[Canarias}> ¿A qué hace referencia el nombre ‘Lance’, tan frecuente en la toponimia de Canarias?

07-05-2026

¿A qué hace referencia el nombre ‘Lance’, tan frecuente en la toponimia de Canarias?

La palabra lance aparece con frecuencia en la toponimia de las Islas. Se trata de una voz general en español que tiene, entre otros, el sentido de ‘Acción y efecto de lanzar’. Su uso como topónimo se registra en las Islas desde fechas muy tempranas tras la Conquista castellana y está relacionado con el lanzamiento de leña o madera desde las zonas altas a otras más bajas.

La explotación de la masa forestal de algunas de las Islas, que fue intensiva en los siglos XVI y XVII, dio lugar a que muchos emplazamientos que se utilizaban para proyectar los troncos hacia cotas más bajas, gracias al pronunciado desnivel del terreno, recibieran el nombre de Lance o, incluso, el de Lance de la Madera. Este topónimo Lance se registra, por ejemplo, en varios municipios de Tenerife, de Gran Canaria o de La Palma.

Palabras nuestras

desconchar

  1. v. Estropear. U. m. c. prnl. No pudieron ver el partido porque se les desconchó el televisor.
  2. v. Desbaratar. Ya tenía el rompecabezas medio hecho, y el hermano se lo desconchó.
  3. v. Referido a un hueso o a una articulación, dislocarse, salirse de su lugar. U. m. c. prnl. Al saltar, caí mal y se me desconchó el pie.
  4. v. Tf. y LP. Abortar.

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[Col}> Vivir es desear / Soledad Morillo Belloso

06-04-2026

Soledad Morillo Belloso

Vivir es desear

Cuando dejamos de desear, algo en el aire cambia de textura. No hace ruido ni avisa: simplemente se va. Y uno sigue caminando, pero con un temblor sutil que no sabe explicar. El deseo es la respiración profunda del alma, la corriente que mueve la sangre y empuja a abrir puertas, a imaginar rutas, a creer que todavía hay un mañana que vale la pena. Sin deseo, la vida se vuelve un cuarto sin ventanas.

Buscar es la consecuencia natural de desear. El que desea no se queda quieto: aunque no dé un paso, por dentro se le mueven los mapas. Revisa posibilidades, inventa caminos, se tropieza, se levanta, insiste. La búsqueda es la manera que tiene el deseo de mantenerse vivo, de recordarnos que aún hay algo —aunque no sepamos qué— que nos llama desde adelante.

Pero la vida, que es muy sabia, sabe también cuándo detenernos. Después de un golpe fuerte, nos sumerge en un estado casi catatónico. No es derrota: es protección. Nos baja la persiana para que no sigamos sangrando por dentro. En ese silencio suspendido, el cuerpo y el alma se recogen, se curan, se reacomodan. Uno no piensa, no decide, no proyecta. Apenas respira. Y esa mínima respiración basta para que la vida haga su trabajo: suturar lo invisible, limpiar el exceso de dolor, evitar que la herida se infecte.

Y cuando la vida —no uno, nunca uno— determina que el cuerpo ya puede sostenerse sin temblar y que el espíritu tiene otra vez un hilo de luz, entonces nos despierta. No de golpe, sino como quien abre una ventana al amanecer. Entra un poco de claridad, un olor a mundo, una invitación suave a volver.

Ese despertar no es un regreso al punto de partida. Es un renacer. Es la vida diciendo: “Ya puedes. No del todo, pero puedes”. Y uno, todavía con las costuras frescas, vuelve a moverse, vuelve a sentir, vuelve a buscar.

Por eso creo que cuando dejamos de desear empezamos a deshabitar nuestra propia vida. Y cuando dejamos de buscar, nos morimos un poco, aunque sigamos vivos. Porque vivir es eso: mantener encendida la pequeña hoguera que nos empuja a seguir andando, incluso después del golpe, incluso desde la herida, incluso sin saber a dónde vamos. Vivir es desear. Y desear es volver a levantarse.

Porque al final, todo se reduce a eso: volver a desear. Ese instante mínimo en que algo dentro de uno se enciende otra vez, aunque sea una chispa tímida, es el verdadero regreso. Desear es la señal de que el alma salió de cuidados intensivos. Es el primer movimiento del renacer. Y cuando el deseo despierta, inevitablemente vuelve la búsqueda. Y al volver la búsqueda, vuelve la vida. No la vida automática, la de respirar por inercia, sino la otra, la que vibra, la que empuja, la que sueña. Volver a desear es volver a buscar. Y volver a buscar es, sencillamente, volver a vivir. Y eso, por cierto, no lo decide uno. Lo decide la vida. Y lo hace sin pedir permiso ni disculpas.

Soledadmorillobelloso@gmail.com

[Col}> Lo que nos trajeron los uruguayos / Soledad Morillo Belloso

08-04-2026

Soledad Morillo Belloso

Lo que nos trajeron los uruguayos

A Venezuela no llegaron multitudes de uruguayos. No podían: Uruguay es un país con pocos millones de nacionales y muchos millones de cabezas de ganado que cabe en un abrazo, y si uno se descuida, en un termo de mate. Pero los pocos que vinieron lo hicieron como llegan las cosas buenas: sin alharaca, sin comité de bienvenida, sin necesidad de anunciarse. Vinieron porque aquí había luz cuando allá había sombras, porque Venezuela era un faro encendido en el Norte del  Sur, y porque este país tiene una trampa  que nadie ve venir: el “nosotros” venezolano.

Ese “nosotros” que no es pronombre sino abrazo, que no es plural sino invitación. Aquí se entra diciendo “yo” y al rato se dice “nosotros” sin darse cuenta, como quien se contagia de una risa ajena.

Los uruguayos entendieron eso rapidito. Apenas pisaron Maiquetía descubrieron que aquí la gente te adopta sin pedir papeles, que el cafecito es un acto diplomático y que la identidad venezolana es como la arepa: se mezcla con todo y nunca pierde su esencia. Y ellos, con su calma de rambla y su nostalgia bien educada, se dejaron mezclar.

Y entonces está ese lugar. Ese pequeño club uruguayo en Los Chorros que no era club ni era exclusivo ni era solemnidad. Era más bien un milagrito arquitectónico, un refugio de madera y afecto donde Montevideo se asomaba a Caracas sin pedir permiso.

Uno entraba y sentía que había cruzado una frontera invisible: de la avenida caraqueña al airecito fresco de la rambla en diez pasos. Olía a café, a conversación lenta, a madera que ha escuchado historias. Sonaba Zitarrosa bajito, como si estuviera sentado en la mesa de al lado, opinando sin levantar la voz.

Había fotos de la rambla, banderitas discretas, un mapa del Uruguay que parecía dibujado con cariño y no con tinta. Y siempre, siempre, había un uruguayo dispuesto a explicarte por qué el mate no es bebida sino ceremonia, por qué el candombe no se baila sino que se camina, y por qué ellos hablan bajito pero sienten fuerte.

Ese lugar era y es, porque existe, una joya. Una joya sin vitrinas. Un puente entre dos orillas que no se parecen pero se entienden. Un sitio donde uno entraba caraqueño y salía un poquito oriental, y ellos entraban orientales y salían un poquito caraqueños. Un intercambio silencioso, cotidiano, que vale más que cualquier tratado cultural.

Los uruguayos trajeron música que no compite con el ruido: lo transforma. El candombe, que es tambor con memoria africana, ritmo que avanza como procesión laica. La murga, que es carnaval con conciencia, coro callejero que canta verdades disfrazadas de chiste.

El tango, que en Uruguay tiene un dejo más íntimo, menos dramático, más filosófico. Zitarrosa, que no canta: sentencia. Jaime Roos, que logró que la nostalgia sonara a fiesta de vecinos. Eduardo Mateo, ese duende que mezcló psicodelia con tambor y quedó más uruguayo que nunca.

Y ahora, en estos tiempos de playlists infinitas, también nos llegan los nuevos: No Te Va Gustar, con su rock para carreteras largas; La Vela Puerca, que tiene la energía de una murga con guitarra eléctrica; El Cuarteto de Nos, que hace filosofía con humor ácido; Drexler, que convirtió la suavidad en ciencia exacta; Niña Lobo, con su indie íntimo; Socio, que mezcla electrónica con melancolía; Eté & Los Problems, que suenan a madrugada en Montevideo; Florencia Núñez, que canta como si bordara luz. Todos ellos podrían sonar en ese clubcito de Los Chorros sin desentonar ni un poquito.

La música uruguaya —la de antes y la de ahora— nos enseña que la melancolía no es tristeza, es profundidad. Que se puede cantar bajito y aun así decirlo todo. Que el ritmo no siempre es velocidad: a veces es respiración.

También trajeron literatura que piensa con el corazón y siente con la cabeza. Y entonces, inevitablemente, aparece Benedetti, que no vino pero vino, porque Benedetti es de esos escritores que emigran sin pasaporte. Benedetti llegó a Venezuela en maletas ajenas, en mochilas de estudiantes, en bolsillos de profesores, en bibliotecas de esquina con libros usados. Llegó como llegan los amigos verdaderos: sin anunciarse, pero justo a tiempo.

Benedetti fue, para muchos venezolanos, yo incluida, el primer uruguayo que conocieron. Y vaya embajador. Él convirtió la ternura en herramienta política, la cotidianidad en épica, la oficina en campo de batalla emocional. Tenía esa capacidad rara de escribir como si estuviera conversando contigo en una mesa de café, pero al mismo tiempo decir cosas que te dejaban pensando tres días.

Benedetti no necesitaba gritar para conmover; apenas levantaba la ceja y ya uno estaba llorando. O riéndose. O enamorándose. O todo junto, que es lo más benedettiano que existe.

Su literatura tiene esa mezcla de sencillez y profundidad que parece fácil hasta que uno intenta imitarla y descubre que es como querer bailar candombe sin haber nacido en Montevideo: se puede, pero no sale igual. Benedetti escribió sobre el amor sin cursilería, sobre la política sin dogma, sobre la tristeza sin dramatismo. Y escribió sobre la esperanza como quien cuida una vela en medio del viento. Por eso caló tanto aquí: porque Venezuela siempre ha sido un país que vive entre la risa y la intemperie, entre la fiesta y la incertidumbre. Benedetti entendía eso sin haber vivido aquí. Y los venezolanos lo entendieron a él sin haber pisado nunca la rambla.

Y luego está Onetti, que es otro cantar. Onetti no llegó a Venezuela en mochilas de estudiantes sino en manos de lectores tercos, de esos que buscan literatura como quien busca fósforos en un apagón. Onetti es la penumbra, la lucidez amarga, la belleza que no se maquilla. Es el escritor que te dice la verdad sin anestesia, pero con una prosa tan perfecta que uno agradece el golpe. Onetti no seduce: hipnotiza. No consuela: acompaña. No ilumina: revela. Y eso, en un país como Venezuela, donde la realidad a veces parece escrita por un guionista con exceso de imaginación, cayó como un espejo necesario. Onetti enseñó que la desesperanza también puede ser estética, que la derrota puede tener dignidad, que la lucidez no es enemiga del afecto. Y muchos venezolanos lo leyeron como quien encuentra un hermano mayor que no sonríe mucho, pero siempre dice la verdad.

Y Galeano, ay Galeano, ese sí llegó como tormenta eléctrica. Galeano fue el que nos recordó que la historia no es un libro sino un cuerpo vivo. Que la memoria no es archivo sino respiración. Galeano escribía como quien sopla brasas para que no se apague el fuego. Tenía esa manera de convertir lo político en poético sin perder ni un gramo de rigor.

En Venezuela, donde la historia siempre está en ebullición, Galeano cayó como agua fresca. Sus palabras se volvieron brújula, consuelo, advertencia, abrazo. Galeano tenía la habilidad de hablarle al continente entero como si le hablara a una sola persona. Y eso, aquí, se sintió como un acto de intimidad continental. Y era respetado, aunque a veces dijera incoherencias irrespetuosas que se le perdonaban.

Los uruguayos trajeron, además, su forma de ser. Esa calma que no es lentitud, sino profundidad. Ese humor que intenta no herir. Esa cortesía antigua, esa elegancia sin pretensión. Son gente que escucha antes de hablar, que piensa antes de opinar, que no necesita gritar para hacerse entender. Gente de mate y conversación. Gente que convive con la nostalgia sin volverse triste. Personas que saben estar.

Muchos, con el tiempo, se fueron. Regresaron a su país cuando su país volvió a ser país. Cuando la democracia dejó de ser un anhelo y volvió a ser un hábito. Y hoy Uruguay es uno de los países más exitosos del subcontinente, pero sin que los uruguayos se hayan extraviado en la tentadora pedantería del éxito. Siguen siendo ellos: discretos, profundos, irónicos, humildes. El éxito no los mareó; apenas les despeinó un poco la pollina.

Hay uruguayos que todavía no nos agarran el pulso, aunque hayan venido mil veces. Y se entiende. Desde ese sur de mate humeante y cielos pensativos no es sencillo descifrar esta alma nuestra que vive en modo tambor, que respira en clave de sol, que se desborda como si el Caribe fuera un estado de ánimo más que un mar. Y no entienden que aquí el verbo amar se conjuga diferente.

Pero los que aquí vivieron jamás olvidaron a Venezuela. No podían. No pueden. Este país se les metió en la piel como se mete el sol del trópico: sin pedir permiso. Se llevaron el acento, la música, la comida, la risa. Se llevaron el “pana”, el “vale”, el “mi amor”. Se llevaron el “nosotros”. Y desde allá, desde su país que volvió a ser país, siguen recordando a este país que todavía está buscando volver a serlo.

¿Qué nos trajeron, entonces? Una música que camina. Una literatura que piensa. Una nostalgia que acompaña. Una ética de la conversación. Una ternura sin cursilería. Una calma que no es pasividad, sino profundidad. Y sobre todo, la certeza de que el “nosotros” venezolano también podía ser de ellos. Porque aquí nadie pregunta “¿de dónde vienes?”, sino “¿te provoca un cafecito?”. Y ellos respondieron con mate, con murga, con tango, con poesía, con libros, con amistad. Y así, sin ruido, sin aspavientos, se quedaron para siempre en nuestro “nosotros”. Y allí, en el clubcito de Los Chorros, todavía hay historias escondidas en las paredes.

Soledadmorillobelloso@gmail.com

[Canarias}> Uno de los lugares mágicos de España está en Canarias: un templo aborigen y un calendario solar único

28-04-2026

Juan Carlos Pérez

Uno de los lugares mágicos de España está en Canarias: un templo aborigen y un calendario solar único

El complejo arqueológico de Risco Caído destaca como un prodigio de la astronomía prehistórica, donde la luz del sol y la luna revelan los secretos de los antiguos canarios

España es un país repleto de rincones legendarios, pero uno de los lugares mágicos de España está en Canarias: un templo aborigen y un calendario solar único que ha dejado sin palabras a la propia UNESCO. Nos referimos al Paisaje Cultural del Risco Caído, en Gran Canaria, un santuario que no sólo es un tesoro arqueológico, sino un prodigio de la ingeniería astronómica prehistórica.

Declarado Patrimonio de la Humanidad en 2019, este complejo situado en las Montañas Sagradas del archipiélago representa el diálogo perfecto entre los antiguos pobladores y el cosmos. A más de 1.200 metros de altura, en el municipio de Artenara, se esconde la joya de la corona: la cueva C6, un espacio donde la luz se convierte en un lenguaje sagrado.

El secreto del calendario solar único en Risco Caído

Lo que convierte a este rincón en uno de los lugares más especiales del territorio nacional es su calendario solar único. Los aborígenes canarios diseñaron una apertura precisa en la bóveda de la cueva número seis para que los rayos del sol y la luna funcionaran como un marcador cronológico exacto.

Durante el solsticio de verano, un haz de luz mágico penetra en la cavidad e ilumina progresivamente una serie de grabados rupestres en forma de triángulos, vinculados históricamente con ritos de fertilidad. Este fenómeno no es una coincidencia, sino un sistema de medición del tiempo que permitía a la sociedad prehistórica organizar sus cosechas y sus creencias espirituales con una precisión asombrosa.

Un templo aborigen excavado en el corazón de la roca

El Risco Caído en Gran Canaria no es sólo una cueva aislada: es un complejo de 21 cavidades excavadas en la toba volcánica que servían como viviendas, graneros y, sobre todo, como espacios de culto. Como templo aborigen, el “almogarén” de Risco Caído es el marcador lunisolar más importante de las islas y un referente mundial para entender la cultura de los pueblos que habitaron el archipiélago antes de la conquista.

El impacto visual de ver cómo la luz de la luna llena proyecta sombras y figuras en las paredes durante el invierno es lo que otorga a este enclave su mística particular. Es esta combinación de ciencia primitiva y espiritualidad lo que justifica que se le considere uno de los lugares mágicos de España, compitiendo en magnetismo con monumentos mucho más conocidos de la península.

Para aquéllos que desean conocer este calendario solar único sin poner en riesgo la conservación del yacimiento original, el Centro de Interpretación de Risco Caído ofrece una solución fascinante. En sus instalaciones se encuentra una réplica exacta de la cueva C6, donde el visitante puede ser testigo de cómo la luz juega con las paredes del templo tal y como lo hacía hace mil años.

Este legado, que pasó desapercibido durante siglos al ser utilizado por pastores como simple refugio, es hoy el orgullo de Canarias. El reconocimiento de la UNESCO no hizo más que confirmar lo que los habitantes de las cumbres ya sabían: que el archipiélago custodia uno de los mayores secretos de la astronomía antigua, un lugar donde el cielo y la tierra se dan la mano cada vez que sale el sol.

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[Canarias}> El pueblo más curioso de España está en Canarias: conservó tributos medievales hasta 1987 y hoy alberga el mayor telescopio del mundo

22-04-2026

Marina Velasco

El pueblo más curioso de España está en Canarias: conservó tributos medievales hasta 1987 y hoy alberga el mayor telescopio del mundo

Entre barrancos, silencio y cielos despejados, este municipio del norte de La Palma ha construido una identidad única marcada por su aislamiento y su historia

Garafía, en el norte de La Palma, sorprende por haber vivido durante siglos al margen del tiempo, con tributos medievales vigentes hasta finales del siglo XX y un presente que la sitúa como uno de los grandes referentes mundiales de la observación astronómica.

La carretera se estrecha, el paisaje se vuelve abrupto y la sensación de estar alejándose de todo lo conocido se intensifica a cada curva. Así comienza el viaje hacia uno de los rincones más singulares de Canarias, donde el tiempo parece haber seguido su propio ritmo durante siglos. Entre barrancos profundos, molinos tradicionales aún en pie y dragos centenarios, la vida ha transcurrido ajena a los grandes cambios que transformaban el resto del territorio.

Un sistema feudal que sobrevivió más de cuatro siglos

Ese aislamiento fue también administrativo y económico. Desde 1576, Garafía quedó sujeta a un sistema implantado en tiempos de Felipe II: la cesión de tierras a cambio de entregar una quinta parte de la producción agrícola. Este tributo, conocido como «quinto real», obligaba a los campesinos a ceder parte de sus cosechas año tras año. A diferencia de otros territorios, donde este modelo desapareció con el paso del tiempo, en este municipio palmero se mantuvo vigente durante siglos.

No fue hasta el 6 de febrero de 1987 cuando el Gobierno de Canarias aprobó el decreto que eliminaba definitivamente esta obligación. Con esa decisión, los vecinos de Garafía dejaron de entregar parte de sus cosechas, poniendo fin a un sistema que había permanecido activo durante más de cuatro siglos y que ya había desaparecido en el resto del territorio mucho tiempo atrás.

Garafía

 De territorio aislado a ventana al Universo

Sin embargo, el mismo aislamiento que marcó su historia acabaría convirtiéndose en su mayor valor. En la década de 1970, científicos internacionales comenzaron a fijarse en el cielo limpio y estable de La Palma. La ausencia de contaminación lumínica y el fenómeno del mar de nubes, que deja despejadas las cumbres por encima de los 2.000 metros, ofrecían condiciones excepcionales para la observación astronómica.

Así, en 1975 se cedieron terrenos en el Roque de los Muchachos, a 2.396 metros de altitud, donde una década después se inauguró el Observatorio Astrofísico. Hoy alberga más de veinte telescopios de instituciones internacionales, entre ellos el Gran Telescopio Canarias, considerado el mayor telescopio óptico e infrarrojo del planeta.

Vista panorámica del ‘Roque de los Muchachos’, con el mar de nubes cubriendo totalmente la ‘Caldera de Taburiente’.

Tradición, naturaleza y ciencia en equilibrio

Más allá de su proyección científica, Garafía mantiene una identidad rural poco alterada. Conserva antiguos caminos reales, viviendas tradicionales de piedra y madera y una producción local marcada por el queso artesanal y el singular vino de tea, elaborado en barricas de pino canario. En el Parque Cultural de La Zarza y La Zarcita se localizan decenas de paneles con grabados rupestres aborígenes —hasta 29 en La Zarza y 18 en La Zarcita—, rodeados de un denso bosque de laurisilva que ha contribuido a su conservación.

Este equilibrio entre pasado y presente se completa con celebraciones como la Fiesta de San Antonio del Monte, una de las más antiguas del archipiélago, que se celebra cada mes de junio y reúne ganado, muestras tradicionales, música popular y gastronomía local en torno a la ermita. Bajo uno de los cielos más limpios de Europa, Garafía sigue siendo ese lugar donde historia y futuro conviven a más de 2.000 metros de altura.

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[Col}> Lo que nos trajeron los japoneses / Soledad Morillo Belloso

28-03-2026

Soledad Morillo Belloso

Lo que nos trajeron los japoneses

Los japoneses llegaron a Venezuela como quien entra a una casa donde no conoce a nadie, pero entra despacito, se limpia los pies, sonríe apenas, hace una leve reverencia… y saca de la bolsa un regalo tan bonito, tan útil y tan bien envuelto, que uno termina diciendo, sin darse cuenta:

—Mira, chico… ¿y tú no te quieres quedar a vivir aquí?

No llegaron haciendo ruido. No tumbaron la puerta. No gritaron “¡buenas!”.

Llegaron con una forma particular de estar. Con una quietud que no era frialdad. Con una suavidad que no era timidez. Llegaron con ojos atentos, ojos negros, profundos, tranquilos, que miraban sin invadir. Ojos que observaban como quien escucha. Ojos que no apuraban, que no juzgaban, que no empujaban. Ojos que parecían decir: estoy aquí, tómate tu tiempo. Y uno, acostumbrado al exceso, se sentía visto sin sentirse examinado.

Llegaron con apellidos que parecían poemas breves y exactos: Nakamura, Tanaka, Murakami, Kobayashi, Suzuki, Matsumoto, Yamamoto. Y también llegó ese apellido glorioso: Yonekura, que sonaba a samurái extraviado que un día dijo:

—Bueno… aquí hay sol, café, risas y alguien siempre te ofrece algo de comer. Me quedo.

Y se quedaron.

Una de las primeras cosas que aprendimos fue el lenguaje de los gestos. Gestos pequeños, precisos, pensados. No señalaban con el dedo como quien acusa; señalaban con la mano abierta, suave, como diciendo “por aquí, si no es molestia”. No entregaban las cosas lanzándolas; las ofrecían con las dos manos, como si cada objeto tuviera dignidad. No interrumpían; esperaban. Y esa espera no era pasividad: era respeto.

Y la reverencia… ay, la reverencia. Aquí saludamos con abrazo, beso, palmada y “¿qué más, mi pana?”. Ellos saludan inclinando apenas la cabeza, como si el cuerpo hiciera un paréntesis de cortesía. Una inclinación mínima que te dejaba desarmado y, curiosamente, mejor persona.

Decían hai para decir sí. Decían arigatō como quien entrega una flor. Decían sumimasen, esa palabra que es disculpa, permiso y cuidado al mismo tiempo, y uno sentía que el mundo se ordenaba un poquito.

Y con ellos llegaron los negocios japoneses en Venezuela, que no eran negocios: eran experiencias morales. Tiendas donde uno entraba “rapidito” a comprar un tornillo y salía una hora después con un ventilador, un rallador de cosas que uno nunca había rallado, un cuaderno perfecto, un juego de té delicadísimo, una linterna, un despertador, una calculadora, un radio y un aparato misterioso que nadie sabía para qué servía, pero uno compraba igual porque el japonés lo había puesto ahí con tanta seriedad que debía ser importante.

Tiendas tan ordenadas que a uno le daba culpa respirar fuerte. Tiendas donde todo estaba alineado con una precisión casi moral. Tiendas donde uno sentía que si movía algo un centímetro, el universo se desbalanceaba. Y detrás del mostrador estaba él: un Yonekura, o un Tanaka, o un Suzuki. Quieto. Recto. Con una sonrisa mínima. Con los brazos relajados. Con una inclinación de cabeza tan pequeña que parecía un secreto compartido.

—Buenos días —decía. Y no era un saludo. Era un gesto de paz.

Y uno salía con una bolsa en la mano y una sensación rara en el pecho, como de haber sido tratado con respeto aunque solo hubiera comprado una linterna.

Y entonces apareció Hitachi, de la mano de los Mayorca. Hitachi no era una marca. Hitachi era familia. Ese televisor que duraba veinte años. Ese televisor que vio telenovelas, noticieros, béisbol, apagones, elecciones, retornos de luz… y todavía prendía como si nada. Ese aire acondicionado que sobrevivía a apagones eternos, tormentas, mudanzas y sobrinos curiosos. Ese ventilador que pasaba de casa en casa como herencia emocional. Ese radio que seguía funcionando, aunque lo hubieras dejado caer tres veces “sin querer”.

En Venezuela, decir “compré un Hitachi” era como decir:  —Esta relación va en serio.

Pero los japoneses no sólo nos trajeron electrodomésticos inmortales. Nos trajeron vehículos con alma. Los Toyota 4×4 que suben cerros como cabras montesas con doctorado en resistencia. Los Mitsubishi que cruzan ríos como si fueran anfibios certificados. Los Nissan que arrancan aunque les cambien el aceite cada eclipse. Las Honda que han llevado a medio país al trabajo, a la playa, al mercado, al hospital… y al amor. Las Yamaha que rugen como si tuvieran espíritu propio. Las Suzuki que parecen decirte, bajito: “tranquilo, yo puedo con esto”.

Un Toyota en Venezuela no es un carro: es un animal mitológico. Una moto Honda es un caballo moderno. Una Yamaha es una declaración de independencia. Y un Nissan Sentra es el equivalente automotriz de un perro fiel: no se queja, no te deja mal y siempre arranca.

Y luego llegó la comida japonesa. Primero tímida. Ceremoniosa. Pidiendo permiso. A principios de los años 80, en Caracas había dos restaurantes japoneses. Dos. No tres. No “unos cuantos”. Dos.

Uno sí lo recuerdo bien: el Ávila Tei, en El Rosal. Ir ahí era ponerse serio. Bajabas la voz. Te sentabas derecho. Mirabas el menú como quien descifra un manuscrito antiguo. El otro quedaba por La Carlota. Y hasta ahí llega la memoria. No me acuerdo cómo se llamaba. No sé si tenía nombre. Puede que sí. Puede que no. Puede que fuera simplemente “el japonés de La Carlota”. Y eso también es muy japonés: existir sin hacer ruido.

En esa época, ir a un japonés no era “vamos a comer”. Era una aventura cultural. Uno iba porque alguien “sabía”. Porque un primo “había probado algo crudo y no se murió”.

El sushi nos enseñó que el pescado no siempre necesita aceite hirviendo para ser feliz. El sashimi nos pidió un acto de fe. El ramen nos abrazó con su caldo profundo, sus fideos largos, su huevo perfecto, como una sopa con doctorado. La tempura nos recordó que la fritura también puede ser elegante. El yakimeshi se volvió primo del arroz chino, pero más discreto. El miso nos enseñó el umami, aunque no sepamos explicarlo. El matcha nos avisó que no todo lo verde es aguacate. El wasabe nos demostró que algo puede ser lindo y picar en serio. Y el sake llegó suavecito, calentando el pecho sin pelear, poniéndonos filosóficos sin permiso.

Hoy hay sushi por todas partes. Hay sushi con delivery. Hoy uno puede estar en pijama, con un ventilador japonés prendido, viendo una serie en un televisor japonés, y pedir sushi desde el teléfono. Sushi que llega en moto. Sushi democrático. Sushi que convive con la empanada sin pelear.

Y entre las cosas pequeñas llegaron los relojes japoneses: Casio, Seiko, Citizen. Un nombre me viene a la memoria: Seijiro Yazawa Iwai. Relojes que no se atrasaban. No se quejaban. No fallaban. Relojes que parecían medir no solo el tiempo, sino la paciencia.

Pero lo más profundo que trajeron no fue material. Nos trajeron una forma de estar. Una cortesía que no invade. Que no atropella. Que no exige. Una cortesía que se inclina apenas, que baja la mirada para elevar al otro. Aprendimos —tarde, pero bien— que inclinar la cabeza no es sumisión: es reconocimiento.

Y fue esa filosofía la que un día me tocó de frente, en un evento cultural, en un concierto en el Teatro Teresa Carreño. El Teresa Carreño impone. Te endereza la espalda, aunque no quieras. La gente hablaba bajito. Las luces eran suaves. El ambiente era de respeto compartido. No era sólo música: era encuentro.

Para esos tiempos, yo estaba en la junta de la Fundación Amigos del Teresa Carreño, uno de los trabajos más lindos que me ha tocado en suerte tener. Y estrenábamos el nuevo piano, que había sido posible gracias a una campaña extraordinariamente exitosa: “Un piano para Teresa”. Mi amigo Arturo  Casado, por seguro, la recordará con tanta pasión como yo.

Era una noche hermosa y plácida. Y en el foyer, justo antes del llamado a entrar, ahí estaba él: el embajador de Japón en Caracas. Se acercó y me saludó, con una levísima inclinación. No ocupaba espacio innecesario. Su presencia era precisión. Su cuerpo parecía educado. Escuchaba con ojos tranquilos, profundos, atentos. Asentía apenas. Dejaba pausas. Pausas que no incomodan: ordenan.

Después del concierto, nos encontramos de nuevo para el brindis. Hubo un silencio breve. Un silencio japonés. Y entonces dijo:

—Usted es un bonsái.

Así. Sin adornos. Y entendí. No me estaba diciendo pequeña. Me estaba diciendo esencial. Que el bonsái no es pequeño porque no pudo crecer. Es pequeño porque alguien lo imaginó así. Porque alguien lo cuidó. Porque alguien lo podó con paciencia. Porque alguien supo cuándo tocar… y cuándo dejar en paz.

Un halago japonés. Silencioso. Exacto. Y todo encajó.

El bonsái es un árbol diminuto con un universo adentro. La kokedama es un planeta verde suspendido. Ambos nos enseñaron que la paciencia es arquitectura y que el silencio también cultiva. Y entre todo eso, nos regalaron los haikus: poemas mínimos que dicen más con tres líneas que otros con cien.

Los japoneses nos trajeron disciplina… y nosotros le pusimos humor. Nos trajeron silencio… y nosotros le agregamos brisa y carcajada. Nos trajeron precisión… y nosotros improvisación tropical.

Y de esa mezcla salió algo único: un haiku que baila tambor, una kokedama que huele a mar, un Toyota cruzando ríos, un Hitachi que dura más que un matrimonio, un sushi con empanada, un arigatō flotando en el aire, y un Yonekura tan venezolano como un Salazar.

Los japoneses no vinieron a cambiarnos. Pero igual nos cambiaron. Y nosotros, agradecidos, los adoptamos.

Porque así es Venezuela: un país que se deja querer… y cuando quiere, quiere con todo.

Soledadmorillobelloso@gmail.com

[Col}> Una decisión con la que se pueda vivir / Soledad Morillo Belloso

18-03-2026

Soledad Morillo Belloso

Una decisión con la que se pueda vivir

Al final, decidir bien no tiene nada de épico. No hay fanfarrias, ni medallas, ni selfies frente al atardecer con frase motivacional incluida. Es, más bien, un acuerdo privado con el espejo: elegir no lo más brillante ni lo más cómodo, sino aquello que no te deja la sensación de haber empeñado la serenidad a cambio de una ganga emocional. Es la decisión que no necesita coartadas, ni monólogos grandilocuentes, ni explicaciones apresuradas a las tres de la mañana. Es la que puedes cargar sin ibuprofeno ético ni remordimientos de resaca.

Y claro, en este punto aparece la ética. Esa señora impertinente a la que muchos tratan como si fuera un florero: bonita, prescindible y fácil de esconder cuando estorba. Hay quienes no la tienen, y hay quienes la tienen pero la guardan bajo llave, como si fuera un interruptor que se apaga cuando incomoda. Pobres criaturas. Creen que se están saliendo con la suya, sin notar que la factura llega igual. No siempre en forma de castigo externo —qué va—, sino como un desgaste interno, una erosión silenciosa que no se ve en la piel pero sí en los ojos. Y quienes la arrinconan descubren, tarde o temprano, que la ética es como cualquier músculo: si no se usa, se atrofia. Y luego no levanta ni una bolsa de supermercado.

Decidir, además, es un deporte de alto riesgo. Uno va por la vida creyéndose estratega cuando, en realidad, avanza a tientas, como quien busca el interruptor a oscuras y termina palpando todo menos la luz. Aun así, hay decisiones torcidas que no te parten en dos. Te despeinan, sí; te sacan alguna cana, también. Pero no te arrancan la dignidad de cuajo. Son esas que, al recordarlas, no te hacen fruncir el ceño, sino soltar una risita cansada: “Bueno… nadie salió ileso, pero tampoco hubo cadáveres”. Con esas decisiones, curiosamente, se puede vivir.

Una decisión con la que se puede vivir es la que no te obliga a exiliarte de ti mismo. La que no te convierte en actor de relleno de tu propia película. La que no deja ese regusto amargo de haber vendido el alma por un aplauso tibio o por evitar una conversación incómoda. Puede tener aristas, claro, y dejar algunos raspones y moretones. Pero no te araña la conciencia. Y si deja cicatriz, al menos es una que puedes mirar sin bajar la vista, como quien observa una marca de guerra y piensa: “Uf… dolió, pero aquí sigo”.

Porque, aunque algunos insistan en lo contrario, la ética no es un lujo ni un capricho de almas sensibleras. Es la única brújula que no se vende, no se alquila y no acepta rebajas de temporada. Decidir desde ahí —desde ese lugar que no negocia consigo mismo— no garantiza perfección, pero ofrece algo mucho más raro y valioso: la tranquilidad de no haberte abandonado, de no haber traicionado la confianza ajena ni la propia.

Eso es ser decente. Y sí, ya sé que no está de moda, que no es “fashion”. Que algunos piensan que ser decente es de bolsas, del moño a la zapatilla. Que el mundo anda lleno de ruido, atajos y gente que confunde astucia con inteligencia. Pero precisamente por eso no hay que claudicar ni normalizar lo inaceptable. Hay que aprender a decir no.

Y, sobre todo, a reconocer cuándo un sí tiene un precio que no hay forma humana —ni moral— de pagar.