[*FP}– El “Suspiro guanche”.

Carlos M. Padrón

No sé cómo ni por qué, allá por el año 1970, cuando ya trabajaba yo en IBM, o tal vez antes, se me salió —o me dio por intentar que saliera, y lo logré— una violenta y breve expulsión de aire que produjo un estridente sonido gutural, casi como un alarido.

Cuando una de las asustadas víctimas que tuvo el “honor” de escucharlo me preguntó, después del correspondiente sobresalto, qué diablos había sido aquello, se me ocurrió contestarle —ignoro por qué— que era un “suspiro guanche”, y así quedó bautizado desde entonces ese cuasi “alarido”.

En 1971, y en IBM, trabajé por un par de meses con Juan Llorens —excelente persona, mejor amigo y con un fino sentido del humor— porque él debía traspasarme su territorio de ventas. Por supuesto, como Juan fue una de las víctimas del suspiro guanche —al igual que en algún momento lo habían sido los otros compañeros vendedores y analistas de la Sucursal Finanzas, donde todos trabajábamos—, comenzó a madurar la idea de jugarle con él una mala pasada a Daniela, la respetuosa y modosa secretaria que allí teníamos.

Esa Sucursal Finanzas, que atendía al sector financiero de Banca y Seguros de Caracas, estaba entonces ubicada en la mezzanina de la Torre Capriles, con cara hacia la Torre Phelps, y esa cara era toda una gran vidriera que nos permitía ver, además de la Torre Phelps, la Plaza Venezuela, la Avenida La Salle, etc.

El escritorio, en forma de ‘L’, de Daniela estaba ubicado muy cerca de la vidriera en cuestión y de la entrada de la oficina del gerente de la sucursal. El brazo de la ‘L’ en el que Daniela tenía la máquina de escribir eléctrica era el paralelo a la vidriera; el otro, en el que desarrollaba habitualmente el resto de su trabajo, era perpendicular a ella.

Como Daniela oía que los muchachos hablaban a cada rato del suspiro guanche de Padrón, un día, en su siempre respetuoso tono, aprovechó que fui a pedirle algo y me preguntó si yo podía hacerle escuchar ese suspiro guanche del que tanto se hablaba en la sucursal.

Con toda la mala intención, y siguiendo el juego iniciado por Juan Llorens, le respondí a Daniela que en ese momento no podía yo emitirlo porque era algo que sólo me salía en casos de una profunda emoción, ya fuera causada por tristeza o por alegría, porque el suspiro era como una válvula de escape, como un alivio a la opresión que en mi pecho provocaba esa emoción. Ella aceptó muy bien esta explicación pero repitió su interés en escuchar de mí el ya famoso suspiro,… cuando yo pudiera hacerle el favor.

En esa intriga la mantuve por semanas, hasta que una tarde de viernes en que estábamos todos, vendedores y analistas, en la sucursal, aprovechando que Daniela revisaba absorta lo que había escrito en una hoja que aún permanecía en la máquina de escribir, me levanté de mi puesto en el escritorio que compartía con otros tres vendedores, simulé que me dirigía a la oficina del gerente, y cuando estuve a la altura de Daniela y apenas a un metro escaso de ella, solté a todo trapo el bendito suspiro.

De un sólo salto, como salen los pilotos que se eyectan de su avión en peligro, Daniela se alzó de su silla emitiendo un “¡Ihhhhh!”, pálida y con sus ojos desorbitados, y en el movimiento de alzarse estrujó el papel que había estado revisando y lo arrancó de la máquina. La inestabilidad del repentino salto hizo que cayera de espaldas, y por suerte aterrizó sentada sobre su silla que, al tener patas dotadas de ruedas, salió disparada hacia atrás, pegó muy fuerte contra la vidriera y, por efecto de la inercia, también golpeó allí con un feo ruido seco, la parte trasera de la cabeza de nuestra pobre y aterrada secretaria.

Y entonces, la respetuosa y muy modosa Daniela, lanzándome una mirada de ésas que podrían matar, y con el rostro congestionado por la ira, sin poder controlarse me gritó a todo pulmón:

—¿Eso es un suspiro, coño? ¡Eso es un ladrido!

De inmediato, al reparar en lo que había dicho y en qué tono, y avergonzada también por las carcajadas de todos los presentes, enrojeció, regresó callada a su escritorio y nunca más mencionó el incidente aunque por tiempo le hicieron muchas bromas al respecto.

Yo continué con mi suspiro, y hasta descubrí que donde mejores efectos ha causado es en el interior de los pasillos del Metro de Londres. Tal vez porque están —o al menos lo estaban hace unos 20 años— recubiertos de azulejos, el efecto eco es tan pronunciado que no permite precisar la procedencia de un ruido, y, siendo los ingleses reconocidos amantes de los animales, cuando yo soltaba el suspiro guanche dentro de uno de esos pasillos repletos de gente, quienes iban delante de mí saltaban azorados y miraban al piso pensando que habían pisado a un pobre perro.

Al reparar en que no había perro alguno, miraban entonces a la cara de quienes venían detrás de ellos, pero teniendo yo, como siempre tuve —y como en esos momentos extremaba al máximo—, esa expresión seriota, adusta y hasta de pocos amigos que me es común, a nadie se le ocurriría que aquel ladrido fuera obra de un señor tan serio, así que se quedaban con las ganas de saber su origen.

Durante la estada de este septiembre en Madrid quise probar qué tan bien funcionaba el suspiro guanche en los pasillos del Metro madrileño, pero como Chepina —mujer de risa fácil, es incapaz de mantener una expresión de “yo no fui” como la antes descrita— quedaba en evidencia ante los sorprendidos caminantes, opté por alejarme de ella cuando me disponía a llevar a cabo uno de estos “sutiles” experimentos que me permitieron concluir que en el Metro de Londres retumba mejor el suspiro guanche.

Este pasado agosto, en la última de las tres (pues fueron tres y no sólo una, como se había dicho) celebraciones en conmemoración del 50 aniversario de la Odisea en La Caldera, conmemoración que fue el principal motivo de mi reciente viaje a mi pueblo natal de El Paso, la más que justificada (dada la ocasión) ingesta de vino —no del comercialmente embotellado que conoce el común de los mortales, sino del 100% puro, sin ningún aditivo, cosechado de las vides de algunos de mis amigos— hizo en mí los efectos que suele hacer el alcohol y, entre otras cosas, me dio por emitir a cada rato el suspiro guanche, y en los relatos que acerca de las tales celebraciones hacía luego Lelo, el que me rescató de mi peligro en La Caldera, siempre decía, y continúa diciendo, que para él lo más relevante de las tres celebraciones fue ese “ji-jí” mío—que así lo remeda él— que no lograba entender, no sabía cómo se producía, qué significaba ni qué rol jugó en la tercera celebración.

Le expliqué que se llamaba suspiro guanche, que era conocido internacionalmente, y que a través de los años había yo logrado emitirlo en tres “sabores” diferentes: Percusivo, Extendido u Operático (PEO), términos que no requieren ulterior explicación.

Lelo, ahora más confundido que antes, dijo no entender nada y reiteró su intriga y deseos de llegar algún día al fondo del asunto. Me temo que tal vez esté haciendo prácticas a solas en el baño de su casa a ver si logra reproducir el suspiro guanche.

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