[Col}> Lo que nos trajeron los dominicanos / Lo que nos trajeron los dominicanos

04-04-2026

Soledad Morillo Belloso

Lo que nos trajeron los dominicanos

Tal vez en todo este subcontinente los que más se parecen son los venezolanos y los dominicanos. No por geografía ni por manuales de historia, sino por esa afinidad secreta que no se aprende: la capacidad de reírse incluso cuando la vida se pone creativa con sus desgracias. Yo lo confirmé no en teoría, sino en carne viva, cuando la pandemia me dejó varada en Dominicana por nueve meses y once días. Varada, sí, pero también acogida, adoptada, acomodada, como quien llega a una casa ajena y descubre que la silla ya estaba tibia esperándolo.

Los dominicanos no llegan: irrumpen como una brisa que se cuela. Y esa brisa trae ritmo, sazón, una manera de hablar que no se pronuncia sino que se baila. Su merengue no es música: es sistema nervioso. Un merengue que convierte cualquier pasillo en pista de baile y cualquier lunes en Gracias a Dios que es viernes. Venezuela, que nunca ha sido tímida para mover la cintura, se dejó contagiar desde hace décadas. Por eso, cuando yo caí allá en pleno encierro mundial, no sentí extrañeza: sentí reconocimiento. Como si me hubieran devuelto una parte de mí que yo no sabía que había prestado.

Entre esos ritmos que cruzaron el mar llegó también esa joya llamada merengue apambichao. Su nombre viene de las orquestas que tocaban en Palm Beach, donde el merengue se volvió elegante, reposado, casi de salón y se puso traje blanco. Era un merengue insinuante, más de cintura que de pies, más caricia que empuje. El pueblo lo rebautizó apambichao, que es como decir “merengue con swing de hamaca”. Una prueba de que el Caribe también sabe ser suave sin perder fuego.

Y si hablamos de ritmos dominicanos, pues son maneras de caminar por la vida. El merengue es el amigo que te agarra la mano y te dice “vamos a bailar, que la vida es corta”. La bachata es el bolero que se mudó a la esquina: guitarra que llora, bongó que consuela, voz que confiesa. El son dominicano es el abuelo que filosofea con un trago. El gagá es trance, calle, raíz africana que se niega a desaparecer. El palo es tambor ritual, latido antiguo. Y la fusión moderna —esa alquimia donde Chichí Peralta es rey— demuestra que el Caribe no se queda quieto: evoluciona con gracia.

Pero no sólo trajeron música: trajeron cocina, que es otra forma de ternura. La comida dominicana es un abrazo servido en plato hondo. El mangú es filosofía: plátano humilde convertido en gloria. El sancocho dominicano es un abrazo caliente que se toma con cuchara. El locrio es fiesta en arroz. Los víveres son identidad. Y ese bacalao con huevo y cebolla que aparece en cualquier mesa tiene la virtud de reconciliar a cualquiera con la vida. Comer en Dominicana es entender que la ternura también se cocina.

Entre los dominicanos que Venezuela adoptó como parientes del alma, Juan Luis Guerra ocupa un territorio aparte, casi sagrado. En Venezuela no es un artista: es un clima emocional. Tiene la alquimia de convertir la poesía en merengue y bachata, y de volver el merengue y la bachata plegarias que se elevan sin pedir permiso. Sus canciones no se oyen: se inhalan, como quien respira un aire que ya conoce.

Cuando suenan “Burbujas de amor” u “Ojalá que llueva café”, el venezolano siente que alguien le canta desde el tuétano del Caribe, desde ese lugar donde la nostalgia y la alegría se abrazan sin pelear. Juan Luis es puente, es bálsamo, es brújula. Y yo, que tuve la fortuna de cruzármelo (porque la vida te muerde pero también te acaricia), puedo decirles que lo suyo no es simplemente escuela; es epifanía.

Si hay algo que une a Venezuela y a Dominicana con devoción casi mística es el béisbol. En ambos países no es deporte: es religión. Se nace con un guante imaginario en la mano. El estadio es templo, el jonrón es milagro, el pitcher es sacerdote y el narrador es profeta. Cuando un dominicano y un venezolano hablan de pelota, no conversan: comulgan.

Los dominicanos que llegaron a Venezuela trajeron todo eso: ritmos, sabores, creencias, picardías, maneras de querer y de sobrevivir. Trajeron la filosofía del fogón donde cocinar es querer y querer es servir en plato hondo. El mangú se instaló sin pedir permiso. El sancocho dominicano se entendió de inmediato con el venezolano, porque ambos son caldos que abrazan. Y entre víveres, risas y cucharones, se tejió una hermandad que no necesitó papeles.

También trajeron figuras que Venezuela abrazó como familia: Johnny Ventura, terremoto alegre; Wilfrido Vargas, que convirtió al país entero en laboratorio de merengue; Fernando Villalona, “El Mayimbe”, que hacía suspirar a medio país; Chichí Peralta, alquimista del ritmo; Romeo Santos, bachatero universal. Todos ellos se volvieron parte del paisaje emocional venezolano.

Pero hay un dominicano muy especial para todos en Venezuela. Billo Frómeta fue ese dominicano que Venezuela no sólo quiso: lo convirtió en latido propio. Llegó con su elegancia de director eterno y una ternura escondida entre trompetas, y nos miró como quien reconoce un amor antiguo. Y nosotros, al sentirlo, lo adoptamos sin trámite.

Billo no vino a dirigir orquestas: vino a bordarnos la alegría. Nos escribió en todas las claves, nos afinó las nostalgias, nos celebró con cada compás. Por eso lo adoramos: porque él nos amó primero, con esa devoción musical que sólo tienen los que entienden que un país también se abraza con melodías.

Los dominicanos trajeron su modo de hablar que derrite tensiones, ese “ven acá” que es caricia, ese “ta’ to’” que es filosofía caribeña. El dominicano habla como quien te acomoda el alma. Y esa cadencia se nos pegó y  amplió nuestro repertorio afectivo. Porque entre ellos y nosotros no hay distancia: hay espejo.

En esos nueve meses y once días yo lo vi clarito. No estaba varada: estaba en casa con otro nombre. Dominicana me recibió como quien abre la puerta sin preguntar nada, sólo diciendo “pasa, siéntate, ¿ya comiste?”. Y yo, que sé reconocer la ternura cuando se disfraza de cotidianidad, entendí que estaba entre primos: primos que crecieron en casas distintas pero con la misma abuela, esa que cocina con exageración, que habla cantando, que se ríe hasta cuando regaña, que cree que la vida es dura pero no por eso hay que dejar de bailar.

Los dominicanos que llegaron a Venezuela entraron como quien llega a una casa desconocida con la intuición certera de que allí lo van a recibir con café recién colado. Vinieron con ese tumbao caribeño que ya trae la música puesta por dentro. Y Venezuela, en esos años de barriga llena y petróleo a borbotones, abrió la puerta sin fisgonear por la mirilla.

Se regaron por las ciudades como quien siembra sin mapa: unos se treparon a los andamios, otros a las bodegas, otros a las cocinas. En las costas se mezclaron con los pescadores como si hubieran nacido oliendo ese mismo salitre. En las ciudades petroleras se metieron en el engranaje diario sin aspavientos. Las mujeres dominicanas, con esa mezcla de firmeza y dulzura, se hicieron un lugar en casas que terminaron sintiendo propias. Y tienen manos mágicas para la costura y el bordado.

Y así, con poco ruido pero haciendo vida, los dominicanos se volvieron parte del paisaje venezolano. No como visitantes, sino como esos parientes que un día llegan y, al siguiente ya están sentados en la mesa opinando sobre el béisbol, preguntando si queda más arroz y canturreando mientras te ayudan a recoger la mesa. Entre nuestras costas el mar no separa: hace puente. Y ellos cruzaron ese puente con la naturalidad de quien sabe que al otro lado también hay sol, música y gente que entiende el idioma del Caribe sin necesidad de diccionario.

Ah, y tengo un sobrino dominicano que es un caramelo hecho persona. Él y mi sobrina, venezolana, me han dado el gusto de ser tía abuela de dos preciosos niños que son venezolanos y dominicanos.

Soledadmorillobelloso@gmail.com

[Canarias}> ¿Por qué en todas las islas del Archipiélago no se habla de la misma manera?

25 de mayo de 2026

¿Por qué en todas las islas del Archipiélago no se habla de la misma manera?

Dudas más frecuentes sobre el español de Canaria

En términos generales, la forma de hablar en el conjunto del Archipiélago presenta una gran homogeneidad. Los rasgos fundamentales de la variedad (seseo, relajación consonántica, ausencia del pronombre vosotros, uso frecuente del diminutivo, etc.) son comunes a la mayoría de los hablantes del Archipiélago.

No obstante, existen algunos rasgos peculiares en hablas insulares que se derivan de aspectos de índole histórica o social (grupos de población, corrientes migratorias, contacto con otras sociedades), que han dejado su huella sobre todo en el nivel léxico. Así, el habla de La Palma destaca la presencia de portuguesismos y americanismos, mientras que en Lanzarote y Fuerteventura se registran arabismos que no se emplean en otras islas.

En la fonética, la realización de /-s/ al final de sílaba o de palabra es el aspecto que presenta mayor variedad entre las Islas, yendo desde la realización sibilante de los hablantes herreños a la pronunciación asimilada y tensa que, en ciertos contextos fónicos, caracteriza el habla grancanaria.

En el nivel gramatical, el uso del vosotros en La Gomera (también registrado en puntos de otras islas), distingue el habla de la isla colombina. También existen usos propios del habla del campo, frente a la de la ciudad. Estas y otras peculiaridades se integran sin dificultad en los rasgos generales que caracterizan el uso de la variedad canaria en el Archipiélago.

 Palabras nuestras

desgraciar

  1. v. Dejar un hombre embarazada a una mujer y no asumir las responsabilidades inherentes a la paternidad.
  2. v. Dicho de ciertas pertenencias, como vestidos, muebles, etc., mancharlas o estropearlas irremediablemente. Me quemó con una colilla, y me desgració el traje.
  3. prnl. Realizar alguien una acción que puede tener consecuencias tan graves como para arruinar su vida. No te metas en pleitos porque te desgracias.
  4. prnl. Tomar alguien una decisión trascendente de forma errónea. Compró una casa que estaba hipotecada, y se desgració.

Fuente

[Canarias}> 100 años de aquella visita de los científicos a La Palma en la primavera de 1926

15-05-2026

Carlos Valentín Lorenzo Hernández*

100 años de aquella visita de los científicos a La Palma en la primavera de 1926

A don Wifredo Ramos Hernández, quien despertara mi curiosidad por el sabio español Lucas Fernández Navarro (1869-1930)

El XIV Congreso Geológico Internacional que se celebró en Madrid, en mayo de 1926, realizó dieciséis excursiones de campo por distintos lugares del territorio nacional y norte de África.

El Congreso fue organizado por el Instituto Geológico de España (IGE). Las sesiones científicas tuvieron lugar en la capital de España, en el nuevo edificio de la calle Ríos Rosas, construido especialmente para el Congreso y desde entonces sede del Instituto, que a partir de 1927 pasó a denominarse Instituto Geológico y Minero de España (IGME).

La sesión inaugural del Congreso, presidida por el Rey Alfonso XIII, se llevó a cabo el lunes 24 de mayo, extendiéndose sus sesiones hasta finales de mes. El comité organizador estaba presidido por el ingeniero de minas, César Rubio y Muñoz (1858-1931).

Sesión inaugural Congreso Geológico Internacional. 1926

Las dieciséis excursiones que se diseñaron; unas con carácter precongresual, anteriores a la apertura del Congreso (7), otras durante la celebración del congreso (3) y, las seis últimas, post-congreso, despertaron un gran interés geológico entre los distintos científicos que participaron en las mismas.

Con la denominación A – 7, se designó la excursión a las Islas Canarias, con una duración de 17 días (del 5 al 22 de mayo) dirigida por Lucas Fernández Navarro, catedrático de Mineralogía y Cristalografía de la Universidad Central de Madrid y miembro de la Academia de las Ciencias. Como ayudantes figuraron los ingenieros de minas, Rafael Fernández Aguilar, hijo del Sr. Fernández Navarro y Joaquín Mendizábal Gortazar. También colaboró estrechamente la hija del Catedrático, la señorita Pilar Fernández Navarro.

Lucas Fernández Navarro participó en numerosas expediciones científicas por España y el extranjero, entre las que se incluyeron viajes de exploración a nuestras Islas.

Recorrió minuciosamente el archipiélago canario entre 1906 y 1927, donde llevó a cabo interesantes estudios hidráulicos y curiosas investigaciones geológicas. En 1909 fue designado por el Ministerio de Instrucción Pública para estudiar la erupción del Chinyero, en Tenerife.

Fue la primera erupción fotografiada de Canarias, de la cual realizó una publicación muy interesante sobre el resultado de sus investigaciones. Gozó de una gran estima en nuestra tierra por su labor como el primer geólogo español que estudió de forma sistemática los volcanes de este archipiélago.

Fue considerado por muchos como el primer vulcanólogo español y solicitó, en 1911, la creación de un Observatorio en el Teide, algo que según él debiera ser tenido en cuenta «como una deuda de honor nacional». «Tener una montaña de la altura y naturaleza del pico de Tenerife y no aprovecharla para desde ella contribuir al adelanto de la meteorología, de la vulcanología y de la sismología es sencillamente un crimen de lesa ciencia y un sonrojo».

En 1917, de regreso de un viaje por El Hierro, estuvo el eminente geólogo en La Palma acompañado de su hijo Rafael, con objeto de recoger algunas piedras. Visitó el volcán de Martín, en Fuencaliente, declarando sus «vivos deseos de estudiar los interesantes volcanes de esta Isla».

Lucas Fernández Navarro (1869-1930).

En julio de 1925, el profesor Lucas Fernández Navarro, comisionado por el Congreso Geológico Internacional de Madrid, se desplazó a las Islas Canarias para los actos preparativos de la excursión que «en la primavera próxima efectuarán por estas Islas los sabios que concurren a dicho Congreso».

En una entrevista publicada en la prensa regional señalaba al respecto el sabio geólogo y eminente profesor que: «el interés geológico de la excursión programada a las Islas Canarias es enorme. Todos los principales estudios volcánicos han sido hechos sobre estas Islas.

Por mi parte, he dedicado los mejores años de mi vida a su difusión. Es indudable que la excursión proyectada beneficia sobremanera a las Islas. Las bellezas naturales de Las Afortunadas se propagarán doblemente con esta visita.

Y el nombre de las Islas Canarias irá siempre unido al de todos los congresos del mundo donde se reúnan los mejores intelectos universales. Suponga usted solamente, por un instante, que sabios de todo el mundo visitarán las Canarias, que la prensa internacional hablará de las islas, comentará sus bellezas, ponderará los tesoros geológicos que encierra.

La atención mundial se detendrá sobre las olvidadas Islas, que dejarán con ello de serlo para muchos y descubrirán desconocidos secretos de belleza para los más».

Una de estas entrevistas concluía con la siguiente afirmación del periodista: «Don Lucas Fernández Navarro habla de Canarias como de cosa propia. Hay en sus conceptos ardor de entusiasmo y verdadero interés por los peñascos que tan bien ha sabido estudiar, en cuyas entrañas ha descubierto verdaderos tesoros».

El 13 de agosto de 1925, el considerado mejor geólogo español de todos los tiempos, visitó el sitio donde estuvo la Fuente Santa y aceptó un presupuesto de 1.000 pesetas del Ayuntamiento de Fuencaliente «para encontrar la perdida fuente, en que tantas esperanzas tienen los naturales del país», que había sido sepultada por el volcán de Fuencaliente en 1677.

A comienzos de 1926 continuaron los actos organizativos de la expedición de geólogos españoles y extranjeros prevista para el mes de mayo a las Islas Canarias. El Catedrático Fernández Navarro, encargado de esta excursión científica, realizó distintos viajes con ese propósito al archipiélago.

Finalmente, las islas visitadas por los sabios para realizar estudios geológicos serían Tenerife, La Palma y Gran Canaria. El precio de la excursión a Canarias fue de 800 pesetas por participante. A título comparativo, el sueldo de un catedrático de Universidad era de unas 700 pesetas al mes.

El 5 de mayo de 1926 partieron de Madrid con destino a Andalucía los miembros del Congreso Internacional de Geología que iban a realizar la excursión por las Islas Canarias, de un gran interés científico.

Los excursionistas embarcaron al día siguiente, en Cádiz, a bordo del vapor Rey Jaime II, con destino al puerto de Santa Cruz de Tenerife. El domingo 9 de mayo de 1926 llegaron a Santa Cruz de Tenerife los 38 congresistas, con el Sr. Fernández Navarro como un guía de lujo de los viajeros por el conocimiento que sobre el archipiélago poseía.

En tal expedición figuraban distinguidas personalidades científicas, hombres y mujeres, de Hungría, Austria, Alemania, Polonia, Bélgica, Suecia, Japón, India, Checoslovaquia, Inglaterra, Italia, Francia y España.

Vapor Rey Jaime II.

La estancia en la isla de Tenerife de los geólogos se prolongó hasta el día 13 de mayo con visitas a Santa Cruz de Tenerife, Macizo de Anaga, San Cristóbal de La Laguna, Monte de Las Mercedes, La Orotava, Aguamansa, Puerto de la Cruz, Jardín Botánico, Icod de Los Vinos, Garachico, Taganana, ascensión al Teide… Desde el Puerto de la Cruz, a bordo del Rey Jaime II, los científicos embarcaron para Santa Cruz de La Palma a donde llegaron al amanecer del viernes 14 de mayo.

A las 9 de la mañana bajaron a tierra los distinguidos viajeros, siendo recibidos por el señor delegado del Gobierno en la Isla, Carlos Aciego de Mendoza Martínez, por el presidente del Cabildo, Miguel Pereyra García (1885-1955), por el coronel comandante Militar y Ayudante de Marina, por las demás autoridades, comisiones de sociedades y gran cantidad de público que invadía el muelle y que acompañó a los sabios geólogos hasta el edificio que ocupaba el Cabildo Insular de La Palma, encontrándose todo el trayecto engalanado con banderas y colgaduras.

Una comisión de señoritas acudió al muelle para ofrecer ramos de flores a las damas que acompañaban a los geólogos. En el Cabildo se les sirvió un espléndido desayuno y, terminado éste, se trasladaron a la parroquia del Salvador, donde se había instalado una exposición de todos los ornamentos y alhajas existentes en aquel templo, algunas de ellas de mucho valor y mérito.

Acto seguido se dirigieron a la Biblioteca Cervantes y Museo de Historia Natural de la sociedad La Cosmológica. Inmediatamente emprendieron la marcha en automóviles por la carretera del sur. Carretera que, partiendo de la playa, atravesaba el largo túnel con grandes ventanales al mar.

En todo el itinerario no se perdía de vista el océano. Se pasó por Las Breñas y por Mazo, haciendo un pequeño alto en las lavas del volcán Martín de 1646. Sobre las once de la mañana se llegó al pintoresco pueblo de Fuencaliente, en el extremo sur de la Isla. Se visitó el hermoso volcán de San Antonio, cuyas lavas ganaron mucho terreno al mar.

El almuerzo lo realizaron en Fuencaliente. A continuación, los ilustres visitantes pasaron por el pago de Las Indias, muy rico antes de que la erupción de Fuencaliente cubriera con sus lavas el célebre manantial de la Fuente Santa, al que venían enfermos de todo el mundo. En su camino a los pueblos del Valle de Aridane cruzaron las lavas del volcán del Charco de 1712 y las del volcán de Tihuya de 1585 (El Sr. Fernández Navarro confunde este volcán con el de Tacande.

Durante mucho tiempo existió la creencia de que el primer volcán histórico de La Palma había sido el volcán de Tacande y se había fijado la fecha de la erupción en 1585. Actualmente se estima que la erupción del volcán de Tacande se produjo entre 1470-1492).

La comitiva de los eruditos científicos, en su aproximación a las poblaciones de Los Llanos, Argual y Tazacorte, divisó al frente las cumbres que forman el circo de La Caldera de Taburiente. Bajaron al Puerto de Tazacorte, que es la desembocadura del Barranco de Las Angustias, desagüe natural de La Caldera. Esta zona se considera como la que produce los mejores plátanos del archipiélago canario.

Los geólogos realizaron una breve marcha por el barranco adentro, hasta debajo de la Viña, que les permitió ver muy bien la disposición de los materiales sedimentarios y obtener una primera impresión de La Caldera, con sus altas paredes al fondo.

Esta primera jornada de la excursión a La Palma también permitió realizar una vuelta por Los Llanos, donde se destacaban los hermosos laureles plantados en la plaza.

Comitiva de los Geólogos en Los Llanos de Aridane.

Al día siguiente, sábado 15 de mayo, se produjo la visita a la famosa Caldera de Taburiente. A las seis de la mañana partieron los científicos desde El Paso, municipio donde se sitúa tal belleza geológica.

Contemplaron una vista muy instructiva sobre el reborde meridional de La Caldera y las Cumbres Nueva y Vieja. Al pie de aquélla, la Montaña Quemada. Subieron por El Riachuelo, «hermoso desfiladero poblado de Pinos, entre dos altos cantiles también cubiertos de espeso pinar».

A unos cuantos kilómetros de la entrada al desfiladero, al pie de la Cumbre Nueva, divisaron el Pino de la Virgen, reputado como «el más antiguo y corpulento de Canarias».

Notas gráficas de los geólogos en El Paso.

Después de una breve, pero intensa subida llegaron a La Cumbrecita, que es una hendidura en el borde sur de La Caldera, donde disfrutaron de una hermosa vista sobre la inmensa depresión y las cumbres. Desde esta zona y en bajada hasta el barranco del Capitán, en unos tres kilómetros y a través de una senda muy inclinada que los condujo a un camino más bajo, llegaron al fondo de La Caldera.

Desde allí subieron en caballerías de nuevo a La Cumbrecita. Este trayecto, de una belleza y grandiosidad insuperables, permitió «apreciar completamente a los geólogos la estructura y composición del enorme circo y recoger todos los tipos de rocas que integran su masa».

Pino de la Virgen. El Paso. 1926

Referente a la visita que realizaron los científicos a la gran Caldera de Taburiente, señalamos que Ismael González González (1912-1988), Hijo Predilecto de El Paso y destacado articulista sobre las tradiciones y costumbrismo de su municipio, publicó en el Diario de Las Palmas, el 6 de julio de 1973, en la sección «Valores humanos de mi pueblo», un trabajo dedicado a Víctor Monterrey Hernández (1888-1973) titulado: «Don Víctor, hotelero».

Con la perspectiva del tiempo transcurrido, el Sr. Monterrey, octogenario empresario hotelero pasense, uno de los pioneros de esta actividad en la isla de La Palma, aportaba la siguiente información sobre el acontecimiento histórico al que nos referimos.

«En el año veintiséis, visitó La Caldera de Taburiente un grupo de geólogos extranjeros y también el geólogo español don Lucas Fernández Navarro, acompañados de las autoridades provinciales e insulares. En esa ocasión, sirvió el Hotel Monterrey un almuerzo de cien cubiertos, en el Mirador de la Cumbrecita. El menú constaba de cinco platos distintos. AI efecto se instaló un bar con extraordinario contenido, de cuanto era apetecible en el lugar.

En tal fecha sólo había un mal camino o vereda para llegar a la Cumbrecita. Se hizo necesario el uso de treinta caballerías para trasladar el contenido de comidas y enseres hasta el borde escabroso, de la maravillosa Caldera de Taburiente.

Fue una proeza conseguida, únicamente, dando al carácter de audacia empresarial que distingue al señor Monterrey. Los preparativos fueron laboriosos. Y todo ese trabajo, anormal para la época, fue remunerado a don Víctor, con la cantidad de tres mil pesetas.

Por tal cantidad de dinero, no se podrían hoy servir, en igualdad de condiciones de entonces, más de tres almuerzos del mismo menú. Al final, la comida resultó deslucida, pues a la hora prevista para servir el banquete campestre, llovió y hubo un notable desorden en la armonía del acontecimiento.

Al regreso de la Cumbrecita, los geólogos visitaron en El Paso, en el salón del Hotel Monterrey, una exposición de claveles, siendo muy elogiada por las distinguidas autoridades y público en general».

Cumbrecita. Almuerzo

Aquel 15 de mayo de 1926, los científicos que visitaron la maravillosa Caldera de Taburiente regresaron a Santa Cruz de La Palma por la carretera recorrida el día anterior, deteniéndose a tomar el té sobre la atalaya singular del Risco de la Concepción. «La balconada más bonita que mira a la mar», según feliz frase del sabio español Lucas Fernández Navarro. Siguió una breve incursión por la carretera del norte.

Concluyó la visita de tan ilustres huéspedes a la isla de La Palma con el banquete de gala ofrecido por las autoridades de la Isla en el Cabildo Insular de La Palma. Durante su estancia en la capital de la Isla, la población estuvo convenientemente engalanada, iluminándose por la noche.

Los geólogos se embarcaron para Gran Canaria en el mismo vapor, atracando en el Puerto de la Luz, al mediodía del domingo 16. Los expedicionarios llegaron bastante fatigados por la mala travesía que tuvieron desde La Palma, por el cansancio y molestias que sufrían por la ascensión al Teide, además del recorrido de La Caldera de Taburiente, donde un copioso aguacero los caló hasta los huesos.

En Gran Canaria, los hombres de la ciencia se mostraron sorprendidos de la importancia del Museo Canario (colecciones etnográficas y de historia natural) señalando que «en materia científica era lo más sobresaliente que habían visto en su visita a Canarias». Realizaron excursiones a La Caldera de Bandama, Cruz de Tejeda, Moya, Arucas, Teror…

El 18 de mayo tomaron los científicos el barco de regreso hacia la península, concluyendo de esta manera la excursión a las tres islas del archipiélago canario, incluida dentro de las rutas geológicas del XIV Congreso Geológico Internacional.

Todos los congresistas regresarían a Madrid el día 22 de mayo para participar en el mencionado Congreso.

Una vez finalizado el Congreso, se publicaron guías de campo que recogieron datos relevantes de las distintas excursiones realizadas, entre ellas una publicación referente a la excursión a las Islas Canarias.

Publicación sobre la excursión a las Islas Canarias.

Una noticia muy importante, desde el punto de vista de la promoción de infraestructuras para las Islas Canarias, fue el hecho de que los congresistas que las visitaron dirigieron al Congreso Geológico Internacional la siguiente proposición, la cual fue aceptada: «Los miembros de la excursión A – 7, de la XIV Sesión del Congreso Internacional de Geología a las Islas Canarias, han regresado trayendo honda y viva impresión de la belleza de dichas islas, de su fertilidad y también de su interés extraordinario para el geólogo, el geógrafo, el botánico, etcétera.

Han encontrado muchas vías de comunicación que les han permitido visitar con facilidad gran parte de las Islas y las carreteras existentes son buenas y se encuentran en perfecto estado de conservación.

Pero creemos conveniente que por esa Presidencia se solicite de los Poderes Públicos españoles un mayor desarrollo de carreteras y demás obras que, facilitando las comunicaciones, coadyuven al aumento de visitantes científicos, de turistas y de personas que quieran beneficiarse con el clima y naturales bellezas de aquellas privilegiadas tierras.

El perfeccionamiento en particular da las facilidades para la ascensión al admirable cono volcánico del Teide, a la grandiosa Caldera de Taburiente, en La Palma (hubo que esperar hasta 1954 para que tan especial paraje fuera declarado Parque Nacional) y a la cumbre tan interesante de Gran Canaria.

Sería indudablemente una atracción adicional para animar a la visita de las hermosas islas Canarias, de las que tan grata y profunda impresión han traído los excursionistas que a V. E. tienen el honor de dirigirse. Madrid 30 de mayo de 1926. Por acuerdo y en nombre de todos los excursionistas. Lucas Fdez. Navarro y Joaquín Mendizábal».

Mapa de la visita de los científicos a La Palma. Mayo de 1926.

El egregio sabio español, catedrático de la Universidad Central, Lucas Fernández Navarro, gran admirador de las Islas Canarias, falleció en Madrid el 31 de octubre de 1930, a la edad de 61 años, habiendo dedicado toda su vida al estudio y a la investigación científica.

Fuentes consultadas:

Bibliografía:

  • Ayala-Carcedo, F.J. et al., 2005. El XIV Congreso Geológico Internacional de 1926 en España. Boletín Geológico y Minero, 116 (2): 173-184
  • Fernández Navarro, L. Excursión A – 7 XIV Congreso Geológico Internacional. Madrid 1926. ISLAS CANARIAS. Instituto Geológico de España. Madrid 1926.

ARCHIVOS:

  • Archivo municipal del Ayuntamiento de El Paso.

Prensa:

  • La Gaceta de Tenerife: Diario Católico de Información, Diario de Las Palmas, Revista Hespérides.
  • JABLE. Archivo de prensa digital de la ULPGC.

Fotografías:

  • Fondo documental del IGME, Fotografía MMB,
  • Archivo fotográfico de la Revista gráfica – literaria Hespérides, fotografías incluidas en la publicación «Excursión A – 7 XIV Congreso Geológico Internacional» y fotografías de autores varios del fondo documental del foro digital «Fotos antiguas de La Palma».

*Carlos Valentín Lorenzo Hernández es cronista oficial de El Paso

 

[Canarias}> ¿A qué hace referencia el nombre ‘Lance’, tan frecuente en la toponimia de Canarias?

07-05-2026

¿A qué hace referencia el nombre ‘Lance’, tan frecuente en la toponimia de Canarias?

La palabra lance aparece con frecuencia en la toponimia de las Islas. Se trata de una voz general en español que tiene, entre otros, el sentido de ‘Acción y efecto de lanzar’. Su uso como topónimo se registra en las Islas desde fechas muy tempranas tras la Conquista castellana y está relacionado con el lanzamiento de leña o madera desde las zonas altas a otras más bajas.

La explotación de la masa forestal de algunas de las Islas, que fue intensiva en los siglos XVI y XVII, dio lugar a que muchos emplazamientos que se utilizaban para proyectar los troncos hacia cotas más bajas, gracias al pronunciado desnivel del terreno, recibieran el nombre de Lance o, incluso, el de Lance de la Madera. Este topónimo Lance se registra, por ejemplo, en varios municipios de Tenerife, de Gran Canaria o de La Palma.

Palabras nuestras

desconchar

  1. v. Estropear. U. m. c. prnl. No pudieron ver el partido porque se les desconchó el televisor.
  2. v. Desbaratar. Ya tenía el rompecabezas medio hecho, y el hermano se lo desconchó.
  3. v. Referido a un hueso o a una articulación, dislocarse, salirse de su lugar. U. m. c. prnl. Al saltar, caí mal y se me desconchó el pie.
  4. v. Tf. y LP. Abortar.

Fuente

[Col}> Vivir es desear / Soledad Morillo Belloso

06-04-2026

Soledad Morillo Belloso

Vivir es desear

Cuando dejamos de desear, algo en el aire cambia de textura. No hace ruido ni avisa: simplemente se va. Y uno sigue caminando, pero con un temblor sutil que no sabe explicar. El deseo es la respiración profunda del alma, la corriente que mueve la sangre y empuja a abrir puertas, a imaginar rutas, a creer que todavía hay un mañana que vale la pena. Sin deseo, la vida se vuelve un cuarto sin ventanas.

Buscar es la consecuencia natural de desear. El que desea no se queda quieto: aunque no dé un paso, por dentro se le mueven los mapas. Revisa posibilidades, inventa caminos, se tropieza, se levanta, insiste. La búsqueda es la manera que tiene el deseo de mantenerse vivo, de recordarnos que aún hay algo —aunque no sepamos qué— que nos llama desde adelante.

Pero la vida, que es muy sabia, sabe también cuándo detenernos. Después de un golpe fuerte, nos sumerge en un estado casi catatónico. No es derrota: es protección. Nos baja la persiana para que no sigamos sangrando por dentro. En ese silencio suspendido, el cuerpo y el alma se recogen, se curan, se reacomodan. Uno no piensa, no decide, no proyecta. Apenas respira. Y esa mínima respiración basta para que la vida haga su trabajo: suturar lo invisible, limpiar el exceso de dolor, evitar que la herida se infecte.

Y cuando la vida —no uno, nunca uno— determina que el cuerpo ya puede sostenerse sin temblar y que el espíritu tiene otra vez un hilo de luz, entonces nos despierta. No de golpe, sino como quien abre una ventana al amanecer. Entra un poco de claridad, un olor a mundo, una invitación suave a volver.

Ese despertar no es un regreso al punto de partida. Es un renacer. Es la vida diciendo: “Ya puedes. No del todo, pero puedes”. Y uno, todavía con las costuras frescas, vuelve a moverse, vuelve a sentir, vuelve a buscar.

Por eso creo que cuando dejamos de desear empezamos a deshabitar nuestra propia vida. Y cuando dejamos de buscar, nos morimos un poco, aunque sigamos vivos. Porque vivir es eso: mantener encendida la pequeña hoguera que nos empuja a seguir andando, incluso después del golpe, incluso desde la herida, incluso sin saber a dónde vamos. Vivir es desear. Y desear es volver a levantarse.

Porque al final, todo se reduce a eso: volver a desear. Ese instante mínimo en que algo dentro de uno se enciende otra vez, aunque sea una chispa tímida, es el verdadero regreso. Desear es la señal de que el alma salió de cuidados intensivos. Es el primer movimiento del renacer. Y cuando el deseo despierta, inevitablemente vuelve la búsqueda. Y al volver la búsqueda, vuelve la vida. No la vida automática, la de respirar por inercia, sino la otra, la que vibra, la que empuja, la que sueña. Volver a desear es volver a buscar. Y volver a buscar es, sencillamente, volver a vivir. Y eso, por cierto, no lo decide uno. Lo decide la vida. Y lo hace sin pedir permiso ni disculpas.

Soledadmorillobelloso@gmail.com

[Col}> Lo que nos trajeron los uruguayos / Soledad Morillo Belloso

08-04-2026

Soledad Morillo Belloso

Lo que nos trajeron los uruguayos

A Venezuela no llegaron multitudes de uruguayos. No podían: Uruguay es un país con pocos millones de nacionales y muchos millones de cabezas de ganado que cabe en un abrazo, y si uno se descuida, en un termo de mate. Pero los pocos que vinieron lo hicieron como llegan las cosas buenas: sin alharaca, sin comité de bienvenida, sin necesidad de anunciarse. Vinieron porque aquí había luz cuando allá había sombras, porque Venezuela era un faro encendido en el Norte del  Sur, y porque este país tiene una trampa  que nadie ve venir: el “nosotros” venezolano.

Ese “nosotros” que no es pronombre sino abrazo, que no es plural sino invitación. Aquí se entra diciendo “yo” y al rato se dice “nosotros” sin darse cuenta, como quien se contagia de una risa ajena.

Los uruguayos entendieron eso rapidito. Apenas pisaron Maiquetía descubrieron que aquí la gente te adopta sin pedir papeles, que el cafecito es un acto diplomático y que la identidad venezolana es como la arepa: se mezcla con todo y nunca pierde su esencia. Y ellos, con su calma de rambla y su nostalgia bien educada, se dejaron mezclar.

Y entonces está ese lugar. Ese pequeño club uruguayo en Los Chorros que no era club ni era exclusivo ni era solemnidad. Era más bien un milagrito arquitectónico, un refugio de madera y afecto donde Montevideo se asomaba a Caracas sin pedir permiso.

Uno entraba y sentía que había cruzado una frontera invisible: de la avenida caraqueña al airecito fresco de la rambla en diez pasos. Olía a café, a conversación lenta, a madera que ha escuchado historias. Sonaba Zitarrosa bajito, como si estuviera sentado en la mesa de al lado, opinando sin levantar la voz.

Había fotos de la rambla, banderitas discretas, un mapa del Uruguay que parecía dibujado con cariño y no con tinta. Y siempre, siempre, había un uruguayo dispuesto a explicarte por qué el mate no es bebida sino ceremonia, por qué el candombe no se baila sino que se camina, y por qué ellos hablan bajito pero sienten fuerte.

Ese lugar era y es, porque existe, una joya. Una joya sin vitrinas. Un puente entre dos orillas que no se parecen pero se entienden. Un sitio donde uno entraba caraqueño y salía un poquito oriental, y ellos entraban orientales y salían un poquito caraqueños. Un intercambio silencioso, cotidiano, que vale más que cualquier tratado cultural.

Los uruguayos trajeron música que no compite con el ruido: lo transforma. El candombe, que es tambor con memoria africana, ritmo que avanza como procesión laica. La murga, que es carnaval con conciencia, coro callejero que canta verdades disfrazadas de chiste.

El tango, que en Uruguay tiene un dejo más íntimo, menos dramático, más filosófico. Zitarrosa, que no canta: sentencia. Jaime Roos, que logró que la nostalgia sonara a fiesta de vecinos. Eduardo Mateo, ese duende que mezcló psicodelia con tambor y quedó más uruguayo que nunca.

Y ahora, en estos tiempos de playlists infinitas, también nos llegan los nuevos: No Te Va Gustar, con su rock para carreteras largas; La Vela Puerca, que tiene la energía de una murga con guitarra eléctrica; El Cuarteto de Nos, que hace filosofía con humor ácido; Drexler, que convirtió la suavidad en ciencia exacta; Niña Lobo, con su indie íntimo; Socio, que mezcla electrónica con melancolía; Eté & Los Problems, que suenan a madrugada en Montevideo; Florencia Núñez, que canta como si bordara luz. Todos ellos podrían sonar en ese clubcito de Los Chorros sin desentonar ni un poquito.

La música uruguaya —la de antes y la de ahora— nos enseña que la melancolía no es tristeza, es profundidad. Que se puede cantar bajito y aun así decirlo todo. Que el ritmo no siempre es velocidad: a veces es respiración.

También trajeron literatura que piensa con el corazón y siente con la cabeza. Y entonces, inevitablemente, aparece Benedetti, que no vino pero vino, porque Benedetti es de esos escritores que emigran sin pasaporte. Benedetti llegó a Venezuela en maletas ajenas, en mochilas de estudiantes, en bolsillos de profesores, en bibliotecas de esquina con libros usados. Llegó como llegan los amigos verdaderos: sin anunciarse, pero justo a tiempo.

Benedetti fue, para muchos venezolanos, yo incluida, el primer uruguayo que conocieron. Y vaya embajador. Él convirtió la ternura en herramienta política, la cotidianidad en épica, la oficina en campo de batalla emocional. Tenía esa capacidad rara de escribir como si estuviera conversando contigo en una mesa de café, pero al mismo tiempo decir cosas que te dejaban pensando tres días.

Benedetti no necesitaba gritar para conmover; apenas levantaba la ceja y ya uno estaba llorando. O riéndose. O enamorándose. O todo junto, que es lo más benedettiano que existe.

Su literatura tiene esa mezcla de sencillez y profundidad que parece fácil hasta que uno intenta imitarla y descubre que es como querer bailar candombe sin haber nacido en Montevideo: se puede, pero no sale igual. Benedetti escribió sobre el amor sin cursilería, sobre la política sin dogma, sobre la tristeza sin dramatismo. Y escribió sobre la esperanza como quien cuida una vela en medio del viento. Por eso caló tanto aquí: porque Venezuela siempre ha sido un país que vive entre la risa y la intemperie, entre la fiesta y la incertidumbre. Benedetti entendía eso sin haber vivido aquí. Y los venezolanos lo entendieron a él sin haber pisado nunca la rambla.

Y luego está Onetti, que es otro cantar. Onetti no llegó a Venezuela en mochilas de estudiantes sino en manos de lectores tercos, de esos que buscan literatura como quien busca fósforos en un apagón. Onetti es la penumbra, la lucidez amarga, la belleza que no se maquilla. Es el escritor que te dice la verdad sin anestesia, pero con una prosa tan perfecta que uno agradece el golpe. Onetti no seduce: hipnotiza. No consuela: acompaña. No ilumina: revela. Y eso, en un país como Venezuela, donde la realidad a veces parece escrita por un guionista con exceso de imaginación, cayó como un espejo necesario. Onetti enseñó que la desesperanza también puede ser estética, que la derrota puede tener dignidad, que la lucidez no es enemiga del afecto. Y muchos venezolanos lo leyeron como quien encuentra un hermano mayor que no sonríe mucho, pero siempre dice la verdad.

Y Galeano, ay Galeano, ese sí llegó como tormenta eléctrica. Galeano fue el que nos recordó que la historia no es un libro sino un cuerpo vivo. Que la memoria no es archivo sino respiración. Galeano escribía como quien sopla brasas para que no se apague el fuego. Tenía esa manera de convertir lo político en poético sin perder ni un gramo de rigor.

En Venezuela, donde la historia siempre está en ebullición, Galeano cayó como agua fresca. Sus palabras se volvieron brújula, consuelo, advertencia, abrazo. Galeano tenía la habilidad de hablarle al continente entero como si le hablara a una sola persona. Y eso, aquí, se sintió como un acto de intimidad continental. Y era respetado, aunque a veces dijera incoherencias irrespetuosas que se le perdonaban.

Los uruguayos trajeron, además, su forma de ser. Esa calma que no es lentitud, sino profundidad. Ese humor que intenta no herir. Esa cortesía antigua, esa elegancia sin pretensión. Son gente que escucha antes de hablar, que piensa antes de opinar, que no necesita gritar para hacerse entender. Gente de mate y conversación. Gente que convive con la nostalgia sin volverse triste. Personas que saben estar.

Muchos, con el tiempo, se fueron. Regresaron a su país cuando su país volvió a ser país. Cuando la democracia dejó de ser un anhelo y volvió a ser un hábito. Y hoy Uruguay es uno de los países más exitosos del subcontinente, pero sin que los uruguayos se hayan extraviado en la tentadora pedantería del éxito. Siguen siendo ellos: discretos, profundos, irónicos, humildes. El éxito no los mareó; apenas les despeinó un poco la pollina.

Hay uruguayos que todavía no nos agarran el pulso, aunque hayan venido mil veces. Y se entiende. Desde ese sur de mate humeante y cielos pensativos no es sencillo descifrar esta alma nuestra que vive en modo tambor, que respira en clave de sol, que se desborda como si el Caribe fuera un estado de ánimo más que un mar. Y no entienden que aquí el verbo amar se conjuga diferente.

Pero los que aquí vivieron jamás olvidaron a Venezuela. No podían. No pueden. Este país se les metió en la piel como se mete el sol del trópico: sin pedir permiso. Se llevaron el acento, la música, la comida, la risa. Se llevaron el “pana”, el “vale”, el “mi amor”. Se llevaron el “nosotros”. Y desde allá, desde su país que volvió a ser país, siguen recordando a este país que todavía está buscando volver a serlo.

¿Qué nos trajeron, entonces? Una música que camina. Una literatura que piensa. Una nostalgia que acompaña. Una ética de la conversación. Una ternura sin cursilería. Una calma que no es pasividad, sino profundidad. Y sobre todo, la certeza de que el “nosotros” venezolano también podía ser de ellos. Porque aquí nadie pregunta “¿de dónde vienes?”, sino “¿te provoca un cafecito?”. Y ellos respondieron con mate, con murga, con tango, con poesía, con libros, con amistad. Y así, sin ruido, sin aspavientos, se quedaron para siempre en nuestro “nosotros”. Y allí, en el clubcito de Los Chorros, todavía hay historias escondidas en las paredes.

Soledadmorillobelloso@gmail.com

[Canarias}> Uno de los lugares mágicos de España está en Canarias: un templo aborigen y un calendario solar único

28-04-2026

Juan Carlos Pérez

Uno de los lugares mágicos de España está en Canarias: un templo aborigen y un calendario solar único

El complejo arqueológico de Risco Caído destaca como un prodigio de la astronomía prehistórica, donde la luz del sol y la luna revelan los secretos de los antiguos canarios

España es un país repleto de rincones legendarios, pero uno de los lugares mágicos de España está en Canarias: un templo aborigen y un calendario solar único que ha dejado sin palabras a la propia UNESCO. Nos referimos al Paisaje Cultural del Risco Caído, en Gran Canaria, un santuario que no sólo es un tesoro arqueológico, sino un prodigio de la ingeniería astronómica prehistórica.

Declarado Patrimonio de la Humanidad en 2019, este complejo situado en las Montañas Sagradas del archipiélago representa el diálogo perfecto entre los antiguos pobladores y el cosmos. A más de 1.200 metros de altura, en el municipio de Artenara, se esconde la joya de la corona: la cueva C6, un espacio donde la luz se convierte en un lenguaje sagrado.

El secreto del calendario solar único en Risco Caído

Lo que convierte a este rincón en uno de los lugares más especiales del territorio nacional es su calendario solar único. Los aborígenes canarios diseñaron una apertura precisa en la bóveda de la cueva número seis para que los rayos del sol y la luna funcionaran como un marcador cronológico exacto.

Durante el solsticio de verano, un haz de luz mágico penetra en la cavidad e ilumina progresivamente una serie de grabados rupestres en forma de triángulos, vinculados históricamente con ritos de fertilidad. Este fenómeno no es una coincidencia, sino un sistema de medición del tiempo que permitía a la sociedad prehistórica organizar sus cosechas y sus creencias espirituales con una precisión asombrosa.

Un templo aborigen excavado en el corazón de la roca

El Risco Caído en Gran Canaria no es sólo una cueva aislada: es un complejo de 21 cavidades excavadas en la toba volcánica que servían como viviendas, graneros y, sobre todo, como espacios de culto. Como templo aborigen, el “almogarén” de Risco Caído es el marcador lunisolar más importante de las islas y un referente mundial para entender la cultura de los pueblos que habitaron el archipiélago antes de la conquista.

El impacto visual de ver cómo la luz de la luna llena proyecta sombras y figuras en las paredes durante el invierno es lo que otorga a este enclave su mística particular. Es esta combinación de ciencia primitiva y espiritualidad lo que justifica que se le considere uno de los lugares mágicos de España, compitiendo en magnetismo con monumentos mucho más conocidos de la península.

Para aquéllos que desean conocer este calendario solar único sin poner en riesgo la conservación del yacimiento original, el Centro de Interpretación de Risco Caído ofrece una solución fascinante. En sus instalaciones se encuentra una réplica exacta de la cueva C6, donde el visitante puede ser testigo de cómo la luz juega con las paredes del templo tal y como lo hacía hace mil años.

Este legado, que pasó desapercibido durante siglos al ser utilizado por pastores como simple refugio, es hoy el orgullo de Canarias. El reconocimiento de la UNESCO no hizo más que confirmar lo que los habitantes de las cumbres ya sabían: que el archipiélago custodia uno de los mayores secretos de la astronomía antigua, un lugar donde el cielo y la tierra se dan la mano cada vez que sale el sol.

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[Canarias}> El pueblo más curioso de España está en Canarias: conservó tributos medievales hasta 1987 y hoy alberga el mayor telescopio del mundo

22-04-2026

Marina Velasco

El pueblo más curioso de España está en Canarias: conservó tributos medievales hasta 1987 y hoy alberga el mayor telescopio del mundo

Entre barrancos, silencio y cielos despejados, este municipio del norte de La Palma ha construido una identidad única marcada por su aislamiento y su historia

Garafía, en el norte de La Palma, sorprende por haber vivido durante siglos al margen del tiempo, con tributos medievales vigentes hasta finales del siglo XX y un presente que la sitúa como uno de los grandes referentes mundiales de la observación astronómica.

La carretera se estrecha, el paisaje se vuelve abrupto y la sensación de estar alejándose de todo lo conocido se intensifica a cada curva. Así comienza el viaje hacia uno de los rincones más singulares de Canarias, donde el tiempo parece haber seguido su propio ritmo durante siglos. Entre barrancos profundos, molinos tradicionales aún en pie y dragos centenarios, la vida ha transcurrido ajena a los grandes cambios que transformaban el resto del territorio.

Un sistema feudal que sobrevivió más de cuatro siglos

Ese aislamiento fue también administrativo y económico. Desde 1576, Garafía quedó sujeta a un sistema implantado en tiempos de Felipe II: la cesión de tierras a cambio de entregar una quinta parte de la producción agrícola. Este tributo, conocido como «quinto real», obligaba a los campesinos a ceder parte de sus cosechas año tras año. A diferencia de otros territorios, donde este modelo desapareció con el paso del tiempo, en este municipio palmero se mantuvo vigente durante siglos.

No fue hasta el 6 de febrero de 1987 cuando el Gobierno de Canarias aprobó el decreto que eliminaba definitivamente esta obligación. Con esa decisión, los vecinos de Garafía dejaron de entregar parte de sus cosechas, poniendo fin a un sistema que había permanecido activo durante más de cuatro siglos y que ya había desaparecido en el resto del territorio mucho tiempo atrás.

Garafía

 De territorio aislado a ventana al Universo

Sin embargo, el mismo aislamiento que marcó su historia acabaría convirtiéndose en su mayor valor. En la década de 1970, científicos internacionales comenzaron a fijarse en el cielo limpio y estable de La Palma. La ausencia de contaminación lumínica y el fenómeno del mar de nubes, que deja despejadas las cumbres por encima de los 2.000 metros, ofrecían condiciones excepcionales para la observación astronómica.

Así, en 1975 se cedieron terrenos en el Roque de los Muchachos, a 2.396 metros de altitud, donde una década después se inauguró el Observatorio Astrofísico. Hoy alberga más de veinte telescopios de instituciones internacionales, entre ellos el Gran Telescopio Canarias, considerado el mayor telescopio óptico e infrarrojo del planeta.

Vista panorámica del ‘Roque de los Muchachos’, con el mar de nubes cubriendo totalmente la ‘Caldera de Taburiente’.

Tradición, naturaleza y ciencia en equilibrio

Más allá de su proyección científica, Garafía mantiene una identidad rural poco alterada. Conserva antiguos caminos reales, viviendas tradicionales de piedra y madera y una producción local marcada por el queso artesanal y el singular vino de tea, elaborado en barricas de pino canario. En el Parque Cultural de La Zarza y La Zarcita se localizan decenas de paneles con grabados rupestres aborígenes —hasta 29 en La Zarza y 18 en La Zarcita—, rodeados de un denso bosque de laurisilva que ha contribuido a su conservación.

Este equilibrio entre pasado y presente se completa con celebraciones como la Fiesta de San Antonio del Monte, una de las más antiguas del archipiélago, que se celebra cada mes de junio y reúne ganado, muestras tradicionales, música popular y gastronomía local en torno a la ermita. Bajo uno de los cielos más limpios de Europa, Garafía sigue siendo ese lugar donde historia y futuro conviven a más de 2.000 metros de altura.

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[Col}> Lo que nos trajeron los japoneses / Soledad Morillo Belloso

28-03-2026

Soledad Morillo Belloso

Lo que nos trajeron los japoneses

Los japoneses llegaron a Venezuela como quien entra a una casa donde no conoce a nadie, pero entra despacito, se limpia los pies, sonríe apenas, hace una leve reverencia… y saca de la bolsa un regalo tan bonito, tan útil y tan bien envuelto, que uno termina diciendo, sin darse cuenta:

—Mira, chico… ¿y tú no te quieres quedar a vivir aquí?

No llegaron haciendo ruido. No tumbaron la puerta. No gritaron “¡buenas!”.

Llegaron con una forma particular de estar. Con una quietud que no era frialdad. Con una suavidad que no era timidez. Llegaron con ojos atentos, ojos negros, profundos, tranquilos, que miraban sin invadir. Ojos que observaban como quien escucha. Ojos que no apuraban, que no juzgaban, que no empujaban. Ojos que parecían decir: estoy aquí, tómate tu tiempo. Y uno, acostumbrado al exceso, se sentía visto sin sentirse examinado.

Llegaron con apellidos que parecían poemas breves y exactos: Nakamura, Tanaka, Murakami, Kobayashi, Suzuki, Matsumoto, Yamamoto. Y también llegó ese apellido glorioso: Yonekura, que sonaba a samurái extraviado que un día dijo:

—Bueno… aquí hay sol, café, risas y alguien siempre te ofrece algo de comer. Me quedo.

Y se quedaron.

Una de las primeras cosas que aprendimos fue el lenguaje de los gestos. Gestos pequeños, precisos, pensados. No señalaban con el dedo como quien acusa; señalaban con la mano abierta, suave, como diciendo “por aquí, si no es molestia”. No entregaban las cosas lanzándolas; las ofrecían con las dos manos, como si cada objeto tuviera dignidad. No interrumpían; esperaban. Y esa espera no era pasividad: era respeto.

Y la reverencia… ay, la reverencia. Aquí saludamos con abrazo, beso, palmada y “¿qué más, mi pana?”. Ellos saludan inclinando apenas la cabeza, como si el cuerpo hiciera un paréntesis de cortesía. Una inclinación mínima que te dejaba desarmado y, curiosamente, mejor persona.

Decían hai para decir sí. Decían arigatō como quien entrega una flor. Decían sumimasen, esa palabra que es disculpa, permiso y cuidado al mismo tiempo, y uno sentía que el mundo se ordenaba un poquito.

Y con ellos llegaron los negocios japoneses en Venezuela, que no eran negocios: eran experiencias morales. Tiendas donde uno entraba “rapidito” a comprar un tornillo y salía una hora después con un ventilador, un rallador de cosas que uno nunca había rallado, un cuaderno perfecto, un juego de té delicadísimo, una linterna, un despertador, una calculadora, un radio y un aparato misterioso que nadie sabía para qué servía, pero uno compraba igual porque el japonés lo había puesto ahí con tanta seriedad que debía ser importante.

Tiendas tan ordenadas que a uno le daba culpa respirar fuerte. Tiendas donde todo estaba alineado con una precisión casi moral. Tiendas donde uno sentía que si movía algo un centímetro, el universo se desbalanceaba. Y detrás del mostrador estaba él: un Yonekura, o un Tanaka, o un Suzuki. Quieto. Recto. Con una sonrisa mínima. Con los brazos relajados. Con una inclinación de cabeza tan pequeña que parecía un secreto compartido.

—Buenos días —decía. Y no era un saludo. Era un gesto de paz.

Y uno salía con una bolsa en la mano y una sensación rara en el pecho, como de haber sido tratado con respeto aunque solo hubiera comprado una linterna.

Y entonces apareció Hitachi, de la mano de los Mayorca. Hitachi no era una marca. Hitachi era familia. Ese televisor que duraba veinte años. Ese televisor que vio telenovelas, noticieros, béisbol, apagones, elecciones, retornos de luz… y todavía prendía como si nada. Ese aire acondicionado que sobrevivía a apagones eternos, tormentas, mudanzas y sobrinos curiosos. Ese ventilador que pasaba de casa en casa como herencia emocional. Ese radio que seguía funcionando, aunque lo hubieras dejado caer tres veces “sin querer”.

En Venezuela, decir “compré un Hitachi” era como decir:  —Esta relación va en serio.

Pero los japoneses no sólo nos trajeron electrodomésticos inmortales. Nos trajeron vehículos con alma. Los Toyota 4×4 que suben cerros como cabras montesas con doctorado en resistencia. Los Mitsubishi que cruzan ríos como si fueran anfibios certificados. Los Nissan que arrancan aunque les cambien el aceite cada eclipse. Las Honda que han llevado a medio país al trabajo, a la playa, al mercado, al hospital… y al amor. Las Yamaha que rugen como si tuvieran espíritu propio. Las Suzuki que parecen decirte, bajito: “tranquilo, yo puedo con esto”.

Un Toyota en Venezuela no es un carro: es un animal mitológico. Una moto Honda es un caballo moderno. Una Yamaha es una declaración de independencia. Y un Nissan Sentra es el equivalente automotriz de un perro fiel: no se queja, no te deja mal y siempre arranca.

Y luego llegó la comida japonesa. Primero tímida. Ceremoniosa. Pidiendo permiso. A principios de los años 80, en Caracas había dos restaurantes japoneses. Dos. No tres. No “unos cuantos”. Dos.

Uno sí lo recuerdo bien: el Ávila Tei, en El Rosal. Ir ahí era ponerse serio. Bajabas la voz. Te sentabas derecho. Mirabas el menú como quien descifra un manuscrito antiguo. El otro quedaba por La Carlota. Y hasta ahí llega la memoria. No me acuerdo cómo se llamaba. No sé si tenía nombre. Puede que sí. Puede que no. Puede que fuera simplemente “el japonés de La Carlota”. Y eso también es muy japonés: existir sin hacer ruido.

En esa época, ir a un japonés no era “vamos a comer”. Era una aventura cultural. Uno iba porque alguien “sabía”. Porque un primo “había probado algo crudo y no se murió”.

El sushi nos enseñó que el pescado no siempre necesita aceite hirviendo para ser feliz. El sashimi nos pidió un acto de fe. El ramen nos abrazó con su caldo profundo, sus fideos largos, su huevo perfecto, como una sopa con doctorado. La tempura nos recordó que la fritura también puede ser elegante. El yakimeshi se volvió primo del arroz chino, pero más discreto. El miso nos enseñó el umami, aunque no sepamos explicarlo. El matcha nos avisó que no todo lo verde es aguacate. El wasabe nos demostró que algo puede ser lindo y picar en serio. Y el sake llegó suavecito, calentando el pecho sin pelear, poniéndonos filosóficos sin permiso.

Hoy hay sushi por todas partes. Hay sushi con delivery. Hoy uno puede estar en pijama, con un ventilador japonés prendido, viendo una serie en un televisor japonés, y pedir sushi desde el teléfono. Sushi que llega en moto. Sushi democrático. Sushi que convive con la empanada sin pelear.

Y entre las cosas pequeñas llegaron los relojes japoneses: Casio, Seiko, Citizen. Un nombre me viene a la memoria: Seijiro Yazawa Iwai. Relojes que no se atrasaban. No se quejaban. No fallaban. Relojes que parecían medir no solo el tiempo, sino la paciencia.

Pero lo más profundo que trajeron no fue material. Nos trajeron una forma de estar. Una cortesía que no invade. Que no atropella. Que no exige. Una cortesía que se inclina apenas, que baja la mirada para elevar al otro. Aprendimos —tarde, pero bien— que inclinar la cabeza no es sumisión: es reconocimiento.

Y fue esa filosofía la que un día me tocó de frente, en un evento cultural, en un concierto en el Teatro Teresa Carreño. El Teresa Carreño impone. Te endereza la espalda, aunque no quieras. La gente hablaba bajito. Las luces eran suaves. El ambiente era de respeto compartido. No era sólo música: era encuentro.

Para esos tiempos, yo estaba en la junta de la Fundación Amigos del Teresa Carreño, uno de los trabajos más lindos que me ha tocado en suerte tener. Y estrenábamos el nuevo piano, que había sido posible gracias a una campaña extraordinariamente exitosa: “Un piano para Teresa”. Mi amigo Arturo  Casado, por seguro, la recordará con tanta pasión como yo.

Era una noche hermosa y plácida. Y en el foyer, justo antes del llamado a entrar, ahí estaba él: el embajador de Japón en Caracas. Se acercó y me saludó, con una levísima inclinación. No ocupaba espacio innecesario. Su presencia era precisión. Su cuerpo parecía educado. Escuchaba con ojos tranquilos, profundos, atentos. Asentía apenas. Dejaba pausas. Pausas que no incomodan: ordenan.

Después del concierto, nos encontramos de nuevo para el brindis. Hubo un silencio breve. Un silencio japonés. Y entonces dijo:

—Usted es un bonsái.

Así. Sin adornos. Y entendí. No me estaba diciendo pequeña. Me estaba diciendo esencial. Que el bonsái no es pequeño porque no pudo crecer. Es pequeño porque alguien lo imaginó así. Porque alguien lo cuidó. Porque alguien lo podó con paciencia. Porque alguien supo cuándo tocar… y cuándo dejar en paz.

Un halago japonés. Silencioso. Exacto. Y todo encajó.

El bonsái es un árbol diminuto con un universo adentro. La kokedama es un planeta verde suspendido. Ambos nos enseñaron que la paciencia es arquitectura y que el silencio también cultiva. Y entre todo eso, nos regalaron los haikus: poemas mínimos que dicen más con tres líneas que otros con cien.

Los japoneses nos trajeron disciplina… y nosotros le pusimos humor. Nos trajeron silencio… y nosotros le agregamos brisa y carcajada. Nos trajeron precisión… y nosotros improvisación tropical.

Y de esa mezcla salió algo único: un haiku que baila tambor, una kokedama que huele a mar, un Toyota cruzando ríos, un Hitachi que dura más que un matrimonio, un sushi con empanada, un arigatō flotando en el aire, y un Yonekura tan venezolano como un Salazar.

Los japoneses no vinieron a cambiarnos. Pero igual nos cambiaron. Y nosotros, agradecidos, los adoptamos.

Porque así es Venezuela: un país que se deja querer… y cuando quiere, quiere con todo.

Soledadmorillobelloso@gmail.com