[*ElPaso}– Olga y el tenorio

11-11-2006

Carlos M. Padrón

NotaCMP. Al lado Este del charco hay más libertad al hablar, y poco del a veces puritanismo y mojigatería que prevalecen en muchos de los países de Hispanoamérica. En España en general, y ahora mucho más que antes, se impone la claridad y el “al pan pan, y al vino vino”. Por ello, palabras que en Hispanoamérica se toman como groserías, allá son, desde hace tiempo, parte del habla cotidiana de hombres, mujeres y hasta niños. P.ej., cagar, mierda, mear, coño, culo (más con el sentido de grupa, trasero o nalgatorio, que como ano), carajo, polla (pene), follar (hacer el amor), joder (fastidiar o follar), puta, etc.

Se trata de dos extremos: en España tienden a ser en esto excesivamente explícitos, mientras que en gran parte de Hispanoamérica pecan de pacatos y, p.ej., usan mil eufemismos para evitar decir algo tan natural como culo. Canarias está a medio camino entre estos dos extremos, y lo que voy a narrar ocurrió en Canarias

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En los años 50, en El Paso había, que yo recuerde, tres barberías, y cada una tenía un solo sillón, un solo barbero (su dueño), y la afición de éste a hablar de política… internacional, por supuesto, pues la nacional era tema intocable porque estaba en pleno apogeo la dictadura de Franco.

Uno de estos barberos casi me creó un trauma con sus efluvios políticos, pues una vez, mientras para cortarme el pelo me mantenía sentado en su sillón giratorio frente al alto y ancho espejo, no paraba de hablarme sobre la guerra de Corea. Cuanto más me hablaba más se enardecía, a pesar de mi total silencio, y llegó un momento en que elevó sus brazos al techo, con una tijera en una mano y un peine en la otra, y mirándome, con ojos desorbitados, a través del espejo, exclamó a todo pulmón “¡Yo he de verte en la guerra de Corea!”.

Pero no, no me vio en Corea ni me vio más en su barbería, pues a raíz de ese incidente cambié de barbero.

En todas esas barberías había siempre varios hombres, algunos que querían cortarse el pelo o afeitarse la barba, y otros que venían a matar el tiempo dándole a la lengua sobre temas de la mencionada política, del medio agropecuario, de la emigración a Venezuela o, por supuesto, de mujeres.

En una de esas barberías se encontraba un día, entre esta concurrencia, un tal Miguel, famoso por tenorio y por desvergonzado con las mujeres, pues se aprovechaba de que el medio social prohibía que una dama replicara a reclamos o piropos de mal gusto, y esa prohibición las dejaba indefensas ante quienes se los endilgaban.

Como los asientos estaban todos ocupados, algunos que esperábamos turno nos apostamos en la acera, a los lados de la puerta, y uno de los que allí estaban fue el que comunicó a los de dentro que Olga, la bella Olga, venía por la calle en dirección a la barbería, pero por la acera de enfrente (lo cual era lógico porque en la otra acera había hombres apostados).

No me extrañó que el hecho llamara la atención como para ser anunciado, pues Olga —nombre que imagino por cuanto nunca supe el suyo— era, en mi opinión de muchacho de 16 años, una mujer espectacular. Alta, curvilínea, con buenas piernas y abundante de todo, como siempre me gustaron y me gustan. Morena clara, pelo generalmente recogido en la nuca, caminar rítmico, pausado y airoso, y una expresión de serena autosuficiencia que, a sus tal vez 30 años, le daban ciertamente —al menos para mí— un aire distinguido y un toque de misteriosa sensualidad.

Yo la había visto varias veces en festividades o en los paseos dominicales después de la misa mayor, y de ella sólo sabía que vivía en la parte suroeste del pueblo. A pesar de la diferencia de edad, me atraía mucho, y yo admiraba en secreto todos sus atributos físicos. Después de ese día admiraría también su carácter.

Ante el anuncio de su llegada, el tal Miguel se apresuró a salir a la acera, se recostó insolente en el marco de la puerta de la barbería, y cuando Olga estuvo a su altura, pero al otro lado de la calle, le dijo sin más:

—Me atrevería a darte un beso donde más gusto te diera.

No sé los otros, pero yo me quedé frío, pues nunca había presenciado algo igual ni me habían educado para hacerlo o disfrutarlo.

Olga detuvo en seco su marcha como si hubiera tropezado contra una pared invisible. Bajó la cabeza por una fracción de segundo, y volviéndose con pasmosa dignidad hacia Miguel, lo miró fijamente, desafiándolo con la mirada, y con voz alta, firme y clara, para que todos pudieran escucharla, le respondió con palabras que, aunque groseras según las normas sociales vigentes, fueron sólo la expresión de una realidad dicha con claridad y crudeza, pero con una sencillez —yo diría que hasta humildad— que tuvo la virtud de eliminar de ellas cualquier atisbo de grosería y hacer que Miguel quedara humillado ante todos:

—Dáselo a la cabeza de la polla de mi marido que es lo que más gusto me da.

Y, dicho esto, Olga dio media vuelta y siguió su camino como si nada hubiera ocurrido.

En la barbería se hizo un silencio total, roto apenas un segundo después por una rechifla general de burla hacia Miguel que, incapaz de articular palabra o mirar a la cara de nadie, bajó la cabeza y optó por marcharse, olvidando su corte de pelo. Pero los que allí estábamos no olvidamos el merecido escarmiento que le habían dado.

Después de ese incidente, mi admiración por Olga alcanzó las cotas más altas, pues en aquel tiempo y en aquel pueblo sólo una prostituya —y desde luego que Olga no lo era— o una mujer de mucho carácter y entereza osaría enfrentarse así a un hombre, cuando la sociedad en que vivía le decía que una mujer no debía nunca hacer eso, y menos usar el vocabulario que ella usó. Nunca he conocido otra mujer que, como Olga, haya usado expresiones de ese calibre con acento y entonación tales que no suenen groseras o vulgares.

Repito: lo impactante de la respuesta de Olga no estuvo en las palabras que dijo, soeces algunas en significado y contexto, sino en cómo las dijo. Desprovistas de cualquier énfasis que destacara lo grosero, y con la misma autoridad, tranquilidad, sencillez y naturalidad que usaría un médico para recetarle algo a un paciente. En suma, con un toque de dignidad que las despojó de cualquier connotación grosera y le dio a ella tal nivel de superioridad moral sobre su agresor verbal que éste no tuvo mejor opción que retirarse avergonzado.

[*FP}– Un alfiler en África (3/5)

Carlos M. Padrón

A diferencia de la usanza en EEUU y en otros países, en Europa, y también en Marruecos, el precio básico de las habitaciones de hotel es el de doble ocupación; si uno quiere estar solo debe pagar un extra sobre ese precio básico. Y la media pensión que ya mencioné es desayuno y almuerzo, o desayuno y cena, según el huésped prefiera. Ésta era la política que en cuanto a comidas tenía yo que seguir en el Hotel Kenza, que así se llamaba el cuatro estrellas incluido en el paquete que yo había comprado a Dunia Tours en Madrid.

Pero después de haber pasado tres noches en el Kenza quedé convencido de que debo revisar mis conocimientos de astronomía, pues, al menos en materia hotelera, las estrellas africanas no son como las americanas. Y ya les digo por qué.

Aún a la poca luz que a las 11 de la noche, cuando entré en el Kenza, había en los pasillos, tanto en paredes y pisos como en el acabado de cerámicas se notaba lo pésimo de la construcción. Como no había ascensor de servicio, tratar de subir a, o bajar de, las habitaciones en las horas en que estaban limpiándolas era todo un calvario, pues el personal de servicio mantenía ocupados los ascensores supuestamente destinados sólo a los huéspedes.

En las habitaciones no había televisor. En los baños —que, eso sí, tenían regadera de pared en vez de la ridícula, poco funcional y poco higiénica, ducha de “telefonito”, tan frecuente en Europa— no había jabón sino —atornillados a la pared, junto al lavamanos y a la bañera— unos desvencijados expendedores de gel que, después de mucho pelear con ellos, soltaban un brebaje amarillento e inodoro que daba de todo menos espuma. Afortunadamente, la experiencia ha hecho que lleve siempre en mi equipaje un jabón de baño.

Para hablar desde las habitaciones a un teléfono del exterior, hay que llamar antes a la operadora, que está ubicada tras el mostrador de la recepción, esperar que conteste —pues se la pasa haciendo visitas por teléfono— darle el número al que uno quiere hablar, esperar que ella se digne marcarlo, y cruzar los dedos para que las líneas telefónicas externas estén operativas.

Los tabiques en la zona de dormitorios deben ser de cartón o material similar, pues se oye todo sonido, por tenue que sea, que se produzca en las habitaciones contiguas. Y como la cerradura de seguridad interna de la puerta de mi habitación —no sé si también la de las demás habitaciones que, me dijeron, estaban todas ocupadas— no funcionaba, en preservación de mi integridad física opté por recostar contra la puerta una sólida mesa de madera de unos 30 kilos de peso, que encontré en el balcón.

Como desde mis tiempos de estudiante gané fama de hacer brotar el contratiempo, la aventura o el riesgo hasta en la más inocente excursión en la que yo participara, pensé que ya que tenía la fama debía cargar también con el provecho, y que, al fin y al cabo, había llegado bien, aún respiraba, y gozaba de buena salud.

Y con este pensamiento tan edificante, y después de una última revisión a la improvisada y rudimentaria barricada que había construido con la mesa de madera, me fui a la cama y, aunque predispuesto por todo lo ocurrido, por lo extraño del lugar y, sobre todo, por la falta de seguridad en la habitación, me dormí sobre una rara almohada de forma totalmente cuadrangular,… para despertar de un solo salto, que me dejó sentado en la cama y con el corazón en la boca, por obra de unos como lamentos de voz de hombre que por su intensidad parecían provenir del balcón de mi habitación, y por su inflexión parecían el grito de Tarzán cayéndose de un árbol, pero que no eran otra cosa que la voz del almuecín que, a las 5 de la madrugada, aún de noche, y a través de unos potentes altavoces instalados en lo alto de una mezquita que estaba frente a la parte trasera del hotel —la parte a la que daba mi habitación, y justo frente a ésta—, hacía a los fieles musulmanes el llamado a la primera oración del día.

Aunque tengo, y de vieja data, una gran afición a los equipos de sonido, en aquel momento de pesadilla no pude menos que dedicar un pensamiento poco decente a la madre de quien los inventó, y otro a la de quien tuvo la peregrina idea de ponerlos al servicio de los almuecines.

Y terminado el estertóreo llamado a la oración, que tal vez produjo fervor religioso en algunos pero que en mí produjo una tremenda arrechera (cabreo), volví a dormirme hasta las 7 de la mañana.

[*ElPaso}— ‘Las palomas de la Virgen’ conmocionaron a todo el pueblo

07-11-2006

Carlos M. Padrón

Cuando el 08/07/1949 un brazo de lava del volcán Cumbre Vieja, de San Juan, o Nambroque, del que ya hablé en El volcán Cumbre Vieja: trágico pero espectacular, amenazó con llevarse por delante la ermita de Las Manchas —un pago de El Paso—, don Blas Santos, cura de Fuencaliente y que atendía también la parroquia de Las Manchas, hizo la promesa de que si se salvaba la ermita levantaría un monumento a la Virgen de Fátima, de quien era muy devoto. Y la ermita se salvó, pues, antes de llegar a ella, la lava se detuvo y desbordó de costado hacia otros derroteros.

Don Blas cumplió su promesa, y en 1951 se esculpió en granito, en Galicia, una imagen de la Virgen de Fátima que fue donada por Galicia a la ciudad de El Paso, y llegó a Las Manchas en 1952. En 1958 se reanudaron las obras del monumento destinado a esa imagen, y el 24/06/1960 se procedió a su bendición.

Don Salvador Miralles, cura párroco de El Paso, quiso también una imagen de la Virgen de Fátima y, a través del misionero capuchino Padre Generoso de Barcenilla, inició gestiones para conseguir en Portugal una talla que fuera réplica de la imagen original.

Tuvo la suerte de que le asignaran una, inicialmente destinada a Japón, al precio de unas 8.000 pesetas que fueron reunidas con aportes de la feligresía pasense. La imagen, que fue bendecida por el obispo de Leiría-Fátima, entró a España por Tuy (Vigo), estuvo expuesta en el Centro Canario de Madrid, y fue trasladada luego en avión hasta el aeropuerto de Los Rodeos (Tenerife), y después, por barco, hasta Santa Cruz de La Palma, lugar al que llegó el 28/05/1954.

Y con su recorrido por los pueblos palmeros se creó en El Paso una gran expectación que llevó a que la gente hablara de eso día y noche e hiciera planes para recibirla y homenajearla en su previsto recorrido por los barrios del pueblo.

En el barrio de Los Cernícalos (o Cernícalos, a secas, nombre de una variedad de gavilán), en El Paso, y muy cerca de mi casa natal, don Braulio Brito (q.e.p.d.) y su esposa manejaban una venta de comestibles de ésas que la gente “fina” llamaba ”de ultramarinos”, o sea, un abasto, recoba o bodega donde podía adquirirse lo que en una casa se necesitaba para el día a día: aceite, azúcar, sal, papas, arroz, escobas, fósforos, etc.

Don Braulio, además de buena persona, jovial y dado a bromear con todo el mundo, era, sin llegar a ateo —es una suposición mía, pues para entonces estaba yo por cumplir los 15 años— un escéptico confeso en asuntos de religión, tema con el que solía mortificar a las damas, todas religiosas y creyentes, que iban a comprar a su venta. Y como éstas no paraban de hablar de la llegada de la imagen de la Virgen de Fátima, y de los milagros que a esa Virgen se le atribuían —en particular el de las palomas que, según se decía, se posaban mansamente en los pies de la imagen— Don Braulio se cansó y se molestó de escuchar tanta conseja y apostó con las escandalizadas damas a que sus palomas —que pensaba prestar para que fueran soltadas en el descanso que, según los planes de la gente del barrio, iban a hacerle a la Virgen frente a su venta— de seguro no irían a posarse a los pies de la imagen, pues con el estruendo de los «voladores» (cohetes de fuegos artificiales) que en ese descanso se harían explotar, huirían atemorizadas a refugiarse en su palomar, que estaba en la azotea de su casa.

Entre el 11 y el 18/07/1954 tuvieron lugar las diarias procesiones de la imagen de Fátima por cada barrio del pueblo, seguidas de cientos de personas que bajo la dirección del Padre Generoso alternaban los rezos con cánticos alusivos a la Virgen, en particular el de “El trece de mayo / la Virgen María / bajó de los Cielos / a Cova de Iría / Etc.”.

Cada cierto tramo del recorrido que la procesión iba a hacer, la gente del barrio de turno, además de adornos festivos como banderines, etc., montaba uno o más descansos en los que, durante la procesión y por unos momentos, se depositaban las andas sobre las que se transportaba la imagen de la Virgen, y se alternaban los rezos con alguna prédica de parte del Padre Generoso o del párroco del pueblo.

A la procesión por Los Cernícalos asistió más gente que a las previas, pues se había hecho pública la apuesta de Don Braulio acerca de sus palomas y, tal vez por eso, la gente acudió en mayor cantidad ese día.

Efectivamente, Don Braulio había prestado como una media docena de sus palomas que fueron colocadas en una jaula debajo del descanso que los vecinos habían montado, y decorado, exactamente frente al lateral oeste de su venta —adosado por su parte trasera al muro de la casa de doña Hilda Padrón—, lugar que estaba en un punto en el que confluían cuatro caminos y, por tanto, era muy visible. En el tope del descanso habíamos hecho —pues en su montaje trabajamos también los muchachos de la zona— dos huecos ubicados de forma que quedara uno a cada lado de las andas una vez que éstas fueran colocadas en el sitio, y por esos huecos debían salir volando las palomas cuando la persona escondida debajo del descanso les abriera la jaula al finalizar la ceremonia prevista para ese punto y antes de que las andas fueran de nuevo cargadas a hombros y se reanudara la marcha de la procesión.

La imagen llegó al lugar, fue colocada sobre el tope del descanso, hubo rezos y prédicas, y al final se lanzaron voladores y se soltaron las palomas que estaban presas bajo el descanso. Como era de esperar, éstas, seguidas por la mirada atenta de quienes sabían lo de la apuesta, volaron despavoridas hacia su palomar, que estaba en la azotea de la casa de don Braulio, y él estaba en la ventana de la venta. Pero, para asombro de todos, tres de ellas no se fueron al palomar sino que se posaron sobre las almenas del muro de la azotea de la casa, pero del muro más cercano al descanso, y sobre las almenas que se ven en esta foto,

(Foto tomada el 20/08/2006 durante la romería de la Bajada de la Virgen de El Pino, de ahí los adornos, la cámara de TV, y la cantidad de gente. La casa de la Izquierda es la de don Braulio; detrás de las tres ventanas altas estaba su venta. Las palomas se posaron en las almenas que se ven a la izquierda de la cámara de TV. El descanso estaba adosado a la pared externa de la casa de la derecha, justo frente a la tercera ventana, la de la esquina, de la casa de don Braulio).

No tenía mucha lógica que esos animalitos —a los que, cuando uno iba a la venta, no podía acercárseles a menos de tres metros porque eran ariscos y echaban a volar de inmediato—, se hubieran quedado fuera de la protección de su palomar y en un lugar cercano al que explotaban estruendosamente los muchos voladores que se seguían lanzando.

Siguiendo el programa previsto, cuatro hombres cargaron a hombros las andas con la imagen, doblaron a la derecha para continuar la procesión y, en ese preciso momento, cuando apenas habían dado unos pasos, las tres palomas bajaron volando desde las almenas de la azotea de la casa de don Braulio y se posaron sobre las andas, a los pies de la imagen de la Virgen y a escasos centímetros de las cabezas de quienes la cargaban o iban a su lado tocando las andas con una mano.

El silencio que cayó sobre la multitud es, por denso y electrizante, el más impactante que recuerdo. Todos nos quedamos mudos y paralizados, como clavados al lugar en que estábamos. No sé cuántos segundos permanecimos así, pero estaba claro que lo que quiera que nos había paralizado iba en aumento dentro de todos nosotros y explotaría también como los voladores, pero sin resultados previsibles, pues de pronto comenzó como un extraño murmullo que fue tomando cuerpo,… y entonces surgió la salvadora veteranía del Padre Generoso que echando mano del megáfono gritó: “¡Adelante! ¡Esto no es un milagro! ¡He visto muchas veces este fenómeno! ¡Adelante!”. Y comenzó a cantar a todo pulmón: “El trece de mayo / la Virgen María / bajó de los Cielos / a Cova de Iría /…”, acompañándose con ampulosos movimientos de su brazo para forzar a la gente a que lo imitara.

Como a regañadientes la gente fue sumándose al canto y comenzando a caminar, mientras algunos lloraban. Pero los que íbamos delante de la imagen apenas avanzábamos porque todos queríamos mirar hacia atrás para constatar que las palomas estaban vivas, se movían y seguían a los pies de la imagen de la Virgen.

Por el lugar en que yo me encontraba no podía ver a don Braulio, pero quienes sí lo vieron cuando sus palomas se posaron sobre las andas cuentan que palideció, estuvo a punto de desmayarse y enseguida se metió dentro de su casa.

A duras penas se completó el recorrido hasta la iglesia, y allí se dejó la imagen hasta la procesión del día siguiente por otro barrio. Se la colocó en el altar principal, y el cura casi que tuvo que botar a la gente de la iglesia, que estaba repleta a más no poder, porque nadie quería irse. Supongo que esa noche no se habló de otra cosa en el pueblo, y la noticia del incidente se regó como pólvora por toda la Isla.

En la mañana del día siguiente, tres muchachos —yo era uno de los tres— recibimos del cura el encargo de limpiar las andas de la imagen de la Virgen, pues las palomas las habían llenado de excremento. Llegamos a la iglesia, y lo primero que hicimos fue abrir una de las ventanas laterales más próximas al altar pero más alto que éste, muy cerca del techo; la que se ve arriba, a la izquierda, en esta foto,

(La imagen de la Virgen de Fátima estaba en el altar principal, en el mismo lugar donde en esta foto se ve la imagen de la Virgen de El Pino).

Lo hicimos para darle oportunidad a las palomas de irse volando a través de esa ventana. Luego, armados de agua, jabón, trapos y cubos (tobos) nos acercamos a la imagen. Las palomas, como era de esperar, alzaron vuelo. Dos revolotearon por la iglesia y, moviéndose con su inquietud característica, se posaban en reclinatorios; la otra fue a posarse en el alféizar de la ventana que habíamos abierto, y allí se quedó mientras nosotros seguíamos con las tareas de limpieza. Cuando terminamos y nos alejamos del altar, las palomas, incluso la posada en el alféizar, alzaron vuelo, una a la vez, y se posaron de nuevo sobre las andas y a los pies de la imagen de la Virgen.

Un escalofrío me recorrió de arriba a abajo y me invadió un sudor frío porque yo no encontraba, ni he encontrado todavía, explicación racional a semejante fenómeno.

Algunos en el pueblo comenzaron a decir que a las palomas les habían cortado las alas; falso; que estaban sujetas a las andas por un hilo; falso; o que las habían atontado con algo; igualmente falso.

Entre las supuestas explicaciones que a través del tiempo he encontrado, está la de la llamada sugestión colectiva. Se pretende que si muchas personas piensan intensamente en algo al mismo tiempo, ese algo puede ocurrir. Pero si bien podría aceptarse que cuando la imagen de la Virgen salió del descanso frente a la casa de don Braulio había muchas personas —al menos las que sabían de la mencionada apuesta— con la vista clavada en las palomas y deseando intensamente que éstas bajaran y se posaran en las andas, resulta difícil usar ese argumento para explicar que una de las palomas se posara en el alféizar de la ventana de la iglesia, teniendo frente a ella el cielo abierto y, en vez de irse a su casa, decidiera regresar junto a la imagen de la Virgen.

Las próximas procesiones atrajeron verdaderas multitudes, de El Paso y de otros pueblos de la Isla, que querían comprobar por sus propios ojos que las palomas eran de verdad, estaban vivas y seguían a los pies de la imagen y correteando sobre las andas, inmutables ante el estruendo de los voladores o la proximidad de personas, y sin nada que las mantuviera atadas a ese lugar. Nosotros optamos por dejarles comida cuando íbamos a limpiar las andas, y lo ocurrido el primer día de la limpieza se repitió varias veces.

El domingo siguiente al día en que las palomas decidieron dejar mal a su dueño, la asistencia a la misa mayor fue multitudinaria, y muchos nos sorprendimos al comprobar que allí había personas que, hasta donde uno recordaba, no habían pisado la iglesia jamás y, para colmo, algunas de éstas fueron a comulgar.

En una de las procesiones que siguieron, y a la vista de cientos de personas, una de las palomas decidió demostrar que estaba en libertad de decidir: alzó vuelo y se fue. Y lo propio hicieron las otras dos, de una en una, en días posteriores. La tercera y última, cuando la imagen de la Virgen estaba en el descanso que se había hecho en el punto llamado La Cruz Grande, también muy cerca de mi casa natal y en la confluencia de tres caminos. Atando cabos después, llamó la atención que las tres palomas hubieran decidido remontar vuelo precisamente cuando la imagen estaba en un descanso y éste se encontraba en un punto de mucha visibilidad.

Creo recordar que los clientes y vecinos de don Braulio nunca hicieron leña del árbol caído, y que las tres “Palomas de la Virgen”, como se dio en llamarlas, siguieron tan ariscas como siempre habían sido y recibieron especial cuidado hasta que murieron de viejas, teniendo así mejor destino que otras congéneres domésticas que generalmente eran sacrificadas para hacer consomé para algún enfermo o parturienta.

Por mucho tiempo, el caso de “Las palomas de la Virgen” fue tema obligado de conversación, pero nadie, que yo sepa, dio nunca una explicación válida, excepto la de que fue un milagro, opción que, con mucho aplomo y decisión, el Padre Generoso supo contrarrestar en un momento realmente crítico. Cuál fue la explicación que él dio en privado, si es que dio alguna, no lo sé. Sí recuerdo que, terminada su misión, regresó a su tierra dejando en El Paso un inmejorable recuerdo, y un cambio que aún perdura: mi barrio, que hasta entonces se llamó Los Cernícalos, pasó a llamarse Fátima.

La imagen de la Virgen de Fátima tuvo pronto su propio altar, ilustrado en la foto anterior, en el que descansa sobre una peana que imita una encina y que es obra del escultor Wifredo Ramos, hoy cronista oficial de la ciudad de El Paso.

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1. Las fotos las tomé todas este pasado verano, con el propósito de publicarlas como apoyo visual a este artículo.

[*ElPaso}– La lotería casera

02-11-2006

Carlos M. Padrón

Desde que era yo niño y hasta que me fui de El Paso, en 1957, era costumbre que en las noches de algunos domingos y días festivos se reunieran en mi casa varios vecinos para, con los miembros de mi familia (mis padres, hermanas y yo), jugar lotería, juego más conocido en otras latitudes con el nombre de bingo.

El “plante” (apuesta por cada juego) era de media peseta cada dos cartones, y ganaba el primero que completara una fila. Al final, para cerrar la sesión, se jugaba “El toro”, que tenía doble plante —una peseta— y lo ganaba el primero que completara un cartón.

Antes de comenzar había disputas por ciertos cartones que se consideraban tocados por la suerte. Y el “cantor” (el encargado de sacar del talego [bolsa] las fichas numeradas y vocear el número en ellas impreso), cambiaba con cada juego, y se consideraba que ciertos cantores daban más suerte a unos jugadores que a otros.

Lo que no cambió, al menos durante el período que arriba mencioné, fue la forma de cantar los números, ya que muchos de ellos tenían apodo —a veces más de uno— y con el apodo se los cantaba, para deleite de todos cuando algún “extranjero” novato, como una persona de otra isla o país, tenía la desgracia de sentarse a jugar con nosotros.

He aquí la lista de apodos que recuerdo:

1 = El único remedio, el garabato, el endez o el gancho trapero
2 = Un solo patito
3 = La pata de Andrés
4 = La pata del gato
6 = La media docena
7 = Una sola bandera
8 = Carnero mocho
9 = Levántale el rabo a la burra y bebe
11 = Las canillas de Pepe Torres (¿sabe alguien quién era éste?)
12 = La docena
13 = Cara sucia
14 = Caga y tuerce
15 = Niña bonita
16 = La onza de oro (porque cuando la onza se usó como medio de pago equivalía a 16 duros, o sea, 80 pesetas)
19 = Correo pa’Cuba (porque desde el puerto Santa Cruz de La Palma o de Tazacorte salía un barco para Cuba los días 19 de cada mes [1])
21 = Mayoría de edad
22 = Los patitos en el agua
24 = Nochebuena
25 = Vicentico
33 = La edad de Cristo
44 = Cuácara con cuácara
50 = La edad media
55 = Los isleños al trancazo (porque en 1855 llegaron muchos isleños a Cuba)
66 = Las Panchonas (familia de mujeres “de vida alegre” muy conocidas en el pueblo)
69 = Arriba y abajo, o comoquiera que lo mires
77 = Las banderitas de Italia
88 = Los espejuelos de Mahoma
90 = El más viejo, o el abuelo

Según me contaron, después de 1957 se comenzó a jugar esta lotería en uno de los bares del pueblo, y el cantor oficial era Chano, quien puso de moda para el número 30 el apodo de “La leche de un tuno”. Cuál es la relación entre el 30 y la leche de los tunos, no lo sé, pero es el caso que las pocas veces que, de vuelta en el pueblo por vacaciones después de 1957, jugué lotería en casa, ya el 30 era oficialmente “La leche de un tuno”.

Chano —padre de Chanito (el excelente cantante y ejecutante de mandolina), que de ahí le viene a éste su apodo— vivía en Tenerra, cerca de la casa que fuera de mi abuela materna, y era —al igual que un tal Cleofé, que vivía en Tacande— lo que en el pueblo llamaban “latonero”, o sea, que se dedicaba a sellar con soldadura de estaño los huecos que se abrían en los calderos que entonces se usaban para cocinar. Creo que a Chano se le recuerda menos por latonero que por “La leche de un tuno”.

~~~

[1] Se decía que, cuando salían del puerto de Tazacorte, estos barcos se alineaban con la dirección que marcaba el Time, y si la mantenían llegaban directamente a Cuba.

[*FP}– Un alfiler en África (2/5)

Carlos M. Padrón

Debido al retraso con que salimos de Madrid, llegamos tan tarde a Casablanca que el aeropuerto estaba desierto.

La mayoría de los que veníamos de Madrid seguíamos viaje a Marrakech, así que hicimos cola frente al mostrador de tránsito para que nos dieran el boarding pass. Cuando recibí el mío, casi ilegible por lo malo de la impresión, pregunté en inglés a la dama que me lo había dado cuál era la puerta de salida de ese vuelo. Me contestó algo como “deus”, y le pregunté entonces “Gate number two?”, mientras con los dedos le indicaba un 2. Con una amplia sonrisa me contestó “Yes!” y me fui derecho a la puerta 2 donde en ese momento embarcaban un vuelo. Al mostrar mi boarding pass a la dama que estaba recibiéndolos, ésta me dijo “Ten more minutes, please” (= Diez minutos más, por favor) y me senté a esperar en un bar que había enfrente.

Trascurrida casi media hora y faltando menos de otra media para la anunciada salida del vuelo a Marrakech, frente a esa puerta 2 estaba sólo yo a pesar de que, como dije, la mayoría del pasaje del vuelo que nos había traído desde Madrid iba para Marrackeh, así que, sospechando que algo andaba mal, salí al pasillo.

De inmediato, y no sé de dónde, aparecieron dos policías y un empleado del aeropuerto gesticulando y gritando como locos. Se acercaron a mí, me rodearon, me pidieron el boarding pass y, al verlo, los policías se fueron, y el empleado de RAM comenzó a vociferar en árabe y otras extrañas lenguas, pero nunca en español, hasta que en su peregrinación políglota recaló en el inglés y me dijo “12J”, mientras señalaba, medio histérico, un 12J impreso en mi boarding pass. Le dije que ése era mi asiento, y más histérico aún me contestó que en ese vuelo los asientos eran libres, que el 12J era el número de la puerta de abordaje de mi vuelo, y que mejor corría porque éste estaba listo para salir.

Efectivamente, corrí, pero al llegar al punto de control de equipajes de mano, el policía a cargo, después de otro peregrinaje políglota que no hacía escala ni en el español ni en el inglés, logró que yo entendiera su francés y me preguntó que adónde iba, pregunta más que estúpida porque sólo había un vuelo para salir: el que yo, que había llegado corriendo, quería tomar; y por la puerta en que el policía y yo estábamos sólo se abordaba uno: el que iba a Marrakech, que era también el que yo quería tomar.

Cuando, con una forzada sonrisa, le dije que yo iba a Marrackech, y le señalé el avión que estaba en pista a escasos metros de nosotros, me preguntó que a qué iba yo a Marrakech. Dije no entender su pregunta, lo cual era cierto, y entonces fue directamente al punto: ¿era yo turista? Le respondí que sí y, para mi asombro, esbozó una sonrisa abiertamente irónica, emitió el chasquido repetitivo de desaprobación que uno suele emitir cuando ve que alguien está haciendo algo malo, y movió la cabeza en señal de incredulidad.

Bastante molesto con esto, me encogí de hombros con gesto ampuloso para hacerle notar que no entendía a qué venía su actitud, y entonces, con una mirada de tipo listo, me preguntó dónde estaba mi cámara fotográfica. Cuando abrí el bolso de mano y se la mostré, volvió a mover su morisca testa y, obsequiándome una sonrisa compasiva y de resignación, me indicó que pasara adelante. Corrí hasta el avión, cuya puerta se cerró detrás de mí, y apenas me senté comenzó el taxeo por la pista.

El vuelo a Marrakech duró 25 minutos y, a Dios gracias, sin baile ni cante jondo. En el aeropuerto había un representante de Dunia Torus que esperaba a sus clientes para llevarlos a sus respectivos hoteles. A mí me montaron en un taxi conducido por un bereber —vestido con un largo abrigo de pieles, y tan alto que pegaba su cabeza en el techo del vehículo, techo que ya por eso estaba abollado—, y llevando por compañeros a dos muchachos mexicanos que, como yo, venían a partir el año en la tan cacareada Marrakech, también conocida como Jardín de África. El taxista los dejó a ellos primero y luego a mí.

[*FP}– Un alfiler en África (1/5)

Carlos M. Padrón

Introducción.

El nombre de MADGRI, que acompaña al de este blog, nació cuando, viviendo yo en Madrid entre 1993 y 1995, comencé a escribir, y a enviar a gente de IBM de América Latina, reportajes sobre lo que de raro o novedoso veía en España y en otros países de Europa a los que iba por trabajo o placer.

A finales de diciembre de 1994, y para “partir” el año, viajé a Marrakech, y por lo accidentado de este viaje, de regreso a Madrid escribí el consiguiente reportaje, pero, por motivos que ahora no recuerdo, nunca lo envié.

Hace unos días lo encontré entre mis papeles, y aunque tiene ya 11 años —fue escrito en Madrid en los primeros días de enero de 1995, a los pocos de haber regresado yo de ese viaje, lo cual hay que tener en cuenta al leerlo—, he decidido publicarlo aquí para compartir con ustedes, en cinco capítulos, aquella “interesante” experiencia.

Más vale tarde que nunca.

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Un alfiler en África (1/5)

En mi casa en Caracas tengo un mapamundi de pared en el que he ido clavando un alfiler en cada ciudad que he visitado y que aparezca en ese mapa. Hay alfileres en todos los continentes excepto en África, lo cual me había creado un cierto síndrome de coleccionista frustrado.

Dispuesto a remediar esta situación me puse en contacto con las agencias de viajes que ofrecían paquetes (boleto aéreo, hotel de 4 estrellas con media pensión, traslados aeropuerto-hotel-aeropuerto, etc.) muy comunes aquí para viajar a casi a cualquier parte del mundo, y en Dunia Tours conseguí uno para pasar en Marrackeh (se pronuncia marrakesh, y está en Marruecos, al borde suroeste del Sahara) el fin del año 1994 y recibir allí el 1995. La idea me resultó interesante porque a varios IBMistas les había oído hablar muy bien de esa ciudad, e incluso IBM-España había celebrado allá la convención HPC (Hundred Percent Club = Club del 100%) correspondiente al año 1992.

Entre los consejos que me dieron en la agencia estaba que hablara siempre español, porque todos me entenderían y me tratarían muy bien por ese motivo, y que si no encontraba grupo para excursión a algún sitio al que quisiera yo ir, que negociara con un taxi del hotel, que por un precio razonable se pasaría el día a mi servicio, pues hay muchos taxis y no tantos clientes que los contraten por todo un día.

En especial me aconsejaron que por nada dejara de visitar el Zoco, pero que fuera primero en tour y luego solo, pues valía la pena dedicarle mucho tiempo. También me dijeron que, lamentándolo mucho, el paquete incluía, sin posibilidad de eliminación dadas las fecha, una cena de fin de año, en el hotel, que costaría 13.900 pesetas, a pagar en el mismo hotel.

Y entre la folletería que me entregaron, y que incluía un panfleto editado por el organismo estatal que en Marruecos se encarga del turismo, se decía, entre otras, cosas, que en Marrakech se hablaba, en orden de prioridad, árabe, francés, español e inglés; que el cambio al momento era de unas 15 pesetas por dirham (DRM); que se podía cambiar a la misma tasa tanto en los hoteles como en los bancos; que, previa presentación de comprobantes oficiales de esos cambios, se podía, ya en el aeropuerto, cambiar DRM a la moneda original usada para adquirirlos; y que los marroquíes, que eran muy dados al comercio, gustaban mucho de regatear, pero exigían que se respetara el precio convenido de palabra, pues la palabra dada al final del regateo equivalía a un contrato escrito.

A este respecto se ponía como ejemplo que si uno, después de regatear, aceptaba comprar un artículo en 75 DRM, y un instante después volvía la vista hacia el puesto de venta vecino y veía el mismo artículo a 50 DRM, era mucho mejor que pagara sin protestar los 75 DRM convenidos porque, si no, “enfrentaría una reacción nada agradable de parte del vendedor con el que había convenido el precio de 75 DRM”.

Con todo esto en mente me fui al aeropuerto de Barajas en la tarde del viernes 30/12/1994 dispuesto a usar por primera vez los servicios de la línea aérea RAM —siglas que me sobresaltaron un tanto por aquello de RAMbo, pero que son las de Royal Air Morocco—, lo cual me agradó porque sería una nueva línea aérea para mi colección —la número 49—, y porque Iberia, que era la otra opción, estaba en cuasi-huelga.

En huelga, y no cuasi sino total, estaba ese día el transporte público de Madrid, así que opté por pedir taxi por teléfono. Pasaron 15 minutos antes de que llegara, pero muchísimo más tiempo había pasado desde la última vez que su chofer se había bañado, pues el mal olor dentro del taxi era tal que, a pesar de los cero grados en el exterior y del viento helado que iba a pegarme, me acerqué a la ventanilla trasera derecha y la abrí un poco para poder respirar aire no contaminado. Como eso causó bastante ruido, el taxista, visiblemente molesto, miró un par de veces hacia la ventanilla con cara de estar dispuesto, si no a pedirme que la cerrara del todo, sí a preguntarme por qué la había abierto. Y yo tenía preparada ya mi respuesta —no muy agradable, por cierto— para el caso de que el tipo me dijera algo, aunque tenía también ciertos temores acerca de la reacción que mi respuesta causaría. Pero el “aromático” chofer no dijo nada, y así llegamos a Barajas.

Dado como soy a buscar significados a las mal llamadas “coincidencias”, me dije que este apestoso comienzo no presagiaba nada bueno.

El itinerario del vuelo de RAM que yo tenía que abordar era Madrid-Casablanca-Marrakech. La salida para el primer tramo se retrasó casi una hora. Cuando al fin anunciaron el abordaje, entré de los primeros, siguiendo mi costumbre, pero no lograba ubicar mi asiento, el 9C-Pasillo, porque simplemente los asientos no tenían numeración. Un tripulante me indicó por fin cuál era el mío y, haciendo un acto de fe, me senté en ése —después de colocar en buen sitio mi equipaje de mano— y me ajusté el cinturón.

Al rato llegó una dama de rara vestimenta, y después de hablar con otro tripulante —ya que no era adivina— para saber cuál era su asiento, me dirigió algo parecido a una sonrisa y me pidió en inglés que la dejara pasar porque debía sentarse en el 9B, que era el asiento junto al mío. Para no tener que zafarme el cinturón, decidí encogerme cuanto pude y dejarle paso entre mis rodillas y el respaldo del asiento que estaba delante del mío, e inmediatamente me arrepentí de mi decisión y ratifiqué el mal presagio habido en el taxi, porque el olor que brotó de la axila izquierda de aquella dama de rara vestimenta podía noquear a Casius Clay en sus mejores tiempos.

Medianamente recuperado después de varias inhalaciones profundas —con la cara vuelta hacia el pasillo, por supuesto— rogué a la corte celestial que algún piojo alborotado no fuera a picar a la damita en el lado derecho de su cráneo y ésta se viera obligada a levantar el brazo para rascarse. Afortunadamente eso no ocurrió, y durante los 85 minutos que duró el vuelo a Casablanca el ambiente olfativo estuvo medianamente aceptable, pero no así el auditivo, pues en business class, que estaba apenas tres filas delante de mí, iban unos tipos que se pasaron el viaje pegándole al cante jondo, con palmas y todo, y turnándose para efectuar en el pasillo las contorsiones propias del baile flamenco. Eso fue un martirio de 85 minutos porque el tal canto y el tal baile me caen, desde que siendo adolescente los ví y escuché por primera vez, como una mentada de madre acompañada de una patada allí donde más duele.

[*ElPaso}– Acerca de ‘La Danza de Manuel González’ – Aclaratoria

Carlos M. Padrón

He sabido que varias personas han interpretado que en mi artículo La danza de Manuel González, al César lo que del César yo pedía que se cambiara el nombre a esta danza, e implicaba a los integrantes del actual Ayuntamiento de El Paso en la animadversión que la tribu de los caciques mostró hacia Don Pedro Castillo.

Como en mi artículo no quise decir ninguna de estas dos cosas, pero son varias las personas que creen que sí, deduzco que lo más probable es que la falla esté de mi parte porque me expresé mal, así que quiero dejar constancia de que:

1. En mi opinión, el nombre de esa danza debe quedar como está.

Si ocurre que es alusivo a una persona, no importa: con ese nombre la ha conocido el pueblo de El Paso por 60 años, y ése debe seguir siendo el nombre.

Lo que pido es que cuando se hable de ella —en programas de fiestas, anuncios de su representación, etc.— se diga que Don Pedro Castillo fue el autor de la música y la letra.

Esto es lo que quise decir con “Al César lo que es del César”: que se le den a Don Pedro Castillo los créditos que en justicia le corresponden.

2. No creo que el Ayuntamiento actual o los anteriores que existieron después de la desaparición física de los miembros de la mencionada tribu tenga o hayan tenido nada en contra de Don Pedro Castillo.

Por lo menos, y que yo sepa, no han dado muestras de eso. Si en relación con la danza no se menciona ahora a Don Pedro, creo que es por simple inercia de la costumbre —los hombres somos animales de costumbres— mantenida desde los años de la tribu, y de ahí el espíritu de mi artículo: un llamado a que se corrija la injusticia que, en mi opinión, conlleva esa omisión.

[*ElPaso}– Dejado en el tintero: Bajada de la Virgen de El Pino 2006, Día Típico

Carlos M. Padrón

En la mención que en Triple conmeración del 50 aniversario de la Odisea en La Caldera hice de las festividades de la Bajada de la Virgen de El Pino de este pasado verano en El Paso, se me quedó en el tintero este VÍDEO y lo relativo al Día Típico, que tuvo lugar el viernes 01/09/2006, en lo que hoy es el centro del pueblo de El Paso, para mantener vivos los recuerdos e imágenes de nuestras costumbres, y que las vean y gocen las nuevas generaciones junto a miembros, como yo, de generaciones anteriores.

Lo que ese día pude allí disfrutar, más que sólo ver, me avivó los recuerdos de mi niñez y años mozos, como el atuendo de las campesinas,

los rebaños de cabras transitando por el Camino Real o por las laderas vecinas, acompañados por el ocasional sonido del “buzo” (concha marina) que acostumbraban a usar los “cabreros” (pastores de cabras),

el acarreo del trigo (aunque lo normal en mis tiempos no era hacerlo en carreta sino en bestias, montando sobre sus lomos mantas llenas del producto de la siega).

y su trilla, con vacas caminando en círculos en una era como las de aquellos tiempos (en las que los muchachos acostumbrámos a revolcarnos en la paja,y se se nos unía alguna muchacha,… pues uno hacía lo que podía).

Trigo que luego se guardaba, tostaba y molía para obtener gofio que, además de escaldado —mezclado con caldo de potaje, para el almuerzo y la cena de hoy sí y mañana también—, se mezclaba con leche de cabra —leche sin pasteurizar, por supuesto— para el “leche con gofio” del diario desayuno.

Ese día volví a ver ordeñar,

¡y probé “leche con gofio”, pero con leche recién ordeñada, aún espumeante y tibia por el calor de la ubre de la cabra. También Chepina, mi mujer, dio cuenta de un vaso de ese manjar.

Entre el desfile de otras cosas típicas de antaño, tal vez lo que más nos llamó la atención a todos los del grupo de amigos y parientes en el que me encontraba, fue el “carrito de penca”, una versión mejorada, y magistralmente realizada, de los que nos regalaban y enseñaban a construir a los niños de entonces, a falta de recursos para comprarnos un mejor juguete.

Éste de la foto es obra de unos pasenses hoy adultos pero que, de seguro, lidiaron en su niñez, haciendo o jugando, con carritos de penca. La tal penca es la “hoja” de la tunera, la parte ovalada y plana de la que brotan los tunos, o frutos de la tunera, como se ve en esta foto:

No faltaron los dulces típicos, la “matazón” de un cochino, los chicharrones, etc., y, por supuesto, el vino y los amigos. Esta foto, donde, de izquierda a derecha, aparecen Chepina, Loly Jerónimo (esposa de Wifredo Ramos), Wifredo Ramos, y Juan Lorenzo Padrón, prestigioso pintor y miembro del clan Padrón, la guardaré como uno de los recuerdos de ese memorable viernes.