[ElPaso}– ‘Dándole vueltas al viento’ / Poemas de Antonio Pino Pérez: Del desierto a la selva

En del complejo montañosos llamado Cumbre Vieja destaca el pico Bidigoyo —también llamado por algunos Birigoyo, Virigoyo, etc.. Personalmente, y después de consultas al respecto, he optado por Birigoyo—: la montaña arenosa, desértica y cónica que se ve en esta foto.

En su base está el llamado Llano de los Jables, en el que las leyendas de antaño situaban danzas de brujas y oscuros aquelarres, y que por eso algunos llamaban también Llano de las Brujas. Hoy día, y gracias a la reforestación a que alude el bello poema que sigue, en esa zona, por años desértica, hay un bosque de pinos al que se ha dado en llamar El Refugio —o también, y tiempo atrás, La Repoblación— parte del cual se ve en esta otra foto tomada, según parece, desde el Birigoyo.

Carlos M. Padrón.

***

DEL DESIERTO A LA SELVA

A D. José Miralbés Marco, con afecto y gratitud

I

Arriba, donde el cielo se confunde
con el gris de la tierra desolada,
y Bidigoyo entre las nubes hunde
su cabeza volcánica apagada.

Donde posan las nieblas compasivas
arropando desnudos arenales,
donde vuelan las aves fugitivas
huyendo de los duelos invernales.

Arriba, en las alturas ambiciosas,
en los caminos de la Eternidad,
junto a humeantes ruinas silenciosas
y en el imperio de la soledad…

Arriba, en el desierto encubridor
de graznidos de cuervos y corujas
que vieron en las noches con pavor
el medroso aquelarre de las brujas.

En lo más alto de la Cumbre Vieja,
que era paso obligado de viajeros,
donde aún se escucha la inmortal conseja
que dictaron los viejos agoreros.

Arriba, entre ruinosos matorrales,
lava revuelta y piedra calcinada.
Arriba, entre los mustios helechales
por la mano del hombre fue plantada

en jornada febril y agotadora
la selva, la oración de los pinares,
por donde un pueblo que es creyente, implora
y sube a las regiones estelares.

II

Allí sólo crecía el pobre helecho
sobre un oasis de la arena obscura,
y algún brezo luchaba contrahecho
robándole consuelos de verdura.

Caminos polvorientos, arenales
atormentados bajo un sol de alturas,
que ciega con sus luces las visuales
y acaricia con rojas quemaduras.

Allí es donde unos hombres concibieron
fecundar los estériles eriales,
y con la tierra negra se fundieron
para arrancarle gritos forestales.

La lucha fue tenaz y fue porfiada,
pero allí estaban hombres de tesón,
que nunca han vuelto atrás con la mirada
ni jamás traicionaron su misión.

Firmes estaban los héroes sin nombre
en lucha con la tierra virginal
que se entregó al quehacer del hombre
abriéndole su entraña maternal.

III

Calor o frío. Las arenas muertas,
la brisa juguetona, el huracán.
Planicies desoladas y desiertas,
y la fe en lo más alto del volcán.

Se arrojaron semillas por el suelo.
Los pinos se trajeron y plantaron.
No quiso darles su favor el cielo,
y el estío y los vientos los secaron.

Pero no cede el hombre, no claudica.
Tiene temple y firmeza y tozudez:
El cetro de la tierra no se abdica;
los pinos vestirán su desnudez.

Y a la lucha de nuevo con más brío,
a sembrar y plantar con fe creciente:
contra el viento y el sol y contra el frío
arrojaba en los yermos la simiente.

Los grajos devoraban los sembrados,
sepultan las arenas arbolitos.
Otros murieron bajo el sol quemados,
y algunos por el viento están marchitos.

Pero no importa: “Sembraré incansable”,
la voz del sembrador gritaba alerta.
“Yo sueño con un bosque impenetrable
sobre esta tierra desolada y muerta”.

Y con el alma estremecida, inquieta,
nuevos procedimientos se idearon
hasta el hallazgo del hoyo poceta,
la cuna en que los pinos se salvaron.

¡Adelante! Si abajo desconfían
y dudan y murmuran y critican,
los de aquí arriba, porque en Dios confían,
estas muertas arenas resucitan.

Y a la fuerza de trabajo y de constancia,
el pinar en la tierra está arraigado.
Ya se percibe la sutil fragancia
del primer arbolito perfumado

IV

Ya crecen por doquier de mil maneras.
Continúa la ruda plantación,
y saludan las nuevas primaveras
sus verdes de esperanza y redención.

Y pueblan ya las aves de alegría
la espesura gozosa de los pinos,
deshaciendo en raudales de armonía
la dulce melodía de sus trinos.

Ya está logrado el forestal empeño,
la prodigiosa, la soñada selva
de la que el hombre fue su autor y es dueño
hasta que Dios en su poder resuelva

el final providente que le espera.
Si sepultó en desiertos arenales
la selva natural que aquí existiera
con el poder febril de sus volcanes,

puede algún día devorar con fuego,
la victoriosa gloria forestal,
por Bidigoyo, ese gigante ciego,
indiferente y mudo al bien y al mal.

Y anota en tu memoria, caminante:
Siempre la tierra se ha entregado al fuerte,
y por ser madre, con amor gigante
engendra vida de su propia muerte.

(Composición escrita en 1948, en El Refugio de la Cumbre Vieja, con motivo de haberse realizado una importante repoblación forestal).

[*MisCan}– «ELLA»

Carlos M. Padrón

Desde comienzos de 1985 estaba yo totalmente dedicado en IBM al proyecto de interconexión de cajeros automáticos (ATMs) entre diferentes bancos de Venezuela. De ese proyecto —que considero la opera prima de mi vida profesional, que bauticé CTP (Computación por TeleProceso), y que llegó a feliz término gracias al apoyo incondicional de Alejandro Rivero, Presidente y Gerente General de IBM de Venezuela—, nació la Corporación SUICHE 7B, C.A., que hoy cumple 20 años de vida y de ininterrumpida actividad.

La búsqueda de los programas (software) necesarios para lograr la mencionada interconexión me llevó a visitar varios países y ciudades, una de ellas Nashville (Tennessee, USA) a la que llegué en la mañana del 22-08-1985, y luego de trabajar allí el resto de ese día y la mañana del siguiente, al mediodía del 23-08-1985 me fui al aeropuerto a tomar el vuelo que me llevaría a New York para continuar la búsqueda.

Sentado en la sala de espera del aeropuerto de Nashville me puse a trabajar en la letra de esta canción, que había iniciado días antes, y cuando creí haber culminado una parte, miré mi reloj y me extrañó que ya habían pasado unos 20 minutos de la hora pautada para abordar el vuelo, y que en la sala de espera estaba yo solo.

Me dirigí al mostrador de la línea aérea, y al preguntarle a la dama que allí estaba qué había pasado con mi vuelo, recibí por respuesta una gélida mirada acompañada de la pregunta “¿Es usted el Sr. Padrón?”. Al responderle que sí, la malencarada dama me hizo saber que se había cansado de llamarme por el sistema de sonido del aeropuerto, y, como no me presenté, el vuelo había partido sin mí hacía ya media hora. Hasta ese extremo estaba yo absorto en mi tarea.

Tuve que esperar dos horas más hasta el próximo vuelo a New York,… pero en esas dos horas terminé la letra de la canción. No es, por tanto, casualidad que la publique hoy, cuando estamos celebrando el 20 aniversario de SUICHE 7B.

Luego de grabada y distribuida la canción entre familiares y amigos, tuve problemas con dos de las mujeres que, con años de por medio, la escucharon. Con la una, porque se empecinó en creer que yo había hecho “ELLA” en honor a una novia secreta que tuve en El Paso; con la otra, porque quiso creer que ella era la ELLA de “ELLA”.

***

“ELLA”

Corrían los primeros años de la década de los ‘50. ELLA, aunque de 13 años, era aún una niña, pero poco antes de cumplir los 14 ocurrió el milagro y un día su cuerpo comenzó a desarrollar notables y crecientes cambios, y ELLA comenzó a experimentar extrañas y hasta entonces desconocidas sensaciones.

Poco antes del próximo mes de junio, su madre, queriendo halagar la ya manifiesta vanidad de su hija, le hizo un vestido nuevo —uno que, ¡por fin, ya no era de niña!— para que lo estrenara en la fiesta del Sagrado Corazón.

El domingo de la fiesta, antes de la solemne función religiosa, grupos de muchachas paseaban cogidas del brazo, según la costumbre, dando vueltas en La Plaza Nueva, en torno a la iglesia, y grupos de jóvenes las daban en sentido contrario con el deliberado propósito de cruzarse con las muchachas dos veces durante cada vuelta.

Él, que ya tenía 18 años, paseaba con sus amigos —muchachos más o menos de su edad que, al igual que él, trabajaban en los campos de sus familias— cuando al acercarse al grupo en que venía ELLA no pudo evitar reparar en aquella atractiva muchacha y dedicarle una sugerente mirada de grata sorpresa, pues la última vez que, según él recordaba, la había visto, ELLA era una niña que en nada llamó su atención. Pero ahora no sólo la llamó sino que lo dejó prendado, por lo que las miradas que le dedicó fueron más largas, directas y sugerentes en cada cruce.

ELLA, que las había notado todas, se limitaba a sonrojarse, bajar la mirada, y a soportar las bromas que al respecto le gastaban sus amigas, hasta que, molesta por las burlas y llevada por el hecho cierto de que le había gustado ese muchacho desde que lo vio tiempo atrás pero, siendo todavía una niña, había ocultado por completo esa atracción, se dijo que ya no era niña y se preparó anímicamente para aceptar el desafío de sus amigas y, en el próximo cruce, devolver la mirada del muchacho.

Y así lo hizo: aunque sonrojándose, le sostuvo la mirada durante bastante tiempo antes del cruce, y hasta le regaló una tímida sonrisa que aumentó el rubor de ELLA pero que a él le supo a gloria.

Terminada la función religiosa, todos se fueron a Monterrey, y en la terraza continuaron los paseos y las vueltas,… y las bromas que le hacían sus amigas que, para ponerla nerviosa y exponerla a lo que, según ellas, no quería ELLA que ocurriera, la colocaron en el extremo interno de la fila que entre todas formaban al pasear en círculos cogidas del brazo.

Sabiendo ya que ELLA tenía valor para hacer frente a esas burlas y desafíos, él se armó también de valor y en uno de los cruces se separó de sus amigos, se puso al lado de ELLA, la saludó y siguió a su lado.

Las mal contenidas risitas de las amigas lograron que ELLA, sabiendo que las había hecho quedar mal, contestara, aunque tímidamente y mirando siempre al suelo, las preguntas que él le hacía, y así dio comienzo un romance muy esperado por ELLA pero inesperado para él.

Ambos, aunque de barrios diferentes y alejados del centro del pueblo, eran de la misma extracción social, se habían criado en las mismas costumbres y compartían educación y principios. Pero ambos sabían, como sabía todo el pueblo, que era sólo cuestión de tiempo el que él emigrara a Venezuela porque, al igual que todos los demás jóvenes que ya lo habían hecho y los muchos que lo harían después, en el pueblo no había futuro para ellos.

Sí, ELLA lo sabía, pero también sabía que muchas otras mujeres, unas solteras aunque no tan jóvenes como ELLA, y otras ya casadas y a veces con hijos, habían visto emigrar a sus novios o esposos, habían quedado esperándolos, y, en los más de los casos, ellos o habían regresado al pueblo o las habían llevado a Venezuela, a veces después de un matrimonio por poder.

En los bailes de Monterrey fue creciendo el romance, y buscando los pocos rincones alejados de la mirada de águila de las madres que apostadas en los palcos no perdían pie ni pisada de cuanto ocurría abajo, en la pista de baile, se hacían caricias furtivas que con el tiempo fueron cobrando pasión e intensidad.

Y al cabo de poco más de un año, él emigró a Venezuela no sin que antes se juraran amor eterno. Él le dijo que trabajaría muy duro hasta conseguir el dinero necesario para regresar, casarse con ELLA y mantener una familia; y ELLA le dijo que lo esperaría “guardándole la ausencia”, según era la costumbre de las mujeres, fueran novias o esposas, de los emigrantes.

Y cuando él se hubo ido, ELLA se enclaustró en su casa sin hacer vida social alguna; como mucho, ir al correo los días en que se esperaba que llegara el de Venezuela, atender el velorio de algún familiar o conocido, e ir a misa y, terminada ésta, regresar a su casa. Nada de celebraciones, como bautizos o bodas, ni paseos alrededor de La Plaza Nueva ni en Monterrey. La suya era casi una vida monacal.

Al principio recibía cartas suyas por lo menos una vez al mes, aunque ELLA religiosamente acudía cada semana a la ceremonia de reparto de la correspondencia. Para cuando llegaba la guagua que, a veces sí y a veces no, traía el saco de la correspondencia, ya ELLA estaba en la calle, frente a la oficina postal, formando parte de la pequeña multitud que cada semana se reunía allí en la esperanza de recibir una misiva de hijos, novio o marido.

Cuando le era entregado el saco con la correspondencia, el cartero se encerraba en su oficina. Después de unos 20 minutos, que a los reunidos afuera les parecían eternos, salía con un mazo de sobres en sus manos y, como era de baja estatura, para que todos pudieran verlo se subía en un pequeño banco y comenzaba a vocear el nombre de la persona destinataria de cada sobre. Si esa persona estaba entre la concurrencia, gritaba “¡Aquí!” y alzaba un brazo, y el cartero lanzaba el sobre en dirección a ella,… y continuaba leyendo y lanzando hasta terminar de leerlos todos.

Las que habían recibido carta se iban felices, pero no así las que no. Y ELLA pasó a engrosar este segundo grupo cuando había transcurrido poco más de un año de que él había emigrado. Y entonces comenzó lo que sería su eterno calvario.

Cuando llegaba al pueblo algún “indiano” de los muchos que habían emigrado a Venezuela, y era de los que, según ELLA sabía o suponía, conocían algo de la vida de él en ese país, se las ingeniaba para preguntarle al respecto, y así fue como supo que él mantenía una relación con una mujer venezolana. Sin embargo, alentada por la educación y costumbres que compartía con él, se decía que esa relación no era problema hasta que un cura no la bendijera, y que eso no ocurriría porque él le había prometido que se casaría con ELLA.

Pasaron los meses, pasaron los años, y él no regresó ni le escribió más, pero, a pesar del evidente abandono, el último pensamiento de ELLA antes de conciliar el sueño cada noche era para él, y lo acompañaba del renovado propósito de continuar esperándolo y soñando que un día él volvería.

Esta narración es ficción, hecha con el solo propósito de recrear el ambiente en que se inspira la letra de la canción, pero en su marco encajarían perfectamente varias historias reales vividas por personas de El Paso.

Aún puedo revivir el sentimiento que me embargaba cuando observaba a esa joven que en vano seguía como “reservándose” para el muchacho que o bien había sido su novio o bien —y ella creía saberlo a ciencia cierta— estaba prendado de ella pero nunca él le dijo nada porque se sabía sin recursos económicos para ofrecerle el futuro que ella merecía, y por eso emigró a Venezuela a conseguirlos. Era dramático encontrarla esperanzada cada semana frente al Correo, para verla luego alejarse, muda, triste y cabizbaja, porque, al igual que la semana anterior, y la anterior y la anterior, no había recibido carta de él.

Cuando el tiempo hizo evidente que él no regresaría, esa joven, ya toda una mujer, se casó con otro y formó una familia, pero en su interior quedó viva aún, aunque debilitada, la llama de la nostalgia por el romance que la emigración truncó y que nunca pudo realizarse. Una llama cuyo calor he percibido en varios casos cuando he tenido oportunidad de hablar con estas mujeres y descubrir “entre líneas” las filtraciones de sus sentimientos.

A esas adolescentes o jóvenes de entonces que, con noviazgo o sin él, quedaron esperando al hombre de sus sueños, dediqué esta canción a la que puse por título “ELLA”, y que, en consideración a ellas, canto como si yo fuera ese hombre de sus sueños que siendo muchacho se vio obligado a dejar su pueblo, su gente y sus costumbres, para enfrentar en América una realidad que por clara y desconocida le parecía a veces brutal, y que en poco tiempo le cambió sueños y prioridades enrumbándolo por derroteros que no esperó nunca transitar.

Años después, ese muchacho, ya un hombre experimentado, recuerda nostálgico la relación que con ELLA tuvo antes de emigrar a Venezuela, y no sin tristeza y pesadumbre muestra su empatía para con la muchacha que quedó esperándolo.

Ficha técnica

— Título de la melodía instrumental: “Mama Leone”, en interpretación de Anthony Ventura.
— Grabada en mi casa (o sea, grabación casera), en Caracas, el 07-09-1985.
— Link/enlace para bajarla:

[*ElPaso}– “Dándole vueltas al viento” / Poemas de Antonio Pino Pérez: Se fue Domingo

SE FUE DOMINGO

En la muerte del poeta Domingo Acosta Guión.

De ritmos y armonías todo lleno,
la hora se cumplió de su partida,
y se marchó soñando, y hondo y bueno,
sin la caricia de una despedida.

Silencioso de afanes y sereno,
buscando siempre la inmortal medida
pasaba deshojando dulce y pleno
el dolor indecible de su vida.

Domingo, el gran cronista de La Palma,
festivo como el día de su nombre,
se nos dio todo entero en cuerpo y alma.

Y al no poder decir lo más sentido,
amargo y torturado y triste, el hombre
se fue a cantarlo en lo desconocido.

1959

[*Otros}– Palmeros en América / David W. Fernández: Marcelo Gómez Carmona

Marcelo Gómez Carmona
(1725-1791)

En la Venezuela colonial vivió un palmero, llamado Marcelo Gómez Carmona, que a su regreso a las islas nativas llevó el conocimiento de la cirugía que habías aprendido en Caracas, llegando a desempeñar el cargo de médico oficial del Hospital de Dolores de Santa Cruz de La Palma, destacándose, además, entre los imagineros isleños del siglo XVIII, por las bellas obras de escultura religiosa que nos ha dejado.

Vamos a consignar, para su memoria, algunos apuntes biográficos que acerca de este compatriota hicieran Francisco Guerra Martínez, de Juan Perdomo Bethencourt, de Cristóbal Peraza Padrón, de Tomás Hernández Martínez, de Carlos Alfonzo Barrios, de Mateo Hernández Guerra, de José Luis Cabrera Charbonier, de Antonio María Pineda de Ayala, de Antonio Gómez de Silva, y de tantos y tantos otros médicos canarios que le dieron prestigio a la medicina colonial venezolana.

El pintor, escultor, arquitecto y médico cirujano romancista Don Antonio Marcelo Carmona nació en Santa Cruz de La Palma el 30 de octubre de 1725. Era hijo del oficial o constructor de navíos don Juan Gómez Ferrera, natural de Lisboa (Portugal), y de doña Josefa Carmona Martín Pileta, natural de La Palma; nieto por línea paterna de don Pascual Gómez, personero en Lisboa, y de doña María Ferrera, ambos naturales de Lisboa; y nieto por línea materna de don Félix Simón Rodríguez, navegante de la carrera de Indias, y de doña Ana Rodríguez. Pertenecía, a lo que parece, a familia medianamente acomodada de La Palma.

A Ios diez días de nacido —es decir, el 10 de noviembre siguiente— fue bautizado por el presbítero don Mateo García Cobos y Lorenzo, de licencia del Lic. don Simón Florencio Rodríguez Montero, venerable beneficiario y rector de la parroquia matriz de El Salvador, de dicha ciudad, donde fue apadrinado por el Lic. Pbro. don José Cabrera.

Estudió las primeras letras en el colegio del Convento Franciscano de su ciudad natal, y aprendió luego geometría, pintura y escultura.

Hacia 1745 pasó a establecerse en Las Palmas de Gran Canaria, donde abrió taller de pintura y escultura. De este tiempo es la imagen del Niño Jesús para la de Ntra. Sra. de Gracia, del convento de San Agustín de dicha ciudad, en la cual se casó en primeras nupcias, alrededor de 1749, con doña Luisa Suárez de Aguilar y Fernández de Estrada, natural de la expresada ciudad, e hija de don Andrés Suárez de Aguilar, receptor de la Real Audiencia de Canarias, y de doña Sebastiana Jacinta Fernández de Estrada.

Allí se hallaba cuando se le denunció ante el Santo Oficio de la Inquisición por haber proferido proposiciones blasfemas, erróneas, malsonantes, sospechosas y heréticas, y este Tribunal lo reprendió severamente ante un secretario, señalándole que si reincidía se le castigaría con todo el rigor del derecho, y se le escrutaron los libros de su biblioteca, los cuales le fueron devueltos por pertenecer a su profesión, aunque había entre ellos figuras anatómicas desnudas. Toda esta pesquisa concluyó el 15 de diciembre de 1755.

En 1758 pasó a Venezuela a bordo del navío “Vencedor” a cargo de don Gaspar Calimano, para ocupar el cargo de condestable, y se estableció en Caracas. Allí presentó examen de cirujano en el Real Hospital de San Pablo, donde ejerció dicha profesión. También ejerció cargos político-administrativos de alguna importancia, como teniente de tropas forasteras de la ciudad de Valencia, corregidor de los pueblos de San Diego, San Antonio de los Guayos y San Agustín de Guacara, y, posteriormente, el de juez de comisos y teniente de justicia en el Villa de San Luis de Cura.

En Venezuela permaneció durante trece anos, y se sospecha que haya dejado obras artísticas de pintura y escultura, pero no han sido identificadas hasta el presente.

Regresó a Canarias en 1771 y supo que su mujer había muerto. Se casó en segundas nupcias con doña María del Pilar Dávila y Galindo, natural de Santa Cruz de Tenerife, e hija de don Vicente Dávila y de doña Bernarda Pérez del Manzano, y con su esposa e hijos pasó a establecerse en su ciudad natal.

En la ciudad de su nacimiento realizó, por entonces, una imagen de Cristo Crucificado, obra de estilo neoclásico de indudable mérito, pero que ofrece cierta afectación tanto en el tratamiento del cuerpo de Cristo como en los paños del mismo.

Cuando se hallaba concluida la talla en madera de la imagen, faltándole sólo darle barniz, la madera hizo una abertura en la pierna de la escultura, la cual se abrió más al atarugarla, ante lo cual impelido por su carácter irascible y su genio violento y colérico, exclamó: “¡Los diablos te lleven! ¡Me dan ganas de coger un hacha y hacerte pedazos!», por lo que fue denunciado, por segunda vez, ante el Santo Oficio de la Inquisición. Corría entonces el año 17812

En 1782 volvió a Venezuela, con el destino de cirujano de la balandra real “Ntra. Sra. del Rosario y San Joaquín», alias “La Cañada», y al siguiente año retomó por Cádiz a Santa Cruz de La Palma.

También ejecutó un retablo para la iglesia parroquial de Ntra. Sra. de los Remedies, de los Llanos de Aridane; por encargo de la fábrica, el tallado del coro de la parroquia matriz de El Salvador (1784); y probablemente el del púlpito de esta misma parroquia, quo se le atribuye.

Impedido de presentarse ante el Tribunal de la Inquisición en 1785, se excusa de hacerlo por hallarse con las piernas baldadas y sus hijos con sarampión, y le es leída la sentencia el 19 de octubre de 1785. Entonces se hallaba avecindado en la calle Santa Catalina, de Santa Cruz de La Palma, y gozaba, según parece, de empleo en las Milicias del Castillo de Santa Cruz del Barrio del Cabo, en la misma ciudad.

En 1790, al hallarse el Hospital de Dolores, de Santa Cruz de La Palma, sin médico que atendiese a los enfermos, fue propuesto para el cargo don Gaspar de Morales Figueroa, único facultativo residente en la isla, y al negarse éste a aceptarlo, pretextando exceso de trabajo, la Junta de Caridad acudió entonces, para sustituirlo, a Gómez Carmona, quien se encargo de administrar los remedios con que eran atendidos los enfermos.

Gómez Carmona falleció en Santa Cruz de La Palma el 12 de mayo de 1791, y fue sepultado en el convento Real y Grande de la Inmaculada Concepción, de la orden franciscana, en dicha ciudad.

De sus dos enlaces matrimoniales tuvo los siguientes hijos:

Del primer matrimonio tuvo hubo cinco, de Ios cuales vivieron dos:

A.= Don José Antonio Gómez Suárez, nacido alrededor de 1763, de oficio tratante, casado en Tenerife.

B.= Don Juan Ignacio Gómez Suárez, también tratante, e igualmente casado en Tenerife.

Del segundo matrimonio tuvo seis hijos, cuatro hembras y dos varones:

C,= Doña Águeda María Gómez Dávila, nacida alrededor de 1774.

D.= Don Juan Vicente Antonio Gómez Dávila, nacido alrededor de 1775.

E.= Doña María de los Remedios Gómez Dávila, nacida alrededor de 1778.

F.= Doña Josefa Bernarda Gómez Dávila, nacida alrededor de 1781.

C.= Don Marcelo Antonio G+omez Dávila, nacido alrededor de 1783.

H.= Doña Catalina Antonia Gómez Dávila, nacida en 1784.

Su obra de escultor lo hace el más representativo de la imaginería palmera de su tiempo, obra que, según la crítica, refleja el temperamento inquieto y desosegado de su autor, quien impregnó sus imágenes de un fuerte dramatismo.

Fue asimismo médico cirujano romancista de amplio ejercicio profesional, y gobernante que ejerció funciones político-administrativas en localidades de los hoy estados venezolanos de Carabobo y Aragua.

[*Opino}– De la RAE, y de la falta de respeto (¿o de conocimiento?) de algunos que escriben

Carlos M. Padrón

Titular en El Mundo (España) del 23/10/07:

“Nacen las primeras 40 tortugas bobas en Almería”.>

Quien no sepa que existe una variedad de tortugas llamadas bobas, se preguntará, y con toda razón, si esas tortugas que en Almería nacieron bobas, no habrían resultado bobas si hubieran nacido fuera de Almería.

Podrán llamarme puntilloso, exagerado o algo peor, pero si bien acepto que en el lenguaje hablado pueden permitirse ciertas licencias, creo que en el lenguaje escrito hay que cumplir, tanto como se pueda y por simple respeto a uno mismo y al lector, el principio de evitarle a éste cualquier género de dudas, no obligarlo a adivinar ni releer poniendo piedras en su camino, como, por ejemplo,

1.- tortugas bobas debieron haberlo escrito en mayúsculas —Tortugas Bobas— o entrecomillado —“tortugas bobas” o, mejor aún, ‘tortugas bobas’— para dar a entender que se trata de un nombre compuesto por dos palabras y no de que las tortugas sean bobas.

2.- La falta de acento en una palabra como ‘solo’, ‘este’, etc. cuando debe llevarlo, porque, digan lo que diga la RAE y Amando de Miguel, ponérselo es una forma de evitar confusión.

3.- El nombre de un libro o de una película. Cuando este nombre tiene varias palabras, sólo la primera aparece con mayúscula y, a falta de mayúscula en todas (eso de mayúscula en todas gusta mucho a los useños pero no a mí), comillas o signo equivalente, no tiene el lector modo de saber dónde termina ese nombre.

Por ejemplo, ante algo que diga: “La película Cuando Jerry y Sally se encontraron en New York fue algo sensacional…..”. ¿Cómo puede saber el lector cuál es realmente el título de la película? Esa duda no cabría si se escribe: «La película “Cuando Jerry y Sally se encontraron en New York” fue algo sensacional….».

Tal vez la RAE habrá dicho que en estos casos sólo se pone en mayúscula la inicial de la primera palabra, bien sea del título de una película, de un libro, etc. Lo siento, pero no respeto eso porque puede crear confusión en el lector.

4.- Hay que usar los términos que resulten lo menos equívocos posible, y usar todos los gráficos (acentos, comillas, mayúsculas, etc.) que contribuyan a esto. No tiene sentido escribir “Menos del 40 por ciento de la población…”, o “Menos del cuarenta por ciento de la población…”, si es más económico, y no crea confusión alguna, escribir “Menos del 40% de la población”. Y no digamos cuando, en un alarde de inconsistencia o dejadez, en un mismo artículo aparecen las dos, o hasta las tres, modalidades.

5.- Evitar el hipérbaton aunque para ello haya que caer en la redundancia, pues en estos casos vale aquello de que “Mejor que sobre, y no que falte”.

Por ejemplo, en un artículo sobre el sueño he encontrado esto:

“Para llegar a esta conclusión, Walter y sus colegas analizaron la actividad cerebral de un grupo de voluntarios que habían permanecido despiertos más de 35 horas usando para ello resonancia magnética funcional”.

Lo que en esto se dice, quiéralo o no quien lo escribió, es que la resonancia magnética fue usada para mantener despiertas a esas personas.

Pues no, lo que se quiso decir es que la resonancia magnética fue usada para analizar la actividad cerebral, pero a esa conclusión llegaría el lector después de adivinar lo que el escritor quiso decir, y no apegarse a lo que realmente dijo, aunque apegarse a lo dicho por el escritor es lo que debería poder hacer, confiado, todo lector.

Para no obligar al lector a fungir de adivino, o para que el escritor se evite la vergüenza —si la tiene— de que lo que escribe tenga que ser interpretado mediante adivinación, debió escribir, p.ej.,

“Para llegar a esta conclusión, Walter y sus colegas, usando para ello resonancia magnética funcional, analizaron la actividad cerebral de un grupo de voluntarios que habían permanecido despiertos más de 35 horas”.

Volviendo a lo de las ‘tortugas bobas’, lo que debieron escribir es, por ejemplo,

“Nacieron en Almería las primeras 40 Tortugas Bobas que nacen en ese lugar”.

Así no hay confusión.

6.- Y otra norma que no respeto es la de que antes de la conjunción copulativa ‘y’ no debe ponerse coma. Lo siento, pero no todas las ‘y’ cumplen igual función. Veamos:

a) “Detenidos en Erandio (Vizcaya) un hombre por agredir a su compañera y el padre de la víctima por lesionar al agresor”.

Puede interpretarse que el padre de la víctima también fue agredido, aunque lo de “por lesionar al agresor” da a entender que el padre de la víctima fue detenido también. Una coma antes de la ‘y’ acabaría con la duda: “Detenidos en Erandio (Vizcaya) un hombre por agredir a su compañera, y el padre de la víctima por lesionar al agresor”.

b) Otro ejemplo

“¿En qué país estamos? De Juana se pasea por la calle y se detiene a tonadilleras como si fueran terroristas».

“Se pasea por la calle y se detiene” es una frase que tiene sentido per se, y ahí surge la duda. Pero como lo que viene después de la ‘y’ no tiene que ver con el paseo, una coma antes de la ‘y’ acabaría con la duda:

“¿En qué país estamos? De Juana se pasea por la calle, y se detiene a tonadilleras como si fueran terroristas».

c) Uno más:

“El libro de EpC insulta a Losantos y Albiac responsabiliza al electorado del PP de la guerra de Irak”.

El lector duda y se pregunta si el tal libro insulta a esas dos persona, Losantos y Albiac, o si lo de Albiac sólo tiene que ver con lo de responsabilizar al electorado. Una coma antes de la ‘y’ acabaría con esa duda:

“El libro de EpC insulta a Losantos, y Albiac responsabiliza al electorado del PP de la guerra de Irak”.

d) Y otro más:

“Si se cae un puente, hay que aumentar el impuesto a la gasolina para que el Gobierno pueda reparar y mejorar el sistema vial y si mueren trabajadores en una mina de carbón, hay que imponer regulaciones adicionales a esa industria”.

Una coma antes de la primera ‘y’ rompería la continuidad del concepto “reparar y mejorar” que tiene que ver con la posible caída de un puente; por tanto, no va coma antes de esa primera ‘y’.

Pero la segunda ‘y’ ya no forma parte de esa continuidad, no tiene que ver con la caída del puente sino con lo de la muerte de trabajadores. Por tanto, sí debe ponerse una coma antes de esa segunda ‘y’, así:

“Si se cae un puente, hay que aumentar el impuesto a la gasolina para que el Gobierno pueda reparar y mejorar el sistema vial, y si mueren trabajadores en una mina de carbón, hay que imponer regulaciones adicionales a esa industria”.

[Opino}– Los españoles y el idioma inglés

Carlos M. Padrón

Dudo que sea correcto lo que en el artículo que copio abajo se da como explicación al problema que con el idioma inglés tienen los españoles.

Me quedo con la versión que da el australiano, pues he dicho muchas veces lo mismo que él.

Y tampoco creo lo de la explicación de que “ya tienen un idioma de comunicación para ir por el mundo”, pues, primero, el español no sirve para ir por el mundo —a menos que el mundo sea Iberoamérica—, y, segundo, si así fuera no tendrían sentido las enormes ganas que los españoles demuestran de poder hablar inglés, y cómo se pavonean cuando medio pueden hablarlo.

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A. de Miguel

Manuel Delgado Tenorio (Australia) se pregunta si la incapacidad para aprender inglés que tienen los españoles no será una “dificultad genética».

Lo dudo. La prueba es que los misioneros españoles (que son más que los de otros países) han sido siempre muy pronos a aprender las lenguas indígenas de los lugares donde ejercían su ministerio.

Cierto es que los españoles actuales se resisten a aprender el inglés. La explicación es que creen que ya tienen un idioma de comunicación para ir por el mundo. No es una razón convincente.

Fuente

[*ElPaso}– “Dándole vueltas al viento” / Poemas de Antonio Pino Pérez: Silencio

SILENCIO

Nunca tuve palabras con que amarte,
ni promesas, ni risas, ni canciones,
pues sólo tuve un mundo de emociones
y un placer infinito al recordarte.

Yo sentía en el alma, al contemplarte,
la tristeza angustiosa de no verte,
de dormirme en la noche, de perderte
sin haber acabado de mirarte.

Y un día nos perdimos, sin saberlo
en el tiempo,… no supe conocerlo…
¡deshojaba el olvido mis dolores!

Hoy, recordando lo que nunca llega,
mi alma en la noche misteriosa ruega
y llora en soledad muertos amores.

[*ElPaso]– La fiebre de las camas de hierro

23-10-2007

Carlos M. Padrón

Creo que fue allá por los años 80, época en que el facilismo comenzaba a hacerse notar en Canarias, cuando a algunos esnobs de El Paso les dio por la moda de las camas antiguas, de ésas hechas de hierro forjado que se habían usado muchos años atrás y que al momento, ya desarmadas e incompletas —cabeceras por un lado, pies por otros, etc.— servían como improvisadas puertas en el corral de algunos animales domésticos o simplemente yacían abandonadas y oxidadas en algún rincón olvidado.

La fiebre de este esnobismo se hizo contagiosa y, en particular las parejas que iban a casarse, recorrían la isla de La Palma buscando camas de hierro para, luego de restaurarlas, instalarlas en el que sería su dormitorio conyugal.

Recuerdo que siendo yo adolescente había en mi casa una de esas camas, que yo detestaba porque se movía en todas direcciones creando la sensación de que se desarmaría en cualquier momento y que quien en ella estuviera acostado iría a dar con sus huesos en el suelo.

En esa época, ya fueran de hierro o de madera, a las camas se les ponían colchones artesanales, hechos en casa, que se rellenaban con pinillo (aguja de pino seca) o con paja de trigo o cebada, y, en este último caso, el relleno se hacía en el verano, luego de la trilla del cereal que proporcionara la paja.

Lo que salía del colchón cuando se lo vaciaba era una masa formada por el relleno puesto el año anterior que con el uso diario se había compactado como por efecto de una prensa hidráulica. Pero una vez lavada la funda del colchón y llenada ésta con la paja fresca, el colchón adquiría un grosor varias veces mayor al que tenía antes del vaciado. Y cuando uno se echaba en él, se hundía arrullado por el característico chasquido de la paja al ser oprimida por el peso del cuerpo. Eso sí, cada día se hundía un poco menos hasta que la paja se asentaba para luego pasar a la etapa de compactación.

Pero si el relleno era de pinillo, la cosa tenía otro cariz, pues el nombre de “aguja de pino” no era gratuito ya que se trataba de verdaderas agujas vegetales que atravesaban el forro del colchón y la “sábana de abajo”, y se clavaban en el cuerpo del durmiente. La solución era poner, entre sábana de abajo y colchón, una manta bastante gruesa o una pieza de tela dura, como el dril, que no permitiera el paso de las agujas de pino. Cuando el pinillo por fin se asentaba, ya podía prescindirse de esa protección, aunque de vez en cuando el durmiente recibía un sorpresivo y poco agradable pinchazo al darse vuelta en la cama.

En el pueblo había algunos llamados “viejos”, que no lo eran tanto por la edad como por el sentido común y la chispa sarcástica que tenían para expresarlo cada vez que se les presentaba la oportunidad, y a casa de uno de éstos —que estaba más que fastidiado por la bendita manía de resucitar algo que, como las camas de hierro, había sido dejado de lado tiempo atrás por lo caro, incómodo y poco práctico— llegó un día una de estas parejas de tórtolos a punto de casarse, y ante todos los de la casa —el “viejo”, su esposa e hijas— se lamentaron de que estaban desesperados porque llevaban semanas buscando sin éxito una vieja cama de hierro, y luego pasaron a preguntar si sabían de alguien que tuviera una y quisiera venderla si no regalarla.

El “viejo”, que en silencio había escuchado todo sentado en un rincón fumando su cachimba, se levantó, y mientras en un gesto de clara molestia caminaba hacia la puerta de salida, comentó con tono de airado sarcasmo:

«Ya me tienen cansado con la moda de “las cosas de antes”. Ahora, camas de hierro pa’rriba y camas de hierro pa’bajo, ¡pero todavía no he visto, coño, que le hayan puesto un colchón de pinillo a ninguna!»

[*Otros}– Palmeros en América / David W. Fernández: José Gabriel Fierro de Torres y Santa Cruz (2/2)

José Gabriel Fierro de Torres y Santa Cruz
(1713-1791)

Desde Venezuela, Fierro envió tres custodias a la ciudad de su nacimiento.

Son éstas: la custodia preciosa de la parroquia matriz de El Salvador, la custodia menor de la parroquia-santuario de Ntra. Sra. de las Nieves, patrona de la isla de La Palma, y una tercera, exactamente igual a la de las Nieves, que remitió para el hoy inexistente convento de Santa Catalina, que se halla actualmente en la parroquia de El Salvador. Mandó también dos portaviáticos: uno para la ya referida parroquia-santuario de Ntra. Sra. de las Nieves, y otro para la iglesia parroquial de Ntra. Sra. de los Remedies, de los Llanos de Aridane, también en la isla de La Palma.

El legado de Fierro constituye el último enviado a los templos de Canarias desde la Venezuela colonial.

La custodia preciosa de El Salvador es, por su arte y por su pedrería, una de las más valiosas que posee Canarias, y fue elaborada en plata sobredorada calada, brillantes, esmeraldas y rubíes.

• Está rematada por una cruz latina que Ileva esmeraldas y anchos perillones esmaltados.

• En el sol, levemente ovalado a manera de una flor gigantesca, se alternan tres tipos de rayos rectos con uno de rayos flameados, llevando dichos rayos diez estrellas de pedrería engastada, y tiene en su parte inferior, sosteniendo el viril, un ángel con bucles sobre la frente y cuatro alas, dos superiores extendidas y dos inferiores plegadas formando un corazón.

• En la caja de viril se alternan rosas y flores en discreta alusión mariana.

• El astil presenta en su parte inferior un cilindro calado imitando tallos sinusoidales, y el nudo, de forma semiesferoidal, simula un capullo con sépalos cincelados, y otros similares, que se repiten más arriba, formado por una plancha recortada con esmaltes morados en los racimos, representando el motivo eucarístico de las uvas, que sostiene el sol. El pie, a manera de bullón, nos presenta dos bandas caladas, sobre motivos vegetales, interrumpidos por tomapuntas.

• En el estuche de piel que cubre la custodia se lee: “D. José Fierro Santacruz, Caballero de la Orden de Calatrava. A° de 1779″.

El conjunto de esta custodia es de una gran elegancia y riqueza, y ha influido en la orfebrería palmera, ya que el maestro orfebre Antonio Juan de Silva (1803-1813) elaboró una custodia de plata sobredorada para el sagrario del convento de Monjas Dominicas, de Santa Cruz de La Palma, que es copia de aquélla.

El sol de la custodia fue robado en 1900 y sus piedras desmontadas, pero pudo recuperarse íntegramente. La custodia tiene 0.80 m. de alto.

La custodia menor de las Nieves es de plata sobredorada y piedras de dobletas, y tiene una altura de 0.61 m.

La custodia menor, que perteneció al convento de Santa Catalina, es exactamente igual a la de las Nieves, corno ya dijimos.

El autor de estas custodias fue el caraqueño Francisco Landaeta y Lerma [1721-i18027), la más vigorosa personalidad artística de la orfebrería venezolana, cuya obra no tiene comparación con ninguno de los otros orfebres del país, y sus más valiosas obras son las dos custodias preciosas siguientes; la de la Iglesia de San Francisco, de Caracas, y la expresada de El Salvador, en Santa Cruz de La Palma.

Los referidos portaviáticos son atribuidos al orfebre caraqueño Domingo Tomás Núñez (¿1730?-1801).

Según testamento que Fierro otorgó en Caracas el 21 de enero de 1790 ante Juan Antonio Tejero, dejó, para enriquecer la nombrada custodia preciosa de El Salvador, su venera de Calatrava, de diamantes; y por testamento que hizo, también en Caracas, el 30 de diciembre de 1791, ante el escribano Bernardo José Romero, fundó un Patronato para su familia.

En el mismo ano de 1791, o acaso a comienzos de 1792, falleció este aristócrata que ejerció en Caracas funciones político-militares, así como actividades comerciales, y regaló generosas piezas de orfebrería a los templos de su isla natal.