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30-05-2026
Soledad Morillo Belloso
No es sólo una figura literaria: es una escena completa, casi un pequeño teatro moral donde cada prenda interpreta su verdad. Allí, en esa cuerda tensa entre dos paredes, cuelgan telas que aún respiran humedad, que destilan gotas como si expulsaran lo último que les queda de sombra. El sol cae sobre ellas con la precisión de un juez que no necesita mazo; la brisa pasa, revisa, levanta orillas, toma nota. Todo queda expuesto: la trama, la costura, el desgaste, la historia íntima de cada fibra. Nada se oculta cuando la luz decide mirar.
La ropa colgada afuera no negocia. No pide indulgencias. Se entrega a la intemperie con una franqueza que desarma. Una camisa extendida al sol muestra más que su color: deja ver el hilo que la sostiene, el remiendo que la salvó, la mancha que sobrevivió a todos los lavados. Esa desnudez es ética pura. Y es justamente esa ética la que el poder teme, porque la luz no admite coartadas. La claridad es un bisturí moral: corta sin sangre, pero corta hondo, y lo que corta no vuelve a pegarse igual.
En lo público, esa debería ser la regla: tenderlo todo. Que cada contrato, cada decisión, cada cifra, cada movimiento administrativo quede suspendido a la vista como una sábana recién exprimida, ondeando sin miedo a la inspección del vecindario. La transparencia no es cortesía: es fuerza. Es decirle a la ciudadanía y a la sociedad entera: “Aquí está. Revísenlo. No tengo miedo”. Es la valentía de quien sabe que la luz no lo va a traicionar.
Muchos prefieren el armario cerrado, ese santuario oscuro donde la humedad trabaja con paciencia de verdugo. Allí prosperan el negociado y la corrupción: en la penumbra tibia, en el silencio espeso, en el olor a encierro que anuncia que algo se está pudriendo. El poder que se oculta es un poder que ya se sabe culpable. Y el que teme la luz, inevitablemente, algo esconde. En esa cobardía está su derrota.
Por eso la imagen de la ropa guindada al sol es tan letal: porque exige valentía y renuncia. Obliga a abandonar el privilegio de la sombra, a destruir la comodidad del secreto. Y lo hace con una elegancia que hiere más que cualquier grito. La luz no humilla: simplemente muestra. Y en esa muestra, muchos quedan desnudos, desvestidos de legitimidad, expuestos como telas que nunca se atrevieron a mojarse.
En la comisión que se monte para una transición seria, ese principio debe ser columna vertebral. No como adorno discursivo, sino como método. Una transición sin luz es apenas un cambio de manos; con luz, es un cambio de cultura. Por eso, en ese organismo que tendrá que revisar, ordenar, auditar, limpiar y refundar lo público, la idea de tenderlo todo al sol debe estar clavada como estandarte.
Y si hablamos de luz, hay una organización que no puede quedar fuera: Transparencia Venezuela transparenciave.org @NoMasGuiso . No por cortesía institucional, sino por necesidad moral. Porque en un país donde la opacidad se volvió método, ellos han sido la excepción luminosa. Y porque cuentan con un liderazgo que no se compra ni se alquila: Mercedes De Freitas @soymerchy , confiable, impecable, incomparable. Su presencia no sería un gesto: sería una garantía.
La transparencia verdadera no es trámite ni eslogan. Es una ejecución limpia. Una higiene institucional que no admite perfumes ni excusas. Lo que se cuelga al sol se seca, se aclara, se purifica o se evidencia. Y si se evidencia, que así sea: mejor una mancha expuesta que un país entero respirando moho.
Soledadmorillobelloso@gmail.com
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