[Canarias}> Las Canarias no se tocan

22/08/2026

Á. Van den Brule A.

Aviso para navegantes y turbantes: las Canarias no se tocan

En 1599, la armada holandesa intentó conquistar Las Palmas de Gran Canaria para expandir su imperio. La encarnizada resistencia canaria neutralizó la invasión en sólo nueve días, firmando una gesta histórica inolvidable

Durante la Guerra de los Ochenta años (Guerras de Flandes) sucedió que Las Palmas de Gran Canaria fue asediada infructuosamente entre el 26 de junio y el 4 de julio de 1599. La enorme superioridad holandesa fue neutralizada por pequeños destacamentos del ejército y un número indeterminado de milicias canarias armadas hasta los dientes por los militares radicados en las islas.

La flota holandesa al mando de Pieter van der Does, levantada contra Felipe II, era literalmente enorme. Más de 74 navíos de alto bordo y cerca de 12.000 marinos y soldados, estaban en los planes de los Países Bajos (actual Holanda, con la salvedad de Bélgica) de cara a conectar puentes geográficos con el establecimiento de sus factorías en las Indias Occidentales y Orientales.

Estratégicamentela idea era sublime, pero, había que someter a unas islas que nadie había conseguido antes reducir, salvo los castellanos en el siglo XVI, algo que les costó 100 años de combates, ni más ni menos… Ya lo habían intentado los fenicios, los cartagineses, la expedición del faraón Nekao, y los ingleses en varias ocasiones, sin resultados.

La intención era asestar un golpe quirúrgico a los españoles, colapsando las comunicaciones entre la península y los virreinatos allende el Atlántico. No obstante, tras hacerse a la mar en Flesinga un 28 de mayo de 1599, la inteligencia española había advertido a toda la costa oeste peninsular de lo que se avecinaba.

Derrotados en La Coruña por una docena de brulotes y pequeñas embarcaciones con sólidos cañones de proa,carentes del abastecimiento básico (aguada y alimentos) que pretendían obtener en esos lares, tuvieron que poner rumbo hacia Huelva y Cádiz para ver si “pillaban” algo, pero toda la costa estaba sobre aviso.

Nuevamente, sendos intentos de ataque sorpresa se fueron al garete y ya, sin agua y sin vituallas, comenzaron una singladura infernal hacia las Islas Canarias.

Desde Amberes, varias goletas y caballerías de postas habían avisado a todos los potenciales candidatos a un ataque holandés a estar ojo avizor, y los canarios, estaban sobre aviso y muy motivados.

La batalla más crucial de esta brevísima invasión se dio en la zona del Batán, alejada de la costa; pero éste era un frente secundario en apariencia, aunque se mostró determinante a la hora de poner en fuga a los osados holandeses.

Los prolegómenos del choque entre las partes durarían cinco horas tras un intenso cañoneo en el que la concentración de fuego de la artillería naval holandesa destruiría íntegramente uno de los fuertes más importantes de la defensa de Las Palmas, el Castillo de la Luz, al que el capitán al mando tuvo que evacuar a toda velocidad tras el intenso cañoneo cuando los holandeses estaban a las puertas de la fortaleza.

Pero los primeros errores y traspiés llegarían a frenar a los rubicundos invasores ante su pretendida autosuficiencia. Los canarios tienen una madera especial. Durante siglos han rechazado a los invasores de todo pelaje, ya fueran éstos estatales o piratas. Sólo recordarla expulsión de Drake, de Hawkin, Fuerteventura (batallas de Tamasite y Cuchillete donde los perros bardinos hicieron estragos) los varios intentos ingleses (Tenerife), etc.; no, no son blandos, y lo han demostrado a lo largo de los siglos.

 Durante el desembarco en la playa de las Canteras,murieron cientos de invasores ahogados ante el fuego concentradode los tiradores canarios que desde los arenales disparaban a placer. Con todo y con eso, se hace necesario recordar que, finalmente, los invasores lograron infiltrarse en algunas áreas de la capital y dedicarse al saqueo. Otros cientos de marinos holandeses quedaron con sus armas inutilizadas por el agua de mar y los hundimientos de las lanchas de desembarco.

El capitán y gobernadorAlonso de Alvarado murió dignamente en la defensa de la ciudad siendo sustituido por Pamochamoso, un líder local descendiente de guanches con el mismo valor, si no más, que el capitán fenecido. La batalla más cruenta se dio en la zona del Batán (hoy barrio residencial cercano a Tafira) al sureste de la capital.

Un segundo frente se situó en un barranco llamado Guiniguada, en la que cientos de holandeses perecieron en una emboscada de la que no había escapatoria. En el balance de estas escaramuzas hubo, en términos aproximados,más de 1000 bajas neerlandesas y alrededor de un centenar de isleñas.

El balance de estas escaramuzas, que duraron nueve días, los empujó de nuevo a la mar desprovistos de vituallas, centenares de heridos de diversa consideración, escasez abrumadora de agua para una travesía que se revelaba muy complicada y, a todo esto, añadir que, el resultado, fue insultante para los holandeses.

Las Canarias no se tocan, oído a navegantes y turbantes.

Fuente

[Canarias}> Vacaguaré: la práctica de la kairotanasia entre los awara

11-08-2026

Miguel A. Martín González*

Vacaguaré: la práctica de la kairotanasia entre los awara

Interior de la cueva artificial con camastro de piedras y cúpulas en Tijarafe.

Las afirmaciones de Valentim Fernandes, Leonardo Torriani, Abreu Galindo y Marín de Cubas sobre una práctica ancestral de dejarse morir, entre los antiguos habitantes de La Palma, no puede ser un invento o una mala interpretación, porque, de hecho, la experiencia está recogida en muchos pueblos de la antigüedad.

Valentim Fernandes (1506) escribe: «Si alguien se encontraba enfermo o conocía la proximidad de su muerte, lo llevaban a una cueva y allí lo dejaban morir».

También L. Torriani y Abreu Galindo recogen, con algo más de información, la misma experiencia: «En estando enfermo, decía a sus parientes: Vacaguare (‘quiérome morir’). Luego le llenaban un vaso de leche y lo metían en una cueva, donde quería morir, y le hacían una cama de pellejos, donde se echaba; y le ponían en la cabecera el gánigo de leche, y cerraban la entrada de la cueva, donde lo dejaban morir.

Todos se enterraban en cuevas, y sobre pellejos, porque decían que la tierra ni cosa de ella no había de tocar al cuerpo muerto» (Abreu, [1602], 1977) y Marín de Cubas [1694] añade que «[…] eran mui pusilanimes en sus enfermedades primero se dejan morir, que admitir remedio ni alivio de alimento diciendo vaquagare, que significa, ia me quiero morir».

En algunas culturas, cuando una persona creía que llegaba su momento de morir, siendo diversos los motivos, se le preparaba una despedida consciente. No se trata de un suicidio, sino de un acto de libertad, como parte de una costumbre arraigada culturalmente. Este hecho aceptado está cargado de significados culturales.

Los investigadores canarios que han hecho referencia a estas citas recurren al abandono, el asesinato o la eliminación forzosa de personas ancianas cuando ya no pueden contribuir a la comunidad o se consideran una carga. Era una práctica de necesidad en culturas nómadas o con recursos limitados, donde se buscaba eliminar a los miembros menos productivos.

Utilizan la palabra gerontocidio para definir la experiencia ritual practicada por los antiguos habitantes de La Palma; esto es, el asesinato, abandono o muerte provocada de personas ancianas. Por último, constatan que los datos arqueológicos no permiten confirmar nada en este sentido (Pais Pais y Tejera Gaspar, La religión de los benahoaritas, 2010).

Ni Valentim Fernandes, ni Abreu Galindo, ni Torriani hacen alusión a personas ancianas, sino enfermas; por lo tanto, preferimos usar el término kairotanasia, definida como muerte oportuna, una buena muerte voluntaria cuando la persona considera que su tiempo ha terminado por contraer una enfermedad, una herida grave o cualquier otra consideración.

Un caso digno de kairotanasia lo reconocemos en la legendaria muerte de Tanausú. Siendo capturado, fue preso y enviado a Castilla. Durante la travesía dejó de comer y sólo pronunciaba una palabra: vacaguaré (deseo de morir e ir con sus antepasados). Paralelamente, otra historia legendaria tiene como protagonista a Acerina al incorporar el mismo procedimiento de entrar en una cueva para dejarse morir, desconsolada por el apresamiento de Tanausú.

‘Bacaguare’ proviene del maz.tk *(u)bak-ăgh aggar(ăb), prop. Desiderativa, lit. “Yo quiero (o tengo intención de) morir” (Ignacio Reyes, imeslan.wordpress.com/2017/09/20/bacaguare/).

La muerte digna para los awara debió tener una motivación espiritual. Bouché (2001) es muy explícito en recordarnos que el cuerpo, aun siendo importante para las culturas, deja paso al espíritu, al alma para su curación. La mayoría de las enfermedades, para los primitivos, tienen una causa espiritual, bien como extravío o rapto del alma, que hay que recuperar.

Ahora bien, ¿cómo podemos demostrar la práctica de la kairotanasia entre los awara? Si hacemos caso a los textos del siglo XVI con los detalles expuestos y lo pudiéramos corroborar arqueológicamente, tendríamos la oportunidad de empezar a pensar que es posible.

Los textos históricos coinciden en la existencia de una cueva con una cama cubierta de pellejos donde iban y yacían los que deseaban morir. ¿Existe en La Palma algún lugar que cumpla esta condición y que contenga elementos diferenciados a otros de uso doméstico? Al menos conocemos tres con procedimientos idénticos, en sendas cuevas y en lugares muy distanciados.

Nos acercamos a dos casos muy relevantes de cuevas diferentes al resto por los elementos que contienen. Coinciden en tamaño, forma y la presencia de insculturas en su interior. En ambos casos, las cavidades son artificiales y de factura indígena.

Figuras antropomorfas sobre el camastro de piedras en El Paso.

En la zona de la Montañita (El Paso), sobre los 900 m de altitud, existe una pequeña cavidad artificial que presenta un canal que rodea el contorno superior exterior y a la que se accede por un escalón. Presentaba un cerramiento exterior con rocas que todavía se conservan en una parte de la entrada. Dentro dispone de un muro de piedras que ocupa todo el fondo de la cueva.

No se trata de un abrevadero, ni de un poyo para ejercer cualquier actividad doméstica. Sorprende la presencia de más de 10 cúpulas circulares en dos de las paredes, siendo aún más extraña la presencia de tres figuras cruciformes-antropomorfas y un antropomorfo triangular grabados en las paredes. Dos antropomorfos presiden el camastro y otros dos se localizan en la pared norte más cercana al muro.

Estos elementos (cúpulas y figuras antropomorfas) son fundamentales para acercarnos al mundo simbólico de la muerte: el antropomorfo como representación humana y sublimación del discurso funerario y las cúpulas como abertura simbólica para el tránsito de las almas o espíritus de los ancestros que pasan de un estado a otro atravesando un solo plano. El entorno exterior de la cueva contiene importantes muestras de lo sagrado en forma de grabados rupestres, cazoletas y canales.

Nos desplazamos ahora a otro lugar, concretamente al Barranco de La Caldereta (Tijarafe), sobre los 1.250 m de altitud. Sobre un pequeño y estrecho terraplén, se labraron varias cuevas, destacando una principal, de mayores dimensiones, y ocho cavidades de diferentes tamaños siguiendo el curso de la toba volcánica sobre la pared del risco.

La cavidad principal presenta unas medidas de 5 m de largo, 3 m de ancho y 2 m de altura aproximadamente. Nuevamente se repite la misma disposición, ocupando todo el fondo de la cueva, un camastro de piedras. Destaca la presencia de dos piedras de toba roja, una en la base exterior y otra en el interior del camastro; creemos que puede obedecer a alguna connotación simbólica, algo parecido a amuletos apotropaicos ante espíritus enemigos.

Es asombrosa la cantidad de cúpulas que cubren las paredes y el techo (19 de gran tamaño, entre 60 y 70 cm de diámetro, y unas 14 más pequeñas). El color rojo se asocia a rituales funerarios, siendo consistente la presencia de piedras rojas en los cenotafios de la necrópolis del Barranco de Mogán y la Fortaleza de Santa Lucía, así como en el cementerio de túmulos del Maipés de Agaete, en Gran Canaria.

Existe una segunda cueva de planta circular excavada en la pared de toba volcánica, mucho más pequeña, también con un asiento de piedras y once cúpulas dispersas. En la pared exterior se ejecutaron otras siete concavidades de menores dimensiones, de uso incierto, destacando dos de ellas por su acabado interior de pulido perfecto. La presencia de cúpulas en el interior de estas oquedades y de un escalón en varias de ellas, puede ayudar a comprender el simbolismo de lo que denominamos puertas falsas.

Los dos lugares coinciden en casi todo: pequeñas cavidades artificiales sobre toba volcánica, en altura, con elementos rituales como cúpulas o grabados rupestres y el camastro de piedras ocupando todo el fondo de la cueva. Lugares como estos comportan una consideración de tránsito o paso, de un territorio real por el que se inicia el gran viaje.

Por ello, no hemos dudado en plantear esta hipótesis como lugares donde se pudiera practicar la kairotanasia, lo que confirmaría materialmente lo recogido en los textos de los citados cronistas del siglo XVI.

Agradecimiento: Fernando Díaz Hernández

Bibliografía
– BOUCHÉ, H. (2001): “La salud en las culturas”. Educación XXI, n.º 4, pp. 60-90. Universidad Nacional de Educación a Distancia
– MARTÍN GONZÁLEZ, M. A. (2024): Antiguos canarios. La memoria de lo sagrado. Bilenio Ediciones

*Miguel A. Martín González. Historiador y profesor

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[Col}> Lo que nos trajeron los ecuatorianos / Soledad Morillo Belloso

15-04-2026

Soledad Morillo Belloso

Lo que nos trajeron los ecuatorianos

Hay llegadas que no se anuncian: simplemente reconocen el lugar donde su historia continúa, como si la memoria de un pueblo pudiera adelantarse al propio viajero y abrirle la puerta antes de que toque, sabiendo que algunas presencias no vienen de lejos, sino de un hilo antiguo que vuelve a tensarse.

Los inmigrantes ecuatorianos llegaron a Venezuela como quien abre una ventana en una casa que llevaba años respirando el mismo aire. De pronto entró un viento nuevo, un olor distinto, un ritmo que no estaba en el manual. No venían con alharacas  ni con manifiestos; venían con ollas, con manos curtidas, con palabras que parecían cosquillas —“achachay”, “arrarray”— y con una paciencia que sólo se aprende en tierras donde la montaña manda y el tiempo se mide en cosechas, no en relojes.

Trajeron su comida, que es como un abrazo con codos: firme, contundente, sin cursilerías. El encebollado, por ejemplo, es una especie de terapia colectiva disfrazada de sopa; uno lo prueba y siente que alguien le está diciendo “ya, ya, respira, que todo pasa”. Y el hornado llega a la mesa como un emperador de piel dorada, recordándonos que la vida es más amable cuando huele a ajo y a maíz. Trajeron también su música: el sanjuanito, que es un terremoto alegre, y el pasillo, ese primo elegante que llega a la fiesta con traje pero termina bailando descalzo a las tres de la mañana.

Y sin embargo, la relación emocional entre Venezuela y Ecuador no empezó con el encebollado ni con el sanjuanito. Empezó mucho antes, en un rincón íntimo de la historia, casi de telenovela de las buenas: la mujer que más quiso a Bolívar era quiteña. Y no, no fue “la amante del Libertador”, como dicen los manuales perezosos. Llamarla así es como llamar “ayudante de cocina” a quien inventó el fuego.

Durante muchos años —demasiados— las sociedades latinoamericanas fueron profundamente injustas con Manuelita Sáenz. Injustas y patéticamente pacatas. La historia oficial, escrita por caballeros muy serios con bigotes muy solemnes, no supo qué hacer con una mujer que cabalgaba, conspiraba, debatía, mandaba, amaba y desobedecía con la misma naturalidad con la que otros respiraban. Y como no supieron dónde ponerla, la empequeñecieron. La redujeron a un papel sensiblero y hasta de bajos fondos, como si la pasión fuera incompatible con la inteligencia política. La llamaron “amante”, que es la palabra que usan los mediocres cuando una mujer les queda demasiado grande.

Manuelita no acompañó la historia: la empujó. Fue coronela, espía, estratega, agitadora, defensora de la causa republicana y salvadora del Libertador en más de una ocasión. Tenía la osadía de cantarle  a los poderosos lo que nadie se atrevía, y la elegancia de hacerlo sin perder la sonrisa. En un mundo donde las mujeres eran decorado, ella fue arquitectura. Bolívar, que podía con imperios, no podía con ella. Y no porque lo dominara, sino porque lo entendía. Era su igual, su contraparte, su espejo incómodo, su chispa de pólvora. La única capaz de decirle “Simón, no seas terco” sin que se desplomara la república.

Por eso, cuando los ecuatorianos empezaron a llegar a Venezuela, no eran extraños: eran parientes emocionales. Venían del país de la mujer que desarmó al Libertador —no solo políticamente— y que dejó una huella tan profunda que, sin darnos cuenta, nos preparó para querer a su gente. La puerta ya estaba entreabierta desde que Manuelita entró con su caballo, su espada, su risa y su irreverencia en los patios de nuestros corazones.

Así, la presencia ecuatoriana en Venezuela no se siente como una migración fría, sino como la continuación natural de una historia que empezó hace dos siglos entre un hombre que quiso liberar un continente y una mujer que se liberó a sí misma antes que nadie. Los ecuatorianos trajeron sabores, ritmos, oficios, palabras. Pero también trajeron —sin saberlo— el eco de Manuelita, esa mujer que vivió como un relámpago y que sigue iluminando el vínculo entre ambos países.

Y así, entre sopas que curan, músicas que despiertan y oficios que levantan ciudades, los ecuatorianos siguieron cruzando un puente que Manuelita había inaugurado mucho antes: un puente hecho de irreverencia, de coraje y de esa terquedad luminosa que no pide permiso para existir. Venezuela los recibió no como extraños, sino como herederos de una mujer que vivió como un relámpago y dejó encendida la luz. Porque al final, entre nuestros pueblos no manda la geografía ni la política: manda la memoria afectiva, esa que reconoce a los suyos aunque vengan de lejos, esa que sabe que cuando un ecuatoriano toca la puerta, todavía se escucha, muy al fondo, la risa de Manuelita abriéndola.

Soledadmorillobelloso@gmail.com

[Canarias}> Los cantones o bandos prehispánicos de Benahoare: Tagalguen (X)

22-06-2026

 Felipe Jorge Pais Pais

 Los cantones o bandos prehispánicos de Benahoare: Tagalguen (X)

La Carta Arqueológica de Garafía, realizada en tres campañas (2004, 2005 y 2006), nos indica que fue intensamente habitado y explotado por la población benahoarita desde el primer momento de arribada a la Isla, en torno al siglo II d. C., hasta finales del siglo XV

El décimo término y señorío era Tegalgen, que es Garafía, hasta el Barranco de Hiscaguan; y de esta tierra era señor Bediesta (J. Abreu Galindo, 1977: 268). Las investigaciones arqueológicas indican que, a pesar de los escasos datos que nos ofrecen las fuentes etnohistóricas, fue uno de los más importantes de la antigua Benahoare siendo, igualmente, de los de mayor extensión, más poblado y con una riqueza y variedad en vestigios prehispánicos realmente sobresaliente.

La Carta Arqueológica de Garafía, realizada en tres campañas (2004, 2005 y 2006), nos indican que fue intensamente habitado y explotado por la población benahoarita desde el primer momento de arribada a la Isla, en torno al siglo II d. C., hasta finales del siglo XV.

Panorámica de la parte oriental del cantón de Tagalguen desde la zona de Franceses. El paisaje está dominado por profundos barrancos, enormes acantilados costeros y tabladas que acogen los caseríos de El Tablado, Don Pedro y Juan Adalid (Foto: Jorge Pais Pais)

Este topónimo, según Ignacio Reyes García, tiene el significado de “…encierro vigilado, coto cerrado, ahijadero …” (2011: 395). Evidentemente, se está dando una gran relevancia a la explotación pastoril de este territorio desde la orilla del mar a las cumbres más elevadas que lindan con el Parque Nacional de la Caldera de Taburiente.

Esta actividad ha sido vital y esencial para su población y se ha mantenido hasta prácticamente nuestros días. Los vertiginosos acantilados y las laderas son terrenos ideales para la práctica del pastoreo de suelta. Los ahijaderos son zonas reservadas para el ganado menor, especialmente utilizadas para la cría y el destete de cabritos y corderos.

Este nombre se ha conservado en Tenerife, si bien en La Palma es más habitual el uso de la palabra “envetadero”, denominándose así a los riscos que sólo cuentan con una o varias entradas que se trancaban con una “cancela” hecha de troncos o vegetación de la zona donde los animales se criaban solos sin ningún tipo de intervención humana. Se buscaban laderas con abundantes pastos y, a ser posible, una fuente.

Chivas “envetadas” en la zona de El Caldero (Barranco de Los Cuervos. Don Pedro) (Foto Jorge Pais Pais)

Los estudios zooarqueológicos corroboran el uso de “envetaderos” para criar un grupo de animales muy jóvenes (“chivitas” y corderos), que se dejaban crecer hasta que alcanzaban la madurez, de tal forma que pasaban a formar parte de las manadas o se sacrificaban para conseguir carne fresca en las épocas de mayor carestía alimenticia que, generalmente, coincidía con la llegada del verano (F. J. Pais Pais, 1996: 216).

Estos datos se han obtenido tras el estudio de miles de fragmentos óseos de fauna doméstica descubiertos en los yacimientos de la Cueva del Tendal (San Andrés y Sauces) y El Rincón (El Paso) (F. J. Pais Pais, 1996: 429-508).

Chivitas de raza palmera en Salvatierra (Garafía) (Foto: Jorge Pais Pais)

La línea divisoria con el cantón de Tixarafe se encontraba en el Barranco de Hiscaguan, que actualmente se conoce como Izcagua, que separa los actuales municipios de Garafía y Puntagorda. Este topónimo también se ha conservado para denominar una buena extensión de los gigantescos acantilados de la parte norte de La Palma.

Según Ignacio Reyes Martín, se puede traducir como “… cuernos (literalmente) … cumbres, cimas” (2011-264) (en sentido figurativo). Esta última traducción cuadra perfectamente con la accidentada orografía del territorio que, especialmente en los bordes de la Caldera de Taburiente, es muy elevada, escarpada, estrecha y peligrosa, sobre todo en la zona de Los Andenes.

Acantilados en la costa de Hiscaguan (Foto: Jorge Pais Pais)

El cantón de Tagalguen es uno de los más importantes e interesantes de la antigua Benahoare si tenemos en cuenta la abundancia y variedad de sus manifestaciones prehispánicas. La población indígena vivía, fundamentalmente, en extensos poblados de cuevas situados en los tramos medio e inferior de los numerosos barrancos y barranqueras que atraviesan su orografía, destacando los asentamientos en la margen izquierda del Barranco de Franceses, El Jurao (El Tablado), Barranco del Cuervo (Don Pedro), Barranquera de Los Draguitos (El Palmar), Barranco de La Luz (Santo Domingo de Garafía), Barranco de Fernando Porto (Cueva de Agua), Barranco del Atajo y Briestas (El Castillo), Buracas (Las Tricias), Fagundo (margen derecha del Barranco de Izcagua), etc.

Un poblamiento tan intensivo debe tener una correlación con la existencia de yacimientos funerarios que, en algunos casos (Buracas y Barranco del Atajo) muestran huellas de que los cuerpos recibieron algún tipo de tratamiento para su conservación postmortem y grandes necrópolis, como la del Huerto de Los Morales (Margen izquierda del Barranco de Fernando Porto) (F. J. Pais Pais y N. Álvarez Rodríguez, 2010: 154-160) que albergó una veintena de cuerpos.

Asimismo, destaca la existencia de un buen número de lugares de claro carácter mágico-religioso entre los que sobresalen los grupos de canalillos-cazoletas, almogarenes y piletas marinas.

Poblado de cuevas de Buracas (margen derecha de la Barranquera del Corchete. Las Tricias) (Foto: Jorge Pais Pais)

La arqueología de Garafía nunca hubiese sido la misma sin la gran labor desarrollada por D. Ramón Rodríguez Martín, cuyo interés y pasión por el mundo aborigen, posibilitaron el hallazgo de una gran cantidad de yacimientos de todo tipo dispersos por toda la orografía insular, si bien su trabajo se centró en Garafía, donde nació, vivió y murió.

Esta pasión le permitió atesorar y custodiar en su domicilio de Las Tricias una de las mejores colecciones de restos arqueológicos benahoaritas y que, de otro modo, se hubiesen perdido para siempre. Estos materiales fueron donados al Cabildo de La Palma en 2007 y, desde entonces, muchos de esos objetos han formado parte de la exposición permanente del Museo Arqueológico Benahoarita (Los Llanos de Aridane) (F. J. Pais Pais, 2011: 433-434).

Ramón, como era familiarmente conocido en el mundo de la arqueología palmera, fue nombrado por Luis Diego Cuscoy (Comisario de Arqueología en las Canarias Occidentales) como su representante en La Palma tras la finalización de la guerra civil española. Su labor de prospección, centrada especialmente en Garafía, le permitió descubrir y estudiar algunas de las estaciones de grabados rupestres más emblemáticas de la Isla como, por ejemplo, La Zarza y La Zarcita, Buracas, Caldera de Agua, etc. y, asimismo, participó en las distintas excavaciones arqueológicas que por esas fechas se llevaron a cabo en Belmaco, La Cucaracha y Roque de la Campana (Villa de Mazo), Los Guinchos y El Humo (Breña Alta), etc.

Ramón Rodríguez Martín en La Zarza (Foto: Archivo familiar)

La arqueología de Garafía destaca, sobre todo, por la gran cantidad, la belleza y complejidad de sus estaciones de grabados rupestres geométricos ejecutados con la técnica del picado. La cifra, en la actualidad, supera los dos centenares de yacimientos y, lo más sorprendente, es que siguen descubriéndose nuevos conjuntos.

Entre los grupos más sobresalientes cabe destacar los de La Zarza, La Zarcita, Fajaneta del Jarito, Caldera de Agua, Los Guanches, etc., que se emplazan en medio de los frondosos bosques de laurisilva entre Hoya Grande y Roque del Faro, que son exclusivos de este municipio y que hemos denominado santuarios de monte; que hemos denominados santuarios de monte.

Otra zona de extraordinario interés se concentra en los alrededores de Santo Domingo de Garafía, destacando los petroglifos del Calvario de Santo Domingo, Cercado de Don Vicente, Barranquito de Silva-La Castellana, Calafute, etc. A ellos hemos de añadir las estaciones de Buracas y El Corche (Las Tricias), El Jurao (El Tablado), Barranco del Cuervo (Don Pedro), etc.

Estas manifestaciones rupestres se encuentran por toda su orografía, desde la orilla de los enormes acantilados costeros hasta las medianías cubiertas de frondosos bosques de laurisilva y pinos de tea centenarios (F. J. Pais Pais, 2017: 242-301), sin olvidar la gran cantidad de yacimientos de La Cumbre garafíana.

Por todo ello, no debe extrañarnos que Garafía haya jugado un papel esencial para que los petroglifos benahoaritas formen parte, desde abril de 2025, de la lista indicativa de patrimonio Mundial de La UNESCO.

Grabados rupestres del Calvario de Santo Domingo (Foto: Felipe Jorge Pais Pais)

El yacimiento arqueológico rupestre más interesante de la antigua Benahoare, sin ningún género de dudas, está formado por los conjuntos de La Zarza y La Zarcita (E. Martín Rodríguez, 1998: 35-74), hasta el punto de que lo hemos bautizado como Capilla Sixtina del Arte Rupestre Benahoarita (F. J. Pais Pais, 2014: 44-48).

 Sus enormes paneles repletos de espirales, círculos-semicírculos concéntricos y meandriformes con desarrollos y entrelazamientos inusitados los convierten en únicos dentro de la arqueología insular. Las distintas técnicas de ejecución (picado e incisión) avalan un uso continuado durante muchísimo tiempo de la larga etapa prehispánica.

Todos estos factores movieron a distintas administraciones públicas (Dirección General de Patrimonio Histórico, Cabildo Insular de La Palma y Ayuntamiento de la Villa de Garafía) a crear un Parque Arqueológico, inaugurado en 1998, convirtiéndose en el primero abierto al público en todo el Archipiélago Canario. En los últimos años ha estado cerrado por problemas de distinta índole, aunque en estos momentos, estamos trabajando para volver a abrirlo a la mayor brevedad posible con una nueva exposición, mejor accesibilidad y dotado de nuevos servicios complementarios.

A estas contrariedades no han sido ajenas las inclemencias meteorológicas extremas que han provocado hasta cuatro derrumbes de riscos y el desplome de varios pinos de tea que han afectado, fundamentalmente, a la red de senderos que recorre la zona arqueológica.

Petroglifos de La Zarza (Foto: Jorge Pais Pais)

En Garafía se encuentra una de las zonas arqueológicas más importantes e interesantes de La Palma que alberga centenares de yacimientos que, además, presentan un estado de conservación bastante aceptable debido a que estos parajes permanecieron intactos hasta comienzos de la década de los 80 del siglo pasado cuando se comenzó a levantar el complejo astrofísico del Roque de Los Muchachos.

Esta zona, hasta entonces, sólo era visitada por cabreros y viandantes que utilizaban los bordes de la Caldera de Taburiente como sendero para acceder desde Tijarafe, Puntagorda, Garafía y Barlovento a Santa Cruz de La Palma. Las condiciones climáticas extremas y la orografía del territorio sólo eran aptas para practicar un pastoreo estacional que, fundamentalmente, coincidía con la época estival.

Este aprovechamiento ganadero se mantuvo, de forma idéntica, desde la primera arribada de la población benahoarita, en torno al siglo III, hasta comienzos de la década de los 90 del siglo pasado, cuando La Cumbre dejó de subastarse. Los asentamientos pastoriles son especialmente abundantes en el codesal garafiano debido a la existencia de enormes tabladas, la frondosidad de los pastizales y la presencia de fuentes permanentes.

Los conjuntos suelen contar con una o varias moradas, un encerradero de ganado, goros para cabritos y lechones, así como los paraderos pastoriles desde los que se controlaban los movimientos de las manadas (F. J. Pais Pais y J. Capote Álvarez, 2025).

Moradas pastoriles rehabilitadas en la Degollada del Fraile entre el Roque de Los Muchachos y Pico de Fuente Nueva (Foto: Jorge Pais Pais)

La huella benahoarita en estas cotas altitudinales tan elevadas aparece por doquier en forma de restos arqueológicos superficiales (fragmentos de cerámica y piezas líticas), numerosas estaciones de grabados rupestres de tipo geométrico ejecutados con la técnica del picado, así como un tipo de yacimiento de carácter mágico-religioso que, prácticamente, sólo se ha conservado en estos parajes por encima de los 2.000 metros de altitud, como son los amontonamientos de piedras de los que, la gran mayoría de los ejemplos, se localizan en las cumbres garafianas.

El conjunto más espectacular e interesante, sin discusión, lo encontramos en el Llano de Las Lajitas, a los pies del Roque de Los Muchachos. Está formado por 17 estructuras artificiales cuyo perímetro se delimita con lajas hincadas y un relleno interior de rocas de distintas formas y tamaños que, en ocasiones, no van más allá del simple cascajo.

Se asientan sobre una pequeña elevación del terreno en cuyos bordes aparecen una buena cantidad de grabados rupestres, en torno al centenar, que también se ejecutaron sobre las piedras hincadas y las que forman parte del relleno, como si de ofrendas u objetos votivos se tratase. (F. J. Pais Pais, 1999: 377-412).

Amontonamientos de piedras del Llano de Las Lajitas (Roque de Los Muchachos) (Foto Jorge Pais)

Los límites territoriales del cantón de Tagalguen están bastante claros, especialmente en la vertiente occidental donde será el enorme Barranco de Izcagua que atraviesa todo el territorio desde La Cumbre en los bordes de la Caldera de Taburiente hasta la orilla del mar.

Por el contrario, en el lado oriental no existe ningún tipo de referencia etnohistórica sobre su línea divisoria con el bando de Tagaragre. No obstante, con toda probabilidad, la separación vendría marcada, igualmente, por el enorme Barranco de Franceses que, en la actualidad, separa los municipios de Garafía y Barlovento.

Bibliografía general

  •      -ABREU GALINDO, J.: Historia de la conquista de las siete islas de Canaria, (Santa Cruz de Tenerife), 1977.
  •      -ÁLVAREZ RODRÍGUEZ, Nuria y PAIS PAIS, Felipe Jorge: Los yacimientos funerarios benahoaritas en las antiguas demarcaciones territoriales de La Palma, Actas de las IV Jornadas Prebendado Pacheco de Investigación Histórica, (Tegueste), 2011, Págs. 17-42, ISBN 978-84-938791-0-5 (Publicación digital).
  •      -MARTÍN RODRÍGUEZ, E.: La Zarza: entre el cielo y la tierra, (Madrid), 1998.
  •      -PAIS PAIS, F. J.: La economía de producción en la prehistoria de la isla de La Palma: la ganadería, (Santa Cruz de Tenerife), 1996.
  •      -PAIS PAIS, F. J.: El conjunto ceremonial del Llano de Las Lajitas (Roque de Los Muchachos. Garafía. La Palma), Anuario de Estudios Atlánticos, XLIII, (La Laguna), 1999, Págs. 377-412.
  •      -PAIS PAIS, Felipe Jorge: Donación de restos al Museo Arqueológico Benahoarita de la isla de La Palma, Revista de Estudios Generales de la isla de La Palma. Actas del II Congreso de Arqueología, Arte y Arquitectura, Ciencias y Geografía de La Palma, 2008 (II)“, Nº 5, (Madrid), 2011, Págs. 413-442.
  •      -PAIS PAIS, Felipe Jorge: Los petroglifos benahoaritas: símbolos de vida y fertilidad, (Madrid), 2019.
  •      -PAIS PAIS, F. J.: Los petroglifos de La Zarza: la capilla sixtina del arte rupestre benahoarita, Revista Biosfera, Nº 17, (La Palma), 2024, Págs. 44-48.
  •      -PAIS PAIS, F. J. y CAPOTE ÁLVAREZ, J.: Los asentamientos pastoriles en los bordes de la Caldera de Taburiente en la etapa histórica, (Tenerife), 2025.
  •      -PAIS PAIS, F. J. y ÁLVAREZ RODRÍGUEZ, N.: La necrópolis aborigen del Huerto de los Morales (Barranco de Fernando Porto. Garafía): un espacio de vida y muerte, XIII Simposio de Centros Históricos y Patrimonio Cultural de Canarias, (Santa Cruz de Tenerife), 2010, Págs. 154-160.

Fuente

[Canarias}> ¿El verbo ‘fundar’ o ‘fundarse’ es propio de la modalidad del español de Canarias?

16-06-2026

¿El verbo ‘fundar’ o ‘fundarse’ es propio de la modalidad del español de Canarias?

El uso que se hace en las islas de Lanzarote, Fuerteventura y Gran Canaria del verbo fundar, tanto en forma transitiva (No puede fundar el pie derecho porque le duele el tobillo) como pronominal (Tenga cuidado, no se funde en la barandilla, que está floja) supone una especialización particular de los usos generales del verbo fundar.

Entre las distintas acepciones que recoge el Diccionario de la Real Academia Española sobre el verbo fundar, es la 2.ª («Estribar, apoyar, armar alguna cosa material sobre otra» la más cercana, que hace referencia, únicamente, a la posibilidad de fundar cosas materiales, pero no, como sucede en los ejemplos citados del español de Canarias, seres animados o alguno de sus miembros. Los ejemplos señalados constituyen, por tanto, usos peculiares de nuestra modalidad.

Palabras nuestras

desandado

  1. adj. Lz., GC., Tf. y LP. Inquieto, excitado, bullicioso. Lleva unos días desandado, y no veo la hora de que vengan los padres y se hagan cargo de él.
  2. adj. GC. Atolondrado, aturdido.

 desarmar

  1. v. Quedar el cuerpo maltrecho por una caída, por exceso de trabajo o por cualquier otra causa. U. t. c. prnl. Pintó cuatro habitaciones en una tarde y se desarmó todo.
  2. v. Deteriorar o quedar una cosa en malas condiciones por falta de mantenimiento. U. t. c. prnl. Esta casa hace tiempo que no se habita, y por eso está toda desarmada.
  3. prnl. Lz. y GC. Engordar una persona exageradamente. Después de que dejó de hacer deporte, se desarmó.

 Información sobre la localización de voces y acepciones

  •  Fv: Fuerteventura
  • GC: Gran Canaria
  • Go: La Gomera
  • Hi: El Hierro
  • LP: La Palma
  • Lz: Lanzarote
  • Occ: Islas occidentales (Tenerife, La Gomera, La Palma y El Hierro)
  • Or: Islas orientales (Lanzarote, Fuerteventura y Gran Canaria)
  • Tf: Tenerife

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[Canarias}> El secreto familiar del Papa León XIV sale a la luz: desciende de una familia de pescadores de La Palma 

El secreto familiar del Papa León XIV sale a la luz: desciende de una familia de pescadores de La Palma

Un estudio genealógico ha rastreado durante casi un año el linaje del papa León XIV: tiene una de sus raíces en La Palma, según lo certifica un estudio genealógico realizado tras casi un año de investigación y revisión de archivos.

[Col}> Lo que nos trajeron los coreanos / Soledad Morillo Belloso

04-04-2026

Soledad Morillo Belloso

Lo que nos trajeron los coreanos

Dígame usted, ¿quién no ha visto aunque sea media escena de un drama coreano? A estas alturas, quien lo niegue está mintiendo descaradamente o vive en una cueva sin electricidad, sin WiFi y probablemente muy aburrido. Todos hemos caído, aunque sea por accidente, en uno de esos romances donde dos protagonistas pasan tres episodios enteros mirándose como si fueran a desmayarse antes de atreverse a rozarse un dedo, mientras un piano lloroso hace lo suyo. Y uno ahí, muy digno, diciendo “yo no veo esas cursilerías”, pero viendo, llorando y preguntándose por qué ese hombre tan guapo y perfecto no se declara de una buena vez.

Pero para entender por qué los coreanos producen historias que nos exprimen el corazón como si fuera una naranja madura, hay que mirar un poquito hacia atrás. Corea no es un invento reciente: tiene más historia que un abuelo con memoria acumulativa. Es un país que empezó con reinos que ya tenían poesía, astronomía y obsesión por la cerámica cuando en Europa todavía estaban aprendiendo a no incendiarse con una antorcha. Goguryeo, Baekje y Silla pasaron siglos peleando, reconciliándose, separándose y volviendo a pelear… como una telenovela, pero con armaduras y sin comerciales de detergente. Luego llegó la dinastía Joseon, que duró más de quinientos años, lo cual es un récord mundial de paciencia y de organización. Allí inventaron su propio alfabeto —porque el que tenían no les servía—, perfeccionaron la etiqueta, la ciencia, la caligrafía y la costumbre de hacer todo con una elegancia que hoy se nota hasta en cómo sirven un té.

Antes de que el planeta se incendiara en la Segunda Guerra Mundial, Corea ya llevaba décadas bajo ocupación japonesa. Pero durante la guerra, la cosa se puso peor: el imperio japonés exprimió la península como si fuera una mina sin fondo. Muchos coreanos fueron obligados a trabajar en fábricas y campos de batalla, otros enviados como mano de obra forzada a Japón, y miles de mujeres fueron sometidas a la brutalidad de convertirse en “mujeres de consuelo”, un eufemismo cruel para esclavitud sexual. La cultura coreana fue reprimida, el idioma prohibido en escuelas y oficinas, los nombres coreanos reemplazados por japoneses. Fue un tiempo de dolor silencioso, resistencia escondida y dignidad férrea. Y cuando la guerra terminó, en vez de recuperar su libertad, Corea quedó partida por decisiones tomadas lejos de allí, como si alguien hubiera dividido un hogar ajeno con una regla y un mapa.

La herida más reciente llegó en 1950, cuando Corea del Norte invadió a Corea del Sur y estalló una guerra que rompió al país como quien quiebra un plato querido y luego intenta pegarlo con cinta adhesiva. Fue un conflicto feroz, rápido, lleno de intervenciones extranjeras, donde aldeas desaparecieron y familias quedaron atrapadas a un lado u otro sin poder cruzar una frontera que antes no existía. Esa invasión no sólo encendió una guerra: encendió una separación emocional que todavía hoy se siente en cada historia coreana, en cada canción que habla de un hogar dividido, en cada mirada que se pierde hacia el norte buscando un recuerdo que ya no se puede recuperar.

Y allí sigue, abierta, la cicatriz entre Corea del Norte y Corea del Sur. No nació de un pleito doméstico, sino de guerras, invasiones y decisiones tomadas en escritorios lejanos. Familias quedaron separadas, hermanos crecieron sin verse, abuelos murieron sin saber qué fue de sus hijos. Es una tragedia silenciosa, persistente, que se cuela en cada drama donde alguien mira hacia el norte con nostalgia, en cada canción que habla de un hogar incompleto, en cada celebración donde falta la mitad del país. Corea es un pueblo que aprendió a caminar con una herida abierta, y quizá por eso sus historias nos tocan tanto: porque saben narrar la pérdida sin perder la dignidad.

Y claro, después de sobrevivir invasiones, guerras, particiones y tragedias que harían llorar hasta a un cactus, Corea del Sur decidió que ya estaba bueno de sufrir y se lanzó a modernizarse con una velocidad que parece chiste. Pasaron del feudalismo a la alta tecnología como quien pasa de burro a moto sin escalas. Esa mezcla de historia milenaria + disciplina + terquedad creativa explica por qué hoy fabrican teléfonos que no se rompen, carros que duran más que algunos matrimonios y series que dejan a medio planeta con insomnio emocional.

Cuando los coreanos llegaron a Venezuela, no llegaron con tambores ni con pancartas. Llegaron como llegan ellos: en silencio, con respeto, con esa cortesía que parece heredada de 27 generaciones de abuelas estrictas. Y trajeron cosas. Muchas cosas.

Primero trajeron música suave, casi tímida, que sonaba en reuniones comunitarias. Y luego, cuando ya estábamos confiados, ¡pum!, llegó el K‑pop con su energía nuclear y sus coreografías que parecen diseñadas por un ingeniero aeronáutico. De pronto, adolescentes venezolanas estaban bailando como si hubieran nacido en Seúl, y uno preguntándose si esa gente tiene huesos o resortes.

Y trajeron un fenómeno global: BTS. Ese grupo que convirtió estadios en mares morados, que enseñó a medio planeta a hacer corazones con los dedos y que demostró que siete muchachos pueden mover industrias enteras con disciplina, ternura y talento. BTS no sólo puso a Corea en el mapa emocional del mundo: convirtió la música en puente cultural, en idioma común, en fiesta global donde todos caben. Y de paso nos mostró que un fandom organizado puede ser más eficiente que muchos ministerios.

No se quedaron en la música: trajeron moda. Una moda que mezcla minimalismo con audacia, sobriedad con brillo, tradición con futurismo. De pronto vimos a jóvenes venezolanos usando camisas oversize, pantalones rectos, colores pasteles, cortes limpios, maquillaje sutil en los hombres y accesorios delicados que antes habrían sido motivo de chisme. Y detrás de esa estética moderna está el orgullo del hanbok, esa maravilla de curvas, colores vibrantes y telas que parecen flotar. El hanbok no es ropa: es un poema textil, una declaración de identidad, una forma de caminar con historia sobre la piel.

Trajeron tecnología que cambió la vida cotidiana: televisores que parecían ventanas al futuro, teléfonos que sobrevivían a caídas épicas, neveras que duraban más que la paciencia de un santo, carros Hyundai y Kia que se volvieron parte del paisaje urbano. Daewoo nos enseñó que un microondas podía ser más fiel que un perro callejero. Y luego vino la cosmética coreana, que convirtió los baños venezolanos en laboratorios de belleza: mascarillas, tónicos, cremas, rutinas de diez pasos que parecían más un rito espiritual que un cuidado de la piel. Y las venezolanas, que no le tememos a nada, adoptamos aquello con entusiasmo: de pronto medio país estaba brillando como porcelana hidratada.

Y la comida… ay, la comida.

El kimchi, que al principio nos parecía un ataque químico, terminó siendo un gusto adquirido. El bulgogi nos enamoró sin pedir permiso. El bibimbap nos enseñó que mezclar todo en un solo plato puede ser un acto de armonía. Y las parrillas coreanas son un espectáculo: uno sale oliendo a humo, feliz, satisfecho y con la sensación de haber participado en un rito ancestral que debería ser patrimonio de la humanidad.

También trajeron comercios impecables, organizados, donde cada cosa tiene su lugar y donde la familia completa trabaja como un reloj suizo con acento asiático. Nada de “vengo en cinco minutos” ni “no hay sistema”. Allí todo funciona. Y uno aprende, sin que se lo digan, que el orden también puede ser una forma de cariño.

Y así, sin ruido, sin propaganda, sin aspavientos, los coreanos se volvieron parte del paisaje venezolano. Con su tecnología que no se daña, su comida que despierta, su música que contagia, su moda que inspira, sus cremas que prometen milagros, sus tiendas ordenadas y su manera suave de estar en el mundo. Una presencia discreta pero firme, moderna pero cálida, milenaria pero perfectamente adaptada al Caribe.

Aclaratoria final: los coreanos vienen de Corea, no de Coro.

soledadmorillobelloso@gmail.com

[Col}> Lo que nos trajeron los dominicanos / Lo que nos trajeron los dominicanos

04-04-2026

Soledad Morillo Belloso

Lo que nos trajeron los dominicanos

Tal vez en todo este subcontinente los que más se parecen son los venezolanos y los dominicanos. No por geografía ni por manuales de historia, sino por esa afinidad secreta que no se aprende: la capacidad de reírse incluso cuando la vida se pone creativa con sus desgracias. Yo lo confirmé no en teoría, sino en carne viva, cuando la pandemia me dejó varada en Dominicana por nueve meses y once días. Varada, sí, pero también acogida, adoptada, acomodada, como quien llega a una casa ajena y descubre que la silla ya estaba tibia esperándolo.

Los dominicanos no llegan: irrumpen como una brisa que se cuela. Y esa brisa trae ritmo, sazón, una manera de hablar que no se pronuncia sino que se baila. Su merengue no es música: es sistema nervioso. Un merengue que convierte cualquier pasillo en pista de baile y cualquier lunes en Gracias a Dios que es viernes. Venezuela, que nunca ha sido tímida para mover la cintura, se dejó contagiar desde hace décadas. Por eso, cuando yo caí allá en pleno encierro mundial, no sentí extrañeza: sentí reconocimiento. Como si me hubieran devuelto una parte de mí que yo no sabía que había prestado.

Entre esos ritmos que cruzaron el mar llegó también esa joya llamada merengue apambichao. Su nombre viene de las orquestas que tocaban en Palm Beach, donde el merengue se volvió elegante, reposado, casi de salón y se puso traje blanco. Era un merengue insinuante, más de cintura que de pies, más caricia que empuje. El pueblo lo rebautizó apambichao, que es como decir “merengue con swing de hamaca”. Una prueba de que el Caribe también sabe ser suave sin perder fuego.

Y si hablamos de ritmos dominicanos, pues son maneras de caminar por la vida. El merengue es el amigo que te agarra la mano y te dice “vamos a bailar, que la vida es corta”. La bachata es el bolero que se mudó a la esquina: guitarra que llora, bongó que consuela, voz que confiesa. El son dominicano es el abuelo que filosofea con un trago. El gagá es trance, calle, raíz africana que se niega a desaparecer. El palo es tambor ritual, latido antiguo. Y la fusión moderna —esa alquimia donde Chichí Peralta es rey— demuestra que el Caribe no se queda quieto: evoluciona con gracia.

Pero no sólo trajeron música: trajeron cocina, que es otra forma de ternura. La comida dominicana es un abrazo servido en plato hondo. El mangú es filosofía: plátano humilde convertido en gloria. El sancocho dominicano es un abrazo caliente que se toma con cuchara. El locrio es fiesta en arroz. Los víveres son identidad. Y ese bacalao con huevo y cebolla que aparece en cualquier mesa tiene la virtud de reconciliar a cualquiera con la vida. Comer en Dominicana es entender que la ternura también se cocina.

Entre los dominicanos que Venezuela adoptó como parientes del alma, Juan Luis Guerra ocupa un territorio aparte, casi sagrado. En Venezuela no es un artista: es un clima emocional. Tiene la alquimia de convertir la poesía en merengue y bachata, y de volver el merengue y la bachata plegarias que se elevan sin pedir permiso. Sus canciones no se oyen: se inhalan, como quien respira un aire que ya conoce.

Cuando suenan “Burbujas de amor” u “Ojalá que llueva café”, el venezolano siente que alguien le canta desde el tuétano del Caribe, desde ese lugar donde la nostalgia y la alegría se abrazan sin pelear. Juan Luis es puente, es bálsamo, es brújula. Y yo, que tuve la fortuna de cruzármelo (porque la vida te muerde pero también te acaricia), puedo decirles que lo suyo no es simplemente escuela; es epifanía.

Si hay algo que une a Venezuela y a Dominicana con devoción casi mística es el béisbol. En ambos países no es deporte: es religión. Se nace con un guante imaginario en la mano. El estadio es templo, el jonrón es milagro, el pitcher es sacerdote y el narrador es profeta. Cuando un dominicano y un venezolano hablan de pelota, no conversan: comulgan.

Los dominicanos que llegaron a Venezuela trajeron todo eso: ritmos, sabores, creencias, picardías, maneras de querer y de sobrevivir. Trajeron la filosofía del fogón donde cocinar es querer y querer es servir en plato hondo. El mangú se instaló sin pedir permiso. El sancocho dominicano se entendió de inmediato con el venezolano, porque ambos son caldos que abrazan. Y entre víveres, risas y cucharones, se tejió una hermandad que no necesitó papeles.

También trajeron figuras que Venezuela abrazó como familia: Johnny Ventura, terremoto alegre; Wilfrido Vargas, que convirtió al país entero en laboratorio de merengue; Fernando Villalona, “El Mayimbe”, que hacía suspirar a medio país; Chichí Peralta, alquimista del ritmo; Romeo Santos, bachatero universal. Todos ellos se volvieron parte del paisaje emocional venezolano.

Pero hay un dominicano muy especial para todos en Venezuela. Billo Frómeta fue ese dominicano que Venezuela no sólo quiso: lo convirtió en latido propio. Llegó con su elegancia de director eterno y una ternura escondida entre trompetas, y nos miró como quien reconoce un amor antiguo. Y nosotros, al sentirlo, lo adoptamos sin trámite.

Billo no vino a dirigir orquestas: vino a bordarnos la alegría. Nos escribió en todas las claves, nos afinó las nostalgias, nos celebró con cada compás. Por eso lo adoramos: porque él nos amó primero, con esa devoción musical que sólo tienen los que entienden que un país también se abraza con melodías.

Los dominicanos trajeron su modo de hablar que derrite tensiones, ese “ven acá” que es caricia, ese “ta’ to’” que es filosofía caribeña. El dominicano habla como quien te acomoda el alma. Y esa cadencia se nos pegó y  amplió nuestro repertorio afectivo. Porque entre ellos y nosotros no hay distancia: hay espejo.

En esos nueve meses y once días yo lo vi clarito. No estaba varada: estaba en casa con otro nombre. Dominicana me recibió como quien abre la puerta sin preguntar nada, sólo diciendo “pasa, siéntate, ¿ya comiste?”. Y yo, que sé reconocer la ternura cuando se disfraza de cotidianidad, entendí que estaba entre primos: primos que crecieron en casas distintas pero con la misma abuela, esa que cocina con exageración, que habla cantando, que se ríe hasta cuando regaña, que cree que la vida es dura pero no por eso hay que dejar de bailar.

Los dominicanos que llegaron a Venezuela entraron como quien llega a una casa desconocida con la intuición certera de que allí lo van a recibir con café recién colado. Vinieron con ese tumbao caribeño que ya trae la música puesta por dentro. Y Venezuela, en esos años de barriga llena y petróleo a borbotones, abrió la puerta sin fisgonear por la mirilla.

Se regaron por las ciudades como quien siembra sin mapa: unos se treparon a los andamios, otros a las bodegas, otros a las cocinas. En las costas se mezclaron con los pescadores como si hubieran nacido oliendo ese mismo salitre. En las ciudades petroleras se metieron en el engranaje diario sin aspavientos. Las mujeres dominicanas, con esa mezcla de firmeza y dulzura, se hicieron un lugar en casas que terminaron sintiendo propias. Y tienen manos mágicas para la costura y el bordado.

Y así, con poco ruido pero haciendo vida, los dominicanos se volvieron parte del paisaje venezolano. No como visitantes, sino como esos parientes que un día llegan y, al siguiente ya están sentados en la mesa opinando sobre el béisbol, preguntando si queda más arroz y canturreando mientras te ayudan a recoger la mesa. Entre nuestras costas el mar no separa: hace puente. Y ellos cruzaron ese puente con la naturalidad de quien sabe que al otro lado también hay sol, música y gente que entiende el idioma del Caribe sin necesidad de diccionario.

Ah, y tengo un sobrino dominicano que es un caramelo hecho persona. Él y mi sobrina, venezolana, me han dado el gusto de ser tía abuela de dos preciosos niños que son venezolanos y dominicanos.

Soledadmorillobelloso@gmail.com

[Canarias}> ¿Por qué en todas las islas del Archipiélago no se habla de la misma manera?

25 de mayo de 2026

¿Por qué en todas las islas del Archipiélago no se habla de la misma manera?

Dudas más frecuentes sobre el español de Canaria

En términos generales, la forma de hablar en el conjunto del Archipiélago presenta una gran homogeneidad. Los rasgos fundamentales de la variedad (seseo, relajación consonántica, ausencia del pronombre vosotros, uso frecuente del diminutivo, etc.) son comunes a la mayoría de los hablantes del Archipiélago.

No obstante, existen algunos rasgos peculiares en hablas insulares que se derivan de aspectos de índole histórica o social (grupos de población, corrientes migratorias, contacto con otras sociedades), que han dejado su huella sobre todo en el nivel léxico. Así, el habla de La Palma destaca la presencia de portuguesismos y americanismos, mientras que en Lanzarote y Fuerteventura se registran arabismos que no se emplean en otras islas.

En la fonética, la realización de /-s/ al final de sílaba o de palabra es el aspecto que presenta mayor variedad entre las Islas, yendo desde la realización sibilante de los hablantes herreños a la pronunciación asimilada y tensa que, en ciertos contextos fónicos, caracteriza el habla grancanaria.

En el nivel gramatical, el uso del vosotros en La Gomera (también registrado en puntos de otras islas), distingue el habla de la isla colombina. También existen usos propios del habla del campo, frente a la de la ciudad. Estas y otras peculiaridades se integran sin dificultad en los rasgos generales que caracterizan el uso de la variedad canaria en el Archipiélago.

 Palabras nuestras

desgraciar

  1. v. Dejar un hombre embarazada a una mujer y no asumir las responsabilidades inherentes a la paternidad.
  2. v. Dicho de ciertas pertenencias, como vestidos, muebles, etc., mancharlas o estropearlas irremediablemente. Me quemó con una colilla, y me desgració el traje.
  3. prnl. Realizar alguien una acción que puede tener consecuencias tan graves como para arruinar su vida. No te metas en pleitos porque te desgracias.
  4. prnl. Tomar alguien una decisión trascendente de forma errónea. Compró una casa que estaba hipotecada, y se desgració.

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