La reflexión de Friedrich Nietzsche subraya que la complicidad, la confianza y la amistad pueden ser tan decisivas como el amor para sostener un matrimonio feliz
[SE}> Terreno movedizo / Soledad Morillo Belloso
18-06-2026
Soledad Morillo Belloso
Terreno movedizo
Es importante tener una medida precisa del tamaño de la crisis. Usemos un símil. Imaginemos la situación como limpiar un pozo séptico que lleva décadas fermentando bajo tierra: no es un acto técnico, es un descenso. No basta con destapar, mirar y fruncir la nariz. No basta con anunciar que “ahora sí viene la limpieza”. Hay que hundirse en la pestilencia, reconocer cada capa de podredumbre, aceptar que lo que hiede no apareció de golpe sino que se fue acumulando mientras muchos en el país hacían como que no veían.
Ah, la política es terreno movedizo. En Venezuela, uno cree que ya entendió el mapa, que las fuerzas están delineadas, que los actores son los que son. Pero basta un susurro en un pasillo, una negociación sorpresiva, un giro de poder que se cocina en silencio, para que el suelo vuelva a hundirse. Aquí nada es lineal: lo que hoy parece firme mañana se abre como grieta, y lo que parecía enterrado resurge con olor a humedad vieja. La política venezolana no camina: se desliza, se escurre, se reconfigura. Y uno aprende a desconfiar de quien habla con demasiada seguridad, porque en este país la única certeza es que todo puede cambiar sin previo aviso.
El país entero es un sistema de tuberías rotas. No una, no dos: todas. Filtraciones antiguas que nadie reparó, conexiones improvisadas que se hicieron para salir del paso, válvulas que dejaron de funcionar hace años, un tanque que rebosa porque durante décadas se le echó basura sin procesar. La corrupción no es un accidente: es la costra que se formó cuando el lodo se volvió estructura. La impunidad es el olor que se instaló en el aire. La desinstitucionalización es esa mezcla espesa que se pega a las paredes del pozo y no sale ni con chorros de agua hirviendo. Y la indiferencia colectiva es la tapa que dejaron cerrada para que viéramos lo que estaba fermentando.
Arreglar Venezuela exige levantar la tapa sin eufemismos. Mirar la podredumbre sin maquillaje. Admitir que el Estado dejó de funcionar como Estado: tribunales que no imparten justicia, cuerpos de seguridad que no protegen, servicios públicos que colapsaron, ministerios de economía y finanzas que se convirtieron en covachas, fuerzas armadas que no nos defienden, instituciones que existen sólo como membretes. Cada una de esas fallas es una tubería rota que gotea sobre el mismo pozo.
Todo eso hay que arreglarlo. Sacar lo que ya no sirve, lo que está podrido, lo que se enquistó. Y eso no se limita a personas: incluye prácticas, hábitos, vicios. El clientelismo que se volvió método de gobierno. La opacidad que se volvió norma. La improvisación que se volvió política pública. No se limpia un pozo dejando adentro los mismos desechos que lo llenaron.
Después toca raspar las paredes. Ese es el trabajo más ingrato. Es enfrentar responsabilidades, desmontar redes de corrupción, revisar contratos, auditar gestiones, abrir expedientes, exigir cuentas. Es un proceso lento, áspero, sin aplausos inmediatos. Pero si no se raspa, la costra queda, y la peste vuelve.
También hay que cambiar las tuberías. No sirve de nada vaciar el pozo si las conexiones siguen rotas. Eso implica reconstruir instituciones desde cero: educación, salud, justicia, energía, agua, transporte, seguridad ciudadana, empresas estatales. Profesionalizar. Despolitizar. Modernizar. Porque no se trata de llegar a donde estábamos antes; hay que llegar a donde deberíamos estar. Un país desarrollado no se sostiene con parches, sino con sistemas que funcionen.
Y luego, lo más difícil: mantenerlo. Porque un pozo séptico limpio vuelve a ensuciarse si se usa igual que antes. Venezuela necesita una cultura cívica que no tolere la trampa, que no premie la viveza, que no normalice el abuso. Necesita ciudadanos que exijan, que participen, que vigilen. Necesita un Estado que rinda cuentas y una sociedad que no se conforme con limosnas.
Los últimos 27 años fueron un proceso sostenido de descomposición. Es una necedad —o una ingenuidad peligrosa— creer que en unos pocos meses puede revertirse un desastre que tomó décadas en gestarse. Nada que se pudre lentamente se arregla de golpe. Lo que se deshace por capas exige reconstrucción por capas.
Y aquí cada quien tiene que trabajar. No hay delegación posible, no hay salvadores ni milagros, no hay mano mágica que venga a desinfectar. Cada quien tiene que asumir su parte de la reconstrucción: el que gobierna, el que aspira a gobernar, el que opina desde la acera, el que se hace el distraído, el que cree que “no es conmigo”. El que está en Venezuela y el que está fuera. Un país no se arregla con espectadores ni con comentaristas de balcón; se arregla con gente que entiende que la responsabilidad no es un accesorio sino una carga compartida. Y el que no quiera sumar, bueno, que al menos respete el undécimo mandamiento.
[LE}> ‘Una vez que’ se emplea como expresión temporal con verbos en forma personal, y conviene diferenciarla de ‘una vez’ seguida de un participio.
03-06-2026
‘Una vez que’ se emplea como expresión temporal con verbos en forma personal, y conviene diferenciarla de ‘una vez’ seguida de un participio.
Uso inadecuado
- La propuesta le será remitida una vez la hayan analizado.
- Las enfermeras, una vez sepan en qué hospital desarrollarán su formación, tendrán que dar un segundo paso.
- Una vez den su visto bueno, será la FIFA quien tenga la última palabra.
Uso adecuado
- La propuesta le será remitida una vez que la hayan analizado.
- Las enfermeras, una vez que sepan en qué hospital desarrollarán su formación, tendrán que dar un segundo paso.
- Una vez que den su visto bueno, será la FIFA quien tenga la última palabra.
Según el Diccionario panhispánico de dudas, ‘una vez que’ se usa con el sentido de ‘cuando, después de que’ («Una vez que florecen, se pueden recoger»). Por su parte, una vez, sin la conjunción ‘que’, se utiliza sólo con participios para señalar que algo ocurre de manera inmediatamente posterior a lo expresado con esta construcción («Una vez florecidas, se pueden recoger»). Así, lo adecuado es distinguir estas expresiones y en la lengua esmerada no prescindir de ‘que’ en combinación con formas distintas al participio.
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[SE}> Tutela y protagonismo / Soledad Morillo Belloso
17-06-2026
Soledad Morillo Belloso
Tutela y protagonismo
A veces las cosas no son ni buenas ni malas: simplemente son. Pero en política nada “simplemente es”. Todo viene con dueño, con historia, con intereses cruzados y con esa respiración pesada del poder que nunca es inocente.
La tutela estadounidense sobre América Latina no cayó del cielo ni fue un accidente geopolítico: fue arquitectura, diseño, doctrina. Desde la Monroe hasta hoy, Washington ha jugado a ser guardián, árbitro, socio o verdugo según le convenga. El discurso cambia; la intención, rara vez.
En ese mapa, Venezuela no fue un convidado de piedra. Durante décadas jugó con inteligencia: autonomía negociada, respeto mutuo, pragmatismo sin estridencias. No fuimos “patio trasero”; fuimos socio energético con voz propia, con instituciones que daban confianza y con una diplomacia que sabía bailar con gigantes sin perder el paso.
Ni pitiyanquis ni antiyanquis: venezolanos, pues.
Ese equilibrio tenía bases claras: petróleo confiable, inversión extranjera con reglas, industria y banca conectadas al mundo, cooperación tecnológica y educativa. Un toma y dame funcional, sin romanticismos ni rabietas. La política exterior era adulta.
Hasta que dejó de serlo.
La revolución bolivariana rompió la ecuación. La relación con Estados Unidos pasó del pragmatismo al teatro ideológico. A la retórica incendiaria se sumaron decisiones que desarmaron capacidades: expropiaciones, instituciones debilitadas, PDVSA politizada, mercados cerrados. En nombre de la soberanía se desmontaron los instrumentos que la sostenían. Paradoja cruel.
Y cuando un país se debilita, no queda solo: cambia de dependencias. Se abraza a otros “poderosos” que no necesariamente ofrecen mejores tratos. El resultado: menos autonomía, más vulnerabilidad.
La relación Caracas–Washington entra entonces en espiral descendente: ruptura diplomática, sanciones, desconocimiento político, bloqueo energético. Se pasa de una interdependencia manejada a un ring de boxeo donde cada golpe se da mirando a la gradería interna. Mucho grito, poco cálculo.
Tras los sucesos de enero de 2026, Estados Unidos actúa más como bombero cansado que como estratega. Sanciona, flexibiliza, vuelve a sancionar, concede licencias, abre canales discretos. Su política interna manda más que su visión hemisférica. Pero con los meses aparece un reconocimiento básico: la situación de Venezuela es compleja y no cabe en un memo.
De allí salen espacios limitados: licencias petroleras, operaciones puntuales, acuerdos humanitarios, entendimientos mínimos en gobernabilidad. No resuelven mucho por el momento, pero admiten lo obvio: el colapso total es ingobernable.
La otra cara no desaparece del todo. Las sanciones han dejado cicatrices profundas: financiamiento restringido, comercio trabado, producción asfixiada. Su impacto es transversal. Y aunque en Washington hay debate, la lógica sigue siendo la misma: presión y contención.
A eso se suma un error conceptual: creer que los venezolanos abandonaron la democracia. No la abandonaron; se la arrebataron. No fue apatía, fue captura institucional. Para Washington, Venezuela es geopolítica; para los venezolanos, es pérdida íntima. La democracia es una memoria interrumpida.
En la región, los datos de Latinobarómetro muestran otra deriva: la democracia empieza a medirse por resultados inmediatos. Si no mejora la vida, pierde legitimidad. Ese vacío lo llenan los autoritarismos que prometen eficiencia exprés. Venezuela es ejemplo y advertencia.
Reconstruir no es consigna: es cirugía mayor. Rehacer instituciones, economía, tejido social. Y en ese proceso, la relación con Estados Unidos será inevitable, pero no debe ser ni única ni determinante.
La tutela no es solución. Es herramienta. Sirve sí para administrar tensiones. La pregunta es otra: ¿cuándo deja de ser útil y cuándo empieza a estorbar? ¿Cómo evitar que lo transitorio se vuelva camisa de fuerza?
La salida pasa por redefinir el vínculo: acuerdos, sí —energía, energía, producción industrial, comercio, seguridad—, pero con reglas claras, reciprocidad y sin ambigüedades sobre soberanía.
Porque el riesgo no es solo material: es simbólico. La caricatura de Venezuela como “estado 51” no es real, pero puede movilizar emociones. Alimentarla sería gasolina para el conflicto.
El dilema no es tutela o aislamiento. Eso es un falso dilema. El reto es construir una relación funcional sin dependencia. Cooperación sin subordinación. Autonomía sin encierro.
La política exterior influye, pero no sustituye lo esencial: reconstruir el país desde dentro. La historia venezolana no se escribirá en Washington. Se escribirá aquí, con tinta venezolana, en esta tierra que todavía pelea por recuperar dirección, instituciones y futuro.
Hay mucho por hacer. Y no se puede ser espectador. Hay que ser protagonista. Porque un país no se reconstruye desde la grada ni desde la queja resignada, sino desde la decisión íntima —y colectiva— de volver a ocupar el centro del escenario. Cada quien, desde donde pueda y como pueda, tiene un pedazo de país entre las manos. Soltarlo es renunciar; asumirlo es empezar. Y Venezuela, si algo ha demostrado, es que todavía tiene gente dispuesta a empezar de nuevo.
Bienvenidos todos, de cualquier nacionalidad, que quieran ayudar.
