[*FP}– Impresiones de un viaje por España. Diez años después (3/3)

Cap. 3 de 3 – Galicia y Asturias.

SIGUE LA LISTA,…

… y repito la,

NOTA IMPORTANTE: De este recorrido omitiré observaciones sobre lo que yo había visto antes, entre 1993 y 1995, y haré una especie de simple lista con sólo lo nuevo y lo que, en comparación con aquella época, me llamó la atención ahora.

Lunes 11/09.

* El carro de alquiler era un Ford Focus a diesel; para mí, el primero a diesel que manejo. En realidad, no noté diferencia alguna con uno de gasolina. Tenía aire acondicionado que, por supuesto, estuvo en actividad durante todo el viaje.

Sin embargo, este carro costaba, con sólo seguro básico, 53€ por día (y era el menos costoso). El que alquilé en El Paso, un Seat Toledo, también con aire acondicionado, costaba 20€ con seguro a todo riesgo. Así son las diferencias en precios.

* La autopista de Madrid a Galicia la había transitado yo un par de veces, pero terminaba en Benavente, y desde ahí a La Coruña, Lugo, etc., había que ir por carretera. Hoy esta autopista está terminada y, por tanto, el tramo a partir de Benavente y hasta Lugo, nuestro destino final del primer día de viaje —previa escala en Astorga para almorzar y ver la ciudad, en particular la catedral—, era nuevo para mí.

A poco de andar por él entendí por qué tardaron en hacerlo, pues tiene tantos viaductos que, después de pasar muchos, decidí comenzar a contar los próximos, y cuando iba por doce paré la cuenta, pero siguieron más y más viaductos. Algo impresionante.

Martes 12/09.

* Salido a las 8:30 de la mañana del hotel en Lugo hacia Ribadeo. Me gustó el lugar; fue una buena recomendación.

Además encontré algunos rincones casi medievales, como éste,

En la autopista entre Ribadeo y Luarca, paramos en la llamada Playa de las Catedrales, un lugar que vale la pena ver. Manuel nos había dicho que si al llegar encontrábamos que la marea estaba baja, que no dejáramos de bajar a la playa y entrar en las cuevas, y tuvimos la suerte de que sí, la marea estaba baja.

Mirando desde arriba, desde donde uno llega con el carro, el espectáculo de la playa es majestuoso,

Una vista desde abajo, con las escaleras que unen la playa con el lugar donde puede dejarse el carro.

En las grandes rocas que sobresalen de la arena puede apreciarse la línea que indica hasta dónde llega la marea cuando sube, inundándolo todo.

Alguien pensó que sería fácil caminar con tacones por esa playa, y la realidad le indicó que mejor era llevarlos en la mano.

* Siguiendo por esa misma autopista, y ya totalmente dentro de Asturias, al doblar una curva nos encontramos con uno de los rincones más bellos y contrastantes que he visto. Lástima que el encuentro fue sorpresivo y que no pudimos detenernos a tomar fotos y disfrutar del paisaje, que consistía en que, justo al doblar esa curva, comenzaba el Viaducto del Nalón —de 1.100 metros de largo, el más largo de Asturias—, en forma de ‘S’ y con dos arcos, como jorobas de camello, en todo el centro; una impresionante obra de moderna tecnología. Y a la izquierda, empotrado en un rincón de la cuencua del barranco (suponco que cauce de río) que ese viaducto salvaba, estaba la ciudad de Navia, con siglos sobre algunas de sus construcciones. Es un lugar al que con gusto volvería siempre que pudiera llegar a los puntos desde donde disfrutar de la vista descrita.

* Luarca es un pueblo costero muy pintoresco y construido en dos niveles: el bajo, junto a la ribera; y el alto —llamado La Villa—, que está bastante más elevado con respecto al primero, en una especie de meseta. Ahí estaba el hotel en el que pasamos esa noche.

Desde él bajamos por escaleras un tanto sinuosas hasta al nivel de la ribera, donde almorzamos y entre los dos dimos cuenta de una botella de vino,

lo cual nos trajo ciertos problemas al regresar al hotel por las mismas escaleras de la bajada, en las que conté 205 escalones más un par de rampas que traducidas a escalones serían unos 100 más. Cuando por fin llegamos al hotel, ya habíamos sudado los vapores del vino.

Durante el almuerzo nos tocó en suerte un grupo de jubilados, hombres y mujeres, en la mesa vecina. Durante el tiempo que estuvieron allí no pararon de chismografiar acerca de no sé cuántas personas, conocidas de todos, y era inevitable que escucháramos lo que decían. Dos de sus chismes me hicieron reír con ganas.

En el primero, uno de los hombres preguntó si se acordaban de fulanita, la que había vivido X años como pareja de menganito. Sí, todos la recordaban. “Pues bien —dijo el hombre—, después de tantos años viviendo juntos, estaban listos para casarse la semana pasada, pero él canceló todo. ¿Y sabéis por qué? Porque ella le pegó a su abuela”. Asumo que la víctima fue la abuela de ella no la de él.

Luego, una de las mujeres preguntó si sabían de la vida de perencejo. Un hombre contestó que sí, a lo que ella preguntó de nuevo si sabía si aún perencejo tenía muchas vacas. Cuando el hombre contestó también que sí, que perencejo tenía aún muchas vacas, la mujer replicó, muy seria: “Claro, como las vacas no se jubilan…”.

Miércoles 13/09.

* A las 9:30 de la mañana de nuevo en la vía. Paso por Avilés y Tazones, donde di con un rincón muy folclórico y muy de pueblo.

* Aunque el plan inicial preveía que la noche del 13 durmiéramos en Oviedo, como Chepina dio con la dirección de una muchacha conocida suya que, según le dijeron, vivía en “Torre, 30 – Ribadesella”, y esa ciudad estaba en nuestra ruta, cancelamos la reserva de hotel en Oviedo, y decidimos dormir en Ribadesella, buscando hotel al llegar al lugar.

Ribadesella sigue tan bella como yo la recordaba, aunque los restaurantes al borde del río ya no son tan rústicos como eran, ni tan baratos tampoco.

Quise comer, como comí hace 12 años, fabes con almejas, pero resultó que tal plato no aparecía en las cartas de los restaurantes donde sí estaba entonces, como si fuera el plato típico del lugar. Optamos por comer otra cosa, pero al preguntarle a la camarera que nos atendió —una dominicana—, qué había pasado con las fabes con almejas, nos dijo que tal vez podríamos conseguirlas en un restaurante cerca de un cierto mercadillo cuya ubicación nos dio.

Después del almuerzo fuimos hasta el lugar indicado y sí, el plato aparecía anunciado en una pizarra puesta afuera, cerca de la puerta, así que, después de hacernos el propósito de ir a ese restaurante a cenar fabes con almejas, preguntamos dónde estaba la calle Torre. Para nuestra sorpresa nos dijeron que Torre no era una calle sino un pueblo a 7 kilómetros de Ribadesella, así que para allá nos fuimos, pero en esa “gran metrópolis” donde hay tantas casas que se las identifica con un número sin necesidad de mencionar calles, nadie sabía dónde estaba el número 30. Terco como soy cuando decido encontrar algo (por eso encontré a Carmensa después de 26 años de búsqueda), di vueltas, me metí por senderos por donde apenas pasaba el carro,… y al fin dimos con la bendita dirección.

La muchacha que allí habitaba, madre de un niño de apenas meses, se extrañó de que los lugareños a quienes preguntamos no nos hubieran dicho enseguida dónde vivía ella, pues — nos dijo— la gente del pueblo estaba muy contenta porque hacía muchos años que allí no nacía un niño. Una muestra del triste futuro que espera a pueblos como éste y otros mayores cuyos jóvenes se van a las ciudades en busca de mejores oportunidades, y el pueblo se vuelve un geriátrico que se extingue de a poco hasta pasar —ojalá que no— a la categoría de pueblo fantasma.

Al borde de Torre conseguimos hotel, y después de descansar bajamos de nuevo a Ribadesella a cenar, y tuvimos que mojarnos —en sentido literal, no en el figurado que en España se le da a “mojarse”— para comer las fabes con almejas, pues llovía y no nos quedó otra opción que caminar bajo el agua desde el lugar donde estacionamos el carro hasta el restaurante que servía las fabes con almejas,… y que no fue el que vimos durante el día —ése sólo las servía en el almuerzo— sino uno que estaba al lado.

Jueves, 14/09.

* Salida del hotel a las 9:30 de la mañana rumbo a Llanes, donde desayunamos y nos fuimos casi a la carrera porque —y no tengo explicaciones al respecto— ese pueblo me dio malas vibraciones.

* No así San Vicente de la Barquera, que nos gustó mucho y pasamos en él un buen rato antes de seguir, por la carretera de la costa, a Santillana del Mar, que tampoco me hizo mucha gracia.

* Luego, hacia atrás por la autopista buscando el entronque, a la altura de San Vicente de la Barquera, con la carretera que lleva a Picos de Europa, por la que nos metimos, entre desfiladeros, pasando por Panes y Potes y hasta llegar a Cosgaya, nuestro destino de ese día, concretamente al Hotel del Oso,

en el que yo había estado el 10/11/1995 (habitación 210; esta vez fue la 217), cuando en Cosgaya apenas si había ese hotel y algunas casas viejas. Ahora el hotel construyó un edificio adicional, y en lugar de casas viejas hay más albergues y restaurantes.

En uno de ésos, y a falta de opciones, esperamos casi una hora —algo que odio hacer y que nunca antes hice— para que nos dieran una mesa, pero al final valió la pena porque la pierna de cordero que allí comimos la recuerda Chepina como lo mejor comida de todo el viaje.

Viernes 15/09.

* A las 8:45 de la mañana iniciamos el regreso a Madrid, vía Cervera de Pisuerga, tratando de encontrar un sitio donde tomar al menos un café —pues la cafetería del hotel no abriría “hasta después de las 9” (¿?)—, pero misión imposible: era muy temprano para abrir los cafés y, además, en la vía no había muchos pueblos que tuvieran pinta de contar con alguno “potable”.

Por fin, después de haber tomado la autopista a la altura de Aguilar y circulado bastante por ella, pasadas las 11 de la mañana dimos con un pequeño pueblo que, muy cerca de la autopista, tenía un bar llamado El Paso (¿cómo no iba yo a entrar ahí?). Mientras nos servía café y cachitos, la dueña del bar nos contó que en pocos días se iría de allí porque ese pueblo no tenía vida; que se iría a Burgos. “Otro candidato a pueblo fantasma”, nos dijimos.

* Al retomar de nuevo la autopista nos encontramos con que un par de policías habían detenido a 5 carros y estaban multándolos por exceso de velocidad. Dedujimos que como aquel pueblecito apenas si tenía presencia, los conductores no respetaron la reducción a 50 K/hora, oportuna y progresivamente anunciada y obligatoria en zona urbana, y el radar de la policía los cazó in fraganti.

* En Burgos —donde entramos para que Chepina viera, principalmente, la catedral— nos tomó más de media hora conseguir donde estacionar, y luego tuvimos que caminar unos 20 minutos hasta la catedral,… al lado de la que llegué yo con mi carro en 1995 y estacioné sin problema alguno.

Después de churros y chocolate, pues ya la temperatura había bajado por esos lares, de nuevo a la autopista.

* Próxima estación, Hotel NH-Barajas, el único en el que encontré un aire acondicionado decente que me permitió dormir debidamente arropado por sábana, manta, etc. Hasta llegar a este hotel, y desde la salida en la mañana del 11/09, recorrimos en carro 1.613 kilómetros.

Sábado 16/09.

* Vuelo de regreso a Caracas.

Al menos yo, que andaba a trote forzado desde el 29/07, llegué agotado, y notando muy bien la diferencia entre cansado y agotado: del cansancio puede uno recuperarse luego de una buena noche de sueño, pero recuperarse del agotamiento es un proceso que requiere semanas. Yo continúo en él.

[*FP}– Impresiones de un viaje por España. Diez años después (1 y 2/3)

Carlos M. Padrón

Cap. 1 de 3 – Prólogo.

Cuando estuve viviendo en Madrid, desde 1993 a 1995, hice en mi carro (coche) dos viajes largos con los que completé lo que podría llamarse una vuelta a España, aunque hice también dos incursiones a Portugal y una a Francia. Luego, en carro, avión o tren, fui a visitar, ya con más calma, los lugares que durante la “circunvalación” llamaron más mi atención. Éstos estaban, aparte de en Madrid y sus cercanías (Toledo, Segovia, Cuenca, Aranjuez, etc.), en el noroeste de la península, o sea, en Galicia, Asturias y el País Vasco. Y ahí, a esos lugares, me propuse llevar a Chepina.

Así que, terminada la estada en Canarias —Chepina llegó a La Palma el viernes 18/08/2006, justo con tiempo para descansar e ir luego a la romería de la Bajada de La Virgen de El Pino—, volamos a Madrid el lunes 04/09. Estuvimos en Madrid y alrededores hasta el domingo 10/09. El lunes 11/09 salimos en carro hacia Galicia y Asturias, regresamos a Madrid en la noche del viernes 15 (unos 1.400 k de recorrido), sólo a dormir en un hotel del aeropuerto, para volar de regreso a Caracas el sábado 16/09.

NOTA IMPORTANTE: De este recorrido omitiré observaciones sobre lo que yo había visto antes, entre 1993 y 1995, y haré una especie de simple lista con sólo lo nuevo y lo que, en comparación con aquella época, me llamó la atención ahora.

Primero debo destacar lo,

COMÚN A TODOS LOS LUGARES

1. La precariedad del supuesto aire acondicionado. Y digo supuesto porque, para mí, es “acondisoplado”. En consecuencia, pasé mucho calor, en todos lados. De hecho, de las 48 noches que dormí al otro lado del charco sólo una pude arroparme en la cama; de resto, me echaba sin nada arriba —si era en El Paso abría todas las ventanas que pudieran ventilar mi dormitorio— y ni los somníferos lograban hacerme conciliar más de 2 ó 3 horas de sueño por noche.

Ese problema de aire “acondisoplado” es común en toda Europa, donde también pareciera que el hielo es artículo de lujo. Según mi experiencia, en confort hotelero no hay estilo mejor que el gringo.

2. La enorme cantidad de carros, y lo difícil de encontrar donde estacionar. Un triste ejemplo: la ciudad de Los Llanos de Aridane, en La Palma (Canarias), ciudad vecina a El Paso, es la que en España tiene mayor promedio de carros por familia. En consecuencia, a Los Llanos íbamos en guagua (autobús) o en el carro de un amigo si éste “nos daba la cola”.

3. El alto costo de prácticamente todo, salvo —que yo pudiera comprobar— una excepción: el modesto restaurante de Madrid en el quem cuando yo vivía allá, solía comer los sábados porque servía comida casera, era familiar, bastante rústico y estaba cerca de mi casa. Me cobraba 1.000 pesetas (6 euros) por primer plato, segundo, postre, una botella de vino, café y orujo; ese mismo menú cuesta hoy en ese restaurante 8,50 euros, un aumento razonable.

4. El poco cumplimiento que se le da a la ley que prohíbe fumar en lugares públicos. En algunos restaurantes o cafés en que estuvimos había avisos que decían “Aquí se permite fumar”. Y en muchos otros, simplemente se fumaba como si nada.

5. Lo severo de la nueva reglamentación de tránsito en cuanto a límite de velocidad y consumo de alcohol,… y el no mucho caso que se le hace. Aunque el límite de velocidad en las autopistas (autovías) es de 120 k/hora, yo iba a 110 y sólo subía a 120 para adelantar a otro vehículo, pero los carros me adelantaban como alma que lleva el Diablo.

En cuanto al alcohol, si varios amigos salen juntos y saben que van a beber, suelen echarlo a suerte y el que resulte “afortunado” es el conductor designado, y éste ya sabe que sólo podrá beber o un vaso de vino o una cerveza. Si bebe más y tienen la mala suerte de que los pare la Policía, le aplicarán el alcoholímetro, y el conductor recibirá la consiguiente penalización de descuento de puntos de los 12 que tiene el permiso de conducir. Si se incurre en exceso de velocidad por encima del 30% de la máxima permitida (120 k/hora), no serán sólo los puntos sino también detención por delito.

Una alternativa para evitar el alcoholímetro es usar caminos vecinales, cuando los hay, en vez de vías principales, pues es en éstas donde la Policía monta puntos de control.

6. El espacio que en los estacionamientos de los hoteles, y en algunos públicos, destinan a los carros, sigue siendo tan reducido como hace 10 años. Ya en esa época fue algo que me llamó tanto la atención que una vez tomé las medidas de uno de esos puestos de estacionamiento considerados en España como normales para un carro, y al compararlo con los que tenía el hotel Tarrytown Marriott (en Westchester County, New York) —que no es de 5 estrellas ni mucho menos—, resultó que era del mismo tamaño que los puestos que ese hotel destinaba a estacionar las motos.

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Cap. 2 de 3 – Madrid, Toledo y Segovia.

LA LISTA

La estada en la península fue muy productiva gracias a Manuel Fernández, agente de viajes profesional, a quien conocí en IBM-Madrid, cuando yo trabajaba allá, porque él era una de las personas que, trabajando para Wagon Lit, atendía desde dentro de nuestras oficinas los asuntos de viajes del personal de IBM. De hecho, se encargó de todos los viajes de negocios y, personales que hice mientras estuve viviendo en Madrid.

Esta vez, y aunque ni él ni yo estamos ya en IBM, Manuel nos preparó, de forma espontánea, profesional y desinteresada —y comenzando desde que aún estábamos en Canarias—, un plan que incluía renta de carro, reserva de hoteles, sugerencias de lugares a visitar, vías a usar, indicación de distancias, etc. En fin, todo —repito: TODO— lo que debe considerarse para un viaje por carretera, ordenado cronológicamente, impreso a color y debidamente encuadernado. De no haber sido por esta enorme ayuda, no le habríamos sacado a este viaje ni un tercio de lo que de él obtuvimos. Desde esta página, y una vez más, ¡mil gracias, Manuel!.

Por ejemplo, la noche del martes 05/09, Manuel nos recogió en su carro en el hotel a eso de las 8:30 de la tarde y nos dejó a las 3 de la madrugada, y en esas seis horas y media de recorrido por la capital, con cena y luego copas en lo alto de un hotel del Centro, aprendí más de Madrid que en los dos años y medio que estuve viviendo allí.

Manuel nos decía, y con justa razón, que “en Madrid están buscando un tesoro, desde hace meses, y aún no lo han encontrado”, pues la ciudad está patas arriba por obras en todas partes. Algunas son la apertura de túneles que conectan el Centro con la M-30, la vía de circunvalación más próxima a éste, y que sólo permiten salir de la ciudad, no entrar a ella. Los que ya están en uso han aliviado bastante la enrome congestión vehicular que me pareció uno de los problemas que ahora encontré allá en todas partes: la cantidad de carros. Como ya dije, hay tantos que hallar un lugar para estacionar es una tarea que puede resultar un calvario.

Santa Cruz de Tenerife, La Laguna y La Cuesta —ésta está entre las otras dos ciudades— ya unidas las tres y formando físicamente una sola ciudad, están también patas arriba por la construcción de un tranvía, estacionamientos subterráneos, etc. La cantidad de gente y de carros, los embotellamientos y el calor me hicieron sentir como encasillado y eché mucho de menos lo que estos lugares eran hasta comienzos de los años 60.

* En los vuelos internos, Iberia no sirve nada gratis. Si uno quiere comida o bebida debe comprarla, y no precisamente a precios de ‘duty-free’.

* La famosa nueva Terminal T-4 de Barajas me pareció muy incómoda. Tan grande que hay que caminar mucho, a pesar del tren, los ascensores y las bandas mecánicas; y tan complicada que uno se encuentra con gente perdida, desorientada por la difícil señalización, o protestando o llorando porque ha perdido vuelos.

* El Metro se ha expandido con nuevas rutas, y presta un servicio excelente a un precio que es, si mal no recuerdo, el único bajo que allá encontré.

* Al lado del edificio donde yo vivía, calle de por medio, había un solar. Hoy está ahí el hotel Puerta de América,

un hotel de lujo para cuya decoración interior escogieron un arquitecto diferente por piso, o sea, cada uno de los pisos de ese hotel fue decorado por un arquitecto diferente y, si entendí bien, todos eran de renombre y de países diferentes.

* A pesar de que la casi totalidad de los dos años y medio que estuve viviendo en Madrid la pasé sin pareja, me era difícil ver en la calle, en la oficina, etc., una mujer cuyo físico me resultara atractivo. Ahora, 10 años después, las encontré por docenas: en la calle, en el Metro, en los bares, en los restaurantes, en los centros comerciales, de día o de noche; era impresionante la cantidad de cuerpos bien estilizados, el donaire al caminar, la desenvoltura, etc. No sé qué habrá pasado, pero me atrevo a aventurar la hipótesis de que lo mucho que en Madrid se camina es parte de la explicación. A diferencia de Caracas, Madrid es una ciudad que invita a caminar, y la gente camina. Y hasta si se viaja en Metro, para cambiar de ruta dentro de algunas estaciones hay a veces que caminar bastante y subir y bajar muchas escaleras, pues no todas son mecánicas.

Esto me hizo recordar un artículo, que una vez me mandaron como adjunto a un e-mail, que decía que “Canarias es la primera comunidad autónoma en cuanto a obesidad infantil, y la segunda en obesidad de adultos”.
http://www.gordos.com/defaultSecciones.aspx?ID=111

Y comparando las féminas que en abundancia había visto yo en Canarias con las que en más abundancia veía ahora en Madrid, entendí el por qué de ese artículo, al que le faltó mencionar que los cirujanos plásticos que han hecho su agosto en Venezuela aumentando con bolsas de silicona el volumen del busto de las damas no tendrían mucho futuro en Canarias.

* El viaje a Toledo, que tantas veces hice en mi carro, lo hicimos ahora en un tren AVE, desde Atocha. Apenas media hora para la ida y media para la vuelta, sin escalas. Creo que vale la pena hacerlo así, pues tampoco es fácil estacionar en Toledo.

De esta vez ya me quedó claro que las pinturas de El Greco me deprimen, y que, tal vez porque soy muy pragmático y dado a lo funcional, los trabajos como el de esta puerta, de la catedral de Astorga,

me dan grima, me ponen piel de gallina. Cuando los veo me pregunto “¿Para qué?”, pregunta que no me hago ante, por ejemplo, el acueducto de Segovia.

Lo mío no es turismo ‘indoor’ (de puertas adentro, bajo techo), prefiero las facetas sociales, mezclarme con la gente, ver cómo se comportan, qué les importa, cuáles son sus valores, cómo van por la vida, cómo la afrontan, etc., y por eso lo paso mejor —por dar un ejemplo extremo— en el mercado indígena de Otavalo, en el altiplano ecuatoriano, que en el museo de El Prado.

* El viaje a Segovia también fue en tren, pero no en un AVE sino en uno convencional que se tomó dos horas para la ida y dos para la vuelta, parando como el lechero. Siendo el Acueducto de Segovia uno de los monumentos que más admiro —esta vez pude subir al lugar desde donde mejor lo he fotografiado—,

no me quejo de esas cuatro horas,… ni del cochinillo del almuerzo, pero sí del calor que hacía.

En la estación para tomar el tren de regreso a Madrid el termómetro marcaba 37°C. Como en el andén hacía más calor que dentro del edificio de la Terminal, nos quedamos en éste hasta que permitieron que entráramos a los vagones, lo cual hicimos de inmediato porque dentro había aire acondicionado.

Pues bien, estando por fin así a una temperatura decente, segundos antes de que el tren saliera entraron corriendo en el vagón cuatro muchachas. La que entró primero se frenó en seco cuando ya estaba adentro, exclamó “¡Aquí no, que éste tiene aire acondicionado!”, y eso bastó y sobró para que todas dieran media vuelta y se fueran a un vagón que no lo tuviera. Increíble pero cierto.

[*FP}– Triple conmemoración del 50 aniversario de la Odisea en La Caldera

Carlos M. Padrón

NotaCMP.- Para la debida comprensión de este relato es clave tener presente que,
1. Según decía un «filósofo» pasense que en vida fue asiduo visitante de los bares del pueblo, «Sólo hay dos clases de vino: el bueno y el mejor».
2. La Fuente del Pino está en una cota bastante más alta que mi casa natal.

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Como ya dije al final del artículo Agonía en La Caldera – Cincuenta aniversario de una excursión que pudo ser mortal, el día 07/08/2006 llegué a El Paso con el objetivo principal de celebrar el 50 aniversario de esa odisea.

Wifredo Ramos se había encargado, con la ayuda de otros amigos, de los preparativos, y lo hicieron tan bien que la celebración en cuestión no fue una, sino que fueron tres,… y pico.

PRIMERA

La primera, y más formal, tuvo lugar el martes 08/08/2006 durante la charla a cargo de Wifredo, que dio inicio a las 8:30 de la tarde, y que, en el programa de los festejos de la Bajada de La Virgen de El Pino, se anunciaba así:

Desde el podio ubicado en el escenario de la Casa de la Cultura, en El Paso, Wifredo, cronista oficial del pueblo, se las ingenió para traer a colación, en medio de su charla, nuestra odisea en La Caldera, y nos invitó a Lelo (Ángel Díaz) y a mí a subir al escenario para que el público asistente conociera por lo menos a tres de los cuatro protagonistas, pues el cuarto, Gilberto, que vive en Tenerife, no pudo venir para esta primera celebración.

Entre lo que desde el escenario se dijo,

tuve oportunidad de dejar constancia ante todos de que Lelo había sido mi salvador cuando estaba yo por “tirar la toalla” en esa odisea.

SEGUNDA

Se celebró con una cena, debidamente regada con vino —y más de un vaso per capita, por supuesto— la noche del viernes 11/08/2006 en un restaurante de Tazacorte, el pueblo costero del Valle de Aridane.


En arco, comenzando por el extremo izquierdo, Carlos M. Padrón, Javier Simón, Francisco Triana, Wifredo Ramos, Fidel González, Juan Enrique Brito, y Gilberto Cruz.


De izquierda a derecha, Fidel González, Juan Enrique Brito, y Gilberto Cruz.

El regreso a El Paso lo hicimos “por los caminos verdes” por el riesgo de que en la vía principal nos parara la Policía con su temido alcoholímetro.

TERCERA

La tercera y más espontánea —tal vez por aquello de que “a la tercera va la vencida”— se festejó por etapas el lunes 14/08/2006.

Antes de comenzarla nos aprovisionamos de viandas tan sofisticadas como sardinas en lata, pan, tomates y cebollas. Y sí, es cierto: eran sólo el pretexto para beber el vino, natural al 100%, que llenamos ese mismo día en la bodega de la familia de Lelo.

Desde el lugar de privilegio que tiene la casa donde está esa bodega aproveché para tomar una foto que muestra bien el “marco” en que se encuentra asentado El Paso por su lado norte.


La “pared” sur del cráter de La Caldera: la pequeña sierra que culmina con el pico Bejenao y que es como el lado Norte del marco dentro del cual está El Paso. A la derecha, la Punta de Los Roques, extremo norte de la Cumbre Nueva, el lado Este de ese mismo marco.


Y la sierra que se ve al fondo, la Cumbre Nueva, sería el lado norte de ese marco, visto desde Todoque. (Foto tomada el 11/08/2006).


El mismo lado Norte, o Cumbre Nueva, pero cubierta por la brisa, de la que ya les hablé en el artículo «La Palma, mi isla». La primera etapa consistió en unas fotos en La Cumbrecita, puerta natural de entrada a La Caldera desde El Paso, o sea, cerca del lugar de los hechos de nuestra odisea, pues por La Cumbrecita entramos a La Caldera a primeras horas de aquel 06/07/1956.


Detrás, de izquierda a derecha, Javier Simón, Fidel González, Wifredo Ramos, Ángel Díaz (Lelo), Carlos M. Padrón y Gilberto Cruz. Delante, en cuclillas, Francisco Triana.


Detrás, de izquierda a derecha, Fidel González, Wifredo Ramos, Carlos Padrón, Ángel Díaz (Lelo) y Gilberto Cruz. Delante, en cuclillas, Francisco Triana. Al fondo, la Cumbre de los Andenes, “pared” Norte de La Caldera.

Desde ese punto tomé esta foto,

La flecha roja señala el pico, en el interior del cráter, en el que, según los expertos en La Caldera, pasaron la noche de ese 06/07/1956 Lelo, Gilberto y Wifredo. Yo, como ya conté, la pasé solo, con contracción muscular y muerto de sed, al final de un barranco que nace en ese pico y discurre por el costado opuesto al que muestra la foto, hasta terminar en un precipicio sobre el barranco de Las Angustias.

Es triste pero, hace 50 años, todo lo que en la foto se ve —y también la mayor parte de La Caldera, excepto Los Andenes— estaba repleto de vegetación, y hoy en el lomo en que está el pico son más los espacios desiertos que los cubiertos por pinos.

La segunda etapa fue un refrigerio —o eso creí yo— en la Fuente del Pino, muy cerca de La Cumbrecita, lugar histórico donde, con la traición al mencey Tanausú, culminó la conquista por los españoles de la isla de La Palma y de todo Canarias.

Wifredo, como buen organizador, preparó una pancarta alusiva a la celebración, y con ella nos fotografiamos “los cuatro de la odisea”.


De izquierda a derecha, Carlos Padrón, Ángel Díaz (Lelo), Wifredo Ramos y Gilberto Cruz.

Y antes de que el vino hiciera su efecto, firmamos, para la Historia, la “Declaración de La Cumbrecita” —escrita, por supuesto, por Wifredo Ramos—,

acerca de cuyo texto hizo Gilberto Cruz una sabia observación: “Lo mejor no es que hayamos podido llegar a hoy vivos los cuatro, sino que todos estamos muy bien de salud”.

A la sombra de unos pinos hicimos los sandwiches (bocadillos) y en vasos de plástico nos servíamos el vino que nos ayudaría a engullirlos.

No voy a pedir disculpas ni buscar explicaciones, pero es el caso que, hasta donde recuerdo, yo comí un solo sandwich, pero bebí vino como un cosaco, y sé que, terminado el ágape, iniciamos la tercera y última etapa, con la bajada, en dos carro (coches), hacia el pueblo, e hicimos una escala en la casa natal de Gilberto Cruz donde me tomaron esta foto,

en la que, aunque ya doy indicios de estar un tanto “meneque” —como en mis tiempos se decía—, continúo haciéndole honor al vino.

Y esta otra en la que, por mi poco éxito al tratar de leerle a Hildeliza, hermana de Gilberto Cruz, la “Declaración de La Cumbrecita”, me gané la socarrona mirada de Lelo y la de mal disimulado asombro de Hildeliza.

De ahí, y luego de otra escala en la casa de Alicia Padrón Ramos —que fue la residencia de Wifredo durante muchos años— continuamos bajando,…

Por si no lo saben, cuando uno bebe y baja, el efecto del alcohol es más rápido y pronunciado, así que no recuerdo en cuál de los dos carros me trajeron hasta la entrada del callejón que conduce a mi casa natal, pero sí sé que cuando comencé a caminar por él, el callejón serpenteaba como culebra, y que la llave, de lo más testaruda, no quería entrar en la cerradura de la puerta de la casa. Al fin logré meterla, abrí y me acosté.

Para mi sorpresa, a la mañana siguiente encontré sobre la mesa de la cocina una bolsa plástica con sardinas, pan, etc. y —lo más importante— una de las botellas de dos litros ¡llena de vino! Tuve que enrojecer a solas porque, simplemente, sin consultar con nadie me había traído todo lo que sobró del ágape.

Es la segunda vez en mi vida que me pongo “meneque”, ambas con vino natural y en celebración de algo. La primera valió la pena, y ésta la valió aún más porque pude volver a reunirme con tantos amigos de tantos años, apreciar el apoyo que todos dieron a mi idea de festejar este 50 aniversario, y el entusiasmo que todos pusieron para que esa celebración fuera una muy emotiva realidad llena de camaradería, que esperé también por muchos años.

Gracias a todos por su participación, y por el cariño y dedicación con que la dieron.

***

Después siguieron las celebraciones preliminares a la bajada físca de la imagen de la Virgen de El Pino desde su santuario en el monte hasta la iglesia en el centro del pueblo, bajada que tuvo lugar el domingo 20/08/2006 y que constituyó una apoteósica romería en la que desfilaron más de cien carrozas, las más de ellas con rondallas, cocina, comida y vino a bordo, que ofrecían a los caminantes.

La romería partió desde la ermita de El Pino, en las estribaciones de la Cumbre Nueva, a las 2:00 de la tarde, y la última de las carrozas llegó a La Plaza (centro del pueblo) a las 11:00 de la noche, un recorrido que puede hacerse, caminando a buen paso, en una hora.

Según dijeron, la romería de este año ha sido la más concurrida que se recuerda. La asistencia se calculó entre 25.000 y 30.000 personas,…en un pueblo que apenas tiene 7.000 habitantes y que se vistió de tradición y entusiasmo para este evento.

Todas las casas, balcones, ventanas, postes y rincones del trayecto por donde debía pasar la imagen de la Virgen lucían engalanadas con productos de la artesanía local, como mantas traperas, ollas, cántaros, ristras de frutas, etc.

y los más de los romeros y romeras que eran de las islas, ya ya fueran en alguna carroza o a pie, vestían el traje típico de su lugar de origen.

Cuando en medio de la espesa multitud logré acercarme lo suficiente, y con luz favorable, a la imagen de la Virgen, pude tomarle esta foto, en la que su silueta resalta sobre el cielo azul de El Paso adornado por mechones de la sempiterna brisa, que ese día se portó muy bien.

Una foto que guardaré como recuerdo de la primera vez que asistí a esta romería.

[*FP}– Al maestro con cariño

Carlos M. Padrón

En el artículo “La ‘M’ de Carlos M.” publicado en la Sección «El Paso, mi pueblo, y el terruño» el 25/05/2006, mencioné a Don Santiago García Castro en relación con el examen de ingreso de bachillerato, pero, en realidad, mi mayor trato con él fue luego, durante los años del bachillerato cuando, hasta la reválida de quinto, fui parte del grupo de alumnos a los que él nos daba clases de Letras.

Hurgando en mis archivos encontré esta foto:

Fue tomada un día de mayo de 1954 en el patio interior de la casa, ubicada en Cachete, en la que funcionaba “la academia”, que así se la llamaba en el pueblo.

En la foto estamos, junto a Don Santiago, los que para entonces estudiábamos cuarto curso de bachillerato en esa academia. De izquierda a derecha, de pie, Edita Martín, Violeta Pino, Don Santiago García Castro, Olga Perera y Luz María Hernández. En cuclillas: Gualterio Duque (no era de El Paso), Javier Simón, y yo, Carlos Padrón, con mi corazón “emitiendo la luz de su intensa pasión”,… que fue la broma en torno al brillo que se observa sobre el lado izquierdo de mi pecho, y que nunca se supo de dónde salió, pues no tenía yo ahí ningún objeto metálico ni nada que emitiera ese reflejo y, además, no se usó flash para tomar la foto.

No sabría decir qué edad tenía Don Santiago, pues lo traté casi a diario desde que tuve 10 años y hasta que me fui de El Paso a los 18, y siempre lo vi como una persona mayor, un maestro, y, como tal, él tenía esa condición de padre que se le atribuía entonces a los maestros (tal vez por lo mismo, tampoco podría yo haber calculado bien la edad de mi padre si hubiera tenido que adivinarla). Y porque supo ejercerla lo recuerdo con mucho respeto y cariño. Era un hombre tranquilo, afable, juicioso y con mucha paciencia,… que sólo le vi perder un día, de muy mala forma pero más que justificada.

Cada vez que volví al pueblo, entre 1958 y 1961, buscaba a Don Santiago para saludarlo y hablar con él un rato. De los varios profesores que tuve, es él, sin duda, el que más gratos recuerdos dejó en mí y el que con más cariño recuerdo.

Durante mi estada en Canarias este verano tuve ocasión de reunirme con su hija, Ana Rosa, y de ella recogí, acerca de Don Santiago, información que amerita —al menos eso opino— la reedición de este artículo.

Don Santiago nació el 01-05-1915 en Salorino (Cáceres, Extremadura). Cursó estudios de Filosofía y Letras, y de Derecho. Durante su paso por la milicia fue, en Canarias, superior de Don Pedro, el que luego fuera médico en El Paso.

Una noche, al acompañar a alguien a despedir en el muelle de Santa Cruz de Tenerife a una persona que embarcaba para La Palma, vio subir al barco a una joven de la que quedó prendado en el acto. Su nombre, le dijeron, era Florita, y vivía en El Paso.

Buscando acercarse a ella, vino a La Palma y en 1944 tomó plaza como maestro en Arecida (Tijarafe, La Palma), donde estuvo cuatro años, y, formalizada su relación, Don Santiago y Doña Florita —que con ese nombre se la conocía, aunque el real era Florentina Fernández Pérez—, se casaron el 02-02-1944.

Y en 1948 se hizo cargo de la escuela de Tacande, ya en El Paso (La Palma), donde la pareja fijó su residencia y crió a sus seis hijos, una hembra y cinco varones..

Aunque Don Santiago no era canario por nacimiento, pertenecía al grupo de los que, para la época, llamábamos en Canarias “peninsulares”, lo cual amerita una explicación un poco más detallada.

De entre las islas Canarias, La Palma fue siempre la más americana, pues en ella hicieron escala por siglos los barcos que cubrían la travesía Europa-América y viceversa. Y en ella se establecieron varias empresas europeas (alemanas, holandesas e inglesas, principalmente) propiedad de familias de igual origen que se radicaron en La Palma y allí se quedaron.

No es, por tanto, de extrañar que los palmeros fueran emigrantes natos y que su lugar de destino preferido fuera América. Cuba, Argentina y Colombia fueron países preferidos, en especial Cuba, aunque en realidad se les encontraba por toda América Latina.

Al ocurrir la Gran Depresión —comienzos de los años 30—, ya Cuba no tenía atractivo, y la emigración —que para la época no era sólo de La Palma sino también de otras islas— no tuvo adónde ir. En consecuencia, en 1946 las islas llegaron a tener una densidad de población de las más altas del mundo: 350 habitantes por kilómetro cuadrado.

Pero de pronto el petróleo hizo que Venezuela resultara un país atractivo, y Canarias literalmente se “vació” cuando a comienzos de los años 40 comenzó el creciente flujo migratorio hacia Venezuela.

Esto no obstante, La Palma seguía siendo la isla más americana, hasta el punto de que, desde que yo era niño, recuerdo muy bien que si se oía decir que alguien se había ido para Cuba, Argentina, Venezuela, etc., no se veía en ello nada anormal, pero si se oía que alguien se había ido a Madrid, la gente arrugaba el ceño y exclamaba algo así como “¿A Madrid? ¿a qué?”. Simplemente, nuestro contacto era más con América que con España, y nuestros medios de ayuda económica procedían de América.

Para empeorar la situación y ensanchar más la brecha, ocurría que los mejores puestos de trabajo eran dados a gente que venía de España, al igual que la mayoría de las viviendas de interés social, que estaban preasignadas desde Madrid a alguien que vendría desde allá. Esto no contribuía precisamente a estimular en los canarios un sentimiento patriótico hacia España, y tal vez por eso, y por otros factores anteriores a la época en que comencé a hacer observaciones al respecto, en La Palma —como también en Tenerife y seguramente en otras islas— se hablaba de canarios y de españoles (de ahí mi sorpresa cuando supe por primera vez del manifiesto de Guerra a Muerte de Simón Bolívar, que hace separación entre españoles y canarios), y a estos últimos se les dividía en dos tipos: los godos y los peninsulares.

Godos eran los que, aun cuando llegaban a Canarias a buscar una vida mejor —o sea, que “emigraban” a Canarias, que era puerto libre— se esforzaban en dar la impresión de que habían venido de vacaciones, no paraban de despotricar de todo lo que en Canarias veían (gente, costumbres, lugares, etc.) y de jactarse de las propiedades y el alto nivel de vida que en España habían dejado por “hacernos el favor” de venir a Canarias. Ellos sabían todo de todo, y, en su opinión, los canarios no sabíamos nada y, además de “aplatanados” (indolentes), éramos catetos (brutos). Al hablar solían enfatizar las diferencias de pronunciación entre el castellano y el español como si quisieran restregarnos en la cara el hecho, para ellos cierto, de que no sabíamos hablar bien.

Los peninsulares, en cambio, no tenían y no hacían ostentación de ninguno de esos pecados. Eran gente sencilla, y con voluntad de ser útil, que se integró al lugar y que, generalmente, echó raíces en Canarias, creó allí una familia,…. y allí se quedó.

Don Santiago era un peninsular, y de los buenos. Se integró a El Paso; ayudó a El Paso; se casó con una mujer de El Paso; fue alcalde —y bueno— de El Paso, desde el 19-01-1958 al 21-04-1961; sus hijos nacieron en El Paso; resistió los embates de la tribu de caciques de El Paso —párroco incluido—, sobre todo cuando fue alcalde; y murió en El Paso el 29-08-1992.

Pero seguro estoy de que vive en el recuerdo no sólo de sus familiares y amigos sino de los que tuvimos el honor de ser alumnos de ese excelente maestro, dedicado, paciente y paternal.

[*ElPaso}– La comunidad de los ‘¡Antuoonio!’

01-10-2006

Carlos M. Padrón

Creo que allá por finales de los 40 y principios de los 50, la celebración de las fiestas de La Cruz, generalmente el 3 de mayo de cada año, era costumbre en varios barrios de El Paso, una costumbre que está volviendo por sus fueros.

De entre las varias celebraciones alcanzó fama la del barrio de Las Canales, en la que se escenificaban unas loas, especie de pequeños y rústicos autos sacramentales. La más conocida de ellas tenía por tema algo así como las pecadoras andanzas de un cazador, escocés y no creyente, que, con su escopeta, se regodeaba causando crueles destrozos en la fauna de su entorno, y que un día en que vio la luz de la fe cristiana, al encontrarse en su camino con una palma, de tronco un tanto extraño, apuntó a ella su escopeta y diciendo:

Contra el tronco de esa palma
mi último tiro ha de ser,
pues prometo por la Cruz
no matar más por placer.

Le disparó al tronco, que se abrió en dos, y de su interior —en el que, si mal no recuerdo, apareció una cruz u otro símbolo del Catolicismo— salieron palomas.

En la loa de marras, ese cazador iba vestido con la típica falda escocesa.

Para escenificar la loa, sobre el gran abrevadero que una vez hubo en el barranco que pasa por ese barrio montaban un escenario, y la explanada del barranco frente al abrevadero servía de platea para el numeroso público.

A fin de evitar aproximaciones inconvenientes, se colocaba una valla que dejara una especie de pasadizo entre el borde frontal del escenario y la «platea» para los espectadores, de suerte que nadie pudiera acercarse mucho al lugar de la escena; era algo así como el foso de la orquesta, usual en los teatros. Y a un lado del escenario habían montando —o al menos así ocurrió el Año ‘A’, en que tuvo lugar el hecho que me ocupa— un tarantín o ventorrillo que expendía pasapalos (tapas) y vino, y que, por el lugar donde estaba, permitía el acceso al mencionado pasadizo.

Cuando iba a dar comienzo la loa, se pidió al público que hiciera silencio. Los que estaban en los tarantines cesaron en su cháchara y se fueron todos a la “platea” excepto un borrachito que, bien por equivocación o bien porque lo hizo adrede, se coló dentro del pasadizo y, de bruces sobre el borde del escenario, se puso a ver la loa,… de abajo hacia arriba.

El personaje del cazador, que si bien vestía una falda escocesa no llevaba interiores (calzoncillos), era representado por un tal Antonio, y de pronto, cuando en su accionar sobre el escenario se acercó al borde, justo al punto en que estaba el borrachito que miraba de abajo hacia arriba, éste, con un grito que rompió el solemne silencio, exclamó:

—Antuoonio, ¡tápate el tolete!

La reacción instintiva de Antonio fue encorvarse, llevarse las manos a su entrepierna y apretarse con ellas los genitales, ante lo cual el borrachito, alarmado, exclamó de nuevo:

—¡No te lo toques, que’s pior!

Lo que siguió entre el público, y la suerte que corrió esa representación en particular, lo dejo a la imaginación del lector.

El caso es que, años después, a un grupo de amigos entre los que yo me encontraba, un testigo presencial de este incidente nos lo contó en detalle un día, y lo hizo poniendo énfasis en la entonación que el borrachito le dio al Antonio cuando gritó “Antuoonio, ¡tápate el tolete!” esa famosa noche de la loa, una entonación que sólo puedo representar gráficamente escribiendo “Antóooonio”, con énfasis en la primera ‘o’ cuyo sonido se alarga hasta la sílaba final.

Y a partir de ese día y con el paso del tiempo, los miembros de un grupo de amigos (Wifredo Ramos, Gilberto Cruz, Javier Simón, Luis Herrera,  y  Carlos M. Padrón, cuyas fotos, todas tomadas este verano, incluyo al final; los nombres al pie de ellas deben aplicarse de izquierda a derecha) nos llamamos entre nosotros “Antuoonio”, pronunciado en la forma en que el borrachito lo hizo. Y así, y sin quererlo, por casi 50 años hemos mantenido vivo el entonces famoso incidente,… y continuamos llamándonos entre nosotros “Antóooonio”, con la debida entonación.


Wifredo Ramos y Gilberto Cruz


Carlos Padrón, Wifredo Ramos y Javier Simón


Carlos Padrón y Luis Herrera, éste luciendo vestimenta
y lanza, ambos típicos del remoto pasado del pueblo, y
exhibidos en fiestas como la de la Bajada de la Virgen de
El Pino
.

P.D.: A la comunidad pertenece también Eleuterio Sicilia, que no aparece na las fotos porque vive en Tenerife.



 

[*FP}– La comunidad de los Antooonios

Carlos M. Padrón

Creo que allá por finales de los 40 y principios de los 50, la celebración de las fiestas de La Cruz, generalmente el 3 de mayo de cada año, era costumbre en varios barrios de El Paso, una costumbre que está volviendo por sus fueros.

De entre las varias celebraciones alcanzó fama la del barrio de Las Canales, en la que se escenificaban unas loas, especie de pequeños y rústicos autos sacramentales. La más conocida de ellas tenía por tema algo así como las pecadoras andanzas de un cazador, escocés y no creyente, que, con su escopeta, se regodeaba causando crueles destrozos en la fauna de su entorno, y que un día en que vio la luz de la fe cristiana, al encontrarse en su camino con una palma, de tronco un tanto extraño, apuntó a ella su escopeta y diciendo:

Contra el tronco de esa palma
mi último tiro ha de ser,
pues prometo por la Cruz
no matar más por placer.

le disparó al tronco, que se abrió en dos, y de su interior —en el que, si mal no recuerdo, apareció una cruz u otro símbolo del Catolicismo— salieron palomas.

En la loa de marras, ese cazador iba vestido con la típica falda escocesa.

Para escenificar la loa, sobre el gran abrevadero que una vez hubo en el barranco que pasa por ese barrio montaban un escenario, y la explanada del barranco frente al abrevadero servía de platea para el numeroso público.

A fin de evitar aproximaciones inconvenientes, se colocaba una valla que dejara una especie de pasadizo entre el borde frontal del escenario y la «platea» para los espectadores, de suerte que nadie pudiera acercarse mucho al lugar de la escena; era algo así como el foso de la orquesta, usual en los teatros. Y a un lado del escenario habían montando —o al menos así ocurrió el Año ‘A’, en que tuvo lugar el hecho que me ocupa— un tarantín o ventorrillo que expendía pasapalos (tapas) y vino, y que, por el lugar donde estaba, permitía el acceso al mencionado pasadizo.

Cuando iba a dar comienzo la loa, se pidió al público que hiciera silencio. Los que estaban en los tarantines cesaron en su cháchara y se fueron todos a la “platea” excepto un borrachito que, bien por equivocación o bien porque lo hizo adrede, se coló dentro del pasadizo y, de bruces sobre el borde del escenario, se puso a ver la loa,… hacia arriba.

El personaje del cazador, que si bien vestía una falda escocesa no llevaba interiores (calzoncillos), era representado por un tal Antonio, y de pronto, cuando en su accionar sobre el escenario se acercó al borde, justo al punto en que estaba el borrachito que miraba de abajo hacia arriba, éste, con un grito que rompió el solemne silencio, exclamó:

—Antuooonio, ¡tápate el tolete!

La reacción instintiva de Antonio fue encorvarse, llevarse las manos a su entrepierna y apretarse con ellas los genitales, ante lo cual el borrachito, alarmado, exclamó de nuevo:

—¡No te lo toques, que’s pior!

Lo que siguió entre el público, y la suerte que corrió esa representación en particular, lo dejo a la imaginación del lector.

El caso es que, años después, a un grupo de amigos entre los que yo me encontraba, un testigo presencial de este incidente nos lo contó en detalle un día, y lo hizo poniendo énfasis en la entonación que el borrachito le dio al Antonio cuando gritó “Antóooonio, ¡tápate el tolete!” esa famosa noche de la loa, una entonación que sólo puedo representar gráficamente escribiendo “Antóooonio”, con énfasis en la primera ‘o’ cuyo sonido se alarga hasta la sílaba final.

Y a partir de ese día y con el paso del tiempo, los miembros de un grupo de amigos (Wifredo Ramos, Gilberto Cruz, Javier Simón, Luis Herrera y Carlos Padrón, cuyas fotos, todas tomadas este verano, incluyo al final; los nombres al pie de ellas deben aplicarse de izquierda a derecha) nos llamamos entre nosotros “Antóooonio”, pronunciado en la forma en que el borrachito lo hizo. Y así, y sin quererlo, por casi 50 años hemos mantenido vivo el entonces famoso incidente,… y continuamos llamándonos entre nosotros “Antóooonio”, con la debida entonación.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Wifredo Ramos y Gilberto Cruz

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Carlos M. Padrón, Wifredo Ramos y Javier Simón

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Carlos Padrón y Luis Herrera, éste luciendo vestimenta
y lanza, ambos típicos del remoto pasado del pueblo, y
exhibidos en fiestas como la de la Bajada de la Virgen de
El Pino
.

[*Opino}– La danza «de Manuel González». Al César lo que es del César.

Carlos M. Padrón

Durante los actos que con motivo de la Bajada de la Virgen de El Pino se celebraron en El Paso este verano, el viernes 01 de septiembre pasado asistí en horas de la tarde-noche a uno que en el programa

se anunciaban como “Danza de Manuel González”, nombre que nada me dijo pero, como varias personas me recomendaron que fuera a verlo, fui.

Cuando los músicos comenzaron a ensayar su parte, minutos antes de que se iniciara oficialmente el acto, apenas sonar los primeros acordes y los versos “El Paso de Arriba / henchido de amor /…” me vino de inmediato a la memoria la imagen de mí mismo—muy pequeño y mirando por sobre un muro al que apenas llegaba mi barbilla— observando alelado cómo a unos 50 metros sonaba eso que ahora yo escuchaba, y cómo unos muchachos y muchachas bailaban al son de la música moviendo sobre sus cabezas unos arcos cubiertos de flores.

Y entonces caí en cuenta de que lo que recordaba era que yo miraba desconsolado —pues, por muy pequeño, no me dejaban ir hasta el lugar de los hechos—, desde el patio trasero de mi casa natal —patio que lindaba con la casa de tío Pedro, un hermano de mi abuela materna—, y que ese acto de música, canto y baile tenía lugar en lo que llamábamos “el patio de cemento”, frente a la escuela de tío Pedro, por la que desfilaron generaciones de niños y jóvenes pasenses.

Extrañado, le dije a mi mujer: “¿Por qué anuncian esto como la ‘Danza de Manuel González’ si estoy seguro de que lo que estamos oyendo es de tío Pedro?”.

Cuando finalizó el acto me puse a hacer preguntas, y, efectivamente, yo tenía razón. Me lo confirmaron personas que participaron en la primera presentación de esa danza, hecha en 1945 —cuando yo apenas tenía 6 años—, cuyos ensayos se hacían —me confirmaron también— en el “patio de cemento” de la escuela de Don Pedro Castillo.

Y fe de lo mismo me dieron algunos de esos primeros participantes, como Alicia Padrón Ramos —quien me ha facilitado la foto que incluyo al final, en la que aparecen los 21 integrantes de la primera presentación de la danza (19 de ellos están también en la foto del programa de las fiestas), que tuvo lugar en 1945—, y Ramón Hernández García —el ejecutante de violín en la presentación de la noche del 01/09/2006—, quien me confirmó que Don Pedro Castillo era efectivamente el autor de la música y letra de esa danza, y me contó una anécdota de cuando Don Pedro le enseñaba a mejorar su ejecución de ese instrumento musical.

Ante esto, me hago el siguiente planteamiento.

La llamada “Danza de Manuel González” consta de tres componentes: coreografía, música y letra.

Hasta donde pude averiguar, la coreografía es obra, iniciada en Cuba, de Don Manuel González Díaz, quien de vuelta ya en El Paso animó a familiares y amigos para presentar esa danza durante la Bajada de la Virgen de 1945. Por tanto, y en estricta justicia, el crédito que corresponde a Don Manuel es por un tercio de la danza y por la iniciativa de montarla en El Paso, lo cual justifica con creces que su nombre aparezca vinculado a ella. Nada más lejos de mi intención que restarle crédito a Don Manuel.

Pero los otros dos tercios —música y letra— son ambos obra de Don Pedro Martín Hernández y Castillo, mejor conocido como Don Pedro Castillo.

¿Por qué siendo Don Pedro Castillo el autor de dos tercios clave de la danza, no aparece su nombre cuando se la menciona?.

No me digan que es porque se habla de ‘danza’ y que ésta, la parte coreográfica, es obra de Don Manuel González, pues, según ese rasero, y salvando las distancias, al anunciar el ballet “El lago de los cisnes” debería decirse que es de Marius Petipa y Lev Ivanov, autores de la coreografía, y no de Piotr Ilich Tchaikosky, autor de la música.

Pero decir tal sería un enorme exabrupto, pues “El lago de los cisnes” se le atribuye siempre a Tchaikosky porque, ¿qué sería ese ballet sin música? Y, por lo mismo, ¿qué sería sin música la llamada “Danza de Manuel González”? ¿Qué vinculación tendría con El Paso y con su Virgen de El Pino si le faltara la letra,… que requiere de la música para poder ser cantada?.

Don Pedro Castillo, hijo de El Paso, tiene un enorme mérito, y de ello pueden dar fe aún muchos hijos de este pueblo, como los aún vivos de los que aparecen en esta foto, todos alumnos de Don Pedro, que fue tomada en el llamado “patio de cemento” de la escuela de Don Pedro Castillo, el 18 de julio de 1935, antes de salir todos en excursión a la Fuente del Pino.

Además de autodidacta, Don Pedro Castillo fue, por unos 20 años y para varias generaciones de pasenses, maestro de parte de lo que hoy llamamos kinder, educación primaria y hasta algo de secundaria (su escuela abrió a comienzos de los años 20 y cerró a comienzos de los 40); fue poeta, con libros de poesía publicados; fue compositor musical (su marcha fúnebre “Ante un cadáver” —por nombrar, de entre varias, la composición musical suya que más me gusta—, se ejecutó por años en El Paso, cada Viernes Santo, durante la ceremonia del Santo Entierro); fue ejecutante de instrumentos musicales, y fue director de orquesta y de banda de música (en el programa de las fiestas de El Pino de este año 2006 se le menciona como tal en la pág. 46, año 1911).

¿Sabe alguien de algún otro hijo de El Paso que, aunque sólo sea en el área de la docencia y divulgación de cultura en el pueblo, tenga un palmarés igual o mayor?

¿Por qué entonces, me pregunto, habiendo sido Don Pedro Castillo un hombre de tal valía y ayuda para El Paso, no se lo menciona en relación con la danza en cuestión, sino que a ésta se la llama solamente “Danza de Manuel González”?

Continuar con esta práctica conlleva a dos errores:

  1. Poner a Don Manuel González a ganar indulgencias con escapulario ajeno, cosa que dudo que le gustaría, pues, al margen de este asunto, lo recuerdo como un hombre afable y de bien que varias veces me curó de empacho; y,
  2. Privar a Don Pedro Castillo del justo reconocimiento por su aporte.

Por favor, al César lo que es del César.

Sé que en los tiempos del franquismo la tribu de caciques de turno en El Paso —entonces cada pueblo solía contar con la suya— tuvo interés en opacar la importancia y relevancia de Don Pedro Castillo, y en escatimarle sus más que merecidos reconocimientos. Nunca he sabido por qué, pues no he encontrado motivo alguno que justifique tal injusticia, como no fueran celos, tal vez mezquinos intereses políticos (aunque Don Pedro Castillo, que yo sepa, no incursionó en política), o, y más probablemente, porque él no tuvo hacia esos caciques el servilismo, sumisión y pleitesía que ellos esperaban.

Sin embargo, los integrantes de esa tribu murieron todos hace muchos años y eso, al igual que el franquismo, quedó atrás, o quiero suponer que así ha sido.

Entonces, ¿qué motivo existe aún para que los actuales responsables de rescatar la historia, costumbres y perfiles de los personajes destacados de nuestro pueblo de El Paso —labor que, según pude constatar, han hecho y siguen haciendo muy bien los integrantes del Comité de Cultura del Ayuntamiento, con Andrés Carmona actualmente a la cabeza— continúen sin darle a Don Pedro Castillo el crédito, puesto y reconocimiento que en justicia merece?

Si alguien sabe la respuesta, por favor, que me la diga.

***

Ésta es la foto, cortesía de Alicia Padrón Ramos, en la que aparecen los integrantes de la primera presentación de la para mí injustamente llamada hoy “Danza de Manuel González”, que tuvo lugar en 1945.

Dada la época en que fue tomada la foto, no cabe esperar buena calidad.

Si alguien tiene dudas sobre lo que acerca de Don Pedro Castillo y la danza de marras he dicho aquí, que pregunte a alguna de las personas que aún viven de las mencionadas en la lista que sigue.

De arriba hacia abajo, y de izquierda a derecha.

Primera fila (7):
1. Roberto Padrón Sosa
2. Erundino González García (fallecido)
3. Miguel Ángel Fernández Lorenzo (fallecido)
4. Raúl González García (fallecido)
5. Manuel (Melo) Pérez González (fallecido)
6. Miguel Taño Acosta (fallecido)
7. Felipe Pino Díaz.

Segunda fila (9):
1. Armando Rocha González
2. Olga Mederos González
3. Carmen Nola Cáceres Castro
4. Teresa López Pérez
5. Luisa Padrón Díaz
6. Elia María Mederos González
7. Edita Hernández Gómez
8. Alicia Padrón Ramos
9. Ángel Guerra González (fallecido).

Tercera fila (5):
1. Ramón Hernández García
2. Teresa Taño Acosta
3. Zenaida Afonso González (fallecida)
4. Zoraida Padrón Ramos
5. Aníbal Hernández Gómez (fallecido).

Músicos: Armando Rocha González, Aníbal Hernández Gómez, y Ramón Hernández García.
Solistas: Teresa Taño Acosta, Zeneida Afonso González, y Zoraida Padrón Ramos. El resto fungían como coro.

[*FP}– El «Suspiro guanche»

Carlos M. Padrón

No sé cómo ni por qué, allá por el año 1970, cuando ya trabajaba yo en IBM, o tal vez antes, se me salió —o me dio por intentar que saliera, y lo logré— una violenta y breve expulsión de aire que produjo un estridente sonido gutural, casi como un alarido.

Cuando una de las asustadas víctimas que tuvo el “honor” de escucharlo me preguntó, después del correspondiente sobresalto, qué diablos había sido aquello, se me ocurrió contestarle —ignoro por qué— que era un “suspiro guanche”, y así quedó bautizado desde entonces ese cuasi “alarido”.

En 1971, y en IBM, trabajé por un par de meses con Juan Llorens —excelente persona, mejor amigo y con un fino sentido del humor— porque él debía traspasarme su territorio de ventas. Por supuesto, como Juan fue una de las víctimas del suspiro guanche —al igual que en algún momento lo habían sido los otros compañeros vendedores y analistas de la Sucursal Finanzas, donde todos trabajábamos—, comenzó a madurar la idea de jugarle con él una mala pasada a Daniela, la respetuosa y modosa secretaria que allí teníamos.

Esa Sucursal Finanzas, que atendía al sector financiero de Banca y Seguros de Caracas, estaba entonces ubicada en la mezzanina de la Torre Capriles, con cara hacia la Torre Phelps, y esa cara era toda una gran vidriera que nos permitía ver, además de la Torre Phelps, la Plaza Venezuela, la Avenida La Salle, etc.

El escritorio, en forma de ‘L’, de Daniela estaba ubicado muy cerca de la vidriera en cuestión y de la entrada de la oficina del gerente de la sucursal. El brazo de la ‘L’ en el que Daniela tenía la máquina de escribir eléctrica era el paralelo a la vidriera; el otro, en el que desarrollaba habitualmente el resto de su trabajo, era perpendicular a ella.

Como Daniela oía que los muchachos hablaban a cada rato del suspiro guanche de Padrón, un día, en su siempre respetuoso tono, aprovechó que fui a pedirle algo y me preguntó si yo podía hacerle escuchar ese suspiro guanche del que tanto se hablaba en la sucursal.

Con toda la mala intención, y siguiendo el juego iniciado por Juan Llorens, le respondí a Daniela que en ese momento no podía yo emitirlo porque era algo que sólo me salía en casos de una profunda emoción, ya fuera causada por tristeza o por alegría, porque el suspiro era como una válvula de escape, como un alivio a la opresión que en mi pecho provocaba esa emoción. Ella aceptó muy bien esta explicación pero repitió su interés en escuchar de mí el ya famoso suspiro,… cuando yo pudiera hacerle el favor.

En esa intriga la mantuve por semanas, hasta que una tarde de viernes en que estábamos todos, vendedores y analistas, en la sucursal, aprovechando que Daniela revisaba absorta lo que había escrito en una hoja que aún permanecía en la máquina de escribir, me levanté de mi puesto en el escritorio que compartía con otros tres vendedores, simulé que me dirigía a la oficina del gerente, y cuando estuve a la altura de Daniela y apenas a un metro escaso de ella, solté a todo trapo el bendito suspiro.

De un sólo salto, como salen los pilotos que se eyectan de su avión en peligro, Daniela se alzó de su silla emitiendo un “¡Ihhhhh!”, pálida y con sus ojos desorbitados, y en el movimiento de alzarse estrujó el papel que había estado revisando y lo arrancó de la máquina. La inestabilidad del repentino salto hizo que cayera de espaldas, y por suerte aterrizó sentada sobre su silla que, al tener patas dotadas de ruedas, salió disparada hacia atrás, pegó muy fuerte contra la vidriera y, por efecto de la inercia, también golpeó allí con un feo ruido seco, la parte trasera de la cabeza de nuestra pobre y aterrada secretaria.

Y entonces, la respetuosa y muy modosa Daniela, lanzándome una mirada de ésas que podrían matar, y con el rostro congestionado por la ira, sin poder controlarse me gritó a todo pulmón:

—¿Eso es un suspiro, coño? ¡Eso es un ladrido!

De inmediato, al reparar en lo que había dicho y en qué tono, y avergonzada también por las carcajadas de todos los presentes, enrojeció, regresó callada a su escritorio y nunca más mencionó el incidente aunque por tiempo le hicieron muchas bromas al respecto.

Yo continué con mi suspiro, y hasta descubrí que donde mejores efectos ha causado es en el interior de los pasillos del Metro de Londres. Tal vez porque están —o al menos lo estaban hace unos 20 años— recubiertos de azulejos, el efecto eco es tan pronunciado que no permite precisar la procedencia de un ruido, y, siendo los ingleses reconocidos amantes de los animales, cuando yo soltaba el suspiro guanche dentro de uno de esos pasillos repletos de gente, quienes iban delante de mí saltaban azorados y miraban al piso pensando que habían pisado a un pobre perro.

Al reparar en que no había perro alguno, miraban entonces a la cara de quienes venían detrás de ellos, pero teniendo yo, como siempre tuve —y como en esos momentos extremaba al máximo—, esa expresión seriota, adusta y hasta de pocos amigos que me es común, a nadie se le ocurriría que aquel ladrido fuera obra de un señor tan serio, así que se quedaban con las ganas de saber su origen.

Durante la estada de este septiembre en Madrid quise probar qué tan bien funcionaba el suspiro guanche en los pasillos del Metro madrileño, pero como Chepina —mujer de risa fácil, es incapaz de mantener una expresión de “yo no fui” como la antes descrita— quedaba en evidencia ante los sorprendidos caminantes, opté por alejarme de ella cuando me disponía a llevar a cabo uno de estos “sutiles” experimentos que me permitieron concluir que en el Metro de Londres retumba mejor el suspiro guanche.

Este pasado agosto, en la última de las tres (pues fueron tres y no sólo una, como se había dicho) celebraciones en conmemoración del 50 aniversario de la Odisea en La Caldera, conmemoración que fue el principal motivo de mi reciente viaje a mi pueblo natal de El Paso, la más que justificada (dada la ocasión) ingesta de vino —no del comercialmente embotellado que conoce el común de los mortales, sino del 100% puro, sin ningún aditivo, cosechado de las vides de algunos de mis amigos— hizo en mí los efectos que suele hacer el alcohol y, entre otras cosas, me dio por emitir a cada rato el suspiro guanche, y en los relatos que acerca de las tales celebraciones hacía luego Lelo, el que me rescató de mi peligro en La Caldera, siempre decía, y continúa diciendo, que para él lo más relevante de las tres celebraciones fue ese “ji-jí” mío—que así lo remeda él— que no lograba entender, no sabía cómo se producía, qué significaba ni qué rol jugó en la tercera celebración.

Le expliqué que se llamaba suspiro guanche, que era conocido internacionalmente, y que a través de los años había yo logrado emitirlo en tres “sabores” diferentes: Percusivo, Extendido u Operático (PEO), términos que no requieren ulterior explicación.

Lelo, ahora más confundido que antes, dijo no entender nada y reiteró su intriga y deseos de llegar algún día al fondo del asunto. Me temo que tal vez esté haciendo prácticas a solas en el baño de su casa a ver si logra reproducir el suspiro guanche.