04-11-2025
Soledad Morillo Belloso
Llueve y escampa en Caracas
Llueve. Y escampa. Como si el cielo caraqueño dudara entre el llanto y la carcajada. Como si noviembre, que según los almanaques debería ser seco, decidiera mojarse los recuerdos, empaparse de una melancolía tibia, de esas que no duelen del todo, pero tampoco consuelan. Llueve como si el cielo recordara a alguien. Llueve como si Caracas estuviera sola. Llueve como si la ciudad se permitiera llorar sin que nadie la juzgue.
Y escampa. Como si la tristeza tuviera horario. Como si el sol dijera “ya basta” y se asomara con descaro, secando lágrimas que aún no han terminado de caer. Escampa como si la ciudad se arrepintiera de haber mostrado su vulnerabilidad. Como si dijera “no fue nada, ya estoy bien”.
Pero mientras llueve, Caracas se transforma. El Ávila se pone su ruana de neblina y baja a saludar con su aliento fresco, como abuelo que viene a contar historias. Las aceras se llenan de charcos que reflejan semáforos cansados, y los techos cantan, como si fueran tambores de San Juan en pleno ensayo. En Chacaíto, una señora se cubre con una bolsa plástica, y en Sabana Grande los vendedores de paraguas improvisan toldos con sus propios productos, como quien arma un altar de supervivencia. En La Pastora, los niños corren entre las gotas como si fueran luciérnagas líquidas, y en El Cementerio, las flores se lavan solas, como si los muertos también necesitaran limpieza de alma.
Llueve. Y hay quien se queda bajo techo, mirando por la ventana, recordando a alguien que ya no llama. Hay quien se moja sin querer, y hay quien se moja a propósito, como quien busca una excusa para llorar sin que se note. Llueve y los olores cambian: el asfalto huele a infancia, la tierra huele a mamá, el aire huele a canción vieja.
Y escampa. Y Caracas se sacude como perro mojado. Sale el sol con descaro, como si no hubiera pasado nada. Las hojas brillan, los carros humean, los zapatos se secan al borde de la acera. El vendedor de papelón con limón vuelve a su esquina, y los motorizados retoman su danza de esquiva y corneta. Las muchachas se retocan el maquillaje, los muchachos se peinan con la mano, y los abuelos vuelven a sacar la silla al porche.
Llueve y escampa. Como la memoria. Como el amor. Como la esperanza. Como los duelos que no se cierran del todo. Como los abrazos que llegan tarde. Como las cartas que nunca se enviaron. Caracas, aunque sea noviembre, se permite el lujo de llorar un rato y luego reírse de sí misma. Porque aquí, hasta el clima tiene alma de teatro. Porque aquí, hasta la lluvia sabe actuar.
Llueve y escampa. Y en ese vaivén, la ciudad se revela: vulnerable, altiva, nostálgica, pícara. Caracas se moja y se seca como quien se enamora y se desenamora en una misma tarde. Como quien recuerda y olvida en una misma canción. Como quien vive y sobrevive con la misma intensidad.
Llueve y escampa. Y yo, que estoy temporalmente en Caracas, me dejo mojar. Me dejo secar. Me dejo sentir.