[*Otros}– Canarias, un caso de debilidad estratégica estructural / Julio Trujillo

01 de Junio de 2007

Cataluña y el País Vasco aparecen como los principales riesgos “territoriales” en España-

Y ciertamente lo son desde el punto de vista político, sociológico y de la estrategia de grupos secesionistas de larga historia, determinación clara y violencia terrorista sostenida, pero Canarias presenta un flanco débil desde el punto de vista estratégico sobre el que no se suele reflexionar abiertamente ni en las islas ni en el resto de España, donde, además, el desconocimiento de aquella realidad insular, adornado de tópicos y lugares comunes, funciona como un eficaz mecanismo de adormecimiento de la atención, y tal vez de la alarma, a que nos deberían llevar algunos datos o hechos que a veces pasan de puntillas.

El caso de Canarias no tiene nada que ver con los citados anteriormente, ni siquiera en algunos momentos en que algunos de los elementos de aquellas regiones parecen asomarse al escenario político insular.

Los elementos clave de la debilidad de Canarias han sido siempre exteriores. Aunque más o menos agravados por factores internos en cada momento de la historia.

El alejamiento de territorio geográficamente europeo, su situación en las rutas hacia América y hacia Asia, su mayor importancia estratégica en ausencia o bloqueo del Canal de Suez, su cercanía a la costa africana, su clima, sus bahías y su orografía hicieron siempre del archipiélago una plaza codiciada por quienes aspiraban a controlar esas rutas y comunicaciones marítimas así a como sostener una plataforma de retaguardia frente a los continentes africano y europeo.

Las islas sufrieron ataques constantes, desde el descubrimiento de América hasta el siglo XVIII, por parte de británicos, holandeses y franceses, además de otras expediciones piratas por encargo de unos o de otros; sintieron débiles estímulos independentistas desde el exterior tras el desastre de 1898 en que España perdió sus últimos territorios extra europeos; fueron miradas con lupa por las potencias combatientes en la I Guerra Mundial; utilizadas por los alemanes, y estudiada su ocupación por los británicos, durante la Guerra Civil española y la II Guerra Mundial y, mas tarde, el escasamente renacido nacionalismo radical canario ha sido estimulado desde los años setenta por países del Magreb. Esta dependencia canaria de los factores exteriores es el principal elemento de su realidad existencial.

Pero en toda situación confluyen factores externos e internos, objetivos y subjetivos, y éstos se entrelazan para formar un escenario que, en el caso canario, no deja de ser preocupante en la escena internacional y nacional actual.

Lejanía geográfica, debilidad política

Entre los factores objetivos ya hemos señalado la lejanía del territorio peninsular como un factor de debilidad y preocupación. Este hecho exige, y ha exigido siempre, capacidad del Estado para vigilar y defender las rutas; una estrategia de alerta, disponibilidad y despliegue militar suficiente; una actividad exterior, diplomática y de inteligencia, para alertar de riesgos y prevenir agresiones, y una política socioeconómica que tenga en cuenta la dependencia de las islas respecto a los mercados exteriores y su, también, delicada y debilitada estructura económica exactamente por las mismas razones que lo demás: la dependencia de factores externos a las islas.

No hay que olvidar que actualmente la economía de las islas pivota sobre el turismo en un contexto de limitación de suelo, débiles equilibrios ecológicos, escasez de agua e infraestructuras deficientes. El impacto sobre este tejido de la creciente presencia en las islas de mafias diversas, básicamente —aunque no exclusivamente— del Este de Europa, está en los medios de comunicación.

Pero esta actividad estatal imprescindible ha sido desigual a lo largo de los años y más tendente a reaccionar compulsiva y atolondradamente en momentos de crisis aguda que a poner en marcha mecanismos de prevención y actuación sostenidos en el tiempo. Aunque en los sucesivos planes estratégicos de España figura la consideración como vital del Eje Baleares-Estrecho-Canarias y su vigilancia y su defensa como pilar básico, los recursos puestos a disposición de este eje estratégico no han dejado de disminuir o perder importancia, y la errática política exterior hacia el norte de África y sus potenciales focos de agresión a intereses españoles ha debilitado aquella estrategia de defensa nacional.

Pero hay más. La dispersión del territorio en islas, agrupadas éstas en dos provincias que siempre se han mirado de reojo, con rivalidad y recelo, añade elementos de debilidad. En Canarias, el elemento emocional de apego al territorio es fundamentalmente la isla, y más desde el siglo XIX en que se creó esa instancia administrativa, gobierno real de la Isla, el Cabildo, que gestiona, recauda, distribuye, alienta, protege, subvenciona y genera poder, clientela y, por todo ello, votos.

Aunque esto merezca un estudio detallado, valga decir que las estructuras de poder, los métodos personalistas y los mecanismos clientelares han variado poco desde el franquismo, aunque ahora el sistema de acceso al gobierno insular sea democrático. Y esto no depende en absoluto de opciones políticas sino de quién ostenta el poder.

Hay poca diferencia de métodos entre las islas gobernadas por autoproclamados nacionalistas y las que lo son por socialistas o populares, aunque el nivel de arbitrariedad es mayor cuanto mas pequeña es la isla. Esto conforma un tejido de poder a la venezolana, preñado de favores y contraprestaciones, ayudas o ausencia de ellas, que vacían la legitimidad democrática y crean un caldo de cultivo propenso a la corrupción y, con ella, al ninguneo del Estado y de la legalidad y protección de los ciudadanos.

Un entorno inestable

Y, finalmente, un factor objetivo que es en estos momentos especialmente importante: la inestabilidad geopolítica del entorno africano que ha empezado a influir de manera directa en las islas con la llegada masiva de inmigrantes con sus secuelas de preocupaciones demográficas, laborales y sanitarias, sin que las fuerzas políticas ni las autoridades hayan logrado trasmitir las dosis de seguridad exigidas por la población. Las playas de Senegal y las costas mauritanas se han convertido en plataformas de partida de miles de desesperados hacia Europa. Llegan empujados por la miseria, la intolerancia y la venta de paraísos imaginados para mejor negocio de las mafias. Pero también por el discurso blando, que hace más insistencia en un supuesto humanitarismo que en la defensa de la legalidad, y por unas decisiones administrativas que miran más a la opinión pública a corto plazo que a los problemas que puedan presentarse en el horizonte.

Las recurrentes imágenes de llegada de cayucos y pateras, a veces a playas repletas de turistas europeos con su despliegue de bienestar y alegre relax, son un escarnio permanente para los que llegan, y una señal de alarma y vergüenza para los que viven en las islas. Esto está incubando una lenta, pero perfectamente perceptible desconfianza hacia el otro, hacia el extraño, que a medio plazo puede cristalizar en actitudes políticas muy preocupantes. De hecho, sectores del nacionalismo canario han ido avanzando propuestas, cada vez menos tímidas, de leyes de residencia restrictivas no sólo a la inmigración ilegal sino incluso hacia europeos de la UE y hasta a españoles procedentes de la península. Por increíble que parezca, en la próxima legislatura autonómica vamos a asistir al debate de alguna de estas iniciativas.

Pero la llegada masiva de inmigrantes no es más que una de las expresiones de esa inestabilidad africana. El hecho de que los inmigrantes que ahora llegan masivamente provengan de culturas radicalmente distintas a la de la población insular, con el correspondiente choque de valores, no deja de añadir sensación de inseguridad. Ya en la guerra del Golfo, en los años 90 hubo una situación de amenaza bélica real sobre las islas cuando saltó la sospecha de que el gobierno de Mauritania, entonces aliado de Sadam Hussein, tuviera misiles Scud susceptibles de alcanzar objetivos insulares. Pero ni siquiera ésa es la amenaza principal sino una de sus consecuencias. Es más importante, fundamental de hecho, la creciente influencia del islamismo radical en la zona, en un contexto de conflicto sostenido entre marroquíes, argelinos y saharauis.

Este fenómeno creciente del islamismo va a originar escenarios cada vez mas complicados en el África occidental, con actividad terrorista y acciones internacionales de respuesta de las que España, con Canarias en el centro estratégico en este caso, no va a poder evadirse.

El islamismo radical no hace más que crecer en el África occidental musulmana en una progresión constante que se desplaza en el continente africano desde el Este al oeste y desde el norte hacia el sur. No es casual lo que el profesor Carlos Echeverría llama la creciente visualización militar de Estados Unidos en el Cuerno de África y en el Sahel, a lo que hay que añadir la constitución de un mando militar unificado para África y la elaboración de planes para África noroccidental en concreto. Como tampoco lo es la cada vez mayor implicación militar y política francesa, ya importante de hecho, en sus ex colonias del África Occidental, con una política escasamente eficiente, por otra parte, en Costa de Marfil.

El recientemente elegido Nicolás Sarkozy, en el discurso eufórico de celebración en la misma noche de su victoria en la plaza de la Concorde, ya anunció una ofensiva de política exterior hacia el Mediterráneo. Francia, a pesar de su enorme influencia en el norte de África, ha conocido retrocesos de la misma en Argelia y necesita un espacio propio de protagonismo indubitado en una zona que supone un flanco débil de la seguridad europea.

España, por el contrario, vive en medio de sus contradicciones. Se ha producido un acercamiento a Marruecos a costa de los saharauis, se ha desandado parte del camino recorrido junto a los argelinos en la legislatura anterior, y se ha olvidado prematuramente la deslealtad francesa durante la crisis de Perejil y sus intentos de echarnos fuera del terreno o, al menos, mantenernos fuera del área. Ciertamente, no han faltado, por parte del actual gobierno, los intentos de redefinir las relaciones con Francia respeto al norte de África.

Pero, por parte española, esos intentos no han constituido hasta ahora más que una serie de iniciativas de buenas intenciones que Francia, cuyos intereses nacionales no son nunca perdidos de vista y constituyen la esencia de su acción exterior, ha manejado en su casi exclusivo beneficio. Estas iniciativas, defendidas pomposamente en nombre de la voluntad de “acabar con la tradicional confrontación que franceses y españoles han mantenido durante buena parte del siglo XX en el norte de África, desde los tiempos de sus respectivas experiencias coloniales”, no han puesto en marcha ni un solo instrumento, ni una sola idea, ni un solo proyecto.

Y éste, el norte y el occidente de África, donde crece a ojos vistas el islamismo radical y las actividades terroristas asociadas al mismo es, posiblemente, el temido escenario de inestabilidad y terrorismo de las próximas décadas.

Discurso oportunista frente a discurso nacional

Junto a todo esto hay una serie de factores que podríamos llamar subjetivos, internos, algunos de los cuales han sido señalados de pasada.

En primer lugar, y como producto del debate nacional y la errática política del gobierno socialista respecto s los nacionalismos identitarios y la estructura misma del Estado, en Canarias se ha agudizado la debilitación de la visualización del Estado en las islas, apenas sustituido por una administración autonómica con un discurso victimista, oportunista y siempre orientado a conseguir de la debilidad central ventajas políticas y presupuestarias.

Esto trae, como consecuencia directa, un elemento emocional contradictorio: la percepción de una mayor inseguridad combinada con la sensación, alimentada por las fuerzas políticas, de que “en el fondo, no pasa nada grave”.

En segundo lugar, unas fuerzas políticas que no alertan sobre esa debilidad de la presencia estatal sino que, por el contrario, hacen de ella su palanca de poder. Contrariamente a lo que pasa en otros lugares de España, y de lo que proclama con más intensidad que rigor la propaganda gubernamental y de la izquierda en general, en Canarias se da una curiosa paradoja histórico-sociológica: los herederos familiares, sociológicos y administrativos del franquismo son los ahora llamados nacionalistas que, desde la UCD y a través de las agrupaciones insulares, han confluido con ex comunistas y otras tribus políticas en Coalición Canaria.

Y esta formación, que de una u otra forma está en todos los poderes del archipiélago desde su fundación, es el principal ejemplo de relativismo ideológico y de debilidad de ideas frente a los grandes problemas, aunque ciertamente ha desplegado gestiones municipales brillantes que son bien apreciadas por la población y consolidan su base electoral. Aún está en la memoria visual de los canarios la ridícula figura de un diputado nacionalista, Luis Mardones Sevilla, ex gobernador civil en Tenerife, asistente habitual a reuniones de la OTAN, y supuesto experto en Defensa, celebrando el voto negativo a la integración de España en la Alianza Atlántica, mayoritario en las islas, en el referéndum auspiciado por la irresponsabilidad política de Felipe González cuando intentaba enmendar con apoyo popular su demagógica campaña electoral anti-OTAN que le llevó al poder en 1982.

El Sáhara, y los recursos energéticos, al fondo

Unas líneas, necesarias, sobre el conflicto marroquí-saharaui que tanta importancia ha tenido en las islas y puede tener más aún, y el cambio de algunas posturas políticas tradicionales que pueden añadir elementos de confusión y alarma a la sociedad canaria.

Tras la retirada, vergonzante, precipitada, poco meditada y acobardada de España del territorio del Sáhara Occidental, la izquierda en Canarias convirtió la bandera saharaui y del Frente Polisario en bandera propia, con bastante éxito en la población canaria, donde los reflejos históricos anti marroquíes son perfectamente perceptibles. Y eso ocurrió a pesar de que, en el conflicto entre saharauis y marroquíes, los ataques sufridos por pesqueros canarios en su caladero tradicional fueron mas frecuentemente protagonizados por los independentistas saharauis.

Sólo algunas voces aisladas entre los socialistas —Jerónimo Saavedra, por ejemplo— se atrevieron a señalar entonces que quizá era más conveniente a los intereses españoles un acercamiento a Marruecos que a la mano argelina de los saharauis. Pero entonces Argelia era del bloque “socialista” aliado de la URSS y esa postura tenía poco porvenir en la izquierda y en un exótico y mas publicitado que real independentismo canario que llegó a postular la extraordinaria idea de una futura confederación canario-saharaui.

En esa misma idea de estrechar lazos con los saharauis, pero desde posiciones no ideológicas sino estratégicas y pragmáticas, estaban algunos políticos y especialistas en asuntos militares que estimaban que ante la persistente reclamación marroquí de Ceuta y Melilla y sus viejos diferendos con España, tener relaciones con el levantisco flanco sur marroquí no era una idea despreciable.

Décadas después, muchas cosas han cambiado. El PSOE parece haber sacrificado al Polisario a su alianza con Marruecos, y la URSS no existe; Argelia, sometida al acoso del terrorismo islamista, es socio comercial de España; y las relaciones con Marruecos, ahora bajo peligro islamista, han variado algo pero poco. Dicho de paso, cierto independentismo canario, siempre virtual y exótico aunque potencialmente agresivo, ha variado curiosamente de posición, y ahora es promarroquí; un dato inquietante si eso responde a apoyos de algún tipo del sombrío entramado de poder del reino marroquí.

A la luz de estos datos tal vez sea oportuno reconsiderar un acercamiento al movimiento saharaui, igualmente agitado entre una tendencia al compromiso con Marruecos, una cierta influencia islamista y el padrinazgo de un gobierno argelino en situación de debilidad. Y a eso hay que añadir la existencia de posibles recursos petrolíferos en el mar de Canarias, en la línea de demarcación de la soberanía entre España y Marruecos. No se conoce la importancia real de los mismos pero hay que sumar ese dato al dossier donde ya están el gas argelino y los recursos por explorar en el Sahara y en la misma Mauritania.

Una de las claves de la importancia del Sahara Occidental para el gobierno del rey Mohamed VI radica precisamente en el control de tales recursos naturales. Esto se vuelve aún mas importante para una economía frágil e incontrolable debido a la intensa migración hacia España, causada por la pobreza y la falta de empleo en el país, y al crecimiento de los movimientos que tienen el islamismo político como bandera y que se aprovechan de la falta de estabilidad política y la permanente distribución desigual de la riqueza económica.

Y en eso estamos. En este complicado escenario, mientras las potencias occidentales reflexionan, elaboran planes y adelantan peones —no siempre coordinadamente, y a veces en competencia entre Francia y Estados Unidos, para un escenario africano occidental que se adivina especialmente complicado en los próximos años—, España parece estar ausente de esa reflexión en la que, de una manera u otra, Canarias va a estar en el centro de gravedad.

GEES