David W. Fernández
Gaspar Mateo de Acosta
(1645-1706)
Allá, al otro lado del Atlántico, en África, geográficamente hablando, está situado el archipiélago canario.
De las islas que lo conforman, la que está más al noroeste, con forma de corazón —como dicen los poetas, que casi nunca han visto un corazón humano—, o con forma de inmensa lengua —como alguien más bien pueda pensar— es la llamada La Palma. Esta isla lingüiforme tiene algunas singularidades: es la ínsula «afortunada» con menor porcentaje de analfabetos; y en ella está el cráter más grande y más hermoso del mundo, llamado Caldera de Taburiente.
La capital de la isla es Santa Cruz de La Palma, y en ella nació don Gaspar Mateo de Acosta el 22 de septiembre de 1645. Es el mismo año en que nació La Bruyere y murió Quevedo. En aquella época, la pequeña urbe palmense tenía ciento cincuenta y dos años de haber sido fundada, y noventa y seis de ostentar el titulo de Muy Noble y Leal Ciudad. Ya su riqueza había tentado la voracidad de los piratas y corsarios que infectaban sus aguas, y en sus costas habían sido derrotados Jambe de Bois, Drake y Van-der-Doez. También se había establecido ya en ella —hacía ochenta y siete años, y por ser la más comercial del archipiélago— el primer Juzgado de Indias que hubo en Canarias, para despachar el registro de los buques que de su puerto salían para las Indias, y yendo a despacharse a él los que de las demás islas salían. Pero todavía le faltaban ciento veintiséis años para que, derrocando el carcomido gobierno de los regidores perpetuos, fuera el primer municipio del Imperio Español que tuvo Ayuntamiento, o Cabildo, por elección popular.
Acosta nació en una casa de la calle principal de la Ciudad, la hoy número 26 de la calle Real. Es hijo de los artesanos de aquella localidad, Francisco de Acosta, y de su legítima esposa Melchora Van de Walle, la cual tampoco desdeña apellidarse de los Reyes, ya que es hija de padres ignotos.
Nuestro biografiado fue bautizado, a los ocho días de nacido, en la parroquia matriz de El Salvador por el licenciado don Gabriel de Palacios, Beneficiado de dicha Parroquia, y siendo su padrino el Capitán Monteverde, Regidor de la isla. El joven Gaspar Mateo tenía nueve años de edad cuando el Capitán General de Canarias, don Alonso Dávila y Guzmán, y el Maestre de Campo don Francisco de Castejón realizan con gran crueldad una leva forzosa de gente para destinar al ejército de Flandes, y en ella fue comprendido el padre de nuestro biografiado, pero no como soldado disponible u obligado al servicio militar, sino por sorpresa y a viva fuerza, porque el derecho de tropelía y arbitrariedad se había sobrepuesto a la Ley, a la razón y a la justicia.
Regresó a La Palma después de largos años de ausencia, pero mientras tanto tuvo el niño Gaspar Mateo la suerte de que, al serle arrebatado el cariño paterno, le quedara una madre que supo cuidar solícita de su educación e instrucción.
En estos años correteaba por las pintorescas calles de la quebrada y pequeña ciudad, y por los patios, empedrados con guijarros basálticos, de los conventos dominico y franciscano en cuyas aulas cursó sus primeros aprendizajes, y en las cuales, el poco tiempo que durara su paso por ellas, le bastó para dejar sentada fama de ser el amparo del débil, a quien tomaba bajo su protección, y de lograr inspirar respeto y consideración al fuerte, dando así desde niño grandes y repetidas pruebas de la nobleza y bondad que le distinguían,
y que tuvo ocasión de demostrar también en sus años de hombre.
Joven aún, Acosta, ambicionando procurarse un futuro que su país le negaba, o acaso pensando aquello de que nadie es profeta en su tierra, concibe la idea de emigrar a las Indias, idea, por otra parte, muy común en aquella epoca. Y la Historia se repite. América ha sido siempre el pañuelo en que las Canarias han enjugado sus penurias económicas. Y venciendo la natural oposición materna, que trataba de retenerlo a su lado, parte de la rada y puerto de Santa Cruz de La Palma, rumbo a Cuba, en calidad de pasajero a bordo del bergantín «Ratonero», de la propiedad y mando de don Manuel Fernández de Lima.
