[Canarias}> Los cantones o bandos prehispánicos de Benahoare: Tagalguen (X)

22-06-2026

 Felipe Jorge Pais Pais

 Los cantones o bandos prehispánicos de Benahoare: Tagalguen (X)

La Carta Arqueológica de Garafía, realizada en tres campañas (2004, 2005 y 2006), nos indica que fue intensamente habitado y explotado por la población benahoarita desde el primer momento de arribada a la Isla, en torno al siglo II d. C., hasta finales del siglo XV

El décimo término y señorío era Tegalgen, que es Garafía, hasta el Barranco de Hiscaguan; y de esta tierra era señor Bediesta (J. Abreu Galindo, 1977: 268). Las investigaciones arqueológicas indican que, a pesar de los escasos datos que nos ofrecen las fuentes etnohistóricas, fue uno de los más importantes de la antigua Benahoare siendo, igualmente, de los de mayor extensión, más poblado y con una riqueza y variedad en vestigios prehispánicos realmente sobresaliente.

La Carta Arqueológica de Garafía, realizada en tres campañas (2004, 2005 y 2006), nos indican que fue intensamente habitado y explotado por la población benahoarita desde el primer momento de arribada a la Isla, en torno al siglo II d. C., hasta finales del siglo XV.

Panorámica de la parte oriental del cantón de Tagalguen desde la zona de Franceses. El paisaje está dominado por profundos barrancos, enormes acantilados costeros y tabladas que acogen los caseríos de El Tablado, Don Pedro y Juan Adalid (Foto: Jorge Pais Pais)

Este topónimo, según Ignacio Reyes García, tiene el significado de “…encierro vigilado, coto cerrado, ahijadero …” (2011: 395). Evidentemente, se está dando una gran relevancia a la explotación pastoril de este territorio desde la orilla del mar a las cumbres más elevadas que lindan con el Parque Nacional de la Caldera de Taburiente.

Esta actividad ha sido vital y esencial para su población y se ha mantenido hasta prácticamente nuestros días. Los vertiginosos acantilados y las laderas son terrenos ideales para la práctica del pastoreo de suelta. Los ahijaderos son zonas reservadas para el ganado menor, especialmente utilizadas para la cría y el destete de cabritos y corderos.

Este nombre se ha conservado en Tenerife, si bien en La Palma es más habitual el uso de la palabra “envetadero”, denominándose así a los riscos que sólo cuentan con una o varias entradas que se trancaban con una “cancela” hecha de troncos o vegetación de la zona donde los animales se criaban solos sin ningún tipo de intervención humana. Se buscaban laderas con abundantes pastos y, a ser posible, una fuente.

Chivas “envetadas” en la zona de El Caldero (Barranco de Los Cuervos. Don Pedro) (Foto Jorge Pais Pais)

Los estudios zooarqueológicos corroboran el uso de “envetaderos” para criar un grupo de animales muy jóvenes (“chivitas” y corderos), que se dejaban crecer hasta que alcanzaban la madurez, de tal forma que pasaban a formar parte de las manadas o se sacrificaban para conseguir carne fresca en las épocas de mayor carestía alimenticia que, generalmente, coincidía con la llegada del verano (F. J. Pais Pais, 1996: 216).

Estos datos se han obtenido tras el estudio de miles de fragmentos óseos de fauna doméstica descubiertos en los yacimientos de la Cueva del Tendal (San Andrés y Sauces) y El Rincón (El Paso) (F. J. Pais Pais, 1996: 429-508).

Chivitas de raza palmera en Salvatierra (Garafía) (Foto: Jorge Pais Pais)

La línea divisoria con el cantón de Tixarafe se encontraba en el Barranco de Hiscaguan, que actualmente se conoce como Izcagua, que separa los actuales municipios de Garafía y Puntagorda. Este topónimo también se ha conservado para denominar una buena extensión de los gigantescos acantilados de la parte norte de La Palma.

Según Ignacio Reyes Martín, se puede traducir como “… cuernos (literalmente) … cumbres, cimas” (2011-264) (en sentido figurativo). Esta última traducción cuadra perfectamente con la accidentada orografía del territorio que, especialmente en los bordes de la Caldera de Taburiente, es muy elevada, escarpada, estrecha y peligrosa, sobre todo en la zona de Los Andenes.

Acantilados en la costa de Hiscaguan (Foto: Jorge Pais Pais)

El cantón de Tagalguen es uno de los más importantes e interesantes de la antigua Benahoare si tenemos en cuenta la abundancia y variedad de sus manifestaciones prehispánicas. La población indígena vivía, fundamentalmente, en extensos poblados de cuevas situados en los tramos medio e inferior de los numerosos barrancos y barranqueras que atraviesan su orografía, destacando los asentamientos en la margen izquierda del Barranco de Franceses, El Jurao (El Tablado), Barranco del Cuervo (Don Pedro), Barranquera de Los Draguitos (El Palmar), Barranco de La Luz (Santo Domingo de Garafía), Barranco de Fernando Porto (Cueva de Agua), Barranco del Atajo y Briestas (El Castillo), Buracas (Las Tricias), Fagundo (margen derecha del Barranco de Izcagua), etc.

Un poblamiento tan intensivo debe tener una correlación con la existencia de yacimientos funerarios que, en algunos casos (Buracas y Barranco del Atajo) muestran huellas de que los cuerpos recibieron algún tipo de tratamiento para su conservación postmortem y grandes necrópolis, como la del Huerto de Los Morales (Margen izquierda del Barranco de Fernando Porto) (F. J. Pais Pais y N. Álvarez Rodríguez, 2010: 154-160) que albergó una veintena de cuerpos.

Asimismo, destaca la existencia de un buen número de lugares de claro carácter mágico-religioso entre los que sobresalen los grupos de canalillos-cazoletas, almogarenes y piletas marinas.

Poblado de cuevas de Buracas (margen derecha de la Barranquera del Corchete. Las Tricias) (Foto: Jorge Pais Pais)

La arqueología de Garafía nunca hubiese sido la misma sin la gran labor desarrollada por D. Ramón Rodríguez Martín, cuyo interés y pasión por el mundo aborigen, posibilitaron el hallazgo de una gran cantidad de yacimientos de todo tipo dispersos por toda la orografía insular, si bien su trabajo se centró en Garafía, donde nació, vivió y murió.

Esta pasión le permitió atesorar y custodiar en su domicilio de Las Tricias una de las mejores colecciones de restos arqueológicos benahoaritas y que, de otro modo, se hubiesen perdido para siempre. Estos materiales fueron donados al Cabildo de La Palma en 2007 y, desde entonces, muchos de esos objetos han formado parte de la exposición permanente del Museo Arqueológico Benahoarita (Los Llanos de Aridane) (F. J. Pais Pais, 2011: 433-434).

Ramón, como era familiarmente conocido en el mundo de la arqueología palmera, fue nombrado por Luis Diego Cuscoy (Comisario de Arqueología en las Canarias Occidentales) como su representante en La Palma tras la finalización de la guerra civil española. Su labor de prospección, centrada especialmente en Garafía, le permitió descubrir y estudiar algunas de las estaciones de grabados rupestres más emblemáticas de la Isla como, por ejemplo, La Zarza y La Zarcita, Buracas, Caldera de Agua, etc. y, asimismo, participó en las distintas excavaciones arqueológicas que por esas fechas se llevaron a cabo en Belmaco, La Cucaracha y Roque de la Campana (Villa de Mazo), Los Guinchos y El Humo (Breña Alta), etc.

Ramón Rodríguez Martín en La Zarza (Foto: Archivo familiar)

La arqueología de Garafía destaca, sobre todo, por la gran cantidad, la belleza y complejidad de sus estaciones de grabados rupestres geométricos ejecutados con la técnica del picado. La cifra, en la actualidad, supera los dos centenares de yacimientos y, lo más sorprendente, es que siguen descubriéndose nuevos conjuntos.

Entre los grupos más sobresalientes cabe destacar los de La Zarza, La Zarcita, Fajaneta del Jarito, Caldera de Agua, Los Guanches, etc., que se emplazan en medio de los frondosos bosques de laurisilva entre Hoya Grande y Roque del Faro, que son exclusivos de este municipio y que hemos denominado santuarios de monte; que hemos denominados santuarios de monte.

Otra zona de extraordinario interés se concentra en los alrededores de Santo Domingo de Garafía, destacando los petroglifos del Calvario de Santo Domingo, Cercado de Don Vicente, Barranquito de Silva-La Castellana, Calafute, etc. A ellos hemos de añadir las estaciones de Buracas y El Corche (Las Tricias), El Jurao (El Tablado), Barranco del Cuervo (Don Pedro), etc.

Estas manifestaciones rupestres se encuentran por toda su orografía, desde la orilla de los enormes acantilados costeros hasta las medianías cubiertas de frondosos bosques de laurisilva y pinos de tea centenarios (F. J. Pais Pais, 2017: 242-301), sin olvidar la gran cantidad de yacimientos de La Cumbre garafíana.

Por todo ello, no debe extrañarnos que Garafía haya jugado un papel esencial para que los petroglifos benahoaritas formen parte, desde abril de 2025, de la lista indicativa de patrimonio Mundial de La UNESCO.

Grabados rupestres del Calvario de Santo Domingo (Foto: Felipe Jorge Pais Pais)

El yacimiento arqueológico rupestre más interesante de la antigua Benahoare, sin ningún género de dudas, está formado por los conjuntos de La Zarza y La Zarcita (E. Martín Rodríguez, 1998: 35-74), hasta el punto de que lo hemos bautizado como Capilla Sixtina del Arte Rupestre Benahoarita (F. J. Pais Pais, 2014: 44-48).

 Sus enormes paneles repletos de espirales, círculos-semicírculos concéntricos y meandriformes con desarrollos y entrelazamientos inusitados los convierten en únicos dentro de la arqueología insular. Las distintas técnicas de ejecución (picado e incisión) avalan un uso continuado durante muchísimo tiempo de la larga etapa prehispánica.

Todos estos factores movieron a distintas administraciones públicas (Dirección General de Patrimonio Histórico, Cabildo Insular de La Palma y Ayuntamiento de la Villa de Garafía) a crear un Parque Arqueológico, inaugurado en 1998, convirtiéndose en el primero abierto al público en todo el Archipiélago Canario. En los últimos años ha estado cerrado por problemas de distinta índole, aunque en estos momentos, estamos trabajando para volver a abrirlo a la mayor brevedad posible con una nueva exposición, mejor accesibilidad y dotado de nuevos servicios complementarios.

A estas contrariedades no han sido ajenas las inclemencias meteorológicas extremas que han provocado hasta cuatro derrumbes de riscos y el desplome de varios pinos de tea que han afectado, fundamentalmente, a la red de senderos que recorre la zona arqueológica.

Petroglifos de La Zarza (Foto: Jorge Pais Pais)

En Garafía se encuentra una de las zonas arqueológicas más importantes e interesantes de La Palma que alberga centenares de yacimientos que, además, presentan un estado de conservación bastante aceptable debido a que estos parajes permanecieron intactos hasta comienzos de la década de los 80 del siglo pasado cuando se comenzó a levantar el complejo astrofísico del Roque de Los Muchachos.

Esta zona, hasta entonces, sólo era visitada por cabreros y viandantes que utilizaban los bordes de la Caldera de Taburiente como sendero para acceder desde Tijarafe, Puntagorda, Garafía y Barlovento a Santa Cruz de La Palma. Las condiciones climáticas extremas y la orografía del territorio sólo eran aptas para practicar un pastoreo estacional que, fundamentalmente, coincidía con la época estival.

Este aprovechamiento ganadero se mantuvo, de forma idéntica, desde la primera arribada de la población benahoarita, en torno al siglo III, hasta comienzos de la década de los 90 del siglo pasado, cuando La Cumbre dejó de subastarse. Los asentamientos pastoriles son especialmente abundantes en el codesal garafiano debido a la existencia de enormes tabladas, la frondosidad de los pastizales y la presencia de fuentes permanentes.

Los conjuntos suelen contar con una o varias moradas, un encerradero de ganado, goros para cabritos y lechones, así como los paraderos pastoriles desde los que se controlaban los movimientos de las manadas (F. J. Pais Pais y J. Capote Álvarez, 2025).

Moradas pastoriles rehabilitadas en la Degollada del Fraile entre el Roque de Los Muchachos y Pico de Fuente Nueva (Foto: Jorge Pais Pais)

La huella benahoarita en estas cotas altitudinales tan elevadas aparece por doquier en forma de restos arqueológicos superficiales (fragmentos de cerámica y piezas líticas), numerosas estaciones de grabados rupestres de tipo geométrico ejecutados con la técnica del picado, así como un tipo de yacimiento de carácter mágico-religioso que, prácticamente, sólo se ha conservado en estos parajes por encima de los 2.000 metros de altitud, como son los amontonamientos de piedras de los que, la gran mayoría de los ejemplos, se localizan en las cumbres garafianas.

El conjunto más espectacular e interesante, sin discusión, lo encontramos en el Llano de Las Lajitas, a los pies del Roque de Los Muchachos. Está formado por 17 estructuras artificiales cuyo perímetro se delimita con lajas hincadas y un relleno interior de rocas de distintas formas y tamaños que, en ocasiones, no van más allá del simple cascajo.

Se asientan sobre una pequeña elevación del terreno en cuyos bordes aparecen una buena cantidad de grabados rupestres, en torno al centenar, que también se ejecutaron sobre las piedras hincadas y las que forman parte del relleno, como si de ofrendas u objetos votivos se tratase. (F. J. Pais Pais, 1999: 377-412).

Amontonamientos de piedras del Llano de Las Lajitas (Roque de Los Muchachos) (Foto Jorge Pais)

Los límites territoriales del cantón de Tagalguen están bastante claros, especialmente en la vertiente occidental donde será el enorme Barranco de Izcagua que atraviesa todo el territorio desde La Cumbre en los bordes de la Caldera de Taburiente hasta la orilla del mar.

Por el contrario, en el lado oriental no existe ningún tipo de referencia etnohistórica sobre su línea divisoria con el bando de Tagaragre. No obstante, con toda probabilidad, la separación vendría marcada, igualmente, por el enorme Barranco de Franceses que, en la actualidad, separa los municipios de Garafía y Barlovento.

Bibliografía general

  •      -ABREU GALINDO, J.: Historia de la conquista de las siete islas de Canaria, (Santa Cruz de Tenerife), 1977.
  •      -ÁLVAREZ RODRÍGUEZ, Nuria y PAIS PAIS, Felipe Jorge: Los yacimientos funerarios benahoaritas en las antiguas demarcaciones territoriales de La Palma, Actas de las IV Jornadas Prebendado Pacheco de Investigación Histórica, (Tegueste), 2011, Págs. 17-42, ISBN 978-84-938791-0-5 (Publicación digital).
  •      -MARTÍN RODRÍGUEZ, E.: La Zarza: entre el cielo y la tierra, (Madrid), 1998.
  •      -PAIS PAIS, F. J.: La economía de producción en la prehistoria de la isla de La Palma: la ganadería, (Santa Cruz de Tenerife), 1996.
  •      -PAIS PAIS, F. J.: El conjunto ceremonial del Llano de Las Lajitas (Roque de Los Muchachos. Garafía. La Palma), Anuario de Estudios Atlánticos, XLIII, (La Laguna), 1999, Págs. 377-412.
  •      -PAIS PAIS, Felipe Jorge: Donación de restos al Museo Arqueológico Benahoarita de la isla de La Palma, Revista de Estudios Generales de la isla de La Palma. Actas del II Congreso de Arqueología, Arte y Arquitectura, Ciencias y Geografía de La Palma, 2008 (II)“, Nº 5, (Madrid), 2011, Págs. 413-442.
  •      -PAIS PAIS, Felipe Jorge: Los petroglifos benahoaritas: símbolos de vida y fertilidad, (Madrid), 2019.
  •      -PAIS PAIS, F. J.: Los petroglifos de La Zarza: la capilla sixtina del arte rupestre benahoarita, Revista Biosfera, Nº 17, (La Palma), 2024, Págs. 44-48.
  •      -PAIS PAIS, F. J. y CAPOTE ÁLVAREZ, J.: Los asentamientos pastoriles en los bordes de la Caldera de Taburiente en la etapa histórica, (Tenerife), 2025.
  •      -PAIS PAIS, F. J. y ÁLVAREZ RODRÍGUEZ, N.: La necrópolis aborigen del Huerto de los Morales (Barranco de Fernando Porto. Garafía): un espacio de vida y muerte, XIII Simposio de Centros Históricos y Patrimonio Cultural de Canarias, (Santa Cruz de Tenerife), 2010, Págs. 154-160.

Fuente

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15-06-2026

Soledad Morillo Belloso

María Corina y los chavistas

Venezuela es un artefacto político enredado adrede: una arquitectura de nudos donde cada intento de comprensión tropieza con otro hilo oculto. No es lana: es fibra de poder, fracturas históricas, silencios administrados, instituciones vaciadas y una ciudadanía que respira en un ecosistema donde nada significa exactamente lo que dice. Una madeja política y sentimental: cada hilo atado a un conflicto, una promesa rota, un pacto incumplido. Entenderla exige desmontar ficciones y la narrativa oficial que intenta convertir la excepción en normalidad.

En el centro está la presidente encargada, en un performance que revela más de lo que oculta. Su gesto más llamativo es intentar parecerse a María Corina, por absurda que resulte la imitación y por evidente que sea la distancia entre la legitimidad que nace de la calle y la que se fabrica desde el aparato. Ese gesto es político: admite que su poder necesita apropiarse de símbolos ajenos y requiere de Estados Unidos para sostenerse.

Intenta replicar un liderazgo que no nació en un despacho, sino en un país fracturado que buscaba una voz firme. Ella intenta copiarlo desde el control institucional y la maquinaria comunicacional. Es un intento de transferencia simbólica: si adopto el tono, si imito la firmeza, quizá olviden el origen de mi poder. Es la lógica del “hay que parecer legítimo”.

De allí su esfuerzo —visible, demasiado visible— por simular que su gobierno hace lo que haría uno legalmente elegido. No es gestión: es puesta en escena. Actos, anuncios, viajes, inauguraciones incompletas, cifras sin auditoría. Todo para producir la ilusión de Estado. No Estado de derecho, sino Estado como espectáculo. No busca que la quieran: busca que no le teman, que piensen “conmigo no te vas a j…”.

La política venezolana tiene memoria selectiva. Pero hoy  la gente distingue entre autoridad real y autoridad de teatro, entre liderazgo y simulacro, entre quien encarna un proyecto de país y quien intenta imitarlo para sostener un poder sin origen popular.

La profundidad de esta enrediña está en que Venezuela no es sólo un país quebrado: es un país atrapado entre la simulación del poder y la necesidad de reconstruir legitimidad. Entre un Estado que finge y una sociedad que padece. Aunque el gobierno encargado simule fortaleza, no la tiene. La fortaleza no se decreta: se construye desde la institucionalidad y la confianza. Cuando la robustez proviene del extranjero, lo que hay es dependencia. Y la dependencia siempre es debilidad: un edificio que parece firme porque lo apuntalan con andamios.

La eliminación del Niño Guerrero puede sentirse como alivio, pero deja un sabor a níspero verde: ocurrió como un “quítate que yo me encargo”. Y dejó claro que las fuerzas armadas reciben órdenes del Pentágono. Mejor eso que órdenes de Díaz Canel o Putin, sí, pero sigue siendo incapacidad operativa y pérdida de soberanía.

Habrá elecciones. No porque el gobierno encargado crea en ellas, sino porque son la única forma de evitar convertirse en un episodio descartado. Las elecciones son el único utensilio que puede darle apariencia de solidez histórica. Sin ellas, no tiene relato; con ellas, puede aspirar a un futuro político propio. Liderazgo de su partido o incluso crearse uno nuevo. ¿Es factible? En política todo es posible. Pero borrar a Chávez no es como borrar a Maduro: Chávez pesa, vivo o muerto.

María Corina debe mantenerse firme porque no encarna una ideología ni una maquinaria: encarna al país real, el que resiste y no se resigna. Su firmeza no es virtud: es deber. Cuando una figura pasa a representar al país, su voz se vuelve voz de un “nosotros” heterogéneo, cansado de simulaciones y liderazgos de utilería.

Su firmeza debe ser ética y coherente. Representa un relato de país posible. Y en ese país caben también los chavistas —los de convicción, costumbre, identidad o necesidad—. No porque ella deba diluir su postura, sino porque un liderazgo que aspira a encarnar al país no puede excluir a quienes también forman parte de él. Esto no es “maricorinistas” vs. “chavistas”: es Venezuela.

El chavismo no es sólo una corriente política: es una biografía colectiva. Para millones, Chávez fue un relato en un país que los había dejado al margen. Aunque ese relato se haya erosionado, la identidad permanece. Si María Corina aparece como amenaza, la reacción será defensiva, visceral. No por ideología: por instinto.

Ella no necesita conquistar a los chavistas; necesita que no la teman. Que no la imaginen como revancha. Que no la vean como la mano que viene a borrarlos. En un país saturado de heridas, cualquier gesto que parezca castigo colectivo activa trincheras.

La clave es que sientan que también caben en el país que ella representa. Que no serán expulsados del relato ni tratados como enemigos internos. Que no se les pedirá renunciar a su identidad. Que el país que ella propone no es un país sin ellos, sino un país con todos.

Su tarea no es derrotar al chavismo como identidad, sino desactivar el miedo que esa identidad siente frente a ella. Porque un país no se recompone desde la exclusión, sino desde la certeza de que nadie será borrado del mapa.

Soledadmorillobelloso@gmail.com

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