[LE}— Artículo o publicación, alternativas a ‘paper’

10-07-2018

Los términos artículo o publicación son alternativas válidas al anglicismo paper, que se usa hoy en día con cierta frecuencia en español.

Aunque este préstamo tiene un uso más extendido en los ámbitos académico y médico, cada vez es más habitual encontrar en los medios de comunicación frases como

  • «Los científicos finlandeses rechazarán el proceso de revisión de papers»,
  • «La universidad está inmersa en un proceso que convierte intelectuales en un nuevo tipo de ser académico cuyo fin último es hacer papers» o
  • «En el paper publicado, la paciente no es más que un mero sujeto».

El Diccionario Crítico de Dudas Inglés-Español de Medicina, de Fernando A. Navarro, ofrece alternativas como artículo o publicación para este extranjerismo.

Por otra parte, el Diccionario Panhispánico de Dudas propone sustituir paper, cuando se utiliza con el sentido de ‘escrito en el cual el autor desarrolla sus ideas sobre un tema determinado’, por términos como ensayo, comunicación, ponencia, informe o trabajo.

Dependiendo del contexto, el anglicismo paper puede sustituirse por cualquiera de las formas mencionadas. Así, en los ejemplos iniciales habría sido preferible escribir

  • «Los científicos finlandeses rechazarán formar parte del proceso de revisión de publicaciones»,
  • «La universidad está inmersa en un proceso que convierte intelectuales en un nuevo tipo de ser académico cuyo fin último es hacer artículos» y
  • «En el informe publicado, la paciente no es más que un mero sujeto».

Se recuerda que, si se opta por utilizar el anglicismo, lo adecuado es escribirlo en cursiva o entrecomillado cuando no se dispone de este tipo de letra.

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[LE}— Versus es ‘frente a’ o ‘contra’

04-07-2018

La preposición versus, que significa ‘frente a’ o ‘contra’, no necesita destacarse con cursivas ni comillas, por considerarse ya una palabra propia del español.

En los medios de comunicación es frecuente encontrar frases como

  • «Confidencialidad versus transparencia en las Administraciones públicas»,
  • «Banana “versus” plátano, ¿sabes cuál es más saludable?» o
  • «Minuto a minuto del Panamá vs. Inglaterra».

La vigesimotercera edición del Diccionario Académico (2014) ya incorpora versus en letra redonda y señala que, aunque en latín versus significaba ‘hacia’, la palabra ha llegado al español a través del inglés y con el significado de ‘frente a, contra’.

La Nueva Gramática de la Lengua Española (2009) ofrece esa misma explicación y, si bien señala que el uso de versus con esos significados no es incorrecto, considera más adecuado usar frente a o contra, según los casos.

Por otro lado, la Ortografía de la Lengua Española señala que la abreviatura de versus es vs., en minúsculas y con punto abreviativo.

Así pues, los ejemplos iniciales pueden considerarse válidos, aunque no era necesario marcar en ellos la palabra versus con cursiva ni entrecomillarla. También habría sido posible sustituir esa preposición por frente a, contra, o, en el último caso, por un simple guion («Minuto a minuto del Panamá-Inglaterra»).

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[*ElPaso}— Pregón para las Fiestas del Pino de 1997 / Dr. José María Brito Pérez

Agosto de 1997

¡Queridos Paisanos!

Nuestro pueblo se engalana, una vez más, para la celebración de sus fiestas trianuales y, mediante este pregón, se anuncia y participa a vecinos y visitantes el comienzo de los festejos que van a tener lugar en honor de Nuestra Señora la Virgen del Pino.

En el momento en que nuestro alcalde me invitó a hacer este pregón tuve unos días de dudas al encontrarme desvalido de méritos literarios para ocupar el noble oficio de oradores y poetas. No obstante, lo acepté como un gran honor que se me hacía, a la vez que un mandato, porque este último obliga siempre a servir al pueblo del que somos hijos.

El pregón es una llamada a la alegría, a la diversión, a la sonrisa y a olvidar nuestros problemas para vivir un paréntesis en el quehacer cotidiano de los pueblos. El pregón es —en palabras de ese entrañable alcalde que fue, de la capital de España, el profesor Tierno Galván, en uno de sus famosos Bandos Municipales— “una llamada a los ciudadanos recordándoles el derecho y la necesidad de disfrutar de unos días de ocio, festejando sus fiestas, y participar en esa llamada de reencuentro, hermanamiento y solidaridad”.

Cuando las fiestas se celebran con una romería, el pregonero anuncia el tradicional homenaje y veneración que se rinde a Nuestra Patrona.

Quiero transcribir la definición de romería hecha en un pregón de otro pueblo canario recogida por nuestro ilustre académico palmero D. Luis Cobiella. Dice así:

“El pregonero sorprende al habitante del pueblo compartiendo la canción con su cotidiana labor. Se puede trabajar cantando, porque el trabajo ha de ser alegría y, como con la alegría tiene que haber belleza, comenzó la mujer a adornarse el sombrero con amapolas y la blusa con violetas, y el hombre le puso geranios al carro y se fue echando atrás el sombrero para que se le vieran brillantes los ojos, y hubo roces de manos y miradas jóvenes y tonadas tiernas y nacimiento de amores que quisieron ser eternos. Nació así la romería como una explosión no sé si de entusiasmo, o como una liberación de días monótonos”.

En este intento de pregón, y éste es el título que le he dado, pretendo contarles mis recuerdos y vivencias pasadas con motivo de estas fiestas, a la vez que participarles de mis sentimientos ante nuestro pueblo, sus gentes y nuestra Virgen del Pino.

En mis recuerdos, la Virgen del Pino se presentaba como la fiesta magna, cerrando ese abanico de fiestas estivales, el Corpus, el Sagrado Corazón y la Patrona, en la que la chiquillería del barrio teníamos puesta nuestra mayor ilusión, comparable a la de los Reyes Magos.

Constituía día de júbilo, hermanamiento y solidaridad familiar y vecinal, comenzando con el acto de cargar enseres familiares, comida, agua, vino… en el camión de Juan Calero y Eduardo Bruno que, año tras año, transportaba desde Tajuya al Barranco a la familias y pertenencias, cubriendo el último tramo a pie. Era un viaje alegre e ilusionado con la novedad de hacer excursiones más largas que el año anterior.

Recuerdo de forma nostálgica contemplar las salutaciones de vecinos, la alegría derrochada por las gentes cargadas con sus cestos, garrafones o pequeños barriles con sus propios vinos, unos a hombros y otros sobre mulas o caballos, cada uno buscando un lugar para extender su mejor mantel para la comida familiar. Era, además, un momento de hermanamiento y convivencia de amigos y parientes que acudían desde largas distancias del valle y allende las cumbres.

Esto se repetía año tras año, y el día de festejos se iba llenando con los conciertos de la Banda Municipal después de la misa, con la comida y la siesta sobre el pinillo, y más tarde con la esperada carrera de las bestias, caballos o mulos.

Este acto era uno de los que desencadenaba grandes pasiones. Las discusiones, comentarios y bromas se extendían mucho más allá de ese día. ¿Quién no recuerda la reñida carrera de la mula baya y la mula negra de Pablo Pino y Vicente Guelmes, o la anécdota de la yegua de Tomás que después de ir ganando casi todo el trecho, dejó pasar al caballo de Manuel Galeno en la recta final, o el caballo Alma de Tacande, cuidado con estratégico secreto por Joseíto, Domingo Hernández y Pedro Concepción, en su famosa carrera con la yegua de Las Palmas?

Los jinetes Caturro, Pepín, el Cambao y Joseíto eran personas admiradas por su valentía y destreza.

Recuerdo con nostalgia, y mantengo una viva imagen del entusiasmo derrochado por los vecinos con la preparación de las ropas típicas y el ensayo de los bailes con el fin de hacer una buena demostración del barrio. Y siempre guiados y dirigidos para los cantos y bailes por las persona más viejas con venerado respeto al rescate y mantenimiento de las tradiciones. Recuerdo a Carmen Capote con su sirinoque y el tambor de piel de conejo de Aniceto, por nombrar sólo a algunos.

Cuando comparto mis recuerdos con las actuales fiestas puedo observar que se conserva y emerge el mismo espíritu en el pueblo y que se trata de una tradición conservada a través de unos tiempos que han cambiado.

Todo Pregón suele ir acompañado de una enumeración de las pasadas glorias con exaltación de lo propio, de las personas y del lugar donde se vive y con el canto a las bellezas naturales.

Pero yo no soy poeta y son muchos ya los que han cantado nuestras bellezas. No quiero cansarles con historias que todos conocen, que están escritas y son nuestras raíces y nuestra tradición.

Todo el mundo sabe que nuestro pueblo tiene 160 años de independencia; que tiene el título de “ciudad” hace 87 años; que nuestra Virgen del Pino se apareció hace 500 años y que su actual parroquia fue fundada hace 70; que nuestra artesanía de la seda tiene más de 400 años; que la Caldera de Taburiente es uno de los primeros Parques Nacionales y que, junto con la Fuente del Pino, constituye un lugar histórico en la conquista de La Palma y final de la conquista de Canarias.

Todo el mundo sabe también que nuestro escudo y bandera son las heráldicas que mejor recogen las realidades prehistóricas, históricas y gráficas como pueblo que muestra y pregona con orgullo sus raíces, historia y belleza natural.

Lo que si deseo expresarles son mis sentimientos, sentimientos ante la contemplación de nuestro pueblo, lo cual puedo hacer recordando a nuestro Premio Nobel, Don Camilo José Cela, cuando dice: “Andar un pie tras otro, con sosiego y buena voluntad, la tierra propia, es un regalo que los clementes dioses hacen al hombre cuando éste se lo pide con la clara voz que presta la humanidad a la inteligencia”.

Y sigue: “Hay pocos placeres, tanto de cuerpo como del espíritu, comparables al deleite del camino cuando el día nace y la luz empieza a dibujar la silueta de los montes y los árboles”.

Y yo añadiría: Y la contemplación de ese mar de nubes sobre el mar océano del que brotan las siluetas de nuestras otras islas hermanas, y esa suavidad que parte de nuestras cumbres cubiertas con el manto de la brisa contemplado desde lo alto de La Caldera al amanecer.

Para mí, La Caldera se presenta como una visión imponente y pletórica de magnificencia, que avasalla y empequeñece todo lo que rodea e imprime a toda la comarca el sello de su soberanía.

Siempre he percibido que desde La Cumbrecita hay dos versiones totalmente contrapuestas. Una hacia El Riachuelo, donde los pinos dan una impresión dulce y suave formando un hermoso bosque; otra, la visión hacia La Caldera, impresionantes los pinos desafiantes, como alineados en disciplina castrense, vigilantes guardianes de su soberanía interior.

Siento que en este pueblo la naturaleza ha sido siempre pródiga: arriba, vegetación abundante y fresca; abajo, pastos y almendros —en una época, fue llamado “el valle de los almendros”— y contemplando, como una alfombra, las lavas volcánicas y los huertos de regadío.

Todo ello con las casas y calles tan bien cuidadas, hacen de este pueblo un lugar de excepcional belleza y uno de los más entrañables de la isla donde el visitante se le ofrece un lugar para soñar.

Nosotros tenemos ese majestuoso pino centenario que enseña al caminante la orilla del camino viejo, y señala protegiendo a Nuestra Señora la Virgen del Pino. Es tanta su majestuosidad que el decir popular señala el lugar tanto “La Virgen del Pino” como “El Pino de la Virgen”.

En cuanto a las personas, con la gente de El Paso siento un profundo respeto y cariño, y con ella quiero compartir estos sentimientos a través de estas palabras que brotan del corazón, que es el mejor depósito para dejar guardadas las cosas que se sienten de verdad.

Y El Paso he de describirlo como un pueblo que ha sabido mantener sus tradiciones sin perder el horizonte de la modernidad y el progreso.

Es un pueblo con una sensibilidad muy especial, ampliamente demostrada, que le confiere a sus gentes gran potencialidad para el desarrollo artístico en todas las facetas. Es un pueblo que siente su prehistoria guanche y su historia y evolución como una autoafirmación permanente.

Como pueblo campesino ha sabido de las duras jornadas y de los grandes sacrificios, jornada de labranza o de siega de sol a sol, traer una carga de codeso o el cuidado permanente del ganado, que no sabe de horarios, o del cultivo del tabaco bajo el sol.

Vaya asimismo mi recuerdo y homenaje a los hombres y mujeres de este pueblo que han sido capaces de esparcir, gracias a su formación, la semilla de la cultura en los diferentes campos de actividad en la isla y más allá de ella.

Ellos serán siempre nuestros mejores embajadores dondequiera que estén ejerciendo su labor. Es bien sabido que La Palma y este pueblo de El Paso, son una cuna de gente bien preparada, y debemos ser capaces de levantar siempre la voz para seguir avanzando en el camino de la formación de nuestra juventud.

También es un pueblo que sabe del duro sacrificio de la emigración. Son muchos los que ha cruzado el charco para vivir la aventura americana y volver a la tierra, para, con sus dineros ahorrados pacientemente, fabricar su casa y su finca.

Todos sabemos que gran parte de la transformación de espacios, volcánicos quemados, en tierra fértil donde hoy crecen las mejores plataneras, es debida a muchas de esas gentes, y es preciso subrayar que, para lograr esas alfombras verdes de plátanos, ha sido necesario conjugar el trabajo duro y la inteligencia del agricultor.

Esta creación de riqueza se extiende mucho más allá de las lindes del pueblo, a otros pueblos, otras islas y otros continentes. En realidad no es fácil encontrar palabras para hacer patente tanta laboriosidad y esfuerzo, pero si quiero expresar mi sentimiento convencido de que el espíritu batallador libre es la característica principal que define a nuestra gente que es capaz de llegar desde abajo a volar muy alto. Como esa planta, el codeso, que, paso a paso y desafiando a la climatología, extiende su flor más arriba que otras plantas.

Quizá sea ese espíritu una parte del milagro de esta tierra nuestra en la que estamos enraizados, que nos vio nacer y crecer, y a la que volvemos los que vivimos más lejos para compartir la alegría en actos como este.

Éste es mi caso, y aprovecho esta ocasión para expresar públicamente mi agradecimiento a Laura, mi mujer, y a mis hijos, por su integración total a este pueblo.

En cuanto a nuestra fiesta de la Virgen del Pino es fácil entender que la riqueza de actos, el entusiasmo y dedicación de nuestras gentes dé lugar al disfrute de las fiestas.

Don Pedro García Cabrera, nuestro gran poeta canario de la vecina isla de La Gomera, dijo una vez: «No tienen igual talante los pueblos que ven nacer el sol, que los que presencian su cenit sobre el horizonte marino. En estos últimos se alumbra un gusto especial por el ocio, por saber extraer de la existencia sus más finos jugos».

El Paso, señores, es de poniente, y ése es nuestro caso. De ahí el éxito de nuestras fiestas.

A Nuestra Señora la Virgen del Pino pido disculpas por no ser poeta para cantar como se merece su bondad y belleza. Veneración cantada por tantos poetas… como Antonio Pino, Pedro Castillo, Félix Duarte, Oswaldo Izquierdo, Manuel Castañeda y otros. Pero si quiero decirle, respetuosamente, dos cosas:

Primero, que en mis recuerdos y vivencias la veo como una madre protectora de aspecto majestuoso en su lugar de vigilancia, en esa línea que va desde la Cumbrecita a las arenas de la Cumbre Vieja, apoyada en ese bastón de mando, que es su pino centenario, y adornada con ese manto blanco-azulado de brisa que cae de la cumbre.

No hay más que atravesar el túnel y entrar en terrenos de El Paso para observar esta descripción e imaginarse a la Virgen desde la altura del pino vigilando y protegiendo a su pueblo esparcido hacia abajo por el valle.

Y una segunda cosa: le diría a la Virgen que debe estar muy orgullosa de su gente. Y que, si contempla los tres lugares palmeros de culto mariano, podrá ver uno en Las Nieves, como santuario recogido, rincón grato a la devoción y respeto solemne, como Patrona Insular; otro el santuario de Las Angustias, recogido y profundo, venerado con respeto y cierta tristeza por fieles que piden y pagan promesas; y tu santuario, Virgen del Pino, elegido en el lugar más alegre y pintoresco, con tu gente, pueblo modelo que te venera y respeta ofreciéndote fiestas y romería, expresando lo mejor de su espíritu y derramando una alegría que pone a tus pies.

Hoy comienzan, queridos paisanos, las Fiestas de Nuestra Señora del Pino. Mañana será elegida nuestra Romera Mayor, y vaya desde aquí mi homenaje a la joven que, junto con su corte, represente la juventud, la belleza y la ilusión, que presidirá y será símbolo en todos los actos y días que dure la fiesta.

Por último, y dentro de un concepto clásico de pregón, he de rogarles y recomendarles —en nombre del señor alcalde, de las autoridades competentes y en el mío propio— cuidado y prudencia en el disfrute de las fiestas. Alcohol y carretera no deben arruinar al final el merecido festejo.

Tenéis la obligación de disfrutar las fiestas, de participar con deseos de divertimento, pero con espíritu fraternal y solidario con vecinos y visitantes, propios y extranjeros, practicando las buenas costumbres en clima festivo de convivencia, el más apropiado para hacer duraderos y fuertes los afectos.

¡Felices Fiestas del Pino 1997!

JOSÉ MARÍA BRITO PÉREZ
Hijo Predilecto de la Ciudad de El Paso

[LE}— Nombres de las medusas, escritura adecuada

30-06-2018

Los nombres científicos de las medusas se escriben con mayúscula inicial en la primera palabra y en cursiva: Pelagia noctiluca, por ejemplo.

En los medios de comunicación se aprecia vacilación respecto al modo de escribir este tipo de nombres:

  • «Las playas se han visto afectadas por una plaga de medusas ‘pelagia noctiluca’»,
  • «Otros tipos que frecuentan la costa malagueña son la ‘Cotylorhiza Tuberculata (aguacuajada)’ y la Chrysaora Hysoscella (medusa de compases)’» o
  • «La Aequorea Forskalea, una medusa transparente que tiene como hábitat natural las aguas abiertas del Atlántico».

De acuerdo con las normas ortográficas e internacionales sobre la escritura de nombres científicos, «se escribe con mayúscula inicial el primer componente (designativo del género), mientras que el segundo (específico de la especie) o el tercero (específico de la subespecie) se escriben con minúscula».

Estas normas señalan asimismo que estos nombres científicos precisan cursiva y, por otro lado, que los nombres comunes de estas medusas llevan minúscula y no requieren cursiva ni comillas.

Por tanto, en los ejemplos iniciales lo recomendable habría sido escribir 

  • «Las playas se han visto afectadas por una plaga de medusas Pelagia noctiluca»,
  • «Otros tipos que frecuentan la costa malagueña son la Cotylorhiza tuberculata (aguacuajada) y la Chrysaora hysoscella (medusa de compases), así como
  • «La Aequorea forskalea, una medusa transparente que tiene como hábitat natural las aguas abiertas del Atlántico».

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[Hum}— El sexo de sexo

Un niño le preguntó a su padre:

– Papá…

– Uhúuu

– ¿Cómo es el femenino de sexo?

– ¿Qué?

– El femenino de sexo.

– No tiene.

– ¿Sexo no tiene femenino?

– No.

– ¿Sólo hay sexo masculino?

– Sí. Es decir, no. Existen dos sexos, masculino y femenino.

– ¿Y cómo es el femenino de sexo?

– No tiene femenino. Sexo es siempre masculino.

– Pero tú mismo dijiste que hay sexo masculino y femenino.

– El sexo puede ser masculino o femenino. La palabra «sexo» es masculina. El sexo masculino, o el sexo femenino.

– ¿No debería ser «la sexa»?

– No.

– ¿Por qué no?

– ¡Porque no! Disculpa: porque no. «Sexo» es siempre masculino.

– ¿El sexo de la mujer es masculino?

– Sí. ¡No! El sexo de la mujer es femenino.

– ¿Y cómo es el femenino?

– Sexo también, igual al del hombre.

– ¿El sexo de la mujer es igual al del hombre?

– Sí. Es decir… Mira. Hay sexo masculino y femenino. ¿No es cierto?

– Sí.

– Son dos cosas diferentes.

– Entonces, ¿cómo es el femenino de sexo?

– Es igual al masculino.

– ¿Pero no son diferentes?

– No. ¡O sí! Pero la palabra es la misma. Cambia el sexo, pero no cambia la palabra.

– Pero entonces no cambia el sexo. Es siempre masculino.

– La palabra es masculino.

– No. «La palabra» es femenino. Si fuera masculino sería «el pala…» ¡Basta! Anda a jugar.

El niño salió. En eso entró la madre, y el padre le comentó:

– Tenemos que vigilar al chiquillo.

– ¿Por qué?

– ¡Sólo piensa en gramática!

[LE}— Favicón y favicono, formas válidas

06-07-2018

Tanto favicón como favicono son formas válidas, y sus plurales respectivos son favicones y faviconos.

Últimamente, es habitual encontrar frases como

  • «¿Quieres saber cómo crear un favicon personalizado para tu blog?» o
  • «Este sitio permite la creación de iconos y ‘favicon’ en línea totalmente gratis».

Esta forma inglesa, que hace referencia al pequeño icono que se utiliza para identificar un sitio web en las pestañas de un navegador, en un listado de favoritos o en cualquier otra parte que requiera una identificación pequeña, se puede adaptar en español de la misma forma que el sustantivo emoticón/emoticono y sus respectivos plurales emoticonos/emoticones.

Si en un mismo texto aparecen estas voces tanto en singular como en plural, lo recomendable es mantener un criterio coherente respecto al plural: favicón/favicones (como camión/camiones) o favicono/faviconos (cono/conos). 

Así pues, en los ejemplos iniciales habría sido preferible escribir

  • «¿Quieres saber cómo crear un favicón personalizado para tu blog?» y
  • «Este sitio permite la creación de iconos y faviconos en línea totalmente gratis».

Conviene recordar que, si se desea utilizar el anglicismo favicon, lo adecuado es escribirlo en cursiva o, si no se dispone de este tipo de letra, entre comillas.

Fuente

[Hum}— De Pepito

La mamá de Pepito estaba embarazada. Un día, acariciando la cabeza de su Pepito, de sólo 6 años de edad, le preguntó con ternura:

”¿Qué quieres que te traiga el Niño Jesús, hijo, ¿un hermanito o una hermanita?»

 

Y Pepito, mirándola con admiración, le respondió:

”Ay, mamá, pues, aunque te duela mucho… ¡yo quiero una bicicleta!”

[*FP}— Mi charla “Remembranzas, personajes y anécdotas de El Paso de los años 50”. (Reedición con nueva información y foto)

Póster mi charlaDon Andrés Carmona, Concejal de Cultura del Ayuntamiento de el Paso, y Carlos M. Padrón, durante la presentación, por parte del concejal, de charla y charlista

09-08-2018

Carlos M. Padrón

– I –

Buenas tardes a todos, y gracias por su presencia.

Remembranzas significa recuerdos, memorias de algo pasado. Y, en el caso de la charla de hoy, es mi memoria de los años 50.

Digo mi memoria porque el recuerdo de este tipo es siempre subjetivo, obedece a cómo alguien vio o sintió algo que tal vez otra persona lo vio o sintió de forma diferente.

Como no puedo meterme en los recuerdos de otros, hablaré de las imágenes y sentimientos que la añoranza de estar tantos años lejos de mi pueblo me ha llevado a internalizar, aunque sé que, como las añoranzas son casi siempre tristes, corro el riesgo de parecer pesado o cursi, pues, repito, no todos recordamos algo de igual manera, y el recuerdo que a mí me haya inspirado un fuerte sentimiento, tal vez sea, para otras personas, algo nimio que no les ha alterado en lo más mínimo.

La distancia influye mucho en los efectos de la añoranza.

Por ejemplo, no es igual escuchar a Cumbre Nueva cantar en Venezuela, que escucharle cantar aquí. La famosa malagueña que en Venezuela cantó Santiago González con Cumbre Nueva puso a llorar como niños a muchos pasenses que, como yo, estábamos presentes. Sin embargo, si eso ocurriera en este recinto, es seguro que nos gustaría, pero no nos arrancaría lágrimas.

Y, como la distancia persistente en el tiempo, amplifica y fortalece la añoranza, de ahí el riesgo de que suenen cursis, como ya dije, las remembranzas que yo evoque, pues mi ausencia de este pueblo duró 55 años y, como dije y repito, la añoranza es generalmente triste.

Por otra parte, para aquéllos que están aquí y que nacieron antes de los 50 no será nuevo lo que yo cuente, pero sí servirá para fortalecer los recuerdos que al respecto tengan ellos.

En cambio, para los más jóvenes —digamos que los nacidos después de los 60— será una forma de enriquecer y ampliar lo que sepan acerca de la historia y cultura de nuestro pueblo, que es precisamente el objetivo de esta charla: contribuir a que algunos personajes, algunas anécdotas y algunos hechos de El Paso, sean tristes o no, perduren en el tiempo.

Una forma de fortalecer la memoria es la asociación, o sea, asociar a lo que se quiere recordar, algo que, por lo inusual, trágico o cómico, llame la atención.

Es por eso que cuando yo hable aquí de algunos personajes de El Paso de antaño contaré, si las sé, una o más anécdotas de diferente tipo asociadas a ellos. Mi intención al hacer eso no es denigrar o hacer escarnio del personaje, sino aportar un motivo para que se le recuerde más y mejor.

Y sólo mencionaré a algunos de los para mí más notables de la década de los 50, de los que fueron, según mi recuerdo, como emblemáticos en nuestro pueblo. Si fuera a nombrarlos a todos y a contar todas las anécdotas que de pasenses me han contado, estaríamos aquí el resto del mes, así que en esto he tenido que racionar mi charla.

Los más de esos personajes deambulaban casi a diario por las calles y plazas del centro de El Paso, y a veces alargaban su recorrido hasta casas de barrios distantes.

A algunos de ellos se les calificaba de bobos, como Juan el Bobo, Domingo el Bobo, la Tejera, el Cugucho, etc. Y todos en el pueblo aceptábamos que se les tildara de bobos para significar que no eran inteligentes, algo muy discutible si uno se basa en lo propuesto en 1983 por Howard Gardner, profesor de la Universidad de Harvard, para quien la inteligencia no es una sola ni es binaria —o sea, que no es cierto que haya sólo dos posibilidades: que una persona sea inteligente o que no lo sea—, pues, según Gardner, hay ocho clases de inteligencia.

Hay quienes tienen varias de ellas y mucho o poco de cada una; y hay quienes no tienen ninguna, que serían los realmente bobos.

Éstas son las diferentes clases o tipos:

  1. Lingüístico-verbal. La que da dominio del lenguaje. La que tienen los oradores o escritores.
  2. Lógico-matemática. La que permite conceptualizar e interpretar correctamente las relaciones lógicas entre las acciones o los símbolos.
  3. Espacial o visual. La que permite observar el mundo y los objetos desde diferentes perspectivas. La que tiene un buen fotógrafo, o director de cine.
  4. Musical. La que permite producir una pieza de música. La que tuvieron Mozart, Beethoven, etc.
  5. Corporal-kinestésica. La que da dominio de los movimientos corporales. Por ejemplo, la de Nureyev, el bailarín ruso.
  6. Interpersonal. La que da la capacidad de relacionarse y llevarse bien con otras personas. Seguro que todos conocemos a quienes tienen este don, y a quienes carecen de él.
  7. Intrapersonal. Da la capacidad de conocerse a uno mismo. Algo que veo bastante difícil, en principio por lo de subjetivo
  8. Naturalista. La que dota de sensibilidad hacia el mundo natural.

Trabajando sobre la idea de Gardner, otros han añadido tres tipos más

  • Existencial. La que lleva a la meditación de la existencia, del sentido de la vida y la muerte.
  • Creativa. La que permite innovar y crear cosas nuevas.
  • Colaborativa. La que permite elegir la mejor opción para alcanzar una meta trabajando en equipo.

A la luz de esta clasificación mencionaré algo hecho o dicho por algunos de los que llamábamos bobos.

Y, cuando estén disponibles, proyectaré el excelente dibujo que sobre algunos de esos personajes hizo mi amigo Wifredo Ramos, quien me autorizó para publicarlos en mi blog Padronel, o sea, para hacerlos accesibles a todo público.

Alfredo

(Foto cortesía de Juan Antonio Pino Capote)

Era de El Paso de Abajo, donde, al menos en los años 50, vivía con su familia.

Tenía la manía de pedir besos, que solicitaba con su muy peculiar forma de hablar y su permanente exclamación “¡Beeesso, tú!”. Y, si se lo permitían, lo daba en el dorso de la mano de su “víctima”… y luego solía echar a correr.

Tenía muy buena memoria para las caras de los paisanos, y era capaz de recordarlos aunque hubieran estado ausentes por años.

Pero gustaba de algo que resultaba peligroso y de lo que fui víctima una vez: se aproximaba en silencio por la espalda de alguien y, tapándole los ojos con sus dos manos, le apretaba con fuerza la cara.

Por qué Alfredo hacía esto, no lo sé, pero sí sé que un día, mientras yo miraba la cartelera del cine, me lo hizo, y torció casi fatalmente la montura de mis gafas, no llegando a romperlas porque le di un grito que le asustó y retiró sus manos.

Eso fue en el cine, que entonces funcionaba donde luego estuvo una planta de televisión, pues el cine era entonces la pasión de Alfredo.

Al comienzo de cada función se le podía encontrar en la puerta, y desde horas antes iba por las calles diciendo “Cine hoy; pilícula bonita”.

Si alguien le decía algo al respecto, él repetía el final de la última palabra que le hubieran dicho, o la palabra entera.

Por muchos años, Alfredo ayudó en Monterrey —en el bar, restaurante y sala de fiestas— pues, en un gesto altruista y por motivos de parentesco, los propietarios le ofrecieron algo que hacer, lo cual le permitía sentirse útil

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Fernando el de Avelina

imageAl igual que Alfredo, Fernando, en sus últimos años de vida, trabajó en Monterrey.

Su madre, de nombre Fernanda, murió cuando nació Fernando, y a él lo crió su tía, Avelina, a la que él llamaba “Amá”. De aquí lo de “el de Avelina”.

Desde joven mostró, y mantuvo siempre, afición por los actos religiosos, en particular las procesiones, tal vez porque atraían a mucha gente y le daban oportunidad de lucirse. Ya de mayor, participaba en ellas portando un pendón.

En época anterior a cuando yo lo recuerdo, gustaba de reunirse con otros muchachos, aunque de tales reuniones saliera siempre trasquilado, pues las muchas veces que algunos muchachos, más o menos de su edad, se reunían para jugar en la entonces llamada Casa de Sandalio —muy cerca de la de Avelina, y aún sin terminar para la época a la que me refiero—, sabedores de que a Fernando le gustaban las procesiones, lo invitaban a sacarlo en procesión, como si de imagen de santo se tratara, y para ello, y con materiales de la construcción de esa casa, improvisaban unas andas sobre las que sentaban a Fernando, y después de unos pocos pasos llevándolo “en procesión” dejaban caer las andas, con lo cual Fernando iba a dar con sus huesos en el suelo.

Cuando a los muchachos les daba hambre, invitaban a Fernando a “jugar a comer higos pasados”. Él iba corriendo a su casa y, sin que Avelina lo viera, llenaba con higos pasados sus bolsillos y regresaba a reunirse con sus amigos, que se daban banquete.

Y así una y otra vez. Creo que él entendía que si ése era el precio que tenía que pagar para que los muchachos toleraran de alguna forma su presencia, lo pagaba con gusto.

El Fernando que yo conocí, años más tarde, era mentiroso empedernido, chismoso, bastante amanerado y tímido selectivo, pues las más de las veces que algún hombre no muy allegado a él le preguntaba algo, entraba como en pánico, daba una respuesta que nada tenía que ver con la pregunta, y echaba a correr.

Si cuando soltaba lo que claramente era una mentira alguien se lo hacía notar, daba media vuelta, exclamaba «¡Déjame ir a echarle de comer a las cabras!», y huía a toda carrera.

Gustaba de andar cerca de mujeres, y no por interés erótico —aunque por años dijo que tenía una novia en Tendiña— sino sólo para enterarse de lo que ellas contaban, e ir luego a repetirlo en otros lados.

Sin embargo, lo erótico estaba presente en sus mentiras y folclóricas respuestas, y así un día en que una de las vecinas le dijo:

—Fernando, te veo muy gordo. ¿No estarás tú preñado?

La respuesta inmediata de Fernando, justo antes de echar a correr, fue:

—Pues si estoy preñado, es de ……

Y dio el nombre de un muy honesto y respetado pasense quien, al enterarse de este incidente, alzó sus brazos y exclamó impotente: «Caballeros, ¡lo que uno tiene que aguantar!».

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El Gran Imperio

image

No era de El Paso; llegó un día al pueblo, supuestamente como latonero, y la gente decía que no se sabía de dónde procedía.

Tomó como vivienda un pajar abandonado, bastante cerca de mi casa natal (como se ve, lo de los ‘okupas’ no es tan reciente) y, a falta de cama, se dedicó a recorrer los caminos recogiendo estiércol —pues en esa época transitaba por esas vías mucho ganado caballar y vacuno, y alguno caprino (aún pasaba algún que otro cabrero con su rebaño vendiendo leche a domicilio)— y con ese estiércol hacía una especie de gruesa plataforma sobre la cual dormía.

Decía que el calor de la fermentación del estiércol le reconfortaba en las noches de frío, a lo cual contribuía también la gruesa capa de mugre que cubría sus ropas y lo que se veía de su cuerpo. Era un ejemplo viviente del dicho “La cáscara guarda el palo”.

Como en el lugar donde vivía no tenía agua corriente, con un balde en cada mano se iba al abrevadero más cercano, y con ambos baldes llenos de agua regresaba a su vivienda.

Eso mantenía ocupadas sus dos manos, que no podía usar para evitar que con el andar y el viento se abriera la vieja y sucia gabardina que, casi sin botones, era la única ropa que llevaba puesta, y eso dejara ver su desnudez. Y, para asombro de los muchachos que a veces lo seguían, también sus partes pudendas.

Para alimentarse pedía a los vecinos que le regalaran los animales domésticos —preferiblemente gallinas, conejos, cabras o cabritos— que murieran por enfermedad.

Y si los vecinos no lo complacían en esto, y él se enteraba de que el cuerpo de alguno de esos animales había sido enterrado, averiguaba dónde, y, armado de una pala o azada, desenterraba el cadáver y se lo llevaba a su “residencia” donde, luego de sacarle la piel o plumas, lo descuartizaba, y la carne la almacenaba en un barril —de los entonces usados en el pueblo para almacenar por todo un año el tocino de los cochinos— dentro del cual la organizaba por capas.

Por ejemplo, una capa de carne de cabrito, otra de conejo, otra de gallina, etc., y repetía luego la secuencia mientras tuviera “materia prima”.

Al menos, esto era lo que él decía a los vecinos, aunque muy pocos de ellos tuvieron ánimo u ocasión para comprobarlo.

Como combustible para cocinar sus “exquisitos manjares” usaba gomas de alpargatas o de neumáticos de autos, y los “aromas” de esa combustión decían a todos los vecinos en muchos metros a la redonda que El Gran Imperio estaba dado a sus tareas culinarias.

Un día cayó enferma de “tetera” (causaba hinchazón exagerada de la ubre) una de las cabras que había en mi casa. Murió pocos días después, y mi padre la enterró en una de las que llamábamos “huertas de atrás”.

El hecho llegó a oídos de El Gran Imperio quien, ni corto ni perezoso, armado de una azada, al día siguiente del deceso caprino se presentó ante mi padre, que se encontraba trabajando precisamente en esa huerta, y le preguntó que cómo se le había ocurrido enterrar la tal cabra en vez de avisarle a él, que vivía muy cerca, para que viniera a buscarla.

La respuesta de mi padre fue que la cabra había muerto de enfermedad grave, a lo cual El Gran Imperio contestó que el fuego lo cura todo, y le pidió permiso a mi padre para efectuar la inmediata exhumación.

Concedido el permiso, El Gran Imperio desenterró el cadáver de la cabra y se lo llevó a hombros, no sin antes tapar muy bien el hueco que había quedado.

Otro de nuestros vecinos —en realidad, vecina— lo sorprendió una vez en un huerto suyo desenterrando un conejo que ella había enterrado allí el día anterior, y al preguntarle qué diablos hacía, El Gran Imperio le contestó que él sabía que allí había sido enterrado un conejo e iba a desenterrarlo para comérselo, porque no hacerlo sería un desperdicio.

Incrédula, la vecina exclamó:

—Pero, hombre de Dios, ¿¡usted va a comerse un conejo muerto!?

A lo que El Gran Imperio replicó:

—¿Y es que usted se los come vivos?

La única anécdota que en materia de socialización supe de él es que, sintiéndose solo, le pidió “arrejuntamiento” a su vecina Avelina, la tía de Fernando el de Avelina, pero, aunque parezca increíble, ésta declinó tan grande “honor”.

Los detalles de la romántica petición y consiguiente respuesta causaban un verdadero sainete cuando los relataba la propia Avelina en alguna de las noches en que venía a mi casa a jugar ronda, brisca o lotería, y mi padre le tiraba de la lengua echándole en cara el haber dejado pasar la gran oportunidad de su vida al no haber aceptado la generosa proposición de El Gran Imperio.

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Cuncún

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Todos lo llamaban Cuncún, aunque su nombre era Antonio, y es el humano menos homo sapiens que he conocido en mi vida.

Cubierta su cabeza por un viejo y raído sombrero de paño, y vestido casi de harapos  —con sólo lo que podría llamarse una camisa y un mal remendado pantalón sujeto a la cintura con una soga y sin nada debajo—, Cuncún deambulaba descalzo por todo el pueblo recogiendo charamuscos que al atardecer llevaba a la casa donde vivía, que estaba cerca del cementerio nuevo.

Recogía también, y se fumaba, cuanta colilla encontrara a su paso, y si alguien le decía que echara humo, y él estaba de “humor” en ese momento, se tapaba con una mano una de las orejas y, cerrando la boca, forzaba una salida de aire —como cuando por efecto de la presión se le obstruyen a uno los oídos y quiere normalizarlos— y, decían algunos que, en efecto, por la oreja no cubierta le salía humo.

Como no usaba calzado, no importando el tiempo que hiciera, la planta de sus pies era una verdadera suela formada por duros callos. Caminaba silenciosa y lentamente, arrastrando sus pies.

Si al llegar a una casa encontraba abierta la puerta, entraba sin más, buscaba la cocina, destapaba los calderos y, si en ellos había comida, estuviera ésta fría o caliente, él metía en el caldero su mano sucia de todo lo imaginable, y se comía lo que sacaba.

Si los ojos son el espejo del alma, Cuncún no tenía alma. Su mirada era apagada, plana, sin profundidad, como la de un ciego; nada trascendía de ella.

Podría decirse, además, que no hablaba, sino que emitía algo como mugidos. Sin embargo, cuando se le incitaba a que dijera lo que sabía, recitaba —guturalmente, que era su forma de “hablar”— una especie de vieja tonada popular que al principio uno no entendía, pero que sí resultaba medio inteligible una vez que en boca de otra persona se escuchaban los cuatro versos que la componían:

Éste que viste levita,
éste que viste “leloj”,
éste que viste tan bien,
anda lo mismo que yo.

Según me cuenta mi amigo Juan Antonio Pino, fue su padre, don Antonio Pino, nuestro gran poeta, quien enseñó a Cuncún ésta y otras tonadas que a veces hasta las bailaba dando vueltas sobre sí mismo, y que es lo único que, además del mugido, escuché salir de su boca.

A veces, llevando sujeto bajo su brazo izquierdo el manojo de charamuscos, detenía su deambular y, alzando la mano derecha, señalaba con el índice hacia el horizonte mientras fijaba esa mirada vacía en algún punto perdido que sólo él conocía.

En el dibujo, que es el único recuerdo gráfico que de Cuncún tengo, Wifredo incluyó el detalle de una mancha oscura en el antebrazo derecho de Cuncún, mancha que en la realidad era una abultada cicatriz sangrante porque a veces algunos gamberros del pueblo —especie que, lamentablemente, nunca falta— lo mortificaban tirándole de la camisa e impidiéndole caminar, y cuando el pobre Cuncún montaba en cólera por la impotencia para defenderse, mordía desesperado su antebrazo derecho hasta hacerse sangre.

Como los gamberros no lo dejaban tranquilo, la herida de esas mordidas nunca cicatrizaba.

Acerca de Cuncún, Luis Herrera —mi amiguermano, como lo llamo, quien siempre ha vivido en El Paso y que por ello tiene acerca de estos personajes más información de la que tengo o recuerdo—, me cuenta lo que sigue.

«Cuncún deambulaba por caminos y veredas con su sombrero de paño acartonado por la mugre y bien enterrado hasta las orejas; tal parecía que para portar ese mugriento y raído sombrero era para lo único que servía su desamueblada cabeza.

Pero, no obstante su condición de subnormal profundo, alguna chispa de pillo le saltaba de vez en cuando.

Doña María, una vecina de Tenerra, tenía varias cabras a las que, además de con otros pastos, alimentaba también con pencas.

Aunque eran tiempos difíciles, esta mujer socorría en lo posible a los indigentes que tocaban a su puerta; y Cuncún, que era un habitual de aquella casa, algunas veces conseguía en ella algo que llevar a su boca.

Un día, doña María estaba barriendo pencas cuando llegó Cuncún, y a ella se le ocurrió encomendarle esa tediosa labor.

No fue tarea fácil, pero consiguió que el menesteroso aprendiera a despojar de picos las pencas que luego servirían de alimento para las cabras, labor que, a partir de aquel día, se convirtió en moneda de cambio para compensar las limosnas recibidas.

Era de suponer que el cociente intelectual de Cuncún no le permitiera establecer comparación entre el esfuerzo que para él suponía ponerse a barrer pencas, y el valor de lo que recibiría por esa tarea.

Pues no, señor. Pasados algunos días, de debajo de aquel mugriento sombrero surgió la ocurrencia de, al llegar a casa de doña María, antes de entrar a mendigar, asomarse primero para cerciorarse de si había pencas que barrer, pues, si no había, mejor era seguir su camino porque tampoco habría recompensa.

Como dice un amigo mío, “Cuncún no era tan coño”.

Tampoco podía resistirse a un par de alpargatas nuevas, y si quien las calzaba se lo permitía, se postraba a sus pies y comenzaba a prodigar caricias a las bigoteras, cordones y talones de ese entonces popular calzado, y con ello se excitaba sexualmente, lo cual ponía de manifiesto el placer que él derivaba de acariciar algo nuevo y que, en su opinión, era también sexy, aunque se tratara de unas alpargatas».

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Andrés el Bobo

image Era del extremo oeste del pueblo, o del Paso de Abajo o, tal vez, de Los Llanos; no estoy seguro.

Muy pacífico y pequeño de estatura, padecía el síndrome de Down y también el de orador político, pues a poco que alguien se lo pedía ofreciéndole una peseta, se encaramaba en una pared y daba un apasionado discurso supuestamente político, ya que Andrés creía que eran políticos todos los discursos marcados por el tono que él imponía a los suyos.

La duración del discurso dependía de la cuantía del dinero ofrecido, pero que siempre constaba de dos partes: cuerpo y cierre.

El mejor recuerdo que de Andrés tengo lo ubica en la Plaza Vieja, cuando al bajar la gente de misa, encaramado en el banco de la esquina del cruce de las calles, para que le oyeran todos, pronunciaba un discurso que no entendía ni él, pero que declamaba mejor que muchos políticos de ahora, a los que tampoco se les entiende mucho.

Según en el dibujo indica muy bien Wifredo Ramos, el cuerpo del discurso era “Ali-pachi, ¡li-ri-lí, li-ro-lá! Ali-le, li-cha-chi, chuchu-joma,

ma-no-má”, repetido ‘n’ veces; y el cierre era siempre “¡Papas y carbón!”, dicho lo cual descendía de la pared o banco y, con su mano extendida, iba a reclamar el pago ofrecido.

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Josefita

imageLa conocí como una viejita solterona, que vivía en Camino Viejo, siempre vestía de negro y portaba una pequeña caja metálica en la que llevaba tabaco en polvo, pues su vicio era “fullar” (o sea, inhalar) ese producto (como se ve, lo de inhalar coca tampoco es tan nuevo), y siempre tenía la nariz impregnada del polvo de tabaco.

No era una pordiosera ni pedía limosna. Su rasgo folclórico consistía en que si alguien que la encontrara en la calle le pedía que cantara, ella contestaba que no podía porque andaba con prisas.

Pero esto no pasaba de ser una excusa para hacerse de rogar, y a la segunda o tercera petición, guardaba en un bolsillo la cajita metálica, se acercaba a una pared y, poniendo sobre ella los sarmentosos dedos de sus arrugadas manos, comenzaba a accionar como si tocara el piano, al tiempo que cantaba “Canta, pajarito, canta; canta al son del piano. Cai, cai”.

Y ahí finalizaba el concierto.

Para lo que sí no se hacía de rogar era pra decir su nombre, que adornaba con un toque «nobiliario», pues a la pregunta de

—¿Cómo te llamas, Josefita?

La respuesta era:

—Josefita Lorenzo Taño del Campillo de los Cagajones

Al parecer, alguien desconsiderado, que no faltaba quien abusara de estas gentes, la tomó una vez por su cabellera y la introdujo por la boca de un aljibe como si fuera a soltarla para que cayera dentro y se ahogara, y por eso cuando le preguntaban si creía en las brujas contestaba:

—Sí creo porque a mí me agarró una por los pelos y quería botarme en el aljibe.

Cuando a Josefita le preguntaban cuántos años tenía, su respuesta —muy femenina, por cierto— era siempre la misma:

—¡Vinticinco virando pa’quince!

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Domingo el Bobo

imageEra un mendigo de uno de Tendiña que, dada su aparente admiración por los arrieros, llevaba casi siempre consigo lo que llamábamos un zurriago, o sea, un látigo hecho con una vara de almendro, a guisa de mango, a uno de cuyos extremos iba ataba una larga trenza de cuero, con la que se inflige castigo.

Al igual que Cuncún, no usaba calzado, y sus enormes pies exhibían unos dedos ajados, con uñas melladas, moradas o ausentes, y unas plantas que recordaban la madera, no sólo por el color de las callosidades, sino por la dura consistencia que parecían tener.

Para molestarlo, los muchachos solían decirle:

—Domingo, ¡vete a trabajar!

Y, con tono lastimero, contestaba,

—No pueo, ‘toy enfermo.

De nuevo,

—Domingo, ¡vete a trabajar!

Y ya el tono de la respuesta era más iracundo que lastimero:

—¡Que no pueo, coño! ¡‘toy enfermo!’

Y, a la tercera:

—Domingo, ¡a trabajar con los ingleses!

Y, por motivos que al menos yo ignoro, la mención a los ingleses hacía que Domingo montara en cólera y, agitando con fuerza su látigo, ponía en fuga a los muchachos.

Sabemos que los ingleses estuvieron ligados en La Palma al cultivo del plátano, pero no he logrado averiguar qué tenía Domingo contra ellos.

Lo de que estaba enfermo no era difícil de creer porque de sus dos fosas nasales fluían constantemente unos gruesos torniquetes de mucosidad verdosa que él no se molestaba en limpiar …. y de ahí que cada vez que veo el actual logo de Movistar recuerdo a Domingo el Bobo.

Parecía como si tuviera un catarro permanente, pero, aunque dijera que estaba enfermo —eso se le tomaba como pretexto— no daba muestras de sentirse mal.

Ante esto, una señora que no salía de una afección gripal para entrar en otra, le preguntó molesta a don Juan Fernández, el médico del pueblo, por qué gente como ella, que se cuidaba bien, vivía siempre enferma y, en cambio, un Domingo el Bobo, que en nada se cuidaba, nunca se enfermaba.

A lo que don Juan respondió: «No es así, señora. No es que Domingo el Bobo nunca se enferme, es que nunca ha estado sano».

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Juan el Bobo

imageEra de Tajuya, y de entre los que, según recuerdo, recibían el ‘apellido’ de bobo, éste era, entre los mendigos, el menos bobo de todos y, aún más, era bastante pícaro.

Por ejemplo, llevando una lata vacía pedía en una casa que le pusiera gofio, en la próxima que le dieran leche para mezclar con el gofio; en la otra pedía más leche porque la mezcla le había quedado muy espesa; en la otra pedía más gofio porque la mezcla estaba muy clara, y así hasta conseguir lo más que podía.

Usaba sombrero y bastón, como se le ve en el dibujo, era dicharachero y recuerdo muy bien que nunca faltó a ningún entierro, y que era de los primeros entre los acompañantes del cortejo fúnebre de cualquiera que hubiera muerto en el pueblo.

Sé que Juan el Bobo, y algunos otros de su condición mental y social, fueron llevados a una especie de hospicio en Tenerife, donde murieron, y nunca más supe de ellos.

Pero no creo equivocarme al asegurar que si Juan el Bobo hubiera muerto en El Paso, habría dado lugar al entierro más multitudinario en la historia de nuestro pueblo.

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Macho y Magdalena

Eran una pintoresca pareja de El Paso de principios del siglo XX, a quienes no conocí, pero supe de ellos por los cuentos que escuché en boca de mis padres y vecinos, aunque nunca supe el verdadero nombre de Macho.

Siempre se les veía con cara, manos y ropas sucias por el carbón, porque Macho y su mujer, Magdalena, se dedicaban a hacer carbón en carboneras que construían en el monte, carbón que luego vendían en el pueblo donde se usaba como combustible para cocinar, y, con el dinero así recaudado, se emborrachaban ambos.

Ya borrachos, se demostraban su “ardiente amor” peleándose a golpes durante el regreso al monte y hasta que se les pasara la borrachera.

Ya en el monte, donde vivían, Macho, sin anestesia, con aguja tipo zapatero y con el hilo que consiguiera, daba varios puntos de sutura a las heridas mayores que él, con sus “caricias” le había ocasionado a Magdalena, y proseguían, como si nada hubiera pasado, su “dulce” relación conyugal.

Noten, los dados al romanticismo, que hay diversas formas de demostrar el amor de pareja, y que no siempre es el macho el que arrea trancazos, pues Magdalena era, según dicen, muy buena en eso.

Y paso ahora a los personajes de los que sí tengo aún más certeza de que no eran bobos

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El Catalino

Tampoco era de El Paso y tampoco sé de dónde vino; creo recordar que alguien dijo que era de un pueblo del norte de la isla.

Para vivir ocupó el kiosco que por años estuvo en la Plaza Nueva frente a la entrada principal de la iglesia. Era dado a la bebida y, cuando se le pasaba la mano, se tornaba belicoso.

El Catalino tuvo también su anécdota romántica, pues estando un día cierta señora parada en la puerta de la venta de don Vicente Pino, en la Cruz Grande, vio que por la cuesta venía subiendo El Catalino.

Como ella era, según entonces se decía, muy “zafada” (o sea, que decía y hacía cosas consideradas impropias de una dama), cuando El Catalino pasó frente a ella, y estando la venta llena de parroquianos, le dijo:

—Oye, Catalino, ¿quieres dormir conmigo esta noche?

Sin titubear ni interrumpir su marcha, El Catalino, en tono amable, le respondió:

—No, gracias. Estoy comprometido.

Creo que de las anécdotas acaecidas en el pueblo, ésta era la que más risa le causaba a mi madre.

Refiere el amigo Juan Antonio Pino que su padre, don Antonio Pino, le contaba que El Catalino era tan fanático de todo lo frito que decía “¡Fritos me como yo hasta los moñigos de burro!”.

Y que un día, por algo como una afección intestinal, hubo de ser hospitalizado en estado grave, pero por más que el personal sanitario se esforzó, no consiguió que El Catalino defecara.

Informado de que era necesario que lo hiciera, pidió que en el suelo, junto a su cama, le pusieran un saco. Así lo hicieron, y entonces, con la debida ayuda, bajó de la cama, se puso en cuclillas sobre el saco y cagó a placer, mientras decía: “¡Muero en mi ley!”.

Tal vez en esto se inspiró el autor de la famosa canción “My Way”, que aquí se conoce como “A mi manera”.

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La Tejera

imageSegún contaba mi madre, a mediados del siglo XX vivió en El Paso una señora, de nombre Josefa, a quien apodaban La Tejera y a quien todos consideraban retrasada mental.

Practicaba la mendicidad, y, entonado el mismo “tarararí”, deambulaba de casa en casa pidiendo comida y, sobre todo, vino. Vino del que fuera, de cualquier color, cosecha o condición; no importando cómo estuviera el vino, ella se lo bebía, por lo que cabe suponer que estaría alcoholizada y en permanente estado de ebriedad. De ahí tal vez la constante cantaleta del “tarararí”.

Un día llegó a la casa de una vecina justo en el momento en que la familia estaba almorzando. Como era obvio que esperaba que le dieran de comer, a guisa de pretexto la señora de la familia le dijo:

—De haber llegado un poco antes habría podido darte algo, pero, como ves, ya todos nos servimos y no quedó nada en la olla.

A lo que La Tejera contestó de inmediato:

—Si se saca un poquito de cada plato se puede hacer uno para mí.

Otro día llegó a mi casa y le pidió vino a mi madre. Nunca tuvimos buen vino, y en aquel momento el que había servía sólo como vinagre suave, y así se lo hizo saber mi madre a La Tejera, pero ésta contestó que bebería cualquier cosa que se pareciera a vino aunque fuera vinagre puro.

Horrorizada, mi madre echó mano de una manida expresión a la que La Tejera daba una respuesta que la hizo famosa, pues cuando mi madre exclamó:

—¡Jesús! ¡Dios nos dé cabeza!

La Tejera contestó:

—No, que Dios nos dé juicio, que cabeza todos tenemos.

Ante estas dos anécdotas suyas cabe preguntarse qué tan boba era La Tejera. Su expresión “Dios nos dé juicio, que cabeza todos tenemos”, la acuño ella, y aún se usa en El Paso.

Juan Antonio Pino me cuenta que recuerda a La Tejera con su pamela y rodeada de tocas y toquillas de colores. Y que otros dichos de ella eran: “Obligada estoy a decir la verdad y no a que me crean”, “La razón no quiere fuerza” y “A las pruebas me remisiono”.

Un domingo, en plena celebración de una misa, La Tejera entró en el templo y, sin titubeos, se dirigió al púlpito.

La feligresía en pleno contuvo la respiración temiendo que, una vez sobre ese respetado lugar, se disparara con alguna prédica basada en sus “filosóficos” dichos. Pero no, llegó sobre el púlpito, paseó su mirada por toda la iglesia, bajó y se fue tan en silencio como había entrado.

Cuando, allá por los tiempos de antes de la Guerra Civil, el Ayuntamiento de El Paso estaba en el inmueble adosado al lado norte de la Iglesia Vieja —el ahora llamado Casa del Alférez Salvador Fernández—, uno de los recintos en los bajos de ese inmueble fungía como cárcel municipal, y como a pesar de ello estaba abierto la mayor parte del tiempo, La Tejera lo usaba para pernoctar.

Luego, a guisa de pícara justificación, comentaba que la gente de El Paso era tan buena que las puertas de la cárcel de ese pueblo permanecían abiertas.

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Carlos Cugucho

Otro al que también consideraban bobo era un tal Carlos, al que le dieron el fonéticamente desagradable apodo de Cugucho.

Aparte de ninguna manifestación intelectual, de un escaso vocabulario siempre pobremente usado, y de no poder hacer, a decir de la gente del pueblo, razonamiento alguno, Carlos Cugucho tenía dos características destacadas:

  • Su gran capacidad para el trabajo, que ofrecía sin limitaciones a cambio de que le dejaran comer todo lo que él quisiera, que no era poco; y,
  • Su pasión por viajar en coche.

Por tanto, dadas tales características, para todos en El Paso Carlos Cugucho era bobo, sin atenuantes ni posible apelación, y como tal lo trataban.

Julio Peña, vecino también de El Paso, tenía oficina en Los Llanos, y en su coche de dos plazas —del tipo que entonces llamaban cuña, y que él no manejaba con soltura porque había aprendido a conducir siendo ya mayor— bajaba en las mañanas desde El Paso a Los Llanos, regresaba al mediodía a almorzar en su casa y dormir la siesta, y bajaba de nuevo en la tarde.

Carlos Cugucho conocía esta rutina, y si no había sido contratado para algún trabajo, montaba guardia después de mediodía frente a la casa de Julio en la esperanza de que éste le regalara el paseo en coche hasta Los Llanos, aunque eso implicara que luego Carlos tendría que subir a pie los kilómetros de los entonces mal empedrados caminos que por Paso de Abajo lo traerían de regreso a su casa.

Pero él —como bobo al fin, decía la gente— aceptaba con gusto el sacrificio de tal subida a cambio del enorme placer de viajar en coche. Julio sabía esto, y muchas veces —por compasión, supongo— le hacía el gusto a Carlos: lo sentaba a su lado en el coche y lo llevaba hasta Los Llanos.

Una tarde en que Julio llevó en su coche a Carlos Cugucho y a otro vecino, cuando bajaban por la estrecha y tortuosa carretera —con Julio aferrado al volante, circulando a baja velocidad, como siempre, y presintiendo un accidente en cualquier momento, a pesar de que apenas había tráfico—, al doblar una cerrada curva les pasó al lado, pero circulando correctamente por el canal de subida, una guagua de servicio público que, en opinión de Julio, iba a velocidad supersónica, algo imposible habida cuenta de cómo era la vía.

Sin poder contener el susto, Julio frenó en seco, y saltando en su asiento exclamó:

—¡Qué barbaridad! ¿Ves, Carlos? ¡Si llegamos a venir corriendo, chocamos y nos matamos!

Sin inmutarse en lo más mínimo, Carlos Cugucho, el mismo al que todos consideraban bobo sin remedio, respondió:

—No. Si llegamos a venir corriendo no encontramos la guagua aquí.

Tal respuesta implica que, de inmediato, Carlos Cugucho había analizado fríamente la situación, sus elementos y condiciones (dirección y velocidad de los vehículos, curvas en la carretera, etc.) y, con una lógica impecable

—inteligencia clase 2, de la que no daban muestras muchos de los que en el pueblo lo llamaban bobo— había deducido que si el carro de Julio hubiera ido a mayor velocidad, el cruce con la guagua habría ocurrido mucho más cerca de Los Llanos, donde la carretera tenía menos curvas y la inclinación no era tan pronunciada.

Así eran algunos “bobos” de El Paso.

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Éstos pertenecen a otra categoría —adelantados a su tiempo, en mi opinión— que, como La Tejera, nos han dejado frases lapidarias.

Una fémina, que practicaba en el pueblo la llamada profesión más vieja del mundo y que vivía en compañía de su anciana madre, se tomaba tan en serio la calidad de sus servicios que cuando, durante la visita de una vecina, supo que en el mercado había dudas sobre quién los prestaba mejor, si ella o una competidora suya, le preguntó a su madre:

—Mamá, ¿quién es más puta, fulana o yo?

Tomada por sorpresa ante la necesidad de dar una respuesta que, ya fuera positiva o negativa, le acarrearía problemas, la anciana alzó la vista, la dejó vagar por el techo en un gesto de indiferencia, y respondió con algo que la ubica como mujer muy adelantada a su tiempo en el uso de lo que ahora se ha dado en llamar lenguaje políticamente correcto, pues se limitó a decir:

—Larán, larán, callareme.

Así que, muchachos y muchachas que están en edad de franca preparación para la vida, ya saben: si alguien les hace una pregunta que carece de una respuesta que no sea conflictiva, echen mano del “Larán, larán, callareme” y dejen que quien preguntó le dé la interpretación que mejor le acomode.

—oOo—

Aunque un tanto escabrosas, tengo dos anécdotas más que cuento porque ocurrieron en el seno de mi parentela, motivo por el cual usaré, al menos en la que sigue, nombres ficticios.

Manuel y Maruca eran una pareja económicamente acomodada de las que en aquellos tiempos tenían sirvienta, o sea, una mujer que ayudaba a Maruca en las tareas del hogar.

A cierta distancia de su casa vivía una vecina que desde su ventana podía ver muy bien el pajero donde Manuel guardaba animales, pienso y aperos de labranza.

Y la vecina, cuyo deporte favorito era vigilar a través de la ventana, cayó en cuenta de que algunos días, y más o menos a la misma hora, mientras Manuel estaba sentado cerca del pajero echando un cachimbazo, la sirvienta, una muchacha bastante joven, salía de la casa, entraba al pajero y Manuel la seguía.

Después de varias incidencias como ésta, la vecina —que obviamente era vidente y precursora de Facebook— concluyó que aquellos dos no entraban al pajero a rezar el rosario, así que un día que desde su ventana vio que Manuel salió a hacer una diligencia, fue corriendo a ver a Maruca y, con el entusiasmo propio del periodista que va a publicar una importante exclusiva de alcance mundial, le contó lo que había visto varias veces.

Impertérrita y con un envidiable aplomo, Maruca escuchó todo con atención y, una vez que la vecina hubo terminado su narración con un condenatorio “Maruca, ¡esto es lo que Manuel te está haciendo!”, le contestó así:

—Pues yo no se la he visto ni más grande ni más chica, ni más gruesa ni más delgada.

Lo que ocurrió cuando Manuel regresó a la casa lo dejo a la imaginación de ustedes. Lo ocurrido a la muchacha no está sujeto a dudas.

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A mi tío-abuelo Juan Sosa —el mismo que, según conté la última vez que tuve el honor de subir a este estrado, no me miraba bien porque a mí me gustaban los libros más que el campo— le escuche contar varias veces un hecho que él vivió cuando era aún muy joven (como se le ve en la foto de la izquierda; en la de la derecha se le ve ya viejo, que es como lo recuerdo) y que, como anécdota, es válida para los años 50.

imageYa que mencioné lo de campo, es momento para explicar que, en aquellos tiempos en que en este nuestro pueblo había muchos almendros que cuando estaban en flor ofrecían un paisaje encantador, había también cosecheros que recogían muchas almendras.

Como para hacerlas útiles había que pelarlas, recogida ya de los campos la cosecha del año, estos cosecheros invitaban a lo que se conocía como una “pelada de almendras”.

A tal fin, en una casa en la que, a título de atractivo, había café, vino y algo que picar, estas personas montaba un mesón lo más largo posible sobre el cual unos hombres extendían almendras sin pelar.

A un extremo del mesón se sentaban juntas mujeres que eran encargadas de pelar las almendras, y que gustaban de, mientras hacían eso, darse al “deporte” de lo que entonces se llamaba “trapichar mocedades” y que hoy se llama “prensa rosa”, o sea, hablaban de los amoríos de fulanito con sutanita, de si a ella le gustaba él o le gustaba más otro que no le hacía caso, del posible temprano matrimonio de menganita con su novio, etc.

El mejor amigo de mi tío-abuelo era un coetáneo suyo llamado José Luis que cortejaba a una muchacha de nombre Rosita María de la que estaba enamorado, pero ella no soltaba prenda, pues en aquel entonces ninguna muchacha que se respetara iba a demostrar atracción romántica hacia un varón que la cortejara, y saber si él le resultaba atractivo o no a Rosita María era para José Luis una incertidumbre que lo atormentaba.

Debido a la especial configuración de las partes íntimas de muchas féminas vírgenes, al momento de orinar, estas partes emiten un sonido que recuerda un silbido. Y ése era el caso de Rosita María.

José Luis supo que su adorada Rosita María iría a una pelada de almendras a la que él no había sido invitado. Esa pelada tendría lugar en un viejo caserón cuyas puertas tenían rendijas y huecos, y que había sido hecho sobre un terraplén horizontal que para llegar a eso requirió de la construcción de un muro de contención de unos tres metros de alto.

José Luis pidió por favor a mi tío-abuelo que lo acompañara para que los dos fisgonearan a través de las rendijas y huecos de la puerta y trataran de oír las respuestas que Rosita María diera a las preguntas que seguramente las demás mujeres le harían acerca de su relación con José Luis.

Ésta sería la única forma en que él sabría si le gustaba o no a Rosita María, pues, como ya dije, en aquel entonces ella no iba a darle señales de que él le gustara, y de ahí la gran incertidumbre de José Luis.

Mi tío-abuelo aceptó, y, la noche de esa pelada de almendras, él y José Luis hicieron lo que habían planeado.

Fisgoneando a través de la puerta estaban cuando vieron que, de repente, Rosita María se levantó de la mesa y puso rumbo a la puerta tras la cual estaban ellos.

Sin pensarlo dos veces salieron corriendo, saltaron a lo bajo del muro de contención, se escondieron lo más pegados a su base que pudieron, y guardaron total silencio.

Rosita María, que había salido a orinar, cerró la puerta tras ella y —como afuera estaba muy oscuro, no había nadie a la vista y el cotorreo de la gente en la pelada ahogaría un ruido exterior— no se alejó a satisfacer su necesidad entre los matorrales del terreno circundante, como habría sido lo normal, sino que se acercó al borde del muro, se puso en cuclillas, movió su vestimenta y comenzó a vaciar su vejiga….. con tan buena puntería que el chorro de orina fue a caer justo sobre la cabeza de José Luis que aguantó impávido, sin hacer movimiento ni emitir sonido alguno, mientras mi tío-abuelo se apartó de él para evitar que la orina lo salpicara, y se tapaba la boca en un esfuerzo por ahogar la risa.

Rosita María, creyéndose sola en aquella oscuridad y en aquel silencio en el que sólo destacaba el silbido de sus partes, de pronto exclamó: “Silba tú, coño, que José Luis te va a sacar el silbido”.

Se ha hablado mucho del efecto terapéutico de la orina, algo que en este caso quedó demostrado porque el chorro de orina de Rosita María tuvo la virtud de acabar con la incertidumbre de José Luis, que así supo esa noche que Rosita María sí lo quería… o que al menos contaba con él para algo.

– II –

La vida no nos depara sólo risas, sino también lágrimas. No sólo nos da alegrías, sino también tristezas, y las añoranzas son generalmente tristes.

La añoranza por mi pueblo y su gente se coló un día, sin yo esperarlo, en el hobby al que me di a comienzos de los 80, uno que consistía en buscar música, preferiblemente instrumental, y grabar la que me gustara para escucharla a placer cuando me apeteciera.

A ese efecto preparé en mi casa un salón con un equipo de sonido de alta fidelidad y que me permitía reproducir en cuadrafónico, pues para entonces no existía el hoy común dolby.

Durante las sesiones cuando, encerrado en ese salón y a oscuras, escuchaba yo la música que me gustaba, destacaban en ella melodías que, sin yo querer, disparaban siempre en mí los mismos recuerdos, y cada vez con más fuerza.

Durante los años 50 y en la década anterior fueron muchos los pasenses ya casados que emigraron a Venezuela en busca de fortuna para luego regresar, o llevar a su familia cuando económicamente pudieran hacerlo, y así dejaron aquí a su mujer, y a veces a uno o varios hijos. Y también en busca de fortuna se fueron a Venezuela muchos jóvenes que dejaron aquí noviecita o novia ya formal.

Fueron muchos los casos —varios recogidos en mi novela “Aquel futuro de mil caminos”— en que ni los casados ni los solteros regresaron al pueblo.

Las mujeres de los casados pasaron a engrosar la legión de lo que se dio en llamar Viudas Blancas, y las novias o noviecitas, viendo cómo se marchitaban sus esperanzas, tuvieron que afrontar una dura realidad.

Siendo yo joven cuando me fui de El Paso, conocí mayormente a varias de estas noviecitas, y las condiciones que, según las noticias que me llegaban a Venezuela, tuvieron que afrontar estas jóvenes se metieron entre los recuerdos de mi añoranza y fueron tomando cuerpo cada vez que yo escuchaba un instrumental titulado “Mama Leone”, interpretado por Anthony Ventura, y esos recuerdos me llevaron a ponerle letra al tal instrumental y hacer así una canción.

Y ya muy tarde una noche, cuando todos dormían en casa me encerré en mi salón y canté y grabé sobre esa melodía la letra que yo había escrito teniendo en mente algo como lo que sigue, en lo que se repite mucho el pronombre ELLA porque ése es el título que di a esa canción.

Cualquier parecido con los hechos que recuerden algunos —o, sobre todo, algunas de ustedes, o que sorprendan a otros u otras— no es casualidad, pues lo que sigue es una realidad que muchas jóvenes vivieron aquí, y es parte viva de las remembranzas que de El Paso tengo.

«Corrían los primeros años de la década de los 50. ELLA, aunque de 13 años, era aún una niña, pero poco antes de cumplir los 14 ocurrió el milagro, y un día su cuerpo comenzó a desarrollar notables y crecientes cambios, y ELLA comenzó a experimentar extrañas y hasta entonces desconocidas sensaciones.

Poco antes del próximo mes de junio, su madre le hizo un vestido nuevo —uno que, ¡por fin!, ya no era de niña— para que lo estrenara en la fiesta del Sagrado Corazón.

El domingo de la fiesta, antes de la solemne función religiosa, grupos de muchachas paseaban cogidas del brazo, según la costumbre, dando vueltas en La Plaza Nueva, en torno a la iglesia, y grupos de jóvenes las daban en sentido contrario con el deliberado propósito de cruzarse con las muchachas dos veces durante cada vuelta.

Él, que ya tenía 18 años, paseaba con sus amigos —muchachos más o menos de su edad que, al igual que él, trabajaban en los campos de sus familias—cuando al acercarse al grupo en que venía ELLA no pudo evitar reparar en aquella atractiva muchacha y dedicarle una sugerente mirada de grata sorpresa, pues la última vez que, según él recordaba, la había visto, ELLA era una niña que en nada llamó su atención.

Pero ahora no sólo la llamó, sino que lo dejó prendado, por lo que las miradas que le dedicó fueron más largas, directas y sugerentes en cada cruce.

ELLA, que las había notado todas, se limitaba a sonrojarse, mirar al piso y soportar las bromas que al respecto le gastaban sus amigas, hasta que. molesta por las burlas y llevada por el hecho cierto de que le había gustado ese muchacho desde que lo vio tiempo atrás, se dijo que ya no era niña y se preparó anímicamente para aceptar el desafío de sus amigas y, en el próximo cruce, devolver la mirada del muchacho.

Y así lo hizo: aunque sonrojándose, le sostuvo la mirada durante bastante tiempo antes del cruce, y hasta le regaló una tímida sonrisa que aumentó el rubor de ELLA, pero que a él le supo a gloria.

Terminada la función religiosa, todos se fueron a Monterrey, y en la terraza continuaron los paseos y las vueltas… y las bromas que le hacían sus amigas que, para ponerla nerviosa y exponerla a lo que, según ellas, no quería ELLA que ocurriera, la colocaron en un extremo de la fila que entre todas formaban al pasear cogidas del brazo.

Sabiendo ya que ELLA tenía valor para hacer frente a esas burlas y desafíos, él se armó también de valor y, en uno de los cruces, se separó de sus amigos, se puso al lado de ELLA, la saludó y siguió a su lado.

Las mal contenidas risitas de las amigas lograron que ELLA, sabiendo que las había hecho quedar mal, contestara, aunque tímidamente y mirando siempre al suelo, las preguntas que él le hacía, y así dio comienzo un romance muy esperado por ELLA, pero inesperado para él.

Ambos, aunque de barrios diferentes y alejados del centro del pueblo, eran de la misma extracción social, se habían criado en las mismas costumbres y compartían educación y principios. Pero ambos sabían, como sabía todo el pueblo, que era sólo cuestión de tiempo el que él emigrara a Venezuela porque, al igual que todos los demás jóvenes que ya lo habían hecho y los muchos que lo harían después, en el pueblo no había futuro para ellos.

Sí, ELLA sabía eso, pero también sabía que muchas otras mujeres —unas solteras aunque no tan jóvenes como ELLA, y otras ya casadas y a veces con hijos— habían visto emigrar a sus novios o esposos, habían quedado esperándolos y, en muchos casos, ellos o habían regresado al pueblo o las habían llevado a Venezuela.

Y al cabo de poco más de un año, él emigró a Venezuela, no sin que antes se juraran amor eterno.

Él le dijo que trabajaría muy duro hasta conseguir el dinero necesario para regresar, casarse con ELLA y formar una familia; y ELLA le dijo que lo esperaría “guardándole la ausencia”, según era la costumbre de las mujeres, fueran novias o esposas, de los emigrantes.

Y cuando él se hubo ido, ELLA se enclaustró en su casa sin hacer vida social alguna.

Como mucho, ir al correo los días en que se esperaba que llegara el de Venezuela, atender el velorio de algún familiar o conocido, e ir a misa y, terminada ésta, regresar a su casa.

Nada de celebraciones, como bautizos o bodas, ni paseos con amigas alrededor de La Plaza Nueva ni en Monterrey. La suya era casi una vida monacal.

Al principio recibía cartas de él por lo menos una vez al mes, aunque ELLA religiosamente acudía cada semana a la ceremonia de reparto de la correspondencia.

Para cuando llegaba la guagua que, a veces sí y a veces no, traía el saco de la correspondencia, ya ELLA estaba frente a la oficina postal, formando parte de la pequeña multitud que cada semana se reunía allí en la esperanza de recibir una misiva de hijos, novio o marido.

Cuando le era entregado el saco con la correspondencia, el cartero se encerraba en su oficina.

Después de unos 20 minutos, que a los reunidos afuera les parecían eternos, salía con un mazo de sobres en sus manos y comenzaba a vocear el nombre de la persona destinataria de cada sobre.

Si esa persona, o un familiar suyo, estaba entre la concurrencia, gritaba “¡Aquí!” y alzaba un brazo, y el cartero lanzaba el sobre en dirección a ella… y continuaba leyendo y lanzando sobres hasta terminar de leerlos todos.

Las personas que habían recibido carta se iban felices, pero no así las que no. Y ELLA pasó a engrosar este segundo grupo cuando había transcurrido poco más de un año de que él había emigrado. Y entonces comenzó lo que sería su largo calvario.

Cuando llegaba al pueblo algún “indiano” de los muchos que habían emigrado a Venezuela —y era de los que, según ELLA sabía, o suponía, que conocían algo de la vida de su novio en ese país— se las ingeniaba para preguntarle al respecto, y así fue cómo supo que él mantenía relación con una venezolana.

Pasaron los meses, pasaron los años, y él no regresó ni le escribió más, pero, a pesar del evidente abandono, el último pensamiento de ELLA antes de conciliar el sueño cada noche era para él, y lo acompañaba del renovado propósito de continuar esperándolo y soñando que un día él volvería».

Ésta es la descripción ficticia de hechos reales que ocurrieron en El Paso de los años 50 y que inspiró la letra de mi canción titulada ELLA, que suena así (clicar AQUÍ), cantada en mi voz, pero, supuestamente, por el novio de ELLA.

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Antes de resumir lo más destacado de El Paso de mis remembranzas proyectaré algunas fotos que dan idea de cómo eran la vida y las gentes en aquellos tiempos.

13.- Cura con parroquianos24.- Iglesia vieja 50s25.- Cuesta_Tio_Daniel26.- El Paso, CallePpal26A.- mTH Otros (FiestaPino)27.- Cine EP. Luis Llamas, Javier, Róncano, Pancho28.- Rec. almendras. CMP, Avelina, M Celia, Luisita, niños32.- Fuencaliente. Excursión con curas33.- Lelo, Nievitas, Luisa..34.- Carnaval35.- Lelo, Lula, Viejo35A.- Monterrey. CMP, Jn Enriq, Javier, Iznardo, M Afonso, Florencio, G. Santana36.- Manolo Pino...36A.- Coral Paso Mixta37.- Academia. CMP, Edita, Violeta, don Santiago, Olga, Luz Ma., Walterio, Javier38.- Lalo, Luisa, Guayete, Lula, Pancho. Miraditas40.- CMP Niños Cruz Grande. Recuadrada50.- Jóvenes-ElPaso

Este pueblo era entonces de calles empedradas, terrenos labradíos bien aprovechados, siegas y acarreas de trigo y cebada, trillas, vendimias, peladas de almendras, cultivo y proceso del tabaco, matazones de cochinos, rebaños de cabras vendiendo leche por las casas, yuntas de bueyes tirando de troncos, labranza en huertas y campos, vareado de almendras, y huertas cultivadas y productivas.

Los caminos bullían desde el amanecer por el paso de personas y animales.

Muchos domingos había en Monterrey los llamados asaltos, y luego bailes o verbenas en la noches, todos promocionados desde la mañana en la voz de Pepe Monterrey a través de megafonía móvil.

En las fiestas más destacadas había veladas, loas, o carros con letra compuesta por nuestro gran poeta, don Antonio Pino, y actuaciones de jóvenes y adultos, mujeres u hombres, que asistían a exhaustivos ensayos buscando la perfección, algo que en aquel tiempo y desde mucho antes fue el distintivo del quehacer artístico e intelectual de nuestro pueblo.

Los vecinos, los jóvenes y no tan jóvenes, trabajaban, como aún lo hacen, en los enrames para la fiesta del Sagrado, y con ellos competían sanamente los barrios.

Cuando se alternaban trabajo y estudios, el afán era ser el mejor en éstos, no quedar en la mediocridad.

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Las remembranzas no están vinculadas a lo físico, a lugares o personas específicos, sino a las vivencias que provocan. Por eso, no todas mis añoranzas se activaron en Venezuela. Hay una en particular que me permito relatar por lo profética y real que resultó en el tiempo.

A mis 19 años, viviendo yo en Santa Cruz de Tenerife, donde trabajaba, inicié un romance juvenil que me resultó un quebradero de cabeza porque la muchacha de la que yo me había enamorado era cada vez más veleidosa y caprichosa.

Sus amigas de colegio le pedían que dejara ese comportamiento porque, si no, mi relación con ella terminaría.

Y de hecho terminó, porque la corté de golpe el día en que supe que aquella muchacha que exhibía un formidable cuerpo de mujer de casi mi edad, tenía en realidad 14 años.

La ruptura tan radical, la primera de ese tipo en mi vida, me afectó mucho, y como consecuencia escribí un poema que deja claro el daño que hace el drogamor, nombre que doy al enamoramiento, pues no tiene sentido alguno, y resulta extemporáneo, que un muchacho de 19 años, que está empezando a vivir, hable de vida vieja y del rápido paso del tiempo.

Pero, paradójicamente, ese poema ha ido cobrando vigencia a través del tiempo, y hace muchos años que es totalmente válido. Dice así:

El tiempo corre, se aleja,
y en su veloz transcurrir
tristes recuerdos nos deja;
trozos de una vida vieja
que se resiste a morir.

Recuerdos que al revivir
lastiman el corazón
y duelen con un dolor
que nos mueve a sonreír.

Y no podemos huir
de ese dulce padecer.

Mejor, pues, es comprender
y dentro del pasado gris
recordar como feliz
lo que feliz pudo ser.

Ahora, 60 años después, sí que el tiempo, más que correr, se aleja volando, y que la vida, ya vieja por los años transcurridos, nos ha dejado, como ya dije, recuerdos gratos —como los más de los lugares, personas, actividades, etc. — que muestran las fotos que he pasado y que alegran nuestra vida y nos hacen sentir orgullosos de nuestro pueblo.

Pero también nos ha dejado recuerdos tristes de eventos que, como no pueden remediarse, duelen con ese dolor que, por impotencia y resignación, nos mueve a sonreír.

Esta foto es de seis amigos pasenses, seis jóvenes recién salidos de la adolescencia que un domingo de 1953 decidieron tomársela en la Plaza Nueva.

De ellos, el único que queda para contarlo soy yo; los otros, que bien pudieron disfrutar de una existencia larga y feliz, nos dejaron antes de tiempo, y algunos en circunstancias tristes.

Hoy, pasados 65 años, siento que, ante el destino de esos mis amigos, de otros pasenses que aparecen en las fotos, y de lo bueno que ya no tenemos en nuestro querido pueblo, puedo con justicia decir que hay que alegrarse de haber vivido lo que hemos vivido, y, si algo no ha resultado tan bueno como quisimos que fuera, lo mejor es comprender y, dentro del pasado gris, recordar como feliz lo que feliz pudo ser.

Buenas tardes y, de nuevo, muchas gracias por su atención y paciencia.