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29-05-2026
Soledad Morillo Belloso
Cada quien arrima la sardina para su brasa. Esa frase no acusa: describe. La gente no piensa desde la abstracción, sino desde la necesidad, desde la carencia, desde la herida que no termina de cerrar. Uno no mira el país desde un satélite; lo mira desde el bolsillo, desde la cama del hospital, desde la cola del agua, desde la repetición diaria de una angustia que se vuelve maleficio.
Si tienes un familiar preso político, tu idea de justicia se reduce a esa puerta metálica que se abre cuando un poderoso quiere y se cierra cuando le da la gana. Tu visión del país oscila entre la esperanza y la rabia, y ningún discurso compite con el olor a humedad de una celda. Si eres profesor y cobras menos de quince dólares al mes, tu voto no lo decide la teoría, sino la humillación cotidiana: pupitres rotos, tizas que se acaban, alumnos que preguntan cómo sigues ahí. Si eres médico en un hospital público, tu política es un inventario de carencias: guantes, medicamentos, camas, respeto. Si eres empresario, tu brújula moral se altera cada vez que aparece un funcionario con sonrisa de tiburón y mano extendida; tu criterio es la supervivencia: cuánto pagar para que te dejen trabajar.
Y hay más. El pensionado cuya política es la nevera vacía. La madre que opina desde el apagón y la cola. El joven que ve el futuro en un aeropuerto. El transportista que calcula el desgaste del motor y del alma. El agricultor que siembra sabiendo que puede perderlo todo por falta de combustible o por un “control” que le arranca media ganancia. El funcionario público atrapado entre órdenes absurdas y sueldos de burla. El estudiante que estudia sin luz ni agua. El comerciante informal a merced de inspectores que caen como enjambre. El vecino que vive sin agua y forma su opinión cargando tobos. El que vive con miedo detrás de rejas y alarmas. El que perdió un negocio. El que perdió un país.
Cada quien mira desde su propio cristal roto. No es un defecto: es la naturaleza humana. Uno no piensa desde la objetividad, sino desde la herida que supura.
Y precisamente por eso —por esa visión fragmentada— es que los partidos políticos son indispensables. Los verdaderos partidos, no los movimientos electorales que brillan como fuegos artificiales y se apagan sin dejar calor. Un partido serio es la única estructura capaz de ver lo que el ciudadano no puede ver: el bosque completo, la suma de dolores, la arquitectura del mañana y no sólo la urgencia del hoy. Un partido articula intereses que chocan, equilibra necesidades que compiten, convierte rabias individuales en proyecto colectivo. Entiende que gobernar no es apagar incendios, sino evitar que el país viva en eterna combustión.
Venezuela necesita partidos políticos sólidos. No como lujo institucional, sino como urgencia vital. Un país triturado por la arbitrariedad no puede reconstituirse con ocurrencias ni con iluminados de temporada. Necesita organizaciones que piensen, que planifiquen, que sostengan, que formen, que sepan leer el mapa completo y no sólo la esquina donde duele. Me refiero a estructura, no a maquinaria. Un país no se gobierna desde el impulso ni desde el berrinche, sino desde la capacidad de convertir el caos en método y de pensar más allá del día siguiente. Las guerras —si vale el símil— no se ganan en los campos de batalla, sino en las salas estratégicas.
Venezuela necesita partidos que formulen estrategias y planes de acción, no consignas; que entiendan que la política es oficio, no acto de magia. Partidos que diseñen políticas públicas, porque un país no se arregla con frases ingeniosas, sino con programas, presupuestos, diagnósticos y decisiones que buscan resultados, no aplausos. Reconstruir un sistema eléctrico, de salud, educativo o judicial no es voluntad: es técnica, constancia y método.
Necesitamos partidos porque necesitamos futuro. Y el futuro no se improvisa. Se construye con ideas, organización, disciplina, institucionalidad y visión. En política, el método tiene un nombre: partido político.
Al final, todo se reduce a esto: sin partidos políticos no hay mañana. No hay proyecto, no hay arquitectura, no hay país que se piense a sí mismo. Lo que queda es una intemperie donde cada quien sobrevive como puede, arrimando su sardina a una brasa que se apaga. Sin partidos no hay vida cívica, sólo un sálvese quien pueda. Un país sin partidos es un ente sin método, sin memoria, sin rumbo. Es un territorio donde la gente respira, sí, pero no vive: apenas sobrevive. Y un país que sólo sobrevive es un país que se va muriendo de a poco.
Y cierro con una verdad incómoda: se suele escuchar “yo soy decente, por eso no me meto en política”. Pues justamente por eso la política se llenó de impresentables. Los decentes se retiraron al rincón de la neutralidad. Y entretanto, los otros —los sin pudor, sin escrúpulos, sin sentido de lo público— ocuparon los espacios vacíos. La política no tolera el vacío: si los decentes no están, los indecentes se instalan. La decencia que no participa no es virtud: es abandono. Y un país abandonado a los impresentables termina gobernado por ellos, como ya bien sabemos.
Soledadmorillobelloso@gmail.com
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