[*MisCan}– «ELLA»

Carlos M. Padrón

Desde comienzos de 1985 estaba yo totalmente dedicado en IBM al proyecto de interconexión de cajeros automáticos (ATMs) entre diferentes bancos de Venezuela. De ese proyecto —que considero la opera prima de mi vida profesional, que bauticé CTP (Computación por TeleProceso), y que llegó a feliz término gracias al apoyo incondicional de Alejandro Rivero, Presidente y Gerente General de IBM de Venezuela—, nació la Corporación SUICHE 7B, C.A., que hoy cumple 20 años de vida y de ininterrumpida actividad.

La búsqueda de los programas (software) necesarios para lograr la mencionada interconexión me llevó a visitar varios países y ciudades, una de ellas Nashville (Tennessee, USA) a la que llegué en la mañana del 22-08-1985, y luego de trabajar allí el resto de ese día y la mañana del siguiente, al mediodía del 23-08-1985 me fui al aeropuerto a tomar el vuelo que me llevaría a New York para continuar la búsqueda.

Sentado en la sala de espera del aeropuerto de Nashville me puse a trabajar en la letra de esta canción, que había iniciado días antes, y cuando creí haber culminado una parte, miré mi reloj y me extrañó que ya habían pasado unos 20 minutos de la hora pautada para abordar el vuelo, y que en la sala de espera estaba yo solo.

Me dirigí al mostrador de la línea aérea, y al preguntarle a la dama que allí estaba qué había pasado con mi vuelo, recibí por respuesta una gélida mirada acompañada de la pregunta “¿Es usted el Sr. Padrón?”. Al responderle que sí, la malencarada dama me hizo saber que se había cansado de llamarme por el sistema de sonido del aeropuerto, y, como no me presenté, el vuelo había partido sin mí hacía ya media hora. Hasta ese extremo estaba yo absorto en mi tarea.

Tuve que esperar dos horas más hasta el próximo vuelo a New York,… pero en esas dos horas terminé la letra de la canción. No es, por tanto, casualidad que la publique hoy, cuando estamos celebrando el 20 aniversario de SUICHE 7B.

Luego de grabada y distribuida la canción entre familiares y amigos, tuve problemas con dos de las mujeres que, con años de por medio, la escucharon. Con la una, porque se empecinó en creer que yo había hecho “ELLA” en honor a una novia secreta que tuve en El Paso; con la otra, porque quiso creer que ella era la ELLA de “ELLA”.

***

“ELLA”

Corrían los primeros años de la década de los ‘50. ELLA, aunque de 13 años, era aún una niña, pero poco antes de cumplir los 14 ocurrió el milagro y un día su cuerpo comenzó a desarrollar notables y crecientes cambios, y ELLA comenzó a experimentar extrañas y hasta entonces desconocidas sensaciones.

Poco antes del próximo mes de junio, su madre, queriendo halagar la ya manifiesta vanidad de su hija, le hizo un vestido nuevo —uno que, ¡por fin, ya no era de niña!— para que lo estrenara en la fiesta del Sagrado Corazón.

El domingo de la fiesta, antes de la solemne función religiosa, grupos de muchachas paseaban cogidas del brazo, según la costumbre, dando vueltas en La Plaza Nueva, en torno a la iglesia, y grupos de jóvenes las daban en sentido contrario con el deliberado propósito de cruzarse con las muchachas dos veces durante cada vuelta.

Él, que ya tenía 18 años, paseaba con sus amigos —muchachos más o menos de su edad que, al igual que él, trabajaban en los campos de sus familias— cuando al acercarse al grupo en que venía ELLA no pudo evitar reparar en aquella atractiva muchacha y dedicarle una sugerente mirada de grata sorpresa, pues la última vez que, según él recordaba, la había visto, ELLA era una niña que en nada llamó su atención. Pero ahora no sólo la llamó sino que lo dejó prendado, por lo que las miradas que le dedicó fueron más largas, directas y sugerentes en cada cruce.

ELLA, que las había notado todas, se limitaba a sonrojarse, bajar la mirada, y a soportar las bromas que al respecto le gastaban sus amigas, hasta que, molesta por las burlas y llevada por el hecho cierto de que le había gustado ese muchacho desde que lo vio tiempo atrás pero, siendo todavía una niña, había ocultado por completo esa atracción, se dijo que ya no era niña y se preparó anímicamente para aceptar el desafío de sus amigas y, en el próximo cruce, devolver la mirada del muchacho.

Y así lo hizo: aunque sonrojándose, le sostuvo la mirada durante bastante tiempo antes del cruce, y hasta le regaló una tímida sonrisa que aumentó el rubor de ELLA pero que a él le supo a gloria.

Terminada la función religiosa, todos se fueron a Monterrey, y en la terraza continuaron los paseos y las vueltas,… y las bromas que le hacían sus amigas que, para ponerla nerviosa y exponerla a lo que, según ellas, no quería ELLA que ocurriera, la colocaron en el extremo interno de la fila que entre todas formaban al pasear en círculos cogidas del brazo.

Sabiendo ya que ELLA tenía valor para hacer frente a esas burlas y desafíos, él se armó también de valor y en uno de los cruces se separó de sus amigos, se puso al lado de ELLA, la saludó y siguió a su lado.

Las mal contenidas risitas de las amigas lograron que ELLA, sabiendo que las había hecho quedar mal, contestara, aunque tímidamente y mirando siempre al suelo, las preguntas que él le hacía, y así dio comienzo un romance muy esperado por ELLA pero inesperado para él.

Ambos, aunque de barrios diferentes y alejados del centro del pueblo, eran de la misma extracción social, se habían criado en las mismas costumbres y compartían educación y principios. Pero ambos sabían, como sabía todo el pueblo, que era sólo cuestión de tiempo el que él emigrara a Venezuela porque, al igual que todos los demás jóvenes que ya lo habían hecho y los muchos que lo harían después, en el pueblo no había futuro para ellos.

Sí, ELLA lo sabía, pero también sabía que muchas otras mujeres, unas solteras aunque no tan jóvenes como ELLA, y otras ya casadas y a veces con hijos, habían visto emigrar a sus novios o esposos, habían quedado esperándolos, y, en los más de los casos, ellos o habían regresado al pueblo o las habían llevado a Venezuela, a veces después de un matrimonio por poder.

En los bailes de Monterrey fue creciendo el romance, y buscando los pocos rincones alejados de la mirada de águila de las madres que apostadas en los palcos no perdían pie ni pisada de cuanto ocurría abajo, en la pista de baile, se hacían caricias furtivas que con el tiempo fueron cobrando pasión e intensidad.

Y al cabo de poco más de un año, él emigró a Venezuela no sin que antes se juraran amor eterno. Él le dijo que trabajaría muy duro hasta conseguir el dinero necesario para regresar, casarse con ELLA y mantener una familia; y ELLA le dijo que lo esperaría “guardándole la ausencia”, según era la costumbre de las mujeres, fueran novias o esposas, de los emigrantes.

Y cuando él se hubo ido, ELLA se enclaustró en su casa sin hacer vida social alguna; como mucho, ir al correo los días en que se esperaba que llegara el de Venezuela, atender el velorio de algún familiar o conocido, e ir a misa y, terminada ésta, regresar a su casa. Nada de celebraciones, como bautizos o bodas, ni paseos alrededor de La Plaza Nueva ni en Monterrey. La suya era casi una vida monacal.

Al principio recibía cartas suyas por lo menos una vez al mes, aunque ELLA religiosamente acudía cada semana a la ceremonia de reparto de la correspondencia. Para cuando llegaba la guagua que, a veces sí y a veces no, traía el saco de la correspondencia, ya ELLA estaba en la calle, frente a la oficina postal, formando parte de la pequeña multitud que cada semana se reunía allí en la esperanza de recibir una misiva de hijos, novio o marido.

Cuando le era entregado el saco con la correspondencia, el cartero se encerraba en su oficina. Después de unos 20 minutos, que a los reunidos afuera les parecían eternos, salía con un mazo de sobres en sus manos y, como era de baja estatura, para que todos pudieran verlo se subía en un pequeño banco y comenzaba a vocear el nombre de la persona destinataria de cada sobre. Si esa persona estaba entre la concurrencia, gritaba “¡Aquí!” y alzaba un brazo, y el cartero lanzaba el sobre en dirección a ella,… y continuaba leyendo y lanzando hasta terminar de leerlos todos.

Las que habían recibido carta se iban felices, pero no así las que no. Y ELLA pasó a engrosar este segundo grupo cuando había transcurrido poco más de un año de que él había emigrado. Y entonces comenzó lo que sería su eterno calvario.

Cuando llegaba al pueblo algún “indiano” de los muchos que habían emigrado a Venezuela, y era de los que, según ELLA sabía o suponía, conocían algo de la vida de él en ese país, se las ingeniaba para preguntarle al respecto, y así fue como supo que él mantenía una relación con una mujer venezolana. Sin embargo, alentada por la educación y costumbres que compartía con él, se decía que esa relación no era problema hasta que un cura no la bendijera, y que eso no ocurriría porque él le había prometido que se casaría con ELLA.

Pasaron los meses, pasaron los años, y él no regresó ni le escribió más, pero, a pesar del evidente abandono, el último pensamiento de ELLA antes de conciliar el sueño cada noche era para él, y lo acompañaba del renovado propósito de continuar esperándolo y soñando que un día él volvería.

Esta narración es ficción, hecha con el solo propósito de recrear el ambiente en que se inspira la letra de la canción, pero en su marco encajarían perfectamente varias historias reales vividas por personas de El Paso.

Aún puedo revivir el sentimiento que me embargaba cuando observaba a esa joven que en vano seguía como “reservándose” para el muchacho que o bien había sido su novio o bien —y ella creía saberlo a ciencia cierta— estaba prendado de ella pero nunca él le dijo nada porque se sabía sin recursos económicos para ofrecerle el futuro que ella merecía, y por eso emigró a Venezuela a conseguirlos. Era dramático encontrarla esperanzada cada semana frente al Correo, para verla luego alejarse, muda, triste y cabizbaja, porque, al igual que la semana anterior, y la anterior y la anterior, no había recibido carta de él.

Cuando el tiempo hizo evidente que él no regresaría, esa joven, ya toda una mujer, se casó con otro y formó una familia, pero en su interior quedó viva aún, aunque debilitada, la llama de la nostalgia por el romance que la emigración truncó y que nunca pudo realizarse. Una llama cuyo calor he percibido en varios casos cuando he tenido oportunidad de hablar con estas mujeres y descubrir “entre líneas” las filtraciones de sus sentimientos.

A esas adolescentes o jóvenes de entonces que, con noviazgo o sin él, quedaron esperando al hombre de sus sueños, dediqué esta canción a la que puse por título “ELLA”, y que, en consideración a ellas, canto como si yo fuera ese hombre de sus sueños que siendo muchacho se vio obligado a dejar su pueblo, su gente y sus costumbres, para enfrentar en América una realidad que por clara y desconocida le parecía a veces brutal, y que en poco tiempo le cambió sueños y prioridades enrumbándolo por derroteros que no esperó nunca transitar.

Años después, ese muchacho, ya un hombre experimentado, recuerda nostálgico la relación que con ELLA tuvo antes de emigrar a Venezuela, y no sin tristeza y pesadumbre muestra su empatía para con la muchacha que quedó esperándolo.

Ficha técnica

— Título de la melodía instrumental: “Mama Leone”, en interpretación de Anthony Ventura.
— Grabada en mi casa (o sea, grabación casera), en Caracas, el 07-09-1985.
— Link/enlace para bajarla:

[*MiIT}– Acerca de hosts y dominios, y mi calvario con ellos (1/4)

Carlos M. Padrón

Aclaratoria
Al menos en el tema objeto de todas las entregas de este artículo, la palabra inglesa ‘host’ tiene dos acepciones:

1) Compañía que vende servicio de hospedaje; y,

2) El servicio de hospedaje como tal, p.ej., ‘host services’ (= servicios de hospedaje).

En lo que sigue, cuando uso ‘host’ con la primera de estas acepciones lo escribo con ‘H’ mayúscula; cuando con la segunda, con ‘’h’ minúscula.

A raíz de los problemas que mi Host VistaPages (VP) —hoy, a Dios gracias, ex Host—me causó las tres veces que suspendió mi cuenta con ellos, varios lectores de este blog me han hecho saber su confusión con lo de los Hosts y los dominios.

Para quienes no estén familiarizados con esto, un Host (= anfitrión u hospedaje; hosting service = servicio de hospedaje), viene a ser como una especie de pensión que da hospedaje a quien pague por él. Y, una vez formalizada la transacción entre el dueño de la pensión (Host) y el huésped, éste recibe el control (digamos que la llave) de esa habitación que ha alquilado, y, a partir de ese momento, es el administrador de ella.

A cada habitación que alquila, el Host la llama ‘cuenta’, y de ahí puede surgir una cierta confusión ya que en este medio la palabra ‘cuenta’ tiene también otra acepción.

La pensión ofrece habitaciones de diferentes tamaños —y en cada una hay armarios que tienen varias gavetas y el huésped puede ponerle más—, y hasta puede ofrecer sub-pensiones, llamadas VPS (Virtual Private Server = Servidor Privado Virtual), que vendría a ser, para el huésped que lo alquile, como un servidor (computador) personal, aunque virtual porque, en realidad, es parte del servidor principal del Host.

En el ejemplo que he escogido, un VPS vendría a ser como una habitación muy grande, con todos los servicios que ofrece la pensión y con puerta directa a la calle, o sea, que para entrar/salir de esa sub-pensión no habría que pasar ni por la recepción de la pensión principal ni circular por los pasillos que, dentro de ella, conducen a las habitaciones que no son VPS.

El dominio es uno de los nombres técnicos del huésped, pues éste podría comprar varios dominios. El nombre de cada dominio es único en el mundo. Fue registrado ante la ICANN (Internet Corporation for Assigned Names and Numbers, = Corporación Internacional a cargo de la Asignación de Nombres y Números a ser usados en Internet) como propiedad de quien lo compró, o sea, de esa persona que, para convertirse en huésped de la pensión, se presenta ante ella con el nombre de su dominio, p.ej., ‘padronelpaso.net’, y declara que lo que va a ser alojado en la habitación alquilada es su dominio ‘padronelpaso.net’, del cual él, Carlos M. Padrón, demuestra ser dueño.

Para formalizar todo esto, el dueño del dominio debe llenar un formulario en el que pondrá sus datos personales —como nombre, apellidos, dirección de residencia y de facturación—, nombre del dominio, etc., y dos cuentas de correo para contactos: una primaria y una secundaria, por si la primaria tuviera problemas.

Una vez que el Host haya comprobado lo comprobable y cobrado el monto de un mes o más (según el caso) de hospedaje (hosting) dará al dueño del dominio el código o nombre de los DNS (Domain Name System, = Sistema de Nombre de Dominios) identificadores de ese Host, y el control de la habitación alquilada. Y el dueño —en este caso, dueño del dominio ‘padronelpaso.net’— asigna a cada gaveta del armario la función de hospedar una cuenta de correo (obsérvese la nueva acepción de ‘cuenta’), que puede ser del propio huésped o de otra persona a quien éste le asigne una.

Esa cuenta de correo, o cuenta de e-mail, pasará entonces a tener, como toda cuenta de correo, un nombre con dos componentes separados por el símbolo ‘@’. El componente antes de ese símbolo es el llamado ‘UserName/Usuario’, y el componente después del símbolo es el ‘Domain/Dominio’. Por eso las cuentas alojadas en el dominio del ejemplo tienen por nombre ‘madgri@padronelpaso.net’, ‘arbol@padronelpaso.net’, etc.

Una de las ventajas que esto presenta es que, al igual que ocurre con los teléfonos celulares —que para llamar a su titular no hay que saber dónde se encuentra éste—, con los dominios ocurre igual: para enviar algo a una cuenta alojada en uno de ellos no hay que saber en qué pensión se aloja el dominio, pues de eso se encargan lo códigos DNS antes mencionados —de los que cada Host tiene unos que le son propios— que indican a todos los computadores que en el mundo operan como servidores de la Red, dónde está alojado —en qué pensión— cada dominio oficialmente registrado en la ICANN.

Como la ICANN no tiene capacidad para administrar los millones de dominios que existen, y cuya cantidad va en aumento, delega en otras organizaciones que, a su vez, tienen revendedores que son los propios Hosts, que así no sólo pueden vender dominios sino que también los administran y cobran por ellos. Y aquí es donde se complica el caso.

Se complica, entre otros motivos, porque una gran mayoría de los Hosts son pequeñas compañías propiedad de unos 4 ó 5 muchachos que trabajan en un pequeño local —o en la casa de uno de ellos— en el que montan un servidor (con buena suerte tendrán más de uno), y los muchachos se las arreglan para, entre ellos, fungir a veces como soporte técnico, a veces como operador de chat en vivo, a veces como departamento de facturación, a veces como departamento de ventas, etc. Si no es que tan sólo uno de ellos desempeña al mismo tiempo más de una de estas funciones, comunes a todos los Hosts que, generalmente, cobran todos más o menos lo mismo por el hospedaje básico: entre $6 a $9/mes. Y se complica también porque, como ya dije, la administración de un dominio requiere un pago anual por renovación de propiedad, y los muchachos no quieren renunciar a ese dinero.

En mi caso particular, el dominio ‘padronelpaso.net’, que compré en 2004, ha estado alojado en cuatro diferentes “pensiones” que llamaré, por orden de uso, iP, OS, VP (la que me ha creado el gran problema mencionado al inicio) y HG (en la que ahora estoy).

[*ElPaso}– “Dándole vueltas al viento” / Poemas de Antonio Pino Pérez: Se fue Domingo

SE FUE DOMINGO

En la muerte del poeta Domingo Acosta Guión.

De ritmos y armonías todo lleno,
la hora se cumplió de su partida,
y se marchó soñando, y hondo y bueno,
sin la caricia de una despedida.

Silencioso de afanes y sereno,
buscando siempre la inmortal medida
pasaba deshojando dulce y pleno
el dolor indecible de su vida.

Domingo, el gran cronista de La Palma,
festivo como el día de su nombre,
se nos dio todo entero en cuerpo y alma.

Y al no poder decir lo más sentido,
amargo y torturado y triste, el hombre
se fue a cantarlo en lo desconocido.

1959