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En sus Cartas a Lucilio, insiste en que la felicidad no depende de factores externos, sino de la actitud interior

[SE}> “Vine a trabajar” / Soledad Morillo Belloso

09-04-2026

Soledad Morillo Belloso

“Vine a trabajar”

Señoras y señores que ocupan espacios de decisión:

Todos quieren verse bellos. Es comprensible. De veras lo entiendo. El espejo los aplaude, la vanidad los empuja y la fantasía de que el liderazgo se sostiene con base en “verse importantes” es casi irresistible.

Pero si ustedes creen que su desempeño será evaluado por el color del blazer, el corte del conjunto con la marca expuesta o ese peinado que les tomó cuarenta minutos y tres productos “profesionales”, entonces permítanme informarles que están navegando en la dirección equivocada… y sin brújula.

El público no está ahí para admirarles el “outfit”. Si lo recuerdan, créanme, es pésima señal. Significa que su ropa habló más fuerte que ustedes. Y un líder eclipsado por su propio vestuario debería, al menos por decoro, preguntarse si no estaría mejor en otro oficio. Uno con pasarela, por ejemplo.

Un ministro llega a una reunión de crisis con un traje sastre gris, camisa blanca sin adornos y zapatos limpios. A su lado, otro aparece con pañuelo de bolsillo, yuntas brillantes y un blazer que parece gritar “mírenme, por favor”. ¿Quién inspira confianza? El primero. El segundo parece listo para un cóctel, no para resolver un problema.

Una directora entra a una sala llena de ejecutivos vestidos como catálogo de moda corporativa. Ella lleva un traje sastre oscuro, sin joyas que tintineen, sin maquillaje de teatro. Habla dos minutos y la sala se ordena. Los demás, con sus combinaciones estudiadas, quedan convertidos en decoración. Carísima, sí, pero decoración al fin.

Un alcalde visita una obra pública. Él llega con su atuendo sencillo, mangas remangadas, zapatos que no temen el polvo. A su lado, un funcionario aparece tan impecable que parece temer que una molécula de aire le arrugue el traje. El contraste es casi cruel: uno está ahí para supervisar; el otro, para no estropearse.

Una presidenta de junta directiva asiste a una negociación difícil. Ella viste un conjunto sastre azul oscuro, discreto, casi monástico. Del otro lado, un negociador luce un atuendo tan “fashion” que parece haber sido planchado por un equipo de producción. A los diez minutos, queda claro quién domina la mesa: la que no está compitiendo por atención.

Todos estos ejemplos muestran lo mismo: la sobriedad no es falta de estilo, es estrategia pura. Es la forma más poderosa de decir “vine a trabajar”.

Los colores, sí, comunican. Un tono puede sugerir serenidad, autoridad, cercanía, firmeza. Pero ese mensaje no puede —jamás— imponerse sobre la idea. Si el público sale recordando que usted llevaba un rojo encendido, un conjunto verdecito limón suave o un azul “arriesgado”, entonces falló. Porque lo que debía quedar en la memoria era lo que dijo, no lo que se puso. El vestuario no puede tener “recall”. Ustedes no están vendiendo detergente ni refrescos; están comunicando decisiones que afectan vidas.

Hemos llegado a la frivolidad extrema: que si los zapatos de la señora son de tal o cual marca, que si cuestan no sé cuántos dólares, que si la blusa es de seda italiana, que si el maquillaje tiene tres bases distintas. Pamplinas. Cuando las redes estallan con esos comentarios, no es un triunfo estético: es un diagnóstico. Y no hay nada que celebrar. Significa que ustedes mismos han despreciado y desvalorizado su propio mensaje. Que lo que dijeron fue tan débil, tan irrelevante, que la gente tuvo que agarrarse de lo único que tenía a mano: la superficie.

Y sí, ya sé que vivimos en un mundo que privilegia la banalidad, incluso en medio de guerras, crisis políticas, económicas y desastres varios. Pero si ustedes quieren liderar, no pueden darse el lujo de entregarle el volante a su ego. Créanme: es su peor enemigo. El ego los empuja a vestirse para impresionar, no para comunicar. Los convence de que la forma importa más que el fondo. Los hace olvidar que el liderazgo no se construye en el espejo, sino en la palabra, en la acción, en la coherencia.

Por eso insisto: los colores y las ropas deben ser neutros, discretos, casi invisibles. Nada de joyería que haga competencia. El traje sastre sobrio no es una renuncia a la elegancia; es una declaración de prioridades. Es la forma más eficiente de decir: “vine a trabajar”. Es un atuendo que no compite, no distrae, no pide atención. Los deja expuestos en lo esencial: su palabra, su criterio, su capacidad.

La gente debe recordar lo que dijeron. La claridad con la que explicaron. La firmeza con la que asumieron. La inteligencia con la que ordenaron el caos. La serenidad con la que enfrentaron la tormenta. Eso es lo que queda. Eso es lo que pesa. Eso es lo que se evalúa cuando las luces se apagan y el eco del aplauso se disuelve.

Y aquí la ironía final: quienes se obsesionan con verse llamativos terminan siendo recordados solo por eso. Quienes vienen a trabajar, en cambio, dejan huella sin necesidad de adornos.

Soledadmorillobelloso@gmail.com

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Un grupo de científicos ha identificado los genes que ayudan a algunos animales a regenerar extremidades, y eso abre una nueva vía para acercar ese proceso a los humanos

[LE}> Obras de arte citadas por su autor, en mayúscula y sin resalte

15-04-2026

Cuando el nombre de un artista se usa para aludir a cada una de sus obras de creación, se mantiene la mayúscula y no son necesarias cursivas ni comillas: un Botticelli.

Uso inadecuado

  • Un ciudadano francés gana en un sorteo un ‘picasso’ valorado en un millón de euros.
  • 20 millones por un tiziano y otros resultados de las subastas de verano en Londres.
  • Requisan un gentileschi en Dorotheum.

Uso adecuado

  • Un ciudadano francés gana en un sorteo un Picasso valorado en un millón de euros.
  • 20 millones por un Tiziano y otros resultados de las subastas de verano en Londres.
  • Requisan un Gentileschi en Dorotheum.

De acuerdo con la Ortografía de la lengua española, cuando se usa el nombre de un autor (ya sea completo, ya sea solo el apellido) para referirse a cada una de sus obras, lo indicado es emplear la mayúscula en el nombre propio del artista: un Velázquez, un Maruja Mallo, un Antonio López. Además, no es necesario añadirle ningún resalte, es decir, se escribe sin comillas ni cursiva.

En plural, para aludir a más de una obra del autor, los nombres que terminan en vocal suelen añadir una ‘-s’ (varios Sorollas), mientras que los que terminan en consonante o están formados por más de una palabra tienden a quedar invariables (dos Frida Kahlo).

Fuente

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Investigadores del Gran Colisionador de Hadrones han detectado anomalías en el comportamiento de ciertas partículas que no encajan con la teoría que ha dominado la física hasta ahora