[SE}> Necrológicas judías y gentiles / Soledad Morillo Belloso

12-04-2026

Soledad Morillo Belloso

Necrológicas judías y gentiles

Las necrológicas son un género literario involuntario, un pequeño teatro donde los vivos se apresuran a escribir algo que suene digno, profundo o al menos presentable, mientras el muerto —si pudiera— levantaría una ceja y diría: “¿En serio? ¿Eso fue lo mejor que se les ocurrió?”

Cada cultura tiene su estilo, su respiración, su manera de anunciar que alguien se fue. Y ahí es donde el espectáculo se pone sabroso.

Los judíos, por ejemplo, escriben necrológicas como quien redacta un acta de la memoria universal. No hay exageraciones, no hay violines, no hay adjetivos inflados. Hay datos, hay nombres, hay comunidad. Uno siente que si la necrológica fuera un objeto, sería una piedra: sólida, sobria, con historia. Pero entre líneas aparece un humor seco, casi clandestino, como si dijeran: “Se nos fue, sí, pero dejó instrucciones, dejó opiniones, dejó pendientes… y dejó claro que no le gustaba que lo interrumpieran”.

Los gentiles, en cambio, convierten la necrológica en un festival de adjetivos que jamás usaron en vida del difunto. El tío cascarrabias se vuelve “entrañable”. La vecina chismosa se transforma en “luz de todos los que la conocieron”. El primo que nunca devolvió un préstamo aparece como “generoso hasta el final”. La necrológica gentil es un acto de diplomacia póstuma: un intento desesperado de que la posteridad no se entere de cómo era realmente el muerto.

Pero lo más fascinante es que ambos estilos se parecen más de lo que admiten. Porque, al final, la necrológica nunca es sobre el muerto. Es sobre los vivos tratando de negociar con el silencio y la parca.

Los judíos negocian con comunidad: “Estamos aquí, seguimos aquí, recordamos juntos”.

Los gentiles negocian con épica: “Fue maravilloso, aunque nunca se lo dijimos lo suficiente”.

Y mientras tanto, la muerte —que tiene un sentido del humor más fino que todos nosotros— observa cómo los vivos se enredan en metáforas, fechas, parentescos y adjetivos reciclados. Y siempre algún familiar se queda en el tintero, hecho que brilla con luz luego que el aviso ya ha sido publicado.

Las necrológicas son, en realidad, cartas de amor disfrazadas de anuncios. O cartas de disculpa disfrazadas de homenajes. O cartas de reclamo disfrazadas de solemnidad (“se fue sin avisar”, “partió inesperadamente”, “nos dejó un vacío imposible de llenar”… como si el muerto hubiera debido tener la cortesía de pedir permiso).

Y lo más divertido es que, sin importar la cultura, siempre aparece el mismo detalle: el muerto nunca queda mal. Ni uno solo. Todos salen impecables, pulidos, casi santos.

La necrológica es el Photoshop de la memoria.

Pero hay algo hermoso en todo esto. Porque en ese esfuerzo por embellecer, ordenar o explicar la muerte, lo que realmente hacemos es recordar que somos humanos.

Que nos equivocamos. Que amamos mal. Que decimos poco.

Que lloramos tarde. Y que, cuando llega el momento, tratamos de arreglarlo con palabras.

Las necrológicas —judías, gentiles, ateas, agnósticas, laicas, místicas— son la prueba de que la humanidad, incluso en su torpeza, intenta ser decente. Aunque sea a última hora.

Aunque sea por escrito. Aunque sea con adjetivos prestados. Es amor en negro sobre blanco.

Soledadmorillobelloso@gmail.com

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