[*ElPaso}– Nuestro deporte, agilidad y destreza / Antonio Pino Pérez

Antonio Pino Pérez
Cabaiguán, (Cuba), 13 de julio de 1930

Nuestro deporte, agilidad y destreza

Se ha escrito tan poco sobre el más típico y característico de nuestros deportes que podríamos decir, sin temor a equivocarnos mucho, que ha sido víctima de un olvido injusto o desdeñado inmerecidamente. La prensa canaria nos habla ahora, con relativa frecuencia, del resurgir de nuestro deporte: se lucha en todas las islas con gran asistencia de público, aparece un campeón, se preparan los jóvenes. ¡Al fin! La lucha canaria, apenas conocida fuera del Archipiélago, ha perdurado a través de los tiempos en el solar fraccionado de la Patria Chica como herencia preciosa de nuestros antepasados los guanches.

Parece que a medida que nos vamos acercando más a ellos, por el contacto con la misma Naturaleza y bajo el mismo cielo y disfrutando de las delicias del mismo clima, ha brotado en nosotros espontáneamente, como consecuencia de una identidad psicológica bien acusada, hasta la característica secundaria del mismo deporte.

Podemos afirmar que los guanches, los salvajes más civilizados que han poblado una porción de tierra, practicaron ya este deporte, único en su clase, desde sus más remotos orígenes.

Los canarios posteriores a la conquista de las islas por Fernández de Lugo, seguimos practicando dicho deporte hasta hoy, como un juego más o menos divertido, o como entrenamiento más o menos bello. El elogio más relevante que podemos hacer de nuestra lucha es el hecho elocuente de que haya subsistido a través de los tiempos, sin haber servido de lucro a ninguna empresa, ni haber contado con profesionales en ningún momento. La lucha canaria ha perdurado y perdurará por siempre, porque nuestra lucha —más nuestra porque sólo nosotros la practicamos— es pura y simplemente artística.

Podríamos hacer la comparación de la lucha canaria con otros deportes que se practican en lugares públicos y por profesionales, pero sólo pretendemos describir, a la ligera, las bellezas de nuestra lucha, y dejar a juicio del lector los comentarios comparativos.

Se me podrá objetar, y con razón aparente. Si la lucha canaria es uno de los deportes más bellos y el menos brutal de todos, ¿por qué no se ha popularizado más? La lucha canaria no despierta pasiones brutales en las multitudes, ni satisface su contemplación a la fiera encadenada en el fondo de nuestras naturalezas. Además, y esto es importante, la lucha canaria no ha sido comprendida en toda su grandeza por la inmensa mayoría de los canarios. Le ha sucedido igual a nuestra lucha que a la música clásica, que por incomprensión, es menos popular que los copules; igual ha sucedido con los grandes poetas en comparación con los rimadores vulgares, y lo mismo ha sucedido con los retratos formidables realizados por los grandes pintores y las fotografías ordinarias.

Nuestra lucha, que corrientemente se practica al aire libre, en un campo improvisado que se llama “terrero”, es de los pocos deportes que llena la finalidad natural y lógica de los mismos: ejercitar los músculos, satisfaciendo así una necesidad corporal, y deleitar y hacer sentir una emoción artística.

Describiremos a continuación una de las grandes luchadas que presenciamos, para poner de relieve algunas bellezas de nuestra lucha y hacer resaltar sus virtudes.

“Hoy es día de fiesta en el pueblecito. Se ha improvisado un terrero en las afueras, trayendo arena de una playa vecina. Se le ha rodeado de algunos bancos, pero la mayor parte de los espectadores permanecerán de pie. Luce esplendoroso nuestro sol, ¡tan africano!, anegando de luz el “terreno”. De un momento a otro va a empezar la gran luchada. En este pueblecito, los aficionados a la lucha han desafiado a los luchadores de un pueblecito cercano. Los unos y los otros —con las extremidades desnudas, luciendo la belleza viril de sus músculos y medio vestidos con un fuerte calzón de lino, producto regional— se pasean, haciendo comentarios, por el terreno. Al fin un mozo garrido haciendo alarde de la elasticidad de sus músculos salta hasta la mitad del campo. El contrario no se hace esperar: un hombre de edad madura, de estatura pequeña, y de poco desarrollo muscular, es su contrario. Se saludan con una sonrisa y se agarran, se inclina el uno hacia el otro hasta tocarse con sus hombros, se curvan más y más…

El pequeño lleva la de perder, dice a mi lado un profano. “A la una”, dice el árbitro de la contienda. El silencio se hace. “A las dos”, los luchadores abren sus piernas, contraen sus músculos, y se agarran más y mejor. “A las tres”…¡ha empezado la lucha!.

El joven hace esfuerzos inauditos, cambia de posición sus manos, se endereza, se inclina, pero todo en vano, su adversario no cae. Su contrario es ágil y es diestro, se estira y se encoge como si fuera de goma esquivando con habilidad increíble los esfuerzos terribles de su enemigo momentáneo. Todo dura un instante. El más pequeño, aprovechando un momento en que su contrario se emplea más a fondo, se agacha veloz como un rayo, mientras la fortaleza del más fuerte, perdiendo el apoyo que su cuerpo le prestaba, cae más allá, a sus espaldas. Se le ovaciona.

Lo tumbó por la “agachadilla”, dijo alguien. El vencido se levanta y le da la mano al vencedor.

A esta lucha, sucede otra y otra, quedando siempre en el terrero el vencedor hasta ser vencido. Se han tumbado ya más de cuarenta hombres de ambas partes y ninguno ha sido ni ligeramente lesionado.

Al fin, sale “El zurdo”, que podríamos también llamar “El temido” (por los luchadores) y “El esperado” (por el público).

“El Zurdo” empieza a tumbar hombres y acaba por quedarse dueño del terrero, por lo que fue proclamado campeón. Ganó seis luchas por “desvíao”, cinco por “levantada”, cuatro por “garabato”, tres por “palmada” y cuatro por “agachadilla”.

—¡Que tío!—, decían unos chiquillos como comentario.

Y todos los asistentes a la gran luchada decían a coro.

—Con “El Zurdo” no hay quien pueda. Es bobería…

“El Zurdo” es un hombre de regular estatura, de mediana constitución física, pero ágil como el que más, y hábil como pocos. Aquella tarde afortunada, y gracias a sus habilidades, derribó a varios hombres superiores a él en fuerza y en estatura. Veintidós hombres no se tumban como los tumba el “zurdo” que es un formidable luchador, lo que equivale a decir que es un gran artista.

La lucha canaria —poco defendida por los canarios, cuando no ha sido injustamente criticada por los mismos— es uno de los deportes más nobles y artísticos que hemos contemplado. Agilidad y destreza son sus características esenciales. El ingenio puede conducir al triunfo a un luchador determinado. Nuestros luchadores no tienen, además, necesidad de hipertrofiar sus músculos, hasta los dominios de la patología, para aspirar a campeones. La fuerza, lo brutal, es secundario. Lo importante es el ingenio, rapidez, oportunidad, y saber del contrario. El pueblo es el público de juez para anular con posiciones adecuadas los esfuerzos tras luchadas, y los luchadores se improvisan de este público heterogéneo.

[Otros}– Nuestro deporte, agilidad y destreza / Antonio Pino Pérez

Antonio Pino Pérez
Cabaiguán, (Cuba), 13 de julio de 1930

Nuestro deporte, agilidad y destreza

Se ha escrito tan poco sobre el más típico y característico de nuestros deportes que podríamos decir, sin temor a equivocarnos mucho, que ha sido víctima de un olvido injusto o desdeñado inmerecidamente. La prensa canaria nos habla ahora, con relativa frecuencia, del resurgir de nuestro deporte: se lucha en todas las islas con gran asistencia de público, aparece un campeón, se preparan los jóvenes. ¡Al fin! La lucha canaria, apenas conocida fuera del Archipiélago, ha perdurado a través de los tiempos en el solar fraccionado de la Patria Chica como herencia preciosa de nuestros antepasados los guanches.

Parece que a medida que nos vamos acercando más a ellos, por el contacto con la misma Naturaleza y bajo el mismo cielo y disfrutando de las delicias del mismo clima, ha brotado en nosotros espontáneamente, como consecuencia de una identidad psicológica bien acusada, hasta la característica secundaria del mismo deporte.

Podemos afirmar que los guanches, los salvajes más civilizados que han poblado una porción de tierra, practicaron ya este deporte, único en su clase, desde sus más remotos orígenes.

Los canarios posteriores a la conquista de las islas por Fernández de Lugo, seguimos practicando dicho deporte hasta hoy, como un juego más o menos divertido, o como entrenamiento más o menos bello. El elogio más relevante que podemos hacer de nuestra lucha es el hecho elocuente de que haya subsistido a través de los tiempos, sin haber servido de lucro a ninguna empresa, ni haber contado con profesionales en ningún momento. La lucha canaria ha perdurado y perdurará por siempre, porque nuestra lucha —más nuestra porque sólo nosotros la practicamos— es pura y simplemente artística.

Podríamos hacer la comparación de la lucha canaria con otros deportes que se practican en lugares públicos y por profesionales, pero sólo pretendemos describir, a la ligera, las bellezas de nuestra lucha, y dejar a juicio del lector los comentarios comparativos.

Se me podrá objetar, y con razón aparente. Si la lucha canaria es uno de los deportes más bellos y el menos brutal de todos, ¿por qué no se ha popularizado más? La lucha canaria no despierta pasiones brutales en las multitudes, ni satisface su contemplación a la fiera encadenada en el fondo de nuestras naturalezas. Además, y esto es importante, la lucha canaria no ha sido comprendida en toda su grandeza por la inmensa mayoría de los canarios. Le ha sucedido igual a nuestra lucha que a la música clásica, que por incomprensión, es menos popular que los copules; igual ha sucedido con los grandes poetas en comparación con los rimadores vulgares, y lo mismo ha sucedido con los retratos formidables realizados por los grandes pintores y las fotografías ordinarias.

Nuestra lucha, que corrientemente se practica al aire libre, en un campo improvisado que se llama “terrero”, es de los pocos deportes que llena la finalidad natural y lógica de los mismos: ejercitar los músculos, satisfaciendo así una necesidad corporal, y deleitar y hacer sentir una emoción artística.

Describiremos a continuación una de las grandes luchadas que presenciamos, para poner de relieve algunas bellezas de nuestra lucha y hacer resaltar sus virtudes.

“Hoy es día de fiesta en el pueblecito. Se ha improvisado un terrero en las afueras, trayendo arena de una playa vecina. Se le ha rodeado de algunos bancos, pero la mayor parte de los espectadores permanecerán de pie. Luce esplendoroso nuestro sol, ¡tan africano!, anegando de luz el “terreno”. De un momento a otro va a empezar la gran luchada. En este pueblecito, los aficionados a la lucha han desafiado a los luchadores de un pueblecito cercano. Los unos y los otros —con las extremidades desnudas, luciendo la belleza viril de sus músculos y medio vestidos con un fuerte calzón de lino, producto regional— se pasean, haciendo comentarios, por el terreno. Al fin un mozo garrido haciendo alarde de la elasticidad de sus músculos salta hasta la mitad del campo. El contrario no se hace esperar: un hombre de edad madura, de estatura pequeña, y de poco desarrollo muscular, es su contrario. Se saludan con una sonrisa y se agarran, se inclina el uno hacia el otro hasta tocarse con sus hombros, se curvan más y más…

El pequeño lleva la de perder, dice a mi lado un profano. “A la una”, dice el árbitro de la contienda. El silencio se hace. “A las dos”, los luchadores abren sus piernas, contraen sus músculos, y se agarran más y mejor. “A las tres”…¡ha empezado la lucha!.

El joven hace esfuerzos inauditos, cambia de posición sus manos, se endereza, se inclina, pero todo en vano, su adversario no cae. Su contrario es ágil y es diestro, se estira y se encoge como si fuera de goma esquivando con habilidad increíble los esfuerzos terribles de su enemigo momentáneo. Todo dura un instante. El más pequeño, aprovechando un momento en que su contrario se emplea más a fondo, se agacha veloz como un rayo, mientras la fortaleza del más fuerte, perdiendo el apoyo que su cuerpo le prestaba, cae más allá, a sus espaldas. Se le ovaciona.

Lo tumbó por la “agachadilla”, dijo alguien. El vencido se levanta y le da la mano al vencedor.

A esta lucha, sucede otra y otra, quedando siempre en el terrero el vencedor hasta ser vencido. Se han tumbado ya más de cuarenta hombres de ambas partes y ninguno ha sido ni ligeramente lesionado.

Al fin, sale “El zurdo”, que podríamos también llamar “El temido” (por los luchadores) y “El esperado” (por el público).

“El Zurdo” empieza a tumbar hombres y acaba por quedarse dueño del terrero, por lo que fue proclamado campeón. Ganó seis luchas por “desvíao”, cinco por “levantada”, cuatro por “garabato”, tres por “palmada” y cuatro por “agachadilla”.

—¡Que tío!—, decían unos chiquillos como comentario.

Y todos los asistentes a la gran luchada decían a coro.

—Con “El Zurdo” no hay quien pueda. Es bobería…

“El Zurdo” es un hombre de regular estatura, de mediana constitución física, pero ágil como el que más, y hábil como pocos. Aquella tarde afortunada, y gracias a sus habilidades, derribó a varios hombres superiores a él en fuerza y en estatura. Veintidós hombres no se tumban como los tumba el “zurdo” que es un formidable luchador, lo que equivale a decir que es un gran artista.

La lucha canaria —poco defendida por los canarios, cuando no ha sido injustamente criticada por los mismos— es uno de los deportes más nobles y artísticos que hemos contemplado. Agilidad y destreza son sus características esenciales. El ingenio puede conducir al triunfo a un luchador determinado. Nuestros luchadores no tienen, además, necesidad de hipertrofiar sus músculos, hasta los dominios de la patología, para aspirar a campeones. La fuerza, lo brutal, es secundario. Lo importante es el ingenio, rapidez, oportunidad, y saber del contrario. El pueblo es el público de juez para anular con posiciones adecuadas los esfuerzos tras luchadas, y los luchadores se improvisan de este público heterogéneo.

[*Opino}– Preguntas sin respuesta / Luis Hernández Arroyo

En el trasfondo del artículo que sigue hay una especie de lugar común que encuentro una y otra vez en artículos de este corte: el miedo a la calificación de “facha”. Y no entiendo por qué.

¿Acaso ser eso que llaman facha es peor que ser lo que llaman progre? Por supuesto, en opinión de los progres sí que lo es, pero en opinión de los fachas no debería serlo, y tal parece que sí lo es. Y mientras se mantenga el miedo a esa calificación, los progres —o la izquierda en general— estarán en ventaja.

Ya es tiempo de que se reconozca sin ambages el apego a las propias creencias no progres sin importar si alguien las comparte o no. O es blanco o es negro; hay situaciones en las que resulta necesario definirse claramente y dejar de lado la obligación de optar por los grises.

Carlos M. Padrón

***

27.06.07

Al doctor de las sedaciones le exculpan por falta de autopsias. La sentencia, sin embargo, es inequívoca…

El juez condena moralmente, pero levanta la pluma al final, y me confirma lo que ví en algún informativo: que algún colega médico (¿?) no negaba los hechos, sino que se mostraba orgulloso de la puesta en práctica de un nihilismo “caritativo”, por el cual se “aliviaban” penas a personas que no sabían el “favor” que les iban a hacer. Sedación gratis total y a flotar en la nada, macabra fórmula más propia de fanáticos, es decir, de creyentes en algo, aunque se proclamen ateos.

Estrictamente, un ateo debería ser una persona pasiva, no militante de su fe. El mejor filósofo ateo, Shopenhauer, predicaba la huida del impulso vital, refrenar toda la maquinaria del deseo y refugiarnos en el único consuelo, que para él era el arte. Si para él el mundo era absurdo, demostraba una gran coherencia. Pero resulta que estos “sabios” que lo saben todo son más activistas que nadie. En realidad ellos y sus escoltas —gays, ecologistas, y colectivos militantes a los que une sobre todo el anti— son los más activistas, los que más fe demuestran en estos tiempos terminales. Demuestran una gran vitalidad, sobre todo a la hora de conseguir ayudas y subvenciones, incluso con métodos al margen de la ley: métodos mafiosos. Pero, ¿Cómo no iba a ser así, si se han infiltrado entre nosotros como tales colectivos de presión, Si son tan fuertes en la opinión pública, que gozan de una patente de corso que ellos mismos se han concedido, y ninguna autoridad se atreva a retirarles?

¿Y los demás? A los demás no nos han extirpado la vida: nos han extirpado el criterio. No sabemos juzgar. Algo que antes era sencillamente malo, o el mal, ahora hay que sopesarlo; si no, eres un fascista. No somos capaces de responder a preguntas ahora complejas, antes fáciles. No busco la supuesta unanimidad, la condena social; simplemente observo que la gente ya no tiene juicio. Ahora todo tiene dos o más respuestas, incluso en la ciencia. En economía, por ejemplo, se están creando miles de sesudos papeles al día demostrando soluciones incompatibles entre sí. No importa: las matemáticas, con su frío rigor implacable, se lo tragan todo.

Todo es gris, me decía un colega hace poco, ¿Por qué empeñarse en verlo blanco o negro? Sobre todo si no definirte te permite cazar sustanciosas rentas del erario, le contesté. La grisura, sin embargo, es el mal de occidente; es su condena a plazo. Tenía razón Solzhenitsyn cuando fue brutalmente expulsado de su patria y dijo que Occidente tampoco lucía muy boyante: según él, había caído en un inmenso mar de derechos sin correlativos deberes. Desde el fondo de su ingenuidad, quería convencernos de que esos deberes deberían salir de nuestra propia convicción (le llamaron fascista)…

Cuando cayó la tiranía soviética, se volvió a su patria desencantado. Pero en lo básico tenía toda la razón: sólo el cristianismo ha sido para nosotros la fuente moral para respondernos preguntas difíciles. Puede que haya otra, pero no la conocemos. Ahora que nos han secado esa fuente, no tenemos más que perplejidad ante las más dudas más fáciles.

LD