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22-11-2025
“El café es amor que se bebe”
(De la serie “Cuentos de fogones”)
En lo alto de un caserío andino, donde la neblina se posa como chal sobre los tejados de teja musgosa y los gallos cantan con voz de campana vieja, Julia se despertaba antes que el sol. No necesitaba reloj: la costumbre le latía en el pecho como un tambor suave. Se envolvía en su ruana de lana gruesa, se calzaba las alpargatas y caminaba hacia la cocina de barro, donde el fogón de leña esperaba como un corazón dormido.
Allí, en la penumbra azul del alba, comenzaba el rito. Tomaba la manga de tela —esa reliquia oscura y curtida por los años— y la llenaba con el café molido que guardaba en un pote de hojalata. El agua hervía en la olla curtida, y al verterla sobre el polvo oscuro, el aire se transformaba: el aroma del café nacía como un suspiro hondo, como un canto de tierra mojada, como si un recuerdo se colara por la rendija del alma.
Julia no hablaba mucho, pero cuando colaba el café, su silencio soñaba a oración. Decía, con voz firme y mirada de madre sabia:
—El café es amor que se bebe.
Y no, no era metáfora vana. Era verdad encarnada. Porque en cada taza que servía —con manos que sabían de parto, de duelo, de cosecha y de espera— iba un poco de su ternura, de su paciencia, de su historia. El café no era bebida: era abrazo líquido, consuelo humeante, promesa de que el día podía comenzar, aunque doliera.
Los primeros en llegar eran los hijos, despeinados y con los ojos aún llenos de sueño. Luego los vecinos, los jornaleros, los que pasaban camino al campo. Todos sabían que en casa de Julia el café no se negaba. Y mientras los pocillos de peltre pasaban de mano en mano, las palabras se encendían como brasas: se hablaba del clima, de la cosecha, de los hijos que se fueron, de los que aún estaban en vientres hinchados. Se hilaban recuerdos como quien teje un poncho, se hacían planes como quien siembra maíz con fe.
El café, allí, no era lujo ni costumbre: era raíz. Era el modo en que la comunidad se recordaba viva, junta, humana. Era la manera en que Julia —sin discursos ni aspavientos— enseñaba que el amor no siempre se grita: a veces se cuela, se sirve caliente y se bebe en silencio, mirando cómo la mañana se despereza entre las montañas. Ese café es vida.
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