2013-06-05
Amando de Miguel
La polémica sobre si son lenguas o dialectos se parece al cuentecillo de si eran galgos o podencos, pero reconozco que es una polémica viva.
José Antonio Martínez Pons me cuenta que en Mallorca hay variaciones sustantivas de palabras corrientes entre dos pueblos situados una decena de kilómetros. Incluso en Palma se distingue a los del barrio de Santa Catalina por su peculiar acento y vocabulario.
Don José Antonio me dice que hay un músico vasco, un tal Escudero, que ha compuesto una obra coral en tres versiones: en el vascuence de su pueblo, en batúa y en castellano.
Tomás Gimpera Pere se acoge a la autoridad de Emilio Alarcos para concluir que entre el catalán y el valenciano hay menos diferencias que entre el castellano de Madrid y el de Andalucía. Puede ser según cómo se mida, digo yo. Además, eso no prueba nada.
Don Tomás asegura con ironía que «ha descubierto, asombrado, que hablo y domino perfectamente cuatro lenguas diferentes», a saber, el lampao, el valenciano, el balear y el catalán. Ese último es su «idioma propio». No habla del castellano, aunque escribe en ese idioma y concluye:
«Que a nadie le extrañe que cada vez seamos más los ciudadanos del noreste que queremos largarnos de esta mierda de país llamado España. Ni que sea para perder definitivamente de vista a los hijos de puta que escriben en Libertad Digital y en el resto de panfletos de la caverna liberal hispánica 1«.
¡Pero qué españolazo es don Tomás!
Ignacio Frías nos dice que garrabán es el fruto de la gabarda o escaramujo (rosal silvestre).
Jaime Lerner (nuestro corresponsal de Tel Aviv) aporta un pequeño diccionario sobre el origen de algunas expresiones porteñas (de Buenos Aires).
Por ejemplo, el atorrante es en Argentina el pendenciero y vulgar. El origen está en unas grandes tuberías que se utilizaron a principios del siglo pasado para acometer las obras de desagüe de la ciudad. Los caños o tuberías llevaban impreso el nombre del fabricantes francés: «A. Torrant et Cie.».
Los vagabundos de la ciudad se refugiaban en esos caños, y por un proceso de metonimia se acabó llamando atorrantes a esos marginados.
Don Jaime nos cuenta el origen de otras expresiones, como atar los bártulos, pero las llevaron a la Argentina los gallegos.
Los bártulos eran los libros de texto que traían los bolonios, los que iban a estudiar Derecho a Bolonia. Era otra metonomia: el librote de Bártulo de Sasso-Ferrato.
Hay otras expresiones específicamente argentinas, como croto (= indigente), por un tal José Camilo Crotto, gobernador de la provincia de Buenos Aires. Fue el que permitió a los peones rurales viajar en los trenes de mercancías.
Fuente: Libertad Digital
(1) NotaCMP.- ¿Del noreste? ¿Será tal vez catalán? ¿Y no será de izquierdas este tío? La verdad es que resulta difícil responder a estas preguntas, ¿no es cierto?