05-12-2025
Soledad Morillo Belloso
El aguaíto se conversa
Anaís tenía la costumbre de despertar antes que el sol, como si quisiera ganarle la carrera al gallo del vecino. Apenas se desperezaba, iba directo a la cocina, porque allí estaba su verdadero escenario: la olla grande de aluminio, abollada por los años, pero fiel como perro viejo. En esa olla se cocinaba la memoria de la casa, y ese día, como casi todos los sábados, se cocinaba su famoso aguaíto de pollo con arroz y zanahorias.
El pollo entraba primero, con huesos y pellejo, porque Anaís decía que “sin hueso no hay cuento”. El arroz esperaba paciente, como quien sabe que al final será protagonista. El maíz tierno se dejaba caer con la dulzura de los campos, y las papas, humildes y blandas, se rendían al hervor como quien se entrega a un abrazo. El cilantro, fresco y verde, levantaba la voz como pregonero en plaza. La cebolla y el ajo, discretos pero sabios, encendían la memoria con su chispa. El ají amarillo ponía la picardía, y el limón, al final, cerraba el relato con frescura.
Pero eran las zanahorias las que daban el toque jocoso. Anaís las cortaba en rodajas gruesas y decía que eran “monedas de oro” que flotaban en el caldo, como si la olla fuera un río donde navegaban tesoros. “El que se come la zanahoria más grande se gana la lotería de la alegría”, repetía con una sonrisa, y los vecinos reían mientras sorbían el aguaíto.
El aguaíto no era sólo comida: era tertulia, era chisme, era consuelo. En la mesa se hablaba de la subida del precio del pan, de la vecina que se había peleado con el carnicero, del hijo que mandaba notas y fotos desde lejos. Cada cucharada era un pedazo de vida compartida. El pollo recordaba el aguante, el arroz la paciencia, el maíz la dulzura, las papas la ternura, el cilantro la esperanza, la cebolla y el ajo la memoria, el ají la pasión, el limón la frescura, y las zanahorias la risa.
Anaís servía el aguaíto en platos hondos, y el vapor subía como plegaria. Los niños se peleaban por las zanahorias, los viejos decían que el arroz les recordaba la infancia, y los visitantes sentían que el cilantro les devolvía la tierra. La cocina se volvía plaza pública, teatro improvisado, confesionario y fiesta.
Y Anaís, con su cuchara de palo en la mano, solía decir: “El aguaíto no se come, se conversa; cada sorbo es palabra que calienta el alma.”
Así, su aguaíto de pollo con arroz y zanahorias no era un plato: era un relato coral, un mosaico de voces que se encontraban en el caldo. Era la metáfora de la vida misma: un hervidero de ingredientes distintos que, juntos, lograban un sabor único. Y Anaís, con su frase y su humor, era la directora de esa sinfonía de sabores, la maestra de ceremonias de un banquete sencillo que, sin embargo, sabía a eternidad.