[*FP}– La comunidad de los Antuooonios.

Carlos M. Padrón

Creo que allá por finales de los 40 y principios de los 50, la celebración de las fiestas de La Cruz, generalmente el 3 de mayo de cada año, era costumbre en varios barrios de El Paso, una costumbre que está volviendo por sus fueros.

De entre las varias celebraciones alcanzó fama la del barrio de Las Canales, en la que se escenificaban unas loas, especie de pequeños y rústicos autos sacramentales. La más conocida de ellas tenía por tema algo así como las pecadoras andanzas de un cazador, escocés y no creyente, que, con su escopeta, se regodeaba causando crueles destrozos en la fauna de su entorno, y que un día en que vio la luz de la fe cristiana, al encontrarse en su camino con una palma, de tronco un tanto extraño, apuntó a ella su escopeta y diciendo:

Contra el tronco de esa palma
mi último tiro ha de ser,
pues prometo por la Cruz
no matar más por placer.

le disparó al tronco, que se abrió en dos, y de su interior —en el que, si mal no recuerdo, apareció una cruz u otro símbolo del Catolicismo— salieron palomas.

En la loa de marras, ese cazador iba vestido con la típica falda escocesa.

Para escenificar la loa, sobre el gran abrevadero que una vez hubo en el barranco que pasa por ese barrio montaban un escenario, y la explanada del barranco frente al abrevadero servía de platea para el numeroso público.

A fin de evitar aproximaciones inconvenientes, se colocaba una valla que dejara una especie de pasadizo entre el borde frontal del escenario y la “platea” para los espectadores, de suerte que nadie pudiera acercarse mucho al lugar de la escena; era algo así como el foso de la orquesta, usual en los teatros. Y a un lado del escenario habían montando —o al menos así ocurrió el Año ‘A’, en que tuvo lugar el hecho que me ocupa— un tarantín o ventorrillo que expendía pasapalos (tapas) y vino, y que, por el lugar donde estaba, permitía el acceso al mencionado pasadizo.

Cuando iba a dar comienzo la loa, se pidió al público que hiciera silencio. Los que estaban en los tarantines cesaron en su cháchara y se fueron todos a la “platea” excepto un borrachito que, bien por equivocación o bien porque lo hizo adrede, se coló dentro del pasadizo y, de bruces sobre el borde del escenario, se puso a ver la loa,… hacia arriba.

El personaje del cazador, que si bien vestía una falda escocesa no llevaba interiores (calzoncillos), era representado por un tal Antonio, y de pronto, cuando en su accionar sobre el escenario se acercó al borde, justo al punto en que estaba el borrachito que miraba de abajo hacia arriba, éste, con un grito que rompió el solemne silencio, exclamó:

—Antuooonio, ¡tápate el tolete!

La reacción instintiva de Antonio fue encorvarse, llevarse las manos a su entrepierna y apretarse con ellas los genitales, ante lo cual el borrachito, alarmado, exclamó de nuevo:

—¡No te lo toques, que’s pior!

Lo que siguió entre el público, y la suerte que corrió esa representación en particular, lo dejo a la imaginación del lector.

El caso es que, años después, a un grupo de amigos entre los que yo me encontraba, un testigo presencial de este incidente nos lo contó en detalle un día, y lo hizo poniendo énfasis en la entonación que el borrachito le dio al Antonio cuando gritó “Antóooonio, ¡tápate el tolete!” esa famosa noche de la loa, una entonación que sólo puedo representar gráficamente escribiendo “Antóooonio”, con énfasis en la primera ‘o’ cuyo sonido se alarga hasta la sílaba final.

Y a partir de ese día y con el paso del tiempo, los miembros de un grupo de amigos (Wifredo Ramos, Gilberto Cruz, Javier Simón, Luis Herrera y Carlos Padrón, cuyas fotos, todas tomadas este verano, incluyo al final; los nombres al pie de ellas deben aplicarse de izquierda a derecha) nos llamamos entre nosotros “Antóooonio”, pronunciado en la forma en que el borrachito lo hizo. Y así, y sin quererlo, por casi 50 años hemos mantenido vivo el entonces famoso incidente,… y continuamos llamándonos entre nosotros “Antóooonio”, con la debida entonación.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Wifredo Ramos y Gilberto Cruz

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Carlos M. Padrón, Wifredo Ramos y Javier Simón

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Carlos Padrón y Luis Herrera, éste luciendo vestimenta
y lanza, ambos típicos del remoto pasado del pueblo, y
exhibidos en fiestas como la de la Bajada de la Virgen de
El Pino
.

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