23-09-2025
Soledad Morillo Belloso
Leer a otros: antídoto contra el ego
Escribir sin leer es como querer sembrar sin haber caminado nunca por un campo. El escritor que no lee se convierte en monólogo, en espejo que sólo refleja su propia voz. Leer a otros es el único acto que le recuerda que no está solo, que su palabra viene de una larga procesión de voces, de un coro que lo precede y lo excede.
Leer es abrir la puerta de la casa del lenguaje y dejar que entren los vecinos con sus acentos, sus refranes, sus silencios. Es permitir que te desordenen los muebles, que te cambien el ritmo de las oraciones, que te enseñen que la tristeza también puede rimar con fiesta, que la alegría puede tener sintaxis de duelo.
El ego del escritor, ese animalito endemoniado que se alimenta de aplausos y de la vana ilusión de originalidad, sólo se domestica cuando se enfrenta a la grandeza ajena. Leer a otros es reconocer que no se ha inventado nada solo, que cada metáfora tiene abuelos, que cada imagen tiene primos lejanos. Es aceptar que se escribe en comunidad, incluso cuando se escribe en soledad. Hace que el escritor entienda que él también es otro.
Leer es como oír cantar a otros en la plaza. Uno puede tener su copla, su tonada, pero al escuchar las voces ajenas, se aprende a armonizar, a callar cuando toca, a improvisar cuando el silencio lo pide. Es un acto de humildad y de fiesta. Porque leer no es sólo aprender, es celebrar que otros también han sentido, han pensado, han dicho.
El escritor que lee se vuelve poroso. Se le filtran ritmos, colores, sabores. Se le cuelan refranes, estructuras, preguntas que no se había hecho. Y entonces su escritura se vuelve más rica, más viva, más humana. Porque ya no escribe para sí, sino con los otros, desde los otros, a través de los otros, para los otros.
Leer a otros es también un acto ético. Es reconocer la diferencia como valor, la pluralidad como riqueza. Es confrontar el odio con la escucha, la arrogancia con la curiosidad. Es entender que cada texto ajeno es una semilla de futuro, una posibilidad de transformación.
Por eso, leer no es un lujo ni una técnica. Es un deber del escritor. Un ritual indispensable. Una forma de mantener el alma abierta y el ego en su sitio.