[Drog}> La ley de Briffault. “Los hombres valoran el amor; las mujeres aman el valor. Los hombres creen en el amor como algo en sí mismo; las mujeres aman de forma oportunista”

28-09-2022

Carlos M. Padrón

El que sigue es un artículo excelente y valiente que, al menos en mi opinión, contiene la esencia de lo que pienso de la relación hombre-mujer si acaba consolidándose. Todo padre debería hacer que su hijo lo lea, y conseguir que lo asimile, al igual que debe hacer con el drogamor y sus efectos.

Tenía mucha razón el que psiquiatra que más conocí y que estudió en Inglaterra.

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28-12-2015

José Redpill

La ley de Briffault

Los hombres valoran el amor; las mujeres aman el valor. Los hombres creen en el amor como algo en sí mismo; las mujeres aman de forma oportunista

Ante la pregunta de ¿por qué las mujeres hacen lo que hacen? o, más precisamente, ¿cómo es posible que sean capaces de hacer ciertas cosas después de todo lo que hicimos por ellas?

Admito que llevo una vida entera dedicada a buscar las respuestas a esas preguntas, sin éxito… hasta ahora.

Surfeando por la Red me encontré con una frase extraordinaria que explica mucho, si no todo, el comportamiento femenino. La encontré por un comentario hecho en un artículo muy interesante de un diario: el artículo, llamado «Brides of the State» (Casadas con el estado) del diario «Inside Cork» publicado el 8 de Julio de 2004.

Ten en cuenta que estamos hablando sobre comportamiento, o sea, un hecho observable, y no de pensamientos o deseos. Freud solía decir que nadie sabe qué quieren las mujeres. Esa opinión se mantiene vigente hasta donde sé. Como todos los grandes descubrimientos, tales como E=MC2 o F=MA, lo que encontré vendría a ser como la teoría unificada del comportamiento femenino, explicada de una forma muy elegante. Lo que encontré fue la Ley de Briffault.

LEY DE BRIFFAULT

La hembra, no el macho, determina las condiciones de la familia animal. Cuando la hembra no puede obtener más beneficios de la asociación con el macho, esta asociación deja de existir.

Hay algunos corolarios que podríamos agregar:

  1. Los beneficios ya provistos por el macho no aseguran ni la continuidad ni el futuro de la asociación.
  2. Cualquier acuerdo donde el macho provee un beneficio actual a cambio de la promesa de una futura asociación es totalmente inválido y nulo tan pronto como el macho termine de proveer el beneficio. (Ver corolario 1).
  3. La promesa de un futuro beneficio tiene una influencia limitada en la asociación tanto actual como futura, siendo esta influencia inversamente proporcional al tiempo que falta para que ese beneficio sea dado, y directamente proporcional al grado en el que la hembra confía en el macho (muy poco probable, digamos).

Ningún hombre puede entender lo que está sucediendo dentro de la cabeza de cualquier mujer, sea  de la cultura que sea, incluyendo las de su propia cultura, no importa cuánto las estudie. No debemos mentirnos a nosotros mismos; lo mejor que podemos esperar lograr es observar sus comportamientos y aprender a los golpes. Acá es donde la Ley de Briffault se vuelve de vital importancia: todas las mujeres se asocian con un hombre sólo en tanto puedan obtener algún beneficio de esa asociación.

Hay algunos estudios recientes hechos en Inglaterra que apoyan esta proposición. Se encontró que durante un periodo de tiempo entre el comienzo de los 1990 hasta los inicios de los 2000, el 90% de las mujeres de Inglaterra practicaron la hipergamia.

La hipergamia se puede entender como «casarse con alguien que está en mejor situación que la de uno«. La hipótesis del estudio fue: “¿Exhiben o no las mujeres la hipergamia?”. Se empieza asumiendo que no, y luego se busca refutarlo. Si las mujeres no son hipergámicas, entonces se puede decir que aproximadamente el 50% de ellas se casarían hacia arriba, y el 50% se casarían hacia abajo.

Durante el periodo que duró el estudio, el 90% de las mujeres de Inglaterra se casaron con hombres que ganaban más plata que ellas, o que tenían mayor riqueza. Un 90% es una evidencia bastante clara de que las mujeres demuestran un comportamiento hipergámico. Cabe aclarar que las mujeres del estudio no eran granjeras ni pobres y que el país del estudio no era un país en desarrollo.

Este comportamiento se puede observar en cualquier parte del mundo en cualquier momento de la Historia.

Antes de descubrir la Ley de Briffault, había llegado yo a una conclusión similar, aunque no tan bien explicada. Hace unos años, discutiendo con las mujeres de mi familia sobre mis intenciones de casarme con una chica de barrios bajos, me argumentaban que ella sólo quería casarse conmigo para tener una mejor vida. Después de unos segundos de reflexión, les respondí que eso era verdad para todas las mujeres del mundo al casarse con cualquier hombre. Esa respuesta las hizo quedar mudas y sin argumentos, porque, después de todo, ¿quién de nosotros se casa para tener una peor vida? Todos esperamos que el casamiento nos lleve a una mejora. Con las mujeres es mucho más evidente, ya que no tienen la intención de trabajar duro para mejorar su situación.

Entonces, de acuerdo con la Ley de Briffault, si una mujer se asocia contigo (asumiendo que eres hombre), sólo lo está haciendo porque ve algún beneficio, sea actual o futuro, de esa asociación. Las únicas diferencias son el tiempo de tal asociación, el beneficio esperado y el tiempo que ella acepte esperar para obtener ese beneficio. Es hora de sacarse los anteojitos de colores y ver la realidad como lo que es.

¿Y esto en qué te ayuda? En que si sabes de antemano que ella está contigo para principalmente obtener un beneficio, asegúrate de que estás dispuesto y de que eres capaz de proveerle ese beneficio, asegúrate de que estás dispuesto y que eres capaz de continuar dando ese beneficio, y de que el costo de proveerlo vale el beneficio que obtienes de la asociación. Ten siempre en mente que. cuando el beneficio que le proveas se termine, también lo hace la relación; no te hagas ilusiones.

Esto es verdad tanto en Inglaterra, Francia, USA, Argentina, Tailandia y cualquier otra parte del mundo. Así que, si te gastas todos tus ahorros en comprarle o refaccionarle una casa a ella o a su madre (a su nombre, claro), no esperes que la asociación continúe. Tienes que aprender a decir que no desde el inicio, y las veces que sean necesarias, para preservar tu habilidad de poder continuar proveyendo el beneficio. Si gastas todos tus recursos, sólo vas a obtener lo que deberías esperar. (Ver corolario #1).

Mantén el control sobre tu dinero, que sólo tú puedas y seas responsable por él, y eso es porque eres el que tuvo que ganárselo. «Cualquier hombre que le entregue su sueldo a una mujer es un tonto«. Agregaría que darle a una mujer toda la plata que tienes en el mundo es buscar que te eche y te deje a las primeras de cambio.

Querer obtener beneficios mutuos de una relación no es algo malo, pero los hombres perdemos la consciencia cuando esperamos que los beneficios que aportamos en el pasado a una mujer nos generarán una asociación futura continua. (Ver corolario #1).

La lealtad, el honor, la gratitud y el sentido del deber son valores masculinos que nos gusta proyectar a las mujeres, pero hay muy, muy pocas mujeres que posean esos valores. No nacemos con ellos: se nos inculcan desde la cuna, por la sociedad, la cultura, nuestras familias y, definitivamente, por las mujeres de nuestra vida (eso incluye a tu mamá, sí).

Las mujeres reciben un adoctrinamiento diferente, así que sus valores son distintos; en general, para una mujer, lo que sea que es mejor para ella y para sus hijos (biológicos) es lo mejor; punto. Así que no esperes que una mujer se sacrifique por ti y te siga agradeciendo cuando ya no puedes proveerle a ella, y lo que es de ella.

Y no te equivoques: nunca fuiste, ni serás, parte de lo que es de ella. Sus prioridades son primero ella, luego sus hijos (biológicos), luego sus padres, luego sus hermanos y, por último, el resto de sus parientes.

El imperativo biológico del ser humano siempre fue y será extender la familia biológica. Ahí termina, siempre. ësta es una realidad que sucede en todo el mundo. Supéralo.

«Nadie tiene un amor mayor que éste: que uno que dé su vida por sus amigos.» (Juan, 15:13).

¿Cuántas mujeres están dispuestas a morir por sus maridos, amigos, país? Demasiado pocas, si es que hay alguna. Sin embargo eso es algo que sí se espera de los hombres (a veces, incluso a la fuerza).
¿Cuántos hombres continúan con su matrimonio, manteniendo a su familia y a su esposa, a pesar de que ésta le hace la vida imposible? Demasiados.
¿Cuántos hombres elijen a sus esposas por sobre sus padres y hermanos? La mayoría.

Las mujeres no se comportan así.

Pero, ¿cómo es que las expectativas de un beneficio mutuo en una relación se distorsionan de tal manera en Occidente? En cuanto se dicen los «Sí, acepto».

¿Por qué?

Porque tú, el hombre, firmas un contrato no con la mujer, sino con el Estado; un contrato en el que prometes que vas a proveer todo a tu mujer, mientras que la mujer no promete nada. Por cierto, acuérdate de que, en cuanto ella decida dejarte, tanto el peso entero de la Ley como la opinión pública van a apoyarla a ella para que te saque todo lo que pueda, incluyendo a tus hijos y la mayoría de tus ganancias futuras.

Por lo tanto, una vez que firmas ese contrato no tienes nada más que ofrecerle: todo lo que tienes y todo lo que vas a tener, es de ella. ¿Te parece muy duro lo que te digo?

Me pareció lo mismo la primera vez que lo escuché, cuando discutía con mi abogado después de mi separación. La mujer lo tiene todo y, además, puede volver nula su parte del contrato en cuanto lo desee, esa parte del contrato donde ella te debe compañía, lealtad, sexo, etc. (Acuérdate de que la violación de cónyuge es ahora una realidad, pero no pasarle un centavo a ella si no trabaja, es un delito). Y no sólo puede la mujer anular su parte del contrato, sino que, encima, se queda con todos los beneficios que puedes darle y que vayas a poder darle a futuro.

Una vez que te casas, la mujer pierde cualquier razón por la cual seguir asociándose contigo. (Ver corolario #2).

Esta situación actual del estado del matrimonio (y ahora de los convivientes) resulta totalmente destructiva para la unidad familiar, donde el hombre tiene responsabilidades, y la mujer ninguna.

Hablar sobre a la Ley de Briffault es un deber que siento que tengo hacia mis lectores, como un servicio público. Necesitamos sacarnos las anteojeras y ver la realidad. Piénsalo: vas a obtener de las mujeres exactamente lo que esperas; siempre que mantengas en mente la Ley de Briffault (y sus corolarios).

Tanto los hombres como las mujeres vamos a ser más felices si los hombres toman el control de su relación y de sus finanzas.

Cortesía de Alberto Lema

[Drog}> Las razones por las que discuten tanto las parejas

15/08/2022

Laura Peraita

Las razones por las que discuten tanto las parejas

Un especialista explica las situaciones que más conflictos generan en las relaciones

Quien tiene pareja, lo sabe. Al principio de la relación todo son sonrisas y buenos gestos, pero según se avanza en la convivencia diaria se da paso a desencuentros que pueden generar conflictos y discusiones.

Pero, ¿por qué suelen enfadarse las parejas? Si estás leyendo esto es porque te ha ocurrido, te preocupa la relación y necesitas tener respuestas para mejorar. Pues la primera de ellas es de cierta calma y tranquilidad. Así, al menos, lo apuntan en terapias de parejas al asegurar que «la discusión es parte esencial de la pareja, y las buenas relaciones se definen en función de la forma en que discuten y solucionan sus problemas. Es decir, la discusión no es mala, y es una realidad necesaria para resolver conflictos y que los problemas no se vayan acumulando de tal manera que en un momento dado se estalle y salgan a la luz todos ellos, con el consiguiente riesgo de ruptura definitiva de la pareja».

Una de las razones por las que más se pelean las parejas es por la batalla de poder. «Uno quiere tener la razón sobre el otro y, de manera casi siempre inconsciente, se convierten en adversarios. Ocurre sobre todo cuando la confianza es extrema y se entra en un juego casi como de competición. Se generan egos y cada uno trata de empoderarse sobre el otro, lo que resulta muy estresante».

Otra de las razones que rompen la calma en la relación es la falta de simetría, entendida como la capacidad de la pareja para estar en una convivencia equilibrada. «Si desde el principio, por ejemplo, uno es detallista y dice cosas bonitas, también espera que el otro lo sea. Son cuestiones que se cuidan bastante al comienzo de una relación. Sin embargo, con el tiempo se pierde esta actitud, aunque el que era detallista lo siga siendo, pero mucho menos.

Se produce una asimetría en la relación y se acostumbra a la pareja a un estado no natural. El que tenía detalles echa en cara al otro que ya no es detallista y surge la pelea».

Los tres pilares de la relación

De cara a prevenir este tipo de situaciones, en las que generalmente uno de los miembros de la pareja se queja de que «ya no me quieres ni te importo y, por eso, ya no tienes detalles conmigo», es que realicen por escrito una especie de contrato en el que se especifiquen aquellas cosas en las que se deben esforzar uno y otro para mantener esa simetría, y así tengan la sensación mutua de que el otro está «trabajando» para que la relación funcione de manera sana y sin problemas.

Es fundamental mantener los tres pilares de toda relación: confianza, respeto y sinceridad. «Para ello, hace falta tener compromiso. En ocasiones, no obstante, el deseo de uno no corresponde exactamente con el del otro, y estalla el conflicto. Hay personas que tienen objetivos a nivel personal que no cuadran con los de la pareja, que ponen el éxito profesional por encima del tiempo de pareja e hijos. Esa disonancia es motivo muy habitual de discusión».

En el día a día, las labores domésticas también suponen una causa de enfrentamiento. «Es tan importante lo que hace cada uno como cuánto percibe el otro lo que yo aporto. Este asunto provoca muchas frustraciones en quien hace mucho y puede echar en cara al otro todo lo que no hace y ponerle castigos de manera más o menos inconsciente: «Como no has hecho esto, ahora te fastidias y esta noche no voy a tener sexo contigo»».

Otra de las causas más comunes de los enfados llegan por elementos externos: la familia política. «Acciones o comentarios de los suegros o de algún cuñado suelen enfrentar a las parejas porque el afectado se defiende y el otro no admite que se metan con su familia. Pero hay que ser consciente de que uno «se casa con su pareja… y con su familia», y es difícil que no se vean afectados cuando no se muestran receptivos. No obstante, este tipo de discusiones son más bien estacionales y coinciden con temporadas de Navidad y verano fundamentalmente, que es cuando más se juntan las familias».

Fuente

[Drog}> Entrevista con Anna Machin. «Ya sabemos cuáles son los cuatro ingredientes del amor»

Entrevista con Anna Machin. «Ya sabemos cuáles son los cuatro ingredientes del amor»

Una de las claves de la felicidad es el amor. Y los científicos han descubierto muchas cosas sobre él. Por ejemplo, que nuestro cerebro segrega una droga para que amemos a alguien durante años. E incluso ya diseñan aerosoles para enamorarse… La antropóloga Anna Machin lo descifra en su laboratorio de la Universidad de Oxford

[FP}— Cómo zafarse del drogamor. Un caso verídico

Nota previa.- Pasados 25 años de lo que abajo relato, y lejos ya de Venezuela, me decido a completar y publicar hoy lo que, estando aún en Venezuela, comencé a escribir el 29-11-2012. Es un resumen que incluye lo que, del caso que relato, considero más relevante para el propósito de este artículo, que no es otro que ilustrar cómo zafarse del drogamor.

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27-09-2021

Carlos M. Padrón

Por los varios artículos que en esta sección he puesto hablando de que no sólo es posible zafarse del drogamor, sino que hacerlo es una cuestión de importancia vital, he recibido por e-mail muy variopintas observaciones, algunas cuasi burlas, y también abiertas peticiones de que explique cómo puede un drogamorado escapar del peligroso drogamor.

En la sección Drogamor dije que la clave para escapar es usar la decactetización hasta que el caso esté debidamente ‘elaborado’, o sea, listo para su cierre sin dejar cabos sueltos que nos persigan de por vida.

Pero como eso parece no haber sido suficiente, por cuanto se me piden explicaciones más detalladas, voy a contar, de forma muy, pero muy resumida, cómo logré zafarme del drogamor la cuarta vez que caí en él, pues fue para esa vez, y no para las tres anteriores, cuando ya sabía qué hacer para salvarme. Antes, ni siquiera había acuñado yo la palabra ‘drogamor’.

La historia —verídica, aunque he cambiado nombres de personas hechos y lugares— ocurrió hace 25 años, y aquí la reduzco sólo a los hechos y palabras relevantes para el fin mencionado, o sea, para ilustrar cómo detectar que se está drogamorado, y cómo aplicar la decactetización. Y la magnitud de tal reducción sólo puede apreciarse cuando se sabe que el caso al que apliqué con éxito la decactetización me tomó nada menos que 3 años y 9 meses de mi vida (exactamente 1.341 días). Tuve buen cuidado de anotar las fechas, porque eso ayuda para el proceso de decactetización.

Lo puesto en letra cursiva son comentarios míos que destacan puntos clave en el proceso de decactetización.

***

Cuando yo llevaba poco más de un año en Madrid, en uno de mis viajes a Venezuela en 1995 fui a una oficina bancaria a hacer una operación que requería de mi presencia personal, y me atendió la gerente del departamento, una dama llamada Vanessa.

Según mi inveterada costumbre, en silencio la examiné en detalle, y me pareció atractiva aunque no mucho. Su cara era bonitica y su cuerpo me pareció bien proporcionado para su tamaño, si bien su actitud me resultó un tanto infantil para una mujer cuarentona.

Por motivos de la evolución de esa operación bancaria, Vanessa me llamó varias veces a Madrid, y como en especial la última de las llamadas me evitó un problema crediticio, de regreso definitivo en Venezuela la llamé para darle las gracias, y la invité a almorzar.

Dudó por un momento. Le pregunté si había algún problema y me dijo que no estaba segura de si el banco permitiría que sus gerentes socializaran con clientes, pero que no iba a preguntar, sino que se arriesgaría a aceptar mi invitación.

Y después de ese almuerzo vinieron otros, además de cenas, asistencias a fiestas —con baile como parte de ellas—, bautizos, reuniones y diligencias de familiares suyos, etc.

En largas chácharas nos contamos nuestras vidas. Vanessa era, al igual que yo, divorciada, y tenía una hija adolescente. En Caracas, y por razones sociales y de trabajo, conocía a medio mundo, gozaba de don de gentes, y su manera de actuar y hablar resultaba fresca, abierta y simpática.

Pasados unos cuatro meses de nuestra primera salida, para mi sorpresa —pues, como ya dije, no me deslumbró tanto cuando la vi por primera vez— caí en cuenta de que me había enamorado de aquella mujer, algo que, como siempre ocurre, Vanessa notó antes que yo, y procedió a comportarse en consecuencia, haciendo gala de lo que luego vi muy claro: un deseo de manipular nuestra relación, de un estira y encoge que sólo satisfacía a su ego.

Más tarde entendí que tenía razón una veterana astróloga que me dijo que no había conocido a un Aries que no fuera sádico y engreído, y Vanessa era Aries.

A pesar de ser, como de hecho soy, un romántico confeso e irredento, soy también poseedor de una poco frecuente pero útil dicotomía entre sentimiento y razón. Y ésta, la razón, saltó de inmediato y me recordó que apenas me separé de la que fue mi mujer, se me dijo que no se me ocurriera establecer ninguna relación sentimental seria antes de que pasaran unos tres años, algo de lo que tomé buena nota porque me gusta escarmentar en cabeza ajena.

Y ahí comenzaron mis dudas sobre mi relación con Vanessa, pero, sintiéndome huérfano de afectos, me arriesgué a seguir adelante porque tampoco era bueno cortar en seco y porque no había encontrado yo aún el fallo por donde abrir el hueco de la decactetización.

Aguantar por lo menos 18 meses sin formalizar ningún compromiso mayor (vida en pareja, embarazo, etc.) es clave para descubrir ese fallo. El primero de los tres fallos que más contribuyeron a que la decactetización consiguiera su propósito tuvo lugar exactamente a los 18 meses del comienzo de mi relación con Vanessa.

De los casi diarios almuerzos y cenas —a veces ambos el mismo día; creo que mientras salí con Vanessa visité más restaurantes que los que había visitado en toda mi vida, lo cual es muy significativo habida cuenta de que no soy amigo de ellos— pasamos a reuniones, diurnas y nocturnas, en nuestras respectivas casas, excursiones de montaña, viajes al interior del país, con pernocta en un buen hotel si el viaje era de más de un día, etc.

En la primera de esas excursiones montañeras, a las que Vanessa iba siempre vistiendo un pantalón lycra muy ceñido, me puse deliberadamente detrás de ella para recrearme mirando su trasero bien formado, pero no hubo en mí la explosión de atracción sexual que era de esperar, algo tan insólito que se me hizo claro que si yo seguía con aquella mujer era debido a mi orfandad de cariño, lo cual, pensé, era para una relación una base mejor que el sexo, pero eso no disipaba las dudas que la relación me había creado.

Y fue entonces cuando, sumando esto al sadismo y a cómo Vanessa me lo aplicaba aprovechándose de una necesidad emocional mía que no era correspondida en igual medida, decidí comenzar el largo y minucioso proceso de decactetización recomendado por el Dr. M. Scott Peck.

Para ello empecé a tomar buena nota de lo que sigue, y a magnificarlo adrede al máximo, enfatizando sólo lo malo que podría generar en el futuro.

  • Las acciones y rasgos de carácter que Vanessa tenía, y que a mí, aunque me gustaban en ella, nunca me gustaron en ninguna otra mujer. Síntoma típico de drogamor.
  • Sus afirmaciones sobre cómo sería su proceder ante ciertas situaciones que yo consideraba importantes.
  • Sus opiniones sobre asuntos clave, como la imagen sobre sí misma, los hombres, el sexo, la relación de pareja, su familia, sus amistades, etc.

Y, sobre todo, yo esperaba poder cazarla en una mentira, en un incumplimiento, en una falta de honestidad, o sea, en una falla de las que para mí son de vital importancia, como lo es el engaño.

La consiguiente lucha entre drogamor y decactetización me deprimió, mis defensas se vinieron abajo, y me pasaba enfermo la mayor parte del tiempo, de lo cual se aprovechó, entre otras, mi afección de garganta que reapareció más agresiva que nunca, y un día, estando yo en México, la depresión me dejó totalmente mudo y no pude completar el trabajo que allí había ido yo a hacer.

La parte buena de la crisis de lo de la garganta fue que mi otorrino descubrió que la causa era una vieja sinusitis cuya mucosidad, ya rancia, se había adherido a la pared trasera de los senos nasales, y tendrían que operarme para extraerla. El día que fui a que me hicieran los últimos exámenes y se fijara la fecha de mi operación, el otorrino, un excelente profesional, me miró muy serio y, sin más, me dijo: «Ven cuando estés mejor, pues yo no meto al quirófano a nadie que esté deprimido». Eso, que me sonó a humillante bofetada, tuvo la virtud de picar mi deteriorada autoestima y darme ánimos para continuar, con redoblados bríos, el proceso de decactetización.

Mo operación, que fue en la mañana, requirió que me quedara hospitalizado por una noche. Vanessa se ofreció a quedarse conmigo, a lo cual me negué.

Entre los diálogos que sostuve con ella, y a los que saqué mucho provecho, destacan éstos:

—A todos los hombres que me han amado [que eran unos tres, según me dijo], incluido el padre de mi hija, los he dejado yo, y todos siguen amándome todavía—, me dijo un día.

—No soy un hombre como ésos—, le respondí.

—No, tú eres masoquista, pues te vas y siempre vuelves.

Era cierto que yo hice eso varias veces, pero lo que ella no sabía era que yo lo hacía para darme un respiro, para recapitular repasando todo lo ocurrido, revisar mi estrategia, ajustarla a los hechos, recuperar ánimos y volver luego a buscar más argumentos. Fueron esas vueltas mías lo que ella interpretó como masoquismo.

Otro diálogo de antología fue el siguiente. Decidido a comprobar lo que ya yo suponía, le pregunté:

—¿Qué esperas del hombre que sea tu pareja?

Sin pensarlo apenas, como si ya la respuesta la supiera de memoria y la tuviera lista para soltarla en cualquier momento, me dijo:

—Que me consienta; que me sea fiel; que siempre crea que soy, y me lo diga, una mujer única y especial; que me lleve de viaje a países que me gustaría conocer; que me lleve a cenar a buenos restaurantes; que le guste que yo vaya de compras; que no olvide agasajarme en las fechas de nuestros aniversarios; que no critique nada mío…

—Y todo eso, ¿a cambio de qué?—, le pregunté.

Creo que si en aquel momento ella hubiera descubierto algo tan impactante como que yo era extraterrestre no habría puesto la expresión de asombro que puso. Se quedó boquiabierta, mirándome fijamente y, a todas luces, sin saber qué contestar, pues, según me dijo tiempo después, ese hombre tenía que darse por más que satisfecho con sólo tenerla a ella por mujer. [Claro, ¡cómo no se me había ocurrido tan obvia y equitativa correspondencia!].

Y, después de una larga pausa, me preguntó, entre asombrada y molesta:

—¿¡Cómo que a cambio de qué!?

—Sí, quiero saber qué le darías tú al hombre que satisfaga esa larga lista de aspiraciones que tienes—, le expliqué.

Nuevo titubeo, esta vez ya bastante azorada y algo sonrojada —nunca supe si de ira o de vergüenza—, y, de pronto, una respuesta insólita:

—Bueno, ¡le haría sopitas ricas!

Ante ésta y otras declaraciones de calibre parecido, me encontré indeciso en cómo definirla: si una adolescente cuarentona, o una cuarentona adolescente.

Otras «perlas» que de inmediato alimentaron la batería de la decactetización fueron:

  • “No quiero hacerte daño”, me dijo un día en que era obvio mi deplorable estado de ánimo, pero lo dijo en tono sarcástico, pues ella estaba muy consciente de los efectos que su actitud me causaba. Y otra vez recordé lo de la astróloga y los Aries.
  • «¿¡Cuándo me he quedado yo en casa un viernes en la noche!?». [Siendo, como soy, eminentemente hogareño, no tendría futuro una relación mía con una mujer así].
  • «¿Para qué sirven los hombres? ¡Sólo para hacernos hijos!». [Con tal creencia, ¿qué relación heterosexual puede salir adelante?].

Y lo más valioso de todo fueron, entre otros de índole similar, los tres hechos que detallo a continuación y que, cuando comenzaron, los bauticé como Putadas de Vanessa.

En una gasolinera de Caracas vi una calcomanía (pegatina) con las siglas PDV a las que de inmediato les di mentalmente el significado de Putadas De Vanessa y, para mejor recordar lo de las putadas y sacarles provecho en el proceso de decactetización, compré la calcomanía y la pegué en la parte externa de la base de la maleta —donde ésta tiene las ruedas— que usaba yo en mis frecuentes viajes.

Así, cuando al regresar de un viaje esperaba yo en el área de recogida de equipajes del aeropuerto, y aparecía mi maleta en la banda giratoria, siempre veía las letras PDV que refrescaban en mi memoria lo que para mí significaban, enfriaban mis ganas de ver a Vanessa después de mi viaje, y me preparaban para recordar y aprovechar más las PDVs ya habidas, y las más que sospechaba yo que vendrían.

Así fue, y éstas fueron las tres PDVs que me sacaron del hoyo:

1.- La parrillada

Un amigo y compañero IBMista me invitó —además de a otros varios compañeros, con sus cónyuges o novios/as— a una parrillada en su casa un sábado de junio de 1997. No queriendo ser yo el único que, posiblemente, asistiría sin pareja, pedí a Vanessa que me acompañara.

Me dijo que sí, pero una hora antes de la convenida para salir me llamó para decirme que no, porque unos amigos la habían invitado a la práctica de un deporte que a ella le gustaba mucho.

[Alguien que no cumpla su palabra no tiene futuro conmigo].

2.- La boda

Al recibir yo en agosto de 1997 la invitación a la boda del hijo de un buen amigo mío, le pedí a Vanessa que me acompañara a esa boda. Miró su agenda y me dijo que, por trabajo, tendría que viajar al exterior, pero que regresaría a tiempo para acompañarme. Sin embargo, dos días antes de la boda, por vía de su familia me envió aviso de que no podría estar de vuelta a tiempo.

Cuando por fin regresó y le pregunté qué había pasado, su respuesta, sin tapujos, fue que unos amigos la habían invitado a quedarse unos días más en la casa de ellos.

Al notar mi poco agradable sorpresa, y sabiendo ella que soy persona que cumple lo que promete, me dijo tranquilamente: «Carlos, con tal de hacer algo que me guste, prefiero incumplir lo prometido a alguien, que tener que lamentar el no haber disfrutado de ese algo por querer cumplir lo que prometí».

[«Otra joya más para mi colección», me dije].

3.- La película

Un domingo de septiembre de 1999, al regresar de uno de nuestros casi fijos almuerzos de fin de semana, pasamos frente a una sala de cine en la que anunciaban el estreno de la película “The Thomas Crown affair”. Al ver el cartel de anuncio, Vanessa dijo:

—¡Ay! Yo vi esa película hace años y me gustó mucho. Me han dicho que ésta es un remake y me gustaría verla.

—¿Cuándo quieres que vengamos?—, le pregunté.

—Pues podría ser el martes a la función de las 6:30 de la tarde.

—Bien— le respondí—, el martes te llamaré antes de ir a recogerte.

Y así lo hice desde mi oficina, pero me contestó que no podría ir conmigo a ver la tal película porque se le había presentado un compromiso. Me quedé tranquilo y me fui a mi casa.

El sábado siguiente —o sea, apenas cuatro días después— al pasar de nuevo frente al mismo cine, Vanessa, de lo más tranquila, me dijo

—No me gustó la película.

La sorpresa al escuchar eso me generó el presentimiento de que algo bueno resultaría, así que, también muy tranquilo, le pregunté:

—¿Y cuándo la viste?

—El pasado martes—, contestó sin inmutarse.

Y ésa fue la gota que colmó el vaso: a la tercera fue la vencida. Me costó un mundo reprimir un grito de triunfo, aunque, por más que traté, no pude disimular una sonrisa. Extrañada, Vanessa me preguntó de qué me reía, y al contestarle que se debía a que me había acordado de un chiste, ella —cuyo sentido del humor, al igual que su oído musical, brillaban por su ausencia— replicó «¡Tú y tus chistes!».

Llegados frente a su casa me invitó a entrar, pero rehusé. Nos dimos el acostumbrado beso de despedida y, rebozando alegría, puse rumbo a la casa mía.

Por fin había yo conseguido y puesto en su lugar la última piedra del edificio de la decactetización: ¡Vanessa me había engañado, me había incumplido tres veces, y se había quedado tan fresca!

Era la prueba de deshonestidad que yo había estado esperando, la que concluía el proceso de elaboración del caso y me permitía cortar, sin más, aquélla para mí peligrosa y dañina relación. Esa noche dormí a pierna suelta, tan bien como no había dormido en años.

Como pasaron varios días y no la llamé, me llamó ella:

—¿Por qué no me has llamado?—, me preguntó.

—Porque se acabó lo que tú creíste masoquismo—, fue mi respuesta.

—¿Y cómo es eso?—, replicó sorprendida.

—Pues que no soy como esos hombres que dices que te siguen amando aunque los dejaste. Se acabó, Vanessa, esta vez soy yo el que deja.

Tal vez pudo más el impacto de tal declaración que la curiosidad por saber más, pues cortó la llamada.

Meses después, cuando yo estaba ya con Chepina, nos encontramos a Vanessa en un centro comercial, y las presenté. No sé qué impresión sacaría Vanessa de ese encuentro, pero días después vino a mi casa para, según me dijo, comprarme un CD de canciones de mi hija Elena.

Entró, no sentamos, uno frente al otro, en el porche trasero, le serví una copa y ella, que venía en falda bastante corta, cruzó las piernas y comenzó a balancear el pie que le quedaba en el aire, de forma tal que la zapatilla que calzaba ese pie hacía, al chocar contra el calcañar, un ruido muy audible, tanto por la intensidad como por la machacona frecuencia.

Al no estar ya drogamorado sospeché de inmediato que algo tan premeditado tenía que ser una trampa. Miré de reojo las zapatillas y caí en cuenta de que eran unas que yo le había regalado, así que me hice el loco y no me di por aludido.

Habrían pasado unos 5 minutos cuando, sin más, me preguntó:

—¿Y qué es de la vida de la mujer que me presentaste el otro día en el centro comercial?

—¿Te refieres a Chepina?—, le pregunté a mi vez para no dar oportunidad a que luego me dijera que se trataba de otra.

—Sí, creo que me dijiste que se llamaba así.

—Pues está trabajando.

Entonces miré adrede miré mi reloj y añadí,

—Ya debe llegar dentro de un rato.

Vanessa enrojeció de golpe y, con voz alterada, me preguntó:

—¿¡Quieres decir que vive aquí!?

—Sí, somos pareja—, le respondí muy tranquilo.

Se levantó de inmediato y se fue a toda prisa.

Después de tantos años, las pocas veces que, por algún hecho azaroso, recuerdo el caso Vanessa y me percato de cuán a punto estuve de caer en un negro precipicio, me recorre un escalofrío. Y de nuevo, como aquel lejano día en que me sentí al fin liberado y lúcido, recuerdo también que éste fue en mi vida el cuarto —y espero que último— episodio de drogamor, y me vienen a la memoria unos versos entresacados de la «Balada del niño arquero», maravilloso poema de mi inmortal paisano, el gran poeta Tomás Morales, que mentalmente recito así:

    Cuatro veces, drogamor, me has herido.
    Más de cuatro pasaron tus flechas silbando a mi oído.
    He cerrado la verja de hierro que guarda la entrada
    y he arrojado después al estanque la llave oxidada.

[Drog}— El mito del amor incondicional. Cómo desmontarlo

02-08-2021

Carlos M. Padrón

En el artículo que copio abajo se asume como cierto lo efímero de la duración del enamoramiento, o sea, del drogamor, algo que ya la Ciencia no duda en admitir, pero que la sociedad se muestra renuente a reconocer, aunque está claro que, al menos lo que abajo resalto en amarillo, son tópico clave en este problema social.

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Cinco pasos para desmontar el mito del amor incondicional

Una de las fantasías irracionales profundamente arraigadas más comunes es que el amor verdadero es un eterno idilio sin compromisos

Por ACyV

02/08/2021

A lo largo de las grandes amistades, las personas suelen enfrentarse a circunstancias y cuestiones que forman parte de la realidad de lo que ha permitido que esa relación prospere: distanciamientos, nuevas amistades o conflictos a partir del desarrollo personal de cada una de las personas. Los grandes amigos se sostienen desde la confianza, y saben que para ello tienen que comprometerse voluntariamente el uno con el otro. Es un pacto en constante evolución, un pacto vivo que puede estar más cerca o más lejos, alimentándose siempre de la sinceridad. Y aunque con esto pilares la visión que muchas personas tienen en torno a las relaciones, de cualquier tipo, pueda parecer similar, la mayoría no predice estos requisitos razonables cuando se trata de una nueva relación de pareja, como si la confianza y la sinceridad se diluyeran en el momento en el que en el cerebro entra en juego la atracción sexual.

De pronto, sucede la idealización y, como si de una gran sombra se tratara, oculta la conciencia del compromiso. Muchas personas esperan así que sus relaciones amorosas no estén sujetas a los compromisos emergentes que a priori resultan predecibles, y se sienten desilusionadas cuando sus parejas comienzan a pedir más o dar menos. Porque de eso se trata una relación, da igual del tipo que sea: de la ofrenda mutua.

Una de las fantasías irracionales profundamente arraigadas más comunes es que el amor verdadero debe ser incondicional”, escribe la psicóloga clínica Randi Gunther en el portal de ‘Psychology Today’. Se tiende a considerar que, si las personas profesan una devoción inquebrantable entre sí, tienen garantizado un amor sin compromisos desde el que todas las necesidades se satisfarán automáticamente, y que el perdón curará todas las transgresiones.

Esto es lo que sucede durante los primeros meses de muchas relaciones, donde el llamado «período de luna de miel» resulta tan intenso que parece un idilio permanente, o las personas quieren que parezca un idilio permanente. La novedad y la ilusión refuerzan esa sombra bajo la que se esconde el devenir de lo que de ahí surgirá, porque toda relación es un camino abierto de posibilidades. “Ciertamente parece como si no hubiera nada que ninguno de los dos pudiera hacer para decepcionar o alejar al otro. Las personas recién enamoradas tienden a tratarse como niños simbólicos que se amarán para siempre y que siempre serán el centro de sus vidas”, sostiene Gunther.

La realidad de las relaciones

A partir de su experiencia, esta doctora ha establecido una línea de consejos a seguir para evitar caer en la tentación de la fantasía porque, recuerda, “ésa no es la forma en que funcionan las relaciones reales”. La primera etapa de generosidad incondicional y devoción da paso a necesidades emergentes que pueden haber estado ocultas cuando la relación era nueva, porque es imposible que todas surjan de golpe en esos primeros meses de nuevo amor. “A medida que la pasión y la emoción iniciales disminuyen, las personas pronto se dan cuenta de que no sólo no se satisfarán todas sus necesidades, sino que tendrán que comprometer muchas de ellas para mantener la relación intacta”, añade Gunther.

Por su consulta han pasado multitud de parejas con el mismo problema: “No importa cuántas veces se enfrenten a la decepción, siguen creyendo que la próxima vez sus expectativas se harán realidad”. ¿Qué se puede hacer entonces para evitar que esto ocurra? ¿Qué necesitan las parejas en su relación para reconocer e identificar los compromisos que tendrán que hacer cada uno? ¿Cómo pueden comunicarse mejor esos pensamientos y sentimientos al principio de una relación?

“Creo que es crucial que las personas en una relación reconozcan que comprometer las propias necesidades para el bien de ésta es parte de toda asociación exitosa, y que han de comenzar ese intercambio honesto lo antes posible en su relación. Si se sienten suficientemente apreciados por los sacrificios que están dispuestos a hacer y reconocen lo que han recibido a cambio, es más probable que no caigan en el martirio y el resentimiento que erosiona la calidad potencial que la relación podría tener la oportunidad de crear”, apunta la psicóloga, que divide sus pautas en cuatro pasos a seguir, más uno de comprensión. Te encuentres o no en una relación, conocer estos mecanismos puede ayudarte.

  • Paso 1.Haz una lista de las formas en que sacrificas tus propias necesidades para que la relación funcione de la mejor manera.
  • Paso 2. Haz una lista de los comportamientos que crees que tu pareja sacrifica de la misma manera.
  • Paso 3. Haz una lista de las cosas que le das fácilmente a tu pareja de las que no te arrepientes ni requieres reciprocidad.
  • Paso 4. Haz una lista de lo que crees que tu pareja te da y que le gusta dar.
  • Paso 5. Es posible que a veces tu pareja no sepa cuándo estás dando algo de corazón y cuándo estás sacrificando tus propias necesidades por él o ella. O que te des cuenta de que él o ella está haciendo lo mismo. Para ayudar a crear una mejor comprensión, al lado de cada pensamiento que hayas anotado en cada lista marca con el número 1 si éste sucede a veces, con el 2 si es con frecuencia y con el 3 si ocurre casi todo el tiempo.

Un aprendizaje constante

Para que resulte más fácil iniciar dichas listas, la propia Gunther ofrece una serie de ejemplos que pueden encauzar tu modo de expresar lo que quieres decir en cada una de ellas. Se trata de llegar a una conclusión personal e individual para después compartirla y ponerla en común con la otra persona, es decir, hacerla conjunta. Un ejercicio de comunicación en todos los sentidos que en sí mismo plantea la importancia de que exista un mensaje constante y recíproco. En cualquier momento, hablar siempre resultará mejor que no hacerlo.

“Todas las personas cambian con el tiempo, al igual que sus experiencias y necesidades. Las parejas exitosas se mantienen al día en el intercambio de esta información crucial entre ellos. Lo que puede ser un regalo en un momento, puede convertirse en un sacrificio en otro, y viceversa”, recuerda la experta. De la misma forma que sabemos y defendemos el progreso y el cambio en cuanto a lo personal e individual, hay que reconocer que las relaciones son tan cambiantes como quienes las hacen posibles; que se moldean, maduran y se profundizan, con el día a día y, por supuesto, cuando ocurren eventos impredecibles que las alteran. Las relaciones son, en definitiva, un constante aprendizaje a partir de uno mismo y para uno mismo, con la mirada interior hacia fuera.

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08-06-2021

Carlos M. Padrón

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Eso de que el amor romántico puede con todo es una gran mentira

Psicólogas destierran otro mito sobre la psicología y explican por qué no es cierto que el amor permita superar todo tipo de dificultades

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07-06-2021

Carlos M. Padrón

En esta misma sección he publicado más sobre la faceta a temer del temible instinto maternal, en especial sobre la relación de pareja, temas clave que menciona el artículo que puede verse abriendo el siguiente link.

Observan el camino que sigue la ‘hormona del amor’ en el cerebro

La oxitocina y la vasopresina, dos neuropéptidos muy conservados en la escala evolutiva, están implicadas en la regulación de comportamientos sociales complejos como el cuidado maternal o los vínculos de pareja. .