Sal: la piedra que cambió el mundo y durante milenios fue símbolo de riqueza
La editorial Península reedita el fantástico ensayo «Sal. Historia de la única piedra comestible’, de Mark Kurlansky. Publicamos un fragmento de la introducción
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¿Vivimos atrapados en la insatisfacción eterna? Una célebre reflexión de Sócrates desmonta la trampa del deseo material y nos recuerda que la verdadera paz interior nace al valorar el momento presente
28-06-2026
Soledad Morillo Belloso
La devastación no necesita adjetivos: escupe una cifra. Una cifra que Asdrúbal Oliveros dejó caer como un bloque de concreto sobre la mesa, como si soltara la verdad desde una grúa oxidada. US$12.000 a US$15.000 millones para intentar recomponer lo que ya no existe. Un monto que no sólo desborda la capacidad financiera del Estado venezolano: la tritura, la vuelve polvo, la reduce a un residuo que ni sirve para mezclar cemento. Ese número no es un dato; es el epitafio ya cincelado en la lápida, la inscripción final de un país que se quebró mucho antes del terremoto. La prueba de que lo que colapsó no fue concreto, sino la mentira estructural de un Estado que nunca estuvo preparado y que ahora pretende posar de solvente sobre ruinas aún calientes.
Y aun así, Oliveros —a quien respeto profundamente— se queda corto. Porque ese cálculo, por gigantesco que parezca, no alcanza a medir lo que cada víctima perdió de su patrimonio personal, ni el hecho brutal de que muchos jamás podrán reconstruir su vida en las condiciones que tenían. Especialmente quienes ya cruzaron la frontera de la edad donde el futuro deja de ser promesa y se vuelve apenas un margen estrecho. ¿Cuánto suma ese duelo material y moral? ¿Qué número cabe en la casilla de Excel para nombrar una vida partida en dos? No lo sé, pero poco no es. Porque no es lo mismo quebrar a los treinta o cuarenta que arruinarse después de los sesenta, cuando ya no hay tiempo para empezar de nuevo. Y eso sin contar los costos de atención a quienes quedaron con daños físicos o con estrés postraumático, heridas invisibles que también exigen reconstrucción y que no se curan con cemento ni con decretos.
Y no me digan que este desastre no es económico y político. Lo es, y lo es de manera obscena. Desafío a todos los medidores de opinión pública a que pregunten, sin maquillaje, si la población cree que el mismo gobierno que abandonó, que destruyó durante 27 años, puede ser el que lidere la reconstrucción. Que lo consulten. Y que tengan el valor de publicar la respuesta.
Aquí ya no queda espacio para disfraces ni liturgias vacías: quien destruyó no levanta nada. Quien dejó morir no convoca resurrecciones. Quien gobernó para crear ruinas no puede ahora posar de arquitecto. Venezuela ya vio cómo se abrió la grieta, cómo el país crujió como una columna fatigada, cómo el polvo se volvió aire y el aire se volvió miedo. Y ahora ve, con estupor, quién insiste en sostener la mentira, quién pretende vender esperanza sobre escombros aún calientes, quién se atreve a pedir olvido cuando esta tragedia quedó grabada —como un golpe de cincel sin posibilidad de borrado— en la piedra rota de esta nación.
Al final, cuando el polvo termine de asentarse y las cifras ya no sirvan ni para el consuelo, quedará lo único que nunca miente: la huella del derrumbe. Este país no necesita más diagnósticos ni más promesas; necesita que alguien tenga el coraje de mirar la lápida sin bajar la vista. Lo que se quebró no fue sólo infraestructura: se quebró la ficción de un Estado que fingió ser sostén y terminó siendo carga, que se disfrazó de constructor mientras serruchaba las vigas, que habló de futuro mientras hipotecaba hasta el aire.
Y ahora, frente a la piedra rota, frente a la grieta que ya no se puede maquillar, Venezuela sabe algo con una claridad que corta: no hay reconstrucción posible desde las mismas manos que perfeccionaron el derrumbe. No hay resurrección en el mismo altar donde se celebró la ruina.
Lo que viene tendrá que nacer lejos de quienes hicieron del país un campo de escombros. Porque este epitafio no es metáfora: es sentencia. Y las sentencias, cuando se cincelan en piedra, no se negocian, no se maquillan, no se olvidan. Se leen. Se asumen. Y se enfrentan.
«Sospechar que» o «sospechar de que»: la RAE aclara cómo usar correctamente esta expresión
Una sola preposición cambia por completo la corrección de esta expresión. La RAE explica cuándo sobra y cuándo sí debe utilizarse.
02-07-2026
La palabra inglesa ‘mister’ puede adaptarse al español como ‘míster’ en ciertos contextos, pero, cuando en las noticias alude a un entrenador, técnico o preparador deportivo, es preferible utilizar estas voces.
Uso no recomendado
Uso recomendado
Como explica el Diccionario panhispánico de dudas, en el ámbito deportivo la palabra míster, con tilde, es válida en un registro coloquial, pero, fuera de él, se recomienda utilizar en su lugar voces españolas como entrenador, preparador o técnico, que expresan con precisión el mismo concepto.
Más allá de lo deportivo, míster puede designar al ‘ganador de un certamen de belleza o culturismo’ o, en Puerto Rico, a un docente. En todo caso, cabe recordar que lo adecuado es utilizar la forma adaptada míster (plural místeres), y no el extranjerismo. Así, en «La lucha quedó entre los mister de Valencia y Cádiz», habría sido mejor escribir «La lucha quedó entre los místeres de Valencia y Cádiz».
Por último, se aconseja también evitar el empleo de ‘míster’ como fórmula de tratamiento, pues a tal fin el español dispone de la palabra señor: señor Williams, no míster Williams.
Información adicional
La información nos ha llegado, con foto y datos incluidos, por medio de la exIBMista Nora Márquez Santana.
Por favor, agradeceré que si alguien detecta errores en los datos que he puesto o sabe uno o más de los faltantes, me haga llegar esa información.
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