[*ElPaso}– Manuelita, Laurita y los «emprestigios»

08-10-2007

Carlos M. Padrón

Manuelita era una solterona analfabeta que, a pesar de su extracción social muy humilde y escasos recursos económicos, no dejaba de aparentar, en cuanta ocasión pudiera hacerlo, ser mucho más de lo que era y saber más de lo que sabía. Era muy religiosa, pero, en contraste, su hermana Laurita, también solterona, gozaba de una dudosa reputación en cuanto a su relación con el sexo masculino, además de profesar afición a empinar el codo.

En aquella época de los años 50, en la Iglesia Nueva había todavía reclinatorios privados —los más de los feligreses de relevancia social tenían el suyo— y bancos para quienes no querían o no podían darse ese lujo. Y de relevancia social era también el asistir a misa llevando un misal, y guiarse por él durante el acto.

Manuelita se las arregló para conseguir su propio reclinatorio, del que se sentía muy orgullosa. Como los reclinatorios se deterioraban con el uso, Rogelio, un joven laico a cargo del cuidado del templo, retiraba los que estaban en mal estado y los guardaba en el camerino. Cuando sus propietarias —pues el 99% de los reclinatorios eran de mujeres— no los encontraban en el lugar habitual, lo buscaban en el camerino, lo mandaban a reparar y, ya reparado, lo colocaban de vuelta en su sitio.

Dado el mal estado en que se encontraba el reclinatorio de Manuelita, un día Rogelio lo retiró de su lugar y lo llevó al camerino, pero Manuelita hizo caso omiso y, sin repararlo —tampoco tenía muchos medio económicos para hacerlo— lo rescató del camerino y lo colocó de nuevo en su sitio. Al notar eso Rogelio, lo llevó otra vez al camerino y, cuando Manuelita protestó, él le dijo que o lo reparaba o no podía ponerlo de nuevo en la iglesia.

Para sorpresa de Rogelio, Manuelita —que le había mostrado siempre afecto, lo respetaba mucho y le daba tratamiento de ‘usted’, a pesar de que por edad casi podría ella ser su madre— se le enfrentó realmente iracunda. Como no encontraba modo de calmarla, Rogelio le dijo:

—Manuelita, no se hable más: ¡o arreglas el reclinatorio o te excomulgo!

Sabiendo bien que eso de la excomunión era algo horrible para cualquier católico, Manuelita se paralizó y quedó muda al escuchar esa terrible amenaza que creyó cierta, y, como Rogelio la repitiera para hacerle entender que estaba dispuesto a llevarla a cabo, tomó el reclinatorio y lo mandó a reparar.

Un día Rogelio la encontró en la calle muy alterada, y entre preocupado y curioso le preguntó qué le pasaba. En un estado de gran excitación Manuelita le confesó:

—¡Ay, don Rogelio! Es que acabo de encontrarme con el señor Marquina, que ya sabe usted cómo dicen que es, y el muy sinvergüenza me ofreció un duro si hacía aquello con él. ¿¡Cómo se le ocurre ofrecerle un duro a una mujer de mi religión!? ¿Qué se cree él, que yo soy mi hermana Laurita?

Pero como su “paño de lágrimas” parecía ser Rogelio, un día de la época en que Manuelita trabajaba como doméstica para una señora de nombre doña Carmela, se le presentó a Rogelio en la sacristía, y entre ellos tuvo lugar esta pintoresca conversación:

—Don Rogelio, vengo porque doña Carmela quiere que usted le diga qué hora es.

Rogelio, que enseguida se dio cuenta de que era Manuelita quien quería saber la hora, pero que estaba usando a doña Carmela como pretexto, respondió.

—Dile a doña Carmela que se asome por el balcón de su casa y mire el reloj de la iglesia, y así sabrá la hora.

Manuelita, no dándose por vencida replicó:

—No, don Rogelio, es que doña Carmela quiere saber la hora que marca el reloj de usted.

Rogelio le mostró su reloj de pulsera, diciéndole:

—Ahí está.

No encontrando ya salida y dándose cuenta de que había quedado claro que ella no sabía leer la hora, exclamó, al tiempo que daba vuelta y se marchaba airada:

—Ay, ¡¡¡usted sí es!!!

Un día de diciembre, estando ya la iglesia engalanada para la Navidad, pero cerrada por la hora, se presentaron ante Rogelio, Manueli, Laurita y la madre de ambas. Laurita, que estaba bajo los efectos del alcohol, le pidió a Rogelio que las dejara entrar a la iglesia porque —y esto es lo bueno del caso, por el alto valor estimulante que de seguro tuvo para su madre—, “Mamá no la ha visto en Navidad y ésta es tal vez la última vez que pueda verla”.

Como el ser católico devoto y practicante daba prestigio social, Manuelita asistía a todos los actos religiosos, y en materia de misas iba a la llamada Misa Mayor, que era la principal de las celebradas los domingos, generalmente alrededor de las 12 del mediodía, y a la que asistía, aparte del número más elevado de feligreses —lo cual la hacía visible a mucha gente—, la flor y nata de la sociedad pasense.

Iba, además, con su misal en la mano. Se colocaba en su reclinatorio, y al comenzar la misa abría el misal, como todos los que lo usaban, excepto que, como ella no sabía leer, casi siempre lo abría en la página incorrecta, y, eso sí, pasaba la hoja cuando veía que lo hacía la persona ubicada en el reclinatorio vecino al suyo, persona que, conociendo bien las falencias y pretensiones sociales de Manuelita, tal vez por conmiseración se hacía de la vista gorda y no le decía nada al respecto.

Pero un día, en ese reclinatorio vecino al usado por Manuelita se ubicó otra señora que, si bien sabía quién era Manuelita, no sabía que era analfabeta. Y notando algo raro en el manejo del misal —a pesar de que Manuelita parecía estar leyendo devota y atentamente como todos los que tenían misal, y pasando las hojas en su momento—, se acercó más al libro, miró con más atención y, extrañada, la señora le dijo,

—Pero, Manuelita, ¡tienes el misal al revés!

Y Manuelita, sin inmutarse, le dio vuelta al misal mientras, y a guisa de explicación, con un retintín contestó:

—¡Eso dan los emprestigios! (1)

***

(1) En el viejo léxico de El Paso, ya en el olvido —por eso me he dado a rescatarlo—, el sustantivo ‘emprestigio’ se usaba para un préstamo que, bien por su índole perjudicial o porque se repetía mucho, no era del agrado de quien hablaba.

Lo que Manuelita quiso dar a entender con su espontáneo “¡Eso dan los emprestigios!” fue que el misal estaba al revés porque ella se lo había prestado a muchas personas y, de tanto prestarlo, se había deteriorado hasta ese punto y se lo habían devuelto así.