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24-11-2025
El asado negro de Gertrudis no era comida: era estribillo mágico. Lo preparaba como quien reza bajito, como quien musita un bolero desgarrado en la penumbra de la cocina. La carne, primero castigada por el fuego, se dejaba quemar hasta que la costra oscura pareciera cicatriz. Y luego, como si la herida pidiera caricia, Gertrudis la bañaba en papelón derretido, esa dulzura oscura que sabía a consuelo.
Sabía que el mal de amor no se cura con lágrimas, sino con consuelo en cucharadas. Por eso servía el asado negro a los que llegaban con el corazón roto pero la dignidad intacta. Y al poner la fuente en la mesa, con voz firme y serena, decía: “Esto cura el corazón herido”. Entonces la tristeza se aliviaba, el despecho se transformaba en melodía serena, y el sabor susurraba que hasta las heridas más hondas podían volverse ternura oscura, dulzura que acaricia, caramelo lento que devuelve la esperanza.
En la mesa de Gertrudis, cada ingrediente era maestro. El papelón enseñaba a ser dulces sin miedo. El ajo, a ser fuertes sin arrogancia. El arroz blanco, a tener paciencia sin prisa. El sofrito, que la generosidad no admite cálculo. Todo era lección de ternura disfrazada de poesía.
Su cocina era templo costumbrista. Allí se entendía que cocinar no era sólo sustento: era lenguaje, herencia, ritual. Era la manera en que los afectos se decían sin pronunciar palabra. Porque el amor no siempre se escribe: a veces se sirve en un plato humeante. Hay cariños que no se declaran, se fríen, se amasan, se licúan, se espuman, se caramelizan y se abrazan en la boca. Hay sabores que son besos.
El asado negro, en manos de Gertrudis, era canto de la vida misma: carne que se quemaba para volverse sublime, dulzura que nacía de la oscuridad, dignidad que se defendía en la mesa. Era la certeza de que el mal de amor podía transformarse en manjar compartido, de que la tristeza podía ser melodía serena, y de que la cocina, cuando se hace con afecto, convierte las heridas en ternura y cura lo que la palabra no alcanza.
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