[El Paso}> Historia de una imagen / Carlos Valentín Lorenzo Hernández

10-06-2026

Carlos Valentín Lorenzo Hernández*

 

Historia de una imagen

Anualmente, cuando la primavera se ha afirmado y el estío se insinúa con radiante sol que vivifica y anima la vida, el arte y el saber hacer de los habitantes de esta tierra de El Paso, que ocupa el centro geográfico de la isla de La Palma, toman forma de alfombras, tapices, pedestales, maceteros, descansos, pasillos y arcos en sus calles principales, en una explosión de colorido para admiración de propios y foráneos que acuden a la cita festiva.

Se trata de las tradicionales fiestas del Sagrado Corazón de Jesús, singular manifestación en la que se conjuga lo artístico y cultural con la sensibilidad espiritual.

Entre los trabajos que se confeccionaron para la festividad del año 1947 se encontraba un hermoso tapiz de unos dos metros de alto, cuya parte superior era una preciosa imagen del Corazón de Jesús, cubierta con flores en forma de nubes.

La curiosa circunstancia que ha motivado a la redacción del presente texto hace referencia al hecho que se puso de manifiesto durante los preparativos para la decoración de las mismas fiestas del siguiente año.

Cuando los operarios procedieron a sacar los tapices amontonados del año anterior para aprovechar las maderas, se encontraron con que los roedores habían dejado tan solo la parte superior del referido tapiz. Los «animalitos» habían respetado únicamente la cara, el corazón y la mano derecha de la figura del Sagrado Corazón de Jesús. Los trabajadores al descubrirlo quedaron sorprendidos, pues aquello tenía el aspecto de algo sobrenatural.

La explicación, la razón natural de lo sucedido, fue que los roedores iban buscando «la poleada o poliada» —pasta adhesiva natural de harina mezclada con agua caliente, que se ha empleado como pegamento, una especie de engrudo— con que se habían pegado las flores. Sin embargo, el cuadro presentaba un aspecto que hacía pensar.

Por ello se le puso en un marco con cristal y un pequeño texto, exponiéndose durante las fiestas del Sagrado Corazón de Jesús del año 1948 en la puerta del antiguo templo de Nuestra Señora de Bonanza.

Gran cantidad de público asistió para presenciarlo, y los comentarios fueron unánimes: «es sorprendente que fueran dibujando los perfiles de la imagen, haciendo desaparecer todo lo demás del cuadro y que únicamente quedara casi intacta la sagrada cabeza y la mano como señalando su corazón».

Se trata de una curiosidad que nos hace pensar y así fue recogida en el periódico El Domingo de la edición del 20 de junio de 1948 (publicación de periodicidad mensual, se autodefinía como «órgano de la Asesoría Eclesiástica de la C.N.S. de Tenerife y de las Hermandades de Trabajadores Cristianos»). En un amplio reportaje titulado: «Por los pueblos, El Paso por el Sagrado Corazón de Jesús», se incluía una fotografía del cuadro y se citaba: «parece que la imagen nos está diciendo he aquí este corazón que tanto ha amado a los hombres… ».

También se afirmaba al respecto de este hecho curioso, en la citada publicación: «la serenidad de su semblante en medio del destrozo nos dice también vuestras iniquidades son como estos roedores que al querer desterrar mi doctrina destrozan al mundo, pero yo sigo siendo la vida, la verdad y el único camino de la paz.

Hoy, 79 años después, esa plácida estampa del Corazón de Jesús se puede seguir contemplando, ya que continúa enmarcada en aquel cuadro y cuelga de una pared en la sacristía de la parroquia matriz de Nuestra Señora de Bonanza.

(*) Carlos Valentín Lorenzo Hernández

Cronista oficial de El Paso

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01-06-2026

Soledad Morillo Belloso

¿Sería mucho pedir?

Pregunto —con esa testaruda ingenuidad del que ya sabe que lo van a ignorar— si sería un atrevimiento pedir que, mientras haya investigaciones abiertas, aquí o en cualquier parte de la bolita del mundo, los “investigados” tengan el gesto heroico de apartarse del festín estatal. Sin cargos, sin contratos, sin firma autorizada, sin acceso al cajón donde casualmente siempre hay algo que repartir. Fuera, en resumen, del bufé libre que llaman administración pública.

Pero claro, pedir eso es casi subversivo: existe la presunción de inocencia, esa toga mágica que convierte a los sospechosos en gestores impecables… al menos mientras dura la función.

Sería, en realidad, un gesto mínimo de higiene. Nada sofisticado: apenas ventilar para que el Estado deje de oler a comida olvidada al sol. Porque lo que tenemos no es un descuido, es un ecosistema. Un país donde los investigados siguen firmando, adjudicando y decidiendo no juega a la ruleta rusa: carga todo el tambor y presume de puntería.

La presunción de inocencia —conviene recordarlo, aunque aquí suene a chiste— está diseñada para proteger al ciudadano del poder, no para blindar al poder cuando el ciudadano sospecha. No es un pase VIP para seguir facturando mientras “todo se aclara”, ni una coartada elegante para quedarse sentado en la caja registradora. Pero claro, en un país donde la institucionalidad es decorativa y la corrupción dejó de escandalizar para convertirse en paisaje, pedir prudencia suena casi excéntrico.

Y no, no es que falten ganas de confiar. Es que la confianza murió de inanición hace tiempo. Falleció después de años de saqueo metódico, de opacidad crónica, de impunidad a jornada completa y de un cinismo tan disciplinado que ya podría institucionalizarse. Expiró después de ver a los mismos nombres reciclarse como envases retornables: cambian la etiqueta, pero el contenido sigue oliendo igual.

Aquí “investigación” suele significar “pongamos esto en pausa mientras baja la indignación y desaparecen algunos papeles incómodos”. Y entretanto, todo continúa: se firma, se reparte, se negocia… se da por sentado que vamos a seguir calándonos las noticias de Zapatero, de Saab y de otros individuos “como si nada”, como si nada tuviera consecuencias y como si la memoria fuera opcional.

Un veto temporal, por si hace falta subrayarlo, no es una tragedia ni un linchamiento. Es cerrar el grifo mientras se ve por qué y por dónde el agua sale negra. Nadie está dictando sentencia: sólo se evita seguir bañándose en lo mismo.

Y si el investigado resulta ser inocente —que también pasa, aunque aquí suene a nota al pie—, que vuelva. Que regrese con discursos, absoluciones, con video glorioso y hasta banda sonora si quiere. Pero mientras tanto, mientras el expediente respira y la duda no es precisamente un invento, lo razonable sería quitarle las llaves del avión.

Porque un Estado conducido por sospechosos no se accidenta: se estrella.

A veces la democracia no necesita tratados ni seminarios: le basta con ese sentido común que aquí cotiza como artículo de lujo. Ese que dice, sin faralaes lingüísticos: si te están investigando, suelta la caja, guarda el bolígrafo y deja de negociar. No es tan complicado. Es, de hecho, casi civilizado.

Pero no: aquí seguimos, como si nada. Como si todo esto fuera normal. O peor: como si fuera inevitable.

No soy abogado. Soy apenas un numerito más en esta contabilidad de ciudadanos exprimidos y magreados por ladrones insaciables, en este saqueo profesionalizado, en esta industria del engaño donde ya ni se molestan en disimular. Algo de derecho tendremos —digo yo, con una fe que ya roza el realismo mágico — a que, al menos por pudor, finjan que no nos están viendo la cara.

soledadmorillobelloso@gmail.com

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