[Col}> Versos y poesía / Oswaldo Izquierdo Dorta

25-08-2026

Oswaldo Izquierdo Dorta

VERSOS Y POESÍA

Yo no escribo poesía.
¡Qué más felicidad quisiera!
¡Qué en mis versos floreciera
su belleza cada día!

Yo no escribo poesía.
Escribo versos y espero
que una musa me asistiera
para subir la escalera
que mi deseo porfía.

No soy maestro de nada,
ni a oficial me aproximo.
Doy bandazos, soy consciente
que mis cortas pinceladas
no me sacan de la sima.
Soy aprendiz permanente.

[Col}> Lo que nos trajeron los ecuatorianos / Soledad Morillo Belloso

15-04-2026

Soledad Morillo Belloso

Lo que nos trajeron los ecuatorianos

Hay llegadas que no se anuncian: simplemente reconocen el lugar donde su historia continúa, como si la memoria de un pueblo pudiera adelantarse al propio viajero y abrirle la puerta antes de que toque, sabiendo que algunas presencias no vienen de lejos, sino de un hilo antiguo que vuelve a tensarse.

Los inmigrantes ecuatorianos llegaron a Venezuela como quien abre una ventana en una casa que llevaba años respirando el mismo aire. De pronto entró un viento nuevo, un olor distinto, un ritmo que no estaba en el manual. No venían con alharacas  ni con manifiestos; venían con ollas, con manos curtidas, con palabras que parecían cosquillas —“achachay”, “arrarray”— y con una paciencia que sólo se aprende en tierras donde la montaña manda y el tiempo se mide en cosechas, no en relojes.

Trajeron su comida, que es como un abrazo con codos: firme, contundente, sin cursilerías. El encebollado, por ejemplo, es una especie de terapia colectiva disfrazada de sopa; uno lo prueba y siente que alguien le está diciendo “ya, ya, respira, que todo pasa”. Y el hornado llega a la mesa como un emperador de piel dorada, recordándonos que la vida es más amable cuando huele a ajo y a maíz. Trajeron también su música: el sanjuanito, que es un terremoto alegre, y el pasillo, ese primo elegante que llega a la fiesta con traje pero termina bailando descalzo a las tres de la mañana.

Y sin embargo, la relación emocional entre Venezuela y Ecuador no empezó con el encebollado ni con el sanjuanito. Empezó mucho antes, en un rincón íntimo de la historia, casi de telenovela de las buenas: la mujer que más quiso a Bolívar era quiteña. Y no, no fue “la amante del Libertador”, como dicen los manuales perezosos. Llamarla así es como llamar “ayudante de cocina” a quien inventó el fuego.

Durante muchos años —demasiados— las sociedades latinoamericanas fueron profundamente injustas con Manuelita Sáenz. Injustas y patéticamente pacatas. La historia oficial, escrita por caballeros muy serios con bigotes muy solemnes, no supo qué hacer con una mujer que cabalgaba, conspiraba, debatía, mandaba, amaba y desobedecía con la misma naturalidad con la que otros respiraban. Y como no supieron dónde ponerla, la empequeñecieron. La redujeron a un papel sensiblero y hasta de bajos fondos, como si la pasión fuera incompatible con la inteligencia política. La llamaron “amante”, que es la palabra que usan los mediocres cuando una mujer les queda demasiado grande.

Manuelita no acompañó la historia: la empujó. Fue coronela, espía, estratega, agitadora, defensora de la causa republicana y salvadora del Libertador en más de una ocasión. Tenía la osadía de cantarle  a los poderosos lo que nadie se atrevía, y la elegancia de hacerlo sin perder la sonrisa. En un mundo donde las mujeres eran decorado, ella fue arquitectura. Bolívar, que podía con imperios, no podía con ella. Y no porque lo dominara, sino porque lo entendía. Era su igual, su contraparte, su espejo incómodo, su chispa de pólvora. La única capaz de decirle “Simón, no seas terco” sin que se desplomara la república.

Por eso, cuando los ecuatorianos empezaron a llegar a Venezuela, no eran extraños: eran parientes emocionales. Venían del país de la mujer que desarmó al Libertador —no solo políticamente— y que dejó una huella tan profunda que, sin darnos cuenta, nos preparó para querer a su gente. La puerta ya estaba entreabierta desde que Manuelita entró con su caballo, su espada, su risa y su irreverencia en los patios de nuestros corazones.

Así, la presencia ecuatoriana en Venezuela no se siente como una migración fría, sino como la continuación natural de una historia que empezó hace dos siglos entre un hombre que quiso liberar un continente y una mujer que se liberó a sí misma antes que nadie. Los ecuatorianos trajeron sabores, ritmos, oficios, palabras. Pero también trajeron —sin saberlo— el eco de Manuelita, esa mujer que vivió como un relámpago y que sigue iluminando el vínculo entre ambos países.

Y así, entre sopas que curan, músicas que despiertan y oficios que levantan ciudades, los ecuatorianos siguieron cruzando un puente que Manuelita había inaugurado mucho antes: un puente hecho de irreverencia, de coraje y de esa terquedad luminosa que no pide permiso para existir. Venezuela los recibió no como extraños, sino como herederos de una mujer que vivió como un relámpago y dejó encendida la luz. Porque al final, entre nuestros pueblos no manda la geografía ni la política: manda la memoria afectiva, esa que reconoce a los suyos aunque vengan de lejos, esa que sabe que cuando un ecuatoriano toca la puerta, todavía se escucha, muy al fondo, la risa de Manuelita abriéndola.

Soledadmorillobelloso@gmail.com

[Col}> Lo que nos trajeron los coreanos / Soledad Morillo Belloso

04-04-2026

Soledad Morillo Belloso

Lo que nos trajeron los coreanos

Dígame usted, ¿quién no ha visto aunque sea media escena de un drama coreano? A estas alturas, quien lo niegue está mintiendo descaradamente o vive en una cueva sin electricidad, sin WiFi y probablemente muy aburrido. Todos hemos caído, aunque sea por accidente, en uno de esos romances donde dos protagonistas pasan tres episodios enteros mirándose como si fueran a desmayarse antes de atreverse a rozarse un dedo, mientras un piano lloroso hace lo suyo. Y uno ahí, muy digno, diciendo “yo no veo esas cursilerías”, pero viendo, llorando y preguntándose por qué ese hombre tan guapo y perfecto no se declara de una buena vez.

Pero para entender por qué los coreanos producen historias que nos exprimen el corazón como si fuera una naranja madura, hay que mirar un poquito hacia atrás. Corea no es un invento reciente: tiene más historia que un abuelo con memoria acumulativa. Es un país que empezó con reinos que ya tenían poesía, astronomía y obsesión por la cerámica cuando en Europa todavía estaban aprendiendo a no incendiarse con una antorcha. Goguryeo, Baekje y Silla pasaron siglos peleando, reconciliándose, separándose y volviendo a pelear… como una telenovela, pero con armaduras y sin comerciales de detergente. Luego llegó la dinastía Joseon, que duró más de quinientos años, lo cual es un récord mundial de paciencia y de organización. Allí inventaron su propio alfabeto —porque el que tenían no les servía—, perfeccionaron la etiqueta, la ciencia, la caligrafía y la costumbre de hacer todo con una elegancia que hoy se nota hasta en cómo sirven un té.

Antes de que el planeta se incendiara en la Segunda Guerra Mundial, Corea ya llevaba décadas bajo ocupación japonesa. Pero durante la guerra, la cosa se puso peor: el imperio japonés exprimió la península como si fuera una mina sin fondo. Muchos coreanos fueron obligados a trabajar en fábricas y campos de batalla, otros enviados como mano de obra forzada a Japón, y miles de mujeres fueron sometidas a la brutalidad de convertirse en “mujeres de consuelo”, un eufemismo cruel para esclavitud sexual. La cultura coreana fue reprimida, el idioma prohibido en escuelas y oficinas, los nombres coreanos reemplazados por japoneses. Fue un tiempo de dolor silencioso, resistencia escondida y dignidad férrea. Y cuando la guerra terminó, en vez de recuperar su libertad, Corea quedó partida por decisiones tomadas lejos de allí, como si alguien hubiera dividido un hogar ajeno con una regla y un mapa.

La herida más reciente llegó en 1950, cuando Corea del Norte invadió a Corea del Sur y estalló una guerra que rompió al país como quien quiebra un plato querido y luego intenta pegarlo con cinta adhesiva. Fue un conflicto feroz, rápido, lleno de intervenciones extranjeras, donde aldeas desaparecieron y familias quedaron atrapadas a un lado u otro sin poder cruzar una frontera que antes no existía. Esa invasión no sólo encendió una guerra: encendió una separación emocional que todavía hoy se siente en cada historia coreana, en cada canción que habla de un hogar dividido, en cada mirada que se pierde hacia el norte buscando un recuerdo que ya no se puede recuperar.

Y allí sigue, abierta, la cicatriz entre Corea del Norte y Corea del Sur. No nació de un pleito doméstico, sino de guerras, invasiones y decisiones tomadas en escritorios lejanos. Familias quedaron separadas, hermanos crecieron sin verse, abuelos murieron sin saber qué fue de sus hijos. Es una tragedia silenciosa, persistente, que se cuela en cada drama donde alguien mira hacia el norte con nostalgia, en cada canción que habla de un hogar incompleto, en cada celebración donde falta la mitad del país. Corea es un pueblo que aprendió a caminar con una herida abierta, y quizá por eso sus historias nos tocan tanto: porque saben narrar la pérdida sin perder la dignidad.

Y claro, después de sobrevivir invasiones, guerras, particiones y tragedias que harían llorar hasta a un cactus, Corea del Sur decidió que ya estaba bueno de sufrir y se lanzó a modernizarse con una velocidad que parece chiste. Pasaron del feudalismo a la alta tecnología como quien pasa de burro a moto sin escalas. Esa mezcla de historia milenaria + disciplina + terquedad creativa explica por qué hoy fabrican teléfonos que no se rompen, carros que duran más que algunos matrimonios y series que dejan a medio planeta con insomnio emocional.

Cuando los coreanos llegaron a Venezuela, no llegaron con tambores ni con pancartas. Llegaron como llegan ellos: en silencio, con respeto, con esa cortesía que parece heredada de 27 generaciones de abuelas estrictas. Y trajeron cosas. Muchas cosas.

Primero trajeron música suave, casi tímida, que sonaba en reuniones comunitarias. Y luego, cuando ya estábamos confiados, ¡pum!, llegó el K‑pop con su energía nuclear y sus coreografías que parecen diseñadas por un ingeniero aeronáutico. De pronto, adolescentes venezolanas estaban bailando como si hubieran nacido en Seúl, y uno preguntándose si esa gente tiene huesos o resortes.

Y trajeron un fenómeno global: BTS. Ese grupo que convirtió estadios en mares morados, que enseñó a medio planeta a hacer corazones con los dedos y que demostró que siete muchachos pueden mover industrias enteras con disciplina, ternura y talento. BTS no sólo puso a Corea en el mapa emocional del mundo: convirtió la música en puente cultural, en idioma común, en fiesta global donde todos caben. Y de paso nos mostró que un fandom organizado puede ser más eficiente que muchos ministerios.

No se quedaron en la música: trajeron moda. Una moda que mezcla minimalismo con audacia, sobriedad con brillo, tradición con futurismo. De pronto vimos a jóvenes venezolanos usando camisas oversize, pantalones rectos, colores pasteles, cortes limpios, maquillaje sutil en los hombres y accesorios delicados que antes habrían sido motivo de chisme. Y detrás de esa estética moderna está el orgullo del hanbok, esa maravilla de curvas, colores vibrantes y telas que parecen flotar. El hanbok no es ropa: es un poema textil, una declaración de identidad, una forma de caminar con historia sobre la piel.

Trajeron tecnología que cambió la vida cotidiana: televisores que parecían ventanas al futuro, teléfonos que sobrevivían a caídas épicas, neveras que duraban más que la paciencia de un santo, carros Hyundai y Kia que se volvieron parte del paisaje urbano. Daewoo nos enseñó que un microondas podía ser más fiel que un perro callejero. Y luego vino la cosmética coreana, que convirtió los baños venezolanos en laboratorios de belleza: mascarillas, tónicos, cremas, rutinas de diez pasos que parecían más un rito espiritual que un cuidado de la piel. Y las venezolanas, que no le tememos a nada, adoptamos aquello con entusiasmo: de pronto medio país estaba brillando como porcelana hidratada.

Y la comida… ay, la comida.

El kimchi, que al principio nos parecía un ataque químico, terminó siendo un gusto adquirido. El bulgogi nos enamoró sin pedir permiso. El bibimbap nos enseñó que mezclar todo en un solo plato puede ser un acto de armonía. Y las parrillas coreanas son un espectáculo: uno sale oliendo a humo, feliz, satisfecho y con la sensación de haber participado en un rito ancestral que debería ser patrimonio de la humanidad.

También trajeron comercios impecables, organizados, donde cada cosa tiene su lugar y donde la familia completa trabaja como un reloj suizo con acento asiático. Nada de “vengo en cinco minutos” ni “no hay sistema”. Allí todo funciona. Y uno aprende, sin que se lo digan, que el orden también puede ser una forma de cariño.

Y así, sin ruido, sin propaganda, sin aspavientos, los coreanos se volvieron parte del paisaje venezolano. Con su tecnología que no se daña, su comida que despierta, su música que contagia, su moda que inspira, sus cremas que prometen milagros, sus tiendas ordenadas y su manera suave de estar en el mundo. Una presencia discreta pero firme, moderna pero cálida, milenaria pero perfectamente adaptada al Caribe.

Aclaratoria final: los coreanos vienen de Corea, no de Coro.

soledadmorillobelloso@gmail.com

[Col}> Lo que nos trajeron los dominicanos / Lo que nos trajeron los dominicanos

04-04-2026

Soledad Morillo Belloso

Lo que nos trajeron los dominicanos

Tal vez en todo este subcontinente los que más se parecen son los venezolanos y los dominicanos. No por geografía ni por manuales de historia, sino por esa afinidad secreta que no se aprende: la capacidad de reírse incluso cuando la vida se pone creativa con sus desgracias. Yo lo confirmé no en teoría, sino en carne viva, cuando la pandemia me dejó varada en Dominicana por nueve meses y once días. Varada, sí, pero también acogida, adoptada, acomodada, como quien llega a una casa ajena y descubre que la silla ya estaba tibia esperándolo.

Los dominicanos no llegan: irrumpen como una brisa que se cuela. Y esa brisa trae ritmo, sazón, una manera de hablar que no se pronuncia sino que se baila. Su merengue no es música: es sistema nervioso. Un merengue que convierte cualquier pasillo en pista de baile y cualquier lunes en Gracias a Dios que es viernes. Venezuela, que nunca ha sido tímida para mover la cintura, se dejó contagiar desde hace décadas. Por eso, cuando yo caí allá en pleno encierro mundial, no sentí extrañeza: sentí reconocimiento. Como si me hubieran devuelto una parte de mí que yo no sabía que había prestado.

Entre esos ritmos que cruzaron el mar llegó también esa joya llamada merengue apambichao. Su nombre viene de las orquestas que tocaban en Palm Beach, donde el merengue se volvió elegante, reposado, casi de salón y se puso traje blanco. Era un merengue insinuante, más de cintura que de pies, más caricia que empuje. El pueblo lo rebautizó apambichao, que es como decir “merengue con swing de hamaca”. Una prueba de que el Caribe también sabe ser suave sin perder fuego.

Y si hablamos de ritmos dominicanos, pues son maneras de caminar por la vida. El merengue es el amigo que te agarra la mano y te dice “vamos a bailar, que la vida es corta”. La bachata es el bolero que se mudó a la esquina: guitarra que llora, bongó que consuela, voz que confiesa. El son dominicano es el abuelo que filosofea con un trago. El gagá es trance, calle, raíz africana que se niega a desaparecer. El palo es tambor ritual, latido antiguo. Y la fusión moderna —esa alquimia donde Chichí Peralta es rey— demuestra que el Caribe no se queda quieto: evoluciona con gracia.

Pero no sólo trajeron música: trajeron cocina, que es otra forma de ternura. La comida dominicana es un abrazo servido en plato hondo. El mangú es filosofía: plátano humilde convertido en gloria. El sancocho dominicano es un abrazo caliente que se toma con cuchara. El locrio es fiesta en arroz. Los víveres son identidad. Y ese bacalao con huevo y cebolla que aparece en cualquier mesa tiene la virtud de reconciliar a cualquiera con la vida. Comer en Dominicana es entender que la ternura también se cocina.

Entre los dominicanos que Venezuela adoptó como parientes del alma, Juan Luis Guerra ocupa un territorio aparte, casi sagrado. En Venezuela no es un artista: es un clima emocional. Tiene la alquimia de convertir la poesía en merengue y bachata, y de volver el merengue y la bachata plegarias que se elevan sin pedir permiso. Sus canciones no se oyen: se inhalan, como quien respira un aire que ya conoce.

Cuando suenan “Burbujas de amor” u “Ojalá que llueva café”, el venezolano siente que alguien le canta desde el tuétano del Caribe, desde ese lugar donde la nostalgia y la alegría se abrazan sin pelear. Juan Luis es puente, es bálsamo, es brújula. Y yo, que tuve la fortuna de cruzármelo (porque la vida te muerde pero también te acaricia), puedo decirles que lo suyo no es simplemente escuela; es epifanía.

Si hay algo que une a Venezuela y a Dominicana con devoción casi mística es el béisbol. En ambos países no es deporte: es religión. Se nace con un guante imaginario en la mano. El estadio es templo, el jonrón es milagro, el pitcher es sacerdote y el narrador es profeta. Cuando un dominicano y un venezolano hablan de pelota, no conversan: comulgan.

Los dominicanos que llegaron a Venezuela trajeron todo eso: ritmos, sabores, creencias, picardías, maneras de querer y de sobrevivir. Trajeron la filosofía del fogón donde cocinar es querer y querer es servir en plato hondo. El mangú se instaló sin pedir permiso. El sancocho dominicano se entendió de inmediato con el venezolano, porque ambos son caldos que abrazan. Y entre víveres, risas y cucharones, se tejió una hermandad que no necesitó papeles.

También trajeron figuras que Venezuela abrazó como familia: Johnny Ventura, terremoto alegre; Wilfrido Vargas, que convirtió al país entero en laboratorio de merengue; Fernando Villalona, “El Mayimbe”, que hacía suspirar a medio país; Chichí Peralta, alquimista del ritmo; Romeo Santos, bachatero universal. Todos ellos se volvieron parte del paisaje emocional venezolano.

Pero hay un dominicano muy especial para todos en Venezuela. Billo Frómeta fue ese dominicano que Venezuela no sólo quiso: lo convirtió en latido propio. Llegó con su elegancia de director eterno y una ternura escondida entre trompetas, y nos miró como quien reconoce un amor antiguo. Y nosotros, al sentirlo, lo adoptamos sin trámite.

Billo no vino a dirigir orquestas: vino a bordarnos la alegría. Nos escribió en todas las claves, nos afinó las nostalgias, nos celebró con cada compás. Por eso lo adoramos: porque él nos amó primero, con esa devoción musical que sólo tienen los que entienden que un país también se abraza con melodías.

Los dominicanos trajeron su modo de hablar que derrite tensiones, ese “ven acá” que es caricia, ese “ta’ to’” que es filosofía caribeña. El dominicano habla como quien te acomoda el alma. Y esa cadencia se nos pegó y  amplió nuestro repertorio afectivo. Porque entre ellos y nosotros no hay distancia: hay espejo.

En esos nueve meses y once días yo lo vi clarito. No estaba varada: estaba en casa con otro nombre. Dominicana me recibió como quien abre la puerta sin preguntar nada, sólo diciendo “pasa, siéntate, ¿ya comiste?”. Y yo, que sé reconocer la ternura cuando se disfraza de cotidianidad, entendí que estaba entre primos: primos que crecieron en casas distintas pero con la misma abuela, esa que cocina con exageración, que habla cantando, que se ríe hasta cuando regaña, que cree que la vida es dura pero no por eso hay que dejar de bailar.

Los dominicanos que llegaron a Venezuela entraron como quien llega a una casa desconocida con la intuición certera de que allí lo van a recibir con café recién colado. Vinieron con ese tumbao caribeño que ya trae la música puesta por dentro. Y Venezuela, en esos años de barriga llena y petróleo a borbotones, abrió la puerta sin fisgonear por la mirilla.

Se regaron por las ciudades como quien siembra sin mapa: unos se treparon a los andamios, otros a las bodegas, otros a las cocinas. En las costas se mezclaron con los pescadores como si hubieran nacido oliendo ese mismo salitre. En las ciudades petroleras se metieron en el engranaje diario sin aspavientos. Las mujeres dominicanas, con esa mezcla de firmeza y dulzura, se hicieron un lugar en casas que terminaron sintiendo propias. Y tienen manos mágicas para la costura y el bordado.

Y así, con poco ruido pero haciendo vida, los dominicanos se volvieron parte del paisaje venezolano. No como visitantes, sino como esos parientes que un día llegan y, al siguiente ya están sentados en la mesa opinando sobre el béisbol, preguntando si queda más arroz y canturreando mientras te ayudan a recoger la mesa. Entre nuestras costas el mar no separa: hace puente. Y ellos cruzaron ese puente con la naturalidad de quien sabe que al otro lado también hay sol, música y gente que entiende el idioma del Caribe sin necesidad de diccionario.

Ah, y tengo un sobrino dominicano que es un caramelo hecho persona. Él y mi sobrina, venezolana, me han dado el gusto de ser tía abuela de dos preciosos niños que son venezolanos y dominicanos.

Soledadmorillobelloso@gmail.com

[Col}> Vivir es desear / Soledad Morillo Belloso

06-04-2026

Soledad Morillo Belloso

Vivir es desear

Cuando dejamos de desear, algo en el aire cambia de textura. No hace ruido ni avisa: simplemente se va. Y uno sigue caminando, pero con un temblor sutil que no sabe explicar. El deseo es la respiración profunda del alma, la corriente que mueve la sangre y empuja a abrir puertas, a imaginar rutas, a creer que todavía hay un mañana que vale la pena. Sin deseo, la vida se vuelve un cuarto sin ventanas.

Buscar es la consecuencia natural de desear. El que desea no se queda quieto: aunque no dé un paso, por dentro se le mueven los mapas. Revisa posibilidades, inventa caminos, se tropieza, se levanta, insiste. La búsqueda es la manera que tiene el deseo de mantenerse vivo, de recordarnos que aún hay algo —aunque no sepamos qué— que nos llama desde adelante.

Pero la vida, que es muy sabia, sabe también cuándo detenernos. Después de un golpe fuerte, nos sumerge en un estado casi catatónico. No es derrota: es protección. Nos baja la persiana para que no sigamos sangrando por dentro. En ese silencio suspendido, el cuerpo y el alma se recogen, se curan, se reacomodan. Uno no piensa, no decide, no proyecta. Apenas respira. Y esa mínima respiración basta para que la vida haga su trabajo: suturar lo invisible, limpiar el exceso de dolor, evitar que la herida se infecte.

Y cuando la vida —no uno, nunca uno— determina que el cuerpo ya puede sostenerse sin temblar y que el espíritu tiene otra vez un hilo de luz, entonces nos despierta. No de golpe, sino como quien abre una ventana al amanecer. Entra un poco de claridad, un olor a mundo, una invitación suave a volver.

Ese despertar no es un regreso al punto de partida. Es un renacer. Es la vida diciendo: “Ya puedes. No del todo, pero puedes”. Y uno, todavía con las costuras frescas, vuelve a moverse, vuelve a sentir, vuelve a buscar.

Por eso creo que cuando dejamos de desear empezamos a deshabitar nuestra propia vida. Y cuando dejamos de buscar, nos morimos un poco, aunque sigamos vivos. Porque vivir es eso: mantener encendida la pequeña hoguera que nos empuja a seguir andando, incluso después del golpe, incluso desde la herida, incluso sin saber a dónde vamos. Vivir es desear. Y desear es volver a levantarse.

Porque al final, todo se reduce a eso: volver a desear. Ese instante mínimo en que algo dentro de uno se enciende otra vez, aunque sea una chispa tímida, es el verdadero regreso. Desear es la señal de que el alma salió de cuidados intensivos. Es el primer movimiento del renacer. Y cuando el deseo despierta, inevitablemente vuelve la búsqueda. Y al volver la búsqueda, vuelve la vida. No la vida automática, la de respirar por inercia, sino la otra, la que vibra, la que empuja, la que sueña. Volver a desear es volver a buscar. Y volver a buscar es, sencillamente, volver a vivir. Y eso, por cierto, no lo decide uno. Lo decide la vida. Y lo hace sin pedir permiso ni disculpas.

Soledadmorillobelloso@gmail.com

[Col}> Lo que nos trajeron los uruguayos / Soledad Morillo Belloso

08-04-2026

Soledad Morillo Belloso

Lo que nos trajeron los uruguayos

A Venezuela no llegaron multitudes de uruguayos. No podían: Uruguay es un país con pocos millones de nacionales y muchos millones de cabezas de ganado que cabe en un abrazo, y si uno se descuida, en un termo de mate. Pero los pocos que vinieron lo hicieron como llegan las cosas buenas: sin alharaca, sin comité de bienvenida, sin necesidad de anunciarse. Vinieron porque aquí había luz cuando allá había sombras, porque Venezuela era un faro encendido en el Norte del  Sur, y porque este país tiene una trampa  que nadie ve venir: el “nosotros” venezolano.

Ese “nosotros” que no es pronombre sino abrazo, que no es plural sino invitación. Aquí se entra diciendo “yo” y al rato se dice “nosotros” sin darse cuenta, como quien se contagia de una risa ajena.

Los uruguayos entendieron eso rapidito. Apenas pisaron Maiquetía descubrieron que aquí la gente te adopta sin pedir papeles, que el cafecito es un acto diplomático y que la identidad venezolana es como la arepa: se mezcla con todo y nunca pierde su esencia. Y ellos, con su calma de rambla y su nostalgia bien educada, se dejaron mezclar.

Y entonces está ese lugar. Ese pequeño club uruguayo en Los Chorros que no era club ni era exclusivo ni era solemnidad. Era más bien un milagrito arquitectónico, un refugio de madera y afecto donde Montevideo se asomaba a Caracas sin pedir permiso.

Uno entraba y sentía que había cruzado una frontera invisible: de la avenida caraqueña al airecito fresco de la rambla en diez pasos. Olía a café, a conversación lenta, a madera que ha escuchado historias. Sonaba Zitarrosa bajito, como si estuviera sentado en la mesa de al lado, opinando sin levantar la voz.

Había fotos de la rambla, banderitas discretas, un mapa del Uruguay que parecía dibujado con cariño y no con tinta. Y siempre, siempre, había un uruguayo dispuesto a explicarte por qué el mate no es bebida sino ceremonia, por qué el candombe no se baila sino que se camina, y por qué ellos hablan bajito pero sienten fuerte.

Ese lugar era y es, porque existe, una joya. Una joya sin vitrinas. Un puente entre dos orillas que no se parecen pero se entienden. Un sitio donde uno entraba caraqueño y salía un poquito oriental, y ellos entraban orientales y salían un poquito caraqueños. Un intercambio silencioso, cotidiano, que vale más que cualquier tratado cultural.

Los uruguayos trajeron música que no compite con el ruido: lo transforma. El candombe, que es tambor con memoria africana, ritmo que avanza como procesión laica. La murga, que es carnaval con conciencia, coro callejero que canta verdades disfrazadas de chiste.

El tango, que en Uruguay tiene un dejo más íntimo, menos dramático, más filosófico. Zitarrosa, que no canta: sentencia. Jaime Roos, que logró que la nostalgia sonara a fiesta de vecinos. Eduardo Mateo, ese duende que mezcló psicodelia con tambor y quedó más uruguayo que nunca.

Y ahora, en estos tiempos de playlists infinitas, también nos llegan los nuevos: No Te Va Gustar, con su rock para carreteras largas; La Vela Puerca, que tiene la energía de una murga con guitarra eléctrica; El Cuarteto de Nos, que hace filosofía con humor ácido; Drexler, que convirtió la suavidad en ciencia exacta; Niña Lobo, con su indie íntimo; Socio, que mezcla electrónica con melancolía; Eté & Los Problems, que suenan a madrugada en Montevideo; Florencia Núñez, que canta como si bordara luz. Todos ellos podrían sonar en ese clubcito de Los Chorros sin desentonar ni un poquito.

La música uruguaya —la de antes y la de ahora— nos enseña que la melancolía no es tristeza, es profundidad. Que se puede cantar bajito y aun así decirlo todo. Que el ritmo no siempre es velocidad: a veces es respiración.

También trajeron literatura que piensa con el corazón y siente con la cabeza. Y entonces, inevitablemente, aparece Benedetti, que no vino pero vino, porque Benedetti es de esos escritores que emigran sin pasaporte. Benedetti llegó a Venezuela en maletas ajenas, en mochilas de estudiantes, en bolsillos de profesores, en bibliotecas de esquina con libros usados. Llegó como llegan los amigos verdaderos: sin anunciarse, pero justo a tiempo.

Benedetti fue, para muchos venezolanos, yo incluida, el primer uruguayo que conocieron. Y vaya embajador. Él convirtió la ternura en herramienta política, la cotidianidad en épica, la oficina en campo de batalla emocional. Tenía esa capacidad rara de escribir como si estuviera conversando contigo en una mesa de café, pero al mismo tiempo decir cosas que te dejaban pensando tres días.

Benedetti no necesitaba gritar para conmover; apenas levantaba la ceja y ya uno estaba llorando. O riéndose. O enamorándose. O todo junto, que es lo más benedettiano que existe.

Su literatura tiene esa mezcla de sencillez y profundidad que parece fácil hasta que uno intenta imitarla y descubre que es como querer bailar candombe sin haber nacido en Montevideo: se puede, pero no sale igual. Benedetti escribió sobre el amor sin cursilería, sobre la política sin dogma, sobre la tristeza sin dramatismo. Y escribió sobre la esperanza como quien cuida una vela en medio del viento. Por eso caló tanto aquí: porque Venezuela siempre ha sido un país que vive entre la risa y la intemperie, entre la fiesta y la incertidumbre. Benedetti entendía eso sin haber vivido aquí. Y los venezolanos lo entendieron a él sin haber pisado nunca la rambla.

Y luego está Onetti, que es otro cantar. Onetti no llegó a Venezuela en mochilas de estudiantes sino en manos de lectores tercos, de esos que buscan literatura como quien busca fósforos en un apagón. Onetti es la penumbra, la lucidez amarga, la belleza que no se maquilla. Es el escritor que te dice la verdad sin anestesia, pero con una prosa tan perfecta que uno agradece el golpe. Onetti no seduce: hipnotiza. No consuela: acompaña. No ilumina: revela. Y eso, en un país como Venezuela, donde la realidad a veces parece escrita por un guionista con exceso de imaginación, cayó como un espejo necesario. Onetti enseñó que la desesperanza también puede ser estética, que la derrota puede tener dignidad, que la lucidez no es enemiga del afecto. Y muchos venezolanos lo leyeron como quien encuentra un hermano mayor que no sonríe mucho, pero siempre dice la verdad.

Y Galeano, ay Galeano, ese sí llegó como tormenta eléctrica. Galeano fue el que nos recordó que la historia no es un libro sino un cuerpo vivo. Que la memoria no es archivo sino respiración. Galeano escribía como quien sopla brasas para que no se apague el fuego. Tenía esa manera de convertir lo político en poético sin perder ni un gramo de rigor.

En Venezuela, donde la historia siempre está en ebullición, Galeano cayó como agua fresca. Sus palabras se volvieron brújula, consuelo, advertencia, abrazo. Galeano tenía la habilidad de hablarle al continente entero como si le hablara a una sola persona. Y eso, aquí, se sintió como un acto de intimidad continental. Y era respetado, aunque a veces dijera incoherencias irrespetuosas que se le perdonaban.

Los uruguayos trajeron, además, su forma de ser. Esa calma que no es lentitud, sino profundidad. Ese humor que intenta no herir. Esa cortesía antigua, esa elegancia sin pretensión. Son gente que escucha antes de hablar, que piensa antes de opinar, que no necesita gritar para hacerse entender. Gente de mate y conversación. Gente que convive con la nostalgia sin volverse triste. Personas que saben estar.

Muchos, con el tiempo, se fueron. Regresaron a su país cuando su país volvió a ser país. Cuando la democracia dejó de ser un anhelo y volvió a ser un hábito. Y hoy Uruguay es uno de los países más exitosos del subcontinente, pero sin que los uruguayos se hayan extraviado en la tentadora pedantería del éxito. Siguen siendo ellos: discretos, profundos, irónicos, humildes. El éxito no los mareó; apenas les despeinó un poco la pollina.

Hay uruguayos que todavía no nos agarran el pulso, aunque hayan venido mil veces. Y se entiende. Desde ese sur de mate humeante y cielos pensativos no es sencillo descifrar esta alma nuestra que vive en modo tambor, que respira en clave de sol, que se desborda como si el Caribe fuera un estado de ánimo más que un mar. Y no entienden que aquí el verbo amar se conjuga diferente.

Pero los que aquí vivieron jamás olvidaron a Venezuela. No podían. No pueden. Este país se les metió en la piel como se mete el sol del trópico: sin pedir permiso. Se llevaron el acento, la música, la comida, la risa. Se llevaron el “pana”, el “vale”, el “mi amor”. Se llevaron el “nosotros”. Y desde allá, desde su país que volvió a ser país, siguen recordando a este país que todavía está buscando volver a serlo.

¿Qué nos trajeron, entonces? Una música que camina. Una literatura que piensa. Una nostalgia que acompaña. Una ética de la conversación. Una ternura sin cursilería. Una calma que no es pasividad, sino profundidad. Y sobre todo, la certeza de que el “nosotros” venezolano también podía ser de ellos. Porque aquí nadie pregunta “¿de dónde vienes?”, sino “¿te provoca un cafecito?”. Y ellos respondieron con mate, con murga, con tango, con poesía, con libros, con amistad. Y así, sin ruido, sin aspavientos, se quedaron para siempre en nuestro “nosotros”. Y allí, en el clubcito de Los Chorros, todavía hay historias escondidas en las paredes.

Soledadmorillobelloso@gmail.com

[Col}> Lo que nos trajeron los japoneses / Soledad Morillo Belloso

28-03-2026

Soledad Morillo Belloso

Lo que nos trajeron los japoneses

Los japoneses llegaron a Venezuela como quien entra a una casa donde no conoce a nadie, pero entra despacito, se limpia los pies, sonríe apenas, hace una leve reverencia… y saca de la bolsa un regalo tan bonito, tan útil y tan bien envuelto, que uno termina diciendo, sin darse cuenta:

—Mira, chico… ¿y tú no te quieres quedar a vivir aquí?

No llegaron haciendo ruido. No tumbaron la puerta. No gritaron “¡buenas!”.

Llegaron con una forma particular de estar. Con una quietud que no era frialdad. Con una suavidad que no era timidez. Llegaron con ojos atentos, ojos negros, profundos, tranquilos, que miraban sin invadir. Ojos que observaban como quien escucha. Ojos que no apuraban, que no juzgaban, que no empujaban. Ojos que parecían decir: estoy aquí, tómate tu tiempo. Y uno, acostumbrado al exceso, se sentía visto sin sentirse examinado.

Llegaron con apellidos que parecían poemas breves y exactos: Nakamura, Tanaka, Murakami, Kobayashi, Suzuki, Matsumoto, Yamamoto. Y también llegó ese apellido glorioso: Yonekura, que sonaba a samurái extraviado que un día dijo:

—Bueno… aquí hay sol, café, risas y alguien siempre te ofrece algo de comer. Me quedo.

Y se quedaron.

Una de las primeras cosas que aprendimos fue el lenguaje de los gestos. Gestos pequeños, precisos, pensados. No señalaban con el dedo como quien acusa; señalaban con la mano abierta, suave, como diciendo “por aquí, si no es molestia”. No entregaban las cosas lanzándolas; las ofrecían con las dos manos, como si cada objeto tuviera dignidad. No interrumpían; esperaban. Y esa espera no era pasividad: era respeto.

Y la reverencia… ay, la reverencia. Aquí saludamos con abrazo, beso, palmada y “¿qué más, mi pana?”. Ellos saludan inclinando apenas la cabeza, como si el cuerpo hiciera un paréntesis de cortesía. Una inclinación mínima que te dejaba desarmado y, curiosamente, mejor persona.

Decían hai para decir sí. Decían arigatō como quien entrega una flor. Decían sumimasen, esa palabra que es disculpa, permiso y cuidado al mismo tiempo, y uno sentía que el mundo se ordenaba un poquito.

Y con ellos llegaron los negocios japoneses en Venezuela, que no eran negocios: eran experiencias morales. Tiendas donde uno entraba “rapidito” a comprar un tornillo y salía una hora después con un ventilador, un rallador de cosas que uno nunca había rallado, un cuaderno perfecto, un juego de té delicadísimo, una linterna, un despertador, una calculadora, un radio y un aparato misterioso que nadie sabía para qué servía, pero uno compraba igual porque el japonés lo había puesto ahí con tanta seriedad que debía ser importante.

Tiendas tan ordenadas que a uno le daba culpa respirar fuerte. Tiendas donde todo estaba alineado con una precisión casi moral. Tiendas donde uno sentía que si movía algo un centímetro, el universo se desbalanceaba. Y detrás del mostrador estaba él: un Yonekura, o un Tanaka, o un Suzuki. Quieto. Recto. Con una sonrisa mínima. Con los brazos relajados. Con una inclinación de cabeza tan pequeña que parecía un secreto compartido.

—Buenos días —decía. Y no era un saludo. Era un gesto de paz.

Y uno salía con una bolsa en la mano y una sensación rara en el pecho, como de haber sido tratado con respeto aunque solo hubiera comprado una linterna.

Y entonces apareció Hitachi, de la mano de los Mayorca. Hitachi no era una marca. Hitachi era familia. Ese televisor que duraba veinte años. Ese televisor que vio telenovelas, noticieros, béisbol, apagones, elecciones, retornos de luz… y todavía prendía como si nada. Ese aire acondicionado que sobrevivía a apagones eternos, tormentas, mudanzas y sobrinos curiosos. Ese ventilador que pasaba de casa en casa como herencia emocional. Ese radio que seguía funcionando, aunque lo hubieras dejado caer tres veces “sin querer”.

En Venezuela, decir “compré un Hitachi” era como decir:  —Esta relación va en serio.

Pero los japoneses no sólo nos trajeron electrodomésticos inmortales. Nos trajeron vehículos con alma. Los Toyota 4×4 que suben cerros como cabras montesas con doctorado en resistencia. Los Mitsubishi que cruzan ríos como si fueran anfibios certificados. Los Nissan que arrancan aunque les cambien el aceite cada eclipse. Las Honda que han llevado a medio país al trabajo, a la playa, al mercado, al hospital… y al amor. Las Yamaha que rugen como si tuvieran espíritu propio. Las Suzuki que parecen decirte, bajito: “tranquilo, yo puedo con esto”.

Un Toyota en Venezuela no es un carro: es un animal mitológico. Una moto Honda es un caballo moderno. Una Yamaha es una declaración de independencia. Y un Nissan Sentra es el equivalente automotriz de un perro fiel: no se queja, no te deja mal y siempre arranca.

Y luego llegó la comida japonesa. Primero tímida. Ceremoniosa. Pidiendo permiso. A principios de los años 80, en Caracas había dos restaurantes japoneses. Dos. No tres. No “unos cuantos”. Dos.

Uno sí lo recuerdo bien: el Ávila Tei, en El Rosal. Ir ahí era ponerse serio. Bajabas la voz. Te sentabas derecho. Mirabas el menú como quien descifra un manuscrito antiguo. El otro quedaba por La Carlota. Y hasta ahí llega la memoria. No me acuerdo cómo se llamaba. No sé si tenía nombre. Puede que sí. Puede que no. Puede que fuera simplemente “el japonés de La Carlota”. Y eso también es muy japonés: existir sin hacer ruido.

En esa época, ir a un japonés no era “vamos a comer”. Era una aventura cultural. Uno iba porque alguien “sabía”. Porque un primo “había probado algo crudo y no se murió”.

El sushi nos enseñó que el pescado no siempre necesita aceite hirviendo para ser feliz. El sashimi nos pidió un acto de fe. El ramen nos abrazó con su caldo profundo, sus fideos largos, su huevo perfecto, como una sopa con doctorado. La tempura nos recordó que la fritura también puede ser elegante. El yakimeshi se volvió primo del arroz chino, pero más discreto. El miso nos enseñó el umami, aunque no sepamos explicarlo. El matcha nos avisó que no todo lo verde es aguacate. El wasabe nos demostró que algo puede ser lindo y picar en serio. Y el sake llegó suavecito, calentando el pecho sin pelear, poniéndonos filosóficos sin permiso.

Hoy hay sushi por todas partes. Hay sushi con delivery. Hoy uno puede estar en pijama, con un ventilador japonés prendido, viendo una serie en un televisor japonés, y pedir sushi desde el teléfono. Sushi que llega en moto. Sushi democrático. Sushi que convive con la empanada sin pelear.

Y entre las cosas pequeñas llegaron los relojes japoneses: Casio, Seiko, Citizen. Un nombre me viene a la memoria: Seijiro Yazawa Iwai. Relojes que no se atrasaban. No se quejaban. No fallaban. Relojes que parecían medir no solo el tiempo, sino la paciencia.

Pero lo más profundo que trajeron no fue material. Nos trajeron una forma de estar. Una cortesía que no invade. Que no atropella. Que no exige. Una cortesía que se inclina apenas, que baja la mirada para elevar al otro. Aprendimos —tarde, pero bien— que inclinar la cabeza no es sumisión: es reconocimiento.

Y fue esa filosofía la que un día me tocó de frente, en un evento cultural, en un concierto en el Teatro Teresa Carreño. El Teresa Carreño impone. Te endereza la espalda, aunque no quieras. La gente hablaba bajito. Las luces eran suaves. El ambiente era de respeto compartido. No era sólo música: era encuentro.

Para esos tiempos, yo estaba en la junta de la Fundación Amigos del Teresa Carreño, uno de los trabajos más lindos que me ha tocado en suerte tener. Y estrenábamos el nuevo piano, que había sido posible gracias a una campaña extraordinariamente exitosa: “Un piano para Teresa”. Mi amigo Arturo  Casado, por seguro, la recordará con tanta pasión como yo.

Era una noche hermosa y plácida. Y en el foyer, justo antes del llamado a entrar, ahí estaba él: el embajador de Japón en Caracas. Se acercó y me saludó, con una levísima inclinación. No ocupaba espacio innecesario. Su presencia era precisión. Su cuerpo parecía educado. Escuchaba con ojos tranquilos, profundos, atentos. Asentía apenas. Dejaba pausas. Pausas que no incomodan: ordenan.

Después del concierto, nos encontramos de nuevo para el brindis. Hubo un silencio breve. Un silencio japonés. Y entonces dijo:

—Usted es un bonsái.

Así. Sin adornos. Y entendí. No me estaba diciendo pequeña. Me estaba diciendo esencial. Que el bonsái no es pequeño porque no pudo crecer. Es pequeño porque alguien lo imaginó así. Porque alguien lo cuidó. Porque alguien lo podó con paciencia. Porque alguien supo cuándo tocar… y cuándo dejar en paz.

Un halago japonés. Silencioso. Exacto. Y todo encajó.

El bonsái es un árbol diminuto con un universo adentro. La kokedama es un planeta verde suspendido. Ambos nos enseñaron que la paciencia es arquitectura y que el silencio también cultiva. Y entre todo eso, nos regalaron los haikus: poemas mínimos que dicen más con tres líneas que otros con cien.

Los japoneses nos trajeron disciplina… y nosotros le pusimos humor. Nos trajeron silencio… y nosotros le agregamos brisa y carcajada. Nos trajeron precisión… y nosotros improvisación tropical.

Y de esa mezcla salió algo único: un haiku que baila tambor, una kokedama que huele a mar, un Toyota cruzando ríos, un Hitachi que dura más que un matrimonio, un sushi con empanada, un arigatō flotando en el aire, y un Yonekura tan venezolano como un Salazar.

Los japoneses no vinieron a cambiarnos. Pero igual nos cambiaron. Y nosotros, agradecidos, los adoptamos.

Porque así es Venezuela: un país que se deja querer… y cuando quiere, quiere con todo.

Soledadmorillobelloso@gmail.com

[Col}> Una decisión con la que se pueda vivir / Soledad Morillo Belloso

18-03-2026

Soledad Morillo Belloso

Una decisión con la que se pueda vivir

Al final, decidir bien no tiene nada de épico. No hay fanfarrias, ni medallas, ni selfies frente al atardecer con frase motivacional incluida. Es, más bien, un acuerdo privado con el espejo: elegir no lo más brillante ni lo más cómodo, sino aquello que no te deja la sensación de haber empeñado la serenidad a cambio de una ganga emocional. Es la decisión que no necesita coartadas, ni monólogos grandilocuentes, ni explicaciones apresuradas a las tres de la mañana. Es la que puedes cargar sin ibuprofeno ético ni remordimientos de resaca.

Y claro, en este punto aparece la ética. Esa señora impertinente a la que muchos tratan como si fuera un florero: bonita, prescindible y fácil de esconder cuando estorba. Hay quienes no la tienen, y hay quienes la tienen pero la guardan bajo llave, como si fuera un interruptor que se apaga cuando incomoda. Pobres criaturas. Creen que se están saliendo con la suya, sin notar que la factura llega igual. No siempre en forma de castigo externo —qué va—, sino como un desgaste interno, una erosión silenciosa que no se ve en la piel pero sí en los ojos. Y quienes la arrinconan descubren, tarde o temprano, que la ética es como cualquier músculo: si no se usa, se atrofia. Y luego no levanta ni una bolsa de supermercado.

Decidir, además, es un deporte de alto riesgo. Uno va por la vida creyéndose estratega cuando, en realidad, avanza a tientas, como quien busca el interruptor a oscuras y termina palpando todo menos la luz. Aun así, hay decisiones torcidas que no te parten en dos. Te despeinan, sí; te sacan alguna cana, también. Pero no te arrancan la dignidad de cuajo. Son esas que, al recordarlas, no te hacen fruncir el ceño, sino soltar una risita cansada: “Bueno… nadie salió ileso, pero tampoco hubo cadáveres”. Con esas decisiones, curiosamente, se puede vivir.

Una decisión con la que se puede vivir es la que no te obliga a exiliarte de ti mismo. La que no te convierte en actor de relleno de tu propia película. La que no deja ese regusto amargo de haber vendido el alma por un aplauso tibio o por evitar una conversación incómoda. Puede tener aristas, claro, y dejar algunos raspones y moretones. Pero no te araña la conciencia. Y si deja cicatriz, al menos es una que puedes mirar sin bajar la vista, como quien observa una marca de guerra y piensa: “Uf… dolió, pero aquí sigo”.

Porque, aunque algunos insistan en lo contrario, la ética no es un lujo ni un capricho de almas sensibleras. Es la única brújula que no se vende, no se alquila y no acepta rebajas de temporada. Decidir desde ahí —desde ese lugar que no negocia consigo mismo— no garantiza perfección, pero ofrece algo mucho más raro y valioso: la tranquilidad de no haberte abandonado, de no haber traicionado la confianza ajena ni la propia.

Eso es ser decente. Y sí, ya sé que no está de moda, que no es “fashion”. Que algunos piensan que ser decente es de bolsas, del moño a la zapatilla. Que el mundo anda lleno de ruido, atajos y gente que confunde astucia con inteligencia. Pero precisamente por eso no hay que claudicar ni normalizar lo inaceptable. Hay que aprender a decir no.

Y, sobre todo, a reconocer cuándo un sí tiene un precio que no hay forma humana —ni moral— de pagar.