[*ElPaso}– Las dos emigraciones / Antonio Pino Pérez

Cabaiguán (Cuba), Abril de 1930

Antonio Pino Pérez
(Artículo publicado en “Tierra canaria”, La Habana, Cuba).

Todos salen de la tierra por la puerta anchurosa de los puertos; todos se van. He asistido a la gran partida de los canarios, con el alma expectante y el corazón dolido, y sentí la tristeza esperanzada de las despedidas y el fervor confiado de los que se iban y la tortura angustiosa de los que se quedaban.

Estuve paseándome por los muelles abarrotados de mercancías que se iban también, y me atormentaban los lamentos de las sirenas, la gritería de los pitos, el ronco fragor de los mares y las estridencias de las grúas. Estuve paseándome por los muelles y los he visto marchar incesantemente. Aquel barco gigantesco, de estupendo avanzar, que hace viajes trasatlánticos, es el que servirá de casa ambulante a nuestros campesinos. Hacinados, maltrechos, mal vestidos y pobres, en la última clase de ese barco van a buscarse “el pan nuestro de cada día” hasta lejanas tierras.

En aquel otro barco que sirve de correo entre Canarias y España, se alejan temporalmente nuestras juventudes sedientas de saber. Los primeros van a metalizar sus esfuerzos, van a cambiar en billetes de barco lo mejor de sus vidas. Los segundos van a pagar su dinero —el dinero de sus padres que, de seguro, fueron o son emigrantes— por el lastre cerebral de una proporción de conocimientos científicos acreditados por un título universitario. Los unos se van campesinos, viven lejos como campesinos, y cuando regresan —¡si regresan!— siguen siendo campesinos, ¡campesinos siempre! Los otros se van optimistas y seguros, y retornan médicos, abogados, ingenieros, etc.

Cualquiera que haya estado en las Islas ha contemplado desde siempre esta doble partida, y ha podido distinguirlos cuando se van y reconocerlos aún cuando retornan. ¡Que no se confunden fácilmente los unos con los otros!

Se podría hablar mucho,… mucho acerca de los unos y, sobre todo, de los otros, pero aquí sólo habremos de referirnos a los sentimientos patrióticos de todos.

Los intelectuales canarios educados en la Península, queridos y respetados en España, aman a la Patria grande; se interesan por la política española, reciben sus grandes diarios, están al corriente de todos sus progresos,… Son españoles. Allí donde robustecieron sus ideales y aprendieron a pensar más hondo, donde hicieron sus carreras y vivieron los años más risueños de sus existencias, allí donde quedó sepultada su ignorancia y de donde guardan el recuerdo agradecido de lo que aprendieron, allí está su verdadera Patria. Ellos sienten así. Nosotros no podemos menos de reconocer estos hechos, que se nos antojan tristes. Y, a pesar de todo, nos llena de orgullo que haya en España un canario ministro, otro canario catedrático, o juez, alguno militar o maestro, etc. Esto demuestra que Canarias tiene intelectuales bastantes para competir en proporción con España; esto dice que ya España no invade intelectualmente a Canarias. Las Canarias son dos provincias españolas, y los canarios no sólo son queridos en España sino que también se les admira. De ello podemos estar seguros. Ésta es la primera de nuestras dos grandes emigraciones: emigración triunfal y promesa esplendorosa de la patria chica.

La otra emigración es la de los hombres oscuros y desconocidos. Es la emigración viril de nuestros honrados y sufridos campesinos que, arrostrando las dificultades crueles del anónimo, se han paseado riendo por el mundo. Sin dinero para gozar el privilegio de los turistas, y sin cultura para defenderse, se marchan con valor decidido hacia lo ignorado, y de esta turba desamparada que para vencer sólo ha contado con la confianza que tuvo en sus propias fuerzas, han salido no pocos intelectuales, y bastantes investigadores científicos, que se igualan a los que partieron hacia España, impelidos y dignificados por el dinero de sus progenitores.

Los pobres campesinos de Canarias no tuvieron dinero bastante para mandar a sus hijos a la Península, y cuando éstos se sintieron hombres y comprendieron que no tenían ni tierra en qué rendir su tributo al trabajo, avizoraron un más allá que el horizonte les cerraba, y se abalanzaron a él, contribuyendo con eficacia a terminar la obra de Colón, conquistando los campos vírgenes y bravíos del Nuevo Mundo, para su redención profunda por el trabajo.

La patria grande de estos hombres no puede ser España. Ellos no han asimilado la grandeza ideal de Don Quijote, ni se han identificado con Sancho Panza. Que no les hablen de caballeros andantes, ni de hidalguías, ni noblezas hereditarias, ni tradiciones. Habladles de la tierra enjuta y seria que fecundan con sus esfuerzos. Cantadles el poema rudo de sus sementeras, y enseñadles que, más allá de los surcos que ellos escriben con el arado sobre la faz inmutable de los campos, otros labradores más terribles abrirán surcos más profundos y más tristes todavía, para enterrarlos a ellos mismos como simiente.

Alentadlos para que persistan en la redención paciente de sus labores, pero no les habléis de Numancia y San Martín, ni de sus majestades Atila, Don Rodrigo, Felipe II, Fernando VI, ni de toros y gitanos, ni de cristianos y moros, porque perderíais el tiempo. España, para ellos, es como una ilusión que se desvanece, o como un sueño más o menos bello, que vivieron o vivirán un día. En cambio, para no pocos de nuestros intelectuales, España es una realidad más querida que aún por los mismos españoles. ¡Esta amarga verdad la llevamos clavada en el alma desde hace tiempo!

Los intelectuales canarios españolizados y amantes entusiastas de la cultura española, nos orientan hacia adelante en la ruta preclara del saber, pero, si por ellos fuera, perderíamos las valiosas virtudes que recibimos como herencia de nuestros antepasados, convirtiendo nuestro pueblo a un semi-españolismo detestable. Vendríamos a ser, después de adulterados, mitad indígenas y mitad postizos. Meditad si debemos permitirlo los que soñamos con el porvenir del Archipiélago.

Por el contrario, nuestros campesinos agrandan y abrillantan todo lo que típicamente es nuestro, y gracias a ellos seguimos siendo canarios. Se nos reconocerá en todas partes como tales, porque a ellos les debemos ser inconfundibles. Que los intelectuales canarios hayan olvidado el terruño, bien limitado por el mar, ¡es triste!. Que lo sigan olvidando, ¡es doloroso! Pero no perdamos las esperanzas. Estos hombre que se curvan, como interrogaciones mudas sobre la tierra, abrigan en lo más profundo de sus almas los designios secretos de nuestro pueblo. Es preciso conservar las características diferenciales de las Islas, y es necesario avanzar al Progreso por una senda nuestra, genuinamente nuestra, que ningún compatriota nos ha bosquejado. Nos hace falta quien nos oriente hacia el futuro, y existe un número de intelectuales y pseudointelectuales que actúan como detractores de esta obra nuestra, que debiera ser la suya. Nos quieren someter a una hegemonía cerebral que no podremos reconocer nunca, y someternos a una dependencia cultural que no queremos permitir.

Queremos, sobre todo, y ante todo, lo nuestro, y levantaremos, sobre los potentes sillares de lo propio, la individualidad exótica de nuestras actividades.

NotaCMP.- Los resaltes en negrilla los puse yo como una forma de de expresar mi acuerdo con lo que dicen las frases así destacadas. Un acuerdo que, hasa donde sé, comparten todas las generaciones de canarios «de la otra emigración» desde 1492 hasta al menos la mía.

[Otros}– Las dos emigraciones / Antonio Pino Pérez

Cabaiguán (Cuba), Abril de 1930

Antonio Pino Pérez
(Artículo publicado en “Tierra canaria”, La Habana, Cuba).

Todos salen de la tierra por la puerta anchurosa de los puertos; todos se van. He asistido a la gran partida de los canarios, con el alma expectante y el corazón dolido, y sentí la tristeza esperanzada de las despedidas y el fervor confiado de los que se iban y la tortura angustiosa de los que se quedaban.

Estuve paseándome por los muelles abarrotados de mercancías que se iban también, y me atormentaban los lamentos de las sirenas, la gritería de los pitos, el ronco fragor de los mares y las estridencias de las grúas. Estuve paseándome por los muelles y los he visto marchar incesantemente. Aquel barco gigantesco, de estupendo avanzar, que hace viajes trasatlánticos, es el que servirá de casa ambulante a nuestros campesinos. Hacinados, maltrechos, mal vestidos y pobres, en la última clase de ese barco van a buscarse “el pan nuestro de cada día” hasta lejanas tierras.

En aquel otro barco que sirve de correo entre Canarias y España, se alejan temporalmente nuestras juventudes sedientas de saber. Los primeros van a metalizar sus esfuerzos, van a cambiar en billetes de barco lo mejor de sus vidas. Los segundos van a pagar su dinero —el dinero de sus padres que, de seguro, fueron o son emigrantes— por el lastre cerebral de una proporción de conocimientos científicos acreditados por un título universitario. Los unos se van campesinos, viven lejos como campesinos, y cuando regresan —¡si regresan!— siguen siendo campesinos, ¡campesinos siempre! Los otros se van optimistas y seguros, y retornan médicos, abogados, ingenieros, etc.

Cualquiera que haya estado en las Islas ha contemplado desde siempre esta doble partida, y ha podido distinguirlos cuando se van y reconocerlos aún cuando retornan. ¡Que no se confunden fácilmente los unos con los otros!

Se podría hablar mucho,… mucho acerca de los unos y, sobre todo, de los otros, pero aquí sólo habremos de referirnos a los sentimientos patrióticos de todos.

Los intelectuales canarios educados en la Península, queridos y respetados en España, aman a la Patria grande; se interesan por la política española, reciben sus grandes diarios, están al corriente de todos sus progresos,… Son españoles. Allí donde robustecieron sus ideales y aprendieron a pensar más hondo, donde hicieron sus carreras y vivieron los años más risueños de sus existencias, allí donde quedó sepultada su ignorancia y de donde guardan el recuerdo agradecido de lo que aprendieron, allí está su verdadera Patria. Ellos sienten así. Nosotros no podemos menos de reconocer estos hechos, que se nos antojan tristes. Y, a pesar de todo, nos llena de orgullo que haya en España un canario ministro, otro canario catedrático, o juez, alguno militar o maestro, etc. Esto demuestra que Canarias tiene intelectuales bastantes para competir en proporción con España; esto dice que ya España no invade intelectualmente a Canarias. Las Canarias son dos provincias españolas, y los canarios no sólo son queridos en España sino que también se les admira. De ello podemos estar seguros. Ésta es la primera de nuestras dos grandes emigraciones: emigración triunfal y promesa esplendorosa de la patria chica.

La otra emigración es la de los hombres oscuros y desconocidos. Es la emigración viril de nuestros honrados y sufridos campesinos que, arrostrando las dificultades crueles del anónimo, se han paseado riendo por el mundo. Sin dinero para gozar el privilegio de los turistas, y sin cultura para defenderse, se marchan con valor decidido hacia lo ignorado, y de esta turba desamparada que para vencer sólo ha contado con la confianza que tuvo en sus propias fuerzas, han salido no pocos intelectuales, y bastantes investigadores científicos, que se igualan a los que partieron hacia España, impelidos y dignificados por el dinero de sus progenitores.

Los pobres campesinos de Canarias no tuvieron dinero bastante para mandar a sus hijos a la Península, y cuando éstos se sintieron hombres y comprendieron que no tenían ni tierra en qué rendir su tributo al trabajo, avizoraron un más allá que el horizonte les cerraba, y se abalanzaron a él, contribuyendo con eficacia a terminar la obra de Colón, conquistando los campos vírgenes y bravíos del Nuevo Mundo, para su redención profunda por el trabajo.

La patria grande de estos hombres no puede ser España. Ellos no han asimilado la grandeza ideal de Don Quijote, ni se han identificado con Sancho Panza. Que no les hablen de caballeros andantes, ni de hidalguías, ni noblezas hereditarias, ni tradiciones. Habladles de la tierra enjuta y seria que fecundan con sus esfuerzos. Cantadles el poema rudo de sus sementeras, y enseñadles que, más allá de los surcos que ellos escriben con el arado sobre la faz inmutable de los campos, otros labradores más terribles abrirán surcos más profundos y más tristes todavía, para enterrarlos a ellos mismos como simiente.

Alentadlos para que persistan en la redención paciente de sus labores, pero no les habléis de Numancia y San Martín, ni de sus majestades Atila, Don Rodrigo, Felipe II, Fernando VI, ni de toros y gitanos, ni de cristianos y moros, porque perderíais el tiempo. España, para ellos, es como una ilusión que se desvanece, o como un sueño más o menos bello, que vivieron o vivirán un día. En cambio, para no pocos de nuestros intelectuales, España es una realidad más querida que aún por los mismos españoles. ¡Esta amarga verdad la llevamos clavada en el alma desde hace tiempo!

Los intelectuales canarios españolizados y amantes entusiastas de la cultura española, nos orientan hacia adelante en la ruta preclara del saber, pero, si por ellos fuera, perderíamos las valiosas virtudes que recibimos como herencia de nuestros antepasados, convirtiendo nuestro pueblo a un semi-españolismo detestable. Vendríamos a ser, después de adulterados, mitad indígenas y mitad postizos. Meditad si debemos permitirlo los que soñamos con el porvenir del Archipiélago.

Por el contrario, nuestros campesinos agrandan y abrillantan todo lo que típicamente es nuestro, y gracias a ellos seguimos siendo canarios. Se nos reconocerá en todas partes como tales, porque a ellos les debemos ser inconfundibles. Que los intelectuales canarios hayan olvidado el terruño, bien limitado por el mar, ¡es triste!. Que lo sigan olvidando, ¡es doloroso! Pero no perdamos las esperanzas. Estos hombre que se curvan, como interrogaciones mudas sobre la tierra, abrigan en lo más profundo de sus almas los designios secretos de nuestro pueblo. Es preciso conservar las características diferenciales de las Islas, y es necesario avanzar al Progreso por una senda nuestra, genuinamente nuestra, que ningún compatriota nos ha bosquejado. Nos hace falta quien nos oriente hacia el futuro, y existe un número de intelectuales y pseudointelectuales que actúan como detractores de esta obra nuestra, que debiera ser la suya. Nos quieren someter a una hegemonía cerebral que no podremos reconocer nunca, y someternos a una dependencia cultural que no queremos permitir.

Queremos, sobre todo, y ante todo, lo nuestro, y levantaremos, sobre los potentes sillares de lo propio, la individualidad exótica de nuestras actividades.

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NotaCMP.- Los resaltes en negrilla los puse yo como una forma de de expresar mi acuerdo con lo que dicen las frases así destacadas. Un acuerdo que, hasa donde sé, comparten todas las generaciones de canarios «de la otra emigración» desde 1492 hasta al menos la mía.