[LE}> El idioma español tiene más de 90.000 palabras: ¿quién inventó cada una y por qué?

16/12/2022

C. Macías

La vida podría ser eso que sucede mientras las palabras nacen y se reinventan, algunas acumuladas en el olvido, otras directamente desaparecen en el silencio mientras surgen más y más formas de nombrar la vida.

Si hay algo que nos constata es el lenguaje, como un árbol infinito de voces que siempre nos buscan, y a veces buscamos nosotros, intentando llegar a aquella primera voz que pronunció la primera palabra.

De ese enigma que nos interpela no podemos desconectarnos: ¿Cuál fue el comienzo? ¿Quién inventó esta palabra? ¿De dónde proviene esta otra?

Con casi 600 millones de personas en el mundo, el español es uno de los idiomas referentes a nivel mundial. Una lengua que convive con otras muchas lenguas vivas y dialectos diferentes que brotan de él y que pueden, incluso, cruzarse en algún momento.

Por todo ello, nuestro idioma también destaca por ser uno de los más amplios, por su elevado número de palabras y términos.

A finales de 2010, el Diccionario de la Real Academia Española (RAE) contenía 88.000 palabras. Se suele estimar el léxico de una lengua añadiendo un 30% al de los diccionarios, pero por supuesto, estos son datos y nociones aproximados.

¿Podemos entonces saber quién dijo tal o cual cosa por primera vez? ¿Quién le dio nombre a determinada existencia? ¿Quién diría por primera vez esa palabrota que ahora no nos quitamos de la boca?

Miles de palabras

La única forma de medir la cantidad de palabras que tiene en la actualidad el español es teniendo como referencia el número de términos recogidos a través del diccionario de la RAE.

Sin embargo, ni en este ni en ningún otro diccionario podremos encontrar todas las palabras utilizadas en un idioma. Siempre aparecerán nuevas palabras que escaparon, o que aún no están recogidas.

En la actualidad, según dicha institución, el español cuenta con más de 93.000 palabras, entre las que es posible encontrar más de 19.000 palabras calificadas como americanismos.

Aunque la cifra varía en función de la fuente que consultemos, como por ejemplo con el Diccionario Histórico de la Lengua Española, que también pertenece a la RAE y que aglutina más de 150.000 palabras, entre las que además se encuentran arcaísmos y palabras en desuso que ya no se utilizan en el lenguaje hablado.

Otro de los diccionarios conocidos, aunque injustamente vilipendiado, es el que creó la filóloga y bibliotecaria María Moliner dedicándole 15 años de su vida. El conocido como Diccionario de uso del español cuenta con dos tomos y unas 3.000 páginas en total.

La primera edición de este diccionario, publicada en 1966, ronda las 80.000 entradas, cifra que ha ido incrementándose hasta las 92.700 de la cuarta, aunque solo la primera tiene el visto bueno de sus herederos.

El poder de la literatura

Aunque existen procesos para formar una nueva palabra, muchas veces las inventamos sin darnos cuenta. Como explicaba Javier Bezos, especialista en ortotipografía de la Fundación del Español Urgente (Fundéu) a la periodista Analía Llorente en un artículo para la BBC: «Las palabras las vamos creando los hablantes de modo espontáneo, simplemente porque necesitamos expresar un concepto. Y si no tenemos la palabra, intentamos explicarlo o la inventamos». Pero también hay palabras que se crean con premeditación

Así, por ejemplo, se sabe que Miguel de Cervantes dio vida a diversas palabras de las que algunas no forman parte de nuestra cartilla habitual, pero se requieren para seguir sus lecturas.

No es de extrañar lo de Cervantes, pues en El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha empleó casi 23.000 palabras diferentes. Para que te hagas una idea de las dimensiones: de media, una persona utiliza unas 5.000.

Baciyelmo es uno de esos términos que creó el escritor para esta obra. Aparece cuando don Quijote, convencido de que lleva puesto el yelmo de Mambrino (elemento que protege la cabeza de un guerrero y que, en este caso, del literario rey moro Mambrino), trata de convencer a los demás que sólo ven una bacía de barbero. Para zanjar la discusión, su fiel escudero, Sancho Panza, bautiza al accesorio como baciyelmo.

A esto se le ha denominado como «neologismo cervantino». Hoy, según explica el Diccionario de la lengua española (DRAE), un baciyelmo es una «situación o realidad caracterizada por la pretensión de conciliar, mediante una fórmula híbrida, posiciones o conceptos enfrentados».

Otra palabra curiosa que podemos rastrear es perogrullada. Definida como «verdad o certeza que, por notoriamente sabida, es necedad o simpleza el decirla», procede del nombre del profeta Pedro Grullo.

El escritor Francisco de Quevedo fue el primero en utilizar esta palabra en su libro Los sueños, de 1622. El personaje del gran profeta, Pero Grullo, ofrece en sus páginas diez profecías que Quevedo denomina perogrulladas.

En la literatura, grullo representa de esta forma a un personaje cómico que se dedica a decir verdades redundantes («lo que no puede ser no puede ser, y además es imposible», «en lo lleno no hay vacío»…).

Hacia los orígenes

También de los libros procede Intrahistoria, término creado por el escritor Miguel de Unamuno. El diccionario de la RAE lo define como «vida tradicional, que sirve de fondo permanente a la historia cambiante y visible».

Si bien no podemos saber los comienzos de muchas otras palabras, podemos adentrarnos en las primeras semillas del idioma que conforman. Según apuntan desde la Fundación Comillas, comenzaría a tomar forma en el año 1200 con el rey Alfonso X. «Él y su corte de eruditos adoptaron la ciudad de Toledo como la base de sus actividades.

Allí se escribieron obras originales en castellano y tradujeron historias, crónicas y obras científicas, jurídicas y literarias de otros idiomas (principalmente de latín, griego y árabe).

Este esfuerzo histórico de traducción fue un vehículo importantísimo para la diseminación del conocimiento en la Europa occidental antigua. Alfonso X también adoptó el castellano para el trabajo administrativo y todos los documentos y decretos oficiales».

Más tarde, las estrategias imperialistas de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón impusieron el dialecto castellano en los territorios americanos colonizados en 1492, haciendo entonces del castellano el idioma oficial de su reino.

En ese mismo año, apareció el primer tratado para estudiar e intentar definir la gramática de un idioma europeo del que se tiene constancia, Grammatica de Antonio de Nebrija.

Cómo nace el español

No obstante, si queremos ubicarnos en el primer esqueje de un habla específica en la Península Ibérica, podemos viajar al pasado aún más lejano, concretamente al período en que la misma fue conquistada por el Imperio Romano.

Por aquel entonces, lo que se hablaba era el latín, así que este se entiende como la lengua madre no solo del español, también del portugués, catalán, gallego, del francés y, por supuesto, del italiano.

Tras la caída del imperio romano, en el siglo V, la influencia del latín culto fue disminuyendo poco a poco, señalan desde la Fundación, pues además ya «se hablaba un latín vulgar, es decir, diferente en fonética, sintaxis y léxico.

En este contexto donde surgen las deformaciones del latín, nace el ‘romance castellano’, típico de la región que dio origen al Reino de Castilla y que se expandió por toda la península durante la Edad Media».

Los historiadores sitúan en ese momento el surgimiento de la primera versión del español, que inicialmente tenía «no sólo una influencia del latín vulgar, sino que también tenía vocablos provenientes del griego, celta y germánico».

Sin embargo, en el siglo VII, la invasión de los musulmanes haría que se formaran dos zonas bien diferenciadas: Al Ándalus al sur —donde irían poco a poco hablando dialectos romances como el mozárabe neoárabe, además de las lenguas de la minoría extranjera invasora árabe y bereber—, y las zonas centrales y del norte, dominadas por los reinos cristianos, donde comenzaría «una evolución divergente en la que surgieron las modalidades romances catalana, aragonesa, astur y gallego-portuguesa, además de la castellana que sería después dominante entre la población de la península».

De esta forma, lo que resulta evidente es que el español es un idioma híbrido, ya que lo que hablamos y escribimos ahora es una mezcla infinita de palabras que dejaron los distintos pueblos que pasaron por aquí.

Se calcula, por ejemplo, que el español moderno cuenta con aproximadamente 4.000 palabras con raíces árabes.

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