[Canarias}> El pueblo más curioso de España está en Canarias: conservó tributos medievales hasta 1987 y hoy alberga el mayor telescopio del mundo

22-04-2026

Marina Velasco

El pueblo más curioso de España está en Canarias: conservó tributos medievales hasta 1987 y hoy alberga el mayor telescopio del mundo

Entre barrancos, silencio y cielos despejados, este municipio del norte de La Palma ha construido una identidad única marcada por su aislamiento y su historia

Garafía, en el norte de La Palma, sorprende por haber vivido durante siglos al margen del tiempo, con tributos medievales vigentes hasta finales del siglo XX y un presente que la sitúa como uno de los grandes referentes mundiales de la observación astronómica.

La carretera se estrecha, el paisaje se vuelve abrupto y la sensación de estar alejándose de todo lo conocido se intensifica a cada curva. Así comienza el viaje hacia uno de los rincones más singulares de Canarias, donde el tiempo parece haber seguido su propio ritmo durante siglos. Entre barrancos profundos, molinos tradicionales aún en pie y dragos centenarios, la vida ha transcurrido ajena a los grandes cambios que transformaban el resto del territorio.

Un sistema feudal que sobrevivió más de cuatro siglos

Ese aislamiento fue también administrativo y económico. Desde 1576, Garafía quedó sujeta a un sistema implantado en tiempos de Felipe II: la cesión de tierras a cambio de entregar una quinta parte de la producción agrícola. Este tributo, conocido como «quinto real», obligaba a los campesinos a ceder parte de sus cosechas año tras año. A diferencia de otros territorios, donde este modelo desapareció con el paso del tiempo, en este municipio palmero se mantuvo vigente durante siglos.

No fue hasta el 6 de febrero de 1987 cuando el Gobierno de Canarias aprobó el decreto que eliminaba definitivamente esta obligación. Con esa decisión, los vecinos de Garafía dejaron de entregar parte de sus cosechas, poniendo fin a un sistema que había permanecido activo durante más de cuatro siglos y que ya había desaparecido en el resto del territorio mucho tiempo atrás.

Garafía

 De territorio aislado a ventana al Universo

Sin embargo, el mismo aislamiento que marcó su historia acabaría convirtiéndose en su mayor valor. En la década de 1970, científicos internacionales comenzaron a fijarse en el cielo limpio y estable de La Palma. La ausencia de contaminación lumínica y el fenómeno del mar de nubes, que deja despejadas las cumbres por encima de los 2.000 metros, ofrecían condiciones excepcionales para la observación astronómica.

Así, en 1975 se cedieron terrenos en el Roque de los Muchachos, a 2.396 metros de altitud, donde una década después se inauguró el Observatorio Astrofísico. Hoy alberga más de veinte telescopios de instituciones internacionales, entre ellos el Gran Telescopio Canarias, considerado el mayor telescopio óptico e infrarrojo del planeta.

Vista panorámica del ‘Roque de los Muchachos’, con el mar de nubes cubriendo totalmente la ‘Caldera de Taburiente’.

Tradición, naturaleza y ciencia en equilibrio

Más allá de su proyección científica, Garafía mantiene una identidad rural poco alterada. Conserva antiguos caminos reales, viviendas tradicionales de piedra y madera y una producción local marcada por el queso artesanal y el singular vino de tea, elaborado en barricas de pino canario. En el Parque Cultural de La Zarza y La Zarcita se localizan decenas de paneles con grabados rupestres aborígenes —hasta 29 en La Zarza y 18 en La Zarcita—, rodeados de un denso bosque de laurisilva que ha contribuido a su conservación.

Este equilibrio entre pasado y presente se completa con celebraciones como la Fiesta de San Antonio del Monte, una de las más antiguas del archipiélago, que se celebra cada mes de junio y reúne ganado, muestras tradicionales, música popular y gastronomía local en torno a la ermita. Bajo uno de los cielos más limpios de Europa, Garafía sigue siendo ese lugar donde historia y futuro conviven a más de 2.000 metros de altura.

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[Col}> Lo que nos trajeron los japoneses / Soledad Morillo Belloso

28-03-2026

Soledad Morillo Belloso

Lo que nos trajeron los japoneses

Los japoneses llegaron a Venezuela como quien entra a una casa donde no conoce a nadie, pero entra despacito, se limpia los pies, sonríe apenas, hace una leve reverencia… y saca de la bolsa un regalo tan bonito, tan útil y tan bien envuelto, que uno termina diciendo, sin darse cuenta:

—Mira, chico… ¿y tú no te quieres quedar a vivir aquí?

No llegaron haciendo ruido. No tumbaron la puerta. No gritaron “¡buenas!”.

Llegaron con una forma particular de estar. Con una quietud que no era frialdad. Con una suavidad que no era timidez. Llegaron con ojos atentos, ojos negros, profundos, tranquilos, que miraban sin invadir. Ojos que observaban como quien escucha. Ojos que no apuraban, que no juzgaban, que no empujaban. Ojos que parecían decir: estoy aquí, tómate tu tiempo. Y uno, acostumbrado al exceso, se sentía visto sin sentirse examinado.

Llegaron con apellidos que parecían poemas breves y exactos: Nakamura, Tanaka, Murakami, Kobayashi, Suzuki, Matsumoto, Yamamoto. Y también llegó ese apellido glorioso: Yonekura, que sonaba a samurái extraviado que un día dijo:

—Bueno… aquí hay sol, café, risas y alguien siempre te ofrece algo de comer. Me quedo.

Y se quedaron.

Una de las primeras cosas que aprendimos fue el lenguaje de los gestos. Gestos pequeños, precisos, pensados. No señalaban con el dedo como quien acusa; señalaban con la mano abierta, suave, como diciendo “por aquí, si no es molestia”. No entregaban las cosas lanzándolas; las ofrecían con las dos manos, como si cada objeto tuviera dignidad. No interrumpían; esperaban. Y esa espera no era pasividad: era respeto.

Y la reverencia… ay, la reverencia. Aquí saludamos con abrazo, beso, palmada y “¿qué más, mi pana?”. Ellos saludan inclinando apenas la cabeza, como si el cuerpo hiciera un paréntesis de cortesía. Una inclinación mínima que te dejaba desarmado y, curiosamente, mejor persona.

Decían hai para decir sí. Decían arigatō como quien entrega una flor. Decían sumimasen, esa palabra que es disculpa, permiso y cuidado al mismo tiempo, y uno sentía que el mundo se ordenaba un poquito.

Y con ellos llegaron los negocios japoneses en Venezuela, que no eran negocios: eran experiencias morales. Tiendas donde uno entraba “rapidito” a comprar un tornillo y salía una hora después con un ventilador, un rallador de cosas que uno nunca había rallado, un cuaderno perfecto, un juego de té delicadísimo, una linterna, un despertador, una calculadora, un radio y un aparato misterioso que nadie sabía para qué servía, pero uno compraba igual porque el japonés lo había puesto ahí con tanta seriedad que debía ser importante.

Tiendas tan ordenadas que a uno le daba culpa respirar fuerte. Tiendas donde todo estaba alineado con una precisión casi moral. Tiendas donde uno sentía que si movía algo un centímetro, el universo se desbalanceaba. Y detrás del mostrador estaba él: un Yonekura, o un Tanaka, o un Suzuki. Quieto. Recto. Con una sonrisa mínima. Con los brazos relajados. Con una inclinación de cabeza tan pequeña que parecía un secreto compartido.

—Buenos días —decía. Y no era un saludo. Era un gesto de paz.

Y uno salía con una bolsa en la mano y una sensación rara en el pecho, como de haber sido tratado con respeto aunque solo hubiera comprado una linterna.

Y entonces apareció Hitachi, de la mano de los Mayorca. Hitachi no era una marca. Hitachi era familia. Ese televisor que duraba veinte años. Ese televisor que vio telenovelas, noticieros, béisbol, apagones, elecciones, retornos de luz… y todavía prendía como si nada. Ese aire acondicionado que sobrevivía a apagones eternos, tormentas, mudanzas y sobrinos curiosos. Ese ventilador que pasaba de casa en casa como herencia emocional. Ese radio que seguía funcionando, aunque lo hubieras dejado caer tres veces “sin querer”.

En Venezuela, decir “compré un Hitachi” era como decir:  —Esta relación va en serio.

Pero los japoneses no sólo nos trajeron electrodomésticos inmortales. Nos trajeron vehículos con alma. Los Toyota 4×4 que suben cerros como cabras montesas con doctorado en resistencia. Los Mitsubishi que cruzan ríos como si fueran anfibios certificados. Los Nissan que arrancan aunque les cambien el aceite cada eclipse. Las Honda que han llevado a medio país al trabajo, a la playa, al mercado, al hospital… y al amor. Las Yamaha que rugen como si tuvieran espíritu propio. Las Suzuki que parecen decirte, bajito: “tranquilo, yo puedo con esto”.

Un Toyota en Venezuela no es un carro: es un animal mitológico. Una moto Honda es un caballo moderno. Una Yamaha es una declaración de independencia. Y un Nissan Sentra es el equivalente automotriz de un perro fiel: no se queja, no te deja mal y siempre arranca.

Y luego llegó la comida japonesa. Primero tímida. Ceremoniosa. Pidiendo permiso. A principios de los años 80, en Caracas había dos restaurantes japoneses. Dos. No tres. No “unos cuantos”. Dos.

Uno sí lo recuerdo bien: el Ávila Tei, en El Rosal. Ir ahí era ponerse serio. Bajabas la voz. Te sentabas derecho. Mirabas el menú como quien descifra un manuscrito antiguo. El otro quedaba por La Carlota. Y hasta ahí llega la memoria. No me acuerdo cómo se llamaba. No sé si tenía nombre. Puede que sí. Puede que no. Puede que fuera simplemente “el japonés de La Carlota”. Y eso también es muy japonés: existir sin hacer ruido.

En esa época, ir a un japonés no era “vamos a comer”. Era una aventura cultural. Uno iba porque alguien “sabía”. Porque un primo “había probado algo crudo y no se murió”.

El sushi nos enseñó que el pescado no siempre necesita aceite hirviendo para ser feliz. El sashimi nos pidió un acto de fe. El ramen nos abrazó con su caldo profundo, sus fideos largos, su huevo perfecto, como una sopa con doctorado. La tempura nos recordó que la fritura también puede ser elegante. El yakimeshi se volvió primo del arroz chino, pero más discreto. El miso nos enseñó el umami, aunque no sepamos explicarlo. El matcha nos avisó que no todo lo verde es aguacate. El wasabe nos demostró que algo puede ser lindo y picar en serio. Y el sake llegó suavecito, calentando el pecho sin pelear, poniéndonos filosóficos sin permiso.

Hoy hay sushi por todas partes. Hay sushi con delivery. Hoy uno puede estar en pijama, con un ventilador japonés prendido, viendo una serie en un televisor japonés, y pedir sushi desde el teléfono. Sushi que llega en moto. Sushi democrático. Sushi que convive con la empanada sin pelear.

Y entre las cosas pequeñas llegaron los relojes japoneses: Casio, Seiko, Citizen. Un nombre me viene a la memoria: Seijiro Yazawa Iwai. Relojes que no se atrasaban. No se quejaban. No fallaban. Relojes que parecían medir no solo el tiempo, sino la paciencia.

Pero lo más profundo que trajeron no fue material. Nos trajeron una forma de estar. Una cortesía que no invade. Que no atropella. Que no exige. Una cortesía que se inclina apenas, que baja la mirada para elevar al otro. Aprendimos —tarde, pero bien— que inclinar la cabeza no es sumisión: es reconocimiento.

Y fue esa filosofía la que un día me tocó de frente, en un evento cultural, en un concierto en el Teatro Teresa Carreño. El Teresa Carreño impone. Te endereza la espalda, aunque no quieras. La gente hablaba bajito. Las luces eran suaves. El ambiente era de respeto compartido. No era sólo música: era encuentro.

Para esos tiempos, yo estaba en la junta de la Fundación Amigos del Teresa Carreño, uno de los trabajos más lindos que me ha tocado en suerte tener. Y estrenábamos el nuevo piano, que había sido posible gracias a una campaña extraordinariamente exitosa: “Un piano para Teresa”. Mi amigo Arturo  Casado, por seguro, la recordará con tanta pasión como yo.

Era una noche hermosa y plácida. Y en el foyer, justo antes del llamado a entrar, ahí estaba él: el embajador de Japón en Caracas. Se acercó y me saludó, con una levísima inclinación. No ocupaba espacio innecesario. Su presencia era precisión. Su cuerpo parecía educado. Escuchaba con ojos tranquilos, profundos, atentos. Asentía apenas. Dejaba pausas. Pausas que no incomodan: ordenan.

Después del concierto, nos encontramos de nuevo para el brindis. Hubo un silencio breve. Un silencio japonés. Y entonces dijo:

—Usted es un bonsái.

Así. Sin adornos. Y entendí. No me estaba diciendo pequeña. Me estaba diciendo esencial. Que el bonsái no es pequeño porque no pudo crecer. Es pequeño porque alguien lo imaginó así. Porque alguien lo cuidó. Porque alguien lo podó con paciencia. Porque alguien supo cuándo tocar… y cuándo dejar en paz.

Un halago japonés. Silencioso. Exacto. Y todo encajó.

El bonsái es un árbol diminuto con un universo adentro. La kokedama es un planeta verde suspendido. Ambos nos enseñaron que la paciencia es arquitectura y que el silencio también cultiva. Y entre todo eso, nos regalaron los haikus: poemas mínimos que dicen más con tres líneas que otros con cien.

Los japoneses nos trajeron disciplina… y nosotros le pusimos humor. Nos trajeron silencio… y nosotros le agregamos brisa y carcajada. Nos trajeron precisión… y nosotros improvisación tropical.

Y de esa mezcla salió algo único: un haiku que baila tambor, una kokedama que huele a mar, un Toyota cruzando ríos, un Hitachi que dura más que un matrimonio, un sushi con empanada, un arigatō flotando en el aire, y un Yonekura tan venezolano como un Salazar.

Los japoneses no vinieron a cambiarnos. Pero igual nos cambiaron. Y nosotros, agradecidos, los adoptamos.

Porque así es Venezuela: un país que se deja querer… y cuando quiere, quiere con todo.

Soledadmorillobelloso@gmail.com

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Mucho antes del nacimiento de la ciencia moderna, Tales de Mileto, considerado como el primer filósofo de Occidente, apostó por la observación, la lógica y el conocimiento para entender la realidad.

[LE}> «De modo que» o «de manera que», pero no «de modo y manera que»

14-04-2026

Las expresiones de modo que y de manera que, pero no de modo y manera que, son adecuadas para introducir una consecuencia o una finalidad.

Uso inadecuado

  • Se centraría en la colocación de una serie de juegos biosaludables, de modo y manera que sea posible ejercitarse físicamente en exteriores.
  • Llegó al mundo en 1873, de modo y manera que cuando cumplió dos años ya se había producido la restauración.

Uso adecuado

  • Se centraría en la colocación de una serie de juegos biosaludables, de modo que sea posible ejercitarse físicamente en exteriores.
  • Llegó al mundo en 1873, de manera que cuando cumplió dos años ya se había producido la restauración.

Con sentido consecutivo o final, se pueden emplear locuciones como ‘de forma que’, ‘de modo que ‘o ‘de manera que’. No ocurre así con la forma redundante ‘de modo y manera que’, que aparece en ocasiones en textos periodísticos y que no se recomienda, como señala la Nueva gramática de la lengua española.

Fuente

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