izquierda, descalza, dejando huellas que el viento borraba enseguida. Era la que preguntaba: “¿Y si no?”, “¿Y si hay otro modo?”, “¿Y si lo que crees no es lo que es?”. Tenía la voz de la brisa que entra sin pedir permiso y mueve los papeles que una creía ordenados.
La mujer no siempre las entendía. A veces Certeza se volvía pesada, como una piedra en el bolsillo que no dejaba correr. A veces Duda se volvía marejada, y la mujer sentía que el suelo se le movía bajo los pies. Pero había aprendido algo: cuando una de las dos desaparecía, la vida se volvía torpe.
Un día, cansada de tanto vaivén, la mujer decidió caminar sola. “Hoy no quiero sombras”, dijo. Y salió sin ellas. El camino, al principio, fue ligero. Pero pronto se dio cuenta de que no sabía hacia dónde iba. Sin Certeza, todo era posible, sí, pero también todo era incierto. Y sin Duda, cualquier cosa parecía definitiva, incluso lo que no debía serlo.
Al caer la tarde, se sentó frente al mar. Y allí, en el borde exacto donde la ola besa la arena, vio que ambas sombras llegaban. Certeza se sentó a su lado como un perro fiel. Duda se acostó a sus pies como un gato que no piensa explicar por qué volvió.
La mujer sonrió. Entendió al fin que no se trataba de elegir. Certeza era el suelo donde podía apoyar el pie. Duda era el viento que le enseñaba a no dormirse. Y ella —ella era la caminante. La que avanzaba gracias a las dos.
La certeza es un refugio. Un techo bajo el cual una puede sentarse tranquila, tomar aire y decir: “Aquí estoy, esto lo entiendo, esto lo sostengo.” La certeza ordena el mundo, le pone bordes a lo que de otro modo sería un mar sin orillas. Nos permite avanzar, decidir, actuar. Sin alguna certeza, aunque sea mínima, la vida sería un tembladeral.
Pero la certeza, si se queda quieta demasiado tiempo, se vuelve sospechosa. Se endurece. Se convierte en dogma, en caparazón, en esa voz que dice “así es porque siempre ha sido así” y que, sin darnos cuenta, nos deja sin aire. La certeza absoluta es cómoda, sí, pero también peligrosa: anestesia la curiosidad, apaga la imaginación, nos vuelve obedientes a nuestras propias conclusiones.
Por eso la duda es necesaria. No como tormento, sino como gimnasia. La duda afloja las bisagras del pensamiento, permite que entre brisa, que se muevan los muebles, que la casa interna no se vuelva museo. Dudar no es debilidad; es una forma de respeto por la complejidad del mundo y por la propia inteligencia. Es decirse: “Puedo estar equivocada, y eso no me quita dignidad; al contrario, me la da.”
La duda nos salva de la soberbia. La certeza nos salva del caos. Entre ambas se teje la vida pensada: un vaivén, un ritmo, una conversación interna donde ninguna de las dos tiene la última palabra. La certeza nos da suelo; la duda, horizonte.
Y quizá la madurez —la verdadera, la que no tiene nada que ver con la edad— consiste justamente en eso: en saber cuándo afirmar con firmeza y cuándo aflojar con elegancia. En sostener lo que somos sin convertirlo en cárcel. En permitirnos cambiar sin sentir que traicionamos nada.
La certeza nos permite caminar. La duda nos deja seguir creciendo. Sé muchas cosas, pero son muchas más las que no sé.
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