[*FP}– El Teide y su sombra

Carlos M. Padrón

En octubre de 1959, cuando aún vivía yo en Santa Cruz de Tenerife, con mis amigos, José Quirantes ─a quien todos llamábamos Pepe─ y Eleuterio Sicilia, decidimos subir a lo más alto del Teide y, por supuesto, caminando, pues en aquella época no existía el teleférico que hay hoy.

Armados de mochila, calzado apropiado, ropa de abrigo, cámaras fotográficas, etc. salimos de Santa Cruz en la mañana del 03/10 en el Land-Rover de un amigo de Pepe,

Aquí, yo en el portalón trasero del Land-Rover.

Este vehículo debería habernos dejado en Montaña Blanca, o sea, donde comienza el camino para subir al Teide, lugar al que queríamos llegar con tiempo suficiente para subir, aún con luz de día, hasta el refugio, dormir allí esa noche, y en la madrugada del 04/10 escalar el cono final hasta la cúspide, para ver desde arriba el amanecer.

Pero el Land-Rover se accidentó en Güímar, su reparación tomó muchas horas, y, una vez reparado, sólo nos llevó hasta Vilaflor.

Allí, el chofer de un camión cargado de pacas de pinillo (agujas de pino secas) —carga que sobresalía más de un metro por sobre el borde superior se la de por sí elevada carrocería del vehículo— aceptó llevarnos, como de contrabando, hasta Montaña Blanca. Pero para evitar una desgracia nos exigió que nos amarráramos con las sogas que había en lo alto de la carga de pacas, de forma que no fuéramos a caernos por efecto de las inclinaciones que el camión hacía en las muchas y muy cerradas curvas.

También nos advirtió que pasaríamos por un punto de control de la Guardia Civil, que él se detendría ahí a charlar un poco con los guardias, y que en ese rato no sólo deberíamos casi hundirnos en las pacas sino evitar cualquier tipo de ruido o movimiento que pudiera delatar nuestra presencia, pues si la Guardia Civil nos descubría, el chofer podría ir preso y tal vez nosotros también.

Todo salió bien, aunque con el consiguiente estrés. Y eran casi las 9 de la noche cuando el camión nos dejó en Montaña Blanca, junto a un mapa, hecho en piedra, cal y cemento, que indicaba las rutas a seguir en la zona.

Y de inmediato comenzamos a subir a pie, con bufandas cubriéndonos boca y nariz, y gorras o sombreros hundidos hasta la orejas para protegernos del frío.

Como tengo que caminar deprisa, so pena de cansarme y crearme un dolor de espalda, me alejaba bastante de Eleuterio y Pepe, y cuando creía que por la zigzagueante ruta había yo subido un kilómetro en línea recta, me sentaba a esperar por ellos. Al verlos aparecer, reiniciaba mi subida, siempre a mi velocidad, y repetía la maniobra de la espera, y mientras aguardaba sentado me recreaba contemplando el cielo, pues nunca he vuelto a ver estrellas tan grandes como las que vi esa noche.

Una de mis esperas se hizo demasiado larga, y, preocupado, bajé a ver qué por qué mis amigos no aparecían. Los encontré sentados sobre unas piedras porque Pepe, por algunos kilos de más y por su problema de azúcar, se sintió mal y dijo que no podía seguir, que se sentía agotado y que se le había nublado la vista. Descubrimos que de la vista, nada, que lo que se le nublaban eran sus lentes (gafas) porque el aliento los empañaba al salir hacia arriba, y no de frente, forzado por la bufanda con la que Pepe llevaba cubiertas su boca y nariz.

Pero lo del extremo cansancio sí requería atención, así tuve que hacer uso obligado del caminar deprisa, y me disparé ladera arriba a pedir ayuda en el refugio.

Cuando llegué a él toqué con el puño en su única puerta, que ya por la hora estaba trancada, y la persona que la abrió la cerró de golpe apenas verme con la cara cubierta como si fuera asaltante de banco. Desde afuera, y gritando porque a esa altura el ulular del viento era muy fuerte, pedí ayuda para un amigo en apuros. Debí sonar muy auténtico porque el encargado del refugio no sólo me dejó entrar sino que preparó no sé que infusión y bajó conmigo hasta donde habían quedado Pepe y Eleuterio.

A poco de ingerir la infusión, Pepe se sintió mejor y pudo reanudar el ascenso hacia el refugio, una casa hecha de piedra en la que por fin entramos los tres pasadas las 12 de la medianoche.

Como todas las literas estaban ocupadas, el encargado nos facilitó unas mantas, y sobre ellas nos echamos en el piso para tratar de descansar por apenas un par de horas, pues se nos dijo que sobre las 3 deberíamos iniciar el ascenso del tramo final entre el refugio y la cúspide del Teide, a más de 3.700 metros de altura.

Ya que el camino de subida era uno solo, sin pérdida posible, pisé el acelerador y puse velocidad de crucero, dejando atrás a Pepe y a Eleuterio, pero no antes de que Eleuterio nos tomara, a Pepe y a mí, esta foto:

De izquierda a derecha: Carlos M. Padrón y José Quirantes.

Por el camino adelanté a muchos, y al adelantar a un señor ya mayor, cuando éste notó la velocidad que yo llevaba, me dijo que no me apurara porque sí lo hacía él me alcanzaría. Pensé que el señor estaba equivocado, pero unos 15 minutos después un extraño agotamiento me invadió y tuve que sentarme a la vera del camino,… y allí estaba cuando llegó el señor mayor, se detuvo ante mí y, sonriendo, mientras decía algo acerca de la prisa de los jóvenes, me dio un trozo de chocolate y me dijo que lo comiera ya. A poco de comerlo tuve ánimos para reanudar la marcha.

En lo más alto del Teide hay un pequeño cráter que es como una mordida en el costado de la ladera, justo debajo de la cúspide del pico, y la ruta para llegar a ésta pasa por dentro de ese cráter, que, al menos entonces, despedía olor a azufre.

Unos metros antes de entrar al cráter —por su borde inferior, por supuesto— adelanté a un hombre de unos 40 años (yo tenía apenas 20) que por el equipo que llevaba y la forma de caminar parecía un escalador profesional. Y eso debe haber sido, porque en cuanto lo adelanté, y con ello herí su orgullo de veterano, sentí cómo apuraba el paso tratando de alcanzarme. Pero yo, animado por la cercanía de la meta, apuré más el mío, y así se estableció entre nosotros una muda competencia.

Aunque resbalé un par de veces, pues mi calzado no era tan bueno como el suyo, y aunque otras veces logró él situarse a mi nivel y caminamos cabeza a cabeza sin decirnos palabra, puse el pie en la cima primero que mi competidor. Y al verme en la meta final, miré hacia atrás y lo vi parado, mirándome con expresión de entre asombro e ira. Luego reanudó la subida y llegó junto a mí tal vez 10 ó 15 segundos después. En buen inglés me dijo algo así como “Congratulations! You are a real walker!”. Mal sabía él que por muchos años me había entrenado yo en El Paso subiendo como una exhalación, varias veces al día, la empinada cuesta entre La Plaza y mi casa, o entre mi casa y La Cruz Grande.

Eso sí, tuvo la cortesía de tomarme esta foto:

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Poco a poco fueron llegando los demás, y entre ellos Pepe y Eleuterio.

José Quirantes, Eleuterio Sicilia y Carlos M. Padrón en la cima del Teide.
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Al ver desde la cúspide del Teide que la tierra firme de todo el perímetro de la isla salía del mar y confluía en nuestros pies, nos dimos cuenta de que el Teide no está en Tenerife, sino que Tenerife es el Teide.

Aunque se veía una extraña luminosidad, entre claridad y penumbra, el Sol no había salido aún, y cuando esperábamos que asomara y comenzara a subir lentamente —como siempre hacía,… según creíamos— nos sorprendió ver que asomó de un solo golpe y se ubicó a una altura que, dada la distancia y el efecto óptico, podría decirse que era de unos 4 metros sobre la línea del horizonte, y a partir de ahí comenzó su ascenso normal.

Apenas terminó el Sol su extraño salto, giramos 180° y nos quedamos impactados al ver proyectada contra el cielo la sombra perfectamente cónica de ese gigante de más de 3.700 metros que es el Teide. ¡Algo sobrecogedor!

Todos los que teníamos cámaras tomamos fotos de ese insólito espectáculo. De las que tomé, ninguna sirvió, pero Eleuterio si logró ésta:

No hay que olvidar el año en que fue tomada y la calidad de las cámaras que entonces podían comprar muchachos como nosotros.

Después de tal vez casi una hora en la cúspide, bajamos hasta el refugio —de culo muchas veces porque resbalábamos en la arena volcánica y caíamos sentados—, y durante la bajada tomamos estas fotos:

José Quirantes y Carlos M. Padrón. Al fondo, el cono final del Teide.

Y estas otras, ya de vuelta en el refugio:

De izquierda a derecha: Carlos M. Padrón, José Quirantes y Eluterio Sicilia.
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José Quirantes y Carlos M. Padrón, cambiados de ropa y listos para bajar.

Al rato iniciamos el descenso, y nos tomamos un par más al llegar al punto en que el camión nos había dejado la noche anterior, o sea, junto al mapa para excursionistas que ya mencioné antes.

Carlos M. Padrón.

En ésta puede apreciarse cuán “gordo” estaba yo:

De izquierda a derecha: Eleuterio Sioilia, José Quirantes y Carlos M. Padrón.

Para el regreso, otro camionero accedió a llevarnos hasta La Orotava, y desde allí usamos la guagua (autobús) hasta Santa Cruz.

Eleuterio Sicia y José Quirantes dentro del camión que nos llevó hasta la Orotava. Por lo que veo, la foto, cortesía de Eleuterio —al igual que muchos de los detalles arriba dados, que yo ya había olvidado— la tomé yo con su cámara.

Y así culminó nuestra excursión.

He subido al Teide otras dos de veces, en teleférico y luego caminando hasta sólo un poco más arriba de la estación terminal, pero nunca con la emoción de aquella primera vez, de aquellos tiempos de veinteañeros en que excursiones como ésta eran una verdadera aventura.

***

Mi primo Antonio Pedro Dorta Martín me ha enviado desde Tenerife algunas fotos espectaculares, como ésta,

Esta muestra la sombra del Teide contra el cielo y demuestra que lo que dije de que esa sombra era “perfectamente cónica” no es metáfora, y que la foto no es montaje, pues lo prueba la tomada en 1959 desde el mismo sitio —no hay otro mejor— y que repito aquí para facilitar la comparación:

Y esta otra maravillosa foto del Teide fue tomada al amanecer de no sé qué día por Alfredo Lafee, un fotógrafo amateur y jubilado que vive en Santa Cruz de Tenerife.

Mi amigo Juan Antonio Pino, que tuvo la gentileza de enviármela, me cuenta que el día en que don Alfredo, vecino suyo, la tomó, se fue a el Teide a las 4 de la mañana, y cuando regresaba lo pararon los policías y le advirtieron que estaba prohibido pasar sin autorización.

Don Alfredo les contestó que cuando él pasó no había nada ni nadie que lo prohibiera, y como prueba les mostró en su cámara la hora en que había hecho la foto,… hora en que, a falta de carteles, la Policía debió estar donde ahora estaba si quería controlar el acceso.

12 comentarios sobre “[*FP}– El Teide y su sombra

  1. Muy bello el relato y las fotos… Espectacular la sombra del Teide proyectada en el cielo… Tus relatos de juventud me traen siempre recuerdos de aventuras similares en otros parajes y con otros amigos, sobre todo en la sierra de Guadarrama… ¡O tempora, o mores…!

  2. Gracias, Adolfo.

    Buena oportunidad para que, al igual que en relación a mi canción ELLA mencionaste a Bécquer y a Lorca, mencionaras aquí a Rubén Darío y su inmortal “Juventud, divino tesoro,….”

  3. He disfrutado mucho leyendo este hermoso acontecer. Yo espero mostrarte algún día las que yo tengo de mis amaneceres en El Teide. En mi casa tengo una encuadernada de 50×30 muy parecida a alguna de esas con el perfecto cono sobre La Gomera.

  4. Te tomo la palabra, Roberto, y espero que me muestres esas tus fotos de amaneceres desde lo alto del Teide, pues por las muestras que de tus logros me has enviado, ya me imagino que serán obras maestras.

  5. Muchas gracias, gran narrador, por lo buena estructura del montaje gráfico y la descripción de tu aventura, a la vez que me alegra la buena situación en que has puesto la foto que te envié. Ya se lo comunicaré al autor. A quién no haya estado en El Teide le entrarán ganas de verlo.

  6. Excelente relato y hermosisímas las fotos. Que ganas de esta ahora ahi, más cuando mi hija menor se ha ido a vivir “por ahora” a Tenerife.

    Aprende uno a querer esos lugares !

    Besos,

  7. Carlos te felicito por lo ameno e interesante que esta tu articulo y por la bellas fotos.

  8. Excelente tu reportaje. Si bien yo lo había visto en la primera edición, ahora, más completo y con fotos nuevas, me encantó volver a leerlo. Felicitaciones por tu espiritu de aventurero y veo que data de hace muchos años. Adelante.

  9. Gracias, Luis.

    Creo que no es tanto que yo tenga espíritu aventurero como que me persiguen las condiciones que hacen de lo mío una aventura.

    Esto último era lo que decían mis amigos de El Paso de los años 50, y por ello algunos se negaron a participar en excursiones en las que estuviera yo.

  10. Gracias, Roberto. Por poco me infartas. Tendré que creer en resurrecciones.

  11. Ya lo ví en su dia y he vuelto a hacerlo,una aventura preciosa ya lo creo, yo aquí un año, 1987, subimos a San Lorenzo que es el monte más alto de La Rioja 2.271 metros con un grupo de chavales,entre ellos mis hijas, desde un campamento de verano en el cual yo estaba de monitora, el problema consistía en que los chavales eran de 12 a 14 años y había que “arrastrar” a los que se cansaban, guardé las zapatillas con las que subí durante años ya que eran una “reliquia” para mí, al año siguiente volvimos a subir otra vez también desde campamento.charo

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