La célebre frase forma parte de su obra más conocida, el ‘Discurso del método’ (1637), donde propone una serie de reglas para alcanzar la verdad
[SE}> Lo que el venezolano quiere / Soledad Morillo Belloso
02-06-2026
Soledad Morillo Belloso
Lo que el venezolano quiere
Lo que quiere el venezolano de a pie es una vida normal. Normal, sí: esa palabra exótica, casi mitológica, que en otros países se consigue en el supermercado junto al pan. Aquí, en cambio, parece que la fabrican en Marte y la traen en cohetes que nunca aterrizan.
El venezolano no pide milagros ni epopeyas ni discursos de plaza. Pide lo básico, lo elemental, lo que cualquier país decente entrega sin hacer aspavientos: vivir sin sobresaltos, sin miedo, sin tener que hacer acrobacias para llegar al final del día.
Quiere levantarse y abrir la llave sin preguntarse si hoy habrá agua o si tocará el numerito circense de llenar tobos como si viviera en un campamento de refugiados. Quiere encender la luz y que la luz responda, no que juegue a hacerse la interesante. Quiere que el internet no sea un rumor contado en voz baja. Quiere que el gas llegue sin tener que rezarle a ningún santo ni sobornar a nadie.
Quiere salir a trabajar sin sentir que la calle es una emboscada. Quiere caminar sin mirar hacia atrás cada tres pasos, como si fuera protagonista de una película de suspenso de bajo presupuesto. Quiere que el transporte público no sea un asunto de azar. Quiere que la gasolina no sea un tesoro escondido digno de piratas del Caribe. Quiere que la noche no sea un territorio prohibido.
Quiere hacer mercado sin tener que hacer malabares mentales. Quiere que el sueldo alcance para comer, para vivir, para darse un merecido gusto sin sentir culpa. Quiere que el dinero no se evapore como si tuviera fuga. Quiere que la inflación deje de ser un monstruo que se come el esfuerzo ajeno con la voracidad de un ogro malcriado.
Quiere que sus hijos estudien en escuelas donde haya pupitres, maestros, libros, comida. Quiere que los muchachos sueñen con quedarse, no con huir. Quiere que la vejez de sus padres no sea una condena. Quiere que enfermarse no sea una sentencia.
Quiere, además, algo que aquí parece una insolencia: un gobierno que lo respete. Un gobierno que no pretenda que sea una foca amaestrada, aplaudiendo cada vez que le tiran un pescadito seco disfrazado de “bono”. Un gobierno que entienda que ciudadanía no es obediencia, ni dignidad es sumisión.
Y quiere algo todavía más básico, más elemental, más obvio: que quienes deciden y gobiernan NO roben. Que no se lleven el país en maletas diplomáticas. Que no conviertan el erario en alcancía personal. Que no vivan como jeques mientras el ciudadano hace malabares para comprar harina. Que no se repartan el futuro como si fuera botín.
Y quiere algo fundamental, algo que define la esencia de un pueblo: no quiere limosnas. No quiere bonos que duran lo que dura un suspiro. No quiere depender de la voluntad caprichosa de nadie. No quiere que lo traten como mendigo en su propio país.
El venezolano quiere trabajar. Quiere producir. Quiere ganarse la vida con su esfuerzo honesto. Quiere disfrutar lo que ha ganado con sus manos, con su sudor, con su talento. Quiere que su salario tenga peso, que su trabajo tenga valor, que su esfuerzo tenga recompensa. Quiere vivir de lo suyo, no agradecer lo que le tiran desde arriba como si fueran migajas bendecidas.
Quiere que el país deje de ser un incendio. Quiere silencio, rutina, incluso aburrimiento. Quiere que la vida vuelva a tener ritmo, cadencia, respiro. Quiere que la normalidad deje de ser un anhelo y vuelva a ser un derecho.
Y yo, que soy escritora, quiero lo mismo que quiere el ciudadano de a pie, pero además quiero tiempo y sosiego para escribir. Quiero sentarme frente a la página sin que el país me interrumpa con su tragedia diaria. Quiero escribir artículos, relatos, cuentos, novelas, ensayos, poesía. Quiero que la imaginación no tenga que competir con la angustia. Quiero que la ficción no sea menos verosímil que la realidad.
Quiero —como millones— que la vida vuelva a ser vida, no supervivencia. Que el país deje de exigir heroísmo. Que podamos volver a la normalidad sin pedir permiso.
Porque al final, lo que quiere el venezolano es tan simple como insoportable para quienes lo han condenado a la miseria: quiere vivir de su trabajo, no de su sumisión. Y eso, para algunos, es incomprensible; tienen dos cotufas en el cerebro y una de ellas ni siquiera estalla.
Soledadmorillobelloso@gmail.com
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10-06-2026
Carlos Valentín Lorenzo Hernández*
Historia de una imagen
Anualmente, cuando la primavera se ha afirmado y el estío se insinúa con radiante sol que vivifica y anima la vida, el arte y el saber hacer de los habitantes de esta tierra de El Paso, que ocupa el centro geográfico de la isla de La Palma, toman forma de alfombras, tapices, pedestales, maceteros, descansos, pasillos y arcos en sus calles principales, en una explosión de colorido para admiración de propios y foráneos que acuden a la cita festiva.
Se trata de las tradicionales fiestas del Sagrado Corazón de Jesús, singular manifestación en la que se conjuga lo artístico y cultural con la sensibilidad espiritual.
Entre los trabajos que se confeccionaron para la festividad del año 1947 se encontraba un hermoso tapiz de unos dos metros de alto, cuya parte superior era una preciosa imagen del Corazón de Jesús, cubierta con flores en forma de nubes.
La curiosa circunstancia que ha motivado a la redacción del presente texto hace referencia al hecho que se puso de manifiesto durante los preparativos para la decoración de las mismas fiestas del siguiente año.
Cuando los operarios procedieron a sacar los tapices amontonados del año anterior para aprovechar las maderas, se encontraron con que los roedores habían dejado tan solo la parte superior del referido tapiz. Los «animalitos» habían respetado únicamente la cara, el corazón y la mano derecha de la figura del Sagrado Corazón de Jesús. Los trabajadores al descubrirlo quedaron sorprendidos, pues aquello tenía el aspecto de algo sobrenatural.
La explicación, la razón natural de lo sucedido, fue que los roedores iban buscando «la poleada o poliada» —pasta adhesiva natural de harina mezclada con agua caliente, que se ha empleado como pegamento, una especie de engrudo— con que se habían pegado las flores. Sin embargo, el cuadro presentaba un aspecto que hacía pensar.
Por ello se le puso en un marco con cristal y un pequeño texto, exponiéndose durante las fiestas del Sagrado Corazón de Jesús del año 1948 en la puerta del antiguo templo de Nuestra Señora de Bonanza.
Gran cantidad de público asistió para presenciarlo, y los comentarios fueron unánimes: «es sorprendente que fueran dibujando los perfiles de la imagen, haciendo desaparecer todo lo demás del cuadro y que únicamente quedara casi intacta la sagrada cabeza y la mano como señalando su corazón».
Se trata de una curiosidad que nos hace pensar y así fue recogida en el periódico El Domingo de la edición del 20 de junio de 1948 (publicación de periodicidad mensual, se autodefinía como «órgano de la Asesoría Eclesiástica de la C.N.S. de Tenerife y de las Hermandades de Trabajadores Cristianos»). En un amplio reportaje titulado: «Por los pueblos, El Paso por el Sagrado Corazón de Jesús», se incluía una fotografía del cuadro y se citaba: «parece que la imagen nos está diciendo he aquí este corazón que tanto ha amado a los hombres… ».
También se afirmaba al respecto de este hecho curioso, en la citada publicación: «la serenidad de su semblante en medio del destrozo nos dice también vuestras iniquidades son como estos roedores que al querer desterrar mi doctrina destrozan al mundo, pero yo sigo siendo la vida, la verdad y el único camino de la paz.
Hoy, 79 años después, esa plácida estampa del Corazón de Jesús se puede seguir contemplando, ya que continúa enmarcada en aquel cuadro y cuelga de una pared en la sacristía de la parroquia matriz de Nuestra Señora de Bonanza.
(*) Carlos Valentín Lorenzo Hernández
Cronista oficial de El Paso

