[*Otros}– Los Canarios en América / José Antonio Pérez Carrión: Francisco Tomás Morales

Este hijo de las Afortunadas, de quien nos vamos a ocupar, fue uno de tantos compatriotas que deben a sus propios esfuerzos el alto puesto que han alcanzado, tanto en la ciencia como en las artes; en la administración y en la prensa como en la milicia; y que, colocados en medio de circunstancias dadas —ha dicho el inolvidable José Desire Dugour— «han sabido aprovecharlas dominando a veces los sucesos, jugando el todo por el todo, o lanzando un reto a la fortuna que siempre los ha favorecido».

El valeroso caudillo Francisco Tomás Morales nació en el pueblo del Carrizal, de la Isla de Las Palmas (1783). A la temprana edad de 16 años pasó a Costa Firme con objeto de mejorar su suerte, dedicándose a la labranza.

El 19 de marzo de 1804 sentó plaza de soldado, pasando por todos los grados subalternos de la milicia, hasta que el primero de agosto de 1812 fue nombrado alférez. Dos meses permaneció nuestro conciudadano en este empleo, pues el primero de octubre del mismo año fue nombrado teniente ayudante a las órdenes de Arias Reina.

La revolución de Caracas, ocurrida el 19 de abril de 1810, encontró al joven Morales sirviendo de cabo segundo, Pero su decisión, su pericia y las necesidades de aprovechar, en pro de la soberanía de España, todos los elementos que podían conservarla, hizo que se notara desde luego el ardimiento de Morales y se le confiara el mando de una pequeña columna en el Departamento de Clarines, aunque no era más que sargento segundo.

El empleo de subteniente le fue concedido por la acción del 30 de Julio de 1812 en las playas de Nueva Barcelona, en la que hizo reembarcar a los revolucionarios.

Su valor, estrategia y brillante conducta, en las acciones del 14 de septiembre y primero de octubre contra las fuerzas del famoso guerrillero Villapol, le fueron premiadas con el grado de teniente, pues, de sus resultas, las ciudades de Cumaná, Barcelona e Isla Margarita se sometieron de nuevo al general Juan Domingo Monteverde, natural de la Villa de La Orotava, en Tenerife; mientras que Morales, herido de una pierna, se retiró a curarse, dejando, en aquella provincia, materialmente vencida la revolución, pero no la idea.

En 1813 se rehicieron los activos partidarios de la idea republicana en el pueblo de Maturín, convocados todos por el animoso v nunca bien elogiado Simón Bolívar, y, fortificados en aquel punto, pudieron desalojar a las fuerzas monárquicas. Pero en virtud de una serie de combates y reveses continuados, hubo que abandonar al ínclito Bolívar casi todo el país y refugiarse en Puerto Cabello.

Simon Bolívar, sagaz y valiente coma el primero, v conocedor, más que ningún otro, de esas regiones, comprendió desde luego lo difícil que era para los generales españoles obtener nuevos refuerzos de Europa, porque Fernando VII, llamado por unos el parricida y por

otros el traidor, se ocupaba, allá por los Pirineos, en poner obstáculos a las ideas liberales, sin cuidarse poco ni mucho de la sangre que a torrentes se derramaba en su nombre acá en la virgen América, dando así tiempo a que el caudillo venezolano organizara su ejército eminentemente republicano, y pronunciara, en un arranque de desesperación, la frase terrible de “Americanos, ya tenemos patria; las tiranías de Fernando VII así nos lo exigen. ¡ojo por ojo, y diente por diente…!».

Desde este momento, la carnicería, por una y otra parte, se hizo horrorosa. ¡No había cuartel!

José Tomás Boves, que era a la sazón el general en jefe de las tropas españolas, si bien conocido como uno de los hombres más tiranos, seguro como estaba de la pericia, lealtad, honradez y denuedo de Morales, le nombró su segundo, decidiéndose ambos a salir de tan apurada situación y volver a España, por todos los medios posibles, las ricas provincias ya perdidas, emprendiendo nuevamente una serie de acciones, ora favorables, ora adversas.

En la acción del 21 de septiembre de 1813 fue herido nuestro paisano, alcanzando el ascenso a capitán y quedando vencidas las tropas venezolanas.

En la del 14 de diciembre de aquel mismo año, obtuvo el grado de teniente coronel. En esta horrorosa acción perecieron cerca de 2.000 republicanos, incluso el famoso general Pedro Aldao, teniente de Bolívar, que los mandaba.

El año 1814 dirigió Morales, en calidad de jefe, el sitio de San Mateo, por haberse dado de baja Boves. Esta plaza estaba fortificada por el general Bolívar, y, después de 23 días de sitio, asaltó Morales las trincheras con tan vigoroso empuje (dos de abril), que pereció casi toda la guarnición, con los generales venezolanos Villapol, Campo-Elías y Vicente Gómez, logrando fugarse Simón Bolívar con algunos oficiales.

Asistió a otros muchos lances de guerra durante aquel sangriento año, fecundo en desastres para las tropas republicanas, que tuvieron que retirarse a la Isla Margarita.

Estaba organizando Morales en Carúpano una expedición para atacarlos, cuando arribó a las playas venezolanas el general Murillo con la escuadra y el ejército de la Península, nombrado virrey de aquellos Estados por el Gobierno de Fernando VII. Morales fue nombrado entonces coronel y comandante general de la vanguardia.

Desde este momento, empezó otra serie de operaciones en que el hijo de Las Palmas tuvo que apelar en más de una ocasión a los recursos estratégicos de su despejado talento militar para triunfar de las innumerables dificultades que la envidia de los recién llegados le oponían, vencer y cumplir las arriesgadísimas órdenes del general Murillo en el reino de Nueva Granada y plaza de Cartagena de Indias.

En aquel otro teatro de la guerra civil tuvo Morales que sostener, con fuerzas muy inferiores, una serie continua de combates, de ataques, marchas y contramarchas por comarcas desiertas y desconocidas, sin trenes, sin víveres y sin bagajes. Y sólo por su constancia, su valor, su lealtad, y su honradez a toda prueba, pudo salir ileso de los peligros que representaban los naturales de aquellas extensas regiones, amantes fervorosos de su independencia, que habían acudido al extremo y habilidad del lazo, que manejaban con suma destreza y singular acierto, causando en las tropas españolas bajas considerables y un pánico horroroso. Sin embargo, nuestro paisano, a pesar de tantos inconvenientes, firme siempre en su espíritu guerrero y apasionado amor a España, consiguió apoderarse de Cartagena, que era su deseo.

En 1816, volvieron a pronunciarse contra España los estados de Venezuela y el virrey general Murillo ordenó entonces a nuestro paisano que retrocediera y viniera a marchas forzadas con su división a situarse en Valencia, dejando a los granadinos aquellos valiosísimos lugares.

Obedeciendo a la disposición del virrey, el denodado hijo de Las Palmas emprendió una rigurosa marcha de más de 400 leguas, sin grandes pérdidas de vidas; de tal modo que el 11 de abril pudo batir y dispersar a las poderosas fuerzas de Simón Bolívar en los Aguacates. Por esta acción recibió el grado de brigadier.

En 1818, vuelto ya el virrey Murillo de su expedición de Santa Fe, quedó Morales incorporado al ejército principal. Contribuyó mucho en esta ocasión y dificilísima prueba a la salvación de la retirada que hubo que emprender por las malas disposiciones del general en jefe español, y a consecuencia de la sorpresa que le causaran a éste las aguerridas y valientes tropas republicanas de Bolívar.

Pero repuesto nuevamente el ejercito español y después de una innumerable serie de combates seguidos, tuvo Morales la gloria de dispersar al ejército venezolano en la batalla del 16 de marzo, en que, hallándose gravemente herido el general en jefe, le sustituyó en el mando nuestro valeroso y entendido comprovinciano consiguiendo poner en precipitada fuga a los bizarros caudillos Simón Bolívar, Urdaneta v Valdés.

Después de esta heroica acción fue destinado Morales a tomar el mando de otra columna que o
peraba a 40 leguas del cuerpo del ejército.

Allí derrotó completamente al general Cedeño, llamado por Bolívar el bravo de los bravos.

En 1819 tuvo por singular competidor al que antes había sido uno de sus mejores amigos, el valiente y nunca bien ponderado general Páez, emprendiendo contra este bravo venezolano una larga serie de encuentros y reencuentros.

En 1820 y 21 hallábase ya en los 1lanos de Caracas. Al romperse de nuevo, desgraciadamente, por esta época, las hostilidades, el general La Torre, que había reemplazado al virrey Murillo, se vio invadido por un crecidísimo número de fuerzas republicanas que se habían ido organizando en los puntos mas remotos de Venezuela y que por todas partes acudían en socorro de la ciudad de Caracas. Entonces, el ejército español, que estaba ya casi en cuadro, hambriento y desnudo, tuvo que retirarse a Puerto Cabello.

De aquí mandó La Torre a nuestro paisano a Curazao para negociar un empréstito y socorro de víveres y pertrechos, que en efecto consiguió por las buenas relaciones que sostenía en aquella importante plaza.

El siete de noviembre recibió el despacho de mariscal de campo, que había ganado a fuerza de heroísmo y de su lealtad nunca desmentida.

El cuatro de julio de 1822 el general La Torre le pasó comunicación urgentísima, diciéndole que, «sin pérdida de tiempo, viniera a hacerse cargo del Ejército, puesto que el Rey lo había destinado a Puerto Rico».

Con efecto el mismo día cuatro de julio se hizo cargo el general Morales del Ejército, reducido ya a 2.000 hombres, enfermos en su mayor parte, y Puerto Cabello sitiado por el ejército venezolano.

En este estado de cosas, comprendió el pundonoroso el hijo de las Canarias que todo se había ido preparando para obligarle a capitular..

Indignado de semejante perfidia, trató de hacer revivir el espíritu patrio y organizar sus ejércitos, pero ya era tarde.

Despachó inmediatamente comisionados a Curazao, Puerto Rico y La Habana, pidiendo instantáneos socorros, pero ésos no llegaron nunca.

Las autoridades de Puerto Rico y La Habana se mostraron por entonces sordas y apáticas. Sin embargo, haciendo Morales casi un desesperado esfuerzo, obligó a las tropas venezolanas a levantar el riguroso sitio. y el ocho de agosto tomó la ofensiva, engañando con marchas v contramarchas a los enemigos, hasta que, convencido de que el general Soublet se había reunido con sus numerosas fuerzas a las del general Páez, retrocedió a Puerto Cabello, y de allí a Maracaibo, lo cual llevó a efecto con grande riesgo y muchos y repetidos combates y escaramuzas.

A pesar de estos reveses y de la penuria en que se encontraba el guerrillero de las Afortunadas, pudo, no obstante, con las esquilmadas tropas que be habían dejado los generales españoles Murillo y La Torre, apoderarse de la ciudad de Coro y mantenerse allí inatacable por algunos meses, dando continuamente que hacer a las tropas republicanas.

Así las cosas, llegó el ano de 1824, en que el ejército español, que mandaba el virrey Laserna, tuvo que capitular en Ayacucho.

El ejército republicano, triunfante en todas partes del continente, redoblaba sus heroicos esfuerzos para arrancar a Maracaibo de manos de nuestro paisano, logrando introducir en Aguas la escuadra Colombiana, por lo que, después de un sangriento y reñidísimo combate, viose obligado al fin el hijo de las Canarias a capitular, retirándose a La Habana.

Era el cuatro de agosto de 1824, a los tres meses de haberse rendido el ejército español en la célebre jornada de Ayacucho, en la cual, hay aún muchos que aseguran que se encontraban el general Espartero y otros jefes españoles de notable nombradía, que más tarde vinieron a ser el alma de la política activa en los Gobiernos y Centros de Madrid.

De La Habana pasó el general Morales a España, donde fue recibido por Fernando VII que le nombro (1827) comandante general de Canarias y regente de la Audiencia Territorial.

Falleció nuestro eminente compatriota el cinco de octubre de 1844 en la ciudad de Las Palmas, después de una vida llena de azares por defender la integridad de España en América.

El general Francisco Tomás Morales, tan valiente y decidido en la guerra, era, en el trato familiar y en el seno de los amigos, un verdadero y pundonoroso demócrata, pues el que estas líneas escribe, siendo aún muy niño, tuvo la alta honra de conocerle y tratarlo personalmente en la ciudad de Santa Cruz de Tenerife.

Las puertas de su casa jamás estuvieron cerradas para los pobres, y su mayor gloria era verse rodeado de éstos y contarles las peripecias de su vida en América, por lo cual conservó siempre un afecto sincero.

Para concluir pudiera decirse de nuestro comprovinciano que, si hubiera alcanzado nuestros días, habría sido uno de los más sinceros y decididos partidarios de la democracia española.