[Drog}– Amar no es ‘hacer el amor’ / Carlos Blanco

Lo que sigue expresa mucho de lo que he comentado sobre el amor, en oposición al drogamor, y sobre el comportamiento biológico, versus el racional, que caracteriza en particular a muchas mujeres, sobre todo en su función de madres o en el desaforado deseo, netamente instintual, de querer serlo.

Creo que el autor de este artículo ha expresado muy bien mi sentir al respecto que, con su permiso, hago mío y le extiendo mi felicitación.

Carlos M. Padrón

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03.02.2007

Carlos Blanco

Una de las ideas de Kant —que, sin duda, no es sólo suya— que más me han impactado es la siguiente: “El ser humano, la persona, nunca puede ser tratada como un medio, sino como un fin en sí misma”.

Nuestra dignidad reside, precisamente, en que nosotros mismos podemos darnos la categoría de fin. Ningún proyecto será nunca más ambicioso o más grandioso que el proyecto de ser personas y de poder vivir de acuerdo con nuestro ser personal, intelectual, libre y social. Ninguna idea puede situarse por encima de la singularidad del individuo porque, en el fondo —y en esto no hemos avanzado mucho desde Descartes—, la mayor certeza es la certeza de nuestra propia existencia como seres pensantes que actúan en el mundo y que persiguen fines a través de los oportunos medios. Sin persona no hay ni ética, ni ciencia, ni historia.

La sexualidad es una de las dimensiones más importantes de la persona humana. El sexo es un lenguaje único, que integra belleza, expresividad, emotividad y unión, como manifestación del amor entre dos personas.

Sin amor no existe sexualidad auténtica, porque la sexualidad sin amor sería la sexualidad meramente reproductiva, instintiva, donde la persona no sería fin, sino un simple medio de la dinámica evolutiva para perpetuar la especie. Sin embargo, el progreso —que a mi juicio consiste en la intelectualización de los hombres y de las mujeres, en hacernos cada vez más independientes de la materia y de sus leyes, de las determinaciones físicas y biológicas, para crear nuestro propio mundo, con horizontes más amplios e indeterminados, logrando ser cada vez más libres— se traduce en que seamos capaces de indeterminarnos biológicamente, de tomar las riendas de la Evolución, y no de ser convertidos en medios de la Evolución en su incesante avance hacia no se sabe qué fin.

El fin, somos nosotros, porque es la única certeza plena de que disponemos, y, por tanto, el progreso es permitir que nos convirtamos en auténticos fines, y no en medios, ya sea de la evolución biológica o de las diferentes ideologías o proyectos sociopolíticos.

Somos personas, únicas, fines en sí mismas, y más allá de nuestra singularidad y del respeto a nuestra singularidad no existe otro fin, ni natural ni social. Claro está que no basta sólo con respetar mi singularidad, sino la de los demás, y, por tanto, es necesaria una ética que vaya más allá de la afirmación de lo personal para establecer un discurso social. Pero, en el fondo, ese discurso social se fundamenta en la existencia de personas singulares y concretas, aquí y ahora, que deben ser tratadas como fines, al ser ésta la única certeza plena e innegable que poseemos.

Contemplar lo sexual desde una perspectiva exclusivamente biológica, instintiva o reproductiva, me parece una grave reducción de la persona y de lo que la persona merece. La persona no merece ser vista como un “objeto” sexual, como un objeto de satisfacción de instintos y de placeres, por legítimos que éstos sean o que puedan parecer. La persona merece ser estimada como un fin, como un “sujeto”, y por tanto, la sexualidad humana auténticamente, intelectualizada, que es capaz de trascender los límites ya dados por lo biológico y que es, en consecuencia, más libre y abierta, es la sexualidad entre dos sujetos, y no entre dos objetos: la sexualidad que brota del amor verdadero.

La sexualidad es, en el fondo, una comunicación, un lenguaje, un intercambio. Probablemente no haya nada más humano que la comunicación, el diálogo, el encuentro, el intercambio. La Historia, las culturas, las tradiciones, las ciencias,… no son sino manifestaciones de esa posibilidad casi infinita de comunicación y de trascendencia de nuestra propia singularidad que tenemos los seres humanos. Una sexualidad humana —no animal, no instintiva, no anclada en etapas evolutivas superadas por la creatividad humana y por el progreso visto como intelectualización— se da entre dos sujetos que se comunican, y que encuentran en el lenguaje de la sexualidad un cauce de expresión del amor que se profesan mutuamente.

Amar, decía Sartre, es decir “¡Qué bien que existas!”. Amar no es, desde luego, “hacer el amor”: hacer el amor será expresión de amor si es el resultado de un amor previo, que ante todo se consigue mediante el diálogo, el intercambio intelectual, el compartir experiencias y sentimientos, pero no si es fruto de un simple deseo placentero o instintivo, que podría satisfacerlo cualquiera y no un “tú”, cualquier objeto, pero nunca un sujeto.

La persona que tuviese relaciones sexuales por puro placer, sin importarle con quién, estaría tratando al otro como un mero objeto, como un producto de consumo, y por ello es gravemente inhumano, propio de etapas superadas y prueba de atraso y de ignorancia —algo pre-ilustrado, que introduce oscuridad y no luz y que no contribuye al progreso—, equivalente a la presencia de pornografía (ya sea en forma de revistas, páginas de Internet…) en nuestra sociedad o el erotismo exacerbado que tantas veces nos invade a través del cine y de los medios de masas. Es tratar a los demás como meros objetos, algo indigno tanto para ellos como para el que consume esos productos; algo que se reduce a lo animal y se “des-intelectualiza”, convirtiéndose en un ser impulsivo incapaz de controlar sus instintos y de indeterminarse; alguien que se deja esclavizar por lo biológico, cuando el progreso es precisamente la liberación de la persona de toda determinación que le impida expresarse como un fin en sí misma.

Creo que es una tarea pendiente de nuestro tiempo el que en todas las relaciones que podemos establecer aprendamos a vernos como sujetos y no como objetos. Y, particularmente, la sexualidad necesita ser liberada de lo instintivo y de lo biológico para convertirse en cultura, en expresión de amor verdadero, en fruto fecundo de la comunicación interpersonal, en encuentro entre dos sujetos y no entre dos objetos, entre dos personas y no sólo entre dos cuerpos, en apertura a lo vital como resultado del amor. Sólo así estaremos en una senda de progreso, en una senda de “intelectualización” y de superación de todas las determinaciones que nos son dadas, ya sea en el orden biológico o en el social, porque el progreso no puede tener otro fin que el de hacernos capaces de vernos a todos como verdaderos fines.

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Carlos Blanco, orientalista y colaborador televisivo.
http://www.carlosblanco.es/

PD.

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Comentario de: Adolfo Blanco [Visitante]

Suscribo plenamente el contenido del artículo de Carlos Blanco. La afirmación kantiana deberían tomarla muy en cuenta los políticos, economistas y sociólogos que tratan a la humanidad como un medio para conseguir sus objetivos, y no precisamente los objetivos de la humanidad.

21/02/2007 @ 11:51

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