[Col}> "Román". Remembranza familiar de El Paso de los años 40 / Adolfo Taño Perera

2002

“ROMÁN”

Remembranza familiar de El Paso de los años 40

Por Adolfo Taño Perera

Román era pequeño de estatura, dominado siempre por cierto nerviosismo, y hablando consigo mismo parecía que estaba a punto de tomar determinantes decisiones. Quizás éstas no iban más allá de enderezar cierta pared que él creía torcida, o de intentar una nueva forma para que los «regos» (surcos de papas en su huerta), quedaran mejor alineados.

Disfrutaba con la perfección conseguida en tra­bajos intrascendentes, como la colocación rectilínea de las pacas de paja almacenadas en el pajero, y soñaba con que algún día se realizara la obra más importante en el pueblo, que sería el alineamiento de la calle principal, seguida de la Plaza Vieja y del colegio de monjas. Nadie le prestaba atención en sus desvaríos reformistas del trazado de calles y caminos.

Al parecer, en su vida no había ningún motivo de agobio. Sí tenía una hermana solterona y sobrinos huérfanos en estado de necesidad, pero él parecía vivir distante de estos problemas. Sin embargo, nunca se le veía reír. Si lo hacía era muy bajo y como para sí mismo. Casado con Lina Ramón, formaban un matrimonio sin hijos. Quizás esta circunstancia le restó felicidad a su vida, ya que él era capaz de sentir afecto por los niños.

Alejo, que era el hijo pequeño de una sobrina de su esposa, recibió su cariño desde la más corta edad. Vivía frente a su casa y desde muy pequeño corría a ésta por cualquier motivo. El tío Román lo recibía siempre con afecto, y en ciertos momentos el niño percibía sus expresiones de ternura contenida. Entre los primeros recuerdos que luego Alejo conservaría estaba el correr al callejón, como se denominaba la entrada de la casa, cuando lo veía, y ponerse entre sus piernas para hacer de caballo y que el tío fuera el jinete. Su leve sonrisa divertida, y lo que él cooperaba para que el niño lo pasara bien, le hacían volver al día siguiente.

Una tarde, después del almuerzo, Alejo salió de la casa corriendo, y al bajar los escalones que estaban junto a la portada perdió el equilibrio y cayó junto a ésta. Al salir había visto al tío Román en el callejón, y no habiendo recibido golpe alguno en la caída, exageró la importancia de ésta, quejándose en voz alta, para ver la reacción del tío. Como suponía, éste llegó todo nervioso y alarmado a ver lo que le había pasado al niño. Alejo, para tran­quilizarlo, le decía que casi no había sido nada, pero de algo se dolía a la vez para que el tío no descubriera el engaño.

La vida de Román era estrictamente ordenada. Cuando ninguna persona de campo, agricultor a ganadero, llevaba reloj, él tenía el suyo en el cinto, en un estuche de cuero oscuro. Varias veces en el día se le veía sacar el reloj y mirarlo pensativamente. Según la hora, tomaba la decisión de realizar alguna actividad. Los objetos de su uso le duraban muchísimo, y presumía de ello. El reloj con el estuche lo trajo de Cuba en su juventud. Alguna vez Alejo le pidió que le enseñara el reloj, y recuerda que Román se lo ponía entre las manos, pendiente él de que no se le cayera.

Una vez, andando Alejo con otro chico de su edad por el morro que está junto a la casa de los tíos, vie­ron un orinal blanco y reluciente secándose al sol en el patio trasero de la casa. Aficionados a tirar pie­dras a cualquier cosa, vieron en el orinal el blanco perfecto para dispararle algunas pedradas. Sin mucha convicción de acertar le lanzaron algunas piedras, pe­ro, por desgracia, una le dio de lleno. Con el ruido que hizo, y conscientes del problema que aquella acción podía ocasionarles, corrieron y se alejaron del lugar.

Alejo estuvo preocupado par lo que había hecho. Cuando Lina y Román supieron que él estaba en la fechoría, no le dieron mucha importancia al asunto, seguramente por no causarle mayor disgusto. La tía Lina dijo que el orinal tenía más de veinticinco años, y que hasta antes de recibir el golpe no tenía ni la más mínima abolladura.

La casa de Lina y Román era visitada por Alejo con frecuencia casi diaria en el principio de su infancia. Siempre tenía para él el misterio de la soledad y de la antigüedad de los objetos que contenía. Se detenía en tres cuadros que colgaban de las paredes del recibidor. Un día la tía Lina le dijo a Alejo que los cuadros proce­dían de una compra que ella había hecho a una persona, conocida suya, que se iba del pueblo. En un cuadro que en su parte inferior se podía leer «La torre de Babel», se veía una multitud de personas extrañas caminando sin rum­bo, divisándose una torre misteriosa al fondo.

Algunas personas hacían esfuerzos por subir a la torre, sin que al parecer lo consiguieran. El cuadro era en blanco y ne­gro y sus figuras desvaídas. Había que prestarle atención para darle alguna interpretación. Estoy seguro de que nadie observó ese cuadro como lo hizo el pequeño Alejo. Quería saber qué le sucedía a las personas aquellas, y no acerta­ba a explicárselo. Esto le llevaba a pensar que en tiem­pos remotos sucedieron hechos extraños que, gracias a Dios, ya no sucedían. Consideraba que su vida estaba segura por­que vivía en unos tiempos donde no pasaban aquellas cosas.

El otro cuadro del mismo estilo que el anterior ponía en su parte inferior «La destrucción de Jerusalén». En él aparecían personas semidesnudas pegándose con diversos obje­tos, y en actitudes de una exagerada ferocidad. Este cua­dro no tenía para el pequeño el misterio del primero, y por eso lo observaba menos. Y por último estaba el tercer cuadro. Aunque era en blanco y negro también, sus figuras, que eran tres y que lo llenaban casi todo, aparecían muy visibles. Se trataba de un joven tendido en el suelo, una mujer volcada sobre él en actitud de reconocimiento, y otro joven con el pelo caído delante de la cara, lloran­do desconsoladoramente. Unas ramas de árboles los rodea­ban. También tenía una indicación: «La muerte de Abel».

Alejo pensaba que Abel tenía necesariamente que ser el jo­ven que estaba tendido, su madre Eva la que estaba junto a él, y el joven que lloraba junto a ellos debía ser Caín, ya que no conocía la existencia de otros hermanos. Pero no en­cajaba esto con lo aprendido del Catecismo, que nada nos enseña del arrepentimiento que sufriera el fratricida. Para Alejo no existían entonces otras personas sobre la Tierra fuera de Adán, Eva, Abel y Caín.

Completaban los adornos de las paredes un retrato en el que se veía a un anciano com­pletamente calvo, delgado y de expresión bondadosa, junto a un joven cuidadosamente peinado y de bigote bien dibujado. Eran, le decía la tía Lina, papá Juan —padre de ella y bisabue­lo del niño—, y su hijo y hermano de ella, Manuel, que había muerto de joven en Cuba. Del resto de objetos no conservaba ya recuerdo alguno.

Algunos días de primavera se iba a jugar solo detrás de las ventanas de la casa de los tíos. Entre éstas y la pequeña pared que dividía la propiedad con la de los vecinos había unas plantas, que sobrepasaban en tamaño a Alejo, con flores predominantemente amarillas. Él observaba que al llegar el anochecer aquellas flores se encogían y quedaban co­mo bolas blandas, y que al amanecer comenzaban a abrirse para llegar a su esplendor cuando el sol les daba luz y calor.

Cada flor iba produciendo una bolita negra en su interior. Cuando ésta crecía, la flor se iba secando. Entonces recolectaba las bolitas, con lo que parecía un interesado en aque­llas semillas. Buscaba en las ramas “primaveras”. Se les da­ba este nombre a ciertos gusanos, de considerable tamaño y de color llamativo, propios de éstas y otras plantas parecidas, que producían rechazo a quien se tropezaba con ellos. Desde allí contemplaba el cañaveral que estaba en la propiedad de los vecinos, muy próximo a la pared divisoria. Cuando el viento soplaba producía un sonido para él miste­rioso. Al interior del cañaveral nunca llegó, tenía en su imaginación la amenaza de lo desconocido.

Algunos días almorzó Alejo con los tíos Román y Lina. Se sentaba junto a la tía Lina, enfrente del tío Román. Ob­servaba cómo éste se concentraba, con movimientos rápidos y contenidos de sus mandíbulas, en el sabor de la sopa o del potaje, mirando fijamente a la tía Lina para después decirle que había puesto pocos cominos, o que estaba falto de sal.

Recuerda las comidas muy condimentadas que consumían y que, al parecer, eran exigencia de él. A Román y a su esposa Lina no se les veía juntos en otro lugar que no fuera su propia casa. Ya de mayor, Alejo llegó a saber por su tía Lina que fueron un matrimonio roto desde muy pron­to. El padeció de celos y la trató siempre de manera distante y disconforme.

Según fue creciendo, Alejo se fue alejando de la ca­sa de sus tíos Lina y Román. Le interesaban más los juegos con otros muchachos de su edad, que abundaban en el barrio. No obstante, seguía viéndolos a diario, pues la tía Lina venía a la casa de Alejo por cualquier motivo, y el tío Román, al caer de la tarde, a estar de tertulia con el padre del muchacho.

De los últimos y más persistentes recuerdos que Alejo tenía del tío Román era ver allá en el patio de su casa una silla con una chaqueta oscura y un pantalón puestos al sol. De ello se deducía que Román al día siguiente bajaría a Argual a entrevistarse con los Sotomayor, de quienes era el encargado de sus propiedades en el municipio. Alejo lo vio salir alguna vez de su casa para estas visitas, cuida­dosamente vestido de oscuro, contrastando con las personas que iba encontrando, vestidas con sus ropas de faena diaria.

Román quería darle a estas entrevistas la importancia que él creía que tenían. En una ocasión venía especialmen­te emocionado. De Manuela, esposa de Don José Miguel Sotomayor, oyó su voz y preguntó si era Román el que estaba allí. Al comunicársele que sí, entró en la oficina y se sentó junto a él, conversando sobre diversos asuntos. Así se lo contó al padre de Alejo, emocionado todavía por las muestras de sencillez y atención que para él había recibido aquella misma mañana de Manuela Sotomayor.

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