[Col}> Una decisión con la que se pueda vivir / Soledad Morillo Belloso

18-03-2026

Soledad Morillo Belloso

Una decisión con la que se pueda vivir

Al final, decidir bien no tiene nada de épico. No hay fanfarrias, ni medallas, ni selfies frente al atardecer con frase motivacional incluida. Es, más bien, un acuerdo privado con el espejo: elegir no lo más brillante ni lo más cómodo, sino aquello que no te deja la sensación de haber empeñado la serenidad a cambio de una ganga emocional. Es la decisión que no necesita coartadas, ni monólogos grandilocuentes, ni explicaciones apresuradas a las tres de la mañana. Es la que puedes cargar sin ibuprofeno ético ni remordimientos de resaca.

Y claro, en este punto aparece la ética. Esa señora impertinente a la que muchos tratan como si fuera un florero: bonita, prescindible y fácil de esconder cuando estorba. Hay quienes no la tienen, y hay quienes la tienen pero la guardan bajo llave, como si fuera un interruptor que se apaga cuando incomoda. Pobres criaturas. Creen que se están saliendo con la suya, sin notar que la factura llega igual. No siempre en forma de castigo externo —qué va—, sino como un desgaste interno, una erosión silenciosa que no se ve en la piel pero sí en los ojos. Y quienes la arrinconan descubren, tarde o temprano, que la ética es como cualquier músculo: si no se usa, se atrofia. Y luego no levanta ni una bolsa de supermercado.

Decidir, además, es un deporte de alto riesgo. Uno va por la vida creyéndose estratega cuando, en realidad, avanza a tientas, como quien busca el interruptor a oscuras y termina palpando todo menos la luz. Aun así, hay decisiones torcidas que no te parten en dos. Te despeinan, sí; te sacan alguna cana, también. Pero no te arrancan la dignidad de cuajo. Son esas que, al recordarlas, no te hacen fruncir el ceño, sino soltar una risita cansada: “Bueno… nadie salió ileso, pero tampoco hubo cadáveres”. Con esas decisiones, curiosamente, se puede vivir.

Una decisión con la que se puede vivir es la que no te obliga a exiliarte de ti mismo. La que no te convierte en actor de relleno de tu propia película. La que no deja ese regusto amargo de haber vendido el alma por un aplauso tibio o por evitar una conversación incómoda. Puede tener aristas, claro, y dejar algunos raspones y moretones. Pero no te araña la conciencia. Y si deja cicatriz, al menos es una que puedes mirar sin bajar la vista, como quien observa una marca de guerra y piensa: “Uf… dolió, pero aquí sigo”.

Porque, aunque algunos insistan en lo contrario, la ética no es un lujo ni un capricho de almas sensibleras. Es la única brújula que no se vende, no se alquila y no acepta rebajas de temporada. Decidir desde ahí —desde ese lugar que no negocia consigo mismo— no garantiza perfección, pero ofrece algo mucho más raro y valioso: la tranquilidad de no haberte abandonado, de no haber traicionado la confianza ajena ni la propia.

Eso es ser decente. Y sí, ya sé que no está de moda, que no es “fashion”. Que algunos piensan que ser decente es de bolsas, del moño a la zapatilla. Que el mundo anda lleno de ruido, atajos y gente que confunde astucia con inteligencia. Pero precisamente por eso no hay que claudicar ni normalizar lo inaceptable. Hay que aprender a decir no.

Y, sobre todo, a reconocer cuándo un sí tiene un precio que no hay forma humana —ni moral— de pagar.

¿Cuál es el origen de la palabra ‘cambullón’?

08-04-2026

¿Cuál es el origen de la palabra ‘cambullón’?

La palabra cambullón es un canarismo de origen portugués cuyo significado, tal como define el Diccionario básico de canarismos, de la Academia Canaria de la Lengua, es el siguiente: «Tráfico de mercancías que consiste en cambiar o vender distintos productos en los barcos atracados o fondeados en los puertos, especialmente a los tripulantes de los buques extranjeros, rozando incluso la ilegalidad».

Procedede la voz cambulhão. Esta hipótesis, que planteó en su momento el etnógrafo palmero J. Pérez Vidal y han continuado apoyando otros especialistas en el español de Canarias, resulta de mayor peso y solvencia que otras que han relacionado el término con la lengua inglesa.

Fuente

[Col}>La ética del perdón / Soledad Morillo Belloso

07-03-2026

Soledad Morillo Belloso

La ética del perdón

En algún lugar —no sé si en una página subrayada o en una conversación que se me quedó pegada al alma— escuché una frase de Víctor Guédez que me detuvo en seco. No la recuerdo palabra por palabra, pero mi memoria la destiló así: “El perdón es un acto ético porque libera a quien perdona de la esclavitud del daño y lo reconcilia consigo mismo antes que con el otro.

” Quizás no sea la cita exacta, pero es la versión que mi mente decidió guardar en ese estante reservado para las ideas que iluminan. Allí, en ese cuadrante íntimo donde archivo lo que de verdad importa, esa frase se instaló como una brújula silenciosa.

El perdón y el olvido suelen mencionarse como si fueran dos pasos de un mismo gesto, pero cada uno tiene su propio ritmo. Perdonar es un acto consciente; olvidar, un fenómeno que no siempre obedece.

El perdón se trabaja desde adentro, con lucidez y con la voluntad de no seguir cargando un peso que asfixia. No significa absolver. Absolver es declarar inocente, borrar la falta, como si lo ocurrido no hubiera ocurrido. Perdonar, en cambio, no exige negar la herida ni justificarla: exige reconocerla sin permitir que gobierne la vida.

La culpa y la responsabilidad atraviesan cualquier reflexión sobre el perdón. La culpa es la marca del acto cometido; la responsabilidad es la conciencia de esa marca. Una puede existir sin la otra: hay quienes sienten culpa sin asumir responsabilidad, y quienes asumen responsabilidad sin hundirse en la culpa. Pero cuando ambas coinciden, se abre un espacio donde el perdón —si llega— adquiere sentido.

Perdonar no es absolver. Absolver borra la responsabilidad del otro; perdonar reconoce la falta, reconoce la herida, reconoce la responsabilidad, pero decide no vivir atrapado en ella. Es un acto de soberanía emocional, no de justicia. La justicia se ocupa del otro; el perdón se ocupa de la libertad propia.

Y allí aparece el beneficio íntimo de quien perdona. La culpa ajena puede convertirse en un ancla si uno la sostiene demasiado tiempo. El rencor es una forma de cargar con la responsabilidad del otro, como si fuera nuestra. Perdonar es soltar esa carga. No borra la memoria ni la historia, pero sí borra la obligación de seguir sufriendo por ellas.

El olvido pertenece al territorio de la memoria. Se puede recordar perfectamente lo ocurrido —y la responsabilidad de quien lo hizo— y aun así perdonar. Ese es el perdón lúcido, el que no se apoya en la amnesia sino en la decisión. También se puede olvidar sin haber perdonado, y entonces la responsabilidad queda suspendida como una deuda emocional no resuelta.

La memoria es caprichosa: guarda lo que quisiéramos soltar y borra lo que quisiéramos conservar. A veces el tiempo atenúa, pero no borra; a veces borra sin que lo pidamos. Olvidar puede ser alivio o trampa: sin memoria no hay aprendizaje, y sin aprendizaje repetimos la historia como un eco obstinado.

Perdonar produce un beneficio profundo en quien perdona. No porque el otro lo merezca, sino porque el acto de soltar libera una energía atrapada en el rencor. El resentimiento es una prisión: consume atención, desgasta el ánimo, ocupa espacio mental.

Perdonar es abrir una ventana para que entre aire nuevo. Es recuperar agencia: mientras el rencor gobierna, uno reacciona; cuando se perdona, uno decide. No borra la memoria, pero la reordena. Permite mirar hacia adelante sin que el pasado tire de la ropa.

Juan lo aprendió de la manera más dura. Recibió la notificación de que el asesino de su esposa sería ejecutado y que podía presenciar la ejecución. Aceptó. Creyó que asistir era una forma de hacer justicia, de cerrar un ciclo, de honrar la memoria de su esposa.

Se sentó en una pequeña sala, vio abrirse una cortina y, tras un vidrio, observó cómo se administraban las dosis letales. Todo ocurrió con una frialdad casi administrativa. Juan no apartó la mirada. Pensó que ver morir al culpable aliviaría su propio dolor.

Pero más tarde, ya en su casa, después de un largo trayecto en tren, se derrumbó. Presenciar la ejecución no le había producido alivio. Nada había cambiado en su interior. El dolor seguía intacto. La muerte del culpable no había resuelto la herida del inocente.

Ese ejemplo revela algo esencial: la responsabilidad del otro puede ser saldada por la justicia, pero el dolor propio no se salda con castigos ajenos. La culpa del asesino fue reconocida y castigada, pero nada de eso tocó el territorio íntimo donde vive el duelo. La justicia puede cerrar expedientes; no puede cerrar heridas.

Por eso el perdón —cuando llega— no tiene que ver con absolver al culpable ni con negar su responsabilidad. Tiene que ver con liberar al que sufre de la carga emocional que lo mantiene atado al daño. El dolor no obedece a sentencias. El dolor solo entiende de procesos íntimos. El caso de Juan muestra que la justicia actúa sobre los hechos; el perdón actúa sobre la herida. Y el olvido, cuando llega, es apenas un visitante caprichoso. La verdadera libertad emocional no viene de ver morir al culpable, sino de dejar de morir uno mismo cada día por lo ocurrido.

Hay algo profundamente ético en el perdón, y no porque convierta al otro en alguien “merecedor” de indulgencia, sino porque es un acto de ética hacia uno mismo. El perdón, entendido en su dimensión más honda, no es un gesto moral hacia el culpable, sino un gesto moral hacia la propia vida. Es una decisión que afirma: mi bienestar importa, mi paz importa, mi dignidad emocional importa.

Perdonar es un acto íntimo de responsabilidad con uno mismo. Es decir: “No voy a permitir que este daño siga determinando mi manera de estar en el mundo”. Es una ética de autocuidado, pero también de claridad: reconocer la herida, reconocer la responsabilidad del otro, y aun así elegir no quedar fijado en ese punto del tiempo.

Esa ética del perdón no es blanda ni complaciente. Es exigente. Obliga a distinguir entre lo que pertenece al otro —su culpa, su responsabilidad, su historia— y lo que nos pertenece a nosotros —nuestro dolor, nuestra capacidad de transformarlo, nuestra libertad interior. Perdonar es un acto de justicia hacia uno mismo: una forma de no seguir cargando con lo que no nos corresponde.

Por eso el perdón tiene una dimensión ética tan poderosa: porque nos devuelve a nuestra propia soberanía. Nos recuerda que no estamos obligados a vivir en el rencor, que no estamos condenados a repetir el agravio, que no somos rehenes de lo que nos hicieron. El perdón es una afirmación de vida: una manera de decir “mi integridad vale más que la herida”.

Quizás la tarea no sea elegir entre perdonar u olvidar, sino encontrar la manera de seguir adelante sin que el pasado dicte el paso. A veces basta con recordar sin rencor. A veces basta con aceptar que no habrá olvido, pero sí puede haber serenidad. Y a veces el perdón es un regalo silencioso que uno se hace a sí mismo, aunque nadie más lo note.

[Canarias}> Agustín de Betancourt: curiosidad sin fin tras el padre de la ingeniería de caminos española

05/04/2026

Guillermo Martínez

Agustín de Betancourt: curiosidad sin fin tras el padre de la ingeniería de caminos española

El Ayuntamiento de la capital ha inaugurado junto al Colegio de Caminos una estatua de Betancourt en Chamberí en homenaje al inventor y precursor de la ingeniería civil en España

De Tenerife a Madrid y de Madrid a la historia de la ingeniería. Ése podría ser un mínimo resumen de la vida, que siempre acompañó con una gran obra, de Agustín de Betancourt y Molina. Después de que hace dos años se cumpliera el segundo centenario de su fallecimiento, el Ayuntamiento de Madrid y el Colegio de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos han inaugurado un monumento en la capital en su recuerdo. La estatua de bronce homenajea así a una figura clave en el desarrollo de la ingeniería moderna.

Rufino García, presidente de la Fundación Cultural Canaria de Ingeniería y Arquitectura Betancourt y Molina, recalca que el ahora homenajeado nació en un entorno noble. «Procede de una familia en la que destaca una profunda curiosidad, como subraya la historiografía. Hablamos de un hombre terriblemente curioso que siempre acompañó su trabajo de esfuerzo», introduce el especialista.

Este ingeniero de caminos circunscribe esa «terrible curiosidad» al ambiente en que se desenvolvió Betancourt: «Se crio en el Puerto de la Cruz, a donde llegaban todo tipo de comerciantes extranjeros y el lugar por el que entraban libros prohibidos, ideas, modas y costumbres desconocidas». Con ese gran acervo en su interior, Betancourt decidió ir a Madrid con 20 años para intentar labrarse una carrera profesional propia, rehuyendo el mayorazgo de su familia, que recaería en el primogénito.

Estatua de Agustín de Betancourt (Cedida)

 Para entonces, Betancourt ya se había dejado ver en esos ambientes que pocos años después le comenzarían a encumbrar. García apunta que su participación en las reales sociedades económicas de Tenerife le impulsó a presentar varios inventos antes de su marcha de la isla. Entre ellos, destaca un molino para moler gofio. «Había pequeños saltos de agua y los explotaron», comenta el experto. También añade que Betancourt sentía una fuerte pulsión por la ingeniería, aunque era consciente de que le faltaba cierta base científica para desarrollar sus artefactos.

Educado en ciencias y artes

Ya en la capital, el prestigioso ingeniero se educó en los Reales Estudios de San Isidro y la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Mientras en una se enfocaba en las ciencias, como geometría y matemáticas, en otra se instruía e intentaba perfeccionar su faceta más artística. No estaba solo en Madrid. Los ilustrados canarios ya asentados en la villa y corte le ayudaron a instalarse y conseguir sus propios contactos, tal y como hicieron los ilustrados José Clavijo y Fajardo, Matías de Gálvez y su hijo Bernardo de Gálvez.

La exquisita educación que recibió en dos de las mejores instituciones del momento hizo que Betancourt fuera seleccionado por el conde de Floridablanca para explorar las minas de Almadén (Ciudad Real). «El informe que realizó es todo un ejemplo a nivel histórico del enclave. Supuso su pasaporte para que Carlos III le permitiera continuar con sus investigaciones» más allá de las fronteras españolas, comenta el mismo García.

En aquel momento, la monarquía buscaba cierta revitalización de la ciencia en España. Para ello, tenían tres objetivos que cumplir en el corto plazo: que científicos europeos comenzaran a impartir docencia en España, que científicos españoles viajaran por Europa para aprender y recopilar nuevos conocimientos, y que la unión de ambos factores se materializara en la creación de centros de conocimiento para la industria, la minería y el comercio patrio.

Betancourt jugó un papel decisivo en esta política. A principios de 1784, el tinerfeño terminó pensionado en Francia, país en el que recaló con la tarea de conocer en profundidad los adelantos de Europa y acercarlos a España. «En sus informes, defiende que no se puede dejar al arbitrio de los particulares la explotación y la formación de nuevos conocimientos», asegura García. Este ingeniero de caminos no duda en ubicar en la «élite más elevada del momento» a un Betancourt al que relaciona con las ideas regeneracionistas de Jovellanos.

El Real Gabinete de Máquinas se hace realidad

Su retorno a España en 1791 trajo consigo una respuesta para el conde de Floridablanca. «Ya tengo la solución para los problemas de España. Tenemos que copiar la Escuela de Puentes y Calzadas de París», se imagina García que dijo el experimentado ingeniero, que barajaba esa posibilidad desde 1785. Tras realizar en el país vecino las laboriosas tareas de documentación y recopilación en plena Revolución Francesa, Betancourt arribó a Madrid cargado de maquetas, planos y memorias técnicas.

Así comenzó el Real Gabinete de Máquinas en el Palacio del Buen Retiro, el primer preludio de la formación de la Escuela de Caminos. En concreto, Betancourt llegó a la capital con 270 modelos de maquetas, 357 planos y 99 memorias técnicas. De esta forma, sin siquiera poderse imaginar lo que muchas décadas después estaría desarrollando el sector, Betancourt puso las bases para la ingeniería civil. Por otro lado, a título particular, realizó numerosas innovaciones en el campo de la mecánica, la energía y las telecomunicaciones.

«En las consideraciones previas de un informe que redactó esos años ponía como objetivo primordial de los caminos el transporte de la mayor cantidad de género, en el menor tiempo y gasto posible», comenta el presidente de la Fundación Cultural Canaria de Ingeniería y Arquitectura. En ese mismo informe, Betancourt ya señaló que la organización administrativa y la formación y conocimiento son indispensables para hacer el mejor uso de las infraestructuras.

Dos accidentes antes de crear la Escuela

La prédica de Betancourt se materializó con la creación de un cuerpo de funcionarios de caminos compuesto por técnicos que tomó forma en 1799. La decisión final vino condicionada por un accidente. Un percance en un puente de la carretera Madrid-Valencia precipitó la inserción de estos nuevos profesionales en la Administración. Ahora sí, empezaba a funcionar un cuerpo civil de ingenieros con soporte científico y organización propia.

Betancourt puso las bases para la ingeniería civil. Por otro lado, a título particular, realizó numerosas innovaciones en el campo de la mecánica, la energía y las telecomunicaciones

La Escuela llegó algo después, en 1802. Sucedió por otro accidente. «Se hundió el pantano de Lorca (Murcia), hubo más de 60 muertos y automáticamente decidieron crear la Escuela», desarrolla García. Ambas instituciones son «fundamentales para el desarrollo de la ingeniería civil en España», según remarca este ingeniero.

Años después, las guerras napoleónicas obligaron a cerrar el Real Gabinete de Máquinas, ubicado en El Retiro. Quedó prácticamente destruido. La Escuela también se cerró a finales de 1807 y Betancourt marchó a Rusia, donde llegó a recabar un gran prestigio que se recuerda en la actualidad. Tras el retorno de Fernando VII a España en 1814, la Escuela no reabrió sus puertas. Lo hizo durante el Trienio Liberal, una vez el monarca muere en 1833. Desde ese momento, la Escuela siempre ha estado formando nuevos ingenieros hasta hoy.

Este 26 de marzo, el Ayuntamiento de Madrid y el Colegio de Caminos, Canales y Puertos han rendido el último homenaje a Betancourt realizado hasta la fecha. El alcalde de la ciudad, José Luis Martínez-Almeida, recordó al ingeniero como «una figura que ha marcado la historia de España, transformando decisivamente este país y, particularmente, la ciudad de Madrid». Lo hizo frente al monumento de Betancourt, de bronce sobre pedestal de granito, que conmemora al personaje en un espacio ajardinado de la calle que lleva su nombre, en el distrito de Chamberí.

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[Col}> Los ánimos en remojo / Soledad Morillo Belloso

04-03-2026

Soledad Morillo Belloso

Los ánimos en remojo

Hay una práctica profundamente subestimada en estos tiempos de respuestas inmediatas, opiniones urgentes y emociones sin filtro: poner los ánimos en remojo. No aparece en manuales de liderazgo, no se enseña en talleres motivacionales ni suele mencionarse en reuniones formales, pero debería. Ahorraría discusiones innecesarias, malos ratos colectivos y una cantidad nada despreciable de desgaste emocional.

Vivimos rodeados de ánimos secos. Ánimos tensos, frágiles, listos para saltar ante cualquier comentario mal interpretado. Basta un mensaje sin signo de admiración, una respuesta breve o un “luego hablamos” para que se active la alarma interna y comience la novela. Todo se siente personal. Todo parece una indirecta cuidadosamente diseñada.

En ese contexto, insistir en “hablarlo de una vez” suele ser una pésima idea. Hablar cuando los ánimos están duros es como intentar amasar harina sin agua: no une nada, sólo levanta polvo. Y el polvo, además de molesto, no deja ver con claridad.

Poner los ánimos en remojo no es evadir los problemas ni hacerse el desentendido. Es entender —con algo de experiencia y bastante sentido común— que hay conversaciones que necesitan reposo, no velocidad. Que no todo se arregla hablando más, o gritando, sino hablando mejor, y para eso conviene bajar la temperatura primero.

El remojo es sencillo y doméstico. Puede ser un cafecito sin agenda, una caminata corta, una noche de buen sueño o ese gesto tan poco valorado de cerrar la boca a tiempo. No por falta de ideas, sino por exceso de emociones. Porque cuando la cabeza está llena, la lengua suele decir cosas que después hay que explicar con un largo “es que yo no quise decir eso”.

Además, hay que admitirlo: nadie arregla nada alterado. En caliente uno no dialoga, uno reacciona. Y reaccionar tiene perniciosos efectos secundarios. Palabras que pesan más de lo previsto, tonos que se interpretan peor de lo imaginado y heridas que no hacía falta abrir. Todo perfectamente evitable con un poco de agua metafórica y algo de paciencia.

El remojo tiene otra virtud: desinfla el ego. Le baja el volumen a la necesidad de ganar, de imponer, de tener la última palabra. Con el paso de las horas —a veces con sólo dormir— lo que parecía intolerable se vuelve manejable, y lo que parecía urgente puede esperar sin que se acabe el mundo.

No es casual que muchas discusiones pierdan sentido al día siguiente. No porque el problema desaparezca, sino porque el ánimo ya no está seco. Ya no raspa. Ya no corta. Y entonces, recién entonces, conversar se vuelve posible.

Por eso, antes de escribir ese mensaje “definitivo”, antes de anunciar que “ahora sí me va a oír”, antes de convertir una diferencia en una cruzada moral, convendría hacer una pausa y aplicar la técnica más antigua y efectiva que conocemos: poner los ánimos en remojo.

No cuesta nada. No requiere presupuesto, ni taller, ni asesor externo. Sólo una pizca de humildad y la honestidad suficiente para aceptar que, en caliente, casi nunca somos tan brillantes como creemos. La mayoría de las veces no estamos defendiendo grandes principios: estamos defendiendo el mal humor del día, ese miserable estado de nervios alterados.

Tal vez no solucionemos el mundo con ese gesto. Pero evitaremos empeorarlo, que ya es bastante mérito. Porque discutir con los ánimos secos no nos hace más claros, ni más valientes, ni más sinceros. Sólo nos hace más ruidosos.

Y ruido, francamente, ya hay de sobra.

[Canarias}> La Palma. El primer Ayuntamiento democrático de España no estaba en Madrid ni en Barcelona

29-03-2026

Jorge Siverio

El primer Ayuntamiento democrático de España no estaba en Madrid ni en Barcelona: estaba en una isla que llegó a superar a Lisboa como potencia oceánica

Azúcar, vino y galeones convirtieron este pequeño territorio insular en el tercer puerto del Imperio español

En el siglo XVI, Santa Cruz de La Palma era el tercer puerto más activo del Imperio español, sólo superado por Sevilla y Amberes. Nada de Lisboa, Cádiz o Las Palmas de Gran Canaria. Fue una ciudad pequeña, de dimensiones modestas, fundada en 1493 en el extremo occidental del Archipiélago, pero que llegó a concentrar un tráfico comercial capaz de competir con las grandes urbes del momento.

Ese pasado —poderoso, cosmopolita, denso— es lo que explica por qué su casco histórico, hoy Bien de Interés Cultural, tiene la arquitectura que alberga. Las casas, los balcones de madera esplendorosos e impropios de una ciudad pequeña, y las iglesias con retablos barrocos o portadas renacentistas son la huella física de un periodo de esplendor que duró más de dos siglos.

Una ciudad construida con dinero del océano

Alonso Fernández de Lugo fundó Santa Cruz de La Palma el 3 de mayo de 1493, apenas un año después de que Colón regresara de su primer viaje. La elección del lugar se proyecta porque la bahía ofrecía condiciones excepcionales para el abrigo de embarcaciones, y la isla entera disponía de tierras fértiles aptas para el cultivo de caña de azúcar, el producto que en aquel momento estaba redefiniendo la economía del mundo occidental.

El azúcar lo cambió todo. Con él llegaron los capitales, los comerciantes extranjeros y la infraestructura portuaria necesaria para sostener un flujo constante de mercancías. Portugueses, flamencos e ingleses se instalaron en la ciudad, trajeron sus propias tradiciones constructivas y dejaron una impronta arquitectónica que todavía hoy resulta legible en las fachadas del centro. La calle Real —conocida como O’Daly en honor a un irlandés influyente del siglo XVIII— fue durante décadas el eje de ese intercambio.

Comerciantes de media Europa cerraban aquí sus tratos antes de que los barcos zarparan hacia el Nuevo Mundo.

Cuando el azúcar decayó, fue el vino el que mantuvo el pulso exportador de la isla. La economía palmera demostró una capacidad de adaptación notable y la ciudad siguió creciendo, consolidando una burguesía mercantil que invirtió su riqueza en arquitectura. Plaza de España, Avenida Marítima, las grandes iglesias parroquiales: buena parte del patrimonio visible hoy tiene su origen en esa acumulación de capital atlántico.

La democracia más antigua de España

Entre las curiosidades históricas que la ciudad atesora hay una que pocos conocen. En 1773, el Ayuntamiento de Santa Cruz de La Palma se convirtió en el primero de España elegido por sufragio popular. Décadas antes de que la Revolución Francesa pusiera el concepto de soberanía popular en el centro del debate político europeo, esta ciudad insular ya había ensayado, en su escala, algo parecido a la representación democrática.

Detrás de aquel hecho estaba, precisamente, Dionisio O’Daly, el comerciante irlandés que da nombre a la calle principal. Su influencia sobre la vida pública fue considerable y su figura ilustra bien el carácter de una ciudad acostumbrada desde siempre a la presencia de extranjeros.

Lo que dejaron siglos en pie

La Plaza de España concentra algunos de los edificios más representativos de la capital: el Ayuntamiento renacentista, con una fachada de piedra que es de las más fotografiadas de Canarias, y la Iglesia Matriz de El Salvador, iniciada en 1508, donde conviven el gótico, el renacimiento y una influencia mudéjar que delata la diversidad de maestros que trabajaron en su construcción a lo largo de décadas.

Más adelante, en la Plaza de la Alameda, una réplica de la carabela Santa María —el Barco de la Virgen— alberga el Museo Naval de la ciudad. Mapas de época, instrumentos de navegación, documentos que acreditan el papel de La Palma como escala oceánica.

Los balcones de madera de la Avenida Marítima, ricamente decorados y de una factura técnica notable, son quizás el elemento más fotogénico de la ciudad. Su origen también es histórico. La influencia portuguesa en la carpintería local fue determinante y los resultados, especialmente visibles en este paseo frente al Atlántico, no tienen equivalente en ningún otro municipio de las Islas.

Una capital que sobrevivió a su propio declive

A partir del siglo XVIII, cuando las rutas comerciales se desplazaron y otros puertos ganaron protagonismo, Santa Cruz de La Palma fue perdiendo el peso específico que había tenido. Ese declive relativo, sin embargo, tuvo una consecuencia: la ciudad no fue demolida ni transformada para adaptarse a nuevas demandas económicas. Se quedó como estaba. Y esa inmovilidad, que en su momento pudo vivirse como un síntoma de abandono, es hoy su mayor valor.

El casco histórico que puede recorrerse ahora —con su trazado colonial, sus iglesias, su Museo Insular y sus casas de balcones— es el mismo que existía cuando los galeones todavía atracaban en su bahía. Una ciudad que sobrevivió a su propio esplendor y que, por eso mismo, lo conserva entero.

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[Col}> Soledad 70 / Soledad Morillo Belloso

26-01-2026

Soledad Morillo Belloso

Soledad 70

Según mi partida de nacimiento —ese papelito que se cree muy serio, como si fuera el gerente de mi vida— estoy por cumplir setenta años. Setenta. Qué risa. Qué descaro. Qué optimismo tan ridículo el de la aritmética. Porque si vamos a hablar claro, yo he vivido tanto que ya debería tener millas acumuladas para dar la vuelta al mundo en primera clase.

Tengo más canas que un convento, sí, pero yo, muy digna, me las pinto con regularidad, como quien dice: “La vejez vendrá, pero que venga engañada”. Porque una cosa es envejecer y otra es rendirse. Yo no me rindo. Yo me pinto. Y si hace falta, me repinto. Y si el tinte no agarra, lo amenazo.

Las arrugas… bueno, esas ya son parte de mi inventario. Tengo arrugas que podrían cobrar alquiler. Pero jamás salgo a la calle sin mis zarcillos y sin pintarme la boca. Jamás. Aunque esté medio muerta, aunque tenga la cara hinchada, aunque parezca que dormí en una caja de zapatos, yo me pongo mis zarcillos y me pinto la boca como quien se arma para la batalla. Que la vida me arrugue lo que quiera, pero la dignidad estética no me la toca nadie.

A veces me miro al espejo y pienso: “Caray, chica, estás hecha un poema… pero de esos largos, con notas al pie y edición crítica”. Y me ataco de la risa. Nadie se burla de mí tanto como yo misma.

Mi espíritu no tiene setenta años. Mi espíritu tiene temporadas. Y spin-offs. Y precuelas. Y varios capítulos censurados. He vivido pérdidas que envejecen de un sopapo, alegrías que rejuvenecen sin pedir permiso y crisis que me templaron como hierro en fragua. Mi cuerpo dice setenta, pero mi alma va por la quinta temporada de su propia serie histórica, con presupuesto limitado pero efectos especiales emocionales de primera.

La edad oficial es un número. La edad real es intensidad. Mi calendario dice setenta; mi historia dice “y vaya si los has vivido”. Llevo más estaciones que las que cuentan los almanaques. Soy testimonio, templanza, persistencia… y un poquito de malcriadez, porque a estas alturas, ¿quién me va a regañar?

Tengo montones de amigos. De todos los colores y sabores. Los quiero y ellos me quieren a mí… y además me soportan.

Tengo hitos importantes en mi vida: el día que me robé un carro de un restaurante; el día que me hice pipí en el Aula Magna; el día que me monté en un avión creyendo que iba para Boston y terminé en otra ciudad; el día que un tipo me invitó a cenar y me pasé dos horas diciéndole mentiras para descubrir al día siguiente que era un chivo muy importante de la compañía donde trabajaba; el día en que, con una amiga, conectamos dos secadores de pelo y le tumbamos toda la electricidad al Hotel Nacional en Río de Janeiro; el día que entré en otro matrimonio creyendo que era el de mi sobrina. Y como esas, montones. Yo soy un anecdotario ambulante.

El día que cumpla setenta voy a guardar silencio. No por solemnidad, sino porque me da la gana. Será un silencio concurrido, lleno de voces, recuerdos, carcajadas, dolores que ya no duelen y alegrías que todavía hacen ruido. Un silencio que dirá: “Llegaste hasta aquí… flaca, fané y descangayá, pero llegaste”.

Ese día, 1 de febrero, brindaré por mí. Porque a estas alturas, me lo he ganado. Sí, setenta, ¡70! La misma pendeja, un año más vieja.