[Col}> Vivir es desear / Soledad Morillo Belloso

06-04-2026

Soledad Morillo Belloso

Vivir es desear

Cuando dejamos de desear, algo en el aire cambia de textura. No hace ruido ni avisa: simplemente se va. Y uno sigue caminando, pero con un temblor sutil que no sabe explicar. El deseo es la respiración profunda del alma, la corriente que mueve la sangre y empuja a abrir puertas, a imaginar rutas, a creer que todavía hay un mañana que vale la pena. Sin deseo, la vida se vuelve un cuarto sin ventanas.

Buscar es la consecuencia natural de desear. El que desea no se queda quieto: aunque no dé un paso, por dentro se le mueven los mapas. Revisa posibilidades, inventa caminos, se tropieza, se levanta, insiste. La búsqueda es la manera que tiene el deseo de mantenerse vivo, de recordarnos que aún hay algo —aunque no sepamos qué— que nos llama desde adelante.

Pero la vida, que es muy sabia, sabe también cuándo detenernos. Después de un golpe fuerte, nos sumerge en un estado casi catatónico. No es derrota: es protección. Nos baja la persiana para que no sigamos sangrando por dentro. En ese silencio suspendido, el cuerpo y el alma se recogen, se curan, se reacomodan. Uno no piensa, no decide, no proyecta. Apenas respira. Y esa mínima respiración basta para que la vida haga su trabajo: suturar lo invisible, limpiar el exceso de dolor, evitar que la herida se infecte.

Y cuando la vida —no uno, nunca uno— determina que el cuerpo ya puede sostenerse sin temblar y que el espíritu tiene otra vez un hilo de luz, entonces nos despierta. No de golpe, sino como quien abre una ventana al amanecer. Entra un poco de claridad, un olor a mundo, una invitación suave a volver.

Ese despertar no es un regreso al punto de partida. Es un renacer. Es la vida diciendo: “Ya puedes. No del todo, pero puedes”. Y uno, todavía con las costuras frescas, vuelve a moverse, vuelve a sentir, vuelve a buscar.

Por eso creo que cuando dejamos de desear empezamos a deshabitar nuestra propia vida. Y cuando dejamos de buscar, nos morimos un poco, aunque sigamos vivos. Porque vivir es eso: mantener encendida la pequeña hoguera que nos empuja a seguir andando, incluso después del golpe, incluso desde la herida, incluso sin saber a dónde vamos. Vivir es desear. Y desear es volver a levantarse.

Porque al final, todo se reduce a eso: volver a desear. Ese instante mínimo en que algo dentro de uno se enciende otra vez, aunque sea una chispa tímida, es el verdadero regreso. Desear es la señal de que el alma salió de cuidados intensivos. Es el primer movimiento del renacer. Y cuando el deseo despierta, inevitablemente vuelve la búsqueda. Y al volver la búsqueda, vuelve la vida. No la vida automática, la de respirar por inercia, sino la otra, la que vibra, la que empuja, la que sueña. Volver a desear es volver a buscar. Y volver a buscar es, sencillamente, volver a vivir. Y eso, por cierto, no lo decide uno. Lo decide la vida. Y lo hace sin pedir permiso ni disculpas.

Soledadmorillobelloso@gmail.com

[Col}> Lo que nos trajeron los uruguayos / Soledad Morillo Belloso

08-04-2026

Soledad Morillo Belloso

Lo que nos trajeron los uruguayos

A Venezuela no llegaron multitudes de uruguayos. No podían: Uruguay es un país con pocos millones de nacionales y muchos millones de cabezas de ganado que cabe en un abrazo, y si uno se descuida, en un termo de mate. Pero los pocos que vinieron lo hicieron como llegan las cosas buenas: sin alharaca, sin comité de bienvenida, sin necesidad de anunciarse. Vinieron porque aquí había luz cuando allá había sombras, porque Venezuela era un faro encendido en el Norte del  Sur, y porque este país tiene una trampa  que nadie ve venir: el “nosotros” venezolano.

Ese “nosotros” que no es pronombre sino abrazo, que no es plural sino invitación. Aquí se entra diciendo “yo” y al rato se dice “nosotros” sin darse cuenta, como quien se contagia de una risa ajena.

Los uruguayos entendieron eso rapidito. Apenas pisaron Maiquetía descubrieron que aquí la gente te adopta sin pedir papeles, que el cafecito es un acto diplomático y que la identidad venezolana es como la arepa: se mezcla con todo y nunca pierde su esencia. Y ellos, con su calma de rambla y su nostalgia bien educada, se dejaron mezclar.

Y entonces está ese lugar. Ese pequeño club uruguayo en Los Chorros que no era club ni era exclusivo ni era solemnidad. Era más bien un milagrito arquitectónico, un refugio de madera y afecto donde Montevideo se asomaba a Caracas sin pedir permiso.

Uno entraba y sentía que había cruzado una frontera invisible: de la avenida caraqueña al airecito fresco de la rambla en diez pasos. Olía a café, a conversación lenta, a madera que ha escuchado historias. Sonaba Zitarrosa bajito, como si estuviera sentado en la mesa de al lado, opinando sin levantar la voz.

Había fotos de la rambla, banderitas discretas, un mapa del Uruguay que parecía dibujado con cariño y no con tinta. Y siempre, siempre, había un uruguayo dispuesto a explicarte por qué el mate no es bebida sino ceremonia, por qué el candombe no se baila sino que se camina, y por qué ellos hablan bajito pero sienten fuerte.

Ese lugar era y es, porque existe, una joya. Una joya sin vitrinas. Un puente entre dos orillas que no se parecen pero se entienden. Un sitio donde uno entraba caraqueño y salía un poquito oriental, y ellos entraban orientales y salían un poquito caraqueños. Un intercambio silencioso, cotidiano, que vale más que cualquier tratado cultural.

Los uruguayos trajeron música que no compite con el ruido: lo transforma. El candombe, que es tambor con memoria africana, ritmo que avanza como procesión laica. La murga, que es carnaval con conciencia, coro callejero que canta verdades disfrazadas de chiste.

El tango, que en Uruguay tiene un dejo más íntimo, menos dramático, más filosófico. Zitarrosa, que no canta: sentencia. Jaime Roos, que logró que la nostalgia sonara a fiesta de vecinos. Eduardo Mateo, ese duende que mezcló psicodelia con tambor y quedó más uruguayo que nunca.

Y ahora, en estos tiempos de playlists infinitas, también nos llegan los nuevos: No Te Va Gustar, con su rock para carreteras largas; La Vela Puerca, que tiene la energía de una murga con guitarra eléctrica; El Cuarteto de Nos, que hace filosofía con humor ácido; Drexler, que convirtió la suavidad en ciencia exacta; Niña Lobo, con su indie íntimo; Socio, que mezcla electrónica con melancolía; Eté & Los Problems, que suenan a madrugada en Montevideo; Florencia Núñez, que canta como si bordara luz. Todos ellos podrían sonar en ese clubcito de Los Chorros sin desentonar ni un poquito.

La música uruguaya —la de antes y la de ahora— nos enseña que la melancolía no es tristeza, es profundidad. Que se puede cantar bajito y aun así decirlo todo. Que el ritmo no siempre es velocidad: a veces es respiración.

También trajeron literatura que piensa con el corazón y siente con la cabeza. Y entonces, inevitablemente, aparece Benedetti, que no vino pero vino, porque Benedetti es de esos escritores que emigran sin pasaporte. Benedetti llegó a Venezuela en maletas ajenas, en mochilas de estudiantes, en bolsillos de profesores, en bibliotecas de esquina con libros usados. Llegó como llegan los amigos verdaderos: sin anunciarse, pero justo a tiempo.

Benedetti fue, para muchos venezolanos, yo incluida, el primer uruguayo que conocieron. Y vaya embajador. Él convirtió la ternura en herramienta política, la cotidianidad en épica, la oficina en campo de batalla emocional. Tenía esa capacidad rara de escribir como si estuviera conversando contigo en una mesa de café, pero al mismo tiempo decir cosas que te dejaban pensando tres días.

Benedetti no necesitaba gritar para conmover; apenas levantaba la ceja y ya uno estaba llorando. O riéndose. O enamorándose. O todo junto, que es lo más benedettiano que existe.

Su literatura tiene esa mezcla de sencillez y profundidad que parece fácil hasta que uno intenta imitarla y descubre que es como querer bailar candombe sin haber nacido en Montevideo: se puede, pero no sale igual. Benedetti escribió sobre el amor sin cursilería, sobre la política sin dogma, sobre la tristeza sin dramatismo. Y escribió sobre la esperanza como quien cuida una vela en medio del viento. Por eso caló tanto aquí: porque Venezuela siempre ha sido un país que vive entre la risa y la intemperie, entre la fiesta y la incertidumbre. Benedetti entendía eso sin haber vivido aquí. Y los venezolanos lo entendieron a él sin haber pisado nunca la rambla.

Y luego está Onetti, que es otro cantar. Onetti no llegó a Venezuela en mochilas de estudiantes sino en manos de lectores tercos, de esos que buscan literatura como quien busca fósforos en un apagón. Onetti es la penumbra, la lucidez amarga, la belleza que no se maquilla. Es el escritor que te dice la verdad sin anestesia, pero con una prosa tan perfecta que uno agradece el golpe. Onetti no seduce: hipnotiza. No consuela: acompaña. No ilumina: revela. Y eso, en un país como Venezuela, donde la realidad a veces parece escrita por un guionista con exceso de imaginación, cayó como un espejo necesario. Onetti enseñó que la desesperanza también puede ser estética, que la derrota puede tener dignidad, que la lucidez no es enemiga del afecto. Y muchos venezolanos lo leyeron como quien encuentra un hermano mayor que no sonríe mucho, pero siempre dice la verdad.

Y Galeano, ay Galeano, ese sí llegó como tormenta eléctrica. Galeano fue el que nos recordó que la historia no es un libro sino un cuerpo vivo. Que la memoria no es archivo sino respiración. Galeano escribía como quien sopla brasas para que no se apague el fuego. Tenía esa manera de convertir lo político en poético sin perder ni un gramo de rigor.

En Venezuela, donde la historia siempre está en ebullición, Galeano cayó como agua fresca. Sus palabras se volvieron brújula, consuelo, advertencia, abrazo. Galeano tenía la habilidad de hablarle al continente entero como si le hablara a una sola persona. Y eso, aquí, se sintió como un acto de intimidad continental. Y era respetado, aunque a veces dijera incoherencias irrespetuosas que se le perdonaban.

Los uruguayos trajeron, además, su forma de ser. Esa calma que no es lentitud, sino profundidad. Ese humor que intenta no herir. Esa cortesía antigua, esa elegancia sin pretensión. Son gente que escucha antes de hablar, que piensa antes de opinar, que no necesita gritar para hacerse entender. Gente de mate y conversación. Gente que convive con la nostalgia sin volverse triste. Personas que saben estar.

Muchos, con el tiempo, se fueron. Regresaron a su país cuando su país volvió a ser país. Cuando la democracia dejó de ser un anhelo y volvió a ser un hábito. Y hoy Uruguay es uno de los países más exitosos del subcontinente, pero sin que los uruguayos se hayan extraviado en la tentadora pedantería del éxito. Siguen siendo ellos: discretos, profundos, irónicos, humildes. El éxito no los mareó; apenas les despeinó un poco la pollina.

Hay uruguayos que todavía no nos agarran el pulso, aunque hayan venido mil veces. Y se entiende. Desde ese sur de mate humeante y cielos pensativos no es sencillo descifrar esta alma nuestra que vive en modo tambor, que respira en clave de sol, que se desborda como si el Caribe fuera un estado de ánimo más que un mar. Y no entienden que aquí el verbo amar se conjuga diferente.

Pero los que aquí vivieron jamás olvidaron a Venezuela. No podían. No pueden. Este país se les metió en la piel como se mete el sol del trópico: sin pedir permiso. Se llevaron el acento, la música, la comida, la risa. Se llevaron el “pana”, el “vale”, el “mi amor”. Se llevaron el “nosotros”. Y desde allá, desde su país que volvió a ser país, siguen recordando a este país que todavía está buscando volver a serlo.

¿Qué nos trajeron, entonces? Una música que camina. Una literatura que piensa. Una nostalgia que acompaña. Una ética de la conversación. Una ternura sin cursilería. Una calma que no es pasividad, sino profundidad. Y sobre todo, la certeza de que el “nosotros” venezolano también podía ser de ellos. Porque aquí nadie pregunta “¿de dónde vienes?”, sino “¿te provoca un cafecito?”. Y ellos respondieron con mate, con murga, con tango, con poesía, con libros, con amistad. Y así, sin ruido, sin aspavientos, se quedaron para siempre en nuestro “nosotros”. Y allí, en el clubcito de Los Chorros, todavía hay historias escondidas en las paredes.

Soledadmorillobelloso@gmail.com

[Col}> Lo que nos trajeron los japoneses / Soledad Morillo Belloso

28-03-2026

Soledad Morillo Belloso

Lo que nos trajeron los japoneses

Los japoneses llegaron a Venezuela como quien entra a una casa donde no conoce a nadie, pero entra despacito, se limpia los pies, sonríe apenas, hace una leve reverencia… y saca de la bolsa un regalo tan bonito, tan útil y tan bien envuelto, que uno termina diciendo, sin darse cuenta:

—Mira, chico… ¿y tú no te quieres quedar a vivir aquí?

No llegaron haciendo ruido. No tumbaron la puerta. No gritaron “¡buenas!”.

Llegaron con una forma particular de estar. Con una quietud que no era frialdad. Con una suavidad que no era timidez. Llegaron con ojos atentos, ojos negros, profundos, tranquilos, que miraban sin invadir. Ojos que observaban como quien escucha. Ojos que no apuraban, que no juzgaban, que no empujaban. Ojos que parecían decir: estoy aquí, tómate tu tiempo. Y uno, acostumbrado al exceso, se sentía visto sin sentirse examinado.

Llegaron con apellidos que parecían poemas breves y exactos: Nakamura, Tanaka, Murakami, Kobayashi, Suzuki, Matsumoto, Yamamoto. Y también llegó ese apellido glorioso: Yonekura, que sonaba a samurái extraviado que un día dijo:

—Bueno… aquí hay sol, café, risas y alguien siempre te ofrece algo de comer. Me quedo.

Y se quedaron.

Una de las primeras cosas que aprendimos fue el lenguaje de los gestos. Gestos pequeños, precisos, pensados. No señalaban con el dedo como quien acusa; señalaban con la mano abierta, suave, como diciendo “por aquí, si no es molestia”. No entregaban las cosas lanzándolas; las ofrecían con las dos manos, como si cada objeto tuviera dignidad. No interrumpían; esperaban. Y esa espera no era pasividad: era respeto.

Y la reverencia… ay, la reverencia. Aquí saludamos con abrazo, beso, palmada y “¿qué más, mi pana?”. Ellos saludan inclinando apenas la cabeza, como si el cuerpo hiciera un paréntesis de cortesía. Una inclinación mínima que te dejaba desarmado y, curiosamente, mejor persona.

Decían hai para decir sí. Decían arigatō como quien entrega una flor. Decían sumimasen, esa palabra que es disculpa, permiso y cuidado al mismo tiempo, y uno sentía que el mundo se ordenaba un poquito.

Y con ellos llegaron los negocios japoneses en Venezuela, que no eran negocios: eran experiencias morales. Tiendas donde uno entraba “rapidito” a comprar un tornillo y salía una hora después con un ventilador, un rallador de cosas que uno nunca había rallado, un cuaderno perfecto, un juego de té delicadísimo, una linterna, un despertador, una calculadora, un radio y un aparato misterioso que nadie sabía para qué servía, pero uno compraba igual porque el japonés lo había puesto ahí con tanta seriedad que debía ser importante.

Tiendas tan ordenadas que a uno le daba culpa respirar fuerte. Tiendas donde todo estaba alineado con una precisión casi moral. Tiendas donde uno sentía que si movía algo un centímetro, el universo se desbalanceaba. Y detrás del mostrador estaba él: un Yonekura, o un Tanaka, o un Suzuki. Quieto. Recto. Con una sonrisa mínima. Con los brazos relajados. Con una inclinación de cabeza tan pequeña que parecía un secreto compartido.

—Buenos días —decía. Y no era un saludo. Era un gesto de paz.

Y uno salía con una bolsa en la mano y una sensación rara en el pecho, como de haber sido tratado con respeto aunque solo hubiera comprado una linterna.

Y entonces apareció Hitachi, de la mano de los Mayorca. Hitachi no era una marca. Hitachi era familia. Ese televisor que duraba veinte años. Ese televisor que vio telenovelas, noticieros, béisbol, apagones, elecciones, retornos de luz… y todavía prendía como si nada. Ese aire acondicionado que sobrevivía a apagones eternos, tormentas, mudanzas y sobrinos curiosos. Ese ventilador que pasaba de casa en casa como herencia emocional. Ese radio que seguía funcionando, aunque lo hubieras dejado caer tres veces “sin querer”.

En Venezuela, decir “compré un Hitachi” era como decir:  —Esta relación va en serio.

Pero los japoneses no sólo nos trajeron electrodomésticos inmortales. Nos trajeron vehículos con alma. Los Toyota 4×4 que suben cerros como cabras montesas con doctorado en resistencia. Los Mitsubishi que cruzan ríos como si fueran anfibios certificados. Los Nissan que arrancan aunque les cambien el aceite cada eclipse. Las Honda que han llevado a medio país al trabajo, a la playa, al mercado, al hospital… y al amor. Las Yamaha que rugen como si tuvieran espíritu propio. Las Suzuki que parecen decirte, bajito: “tranquilo, yo puedo con esto”.

Un Toyota en Venezuela no es un carro: es un animal mitológico. Una moto Honda es un caballo moderno. Una Yamaha es una declaración de independencia. Y un Nissan Sentra es el equivalente automotriz de un perro fiel: no se queja, no te deja mal y siempre arranca.

Y luego llegó la comida japonesa. Primero tímida. Ceremoniosa. Pidiendo permiso. A principios de los años 80, en Caracas había dos restaurantes japoneses. Dos. No tres. No “unos cuantos”. Dos.

Uno sí lo recuerdo bien: el Ávila Tei, en El Rosal. Ir ahí era ponerse serio. Bajabas la voz. Te sentabas derecho. Mirabas el menú como quien descifra un manuscrito antiguo. El otro quedaba por La Carlota. Y hasta ahí llega la memoria. No me acuerdo cómo se llamaba. No sé si tenía nombre. Puede que sí. Puede que no. Puede que fuera simplemente “el japonés de La Carlota”. Y eso también es muy japonés: existir sin hacer ruido.

En esa época, ir a un japonés no era “vamos a comer”. Era una aventura cultural. Uno iba porque alguien “sabía”. Porque un primo “había probado algo crudo y no se murió”.

El sushi nos enseñó que el pescado no siempre necesita aceite hirviendo para ser feliz. El sashimi nos pidió un acto de fe. El ramen nos abrazó con su caldo profundo, sus fideos largos, su huevo perfecto, como una sopa con doctorado. La tempura nos recordó que la fritura también puede ser elegante. El yakimeshi se volvió primo del arroz chino, pero más discreto. El miso nos enseñó el umami, aunque no sepamos explicarlo. El matcha nos avisó que no todo lo verde es aguacate. El wasabe nos demostró que algo puede ser lindo y picar en serio. Y el sake llegó suavecito, calentando el pecho sin pelear, poniéndonos filosóficos sin permiso.

Hoy hay sushi por todas partes. Hay sushi con delivery. Hoy uno puede estar en pijama, con un ventilador japonés prendido, viendo una serie en un televisor japonés, y pedir sushi desde el teléfono. Sushi que llega en moto. Sushi democrático. Sushi que convive con la empanada sin pelear.

Y entre las cosas pequeñas llegaron los relojes japoneses: Casio, Seiko, Citizen. Un nombre me viene a la memoria: Seijiro Yazawa Iwai. Relojes que no se atrasaban. No se quejaban. No fallaban. Relojes que parecían medir no solo el tiempo, sino la paciencia.

Pero lo más profundo que trajeron no fue material. Nos trajeron una forma de estar. Una cortesía que no invade. Que no atropella. Que no exige. Una cortesía que se inclina apenas, que baja la mirada para elevar al otro. Aprendimos —tarde, pero bien— que inclinar la cabeza no es sumisión: es reconocimiento.

Y fue esa filosofía la que un día me tocó de frente, en un evento cultural, en un concierto en el Teatro Teresa Carreño. El Teresa Carreño impone. Te endereza la espalda, aunque no quieras. La gente hablaba bajito. Las luces eran suaves. El ambiente era de respeto compartido. No era sólo música: era encuentro.

Para esos tiempos, yo estaba en la junta de la Fundación Amigos del Teresa Carreño, uno de los trabajos más lindos que me ha tocado en suerte tener. Y estrenábamos el nuevo piano, que había sido posible gracias a una campaña extraordinariamente exitosa: “Un piano para Teresa”. Mi amigo Arturo  Casado, por seguro, la recordará con tanta pasión como yo.

Era una noche hermosa y plácida. Y en el foyer, justo antes del llamado a entrar, ahí estaba él: el embajador de Japón en Caracas. Se acercó y me saludó, con una levísima inclinación. No ocupaba espacio innecesario. Su presencia era precisión. Su cuerpo parecía educado. Escuchaba con ojos tranquilos, profundos, atentos. Asentía apenas. Dejaba pausas. Pausas que no incomodan: ordenan.

Después del concierto, nos encontramos de nuevo para el brindis. Hubo un silencio breve. Un silencio japonés. Y entonces dijo:

—Usted es un bonsái.

Así. Sin adornos. Y entendí. No me estaba diciendo pequeña. Me estaba diciendo esencial. Que el bonsái no es pequeño porque no pudo crecer. Es pequeño porque alguien lo imaginó así. Porque alguien lo cuidó. Porque alguien lo podó con paciencia. Porque alguien supo cuándo tocar… y cuándo dejar en paz.

Un halago japonés. Silencioso. Exacto. Y todo encajó.

El bonsái es un árbol diminuto con un universo adentro. La kokedama es un planeta verde suspendido. Ambos nos enseñaron que la paciencia es arquitectura y que el silencio también cultiva. Y entre todo eso, nos regalaron los haikus: poemas mínimos que dicen más con tres líneas que otros con cien.

Los japoneses nos trajeron disciplina… y nosotros le pusimos humor. Nos trajeron silencio… y nosotros le agregamos brisa y carcajada. Nos trajeron precisión… y nosotros improvisación tropical.

Y de esa mezcla salió algo único: un haiku que baila tambor, una kokedama que huele a mar, un Toyota cruzando ríos, un Hitachi que dura más que un matrimonio, un sushi con empanada, un arigatō flotando en el aire, y un Yonekura tan venezolano como un Salazar.

Los japoneses no vinieron a cambiarnos. Pero igual nos cambiaron. Y nosotros, agradecidos, los adoptamos.

Porque así es Venezuela: un país que se deja querer… y cuando quiere, quiere con todo.

Soledadmorillobelloso@gmail.com

[Col}> Una decisión con la que se pueda vivir / Soledad Morillo Belloso

18-03-2026

Soledad Morillo Belloso

Una decisión con la que se pueda vivir

Al final, decidir bien no tiene nada de épico. No hay fanfarrias, ni medallas, ni selfies frente al atardecer con frase motivacional incluida. Es, más bien, un acuerdo privado con el espejo: elegir no lo más brillante ni lo más cómodo, sino aquello que no te deja la sensación de haber empeñado la serenidad a cambio de una ganga emocional. Es la decisión que no necesita coartadas, ni monólogos grandilocuentes, ni explicaciones apresuradas a las tres de la mañana. Es la que puedes cargar sin ibuprofeno ético ni remordimientos de resaca.

Y claro, en este punto aparece la ética. Esa señora impertinente a la que muchos tratan como si fuera un florero: bonita, prescindible y fácil de esconder cuando estorba. Hay quienes no la tienen, y hay quienes la tienen pero la guardan bajo llave, como si fuera un interruptor que se apaga cuando incomoda. Pobres criaturas. Creen que se están saliendo con la suya, sin notar que la factura llega igual. No siempre en forma de castigo externo —qué va—, sino como un desgaste interno, una erosión silenciosa que no se ve en la piel pero sí en los ojos. Y quienes la arrinconan descubren, tarde o temprano, que la ética es como cualquier músculo: si no se usa, se atrofia. Y luego no levanta ni una bolsa de supermercado.

Decidir, además, es un deporte de alto riesgo. Uno va por la vida creyéndose estratega cuando, en realidad, avanza a tientas, como quien busca el interruptor a oscuras y termina palpando todo menos la luz. Aun así, hay decisiones torcidas que no te parten en dos. Te despeinan, sí; te sacan alguna cana, también. Pero no te arrancan la dignidad de cuajo. Son esas que, al recordarlas, no te hacen fruncir el ceño, sino soltar una risita cansada: “Bueno… nadie salió ileso, pero tampoco hubo cadáveres”. Con esas decisiones, curiosamente, se puede vivir.

Una decisión con la que se puede vivir es la que no te obliga a exiliarte de ti mismo. La que no te convierte en actor de relleno de tu propia película. La que no deja ese regusto amargo de haber vendido el alma por un aplauso tibio o por evitar una conversación incómoda. Puede tener aristas, claro, y dejar algunos raspones y moretones. Pero no te araña la conciencia. Y si deja cicatriz, al menos es una que puedes mirar sin bajar la vista, como quien observa una marca de guerra y piensa: “Uf… dolió, pero aquí sigo”.

Porque, aunque algunos insistan en lo contrario, la ética no es un lujo ni un capricho de almas sensibleras. Es la única brújula que no se vende, no se alquila y no acepta rebajas de temporada. Decidir desde ahí —desde ese lugar que no negocia consigo mismo— no garantiza perfección, pero ofrece algo mucho más raro y valioso: la tranquilidad de no haberte abandonado, de no haber traicionado la confianza ajena ni la propia.

Eso es ser decente. Y sí, ya sé que no está de moda, que no es “fashion”. Que algunos piensan que ser decente es de bolsas, del moño a la zapatilla. Que el mundo anda lleno de ruido, atajos y gente que confunde astucia con inteligencia. Pero precisamente por eso no hay que claudicar ni normalizar lo inaceptable. Hay que aprender a decir no.

Y, sobre todo, a reconocer cuándo un sí tiene un precio que no hay forma humana —ni moral— de pagar.

[Col}>La ética del perdón / Soledad Morillo Belloso

07-03-2026

Soledad Morillo Belloso

La ética del perdón

En algún lugar —no sé si en una página subrayada o en una conversación que se me quedó pegada al alma— escuché una frase de Víctor Guédez que me detuvo en seco. No la recuerdo palabra por palabra, pero mi memoria la destiló así: “El perdón es un acto ético porque libera a quien perdona de la esclavitud del daño y lo reconcilia consigo mismo antes que con el otro.

” Quizás no sea la cita exacta, pero es la versión que mi mente decidió guardar en ese estante reservado para las ideas que iluminan. Allí, en ese cuadrante íntimo donde archivo lo que de verdad importa, esa frase se instaló como una brújula silenciosa.

El perdón y el olvido suelen mencionarse como si fueran dos pasos de un mismo gesto, pero cada uno tiene su propio ritmo. Perdonar es un acto consciente; olvidar, un fenómeno que no siempre obedece.

El perdón se trabaja desde adentro, con lucidez y con la voluntad de no seguir cargando un peso que asfixia. No significa absolver. Absolver es declarar inocente, borrar la falta, como si lo ocurrido no hubiera ocurrido. Perdonar, en cambio, no exige negar la herida ni justificarla: exige reconocerla sin permitir que gobierne la vida.

La culpa y la responsabilidad atraviesan cualquier reflexión sobre el perdón. La culpa es la marca del acto cometido; la responsabilidad es la conciencia de esa marca. Una puede existir sin la otra: hay quienes sienten culpa sin asumir responsabilidad, y quienes asumen responsabilidad sin hundirse en la culpa. Pero cuando ambas coinciden, se abre un espacio donde el perdón —si llega— adquiere sentido.

Perdonar no es absolver. Absolver borra la responsabilidad del otro; perdonar reconoce la falta, reconoce la herida, reconoce la responsabilidad, pero decide no vivir atrapado en ella. Es un acto de soberanía emocional, no de justicia. La justicia se ocupa del otro; el perdón se ocupa de la libertad propia.

Y allí aparece el beneficio íntimo de quien perdona. La culpa ajena puede convertirse en un ancla si uno la sostiene demasiado tiempo. El rencor es una forma de cargar con la responsabilidad del otro, como si fuera nuestra. Perdonar es soltar esa carga. No borra la memoria ni la historia, pero sí borra la obligación de seguir sufriendo por ellas.

El olvido pertenece al territorio de la memoria. Se puede recordar perfectamente lo ocurrido —y la responsabilidad de quien lo hizo— y aun así perdonar. Ese es el perdón lúcido, el que no se apoya en la amnesia sino en la decisión. También se puede olvidar sin haber perdonado, y entonces la responsabilidad queda suspendida como una deuda emocional no resuelta.

La memoria es caprichosa: guarda lo que quisiéramos soltar y borra lo que quisiéramos conservar. A veces el tiempo atenúa, pero no borra; a veces borra sin que lo pidamos. Olvidar puede ser alivio o trampa: sin memoria no hay aprendizaje, y sin aprendizaje repetimos la historia como un eco obstinado.

Perdonar produce un beneficio profundo en quien perdona. No porque el otro lo merezca, sino porque el acto de soltar libera una energía atrapada en el rencor. El resentimiento es una prisión: consume atención, desgasta el ánimo, ocupa espacio mental.

Perdonar es abrir una ventana para que entre aire nuevo. Es recuperar agencia: mientras el rencor gobierna, uno reacciona; cuando se perdona, uno decide. No borra la memoria, pero la reordena. Permite mirar hacia adelante sin que el pasado tire de la ropa.

Juan lo aprendió de la manera más dura. Recibió la notificación de que el asesino de su esposa sería ejecutado y que podía presenciar la ejecución. Aceptó. Creyó que asistir era una forma de hacer justicia, de cerrar un ciclo, de honrar la memoria de su esposa.

Se sentó en una pequeña sala, vio abrirse una cortina y, tras un vidrio, observó cómo se administraban las dosis letales. Todo ocurrió con una frialdad casi administrativa. Juan no apartó la mirada. Pensó que ver morir al culpable aliviaría su propio dolor.

Pero más tarde, ya en su casa, después de un largo trayecto en tren, se derrumbó. Presenciar la ejecución no le había producido alivio. Nada había cambiado en su interior. El dolor seguía intacto. La muerte del culpable no había resuelto la herida del inocente.

Ese ejemplo revela algo esencial: la responsabilidad del otro puede ser saldada por la justicia, pero el dolor propio no se salda con castigos ajenos. La culpa del asesino fue reconocida y castigada, pero nada de eso tocó el territorio íntimo donde vive el duelo. La justicia puede cerrar expedientes; no puede cerrar heridas.

Por eso el perdón —cuando llega— no tiene que ver con absolver al culpable ni con negar su responsabilidad. Tiene que ver con liberar al que sufre de la carga emocional que lo mantiene atado al daño. El dolor no obedece a sentencias. El dolor solo entiende de procesos íntimos. El caso de Juan muestra que la justicia actúa sobre los hechos; el perdón actúa sobre la herida. Y el olvido, cuando llega, es apenas un visitante caprichoso. La verdadera libertad emocional no viene de ver morir al culpable, sino de dejar de morir uno mismo cada día por lo ocurrido.

Hay algo profundamente ético en el perdón, y no porque convierta al otro en alguien “merecedor” de indulgencia, sino porque es un acto de ética hacia uno mismo. El perdón, entendido en su dimensión más honda, no es un gesto moral hacia el culpable, sino un gesto moral hacia la propia vida. Es una decisión que afirma: mi bienestar importa, mi paz importa, mi dignidad emocional importa.

Perdonar es un acto íntimo de responsabilidad con uno mismo. Es decir: “No voy a permitir que este daño siga determinando mi manera de estar en el mundo”. Es una ética de autocuidado, pero también de claridad: reconocer la herida, reconocer la responsabilidad del otro, y aun así elegir no quedar fijado en ese punto del tiempo.

Esa ética del perdón no es blanda ni complaciente. Es exigente. Obliga a distinguir entre lo que pertenece al otro —su culpa, su responsabilidad, su historia— y lo que nos pertenece a nosotros —nuestro dolor, nuestra capacidad de transformarlo, nuestra libertad interior. Perdonar es un acto de justicia hacia uno mismo: una forma de no seguir cargando con lo que no nos corresponde.

Por eso el perdón tiene una dimensión ética tan poderosa: porque nos devuelve a nuestra propia soberanía. Nos recuerda que no estamos obligados a vivir en el rencor, que no estamos condenados a repetir el agravio, que no somos rehenes de lo que nos hicieron. El perdón es una afirmación de vida: una manera de decir “mi integridad vale más que la herida”.

Quizás la tarea no sea elegir entre perdonar u olvidar, sino encontrar la manera de seguir adelante sin que el pasado dicte el paso. A veces basta con recordar sin rencor. A veces basta con aceptar que no habrá olvido, pero sí puede haber serenidad. Y a veces el perdón es un regalo silencioso que uno se hace a sí mismo, aunque nadie más lo note.

[Col}> Los ánimos en remojo / Soledad Morillo Belloso

04-03-2026

Soledad Morillo Belloso

Los ánimos en remojo

Hay una práctica profundamente subestimada en estos tiempos de respuestas inmediatas, opiniones urgentes y emociones sin filtro: poner los ánimos en remojo. No aparece en manuales de liderazgo, no se enseña en talleres motivacionales ni suele mencionarse en reuniones formales, pero debería. Ahorraría discusiones innecesarias, malos ratos colectivos y una cantidad nada despreciable de desgaste emocional.

Vivimos rodeados de ánimos secos. Ánimos tensos, frágiles, listos para saltar ante cualquier comentario mal interpretado. Basta un mensaje sin signo de admiración, una respuesta breve o un “luego hablamos” para que se active la alarma interna y comience la novela. Todo se siente personal. Todo parece una indirecta cuidadosamente diseñada.

En ese contexto, insistir en “hablarlo de una vez” suele ser una pésima idea. Hablar cuando los ánimos están duros es como intentar amasar harina sin agua: no une nada, sólo levanta polvo. Y el polvo, además de molesto, no deja ver con claridad.

Poner los ánimos en remojo no es evadir los problemas ni hacerse el desentendido. Es entender —con algo de experiencia y bastante sentido común— que hay conversaciones que necesitan reposo, no velocidad. Que no todo se arregla hablando más, o gritando, sino hablando mejor, y para eso conviene bajar la temperatura primero.

El remojo es sencillo y doméstico. Puede ser un cafecito sin agenda, una caminata corta, una noche de buen sueño o ese gesto tan poco valorado de cerrar la boca a tiempo. No por falta de ideas, sino por exceso de emociones. Porque cuando la cabeza está llena, la lengua suele decir cosas que después hay que explicar con un largo “es que yo no quise decir eso”.

Además, hay que admitirlo: nadie arregla nada alterado. En caliente uno no dialoga, uno reacciona. Y reaccionar tiene perniciosos efectos secundarios. Palabras que pesan más de lo previsto, tonos que se interpretan peor de lo imaginado y heridas que no hacía falta abrir. Todo perfectamente evitable con un poco de agua metafórica y algo de paciencia.

El remojo tiene otra virtud: desinfla el ego. Le baja el volumen a la necesidad de ganar, de imponer, de tener la última palabra. Con el paso de las horas —a veces con sólo dormir— lo que parecía intolerable se vuelve manejable, y lo que parecía urgente puede esperar sin que se acabe el mundo.

No es casual que muchas discusiones pierdan sentido al día siguiente. No porque el problema desaparezca, sino porque el ánimo ya no está seco. Ya no raspa. Ya no corta. Y entonces, recién entonces, conversar se vuelve posible.

Por eso, antes de escribir ese mensaje “definitivo”, antes de anunciar que “ahora sí me va a oír”, antes de convertir una diferencia en una cruzada moral, convendría hacer una pausa y aplicar la técnica más antigua y efectiva que conocemos: poner los ánimos en remojo.

No cuesta nada. No requiere presupuesto, ni taller, ni asesor externo. Sólo una pizca de humildad y la honestidad suficiente para aceptar que, en caliente, casi nunca somos tan brillantes como creemos. La mayoría de las veces no estamos defendiendo grandes principios: estamos defendiendo el mal humor del día, ese miserable estado de nervios alterados.

Tal vez no solucionemos el mundo con ese gesto. Pero evitaremos empeorarlo, que ya es bastante mérito. Porque discutir con los ánimos secos no nos hace más claros, ni más valientes, ni más sinceros. Sólo nos hace más ruidosos.

Y ruido, francamente, ya hay de sobra.

[Col}> Soledad 70 / Soledad Morillo Belloso

26-01-2026

Soledad Morillo Belloso

Soledad 70

Según mi partida de nacimiento —ese papelito que se cree muy serio, como si fuera el gerente de mi vida— estoy por cumplir setenta años. Setenta. Qué risa. Qué descaro. Qué optimismo tan ridículo el de la aritmética. Porque si vamos a hablar claro, yo he vivido tanto que ya debería tener millas acumuladas para dar la vuelta al mundo en primera clase.

Tengo más canas que un convento, sí, pero yo, muy digna, me las pinto con regularidad, como quien dice: “La vejez vendrá, pero que venga engañada”. Porque una cosa es envejecer y otra es rendirse. Yo no me rindo. Yo me pinto. Y si hace falta, me repinto. Y si el tinte no agarra, lo amenazo.

Las arrugas… bueno, esas ya son parte de mi inventario. Tengo arrugas que podrían cobrar alquiler. Pero jamás salgo a la calle sin mis zarcillos y sin pintarme la boca. Jamás. Aunque esté medio muerta, aunque tenga la cara hinchada, aunque parezca que dormí en una caja de zapatos, yo me pongo mis zarcillos y me pinto la boca como quien se arma para la batalla. Que la vida me arrugue lo que quiera, pero la dignidad estética no me la toca nadie.

A veces me miro al espejo y pienso: “Caray, chica, estás hecha un poema… pero de esos largos, con notas al pie y edición crítica”. Y me ataco de la risa. Nadie se burla de mí tanto como yo misma.

Mi espíritu no tiene setenta años. Mi espíritu tiene temporadas. Y spin-offs. Y precuelas. Y varios capítulos censurados. He vivido pérdidas que envejecen de un sopapo, alegrías que rejuvenecen sin pedir permiso y crisis que me templaron como hierro en fragua. Mi cuerpo dice setenta, pero mi alma va por la quinta temporada de su propia serie histórica, con presupuesto limitado pero efectos especiales emocionales de primera.

La edad oficial es un número. La edad real es intensidad. Mi calendario dice setenta; mi historia dice “y vaya si los has vivido”. Llevo más estaciones que las que cuentan los almanaques. Soy testimonio, templanza, persistencia… y un poquito de malcriadez, porque a estas alturas, ¿quién me va a regañar?

Tengo montones de amigos. De todos los colores y sabores. Los quiero y ellos me quieren a mí… y además me soportan.

Tengo hitos importantes en mi vida: el día que me robé un carro de un restaurante; el día que me hice pipí en el Aula Magna; el día que me monté en un avión creyendo que iba para Boston y terminé en otra ciudad; el día que un tipo me invitó a cenar y me pasé dos horas diciéndole mentiras para descubrir al día siguiente que era un chivo muy importante de la compañía donde trabajaba; el día en que, con una amiga, conectamos dos secadores de pelo y le tumbamos toda la electricidad al Hotel Nacional en Río de Janeiro; el día que entré en otro matrimonio creyendo que era el de mi sobrina. Y como esas, montones. Yo soy un anecdotario ambulante.

El día que cumpla setenta voy a guardar silencio. No por solemnidad, sino porque me da la gana. Será un silencio concurrido, lleno de voces, recuerdos, carcajadas, dolores que ya no duelen y alegrías que todavía hacen ruido. Un silencio que dirá: “Llegaste hasta aquí… flaca, fané y descangayá, pero llegaste”.

Ese día, 1 de febrero, brindaré por mí. Porque a estas alturas, me lo he ganado. Sí, setenta, ¡70! La misma pendeja, un año más vieja.

[Col}> Tarde o temprano amanece / Soledad Morillo Belloso

14-01-2026

Soledad Morillo Belloso

Tarde o temprano amanece

No es un lema ni un consuelo. Es una verdad aprendida a golpes, dicha por quien conoce la noche a fondo y sabe que la oscuridad miente cuando promete eternidad. La noche no sólo oscurece: confunde, distorsiona. Agranda lo que asusta, empequeñece lo que sostiene, desordena el juicio y vuelve el pensamiento un animal inquieto. En ese territorio donde todo tiembla, uno pierde la medida real de lo que duele y de lo que importa. La noche prueba. La luz revela.

Y aun así, incluso ahí, queda un resto: un pulso que no se entrega, una respiración que insiste, una dignidad que se niega a apagarse. Por eso “tarde o temprano amanece” no suaviza nada. Endurece. Fortalece.  Es una frase que se dice con la mandíbula apretada, no para aliviar, sino para recordar que la claridad vuelve porque uno la enfrenta, no porque el mundo sea benévolo.

Y cuando amanece —porque amanece— uno no queda intacto. Queda más cierto. Más dueño de sí. Más consciente de que la noche no fue caída, sino tránsito. Que la luz no llega por milagro, sino porque uno la sostuvo desde la sombra, sin arrodillarse.

Porque al final, la claridad no llega para salvar: llega para mostrar en quién nos convertimos mientras la esperábamos.

 

[Col}> Lo que nos trajeron los inmigrantes canarios / Soledad Morillo Belloso

17-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Lo que nos trajeron los inmigrantes canarios

Ah, los canarios. Esos hijos del Teide y del viento que cruzaron el mar con más memoria que equipaje, con acentos que parecen canciones y una terquedad dulce que ni el sol de Macuto les pudo quitar.

No llegaron con lujos, llegaron con historias. Con manos curtidas por la sal y el trabajo, y corazones blanditos como queso fresco. Desde el siglo XVII ya se les veía desembarcar en La Guaira, en Cumaná, en Margarita, buscando tierra firme donde sembrar futuro.

No eran señores de abolengo, eran labradores, comerciantes, pastores, gente de campo que traía en la maleta costumbres, refranes, recetas y una manera de vivir que se nos metió en la sangre como el ají dulce en el sofrito.

Las Islas Canarias no se llaman así por los pajaritos que cantan bonito, aunque el chisme haya corrido por siglos. El nombre viene de más atrás, de cuando los romanos se lanzaban a explorar como quien busca oro y encuentra perros. Sí, perros. Grandotes, peludos, guardianes de roca y viento.

Cuando llegaron al archipiélago, se toparon con esos animales que parecían custodios del volcán, y les pusieron Canariae Insulae, que en latín suena elegante pero significa “Islas de los Perros”. Nada de plumitas ni trinos, puro ladrido ancestral.

Dicen que Juba II, un rey curioso de Mauritania, mandó una expedición y volvió con dos de esos perrotes como si fueran trofeos de otro mundo. Y desde entonces, el nombre quedó pegado como chicle en zapato. Lo más gracioso es que los pajaritos que hoy llamamos “canarios” fueron bautizados por las islas, no al revés.

Es decir, el canario canta porque es isleño, no porque el nombre le cayó del cielo. Así que cuando alguien te diga que las Canarias se llaman así por los pájaros, dile: “No, vale, eso es como decir que el ron inventó la caña”.

Las islas, más que territorio, son carácter. Son como perros nobles: fieles, tercos, guardianes de su historia. Y ese nombre, que parece ladrido disfrazado de geografía, es sólo el primer verso de una canción que todavía se canta entre volcanes, gofio y brisa marina.

Los guanches, sus ancestros aborígenes, adoraban al sol y a la montaña, creían en Achamán y en Magec, y hacían rituales en roques sagrados. Esa espiritualidad, aunque transformada por los siglos en un cristianismo muy fervoroso, cruzó el mar con ellos y se mezcló con nuestras propias devociones.

En las fiestas patronales de Venezuela, los canarios se metieron como quien entra a una cocina ajena y empieza a freír empanadas. Cargan santos, cantan letanías, preparan altares con flores y queso de cabra, y convierten la fe en fiesta y la fiesta en ritual. Y si hay procesión, allá van ellos con sombrero de paja, camisa planchada y música, vino y sonrisa.

En las varias oleadas de canarios que llegaron a Venezuela, se instalaron en los campos de Aragua, en los cafetales de Lara, en los mercados de orilla, y allí se quedaron, sembrando más que cosechas: sembrando familia. Porque para ellos, familia no es sólo quien lleva el apellido, sino quien comparte mesa, historia y  silencios.

Abrieron bodegones, tascas, guachinches —esos templos medio clandestinos donde se come como en casa y se paga como en feria— y convirtieron cualquier reunión en una parranda, y cualquier parranda en una misa pagana donde se honra el mojo picón, el vino de la casa (que nunca es de la casa), y la memoria compartida. Y si el vino se acaba, no hay problema: se saca el ron, se improvisa un verso, y se canta hasta que el vecino se rinda y venga con una botella.

Nos enseñaron a hablar con diminutivos, a decir “mi niñito”, “la casita”, “el cafecito”, aunque el café fuera más fuerte que un regaño de abuela. Nos regalaron cuentos que empiezan en una finca de Tenerife y terminan en una tasca de El Tigre, con personajes que nadie sabe si existieron, pero que todos juran haber conocido. Nos trajeron palabras que se nos pegaron como chicle en zapato, entre ellas “gofio” como símbolo de infancia, de isla. Porque el gofio no es sólo comida, es identidad. Se mezcla con leche, con plátano, con lo que haya, y siempre sabe a hogar. Y si alguien te dice que no le gusta el gofio, desconfía: probablemente tampoco cree en los milagros ni en el poder curativo de un buen sancocho.

También nos trajeron música. Isas, folías, malagueñas que aquí se mezclaron con joropos, gaitas y tambor. En ese intercambio nació una sinfonía mestiza que todavía se escucha en las fiestas patronales, cuando alguien saca una bandurria y otro se arranca con un verso que nadie entiende, pero todos sienten.

“Soy isleño, soy del viento, soy del mar que me llevó”, cantan, y en esa melodía se cuela la brisa marina y el recuerdo de la tierra que dejaron atrás. Y si el coro se descompone, no importa: se improvisa, se ríe, se baila y se sigue cantando, aunque el perro del vecino ladre en tono menor.

Los canarios también nos enseñaron a resistir con elegancia. A llorar sin hacer escándalo, a reír con los ojos, a trabajar duro sin perder la ternura. Nos enseñaron que emigrar no es sólo cambiar de geografía, sino reinventarse sin perder la esencia. Que se puede ser isleño en tierra firme, y que la nostalgia se cura con trabajo, con comida, con cuentos, con abrazos largos y con un buen vaso de vino compartido entre risas. Y si el abrazo viene con un chiste, mejor: porque el humor canario es como el mojo: pica, pero alegra.

Los inmigrantes canarios no sólo nos trajeron cosas: nos trajeron maneras. Maneras de mirar, de hablar, de cocinar, de amar. Se mezclaron con nosotros como el queso blanco con guayaba, como el ron con cuentos, como la fe con la fiesta.

Y en esa mezcla, Venezuela se volvió más sabrosa, más plural, más nuestra. Sus descendientes se fueron profesionalizando y se convirtieron en ingenieros, médicos, industriales, comerciantes.

Así que, si ves a un hombre o a una mujer con acento cantado muy parecido al nuestro y una sonrisa que parece conocer todos los secretos del mundo, dale las gracias, porque probablemente sea descendiente de esos canarios que vinieron con poco, pero nos dejaron tanto.

Y si te invita a comer gofio, acepta. Porque ahí, en ese plato humilde, está la historia de un pueblo que convirtió la alegría en ritual, y el ritual en celebración. Y si después del gofio te saca una guitarra, prepárate: la noche va pa’ largo y el cuento también.

Entre gofio, cuentos y refranes, los canarios se quedaron sembrados en nuestra tierra como quien planta alegría en terreno fértil. Vinieron con poco, pero nos dejaron tanto, sobre todo, modos de amar.

Y tú que me lees, si alguna vez la nostalgia aprieta, basta con escuchar a la canaria Rosana:

 “Si te abrazan las paredes desabrocha el corazón

No permitas que te anuden la respiración

No te quedes aguardando a que pinte la ocasión

 Que la vida son dos trazos y un borrón”.

Muchos descendientes de canarios han vuelto a las islas. Y allá donde están extrañan a Venezuela. Al fin y al cabo, son gente con dos patrias. Son nuestros embajadores.