[*ElPaso}– Eficaz alternativa al divorcio

21-03-2011

Carlos M. Padrón

Mientras duró el régimen franquista, el divorcio no existía en España, pero eso no era cura contra las disputas y desavenencias conyugales, ni podía evitar la separación de cuerpos, a la que, a pesar de la condena de la sociedad, llegaban algunas parejas para evitar males mayores.

Esa especie de prisión propició la búsqueda y ejecución de vías de escape —se dice que el deber de todo preso es escaparse—, que ante los críticos ojos de la sociedad del pueblo justificaran al menos la tal separación de cuerpos.

De las «soluciones innovadoras» que al respecto se usaron, sólo recuerdo la ideada y puesta en práctica por el marido de una tal Pepita, un hombre al que llamaré Juan porque, en realidad, ni lo conocí ni sé cómo se llamaba. A Pepita sí la conocí.

Juan, que además de mujeriego se daba a la bebida —tal vez por aquello de «ahogar en alcohol» los problemas que le causaba su matrimonio— solía llegar a su casa tarde y borracho, lo cual enfurecía a Pepita.

Una noche llegó no sólo más borracho que de costumbre, según parecía, sino, además, agresivo, e inició contra Pepita un ataque verbal al que ella replicó también de forma verbalmente agresiva.

Ante esto, Juan enarboló un cuchillo y se fue contra Pepita. Ella, aterrada, saltó de la cama matrimonial —que era alta, como las de entonces— mientras Pepita emitía los gritos a los que ya estaban acostumbrados los vecinos, corría por la habitación, esquivaba a Juan haciendo cabriolas sobre la cama, o pasaba por sobre ella para huir al otro lado.

Enardecido, Juan optó por separar de la pared la cabecera de la cama para poder aumentar las posibilidades de alcanzar a Pepita, quien entonces optó por huir circundando el lecho conyugal para que Juan no la alcanzara.

Cansada ya de las circunvalaciones, a veces en un sentido y a veces en el contrario, dependiendo de cómo atacara Juan, Pepita optó por la única alternativa que le quedaba, y en una ágil maniobra se metió debajo de la cama.

Apenas conseguirlo soltó un grito de un tono e intensidad tales que los vecinos, entendiendo que había ocurrido algo fuera de lo habitual y muy grave, corrieron hacia la casa para ayudar a Pepita.

Al llegar sacaron de la habitación a un Juan que ya no tenía cuchillo, y de debajo de la cama sacaron a una aterrorizada Pepita que al ser preguntada por el motivo de su horripilante grito, sin poder articular palabra señalaba hacia el lugar de donde la habían sacado.

Entendiendo que algo habría allí, uno de los vecinos se inclinó a mirar y encontró la explicación al terror de Pepita: bajo la cama había un féretro, forrado en negro y abierto, como listo para un «inquilino».

¿Cómo fue eso posible?

Juan y Pepita vivían cerca de la carpintería en la que, con madera de pino, se fabricaban los ataúdes usados en el pueblo, de los cuales tenía siempre el carpintero varios listos por cuanto hay muertes repentinas.

De alguna forma Juan se las ingenió para —sin que nadie lo viera, y mucho menos Pepita— sacar de esa carpintería uno de los ataúdes y meterlo bajo la cama.

Luego, con la llegada tarde y fingiendo estar borracho, propició la situación que obligó a Pepita a buscar refugio bajo la cama, donde encontró el «regalo» que allí había dejado Juan para ella.

Por supuesto, la opinión pública y legal fue que se separaran, y así Juan se fue a Tenerife y Pepita quedó en La Palma, llegando a un final como el famoso «Que era lo que se quería demostrar», usado en matemáticas, pero que en este caso fue «Que era lo que Juan quería».

[*ElPaso}– «Espejo de la Vida» / Poesías de Pedro Martín Hdez. y Castillo: En campaña

EN CAMPAÑA

Para el Batallón Cazadores La Palma, número 20.

I

Combatamos, españoles,
con fervor y bizarría,
con valor, con hidalguía,
con civismo hasta morir.

A luchar con decisión
por honra de nuestra España,
y el laurel de la campana
pronto habremos de lucir.

Obedientes, sin temor,
combatamos sin cesar;
pues bravura hay que mostrar
por la patria y el honor.

II

¡Guerra, guerra!, noble infante,
que la España que es tu anhelo,
la defensa de este suelo
entregó a tu abnegación.

¡Guerra, guerra!, noble hispano.
¡A luchar! ¡Iberia os llama!
Luzca enhiesto el oriflama
que es honor de la Nación.

Venceremos al bregar,
como en el tiempo mejor,
y de España el puro amor
nos sabrá recompensar.

[*Opino]– Ciencia para mejorar su vida amorosa

Dudé si poner esto en Humor o en Sociedad, y opté por colocarlo en Opino dada la evidente dualidad de consejos que tienen cierta consistencia, mezclados con otros que suenan a cursilería, por decir lo menos; o sea, que bien podría ser un ejempla de los que califico como «bromenserio».

Carlos M. Padrón

***

13-03-11

Richard Wiseman

En la ciencia, como en el amor, demasiada concentración en la técnica puede llevar a la impotencia, decía el sociólogo Peter L. Berger.

Pero dado que el tema de las relaciones tiene un papel tan prominente en tantas vidas, BBC Focus pescó diez consejos comprobados científicamente para incrementar sus opciones de encontrar, y mantener, el amor de su vida.

Todos provienen del libro del psicólogo Richard Wiseman, «59 segundos. Piensa un poco, cambia mucho».

1. Amor a primera vista

Usted posiblemente cree que ir a un lugar romántico en la primera cita es la mejor opción, pero en realidad sería mejor escoger un lugar que dé miedo.

Las investigaciones muestran que un lugar que asusta produce un incremento en los latidos de corazón, que su pareja atribuirá al hecho de estar con usted, más que a las cosas que le dan miedo, lo que le convencerá de que usted es la persona que estaba buscando.

Por lo tanto deje a un lado las caminatas en el parque y, en su lugar, decídase por las películas de terror o por la montaña rusa.

2. Compartir sentimientos

Revelar información personal lleva rápidamente a tener sentimientos de intimidad, según afirman las investigaciones científicas.

Durante su cita, invite a su potencial pareja a que describa lo que siempre quiso hacer en su vida o cual fue el día más feliz de su existencia.

3. ¿Lujuria o amor?

La persona con la que usted se encuentra, ¿está interesada en su cuerpo o en su cerebro?

Los estudios muestran que si está interesada en usted como persona, inclinará ligeramente su cuerpo cuando estás hablando, cabeceará y sonreirá.

Sin embargo, si se trata sólo de lujuria es más probable que saque la lengua y se chupe los labios.

4. No ponerse de acuerdo para luego ponerse de acuerdo

La mayoría de las personas creen que si una persona asiste con la cabeza mucho es una buena señal, sin embargo las investigaciones muestran que este tipo de persona se siente más atraída hacia aquéllos con los que empiezan teniendo una relación tibia y que va mejorando en el transcurso de la cita.

5. Ponerse de acuerdo en no estar de acuerdo

Más que hablar sobre cosas que les gustan a los dos, trate de iniciar conversaciones sobre cosas que nos les gustan a ninguno.

Las personas se sienten más cerca de aqéellos con los que coinciden en lo que les disgusta más que lo que les gusta.

6. Finja una sonrisa verdadera

Aunque tanto las sonrisas falsas como las verdaderas elevan la comisura de los labios, sólo las auténticas hacen que la zona alrededor de los ojos se arrugue.

7. Déjelo con hambre

Investigaciones recientes muestran que los hombres que están hambrientos califican a una mujer rellenita como más deseable.

Si ese es su caso, vaya a tomarse una copa antes de la cena y no después.

8. Utilice a otros

Las mujeres califican a un hombre de más atractivo si han visto a otra mujer que le sonríe, o si ven a otra mujer que lo está pasando bien con él.

Por tanto, si quiere impresionar a una mujer en un bar o una fiesta, pídale a una de sus amigas que le acompañe, que se ría con ganas de sus bromas, y que después desaparezca silenciosamente.

9. El poder del tacto

Si quiere que alguien le encuentre más atractivo, tóquele ligeramente en la parte superior del brazo cuando le diga algo bonito. Pero recuerde, tiene que ser un toque corto, y limitado a esta zona del cuerpo, a la vez que se realiza un comentario halagador o una petición.

Y si está en una relación, recuerde…

10. Escríbalo todo

Los miembros de la pareja que reservan unos momentos cada semana para plasmar en papel sus pensamientos y sentimientos más profundos acerca de su relación incrementan sus posibilidades de permanecer juntos en un 20%.

Esta «escritura expresiva» resulta en que las parejas utilizan un lenguaje más positivo cuando hablan, lo que lleva a una relación más sana y feliz.

Fuente: BBC Mundo

[*FP}– Una «plácida» noche en Monte Carlo

Carlos M. Padrón

16 de mayo de 1995. El viaje de ese día, desde Madrid a Monte Carlo, comenzó mal, pues al llegar a Niza en el vuelo IB-5456 me dijeron que para ir a Monte Carlo tenía que abordar un helicóptero, aparato que siempre había yo evitado porque vuela muy bajo y se mueve demasiado. Pero siempre hay una primera vez.

Por suerte, la duración del viaje de Niza a Monte Carlo fue de sólo 6 minutos, y los bajones y subidas del helicóptero muy pocos, así que llegamos pronto, y yo sin dolor de cabeza.

En el hotel Loews Monte Carlo, al que entré a las 14:30, me asignaron la habitación 3234. Una vez instalado en ella fui a la reunión de trabajo que me había llevado a esa ciudad, y que se prolongó hasta bastante tarde.

De regreso al hotel luego de la cena inaugural del grupo de gerentes de IBM de diferentes países, cena que terminó muy tarde, deshice mi equipaje, me puse el pijama y me metí en la cama.

Cuando apenas comenzaba a conciliar el sueño me sobresaltó el ruido que en la habitación que estaba encima de la mía hacía el movimiento de un mueble que alguien estaba cambiando de lugar,… a la 01:30 de la madrugada.

Pensé que ese alguien tuvo alguna necesidad que le obligó a proceder así una sola vez, pero los ruidos de sillas que caían al suelo y de muebles, algunos más pesados que otros, siendo arrastrados por sobre el piso continuaron a intervalos como de 5 minutos, impidiéndome dormir.

Ante la necesidad de madrugar para asistir a la reunión de las 08:00 de la mañana, llamé a la recepción y presenté mi queja.

Para mi sorpresa, el empleado que me atendió me dijo que la habitación ubicada encima de la mía estaba desocupada, y que los ruidos, cuyo origen él desconocía, no deberían molestarme más por cuanto en ese hotel se respetaba mucho el descanso de los huéspedes.

No habían pasado 10 minutos de terminaba esta conversación cuando los ruidos volvieron a sonar, una y otra vez, y hasta me pareció que con menor espacio de tiempo entre ellos.

Unos veinte minutos después, cansado ya de aquel extraño concierto llamé de nuevo a la recepción.

Creo que deliberadamente dejaron que el teléfono repicara sin atenderlo, pero insistí y al fin contestó el mismo empleado de la vez anterior, y al recitarle de nuevo mi queja no tuvo mejor ocurrencia que decirme que el hotel estaba lleno y no tenían otra habitación que darme.

Molesto argumenté que eso no era consistente con lo que me había dicho antes, o sea, con que la habitación encima de la mía estaba vacía. Entonces, a falta de mejor explicación el tipo, como queriendo convencerme, me dijo, con cierto toque jocoso, que no eran horas para entrar en paranoia. Ahí exploté y le dije:

—Escúcheme bien, por favor. Soy uno de los gerentes de IBM que asisten a la reunión internacional que tiene aquí nuestra compañía, una que es muy buen cliente de esta cadena de hoteles. Si usted no quiere que mi queja, por su falta de atención y su respuesta ofensiva, vaya a niveles mayores, páseme con el gerente de turno.

Silencio al otro lado de la línea, tal vez porque el tipo estaba revisando mi ficha, y a los pocos segundos me atendió otra persona que se identificó como «manager on duty«. A éste le dije:

—Señor, mi nombre es Carlos M. Padrón y soy gerente de IBM. Durante la última hora he llamado dos veces a su empleado para pedir que me cambien de habitación porque sobre la mía hay unos ruidos que me impiden dormir, pero él no sólo no me ha hecho caso sino que me ha sugerido que lo mío es paranoia, así que le ruego a usted que suba para que compruebe la validez de mi queja y, si no puede hacer que los ruidos cesen, me cambie de habitación. Pero suba pronto porque a las 08:00 de mañana debo estar en una reunión.

El hombre dudó por un segundo y luego dijo,

—Como a esta hora no hay mucho trabajo, voy a subir. Deme unos minutos.

Durante los 6 ó 7 minutos que tardó en llegar, los ruidos se repitieron dos veces más.

Por fin tocaron a la puerta de mi habitación, abrí, vestido con el pijama con que yo estaba desde hacía una hora, y un individuo con cara de francés y acento de ídem se paró en el dintel y después de darme las buenas noches me preguntó en qué podía ayudarme.

—Pase, por favor, y sea usted ahora quien me conceda unos minutos de su tiempo.

Dudó, pero al final entró aunque dejando abierta la puerta.

Le pedí que, por favor, se sentara en la silla del pequeño escritorio que allí había. Mientras, yo fui a sentarme en la cama.

En cuanto me senté y quedé mirando hacia él, el supuesto gerente comenzó a decirme algo, pero apenas abrió su boca el ruido de un pesado mueble que se desplazaba, ahora más rápido que nunca antes, por el piso de la habitación de arriba lo cortó en seco, y no bien el hombre miró hacia el techo, el mueble se estrelló con tal violencia contra la pared justo encima de su cabeza que la vibración hizo temblar hasta la cama en que yo estaba sentado, y casi derriba el pequeño florero que había sobre la mesita junto a la cual se había sentado el francés, que tenía un brazo apoyado en ella.

Como empujado por un resorte se levantó aquel hombre de su asiento sin dejar de mirar hacia el techo, y cuando por fin bajó la vista sus ojos estaban desorbitados y su rostro muy pálido.

Sin decir palabra, a toda prisa se encaminó a la salida, y cuando estaba a punto de cerrar la puerta tras de sí, la entreabrió un poco, metió la cabeza y me dijo:

Monsieur, prepare su equipaje que ya le envío a alguien que lo llevará a otra habitación.

Cerró dando un portazo y se fue.

Encima del pijama me puse pantalón y camisa, recogí los enseres del baño y demás, y al rato llegó un mozo con uno de esos carros altos que usan para transportar maletas, carro que en este caso era totalmente innecesario porque yo tenía sólo un portatrajes.

Cuando el mozo entró en la habitación noté que estaba nervioso, y mientras se dirigía a recoger el portatrajes, que ya listo había puesto yo sobre la cama, de nuevo sonó el bendito mueble que ahora se desplazaba en dirección contraria.

Lejos de alterarse y mirar hacia el techo, como habría sido lo lógico ante algo tan anormal, aquel hombre cogió el portatrajes, lo puso sobre el carro, al darse vuelta bajó la cabeza en un claro gesto de evitar mirarme, y, sin perder la compostura, como si nada hubiera pasado, se mantuvo en silencio y comenzó a empujar su carro fuera de la habitación.

Intrigado ante tal actitud, me planté ante el carro, obligando a que se detuviera, y pregunté:

—¿Quiere usted decirme qué fue eso?

Sin alzar la vista del piso se limitó a contestar:

—Yo no sé nada; a mí no me pregunte.

Respuesta que traduje como «No estoy autorizado a hablar del asunto».

Me hice a un lado. El mozo, empujando el carro con mi portatrajes a bordo, salió de la habitación y me guió hasta la 3055, ubicada en el mismo piso pero a bastante distancia de la de los ruidos.

Al llegar a ella, la abrió y, sin decir palabra ni esperar por propina alguna, puso sobre la cama el portatrajes, me entregó la llave, salió con su carro y cerró la puerta. Y en esa nueva habitación pude dormir esa noche unas tres horas.

En la reunión de la mañana siguiente conté a mis compañeros el incidente. Algunos rieron de buena gana, pero tuve la impresión de que otros creyeron que yo me había de tragos después de la cena de la noche anterior y me había emborrado.

Todas las veces que a partir de esa noche pasé frente a la recepción del hotel, los empleados de turno me miraban raro. Yo no dejaba de preguntarme el origen de los extraños ruidos, el por qué de las explicaciones contradictorias («la habitación de arriba está vacía» vs «el hotel está lleno»), por qué los huéspedes de las habitaciones a ambos lados de la mía no se quejaron (tal vez estaban vacías), y, sobre todo, por qué el supuesto gerente se asustó tanto al escuchar los ruidos y reaccionó como quien cae en cuenta de que está de regreso algo malo que se consideraba desaparecido, o algo de lo que no está permitido hablar a los huéspedes, aunque parece que los empleados del hotel, al menos los de la recepción y uno de los maleteros, sí sabían lo de los ruidos pero tal vez no conocían su origen.

Encima de un apartamento de playa que tuve una vez en Caraballeda (Venezuela) estaba el pent-house del edificio, y una noche tuve que llamar a los de ese pent-house y pedirles que dejaran de rodar las sillas de su terraza porque el ruido que hacían no me dejaba dormir. Me pidieron disculpas y el ruido cesó.

Al día siguiente, cuando todos o varios de ellos bajaron a la piscina, vi que un miembro del grupo era, a todas vistas, retrasado mental, y supuse que tal vez se dedicaba a rodar sillas cuando no podía dormir.

Así que mi conclusión en el caso del hotel Loews Monte Carlo fue que en la habitación encima de la mía había alguien importante que o bien era anormal, o se había emborrachado o drogado, y le dio por botar sillas, rodar muebles y estrellarlos contra las paredes de su habitación. Pero era alguien «intocable» a quien no convenía, o no se podía, llamarle la atención.

Cuando poco antes de las 13:00 del viernes 19-05-1995 fui a hacer el check-out, al llegar frente al mostrador vi que dos mujeres que estaban en una oficina al fondo comenzaron a mirarme y a cuchichear entre ellas.

Al notar mi presencia, el único empleado que al momento había en el mostrador de la recepción y que estaba atendiendo a otro huésped, le dijo a éste algo en francés, lo dejó esperando y vino a atenderme a mí. Me pareció que los del hotel querían que yo me fuera de allí lo antes posible.

Pagué, recogí la factura y me fui sin que nadie me pidiera disculpas ni mencionara más el incidente para el cual sigo sin encontrar una explicación lógica y cabal.

[*ElPaso}– Recuerdos de la década de los ’50s: Teudis

Carlos M. Padrón

Durante muchos años, el molino de gofio más cercano a mi casa natal, en El Paso, estaba en la Cruz Grande y era de Tomás «el sordo», que así lo llamaban.

Fueron muchas las veces que hasta ese molino fui cargando un saco de trigo tostado,… que días después traía de vuelta a casa ya molido y hecho gofio.

Creo que fue a mediados de los ’50s cuando Tomás «el sordo» vendió a un tal Porfirio ese molino y la casa en cuyos predios estaba. Porfirio llegó a El Paso procedente de otro pueblo de La Palma, creo que de Las Breñas.

Uno de los hijos de Porfirio, un muchacho coetáneo mío, era Salvador Teudis, a quien todos conocían por sólo Teudis, y que era el encargado de operar el molino.

Durante mis vacaciones escolares acostumbraba yo a echar mano de mi tablero de ajedrez con sus piezas e irme a la Cruz Grande, y sentados Teudis y yo en lo alto del muro que en la propiedad de José (Pepe) Pino había entonces frente al molino, jugábamos una o dos partidas.

Ese hobby se me terminó porque yo, que había aprendido a jugar ajedrez —o al menos eso creí, y luego enseñé a Teudis lo que yo había aprendido— siguiendo las instrucciones que encontré en la enciclopedia Espasa-Calpe propiedad de don Juan Fernández, el médico del pueblo, un día, apenas salir de una enfermedad de un par de semanas de duración —no recuerdo de qué estuve enfermo—, llevado por mi obsesión de mejorar en el juego me fui a jugar ajedrez con Teudis, y fue tal el esfuerzo que hice que recaí, y de gravedad, en mi dolencia,… y el médico me dijo que no más ajedrez.

Al igual que yo, aunque antes, Teudis emigró a Venezuela, y en agosto de 1963, en uno de mis viajes de trabajo a Maracay —entonces trabajaba yo para Olivetti— fui a visitarlo y me invitó a su boda.

Hasta Maracay nos fuimos, Fernando Pino y yo, en la tarde del 31-08-1963, y con mi cámara fotográfica —la primera que tuve y que había traído yo de Canarias— tomé varias fotos de la boda, dos de las cuales, que adjunto (tengo otras pero casi iguales), me dedicaron luego él y su esposa Mary.

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En esta otra aparece también, con los novios, Fernando Pino.

Fernando Pino (q.e.p.d.), Mary y Teudis (q.e.p.d.)

Lo triste de esto es que vi a Teudis por última vez antes de 1969, y luego sólo hablé con él por teléfono. Su número lo obtuve en uno de los viajes que hice a El Paso a comienzos de los años 2000.

A mi pedido de que me diera su dirección para ir a visitarlo contestó que esperara a que él se mejorara porque estaba muy enfermo y se lo pasaba hospitalizado la mayor parte del tiempo; que él me llamaría.

Nunca me llamó, y por más que yo llamé varias veces más, nadie atendió el teléfono. Meses después, a través de El Paso supe que el amigo Teudis había muerto. También murió ya Fernando. Que en paz descansen ambos.

Amigo de Teudis y mío era también Rodrigo Sosa. Rodrigo y yo, junto a Fernando Pino, Jesús Capote (Suso «el de la Corrala») y otros, fuimos compañeros de rondallas y serenatas. Ellos tocaban —y muy bien— instrumentos de cuerda, y cantaban; yo sólo cantaba.

[*ElPaso}– «Espejo de la Vida» / Poesías de Pedro Martín Hdez. y Castillo: Madre e hijo

MADRE E HIJO (1)

Para el Ilustrísimo señor
don Adolfo Cabrera-Pinto y Pérez.

Es lógica y altruista consecuencia
del amor de un patriota a su peñón,
la actitud de la Palma que en unión,
loor canta con tierna reverencia
al hombre de preclara inteligencia,
al hijo de sensible corazón;
al ilustre, al insigne, al gran varón
que llega hasta los lindes de la Ciencia:
al gran Cabrera-Pinto a quien la Historia
hará inmortal en páginas de gloria.

Admiro su modestia y su talento
y de la Palma aplaudo la actitud.
Mi pena no es ingrata, y con aliento
ha cumplido un deber: ¡¡la gratitud!!

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(1) Soneto publicado en el «Diario de Avisos», de Santa Cruz de La Palma. Está inspirado en el homenaje popular que La Palma tributó a Cabrera-Pinto en 1915.

[*Opino}– El talento de las piernas

03-03-2011

Carlos M. Padrón

Titular en Periodista Digital (España) de hoy, 03/03/2011:

José María Íñigo: «En televisión pueden más unas bonitas piernas sin talento que la experiencia».

Bueno, según lo dicho por el tal Íñigo, parece que las piernas (femeninas, por supuesto) tienen talento. Lo dudo, pero lo que sí tienen, digan lo que digan tanto hombres como mujeres, es importancia capital en la belleza física de una mujer.

Como yo, según ya he declarado aquí, heredé de mi abuelo paterno la debilidad por las piernas de las damas, me fijo en esa parte del cuerpo femenino cada vez que tropiezo con una mujer que no haya visto yo antes. Y si la he visto y tiene piernas bonitas, pues me deleito mirándolas una y otra vez.

Igual hago cuando veo mujeres en el cine o en TV, y así he podido constatar que lo de las piernas bonitas cuenta mucho para los directores de lo que no muestran esos medios, quienes, llegado el caso, son capaces hasta de hacer trampa con tal de convencer al espectador de que alguna mujer que aparece en la película o en la serie de TV, y que generalmente es la protagonista, tiene bellas piernas.

Y cuando no son bellas, estos directores llegan hasta a presentar siempre a su dueña vistiendo pantalones, o, cuando lleva falda, a no dejar que se le vean las piernas.

Éste es el caso de la actriz canadiense Stana Katic, de la serie de TV «Castle» en la que encarna a la detective Kate Beckett.

Stana es una mujer de bello rostro pero tan alta que, por lógica, no debería tener lindas piernas, y por eso la hacen aparecer siempre vistiendo pantalones, y pocas veces dejan ver cuán alta y flaca es.

Sin embargo, como promoción de la serie suelen pasar una escena en la que dejan creer al televidente que una dama a la que se ve, por detrás y de cintura hacia abajo, caminando y luciendo, sobre unos atractivos tacones, unas piernas espectaculares, es Stana.

Lo que se ve es algo como lo de esta foto, aunque con tacones más lindos.

Pero en uno de los capítulos de la tal serie cometieron un desliz,… y a Stana se le vieron las piernas. ¡Qué horror! Son unos palillos de dientes; algo como para no acercarse más a esa serie por si, por error, muestran de nuevo esas peirnas.

Pero, tal vez por miedo a la discriminación, al machismo o a lo que fuere, si bien es frecuente que se exhiban las piernas lindas, y hasta que se hable abiertamente de ellas, acerca de las feas se hace mutis por el foro.

[*ElPaso}– Recuerdos de la década de los ’50s

01-03-2011

Carlos M. Padrón

Foto cortesía de María Celia Padrón Acosta, tomada en la terraza de la casa de Daniel Padrón con motivo del cumpleaños de Carmencita Padrón, el 12-01-1953.

De izquierda a derecha.

Fila trasera: 1, María del Carmen Gabino;  2, Rosa Maria Guélmez;  3, María Victoria (Cuca) Sosa;  4, Beneda Castillo;  5, Dr. D. Juan Fernández;  6, Daniel Padrón;  7, Armenia Sosa;  8, Blanca Sosa;  9, Salvador Miralles;  10, Carmelina Padrón.

Fila del medio: 1, Carmen Delia Sosa;  2, Iluminada Pestana;  3, María Isabel Acosta.

Fila delantera: 1, Violeta Padrón;  2, Blanca Rosa Campos;  3, Nereida Martín;  4, María del Carmen (Carmencita) Padrón .

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  • Rosa María Guélmez. Vivía en Tenerra. Cuando yo era un adolescente, ella era una mujer hecha y derecha, y al verla en esta foto entiendo por qué mi difunto hermano Raúl la nombraba tanto. ¡Qué rostro tan bello! Creo que vive en Canarias.
  • María Victoria Sosa (†). Hermana de Armenia Sosa. Por alguna razón que ignoro, todos en el pueblo la conocían por Cuca Sosa, nombrecito que en Venezuela no resulta muy decente, y que, combinado con «sosa», peor todavía. Murió en El Paso.
  • Beneda Castillo (†). Tía materna mía, o sea, hermana de mi madre; todos en casa la llamábamos «Tía Beneda». Su verdadero nombre era María Benedicta Pérez Martín, pero, al igual que a casi todos en esa familia, en el pueblo la apellidaban Castillo, de ahí lo de Pedro Martín Hernández y Castillo y el que a mi madre la llamaran Victoria Castillo.
  • Dr. D. Juan Fernández (†). Fue por muchos años el único médico de El Paso, y en ejercicio de su profesión me salvó la vida en dos ocasiones: cuando yo tenía 4 meses de edad (neumonía), y cuando tenía 16 (tétanos). Siendo ya bastante mayores ambos, se casó con Tía Beneda, y poco después me salvó de un daño psíquico mayor, según conté en Sadismo y arrogancia campeando en la ignorancia. Confesión 54 años después.
  • Daniel Padrón (†). Propietario de la casa donde fue tomada esta foto, era hermano de mi padre y, por tanto, tío paterno mío. Armenia Sosa () fue su esposa. Ambos murieron en El Paso.
  • Blanca Sosa (†). Esposa de Don Enrique Campos (), quien fuera maestro nacional —el segundo que tuve en mi vida— en la escuela pública para varones de la Cruz Grande, escuela que estuvo en el callejón de entrada a mi casa natal, en los bajos de la casa de D. Domingo Hernández (), padre de Solita y de Luz María. Don Enrique murió en Caracas (Venezuela), y Blanca en Puerto La Cruz (Venezuela) .
  • Salvador Miralles (†). Natural de Valle Guerra (Tenerife), fue por muchos años, según expliqué en un post anterior, el párroco de El Paso. Murió en Santa Cruz de Tenerife.
  • Carmelina Padrón. Hija de Daniel Padrón y Armenia Sosa y, por tanto, prima-hermana mía. Vive en El Paso, en la casa donde fue tomada esta foto.
  • Carmen Delia Sosa. Es hermana de Blanca Sosa. Vive en El Paso, en la casa que fuera de sus padres .
  • Iluminada Pestana (†). Hija de Hilda Padrón (), también pariente mía. Murió en El Paso.
  • María Isabel Acosta. Hija de Antonio Acosta () y de Aurelia Montero (). Creo que vive en Canarias.
  • Violeta Padrón. Hermana menor de Carmelina Padrón y, por tanto, también prima-hermana mía. Vive en El Paso.
  • Blanca Rosa Campos. Hija de Blanca Sosa, como también lo es Mary, viven en Puerto La Cruz (Venezuela).
  • Nereida Martín. Hermana de Antonio (Toto) Martín () quien fuera el esposo de Carmelina Padrón. Nereida fue mi profesora de mecanografía en la academia que tenía donde opera desde hace años el taller mecánico de Jorge Martín Padrón, hijo de Toto Martín y de Carmelina Padrón y, por tanto, sobrino de Nereida.
  • María del Carmen (Carmencita) Padrón. Hija de Pedro Padrón , hermano menor de mi padre y, por tanto, prima-hermana mía. Vive en México.

[*FP}– El rey y yo. Mi «tropiezo» con la realeza

05-01-11

Carlos M. Padrón

Creo que fue en 1960, y tal vez en verano, pero por más que he gugleado no encuentro la fecha exacta. Si sé que fue un día domingo.

Para entonces yo vivía y trabajaba en Santa Cruz de Tenerife y, como tenía novia en La Laguna, todos los domingos subía a buscarla para salir con ella, pero ese domingo llegué a La Laguna bastante antes de la hora en que nos habíamos citado y, para hacer tiempo, me puse a dar vueltas por la ciudad.

A poco de comenzar a bajar por la calle San Agustín, en dirección a la Plaza del Adelantado, noté con extrañeza que frente a un caserón palaciego —que creo que era el llamado Palacio Episcopal, el de la foto— había una pequeña multitud.

Y, a medida que me acercaba al lugar, más me extrañó comprobar que la multitud estaba conformada por sólo mujeres jóvenes que tenían la vista clavada en el balcón del caserón.

Como aquello no me incumbía, pero era un obstáculo que yo debía salvar para continuar mi marcha, tomé la acera de enfrente al caserón, y me pegué bien a la pared con intención de pasar por detrás del grupo de mujeres. Éstas eran tantas que no me resultaba fácil pasar, pues ellas no querían moverse de su sitio.

Poco a poco fui avanzando, caminando de lado, y cuando estaba justo detrás de lo que era el grueso del grupo, todas las mujeres comenzaron a gritar como locas agitando sus brazos hacia el balcón principal del palacete, en el que había aparecido, acompañado de no sé quien, un joven que tampoco supe quién era.

Ante la locura general opté por quedarme quieto y esperar la oportunidad de seguir mi marcha, lo cual no podía hacer mientras aquellas casi histéricas mujeres se negaran a moverse, o dejaran de aprisionarme, como ahora lo hacían, contra la pared.

De pronto, alguien que estaba en la habitación a la que pertenecía el balcón le entregó al joven un ramo de flores que éste levantó como ofreciéndolo a todas las fans del grupo, gesto que bastó para aumentar al máximo la histeria y los decibeles del ya ensordecedor griterío.

Luego, en una elegante y displicente maniobra, el joven lanzó el ramo hacia el grupo de las fans,… pero con tan buena puntería que el bendito ramo vino a dar a mis manos.

No pude atraparlo por completo, sino apenas tocarlo, pues, de inmediato, mil manos amenazantes, provistas de largas uñas, cayeron sobre mí, y en un nanosegundo, y movidas por la desesperación de hacerse con el bendito ramo, lo destrozaron por completo.

En su deseo de, peleando entre ellas, conseguir al menos uno de los pétalos que volaban por los aires hacia el centro de la calle, las mujeres se separaron de la pared, y aproveché la coyuntura para salir corriendo y, con arañazos en mi cara y manos, los lentes (gafas, que entonces usaba yo) torcidos, y manchas en mi camisa, alejarme del lugar de aquel incidente que fue mi primero y único «contacto» con la realeza,… pues el tal joven resultó ser (y esto lo supe después) el entonces príncipe Juan Carlos, hoy Rey de España.

P.D.: Si alguien sabe la fecha exacta de esta visita que el entonces príncipe Juan Carlos hiciera a La Laguna, agradeceré que me la diga.