[*FP}– Al maestro con cariño

Carlos M. Padrón

En el artículo “La ‘M’ de Carlos M.” publicado en la Sección «El Paso, mi pueblo, y el terruño» el 25/05/2006, mencioné a Don Santiago García Castro en relación con el examen de ingreso de bachillerato, pero, en realidad, mi mayor trato con él fue luego, durante los años del bachillerato cuando, hasta la reválida de quinto, fui parte del grupo de alumnos a los que él nos daba clases de Letras.

Hurgando en mis archivos encontré esta foto:

Fue tomada un día de mayo de 1954 en el patio interior de la casa, ubicada en Cachete, en la que funcionaba “la academia”, que así se la llamaba en el pueblo.

En la foto estamos, junto a Don Santiago, los que para entonces estudiábamos cuarto curso de bachillerato en esa academia. De izquierda a derecha, de pie, Edita Martín, Violeta Pino, Don Santiago García Castro, Olga Perera y Luz María Hernández. En cuclillas: Gualterio Duque (no era de El Paso), Javier Simón, y yo, Carlos Padrón, con mi corazón “emitiendo la luz de su intensa pasión”,… que fue la broma en torno al brillo que se observa sobre el lado izquierdo de mi pecho, y que nunca se supo de dónde salió, pues no tenía yo ahí ningún objeto metálico ni nada que emitiera ese reflejo y, además, no se usó flash para tomar la foto.

No sabría decir qué edad tenía Don Santiago, pues lo traté casi a diario desde que tuve 10 años y hasta que me fui de El Paso a los 18, y siempre lo vi como una persona mayor, un maestro, y, como tal, él tenía esa condición de padre que se le atribuía entonces a los maestros (tal vez por lo mismo, tampoco podría yo haber calculado bien la edad de mi padre si hubiera tenido que adivinarla). Y porque supo ejercerla lo recuerdo con mucho respeto y cariño. Era un hombre tranquilo, afable, juicioso y con mucha paciencia,… que sólo le vi perder un día, de muy mala forma pero más que justificada.

Cada vez que volví al pueblo, entre 1958 y 1961, buscaba a Don Santiago para saludarlo y hablar con él un rato. De los varios profesores que tuve, es él, sin duda, el que más gratos recuerdos dejó en mí y el que con más cariño recuerdo.

Durante mi estada en Canarias este verano tuve ocasión de reunirme con su hija, Ana Rosa, y de ella recogí, acerca de Don Santiago, información que amerita —al menos eso opino— la reedición de este artículo.

Don Santiago nació el 01-05-1915 en Salorino (Cáceres, Extremadura). Cursó estudios de Filosofía y Letras, y de Derecho. Durante su paso por la milicia fue, en Canarias, superior de Don Pedro, el que luego fuera médico en El Paso.

Una noche, al acompañar a alguien a despedir en el muelle de Santa Cruz de Tenerife a una persona que embarcaba para La Palma, vio subir al barco a una joven de la que quedó prendado en el acto. Su nombre, le dijeron, era Florita, y vivía en El Paso.

Buscando acercarse a ella, vino a La Palma y en 1944 tomó plaza como maestro en Arecida (Tijarafe, La Palma), donde estuvo cuatro años, y, formalizada su relación, Don Santiago y Doña Florita —que con ese nombre se la conocía, aunque el real era Florentina Fernández Pérez—, se casaron el 02-02-1944.

Y en 1948 se hizo cargo de la escuela de Tacande, ya en El Paso (La Palma), donde la pareja fijó su residencia y crió a sus seis hijos, una hembra y cinco varones..

Aunque Don Santiago no era canario por nacimiento, pertenecía al grupo de los que, para la época, llamábamos en Canarias “peninsulares”, lo cual amerita una explicación un poco más detallada.

De entre las islas Canarias, La Palma fue siempre la más americana, pues en ella hicieron escala por siglos los barcos que cubrían la travesía Europa-América y viceversa. Y en ella se establecieron varias empresas europeas (alemanas, holandesas e inglesas, principalmente) propiedad de familias de igual origen que se radicaron en La Palma y allí se quedaron.

No es, por tanto, de extrañar que los palmeros fueran emigrantes natos y que su lugar de destino preferido fuera América. Cuba, Argentina y Colombia fueron países preferidos, en especial Cuba, aunque en realidad se les encontraba por toda América Latina.

Al ocurrir la Gran Depresión —comienzos de los años 30—, ya Cuba no tenía atractivo, y la emigración —que para la época no era sólo de La Palma sino también de otras islas— no tuvo adónde ir. En consecuencia, en 1946 las islas llegaron a tener una densidad de población de las más altas del mundo: 350 habitantes por kilómetro cuadrado.

Pero de pronto el petróleo hizo que Venezuela resultara un país atractivo, y Canarias literalmente se “vació” cuando a comienzos de los años 40 comenzó el creciente flujo migratorio hacia Venezuela.

Esto no obstante, La Palma seguía siendo la isla más americana, hasta el punto de que, desde que yo era niño, recuerdo muy bien que si se oía decir que alguien se había ido para Cuba, Argentina, Venezuela, etc., no se veía en ello nada anormal, pero si se oía que alguien se había ido a Madrid, la gente arrugaba el ceño y exclamaba algo así como “¿A Madrid? ¿a qué?”. Simplemente, nuestro contacto era más con América que con España, y nuestros medios de ayuda económica procedían de América.

Para empeorar la situación y ensanchar más la brecha, ocurría que los mejores puestos de trabajo eran dados a gente que venía de España, al igual que la mayoría de las viviendas de interés social, que estaban preasignadas desde Madrid a alguien que vendría desde allá. Esto no contribuía precisamente a estimular en los canarios un sentimiento patriótico hacia España, y tal vez por eso, y por otros factores anteriores a la época en que comencé a hacer observaciones al respecto, en La Palma —como también en Tenerife y seguramente en otras islas— se hablaba de canarios y de españoles (de ahí mi sorpresa cuando supe por primera vez del manifiesto de Guerra a Muerte de Simón Bolívar, que hace separación entre españoles y canarios), y a estos últimos se les dividía en dos tipos: los godos y los peninsulares.

Godos eran los que, aun cuando llegaban a Canarias a buscar una vida mejor —o sea, que “emigraban” a Canarias, que era puerto libre— se esforzaban en dar la impresión de que habían venido de vacaciones, no paraban de despotricar de todo lo que en Canarias veían (gente, costumbres, lugares, etc.) y de jactarse de las propiedades y el alto nivel de vida que en España habían dejado por “hacernos el favor” de venir a Canarias. Ellos sabían todo de todo, y, en su opinión, los canarios no sabíamos nada y, además de “aplatanados” (indolentes), éramos catetos (brutos). Al hablar solían enfatizar las diferencias de pronunciación entre el castellano y el español como si quisieran restregarnos en la cara el hecho, para ellos cierto, de que no sabíamos hablar bien.

Los peninsulares, en cambio, no tenían y no hacían ostentación de ninguno de esos pecados. Eran gente sencilla, y con voluntad de ser útil, que se integró al lugar y que, generalmente, echó raíces en Canarias, creó allí una familia,…. y allí se quedó.

Don Santiago era un peninsular, y de los buenos. Se integró a El Paso; ayudó a El Paso; se casó con una mujer de El Paso; fue alcalde —y bueno— de El Paso, desde el 19-01-1958 al 21-04-1961; sus hijos nacieron en El Paso; resistió los embates de la tribu de caciques de El Paso —párroco incluido—, sobre todo cuando fue alcalde; y murió en El Paso el 29-08-1992.

Pero seguro estoy de que vive en el recuerdo no sólo de sus familiares y amigos sino de los que tuvimos el honor de ser alumnos de ese excelente maestro, dedicado, paciente y paternal.

[*FP}– La comunidad de los Antooonios

Carlos M. Padrón

Creo que allá por finales de los 40 y principios de los 50, la celebración de las fiestas de La Cruz, generalmente el 3 de mayo de cada año, era costumbre en varios barrios de El Paso, una costumbre que está volviendo por sus fueros.

De entre las varias celebraciones alcanzó fama la del barrio de Las Canales, en la que se escenificaban unas loas, especie de pequeños y rústicos autos sacramentales. La más conocida de ellas tenía por tema algo así como las pecadoras andanzas de un cazador, escocés y no creyente, que, con su escopeta, se regodeaba causando crueles destrozos en la fauna de su entorno, y que un día en que vio la luz de la fe cristiana, al encontrarse en su camino con una palma, de tronco un tanto extraño, apuntó a ella su escopeta y diciendo:

Contra el tronco de esa palma
mi último tiro ha de ser,
pues prometo por la Cruz
no matar más por placer.

le disparó al tronco, que se abrió en dos, y de su interior —en el que, si mal no recuerdo, apareció una cruz u otro símbolo del Catolicismo— salieron palomas.

En la loa de marras, ese cazador iba vestido con la típica falda escocesa.

Para escenificar la loa, sobre el gran abrevadero que una vez hubo en el barranco que pasa por ese barrio montaban un escenario, y la explanada del barranco frente al abrevadero servía de platea para el numeroso público.

A fin de evitar aproximaciones inconvenientes, se colocaba una valla que dejara una especie de pasadizo entre el borde frontal del escenario y la «platea» para los espectadores, de suerte que nadie pudiera acercarse mucho al lugar de la escena; era algo así como el foso de la orquesta, usual en los teatros. Y a un lado del escenario habían montando —o al menos así ocurrió el Año ‘A’, en que tuvo lugar el hecho que me ocupa— un tarantín o ventorrillo que expendía pasapalos (tapas) y vino, y que, por el lugar donde estaba, permitía el acceso al mencionado pasadizo.

Cuando iba a dar comienzo la loa, se pidió al público que hiciera silencio. Los que estaban en los tarantines cesaron en su cháchara y se fueron todos a la “platea” excepto un borrachito que, bien por equivocación o bien porque lo hizo adrede, se coló dentro del pasadizo y, de bruces sobre el borde del escenario, se puso a ver la loa,… hacia arriba.

El personaje del cazador, que si bien vestía una falda escocesa no llevaba interiores (calzoncillos), era representado por un tal Antonio, y de pronto, cuando en su accionar sobre el escenario se acercó al borde, justo al punto en que estaba el borrachito que miraba de abajo hacia arriba, éste, con un grito que rompió el solemne silencio, exclamó:

—Antuooonio, ¡tápate el tolete!

La reacción instintiva de Antonio fue encorvarse, llevarse las manos a su entrepierna y apretarse con ellas los genitales, ante lo cual el borrachito, alarmado, exclamó de nuevo:

—¡No te lo toques, que’s pior!

Lo que siguió entre el público, y la suerte que corrió esa representación en particular, lo dejo a la imaginación del lector.

El caso es que, años después, a un grupo de amigos entre los que yo me encontraba, un testigo presencial de este incidente nos lo contó en detalle un día, y lo hizo poniendo énfasis en la entonación que el borrachito le dio al Antonio cuando gritó “Antóooonio, ¡tápate el tolete!” esa famosa noche de la loa, una entonación que sólo puedo representar gráficamente escribiendo “Antóooonio”, con énfasis en la primera ‘o’ cuyo sonido se alarga hasta la sílaba final.

Y a partir de ese día y con el paso del tiempo, los miembros de un grupo de amigos (Wifredo Ramos, Gilberto Cruz, Javier Simón, Luis Herrera y Carlos Padrón, cuyas fotos, todas tomadas este verano, incluyo al final; los nombres al pie de ellas deben aplicarse de izquierda a derecha) nos llamamos entre nosotros “Antóooonio”, pronunciado en la forma en que el borrachito lo hizo. Y así, y sin quererlo, por casi 50 años hemos mantenido vivo el entonces famoso incidente,… y continuamos llamándonos entre nosotros “Antóooonio”, con la debida entonación.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Wifredo Ramos y Gilberto Cruz

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Carlos M. Padrón, Wifredo Ramos y Javier Simón

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Carlos Padrón y Luis Herrera, éste luciendo vestimenta
y lanza, ambos típicos del remoto pasado del pueblo, y
exhibidos en fiestas como la de la Bajada de la Virgen de
El Pino
.

[*ElPaso}– La comunidad de los ‘¡Antuoonio!’

01-10-2006

Carlos M. Padrón

Creo que allá por finales de los 40 y principios de los 50, la celebración de las fiestas de La Cruz, generalmente el 3 de mayo de cada año, era costumbre en varios barrios de El Paso, una costumbre que está volviendo por sus fueros.

De entre las varias celebraciones alcanzó fama la del barrio de Las Canales, en la que se escenificaban unas loas, especie de pequeños y rústicos autos sacramentales. La más conocida de ellas tenía por tema algo así como las pecadoras andanzas de un cazador, escocés y no creyente, que, con su escopeta, se regodeaba causando crueles destrozos en la fauna de su entorno, y que un día en que vio la luz de la fe cristiana, al encontrarse en su camino con una palma, de tronco un tanto extraño, apuntó a ella su escopeta y diciendo:

Contra el tronco de esa palma
mi último tiro ha de ser,
pues prometo por la Cruz
no matar más por placer.

Le disparó al tronco, que se abrió en dos, y de su interior —en el que, si mal no recuerdo, apareció una cruz u otro símbolo del Catolicismo— salieron palomas.

En la loa de marras, ese cazador iba vestido con la típica falda escocesa.

Para escenificar la loa, sobre el gran abrevadero que una vez hubo en el barranco que pasa por ese barrio montaban un escenario, y la explanada del barranco frente al abrevadero servía de platea para el numeroso público.

A fin de evitar aproximaciones inconvenientes, se colocaba una valla que dejara una especie de pasadizo entre el borde frontal del escenario y la «platea» para los espectadores, de suerte que nadie pudiera acercarse mucho al lugar de la escena; era algo así como el foso de la orquesta, usual en los teatros. Y a un lado del escenario habían montando —o al menos así ocurrió el Año ‘A’, en que tuvo lugar el hecho que me ocupa— un tarantín o ventorrillo que expendía pasapalos (tapas) y vino, y que, por el lugar donde estaba, permitía el acceso al mencionado pasadizo.

Cuando iba a dar comienzo la loa, se pidió al público que hiciera silencio. Los que estaban en los tarantines cesaron en su cháchara y se fueron todos a la “platea” excepto un borrachito que, bien por equivocación o bien porque lo hizo adrede, se coló dentro del pasadizo y, de bruces sobre el borde del escenario, se puso a ver la loa,… de abajo hacia arriba.

El personaje del cazador, que si bien vestía una falda escocesa no llevaba interiores (calzoncillos), era representado por un tal Antonio, y de pronto, cuando en su accionar sobre el escenario se acercó al borde, justo al punto en que estaba el borrachito que miraba de abajo hacia arriba, éste, con un grito que rompió el solemne silencio, exclamó:

—Antuoonio, ¡tápate el tolete!

La reacción instintiva de Antonio fue encorvarse, llevarse las manos a su entrepierna y apretarse con ellas los genitales, ante lo cual el borrachito, alarmado, exclamó de nuevo:

—¡No te lo toques, que’s pior!

Lo que siguió entre el público, y la suerte que corrió esa representación en particular, lo dejo a la imaginación del lector.

El caso es que, años después, a un grupo de amigos entre los que yo me encontraba, un testigo presencial de este incidente nos lo contó en detalle un día, y lo hizo poniendo énfasis en la entonación que el borrachito le dio al Antonio cuando gritó “Antuoonio, ¡tápate el tolete!” esa famosa noche de la loa, una entonación que sólo puedo representar gráficamente escribiendo “Antóooonio”, con énfasis en la primera ‘o’ cuyo sonido se alarga hasta la sílaba final.

Y a partir de ese día y con el paso del tiempo, los miembros de un grupo de amigos (Wifredo Ramos, Gilberto Cruz, Javier Simón, Luis Herrera,  y  Carlos M. Padrón, cuyas fotos, todas tomadas este verano, incluyo al final; los nombres al pie de ellas deben aplicarse de izquierda a derecha) nos llamamos entre nosotros “Antuoonio”, pronunciado en la forma en que el borrachito lo hizo. Y así, y sin quererlo, por casi 50 años hemos mantenido vivo el entonces famoso incidente,… y continuamos llamándonos entre nosotros “Antóooonio”, con la debida entonación.


Wifredo Ramos y Gilberto Cruz


Carlos Padrón, Wifredo Ramos y Javier Simón


Carlos Padrón y Luis Herrera, éste luciendo vestimenta
y lanza, ambos típicos del remoto pasado del pueblo, y
exhibidos en fiestas como la de la Bajada de la Virgen de
El Pino
.

P.D.: A la comunidad pertenece también Eleuterio Sicilia, que no aparece na las fotos porque vive en Tenerife.



 

[*Opino}– La danza «de Manuel González». Al César lo que es del César.

Carlos M. Padrón

Durante los actos que con motivo de la Bajada de la Virgen de El Pino se celebraron en El Paso este verano, el viernes 01 de septiembre pasado asistí en horas de la tarde-noche a uno que en el programa

se anunciaban como “Danza de Manuel González”, nombre que nada me dijo pero, como varias personas me recomendaron que fuera a verlo, fui.

Cuando los músicos comenzaron a ensayar su parte, minutos antes de que se iniciara oficialmente el acto, apenas sonar los primeros acordes y los versos “El Paso de Arriba / henchido de amor /…” me vino de inmediato a la memoria la imagen de mí mismo—muy pequeño y mirando por sobre un muro al que apenas llegaba mi barbilla— observando alelado cómo a unos 50 metros sonaba eso que ahora yo escuchaba, y cómo unos muchachos y muchachas bailaban al son de la música moviendo sobre sus cabezas unos arcos cubiertos de flores.

Y entonces caí en cuenta de que lo que recordaba era que yo miraba desconsolado —pues, por muy pequeño, no me dejaban ir hasta el lugar de los hechos—, desde el patio trasero de mi casa natal —patio que lindaba con la casa de tío Pedro, un hermano de mi abuela materna—, y que ese acto de música, canto y baile tenía lugar en lo que llamábamos “el patio de cemento”, frente a la escuela de tío Pedro, por la que desfilaron generaciones de niños y jóvenes pasenses.

Extrañado, le dije a mi mujer: “¿Por qué anuncian esto como la ‘Danza de Manuel González’ si estoy seguro de que lo que estamos oyendo es de tío Pedro?”.

Cuando finalizó el acto me puse a hacer preguntas, y, efectivamente, yo tenía razón. Me lo confirmaron personas que participaron en la primera presentación de esa danza, hecha en 1945 —cuando yo apenas tenía 6 años—, cuyos ensayos se hacían —me confirmaron también— en el “patio de cemento” de la escuela de Don Pedro Castillo.

Y fe de lo mismo me dieron algunos de esos primeros participantes, como Alicia Padrón Ramos —quien me ha facilitado la foto que incluyo al final, en la que aparecen los 21 integrantes de la primera presentación de la danza (19 de ellos están también en la foto del programa de las fiestas), que tuvo lugar en 1945—, y Ramón Hernández García —el ejecutante de violín en la presentación de la noche del 01/09/2006—, quien me confirmó que Don Pedro Castillo era efectivamente el autor de la música y letra de esa danza, y me contó una anécdota de cuando Don Pedro le enseñaba a mejorar su ejecución de ese instrumento musical.

Ante esto, me hago el siguiente planteamiento.

La llamada “Danza de Manuel González” consta de tres componentes: coreografía, música y letra.

Hasta donde pude averiguar, la coreografía es obra, iniciada en Cuba, de Don Manuel González Díaz, quien de vuelta ya en El Paso animó a familiares y amigos para presentar esa danza durante la Bajada de la Virgen de 1945. Por tanto, y en estricta justicia, el crédito que corresponde a Don Manuel es por un tercio de la danza y por la iniciativa de montarla en El Paso, lo cual justifica con creces que su nombre aparezca vinculado a ella. Nada más lejos de mi intención que restarle crédito a Don Manuel.

Pero los otros dos tercios —música y letra— son ambos obra de Don Pedro Martín Hernández y Castillo, mejor conocido como Don Pedro Castillo.

¿Por qué siendo Don Pedro Castillo el autor de dos tercios clave de la danza, no aparece su nombre cuando se la menciona?.

No me digan que es porque se habla de ‘danza’ y que ésta, la parte coreográfica, es obra de Don Manuel González, pues, según ese rasero, y salvando las distancias, al anunciar el ballet “El lago de los cisnes” debería decirse que es de Marius Petipa y Lev Ivanov, autores de la coreografía, y no de Piotr Ilich Tchaikosky, autor de la música.

Pero decir tal sería un enorme exabrupto, pues “El lago de los cisnes” se le atribuye siempre a Tchaikosky porque, ¿qué sería ese ballet sin música? Y, por lo mismo, ¿qué sería sin música la llamada “Danza de Manuel González”? ¿Qué vinculación tendría con El Paso y con su Virgen de El Pino si le faltara la letra,… que requiere de la música para poder ser cantada?.

Don Pedro Castillo, hijo de El Paso, tiene un enorme mérito, y de ello pueden dar fe aún muchos hijos de este pueblo, como los aún vivos de los que aparecen en esta foto, todos alumnos de Don Pedro, que fue tomada en el llamado “patio de cemento” de la escuela de Don Pedro Castillo, el 18 de julio de 1935, antes de salir todos en excursión a la Fuente del Pino.

Además de autodidacta, Don Pedro Castillo fue, por unos 20 años y para varias generaciones de pasenses, maestro de parte de lo que hoy llamamos kinder, educación primaria y hasta algo de secundaria (su escuela abrió a comienzos de los años 20 y cerró a comienzos de los 40); fue poeta, con libros de poesía publicados; fue compositor musical (su marcha fúnebre “Ante un cadáver” —por nombrar, de entre varias, la composición musical suya que más me gusta—, se ejecutó por años en El Paso, cada Viernes Santo, durante la ceremonia del Santo Entierro); fue ejecutante de instrumentos musicales, y fue director de orquesta y de banda de música (en el programa de las fiestas de El Pino de este año 2006 se le menciona como tal en la pág. 46, año 1911).

¿Sabe alguien de algún otro hijo de El Paso que, aunque sólo sea en el área de la docencia y divulgación de cultura en el pueblo, tenga un palmarés igual o mayor?

¿Por qué entonces, me pregunto, habiendo sido Don Pedro Castillo un hombre de tal valía y ayuda para El Paso, no se lo menciona en relación con la danza en cuestión, sino que a ésta se la llama solamente “Danza de Manuel González”?

Continuar con esta práctica conlleva a dos errores:

  1. Poner a Don Manuel González a ganar indulgencias con escapulario ajeno, cosa que dudo que le gustaría, pues, al margen de este asunto, lo recuerdo como un hombre afable y de bien que varias veces me curó de empacho; y,
  2. Privar a Don Pedro Castillo del justo reconocimiento por su aporte.

Por favor, al César lo que es del César.

Sé que en los tiempos del franquismo la tribu de caciques de turno en El Paso —entonces cada pueblo solía contar con la suya— tuvo interés en opacar la importancia y relevancia de Don Pedro Castillo, y en escatimarle sus más que merecidos reconocimientos. Nunca he sabido por qué, pues no he encontrado motivo alguno que justifique tal injusticia, como no fueran celos, tal vez mezquinos intereses políticos (aunque Don Pedro Castillo, que yo sepa, no incursionó en política), o, y más probablemente, porque él no tuvo hacia esos caciques el servilismo, sumisión y pleitesía que ellos esperaban.

Sin embargo, los integrantes de esa tribu murieron todos hace muchos años y eso, al igual que el franquismo, quedó atrás, o quiero suponer que así ha sido.

Entonces, ¿qué motivo existe aún para que los actuales responsables de rescatar la historia, costumbres y perfiles de los personajes destacados de nuestro pueblo de El Paso —labor que, según pude constatar, han hecho y siguen haciendo muy bien los integrantes del Comité de Cultura del Ayuntamiento, con Andrés Carmona actualmente a la cabeza— continúen sin darle a Don Pedro Castillo el crédito, puesto y reconocimiento que en justicia merece?

Si alguien sabe la respuesta, por favor, que me la diga.

***

Ésta es la foto, cortesía de Alicia Padrón Ramos, en la que aparecen los integrantes de la primera presentación de la para mí injustamente llamada hoy “Danza de Manuel González”, que tuvo lugar en 1945.

Dada la época en que fue tomada la foto, no cabe esperar buena calidad.

Si alguien tiene dudas sobre lo que acerca de Don Pedro Castillo y la danza de marras he dicho aquí, que pregunte a alguna de las personas que aún viven de las mencionadas en la lista que sigue.

De arriba hacia abajo, y de izquierda a derecha.

Primera fila (7):
1. Roberto Padrón Sosa
2. Erundino González García (fallecido)
3. Miguel Ángel Fernández Lorenzo (fallecido)
4. Raúl González García (fallecido)
5. Manuel (Melo) Pérez González (fallecido)
6. Miguel Taño Acosta (fallecido)
7. Felipe Pino Díaz.

Segunda fila (9):
1. Armando Rocha González
2. Olga Mederos González
3. Carmen Nola Cáceres Castro
4. Teresa López Pérez
5. Luisa Padrón Díaz
6. Elia María Mederos González
7. Edita Hernández Gómez
8. Alicia Padrón Ramos
9. Ángel Guerra González (fallecido).

Tercera fila (5):
1. Ramón Hernández García
2. Teresa Taño Acosta
3. Zenaida Afonso González (fallecida)
4. Zoraida Padrón Ramos
5. Aníbal Hernández Gómez (fallecido).

Músicos: Armando Rocha González, Aníbal Hernández Gómez, y Ramón Hernández García.
Solistas: Teresa Taño Acosta, Zeneida Afonso González, y Zoraida Padrón Ramos. El resto fungían como coro.

[*FP}– El «Suspiro guanche»

Carlos M. Padrón

No sé cómo ni por qué, allá por el año 1970, cuando ya trabajaba yo en IBM, o tal vez antes, se me salió —o me dio por intentar que saliera, y lo logré— una violenta y breve expulsión de aire que produjo un estridente sonido gutural, casi como un alarido.

Cuando una de las asustadas víctimas que tuvo el “honor” de escucharlo me preguntó, después del correspondiente sobresalto, qué diablos había sido aquello, se me ocurrió contestarle —ignoro por qué— que era un “suspiro guanche”, y así quedó bautizado desde entonces ese cuasi “alarido”.

En 1971, y en IBM, trabajé por un par de meses con Juan Llorens —excelente persona, mejor amigo y con un fino sentido del humor— porque él debía traspasarme su territorio de ventas. Por supuesto, como Juan fue una de las víctimas del suspiro guanche —al igual que en algún momento lo habían sido los otros compañeros vendedores y analistas de la Sucursal Finanzas, donde todos trabajábamos—, comenzó a madurar la idea de jugarle con él una mala pasada a Daniela, la respetuosa y modosa secretaria que allí teníamos.

Esa Sucursal Finanzas, que atendía al sector financiero de Banca y Seguros de Caracas, estaba entonces ubicada en la mezzanina de la Torre Capriles, con cara hacia la Torre Phelps, y esa cara era toda una gran vidriera que nos permitía ver, además de la Torre Phelps, la Plaza Venezuela, la Avenida La Salle, etc.

El escritorio, en forma de ‘L’, de Daniela estaba ubicado muy cerca de la vidriera en cuestión y de la entrada de la oficina del gerente de la sucursal. El brazo de la ‘L’ en el que Daniela tenía la máquina de escribir eléctrica era el paralelo a la vidriera; el otro, en el que desarrollaba habitualmente el resto de su trabajo, era perpendicular a ella.

Como Daniela oía que los muchachos hablaban a cada rato del suspiro guanche de Padrón, un día, en su siempre respetuoso tono, aprovechó que fui a pedirle algo y me preguntó si yo podía hacerle escuchar ese suspiro guanche del que tanto se hablaba en la sucursal.

Con toda la mala intención, y siguiendo el juego iniciado por Juan Llorens, le respondí a Daniela que en ese momento no podía yo emitirlo porque era algo que sólo me salía en casos de una profunda emoción, ya fuera causada por tristeza o por alegría, porque el suspiro era como una válvula de escape, como un alivio a la opresión que en mi pecho provocaba esa emoción. Ella aceptó muy bien esta explicación pero repitió su interés en escuchar de mí el ya famoso suspiro,… cuando yo pudiera hacerle el favor.

En esa intriga la mantuve por semanas, hasta que una tarde de viernes en que estábamos todos, vendedores y analistas, en la sucursal, aprovechando que Daniela revisaba absorta lo que había escrito en una hoja que aún permanecía en la máquina de escribir, me levanté de mi puesto en el escritorio que compartía con otros tres vendedores, simulé que me dirigía a la oficina del gerente, y cuando estuve a la altura de Daniela y apenas a un metro escaso de ella, solté a todo trapo el bendito suspiro.

De un sólo salto, como salen los pilotos que se eyectan de su avión en peligro, Daniela se alzó de su silla emitiendo un “¡Ihhhhh!”, pálida y con sus ojos desorbitados, y en el movimiento de alzarse estrujó el papel que había estado revisando y lo arrancó de la máquina. La inestabilidad del repentino salto hizo que cayera de espaldas, y por suerte aterrizó sentada sobre su silla que, al tener patas dotadas de ruedas, salió disparada hacia atrás, pegó muy fuerte contra la vidriera y, por efecto de la inercia, también golpeó allí con un feo ruido seco, la parte trasera de la cabeza de nuestra pobre y aterrada secretaria.

Y entonces, la respetuosa y muy modosa Daniela, lanzándome una mirada de ésas que podrían matar, y con el rostro congestionado por la ira, sin poder controlarse me gritó a todo pulmón:

—¿Eso es un suspiro, coño? ¡Eso es un ladrido!

De inmediato, al reparar en lo que había dicho y en qué tono, y avergonzada también por las carcajadas de todos los presentes, enrojeció, regresó callada a su escritorio y nunca más mencionó el incidente aunque por tiempo le hicieron muchas bromas al respecto.

Yo continué con mi suspiro, y hasta descubrí que donde mejores efectos ha causado es en el interior de los pasillos del Metro de Londres. Tal vez porque están —o al menos lo estaban hace unos 20 años— recubiertos de azulejos, el efecto eco es tan pronunciado que no permite precisar la procedencia de un ruido, y, siendo los ingleses reconocidos amantes de los animales, cuando yo soltaba el suspiro guanche dentro de uno de esos pasillos repletos de gente, quienes iban delante de mí saltaban azorados y miraban al piso pensando que habían pisado a un pobre perro.

Al reparar en que no había perro alguno, miraban entonces a la cara de quienes venían detrás de ellos, pero teniendo yo, como siempre tuve —y como en esos momentos extremaba al máximo—, esa expresión seriota, adusta y hasta de pocos amigos que me es común, a nadie se le ocurriría que aquel ladrido fuera obra de un señor tan serio, así que se quedaban con las ganas de saber su origen.

Durante la estada de este septiembre en Madrid quise probar qué tan bien funcionaba el suspiro guanche en los pasillos del Metro madrileño, pero como Chepina —mujer de risa fácil, es incapaz de mantener una expresión de “yo no fui” como la antes descrita— quedaba en evidencia ante los sorprendidos caminantes, opté por alejarme de ella cuando me disponía a llevar a cabo uno de estos “sutiles” experimentos que me permitieron concluir que en el Metro de Londres retumba mejor el suspiro guanche.

Este pasado agosto, en la última de las tres (pues fueron tres y no sólo una, como se había dicho) celebraciones en conmemoración del 50 aniversario de la Odisea en La Caldera, conmemoración que fue el principal motivo de mi reciente viaje a mi pueblo natal de El Paso, la más que justificada (dada la ocasión) ingesta de vino —no del comercialmente embotellado que conoce el común de los mortales, sino del 100% puro, sin ningún aditivo, cosechado de las vides de algunos de mis amigos— hizo en mí los efectos que suele hacer el alcohol y, entre otras cosas, me dio por emitir a cada rato el suspiro guanche, y en los relatos que acerca de las tales celebraciones hacía luego Lelo, el que me rescató de mi peligro en La Caldera, siempre decía, y continúa diciendo, que para él lo más relevante de las tres celebraciones fue ese “ji-jí” mío—que así lo remeda él— que no lograba entender, no sabía cómo se producía, qué significaba ni qué rol jugó en la tercera celebración.

Le expliqué que se llamaba suspiro guanche, que era conocido internacionalmente, y que a través de los años había yo logrado emitirlo en tres “sabores” diferentes: Percusivo, Extendido u Operático (PEO), términos que no requieren ulterior explicación.

Lelo, ahora más confundido que antes, dijo no entender nada y reiteró su intriga y deseos de llegar algún día al fondo del asunto. Me temo que tal vez esté haciendo prácticas a solas en el baño de su casa a ver si logra reproducir el suspiro guanche.

[*Opino}– Acerca de ‘Repartir Canarios’.

Carlos M. Padrón

En el artículo Al maestro, con cariño que publiqué el día 01 del pasado julio, y que enriqueceré con datos que acerca de Don Santiago García Castro recogí ahora en Canarias, hablé de los godos. Algunos parientes me comentaron que al leer ese artículo sus hijos les preguntaron qué eran godos, lo cual me alegró porque deduje que si esos muchachos no sabían qué eran godos, era porque esa odiosa especie se había extinguido.

Pero no, tonto de mí. Según este escrito, “Repartir Canarios”, que firma un tal Javier Calvo, todavía existen godos.

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Repartir canarios

Mi mujer y yo estamos cada vez mas preocupados con los miles de africanos que llegan cada día a las Canarias. Al ver cómo la vicepresidenta del Gobierno le pedía ayuda desesperada a la presidencia de turno de la Unión Europea, sentimos una extraña disociación mental en forma de comprensión total por ambas partes. Por un lado, si yo viviera en Helsinki, me la sudaría lo que pasa en las Canarias. Por otro lado, lo de los cayucos es lo más parecido al Apocalipsis que he visto fuera de un cine. ¿A quién apoyar? Al final, usando un mapa y una regla, vimos que estamos más cerca de Tenerife que de Finlandia. Así que nos hemos concienciado y ahora también buscamos soluciones.

Al principio pensamos en poblar las costas Canarias de tiburones. Eso funcionaría como factor disuasorio, pero es cuestión de tiempo que los tiburones se comieran a algún niño canario. Construir una verja en el mar que rodeara las islas también parece buena idea, pero enseguida tuve una visión de los africanos trepando por la verja y tirando el cayuco por encima. Al final, como siempre, la solución es tan fácil que nadie la ve: hay que renunciar a la soberanía de las Canarias. Que se las queden. Problema solucionado.

Así, en vez de repartirnos inmigrantes por la península, nos repartimos a los canarios. Que vean que los godos somos buena gente. Yo mismo me ofrezco para alojar a un canario en casa. A condición de que planche y sepa cocinar.

jcalvo@diarioadn.com
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no sólo existen todavía los godos sino que se autodenominan así, o al menos lo hace el tal Javier Calvo quien, por la forma en que se expresa, es de verdad uno de esos especímenes de godo que describí en “Al maestro, con cariño”: un despectivo, arrogante y, por supuesto, ignorante que, encima, se cree gracioso.

La fuerza de su ignorancia le lleva a jugar con fuego y a no reparar en que, antes que la invasión de africanos, tuvimos en Canarias la invasión de godos. La diferencia es que los africanos de ahora llegan en pateras, y los godos llegaban en alpargatas y “adornados” de unos atributos y conductas que el poeta palmero (natural de Santa Cruz de La Palma, Canarias) Domingo Acosta inmortalizó en este poema, escrito en la época de la invasión goda a Canarias, titulado NO-DO (creo que acrónimo de Noticieros y Documentales) ya que ése era el nombre del corto cinematográfic que, hecho en Madrid y enviado desde allá en la época de Franco, era obligatorio proyectar en los cines antes de la película de turno.

Lean el poema con detenimiento; no tiene desperdicio. Domingo Acosta, con su característico lenguaje procaz, se lo dedicó a los godos de la invasión de los años 40 y 50, y yo se lo dedico al tal Javier Calvo ya que describe a cabalidad a tipos “buena gente” como él.

           N O-D O

Llega un godo y otro godo
a esta tierra hospitalaria
vociferando de todo.
Hallan plácido acomodo
y arrojan la solitaria(*).

Empiezan a codearse,
a echar andorga y tupé,
a ver al sastre, a bañarse,
a fumar puros y a hartarse
de sentarse en el café.

Quien que de estirpe preclara
pregona por las esquinas,
de venir de los Mañana.
de Ladrones de Guevara…
o ladrones de gallinas.

Cual que tiene por divisa
presentar el nalgatorio
por donde le da la brisa,
y tal que es para tenorio
más feo que un pedo en misa,
persigue de un nuevo rico
algún guayabo en sazón
y el país le sale chico
para ser cabrón y pico
que es pasarse de cabrón.

Cual otro que de saber
no duerme en adquirir fama
sin llegar a conocer
que no ha pasado de ser
distinguido coño-mama.

De godos y sarracenos
nos llega cada ejemplar
que el que más como el que menos
tenemos los huevos llenos
sin poderlo remediar.

Esto lo dijo un palmero
que está bien harto de godos.
Después, volviendo el trasero,
rubricó, con gran salero,
cuatro pedos para todos.

(*): Debilidad congénita producida por la eterna mantenencia de roscas y sardinas, si las hubiere.

[*ElPaso}– El himeneo de Marianito

02-09-2006

Carlos M. Padrón.

Los bailes en fechas señaladas —como las patronales, carnavales, etc.— eran muy esperados y concurridos, pero José Mariano, por todos conocido como Marianito, asistía a ellos sólo para mirar desde el borde de la pista cómo sus amigos bailaban y se relacionaban con las muchachas del pueblo, y cómo alguna de esas relaciones maduraba y llegaba al matrimonio después de una “mocedad” (léase noviazgo) oficial, mientras él, hombre por demás trabajador, honesto y tímido, seguía dedicado, año tras año, a las tareas del campo, al cuidado de sus animales… y a fumar su inseparable cachimba (especie de pipa artesanal hecha de madera de brezo).

Sus amigos, sabedores de que Marianito era virgen, que estaba en edad de casarse, pero que, por su gran timidez, no iba jamás a dirigirse a una muchacha para iniciar una relación ni para ninguna otra cosa, decidieron tomar cartas en el asunto.

Comenzaron por hacer mentalmente una lista de las muchachas solteras y sin compromiso —de edad adecuada para Marianito y que, en opinión de ellos, le gustaban a él— y luego le hablaron sutilmente de cada una hasta detectar cuáles eran sus preferidas. Después de identificadas éstas, buscaron consenso sobre una en particular, y la agraciada fue Juana, una muchacha que reunía las condiciones ya mencionadas y, además, tenía características personales bastante parecidas a las que adornaban a Marianito.

El próximo paso fue arreglárselas para que, por “casualidad”, Marianito y Juana coincidieran en varios eventos sociales (recogidas y peladas de almendras, bodas, trillas, etc.) y en forma tal que se vieran obligados a dirigirse la palabra o, cuando menos, dedicarse miradas un tanto sugerentes.

Por supuesto, los amigos de Marianito se encargaron de contarle oportunamente a él que, según serias averiguaciones y comentarios de buena fuente, Juana lo quería, pero, como era de rigor, estaba esperando que él tomara la iniciativa y le propusiera algo más formal. Y, para completar la tarea, le comentaban a Juana que Marianito, cuyas virtudes le ensalzaban, suspiraba por ella y estaba buscando arrestos para atreverse a proponerle una relación formal.

El plan funcionó, tal vez porque las alternativas del uno y de la otra eran escasas o nulas, y después que Marianito se atrevió a plantearle noviazgo a Juana, y de las subsiguientes visitas que le hizo en la casa de sus padres —los domingos y los jueves, con chaperona presente y durante un tiempo prudencial, según exigía el protocolo— fijaron fecha y se casaron.

En aquellos tiempos no se acostumbraba —pues no había ni infraestructura ni facilidades económicas que lo permitieran— pasar la luna de miel en un hotel o en un lugar diferente al pueblo. Los novios se desposaban en el lugar donde iban a vivir, que a veces era una habitación en la casa de los padres de él o de ella. En el caso de Marianito y Juana, el lugar elegido fue la casa, ubicada en un barrio de los altos de El Paso, que Marianito había heredado de sus padres; una de dos plantas que en la baja tenía la lonja, o lugar de despejo, y en la alta el dormitorio y las otras dependencias básicas. El dormitorio contaba con una especie de terraza cuyo borde exterior quedaba justo sobre la entrada de la lonja.

La noche de la boda, la celebración fue también en esa casa, y un poco antes de media noche los invitados se retiraron todos… excepto los amigos “celestinos” de Marianito que se fueron a los bajos de la casa y se escondieron, pegados a la puerta de la lonja, y aguardaron pacientemente.

Como a eso de las dos de la madrugada se oyó el rechinar de una puerta seguido por unos pasos en la terraza que procedían del dormitorio. Los amigos de Marianito, aún bien pegados a la puerta de la lonja para que la luz de la Luna no los hiciera visibles, miraron hacía arriba y, cuando la llama del mechero que Marianito usó para dar fuego a su pipa iluminó completamente la cara de éste, parado al borde de la terraza y dispuesto a “echarse un cachimbazo”, se separaron enseguida de la puerta hasta un punto en que Marianito pudiera verlos, y con un “¡Psst!” en baja voz para que Juana no oyera, llamaron su atención.

Marianito miró hacia abajo, y entonces ellos, igualmente en voz baja, le preguntaron:

—Marianito, Marianito, ¿cómo estuvo eso?

La expresión de Marianito se tornó radiante como la de un niño que encuentra el regalo de Reyes que tanto deseaba, y a voz en cuello, y con tono de alborozada alegría, contestó:

—¡¡Coño, eso es más bueno que el arroz con leche!!

[*Opino}– Un caso de aversión nacional y visceral

Carlos M. Padrón

Pasa el tiempo y mi alergia a términos como “fichero” y “ordenador” no desaparece. Tengo para mí que, sobre todo el segundo, es producto de un antigringuismo a ultranza, reflejo tal vez de un complejo de gentilicio, pues el computador como tal nació en USA, y también la computación.

Antes de la aparición del sistema operativo se usaban máquinas —que en muchos de los países hispanohablantes del otro lado del charco, donde hay unos cuantos millones más que en España, llamábamos “de registro directo”— que ejecutaban un programa por vez y trabajaban en base a tarjetas perforadas. El trabajo de tales máquinas se basaba principalmente en leer el contenido de las tarjetas perforadas, ordenarlo e imprimirlo; de ahí que podría aceptarse que se las llamara ‘ordenadores’, y que, como las tarjetas perforadas se guardaban en grandes gaveteros como si fueran fichas, a un conjunto dado de ellas se les llamara ‘fichero’. Por ejemplo, el fichero de nómina de enero/1956, que contenía las tarjetas perforadas con la información de lo que había que pagar por la nómina correspondiente a ese mes.

Pero con el advenimiento del sistema operativo apareció una máquina que hacía mucho, pero mucho más, que ordenar; que no se alimentaba con fichas —dejando así obsoleto lo de ‘fichero’— y a la que en inglés se le llamó “computer”, término que fue aceptado por las más de las lenguas del mundo excepto por algunas como la francesa y la española. Esto no obstante, el DRAE registra la palabra “computador” o “computadora” además de “ordenador”. ¿Por qué, entonces, usar ordenador?. Es aquí donde creo que aparece el antes mencionado complejo.

Lo paradójico del caso es que en relación con la informática o ciencia de la computación existen términos derivados de ‘computador’ que no hay modo de hacer que deriven de ‘ordenador’, y, por ello, a pesar de que en España insisten en llamar ‘ordenador’ al ‘computador’ (lo cual me resulta insultante para una máquina tan maravillosa como el computador o computadora, y de ahí mi alergia, por decir lo menos) tienen que usar términos como computación o computacional. ¿Qué sentido tiene decir que supercomputación o computacional derivan de ordenador? Vean, como muestra, este pasaje que apareció en no recuerdo qué medio español: ‘Para su estudio, en consecuencia, se emplean potentes sistemas computacionales donde se simulan sus componentes, sus conexiones y sus interacciones,…”. O el artículo que copio más abajo y que extraje del diario español ABC, URL http://www.abc.es/teknologica/index.asp).

Desde el comienzo de la computación, el afán que los español por traducir lo intraducible h sido proverbial y rozado lo rid;iculo, y cuando parecía que comenzaba imponerse en esto un cierto grado de sensatez, este 13/08/2006 acaba de aparecer un artículo, del que más abajo copio un párrafo, en el que aún dicen octeto donde deberían decir, lo que me recuerda que una vez, para referirse al llamdo ‘linkage editor’ decían ‘compaginador de vinculación’ o ‘vinculador de enlace’; etc. Con el tiempo, y sobre todo con la expansión de Internet, no han tenido más remedio que aceptar términos como ‘byte’ (aunque ya veo que vuelven con él a las andadas), ‘online’, ‘phising’, ‘web’, ‘blog’, ‘cookie’ y muchos otros, pero insisten en traducir ‘email’ con el ridículo nombre de ‘emilio’ o ‘emilia’. Huelgan los comentarios.

Lamentablemente para los que así proceden, les guste o no, el idioma de la computación es el inglés, y por más que instalen en su computadora programas que supuestamente están en español, incluido el Windows, siempre aparecerán en pantalla mensajes en inglés, Y además, como la traducción al español de un término en inglés ocupa generalmente mucho más espacio que éste pero ambos aparecen enmarcados en un espacio de igual tamaño calculado para que quepan bien los términos en inglés, hay que arreglárselas para poder leer sus traducciones al español que muchas veces son, además de ininteligibles, risibles.

Por mi parte, seguiré,
— poniendo computador donde digan ordenador.
— poniendo archivo donde digan fichero. Aún no he logrado dos explicaciones iguales y con sentido sobre la diferencia entre ambos términos, pues usan los dos.
— poniendo byte donde diga octeto,… y se trate de computación.

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Un superordenador realiza la más precisa simulación informática de los «agujeros negros»

MADRID. Investigadores de la NASA han alcanzado un nuevo hito en supercomputación con el que ha sido posible reconstruir cómo se comportan y qué apariencia tienen las ondas gravitatorias ….. Otros equipos de investigadores habían intentado ese mismo objetivo, pero fracasaron en su intento. La NASA anunció ayer que, con ayuda de su más potente superordenador, este equipo sí ha logrado con éxito culminar su simulación informática.

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Párrafo de un artículo aparecido el 13 de agosto de 2006 en Yahoo! de España (sospecho que eso de darle a una compañía el nombre de YAHOO!, con exclamación al final, es producto de una deficiencia hormonal) en el que aún, y aunque parezca mentira, se habla de octetos en vez de bytes. ¡Simplemente PATÉTICO!.

13 de agosto de 2006

El primer PC: pesado, lento y terriblemente caro.

SAN FRANCISCO (AFP) – ….. el aparato puesto a la venta el 12 de agosto de 1981 había sido bautizado con un nombre tan poco atractivo como ‘IBM 5150 PC’, llevaba en una pantalla monocromada (NotaCMP.- O sea, monocromática) verde, un procesador Intel de 4,77 megahertzios y una memoria de 16 kilo-octetos)