[*FP}– Al maestro con cariño

Carlos M. Padrón

En el artículo “La ‘M’ de Carlos M.” publicado en la Sección “El Paso, mi pueblo, y el terruño” el 25/05/2006, mencioné a Don Santiago García Castro en relación con el examen de ingreso de bachillerato, pero, en realidad, mi mayor trato con él fue luego, durante los años del bachillerato cuando, hasta la reválida de quinto, fui parte del grupo de alumnos a los que él nos daba clases de Letras.

Hurgando en mis archivos encontré esta foto:

Fue tomada un día de mayo de 1954 en el patio interior de la casa, ubicada en Cachete, en la que funcionaba “la academia”, que así se la llamaba en el pueblo.

En la foto estamos, junto a Don Santiago, los que para entonces estudiábamos cuarto curso de bachillerato en esa academia. De izquierda a derecha, de pie, Edita Martín, Violeta Pino, Don Santiago García Castro, Olga Perera y Luz María Hernández. En cuclillas: Gualterio Duque (no era de El Paso), Javier Simón, y yo, Carlos Padrón, con mi corazón “emitiendo la luz de su intensa pasión”,… que fue la broma en torno al brillo que se observa sobre el lado izquierdo de mi pecho, y que nunca se supo de dónde salió, pues no tenía yo ahí ningún objeto metálico ni nada que emitiera ese reflejo y, además, no se usó flash para tomar la foto.

No sabría decir qué edad tenía Don Santiago, pues lo traté casi a diario desde que tuve 10 años y hasta que me fui de El Paso a los 18, y siempre lo vi como una persona mayor, un maestro, y, como tal, él tenía esa condición de padre que se le atribuía entonces a los maestros (tal vez por lo mismo, tampoco podría yo haber calculado bien la edad de mi padre si hubiera tenido que adivinarla). Y porque supo ejercerla lo recuerdo con mucho respeto y cariño. Era un hombre tranquilo, afable, juicioso y con mucha paciencia,… que sólo le vi perder un día, de muy mala forma pero más que justificada.

Cada vez que volví al pueblo, entre 1958 y 1961, buscaba a Don Santiago para saludarlo y hablar con él un rato. De los varios profesores que tuve, es él, sin duda, el que más gratos recuerdos dejó en mí y el que con más cariño recuerdo.

Durante mi estada en Canarias este verano tuve ocasión de reunirme con su hija, Ana Rosa, y de ella recogí, acerca de Don Santiago, información que amerita —al menos eso opino— la reedición de este artículo.

Don Santiago nació el 01-05-1915 en Salorino (Cáceres, Extremadura). Cursó estudios de Filosofía y Letras, y de Derecho. Durante su paso por la milicia fue, en Canarias, superior de Don Pedro, el que luego fuera médico en El Paso.

Una noche, al acompañar a alguien a despedir en el muelle de Santa Cruz de Tenerife a una persona que embarcaba para La Palma, vio subir al barco a una joven de la que quedó prendado en el acto. Su nombre, le dijeron, era Florita, y vivía en El Paso.

Buscando acercarse a ella, vino a La Palma y en 1944 tomó plaza como maestro en Arecida (Tijarafe, La Palma), donde estuvo cuatro años, y, formalizada su relación, Don Santiago y Doña Florita —que con ese nombre se la conocía, aunque el real era Florentina Fernández Pérez—, se casaron el 02-02-1944.

Y en 1948 se hizo cargo de la escuela de Tacande, ya en El Paso (La Palma), donde la pareja fijó su residencia y crió a sus seis hijos, una hembra y cinco varones..

Aunque Don Santiago no era canario por nacimiento, pertenecía al grupo de los que, para la época, llamábamos en Canarias “peninsulares”, lo cual amerita una explicación un poco más detallada.

De entre las islas Canarias, La Palma fue siempre la más americana, pues en ella hicieron escala por siglos los barcos que cubrían la travesía Europa-América y viceversa. Y en ella se establecieron varias empresas europeas (alemanas, holandesas e inglesas, principalmente) propiedad de familias de igual origen que se radicaron en La Palma y allí se quedaron.

No es, por tanto, de extrañar que los palmeros fueran emigrantes natos y que su lugar de destino preferido fuera América. Cuba, Argentina y Colombia fueron países preferidos, en especial Cuba, aunque en realidad se les encontraba por toda América Latina.

Al ocurrir la Gran Depresión —comienzos de los años 30—, ya Cuba no tenía atractivo, y la emigración —que para la época no era sólo de La Palma sino también de otras islas— no tuvo adónde ir. En consecuencia, en 1946 las islas llegaron a tener una densidad de población de las más altas del mundo: 350 habitantes por kilómetro cuadrado.

Pero de pronto el petróleo hizo que Venezuela resultara un país atractivo, y Canarias literalmente se “vació” cuando a comienzos de los años 40 comenzó el creciente flujo migratorio hacia Venezuela.

Esto no obstante, La Palma seguía siendo la isla más americana, hasta el punto de que, desde que yo era niño, recuerdo muy bien que si se oía decir que alguien se había ido para Cuba, Argentina, Venezuela, etc., no se veía en ello nada anormal, pero si se oía que alguien se había ido a Madrid, la gente arrugaba el ceño y exclamaba algo así como “¿A Madrid? ¿a qué?”. Simplemente, nuestro contacto era más con América que con España, y nuestros medios de ayuda económica procedían de América.

Para empeorar la situación y ensanchar más la brecha, ocurría que los mejores puestos de trabajo eran dados a gente que venía de España, al igual que la mayoría de las viviendas de interés social, que estaban preasignadas desde Madrid a alguien que vendría desde allá. Esto no contribuía precisamente a estimular en los canarios un sentimiento patriótico hacia España, y tal vez por eso, y por otros factores anteriores a la época en que comencé a hacer observaciones al respecto, en La Palma —como también en Tenerife y seguramente en otras islas— se hablaba de canarios y de españoles (de ahí mi sorpresa cuando supe por primera vez del manifiesto de Guerra a Muerte de Simón Bolívar, que hace separación entre españoles y canarios), y a estos últimos se les dividía en dos tipos: los godos y los peninsulares.

Godos eran los que, aun cuando llegaban a Canarias a buscar una vida mejor —o sea, que “emigraban” a Canarias, que era puerto libre— se esforzaban en dar la impresión de que habían venido de vacaciones, no paraban de despotricar de todo lo que en Canarias veían (gente, costumbres, lugares, etc.) y de jactarse de las propiedades y el alto nivel de vida que en España habían dejado por “hacernos el favor” de venir a Canarias. Ellos sabían todo de todo, y, en su opinión, los canarios no sabíamos nada y, además de “aplatanados” (indolentes), éramos catetos (brutos). Al hablar solían enfatizar las diferencias de pronunciación entre el castellano y el español como si quisieran restregarnos en la cara el hecho, para ellos cierto, de que no sabíamos hablar bien.

Los peninsulares, en cambio, no tenían y no hacían ostentación de ninguno de esos pecados. Eran gente sencilla, y con voluntad de ser útil, que se integró al lugar y que, generalmente, echó raíces en Canarias, creó allí una familia,…. y allí se quedó.

Don Santiago era un peninsular, y de los buenos. Se integró a El Paso; ayudó a El Paso; se casó con una mujer de El Paso; fue alcalde —y bueno— de El Paso, desde el 19-01-1958 al 21-04-1961; sus hijos nacieron en El Paso; resistió los embates de la tribu de caciques de El Paso —párroco incluido—, sobre todo cuando fue alcalde; y murió en El Paso el 29-08-1992.

Pero seguro estoy de que vive en el recuerdo no sólo de sus familiares y amigos sino de los que tuvimos el honor de ser alumnos de ese excelente maestro, dedicado, paciente y paternal.

2 comentarios sobre “[*FP}– Al maestro con cariño

  1. Muy buena moza Luz María. Está igualita.
    ¡Qué suerte! Viendo estas fotos viejas tengo que comparar
    Albertina

  2. Seguro que está “igualita”. No olvides que toda comparación es odiosa, sobre todos si uno sale beneficiado.

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