La Nueva Psicología del Amor (5/7): Enfermedades mentales (Cont.)

Lo que aquí trata del autosacrifico se refiere mayormente a las relaciones en el seno de la familia y no solamente entre los miembros de la pareja. Pero en las relaciones de pareja también es válido porque fomentar la independencia del otro es más señal de amor que sacrificarse en cuidar a ese otro que bien puede cuidarse por sí mismo, además de que tiene el deber de hacerlo.

Esto, por supuesto, choca con la actitud de alguno de los miembros de la pareja que opta por “hacerse el muerto para que lo carguen”, que exige mimos, y que espera, como si de un derecho adquirido se tratara, que el otro haga ciertas tareas que él/ella está no sólo en capacidad de hacer sino en el deber de hacerlas si es que quiere cooperar, obrar con dignidad, dejar de “hacerse el vivo”, y mejorar como persona.

Carlos M. Padrón

***

“La Nueva Psicología del Amor”
M. Scott Peck

ENFERMEDADES MENTALES (Cont.)

Autosacrificio

Otra concepción terriblemente errónea del amor es la de que el amor es autosacrificio.

El amor no es sencillamente dar, es dar atinadamente, juiciosamente, y también negar juiciosamente. Amar significa alabar juiciosamente y criticar juiciosamente. Significa discutir, luchar, exhortar, apretar y aflojar juiciosamente, además de reconfortar. Amar es guiar. La palabra “juiciosamente” indica que se requiere juicio, y el juicio es algo más que el instinto, pues requiere tomar decisiones reflexivas y a menudo penosas.

No reprender cuando es necesaria la censura a fin de promover el crecimiento espiritual es una falta de amor, así como lo son la crítica y la condena absolutas, y otras formas de no brindar activos cuidados.

No dar en el momento oportuno revela más cariño que dar en el momento inoportuno. Y fomentar la independencia de los demás es más señal de amor [que sacrificarse en] cuidar a personas que pueden cuidarse ellas mismas. Aprender a expresar las propias necesidades, enojos y esperanzas es tan necesario para la salud mental como el autosacrificio, y, por tanto, el amor debe manifestarse no sólo en una beatifica aceptación sino también en enfrentamiento.

Pero [a veces, al proceder sin este autosacrificio en el seno de la propia familia] se corre el riesgo de parecer «malo». [Aún así, el amor requiere enfrentar y criticar], pero hay dos formas de enfrentar y criticar a otro ser humano: con la certeza instintiva y espontánea de que uno tiene razón, o con la creencia de que uno probablemente tiene razón, después de haberlo dudado escrupulosamente y de haberse examinado con todo rigor.

El primero es el modo de la arrogancia. Es el modo más común de padres, cónyuges, maestros, y de la gente en general, en sus tratos cotidianos. Por lo común, es un modo que no da resultados positivos, pues produce enojo y otros efectos no esperados. El segundo es el modo de la humildad. No es común, y su ejercicio exige una genuina extensión de la personalidad. Es probable que dé resultados positivos y, según mi experiencia, nunca es destructivo.

Sadomasoquismo

Un fenómeno mas común [que el del autosacrificio] y, en última instancia, más grave, es el fenómeno de sadomasoquismo social en el cual la persona desea inconscientemente herir y ser herida por obra de sus relaciones interpersonales.

Cuando se examinan mujeres de esta clase generalmente se comprueba que cuando eran niñas sufrieron humillaciones. En consecuencia, buscan desquitarse valiéndose de su sensación de superioridad moral, que exige repetidas humillaciones y males tratos.

Neurosis y Trastornos del Carácter

La mayor parte de las personas sufren de lo que se llama una neurosis o un desorden de carácter. Estas afecciones son desórdenes de responsabilidad y, como tales, son dos modos opuestos de estar en relación con el mundo y sus problemas: el neurótico asume demasiada responsabilidad; la persona que presenta trastornos de carácter no la asume lo suficiente.

Los neuróticos, comparados con los que exhiben desórdenes de carácter, son fáciles de tratar con psicoterapia porque asumen la responsabilidad de sus dificultades, y, por tanto, comprenden que tienen problemas.

Los que presentan trastornos de carácter son mucho más difíciles de tratar, si no ya imposible, porque no se ven a sí mismos como la fuente de sus problemas; antes bien, consideran que el mundo, y no ellos, es lo que debe cambiar, de manera que no llegan a reconocer la necesidad de autoexamen.

El problema de distinguir aquello de que somos responsables y aquello de que no somos responsables en esta vida es uno de los máximos problemas de la existencia humana.

La Nueva Psicología del Amor (4/7): Enfermedades mentales

Mi comentario a este capítulo lo dejo a cargo del artículo “La conexión padre-hija” que copio al final y que llegó a mis manos en un claro caso de serendipity porque, al igual que el libro que nos ocupa, me resultó muy esclarecedor y de gran ayuda.

Carlos M. Padrón

***

“La Nueva Psicología del Amor”
M. Scott Peck

ENFERMEDADES MENTALES

En su mayor parte, las enfermedades mentales están causadas por una falta o defecto de amor que un determinado niño necesitaba de sus padres para lograr una maduración apropiada y crecimiento espiritual.

Dependencia

La segunda concepción falsa, sumamente común, del amor es la idea de que la dependencia es amor. Es ésta una concepción errónea, pues la dependencia es una cuestión de necesidades antes que de amor. El amor es el libre ejercicio de la facultad de elegir. Dos personas se aman únicamente cuando son capaces de vivir la una sin la otra, pero deciden vivir juntas.

Las personas dependientes pasivas están tan atareadas tratando de que se las ame que no les queda energía alguna para amar. Nunca se sienten plenamente colmadas ni tienen el sentido de ser personas completas. Sienten siempre que «algo les falta». Toleran muy mal la soledad. No tienen verdadero sentido de la identidad propia, y se definen tan sólo por sus relaciones.

La dependencia pasiva tiene su origen en la falta de amor. La sensación de vacío interno que experimenta el dependiente pasivo es el resultado directo de una falla de sus padres que no satisficieron las necesidades de afecto, de atención y de cuidado durante la niñez del individuo.

Se emplea la palabra «pasiva» en conjunción con la palabra «dependiente» porque a estos individuos les interesa lo que otras personas puedan hacer por ellos sin considerar lo que ellos mismos pueden hacer. [A un grupo de personas así] les dije: «Si lo que pretenden es ser amados, nunca alcanzarán esa meta, pues la única manera de asegurarse de que uno será amado es ser una persona digna de amor, y ustedes no pueden ser personas dignas de amor porque la meta primaria que consideran es la de ser amados pasivamente».

[Por obra de una conducta amañada], los matrimonios dependientes pasivos pueden llegar a ser seguros y duraderos pero no puede considerárseles saludables ni resultado del amor, porque la seguridad es adquirida al precio de la libertad, de manera que la relación tiende a retrasar o impedir el crecimiento espiritual de los miembros de la pareja. Un buen matrimonio sólo existe entre dos personas fuertes e independientes.

A los dependientes pasivos les falta autodisciplina. Son incapaces de posponer la gratificación de su sed de atención y amor. En su desesperación por formar y conservar vínculos afectivos, prescinden de toda honestidad. Se aferran a relaciones ya gastadas cuando deberían renunciar a ellas. Y, lo que es sumamente importante, les falta el sentido de la responsabilidad. Pasivamente miran a los demás, con frecuencia hasta a sus propios hijos, como la fuente de su felicidad y plena realización, de suerte que, cuando no se sienten felices ni realizados, consideran a los demás culpables de ello.

En consecuencia, están permanentemente airados porque permanentemente se sienten dejados en la estacada por los otros que, en realidad, nunca pueden satisfacer todas sus necesidades ni hacerlos felices. Si alguien espera que otra persona lo haga feliz, quedará continuamente decepcionado.

En suma, la dependencia puede parecer amor, pero, en realidad, no es amor sino una forma de antiamor. Tiene su origen en una falla parental que se perpetúa. El dependiente pasivo trata de recibir en lugar de dar. La dependencia fomenta el infantilismo, no el crecimiento espiritual. Atrapa y oprime en lugar de liberar. En definitiva, destruye las relaciones en lugar de construirlas, así como destruye a las personas.

Las personas dependientes están interesadas en su propio bienestar y nada más. Desean llenar su vacío interior, desean ser felices, pero no desean desarrollarse ni crecer, ni están dispuestas a tolerar el sufrimiento y la soledad que supone el crecimiento. Las personas dependientes tampoco se preocupan por el crecimiento espiritual del otro, del objeto de su dependencia; sólo les importa que el otro esté presente para satisfacerlas.

***

Dr. William S. Appleton

LA CONEXIÓN PADRE-HIJA

Él fue el primer amor de su vida, y la persona más importante en su desarrollo como mujer. La relación entre un padre y su hija, desde la infancia hasta la edad adulta de ésta, es el factor que determina si ella podrá amar verdaderamente a un hombre.

Respecto a las mujeres hay tres realidades que verdaderamente me inquietan. La primera es el gran número de mujeres que no están contentas con sus carreras y con sus vidas privadas. La segunda es que la mayoría cree que entiende lo que representa su padre en su vida adulta, pero en realidad no lo comprende. Y la tercera es ver cuán difícil les resulta a las mujeres reconocer sus patrones de conducta improductivos, en lo personal y profesional, y cambiarlos.

Mientras más entienda una mujer el enorme efecto que su padre tiene en su vida, más capacitada estará para disfrutar, emocional e intelectualmente, de una relación sana y duradera con su esposo o pareja, y más libre se sentirá para avanzar en su trabajo. También será mejor madre y tendrá una vida más plena.

Dos ciclos de vida. He creado el método “ciclo doble de vida” para poner en orden los años de confusión, complejidad e interacción emocional entre un padre y su hija. Así la hija puede darse cuenta de cómo, desde un principio, ellos se han amado, herido y ayudado el uno al otro, y de los efectos que ha tenido todo esto en la vida romántica de ella.

En esta forma, he dividido en tres etapas los primeros treinta años de interacción entre el padre y la hija, cada una de ellas con diez años de duración.

• La primera etapa la llamo OASIS, y empieza en el momento en que la niña nace. Generalmente el padre está al comienzo de su vida familiar, cuando tiene veinte o tal vez treinta años de edad.

• La segunda etapa es la del CONFLICTO, y abarca la adolescencia de ella y la década de los cuarenta de él.

• La tercera etapa es la de SEPARACIÓN, que comienza cuando ella tiene veinte años y el papá está en los cincuenta.

Para aplicar este método a su vida personal, comience por recordar cómo era su comunicación con su padre cuando usted era una niña, una adolescente, y en su vida adulta. Así pondrá en perspectiva las distintas etapas y, al final, se dará cuenta de que sus sentimientos han reducido al mínimo sus problemas. Por ejemplo, las reacciones tempestuosas de la adolescencia pueden ser suavizadas por el recuerdo del oasis de la infancia. Al final, si usted tiene sentimientos encontrados, se calmará y podrá ver sus relaciones desde una perspectiva más amplia hasta tener una imagen más realista de su padre, desprovista de sentimiento y de enojo. Esta comprensión equilibrada de cómo la ha afectado la actitud de su padre la ayudará a mejorar su vida presente y futura.

El oasis: una niña y su padre

La primera etapa comprende la infancia de la niña y la década de los treinta años de su padre. Ahora que se sabe que los niños desarrollan apego(1) por ambos padres durante los primeros nueve meses de su vida, se ha determinado que la importancia de las relaciones entre padre e hija es, desde el principio, mayor de lo que creíamos.

El apego que sentimos hacia ciertas personas cuando somos adultos tiene mucho que ver con las experiencias que en la infancia tuvimos con figuras similares. Existe una gran relación causal entre las experiencias de un individuo con sus padres y la capacidad que ese individuo tendrá después para crear lazos afectivos. Y, según lo que se sabe ahora, el padre es quien tiene mayor influencia en la mujer.

El padre. Casi siempre el padre se encuentra en la tercera década de su vida cuando su hija está en la primera. Generalmente, él está tan ocupado en su carrera que, por perseguir sus metas profesionales, sacrifica en parte su matrimonio, sus diversiones, sus amistades, sus relaciones íntimas y sus momentos de esparcimiento. El padre de esta etapa puede ser un hombre sin deseos físicos, una máquina de trabajo; y, en este sentido, está en un período latente semejante al que atraviesa un niño entre los seis años y el comienzo de la pubertad. Este período latente, caracterizado por una gran quietud emocional, sucede entre el torbellino de la niñez y el de la adolescencia, y está asociado con la adquisición de habilidades. Entre los 30 y los 39 años, el padre busca la posición que quiere alcanzar a los cuarenta o cincuenta. Mientras su hija adquiere conocimientos, él asciende en su carrera.

Durante esta etapa de sus vidas, es usual que una hija no vea mucho a su padre, y ésta es una de las razones por las que la importancia del padre ha sido pasada por alto por investigadores y teóricos. Lo que sí se ha notado recientemente es que, en muchos casos, la hija lo ve lo suficiente como para apegarse a él en la infancia, aunque no se ha determinado qué número de horas de “estar juntos” es necesario para que se cree este vínculo. Frecuentemente se presume que ya que la madre está con el niño más horas, esta relación de apego sólo se establece con ella, pero una madre puede estar en la misma casa con un bebé y tener poco contacto con éste. Además, lo que cuenta no es la cantidad sino la calidad del tiempo que pasan juntos padres e hijos. Separarse de la madre diariamente para ir al colegio no daña la relación madre-hija, y lo mismo se aplica a la separación de un padre que trabaja.

En vez de destruir el impacto de él en el desarrollo de su hija, la cantidad de trabajo que agobia al padre durante la tercera década de su vida puede contribuir a mejorar la calidad del tiempo que ellos pasan juntos. Por lo general, en esta etapa el padre sólo cuenta con su trabajo y su familia, y no tiene diversiones que lo mantenga alejado de ésta. El tiempo que pasan juntos padre e hija lo disfrutan mucho, y eso da pie a un intenso intercambio emocional entre ambos. Por esta compañía tan placentera que encuentra el uno en el otro, denomino esta etapa oasis. La hija aleja al padre de la lucha diaria por triunfar y sobresalir. El tiempo que el padre pasa con ella es de puro deleite y de profundo apego emocional para él, y, consecuentemente, también para ella.

Por supuesto, este oasis no es siempre tan romántico como parece. A menudo, un padre cansado llega a su casa y encuentra que su esposa, igualmente cansada, le pide que la ayude con el cuidado del bebé. En este caso, estar con su hija se convierte en trabajo en vez de placer. No obstante, como quiere tanto a su pequeña niña, el resultado global de la interacción es positivo.

La hija. No pasa mucho tiempo antes de que la bebita se convierta en niña. Hasta los primeros seis años de su vida, la hija y el padre tienen una relación muy alegre: ella lo aleja de los rigores de su vida diaria, y él la aleja a ella de la disciplina que le impone la madre. Estas “vacaciones de las responsabilidades” que constituye el tiempo que pasan juntos continúan formando parte del apego entre ambos durante todas sus vidas. El padre es casi siempre más estricto con sus hijos varones, y la madre lo es con las hembras. Y desde que la niña cumple seis años hasta la pubertad, él se interesa cada vez más por su desarrollo intelectual.

La importancia del oasis

La forma en que un padre trata a su hija en la etapa de oasis deja una huella indeleble en ella. Para algunas mujeres, el deleite del oasis está tan arraigado que a veces llega a interferir con los romances de su vida adulta, pues ella siente que ningún hombre la cuida y mima tanto como lo hizo su padre. Por el contrario, si durante esa etapa hubo poca felicidad con papá, la feminidad de la hija sufre.

La primera década que ambos pasan juntos no sólo cumple la necesidad de ella de desarrollar un apego infantil sino que, además, si el padre está disgustado y la rechaza, la niña queda completamente desanimada en sus primeros esfuerzos por ganarse el interés de un hombre. De ahí la importancia que para una niña representa un padre afectuoso que no se sienta acobardado por la feminidad de su hija. Saber que él disfruta de su belleza, su sonrisa, su vestido bonito, y sus primeros esfuerzos por maquillarse y arreglarse, la ayuda a ganar confianza en su capacidad de atraer la simpatía y el amor de un hombre.

En cambio, un padre que ridiculice o se muestre nervioso ante las demostraciones de feminidad de su hija, que siempre está cansado o de mal genio para atenderla, o que se ausente demasiado, puede hacer que ella se sienta insegura de sí misma.

No haber tenido una relación estrecha con el padre durante la infancia puede dejarle muchas cicatrices emocionales a la mujer, de las cuales la inseguridad es la más grave. Otra es la incapacidad de formar vínculos duraderos: ella no sabe cómo acercarse a un hombre, y se siente rechazada. No es que tenga temor, es que, sencillamente, no espera recibir de un hombre ni amor, ni calor humano, ni verdadera comunicación.

Asimismo, la ira es otra de las desdichadas herencias que la hija puede obtener de la etapa de oasis. Si su padre, el hombre más importante de su vida, no le dio el amor y la atención que ella necesitaba, queda profundamente resentida, Más tarde, al casarse, descarga esa ira sobre su esposo: critica sus actividades sociales, sus hábitos y expresiones, ¡todo!, como una represalia al rechazo paterno. Finalmente, la hostilidad de ella logra que los hombres le huyan, y “castiga” a cualquiera de ellos que se arriesgue a quedarse a su lado.

La ausencia y el rechazo paternos también pueden hacer que una mujer tenga una excesiva ansiedad por la atención de un hombre, y por ello le exija a su enamorado que le dedique toda su atención. Si él no lo hace, ella tendría una rabieta tan grande que preferirá no volver a verlo. Otra consecuencia de la ausencia paterna es la adicción a todo el glamour del comienzo de un romance. Estas mujeres quieren que le envíen flores y las llamen por teléfono diariamente; buscan la emoción que les proporciona un hombre nuevo, pero se aburren y se deprimen tan pronto el entusiasmo inicial ha pasado.

Por otra parte, en la misma forma en que la ausencia paterna puede ser dañina, también es peligroso tener un padre sobre protector. Los padres que le dedican una excesiva atención a sus hijas o les exigen adoración, casi siempre se aferran a ellas por demasiado tiempo y tratan de interferir con el desarrollo de su independencia. El resultado es a menudo una mujer incapaz de amar. Algunas de mis entrevistadas fueron muy francas al confesar que no encuentran un hombre que sea tan inteligente, tan considerado ni tan buena compañía como sus padres.

Conflicto: Los cuarenta de él y la adolescencia de ella

Los cuarenta años tienen en sí mucho parecido con la adolescencia. Tanto para el padre como para la hija, éste es un período lleno de interrogantes. Mientras ella se pregunta “Quién soy yo”, él se pregunta “Quién continuaré siendo yo”. Ella se rebela contra la autoridad y los convencionalismos, y él no sabe si tendrá la paciencia necesaria para seguir llevando el ritmo de trabajo diario. Cada uno está ocupado con sus propias preguntas sobre la vida y la muerte, el tiempo tan corto para vivirla y la vejez inevitable. En esta etapa, ambos se sienten atormentados y descontentos.

En sus cuarenta, el padre reevalúa su existencia, pues de pronto se ha dado cuenta de que ya no le queda mucho tiempo. Se pregunta si continuará con su carera y su vida privada como hasta ahora lo ha hecho. ¿No sería mejor que cambiara de empleo? ¿Todavía siente amor por su esposa? ¿Disfruta realmente de su vida, o le parece vacía?

Pero el padre no tiene tiempo para reflexionar. Tiene presiones económicas y se da cuenta de la gran cantidad de hombres jóvenes que vienen subiendo la cuesta detrás de él. Tiene miedo de perder su empleo o un buen ascenso Empieza a preocuparse por la edad y la vejez y, para completar el oscuro panorama, ¡su niñita empieza a independizarse y a prepararse para dejarlo!

La hija adolescente, en cambio, sí tiene tiempo para pensar. Ve a su padre de forma diferente, por dos razones: primero, porque ella ya ha dejado de ser la niñita que tanto lo adoraba; y segundo, porque, en realidad, él ha cambiado. Entre los 30 y los 39 años él trabajaba sin descanso para progresar en su carrera, y emocionalmente parecía un niño en etapa latente. Ahora, en sus cuarenta, parece un adolescente: se fija en las mujeres, bebe más licor, tiene un carácter más inestable, y está propenso a entrar en conflicto en su trabajo o con su esposa y sus hijos.

Aunque la adolescente típica se entristece y rebela al descubrir los defectos de su padre, a la larga esta decepción resulta beneficiosa para ella. Ve que, al igual que todo el mundo, su padre no es perfecto. Este descubrimiento puede hacer que la hija tumbe al padre del pedestal en que lo tenía, y si la caída es violenta, ella quedará afectada. Pero si el proceso se lleva a cabo de una manera razonable y no muy severa, y si el padre acepta la ira y las críticas que esta desilusión provoca en su hija, la ayudará a separase saludablemente de él ya desarrollar su capacidad para tener relaciones maduras y realistas con los futuros hombres en su vida.

La mayoría de los padres luchan por conservar ante sus hijas una imagen de héroes y evitar revelar su fragilidad humana. Esta actitud es semejante al deseo de la hija de permanecer pura y virginal ante los ojos de él. Para no enfrentarse con la realidad de la vida, cada uno quiere aferrarse a los felices días de la infancia de ella.

En esta etapa, es frecuente que al reunirse con sus hijas los padres lo hagan más con la intención de pelear que de divertirse. Las relaciones de ambos se convierten en una lucha permanente entre lo que ella quiere hacer y las restricciones que el padre le impone. Ella pelea por su independencia, mientras que el padre trata de protegerla de su inexperiencia. Y ella lucha por huir pero también quiere seguir complaciéndolo para que él siga amándola y preocupándose por ella.

Esta segunda década también puede dejar huellas que afectan las relaciones de la hija con otros hombres. Al sentirse, cuando tiene una relación amorosa, incapaz de funcionar como una mujer individual y completa, añorará el oasis de la infancia Pero si el padre se siente orgulloso de su hija adolescente y conversa con ella temas filosóficos, estéticos o materiales, compartiendo la sensibilidad y la inteligencia de su juventud, esta etapa puede convertirse en algo maravilloso. Los recuerdos agradables de largas conversaciones y caminatas durante esta época ayudarán a la mujer a disfrutar del afecto y compañía del hombre que ama, y a perdonar sus faltas aceptando que él es un ser humano.

La separación no significa el fin

Al llegar a los veinte años, si ha tenido un desarrollo satisfactorio a través de su niñez y adolescencia, la mujer está lista, física y emocionalmente, para dejar a su familia. Sin embargo, el paso físico de mudarse de casa es más fácil que el psicológico, pues dentro de todo adulto existe un niño temeroso de estar solo. Por lo tanto, la separación siempre crea un estado de ansiedad.

En el proceso de separación, la hija aparta de su padre los sentimientos que hacia él tenía. Al verlo menos a menudo, la fuerza de su apego psicológico a él va disminuyendo. A esto contribuye el hecho de que, en su vida privada y su trabajo, ella comienza a relacionarse con un número mayor de personas. Sin embargo, este proceso no es siempre fácil ni gradual. A veces el padre y la hija pelean en el momento de la separación, y ésta se convierte en una etapa de gran angustia para ambas partes. Cuando el dolor se vuelve intolerable, puede que discutan, se alejen aún más o se acerquen buscando el oasis de la niñez. Pero una vez que pasa la tristeza, la hija puede tomar los sentimientos que tiene puestos en su padre e invertirlos en otras personas, y entonces estará libre para buscar una vida y hombre propios.

Durante la segunda década de su vida la mujer modifica sus necesidades y emociones. Los cambios de humor, tan frecuentes en la adolescencia, se hacen menos intensos; se siente menos afligida por lo que acontece y más deseosa de buscar soluciones. En este proceso aprende a controlar sus sentimientos, y su ira se vuelve más madura. Dejando atrás a la niñita de dos años que no puede soportar las frustraciones, y a la adolescente que batalla fieramente contra el padre que la restringe, se ha convertido en una mujer capaz de sentir el enojo del adulto, controlando su ira para expresarla en el momento apropiado.

La determinación que tiene la mujer en sus veinte años, y el deterioro de la imagen del padre la ayudan a asumir el control de su vida. Al sobrepasar el enojo de la adolescencia y aprender a perdonar y a aceptar a su padre con todos sus defectos, se le hace más fácil dejar atrás su vida hogareña para comenzar una independiente.

El padre y la separación. Una mujer en sus veinte años sabe que sus padres ya no son imprescindibles para su supervivencia y, sin embargo, no siempre se siente segura. Tiene temor de enfrentarse sola a la vida y de separarse del padre que la protege. Su propósito de marcharse puede estar minado de una ansiedad que la paraliza completamente, o puede suceder que ella escoja pelear con su padre y, enojada, partir después.

Una vez que está físicamente lejos de su padre, debe hacer un esfuerzo por separarse emocionalmente también. Si depende demasiado de él y le consulta cada pequeño problema, no podrá romper los lazos de apego, como le hace falta para desarrollar su independencia.

Algunas mujeres van al extremo opuesto y evitan todo contacto con sus padres porque presumen que buscarlo es un acto de rendición, y por ello no le hacen caso a sus deseos de dependencia y así no se ven obligadas a experimentar la tristeza de perder a papá, pero con eso dañan el proceso correcto de separación. Al no poder relacionarse en un plano adulto con sus padres, también quedan incapacitadas para hacerlo con los demás.

La mujer que logra tolerar y aceptar la separación de su padre, se convierte en una verdadera adulta que disfruta de la compañía de éste sin temor a verse atrapada de nuevo en una relación de dependencia total hacia él. Al sentirse independiente y madura puede compartir generosamente su vida con él, una actitud que proporciona gran alegría para ambos.

***

(1): El apego es la preferencia que se siente por una persona específica considerada generalmente más fuerte o más madura que uno.

[*Drog}– La Nueva Psicología del Amor (3/7): Qué NO es amor

El enamoramiento, o drogamor, siempre pasa, es transitorio (ver artículo copiado al final), y lo peor es que a veces deja una secuela de ruina moral, de frustración, y hasta de bancarrota, pues uno cae en cuenta de que no sólo ha perdido tiempo y autoestima sino también hasta dinero.

Si el enamoramiento suministra a los enamorados una capa mágica de omnipotencia que los enceguece a los riesgos que están asumiendo cuando deciden casarse, y es un ardid que nuestros genes usan con nosotros para nublar nuestro espíritu, que de otra manera seria perceptivo, y engatusarnos y hacernos caer en la trampa del matrimonio, ¿no es cierto que se trata de una droga? De ahí el término drogamor.

Esto no obstante, no hay indicios de que a nivel de colectivo social se intente siquiera hacer algo para combatir esa droga, a pesar de que todas las víctima del drogamor saben que se trata de un mito que causa enorme confusión y profundos sufrimientos.

Carlos M. Padrón

***

“La Nueva Psicología del Amor”
M. Scott Peck

QUÉ NO ES AMOR

Lo que parece amor no es con frecuencia en modo alguno amor. El amor no es un sentimiento.

Es obvio que la actividad sexual y el amor, si bien pueden darse simultáneamente, con frecuencia están disociados porque son fenómenos fundamentalmente separados. En sí mismo, el acto de hacer el amor no es un acto de amor.

Enamoramiento

De todas las falsas concepciones del amor, la más vigorosa y difundida es la creencia de que «enamorarse» es amar, o, por lo menos, que ésta es una de las manifestaciones del amor.

La falsa concepción de que enamorarse es un tipo de amor está tan difundida precisamente porque contiene algo de verdad, [pues] una de las funciones que cumple el fenómeno instintivo de enamorarse consiste en suministrar a los enamorados una capa mágica de omnipotencia que los enceguece a los riesgos que están asumiendo cuando deciden casarse.

La experiencia del enamoramiento es invariablemente transitoria. Cualquiera sea la persona de la que nos hayamos enamorado, tarde o temprano dejaremos de estar enamorados si la relación continúa por tiempo suficiente.

Esto no quiere decir que invariablemente dejemos de amar a la persona de la que nos hemos enamorado. Quiere decir que la sensación de éxtasis que caracteriza la experiencia de enamorarse siempre pasa. La luna de miel siempre termina. La lozanía del idilio siempre se marchita, [pues] la persona amada tiene y continuará teniendo sus propios deseos, gustos y prejuicios diferentes de los de la otra persona; poco a poco, o súbitamente, los miembros de la pareja dejan de estar enamorados y de nuevo son dos individuos separados.

En este punto comienzan a disolverse los lazos de su relación, o bien se inicia la obra del verdadero amor. [En este mismo punto hay que ser capaz] de aceptar que [uno] ya no está enamorado de su [pareja], y que esto no significa que se haya cometido un horrible error. [De lo contrario podría ocurrir como al] señor y la señora X [que] reconocen que han dejado de estar enamorados [el uno del otro, pero no advierten] que ese reconocimiento mismo podría marcar el comienzo de su matrimonio en lugar de marcar su fin.

Enamorarse no es no acto de voluntad, no es una decisión consciente.

El verdadero amor es una experiencia de permanente extensión de la [propia] personalidad, pero enamorarse tiene poco que ver con la finalidad de promover el desarrollo espiritual. Enamorarse no supone una extensión de las fronteras de uno mismo, sino que, por el contrario, es un derrumbe parcial y transitorio de esas fronteras. Enamorarse no supone ningún esfuerzo.

El enamorarse es un ardid que nuestros genes usan con nosotros para nublar nuestro espíritu, que de otra manera seria perceptivo, y engatusarnos y hacernos caer en la trampa del matrimonio. Si ese ardid, muchos de nosotros que hoy estamos feliz o infelizmente casados, nos habríamos arredrado ante el realismo de los votos matrimoniales.

En resumen, el mito del amor romántico es una tremenda mentira. Quizá sea una mentira necesaria por cuanto asegura la supervivencia de la especie al alentar y aparentemente validar la experiencia de enamorados que [nos lleva] al matrimonio. Pero como psiquiatra debo lamentar en lo profundo de mi corazón, y casi todos los días, la enorme confusión y los profundos sufrimientos que engendra este mito. Millones de personas malgastan grandes cantidades de energía en un intento fútil y desesperado de hacer que la realidad de sus vidas se ajuste a la realidad del mito.

***

26.04.07

Si la pasión amorosa sólo dura dos años, las hormonas tienen la culpa, según un estudio publicado en el último número de la revista «Chemistry World», de la Real Sociedad de Química del Reino Unido.

Un equipo de científicos de la universidad de Pisa (Italia) ha estudiado el comportamiento de las hormonas en una relación amorosa y ha comprobado que el deseo desaparece a los dos años por los cambios biológicos experimentados en el cuerpo de los amantes.

Para el bioquímico Michael Gross, «mientras los amantes se prometen amor verdadero, las hormonas dan a entender otra cosa».

«Esta investigación demuestra la presencia en la sangre de ciertas hormonas al principio de la relación, pero no hay pruebas de que prevalezcan en los individuos que tienen una relación desde hace años», señaló el bioquímico.

Según el estudio, mientras que en los primeros momentos del enamoramiento abunda un elemento químico llamado neurotrofina, que provoca el deseo, con el paso del tiempo esa sustancia se desvanece y deja lugar a una hormona denominada oxitocina.

«La neurotrofina es el equivalente científico en el mundo real de lo que serían las flechas de Cupido», apuntó Gross.

Con la oxitocina se consolidan sentimientos más duraderos de amor y de compromiso, según informa DERF.

NotaCMP.- La pregunta es si necesariamente la neurotrofina da paso a la oxitocina, y la respuesta es NO.

P.Digital

***

02.05.07

La vida del hombre está siempre llena de dudas. Sobre todo en esos momentos en que debe decidir algo que la sociedad determina que tiene que ser supuestamente «para toda la vida».

Por eso, y para ayudar a tomar decisiones, Infobae.com ha hecho un pequeño resumen de ítems destinados a facilitar y ahorrar energías a la hora de buscar excusas para no casarse.

Llegado determinado momento del noviazgo, las mujeres insisten con su teoría de casarse “para vivir felices para toda la vida”. Y los hombres, que a veces no saben decir que no, se ven encerrados por la cantidad de argumentos favorables que sus chicas les dictan en forma de catarata dialéctica, según recoge DERF.

Aunque algunas son más crueles y extremistas que otras, servirán para el propio balance. Si las palabras le parecen inapropiadas, busque las que mejor puedan llegar a caerle a su pareja.

1 – Separarse es más complicado. Aunque al principio todo es color de rosa, la realidad indica que un alto porcentaje de parejas se divorcian. En su gran mayoría, las separaciones suelen ser más conflictivas y complicadas que iniciar una convivencia firmada.

2 – Es difícil mantener la monogamia. Aunque es un argumento algo extremo, puede servir mostrado desde ambas partes. Después de un tiempo de convivencia, uno puede llegar a verse tentado en buscar a otra persona que nutra de aventura la relación.

3 – La familia de mi novia. Si bien uno contrae matrimonio con una sola persona, la realidad indica que el círculo más cercano de ella también formará parte de nuestro entorno íntimo. El tema es que uno sí elige a su pareja, pero no a sus hermanos, su madre, su padre, sus tías…

4 – Los gastos de la fiesta. Emprender los preparativos para celebrar el enlace es uno de los puntos más conflictivos y críticos a la hora de poner a prueba una relación. Pero los costos son tales que después la economía de la pareja podría comenzar con un duro traspiés.

5 – La maldita rutina. Hay días que hasta uno mismo no se soporta con la vida que lleva. ¿Por qué debería hacerlo multiplicado por dos? Verle la cara los 365 días del año a una misma persona es sumamente desgastador para cualquier pareja, por más amor que ésta se tenga.

6 – Pérdida de la libertad. Menos espacio, más compromisos asumidos. En definitiva, la convivencia no haría más que acortarnos la posibilidad de hacer lo que se le antoje a cada uno. Se vivió la infancia y la adolescencia dando cuentas a los padres por las acciones. ¿Ahora también?

7 – El amor no es eterno. Lo que nace como una pasión irrefrenable, se convierte en una insulsa rutina. Y eso es lo que va sembrando dudas en la cabeza de cada integrante de la pareja, para trasladarla irremediablemente al corazón. Lo que nació como un «amor eterno» se convertirá en una «excelente amistad».

8 – Soportar sus hábitos, resignar los míos. Ver sus pantaletas (bragas, bombachas) colgando de la canilla del baño puede convertirse en una de las imágenes más apocalípticas para un hombre, por la que inevitablemente pasará si se decide a casarse. Lamentablemente, es sólo un detalle de entre los muchos que podría encontrarse en su convivencia.

9 – Puede frenar el avance profesional. La falta de libertad de movimientos y de tiempos, las mayores responsabilidades, el estar pensando en mantener una familia, a veces atenta contra los propios planes del hombre para desarrollarse como quisiera en su profesión.

10 – Es la propia experiencia. Cada pareja conoce bien sus propias realidades. El último argumento queda a criterio de cada «damnificado», quien sabrá cómo salir del paso ante la pregunta del millón: «¿Te casarías conmigo?».

P.Digital

[*Drog}– La Nueva Psicología del Amor (2/7): Qué es amor

A ver quién convence hoy día a los adolescentes, y a muchísimos adultos, de que el amor —o, mejor dicho, lo que ellos creen amor— no es un sentimiento.

Tal vez sí entenderán, y hasta aceptarán, que debe ser en dos direcciones, pero les costará mucho aceptar que sea producto de una elección libre, ya que han escuchado y visto a diario en el cine y en la TV que el enamoramiento, lo que ellos erróneamente llaman amor, se da de forma espontánea, y de ahí su “autenticidad”; y que si resulta correspondido constituye una prueba irrefutable de que el Destino metió su mano, de que él estaba destinado para ella y viceversa.

Lo triste del caso es que, a pesar del riesgo que ello implica, nada ni nadie les ha dicho que ese concepto es erróneo, que “la común tendencia a confundir el amor con sentimientos de amor [léase enamoramiento o, para usar mi propio término, drogamor] permite a la gente engañarse de múltiples maneras».

Con buena suerte, tal vez algún día se lo enseñen desde la escuela hasta la universidad, y sea materia obligada en todo curso pre- o post-matrimonial.

Carlos M. Padrón

***

“La Nueva Psicología del Amor”
M. Scott Peck

QUÉ ES AMOR

El deseo de amar no es en sí mismo amor. El amor es un acto de voluntad, [pues] el amor real o verdadero no tiene sus raíces en un sentimiento de amor. Por el contrario, el verdadero amor a menudo se da en un contexto en el que el sentimiento de amor falta, [como, por ejemplo] cuando obramos con amor a pesar de que no sentimos amor.

El genuino amor es intención y acción. La voluntad también implica elección. No tenemos que amar, sino que elegimos, decidimos amar. El genuino amor implica dedicación y sabiduría. Y una vida de sabiduría debe ser una vida de contemplación combinada con la acción.

El amor es pues una forma de trabajo o una forma de coraje. Es trabajo o coraje encaminado a promover nuestro propio crecimiento espiritual o el de otra persona.

Como el amor es trabajo, la esencia del no amor es la pereza. Si un acto no es acto de amor o de coraje, entonces no es un acto de amor. Aquí no hay excepciones.

El acto de amor exige obrar contra la inercia de la pereza (trabajo), o contra la resistencia engendrada por el temor (coraje).

El amor, como veremos una y otra vez, es invariablemente un fenómeno en dos direcciones, un fenómeno de reciprocidad en el cual quien recibe también da, y quien da también recibe.

Las formas más elevadas de amor son inevitablemente elecciones libres y no actos de conformidad.

El amor genuino reconoce y respeta la individualidad única y la identidad diferente de la otra persona. Cuando amo genuinamente estoy extendiendo mi persona, y al extenderme estoy creciendo. Cuanto más amo, más amplio me hago. El genuino amor se alimenta a sí mismo. Cuanto más promuevo el crecimiento espiritual de otros, tanto más promuevo mi propio crecimiento espiritual.

Cuando existe amor, existe con sentimientos amorosos [léase enamoramiento] o sin ellos. El genuino amor es volitivo antes que emocional. La persona que realmente ama, ama a causa de una decisión de amar. Esa persona se ha comprometido a amar, experimente o no sentimientos amorosos, [pues] es no sólo posible sino necesario que una persona que ame evite obrar por sentimiento de amor.

Mis sentimientos amorosos pueden ser ilimitados, pero mi capacidad de amar es limitada. Gústenos o no, el depósito de nuestras energías es limitado como las horas de nuestros días. Sencillamente, no podemos amar a todo el mundo.

Por tanto, debo elegir a la persona en quien concentre mi capacidad de amar, hacia quien dirija mi voluntad de amar. El verdadero amor no es un sentimiento que nos sobrecoja, es una decisión reflexiva de dedicación. La común tendencia a confundir el amor con sentimientos de amor [enamoramiento] permite a la gente engañarse de múltiples maneras.

[*Drog}– La Nueva Psicología del Amor (1/7): Introducción

Etiquetas de Technorati:

En el artículo ¿Padres buenos o buenos padres? se comentaba que: «En el libro “The Road Less Traveled” (La ruta menos transitada), su autor, M. Scott Peck, dice que la vida es difícil, que la vida es un problema, pero que, una vez que lo sabemos, entonces deja de serlo».

Y al pie de ese artículo, y en referencia a “The Road Less Traveled” hice este otro comentario: «Éste es el mejor libro que hasta ahora he leído. Es más, el único que he leído nada menos que siete (7) veces, unas la versión original, en inglés, y otras la versión en español que lleva por título “La nueva psicología del amor”, y es una muy buena traducción del original inglés. El estudio y discusión de este libro debería ser algo obligatorio en clases de sociología para jóvenes y adultos».

Pues bien, acerca de “La nueva psicología del amor”, del Dr. M. Scott Peck, libro del que el National Catholic Reporter dijo que “Esta discusión sobre el amor es la más original desde Erich Fromm”, inicio hoy la publicación, en siete entregas, de un extracto textual —que preparé, agrupando por conceptos, el 01/10/1992— del capítulo “El amor” y menciones afines de otros capítulos, y aprovecho para recomendar no la simple lectura completa de este libro sino más bien su estudio.

Sus datos:
Título: La Nueva Psicología del Amor
Autor: M. Scott Peck
Editorial: Emecé.
ISBN: 9500427958 / 950-04-2795-8

Carlos M. Padron

***

“La Nueva Psicología del Amor”
M. Scott Peck

LINEAMIENTOS

1. No se hace distinción alguna entre mente y espíritu. Por tanto, no se distingue entre el proceso de alcanzar crecimiento espiritual y el proceso de alcanzar crecimiento mental.

2. Dicho proceso de crecimiento es una empresa compleja, ardua, que dura toda la vida.

…y establece también, entre otros, dos principios importantes:

1. La primera de las «cuatro nobles verdades» que enseñó Buda, y que se encuentra en la base de todas las principales religiones, fue «La vida es sufrimiento».

2. De las innumerables mentiras que la gente se dice, dos de las más comunes, potentes y destructivas, son:

• Realmente amamos a nuestros hijos; y,
• Realmente nuestros padres nos aman.

DEFINICIONES

Una consecuencia de la naturaleza misteriosa del amor es la de que, hasta ahora, nadie, que yo sepa, llegó a dar una definición verdaderamente satisfactoria del amor. Yo lo defino del modo siguiente:

• La voluntad de extender el sí mismo de uno con el fin de promover el crecimiento espiritual propio o el de otra persona, [o, también],

• La voluntad de extender nuestra persona con el fin de promover nuestro propio crecimiento espiritual o el de la otra persona.

NOTA: Para el autor, son equivalentes matrimonio y pareja; casarse y “emparejarse”; cónyuges y miembros de la pareja; vida conyugal/matrimonial o vida de pareja/en común.

INTRODUCCIÓN

El único fin verdadero del amor es el crecimiento o evolución espiritual del hombre. Pero sólo podemos amar aquello que, de una u otra manera, tiene importancia para nosotros. El deseo de amar no es en sí mismo amor. El amor es un acto de voluntad, es intención y acción. La voluntad también implica elección. No tenemos que amar sino que elegimos, decidimos amar.

Si aplicamos nuestra definición más específica, es evidente que sólo podemos amar a seres humanos; en efecto, sólo los seres humanos poseen un espíritu capaz de un crecimiento sustancial.

Consideramos satisfactorios a los animales domésticos sólo en la medida en que su voluntad coincida con la nuestra. La única escuela a la que enviamos a nuestros animalitos para el desarrollo de su vida psíquica y espiritual es la escuela de la obediencia. Pero es posible que deseemos que otros seres humanos desarrollen una «voluntad propia» y, en verdad, es este deseo de diferenciación lo que constituye una de las características del genuino amor.

COMENTARIOS

Comentario de: Juan Antonio Pino Capote [Visitante]

El comentario es pedirte tu dirección electrónica porque la que he tomado del blog no sirve, a pesar de cambiar las mayúsculas a minúsculas y poner un punto

Comentario de: Carlos M. Padrón [Miembro]

Pues la dirección email que está en el blog, en la columna de la derecha y al final del escrito encabezado por mi foto, es la correcta, en mayúsculas o minúsculas: MADGRI@padronel.net

Comentario de: jose lozano [Visitante]

No he podido comprar el libro en Cali, Colombia está agostado muy interesante el tema ..me gustaría poder leer las siete entregas.

Comentario de: jose lozano [Visitante]

Favor enviarme un resumen del libro La nueva psicología del amor para estudiarlo al correo joseloz18@gmail.com

Comentario de: Carlos M. Padrón [Miembro]

Sr. Lozano, lo que del libro tengo resumido es lo que publiué en el blog. Le sugiero que trate de conseguirlo en Buenos Aires. Al menos el año pasado una amiga lo consiguió así.

[*Drog}– Es cierto: se muere de amor

O de apego o dependencia, variantes del drogamor que a veces la gente confunde con amor.

Conocí a una pareja, a quienes llamaré Juan y Juana, que tenían dos hijos y formaban entre los cuatro una aparentemente bien llevada familia. Juan era un hombre trabajador, un padre dedicado,… y un esposo pusilánime que sólo veía por los ojos de Juana. Él no tomaba decisiones propias, pues tras todas sus acciones o inacciones estaba la voluntad de Juana. Sus conversaciones estaban plagadas de menciones a Juana y de expresiones de admiración hacia ella,…. que nunca escuché que Juana tuviera hacia él.

Un día, a Juana —mujer que rebozaba autosuficiencia porque se sabía dueña y señora— le diagnosticaron un cáncer que ya había hecho metástasis. Creo que ese mismo día enfermó también Juan, quien entró en agonía a medida que la gravedad de Juana aumentaba. Y cuando Juana murió, él, sin importarle mucho que sus hijos necesitaban a su padre, dijo que quería morir también, y lo logró unos tres meses después. Una sombra.

¿Murió de amor? Yo no diría eso; yo diría que murió porque él era una sombra de Juana, porque una sombra no puede existir sin el cuerpo que la proyecta, y, por tanto, al faltarle Juana, la vida de Juan perdió todo valor y sentido. Y eso se llama dependencia, no amor.

Me llamó mucho la atención, y hasta me dolió, que la muerte de Juana fue muy lamentada por el círculo social en que ella y Juan se movían, sobre todo por las mujeres de ese círculo, quienes, supongo, admiraban a Juana, no sin cierta envidia, por el control que tenía sobre su marido, control que ya quisieran ellas tener sobre los suyos. Pero la muerte de Juan podría decirse que “pasó por debajo de la mesa” y fue vista por todos los de ese círculo, mujeres y hombres, no sin un cierto tinte de desprecio, sentimiento que se ganan los pusilánimes.

Lo sé porque por años me tocó gerenciar a varios de ellos, y mi conclusión es que tratar con un pusilánime es como caminar en un campo minado, pues además de que pueden “explotar” en el momento menos esperado, uno tiene la sensación de que son sólo una pantalla tras la cual está su mujer; que son como muñeco de ventrílocuo, y que mejor que buscar de un pusilánime un compromiso o una respuesta fiable, sería buscarlos de su mujer, pues aunque él dé hoy su palabra y bajo ella se comprometa a algo, en la noche consultará con su mujer, y sólo cumplirá su compromiso si ella le autoriza a hacerlo. Si no, a la mañana siguiente aparecerá “con su cara lavada” y dirá algo así como “ Laurita no está de acuerdo…..” como si el contrato de trabajo bajo el que él está se hubiera hecho con Laurita.

¿Es esto amor? No lo creo, pero sí creo que si Laurita muere antes que su marido, éste corra la suerte de Juan.

Carlos M. Padrón

***

23 de abril de 2007

El corazón destrozado por la pérdida de la persona amada podría ser algo más que una metáfora, y conducir a la muerte, según investigadores de la Universidad de Glasgow, Escocia.

El estudio se basó en la evolución de unos cuatro mil matrimonios de entre 45 y 64 años de edad entre la década del ’70 y 2004.

«Hemos comprobado que el duelo tiene un impacto en los riesgos de mortalidad de los viudos, que se suman a los factores individuales», comentó la jefa del equipo, la doctora Carole Heart.

Entre los casos más famosos, se encuentra el del matrimonio que constituyeron los cantantes y compositores de música country y rock, Johnny Cash y June Carter Cash. En mayo de 2003, June falleció a los 73 años luego de ser sometida a una intervención quirúrgica. Sólo cuatro meses después, Johnny, de 71 años no pudo sobrevivir a las complicaciones que se presentaron en su diabetes.

La situación es particularmente crítica en los primeros seis meses luego de la desaparición del cónyuge, dice el estudio que publica esta semana la revista especializada Journal of Epidemiology and Community Health.

En ese período se puede producir la muerte del viudo por diferentes causas, mientras que en los cinco años subsiguientes existe un alto índice de posibilidad de desarrollar desórdenes cardíacos.

Según Cathy Ross, de la Fundación de Cardiología Británica, una de las razones por las cuales se da este fenómeno es que la gente que pierde a sus parejas a menudo adquiere malos hábitos.

«Algunos comienzan a fumar más, otra gente bebe más y por lo general tienden a alimentarse mal», dijo la experta para quien la cuestión radica en cómo se lleva el duelo más que el dolor de la pérdida en sí mismo.

BBC

[*Drog}– Los hombres son el sexo débil ante la presencia de una mujer atractiva

Queda claro una vez más que cuando en las relaciones hombre-mujer se permite que el instinto prevalezca sobre la razón, aparece el drogamor con toda su secuela de efectos nocivos.

¿Cómo es posible que la sola contemplación de una imagen, ya sea en fotografía o en vivo, de una mujer “hermosa” (el entrecomillado es por lo subjetivo del concepto) desestabilice el poder de decisión de un hombre?.

Si esto ocurre es porque el hombre, lejos de ponerse en guardia ante el alborotamiento de las hormonas, se deja llevar por él. Es el triunfo del instinto sobre la razón, o, lo que es igual, el triunfo del animal sobre el homo sapiens.

Afortunadamente, no todos los hombres son presas de este ardid de la Naturaleza, y, por tanto, el titular del artículo debería ser “Algunos hombres son el sexo débil ante la presencia de una mujer atractiva”.

Carlos M. Padrón

***

08/04/2007

Ante la belleza femenina se nubla la capacidad masculina y el varón se vuelve vulnerable, al menos ésta es la conclusión de un reciente estudio.

La visión de una mujer atractiva es todo cuanto se necesita para arruinar la capacidad de decisión de un hombre; y a mayores niveles de testosterona, peor. Ésta es la conclusión de un estudio.

Los especialistas estudiaron las reacciones de 176 voluntarios varones de entre 18 y 28 años. Luego de que una parte de ellos estuvieran expuestos a imágenes de mujeres atractivas o tuvieran que valorar prendas de lencería femeninas, los participantes iniciaron juegos que requerían decisiones financieras.

Los hombres expuestos a las imágenes denominadas por los científicos como “insinuaciones sexuales” fueron los más propensos a tomar las decisiones equivocadas durante el experimento. Los que tenían los mayores niveles de testosterona fueron las más proclives a equivocarse al ser más vulnerables, de acuerdo con los especialistas, a las insinuaciones sexuales, las cuales “les impiden concentrarse en su objetivo y los distraen de decidir correctamente”.

El doctor Siegfried Dewitte, uno de los responsables del estudio, dijo que los hombres con altos niveles de testosterona “se comportan con normalidad si no hay ninguna insinuación sexual, pero si ven imágenes sexuales se vuelven impulsivos”.

Al parecer, todo tiene una explicación en términos de necesidad reproductiva. Su colega, el doctor George Fieldman, por su parte, dijo: “El hecho de que las insinuaciones sexuales distraigan a los hombres, es lo que corresponde en términos evolutivos. Es lo que se espera que ellos hagan en cuanto a la búsqueda de oportunidades reproductivas, en cuanto a la transmisión de genes. Si a un hombre se le pide que seleccione algo presentado por una mujer atractiva o por un hombre de no muy buen aspecto, la selección no sería tan desapasionada como correspondería”.

Un estudio similar se ha llevado a cabo con mujeres, pero hasta ahora no se han encontrado estímulos visuales que las afecten a la hora de tomar decisiones.

IBL

[Drog}– Amar no es ‘hacer el amor’ / Carlos Blanco

Lo que sigue expresa mucho de lo que he comentado sobre el amor, en oposición al drogamor, y sobre el comportamiento biológico, versus el racional, que caracteriza en particular a muchas mujeres, sobre todo en su función de madres o en el desaforado deseo, netamente instintual, de querer serlo.

Creo que el autor de este artículo ha expresado muy bien mi sentir al respecto que, con su permiso, hago mío y le extiendo mi felicitación.

Carlos M. Padrón

~~~

03.02.2007

Carlos Blanco

Una de las ideas de Kant —que, sin duda, no es sólo suya— que más me han impactado es la siguiente: “El ser humano, la persona, nunca puede ser tratada como un medio, sino como un fin en sí misma”.

Nuestra dignidad reside, precisamente, en que nosotros mismos podemos darnos la categoría de fin. Ningún proyecto será nunca más ambicioso o más grandioso que el proyecto de ser personas y de poder vivir de acuerdo con nuestro ser personal, intelectual, libre y social. Ninguna idea puede situarse por encima de la singularidad del individuo porque, en el fondo —y en esto no hemos avanzado mucho desde Descartes—, la mayor certeza es la certeza de nuestra propia existencia como seres pensantes que actúan en el mundo y que persiguen fines a través de los oportunos medios. Sin persona no hay ni ética, ni ciencia, ni historia.

La sexualidad es una de las dimensiones más importantes de la persona humana. El sexo es un lenguaje único, que integra belleza, expresividad, emotividad y unión, como manifestación del amor entre dos personas.

Sin amor no existe sexualidad auténtica, porque la sexualidad sin amor sería la sexualidad meramente reproductiva, instintiva, donde la persona no sería fin, sino un simple medio de la dinámica evolutiva para perpetuar la especie. Sin embargo, el progreso —que a mi juicio consiste en la intelectualización de los hombres y de las mujeres, en hacernos cada vez más independientes de la materia y de sus leyes, de las determinaciones físicas y biológicas, para crear nuestro propio mundo, con horizontes más amplios e indeterminados, logrando ser cada vez más libres— se traduce en que seamos capaces de indeterminarnos biológicamente, de tomar las riendas de la Evolución, y no de ser convertidos en medios de la Evolución en su incesante avance hacia no se sabe qué fin.

El fin, somos nosotros, porque es la única certeza plena de que disponemos, y, por tanto, el progreso es permitir que nos convirtamos en auténticos fines, y no en medios, ya sea de la evolución biológica o de las diferentes ideologías o proyectos sociopolíticos.

Somos personas, únicas, fines en sí mismas, y más allá de nuestra singularidad y del respeto a nuestra singularidad no existe otro fin, ni natural ni social. Claro está que no basta sólo con respetar mi singularidad, sino la de los demás, y, por tanto, es necesaria una ética que vaya más allá de la afirmación de lo personal para establecer un discurso social. Pero, en el fondo, ese discurso social se fundamenta en la existencia de personas singulares y concretas, aquí y ahora, que deben ser tratadas como fines, al ser ésta la única certeza plena e innegable que poseemos.

Contemplar lo sexual desde una perspectiva exclusivamente biológica, instintiva o reproductiva, me parece una grave reducción de la persona y de lo que la persona merece. La persona no merece ser vista como un “objeto” sexual, como un objeto de satisfacción de instintos y de placeres, por legítimos que éstos sean o que puedan parecer. La persona merece ser estimada como un fin, como un “sujeto”, y por tanto, la sexualidad humana auténticamente, intelectualizada, que es capaz de trascender los límites ya dados por lo biológico y que es, en consecuencia, más libre y abierta, es la sexualidad entre dos sujetos, y no entre dos objetos: la sexualidad que brota del amor verdadero.

La sexualidad es, en el fondo, una comunicación, un lenguaje, un intercambio. Probablemente no haya nada más humano que la comunicación, el diálogo, el encuentro, el intercambio. La Historia, las culturas, las tradiciones, las ciencias,… no son sino manifestaciones de esa posibilidad casi infinita de comunicación y de trascendencia de nuestra propia singularidad que tenemos los seres humanos. Una sexualidad humana —no animal, no instintiva, no anclada en etapas evolutivas superadas por la creatividad humana y por el progreso visto como intelectualización— se da entre dos sujetos que se comunican, y que encuentran en el lenguaje de la sexualidad un cauce de expresión del amor que se profesan mutuamente.

Amar, decía Sartre, es decir “¡Qué bien que existas!”. Amar no es, desde luego, “hacer el amor”: hacer el amor será expresión de amor si es el resultado de un amor previo, que ante todo se consigue mediante el diálogo, el intercambio intelectual, el compartir experiencias y sentimientos, pero no si es fruto de un simple deseo placentero o instintivo, que podría satisfacerlo cualquiera y no un “tú”, cualquier objeto, pero nunca un sujeto.

La persona que tuviese relaciones sexuales por puro placer, sin importarle con quién, estaría tratando al otro como un mero objeto, como un producto de consumo, y por ello es gravemente inhumano, propio de etapas superadas y prueba de atraso y de ignorancia —algo pre-ilustrado, que introduce oscuridad y no luz y que no contribuye al progreso—, equivalente a la presencia de pornografía (ya sea en forma de revistas, páginas de Internet…) en nuestra sociedad o el erotismo exacerbado que tantas veces nos invade a través del cine y de los medios de masas. Es tratar a los demás como meros objetos, algo indigno tanto para ellos como para el que consume esos productos; algo que se reduce a lo animal y se “des-intelectualiza”, convirtiéndose en un ser impulsivo incapaz de controlar sus instintos y de indeterminarse; alguien que se deja esclavizar por lo biológico, cuando el progreso es precisamente la liberación de la persona de toda determinación que le impida expresarse como un fin en sí misma.

Creo que es una tarea pendiente de nuestro tiempo el que en todas las relaciones que podemos establecer aprendamos a vernos como sujetos y no como objetos. Y, particularmente, la sexualidad necesita ser liberada de lo instintivo y de lo biológico para convertirse en cultura, en expresión de amor verdadero, en fruto fecundo de la comunicación interpersonal, en encuentro entre dos sujetos y no entre dos objetos, entre dos personas y no sólo entre dos cuerpos, en apertura a lo vital como resultado del amor. Sólo así estaremos en una senda de progreso, en una senda de “intelectualización” y de superación de todas las determinaciones que nos son dadas, ya sea en el orden biológico o en el social, porque el progreso no puede tener otro fin que el de hacernos capaces de vernos a todos como verdaderos fines.

***
Carlos Blanco, orientalista y colaborador televisivo.
http://www.carlosblanco.es/

PD.

***

Comentarios, Notificaciones de enlace (Pingbacks):

Comentario de: Adolfo Blanco [Visitante]

Suscribo plenamente el contenido del artículo de Carlos Blanco. La afirmación kantiana deberían tomarla muy en cuenta los políticos, economistas y sociólogos que tratan a la humanidad como un medio para conseguir sus objetivos, y no precisamente los objetivos de la humanidad.

21/02/2007 @ 11:51

[*Drog}– Inseguridad afecta al sistema inmunológico

14 de febrero de 2007

Algunas personas tienen dificultades para formar una relación en la que puedan confiar, y el sentirse inseguro en una relación de pareja puede tener consecuencias para el sistema inmunológico, sugiere un estudio llevado a cabo en Italia.

Los investigadores analizaron 61 casos de mujeres saludables y descubrieron que aquéllas que tenían más problemas para formar una relación amorosa podrían tener un sistema inmunológico más débil.

Los análisis de sangre demostraron que las células del sistema inmunológico de estas mujeres no funcionaban tan bien. Sin embargo, el estudio en medicina psicosomática no mostró si esto hacía que las mujeres fueran más proclives a padecer enfermedades.

La capacidad de una persona de establecer relaciones cercanas se desarrolla durante la infancia y como resultado de las relaciones que mantiene con sus padres, dicen los expertos. Las relaciones amorosas que surgen más tarde en la vida también pueden tener un impacto en el estilo de relación de una persona.

El director del estudio, Doctor Angelo Picardi, explicó que la gente que siente inseguridades en este aspecto, y tiene dificultades para confiar y depender de otros, se siente incómoda con la intimidad emocional o se preocupa por que su pareja pueda abandonarlo. Con anterioridad se demostró que esta clase de inseguridad puede estar asociada con problemas de salud y en cómo los individuos reaccionan ante situaciones de estrés.

Para evaluar si la inseguridad amorosa afectaba al sistema inmunológico, Picardi y sus colegas estudiaron a 61 enfermeras menores de 60 años que no padecían enfermedades crónicas y sin historias de desórdenes psiquiátricos importantes.

Los médicos utilizaron cuestionarios para detectar si alguna tenía síntomas de inseguridad en su relación de pareja. Asimismo realizaron análisis de sangre para medir la función inmunológica, incluyendo la habilidad de defenderse de virus.

En estudios anteriores, Picardi —quien trabaja para el Instituto Italiano de Salud— demostró la asociación entre la inseguridad en la pareja y ciertas enfermedades de la piel relacionadas con una disfunción inmunológica, como, por ejemplo, la soriasis.

“Hoy por hoy, no podemos saber si la reducción en la actividad de un tipo especial de linfocitos —más conocido por su denominación en inglés, como células natural killer— puede traducirse en una mayor susceptibilidad hacia las enfermedades, o en una salud más pobre, pero nuestra vida emocional y la manera en que se desarrolla está profundamente vinculada a nuestra fisiología, incluyendo el sistema inmunológico”, dijo Picardi.

Por su parte, Phil Evans, profesor de psicología de la Universidad de Westminster, Inglaterra, dijo que la gente con inseguridades amorosas puede ser más vulnerable a los efectos del estrés.

“El mundo de estas personas es muy diferente, y algo que para nosotros no es estresante, para ellos puede llegar a serlo”.

***

NotaCMP.- Parte de los efectos perniciosos del drogamor. Doy fe.