[ElPaso}– ‘Dándole vueltas al viento’ / Poemas de Antonio Pino Pérez: Del desierto a la selva

En del complejo montañosos llamado Cumbre Vieja destaca el pico Bidigoyo —también llamado por algunos Birigoyo, Virigoyo, etc.. Personalmente, y después de consultas al respecto, he optado por Birigoyo—: la montaña arenosa, desértica y cónica que se ve en esta foto.

En su base está el llamado Llano de los Jables, en el que las leyendas de antaño situaban danzas de brujas y oscuros aquelarres, y que por eso algunos llamaban también Llano de las Brujas. Hoy día, y gracias a la reforestación a que alude el bello poema que sigue, en esa zona, por años desértica, hay un bosque de pinos al que se ha dado en llamar El Refugio —o también, y tiempo atrás, La Repoblación— parte del cual se ve en esta otra foto tomada, según parece, desde el Birigoyo.

Carlos M. Padrón.

***

DEL DESIERTO A LA SELVA

A D. José Miralbés Marco, con afecto y gratitud

I

Arriba, donde el cielo se confunde
con el gris de la tierra desolada,
y Bidigoyo entre las nubes hunde
su cabeza volcánica apagada.

Donde posan las nieblas compasivas
arropando desnudos arenales,
donde vuelan las aves fugitivas
huyendo de los duelos invernales.

Arriba, en las alturas ambiciosas,
en los caminos de la Eternidad,
junto a humeantes ruinas silenciosas
y en el imperio de la soledad…

Arriba, en el desierto encubridor
de graznidos de cuervos y corujas
que vieron en las noches con pavor
el medroso aquelarre de las brujas.

En lo más alto de la Cumbre Vieja,
que era paso obligado de viajeros,
donde aún se escucha la inmortal conseja
que dictaron los viejos agoreros.

Arriba, entre ruinosos matorrales,
lava revuelta y piedra calcinada.
Arriba, entre los mustios helechales
por la mano del hombre fue plantada

en jornada febril y agotadora
la selva, la oración de los pinares,
por donde un pueblo que es creyente, implora
y sube a las regiones estelares.

II

Allí sólo crecía el pobre helecho
sobre un oasis de la arena obscura,
y algún brezo luchaba contrahecho
robándole consuelos de verdura.

Caminos polvorientos, arenales
atormentados bajo un sol de alturas,
que ciega con sus luces las visuales
y acaricia con rojas quemaduras.

Allí es donde unos hombres concibieron
fecundar los estériles eriales,
y con la tierra negra se fundieron
para arrancarle gritos forestales.

La lucha fue tenaz y fue porfiada,
pero allí estaban hombres de tesón,
que nunca han vuelto atrás con la mirada
ni jamás traicionaron su misión.

Firmes estaban los héroes sin nombre
en lucha con la tierra virginal
que se entregó al quehacer del hombre
abriéndole su entraña maternal.

III

Calor o frío. Las arenas muertas,
la brisa juguetona, el huracán.
Planicies desoladas y desiertas,
y la fe en lo más alto del volcán.

Se arrojaron semillas por el suelo.
Los pinos se trajeron y plantaron.
No quiso darles su favor el cielo,
y el estío y los vientos los secaron.

Pero no cede el hombre, no claudica.
Tiene temple y firmeza y tozudez:
El cetro de la tierra no se abdica;
los pinos vestirán su desnudez.

Y a la lucha de nuevo con más brío,
a sembrar y plantar con fe creciente:
contra el viento y el sol y contra el frío
arrojaba en los yermos la simiente.

Los grajos devoraban los sembrados,
sepultan las arenas arbolitos.
Otros murieron bajo el sol quemados,
y algunos por el viento están marchitos.

Pero no importa: “Sembraré incansable”,
la voz del sembrador gritaba alerta.
“Yo sueño con un bosque impenetrable
sobre esta tierra desolada y muerta”.

Y con el alma estremecida, inquieta,
nuevos procedimientos se idearon
hasta el hallazgo del hoyo poceta,
la cuna en que los pinos se salvaron.

¡Adelante! Si abajo desconfían
y dudan y murmuran y critican,
los de aquí arriba, porque en Dios confían,
estas muertas arenas resucitan.

Y a la fuerza de trabajo y de constancia,
el pinar en la tierra está arraigado.
Ya se percibe la sutil fragancia
del primer arbolito perfumado

IV

Ya crecen por doquier de mil maneras.
Continúa la ruda plantación,
y saludan las nuevas primaveras
sus verdes de esperanza y redención.

Y pueblan ya las aves de alegría
la espesura gozosa de los pinos,
deshaciendo en raudales de armonía
la dulce melodía de sus trinos.

Ya está logrado el forestal empeño,
la prodigiosa, la soñada selva
de la que el hombre fue su autor y es dueño
hasta que Dios en su poder resuelva

el final providente que le espera.
Si sepultó en desiertos arenales
la selva natural que aquí existiera
con el poder febril de sus volcanes,

puede algún día devorar con fuego,
la victoriosa gloria forestal,
por Bidigoyo, ese gigante ciego,
indiferente y mudo al bien y al mal.

Y anota en tu memoria, caminante:
Siempre la tierra se ha entregado al fuerte,
y por ser madre, con amor gigante
engendra vida de su propia muerte.

(Composición escrita en 1948, en El Refugio de la Cumbre Vieja, con motivo de haberse realizado una importante repoblación forestal).

Un comentario sobre “[ElPaso}– ‘Dándole vueltas al viento’ / Poemas de Antonio Pino Pérez: Del desierto a la selva

  1. Gracias, Carlos, por publicarlo.

    No me quiero extender por si no pasa el filtro el comentario.

    José Miralbés era el perito de montes que dirigió las plantaciones. Como hijo del autor te agradezco las fotos y, como dice al final de la poesía, último cuarteto, esos pinos ardieron en parte el día en que su féretro regresó a El Paso. Misteriosa coincidencia.

    No me extiendo en comentarios referentes a la visión de futuro, vigencia y ejemplaridad de los esfuerzos, frente a la tala indiscriminada del Amazonas y otros montes.

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