28-03-2026
Soledad Morillo Belloso
Lo que nos trajeron los japoneses
Los japoneses llegaron a Venezuela como quien entra a una casa donde no conoce a nadie, pero entra despacito, se limpia los pies, sonríe apenas, hace una leve reverencia… y saca de la bolsa un regalo tan bonito, tan útil y tan bien envuelto, que uno termina diciendo, sin darse cuenta:
—Mira, chico… ¿y tú no te quieres quedar a vivir aquí?
No llegaron haciendo ruido. No tumbaron la puerta. No gritaron “¡buenas!”.
Llegaron con una forma particular de estar. Con una quietud que no era frialdad. Con una suavidad que no era timidez. Llegaron con ojos atentos, ojos negros, profundos, tranquilos, que miraban sin invadir. Ojos que observaban como quien escucha. Ojos que no apuraban, que no juzgaban, que no empujaban. Ojos que parecían decir: estoy aquí, tómate tu tiempo. Y uno, acostumbrado al exceso, se sentía visto sin sentirse examinado.
Llegaron con apellidos que parecían poemas breves y exactos: Nakamura, Tanaka, Murakami, Kobayashi, Suzuki, Matsumoto, Yamamoto. Y también llegó ese apellido glorioso: Yonekura, que sonaba a samurái extraviado que un día dijo:
—Bueno… aquí hay sol, café, risas y alguien siempre te ofrece algo de comer. Me quedo.
Y se quedaron.
Una de las primeras cosas que aprendimos fue el lenguaje de los gestos. Gestos pequeños, precisos, pensados. No señalaban con el dedo como quien acusa; señalaban con la mano abierta, suave, como diciendo “por aquí, si no es molestia”. No entregaban las cosas lanzándolas; las ofrecían con las dos manos, como si cada objeto tuviera dignidad. No interrumpían; esperaban. Y esa espera no era pasividad: era respeto.
Y la reverencia… ay, la reverencia. Aquí saludamos con abrazo, beso, palmada y “¿qué más, mi pana?”. Ellos saludan inclinando apenas la cabeza, como si el cuerpo hiciera un paréntesis de cortesía. Una inclinación mínima que te dejaba desarmado y, curiosamente, mejor persona.
Decían hai para decir sí. Decían arigatō como quien entrega una flor. Decían sumimasen, esa palabra que es disculpa, permiso y cuidado al mismo tiempo, y uno sentía que el mundo se ordenaba un poquito.
Y con ellos llegaron los negocios japoneses en Venezuela, que no eran negocios: eran experiencias morales. Tiendas donde uno entraba “rapidito” a comprar un tornillo y salía una hora después con un ventilador, un rallador de cosas que uno nunca había rallado, un cuaderno perfecto, un juego de té delicadísimo, una linterna, un despertador, una calculadora, un radio y un aparato misterioso que nadie sabía para qué servía, pero uno compraba igual porque el japonés lo había puesto ahí con tanta seriedad que debía ser importante.
Tiendas tan ordenadas que a uno le daba culpa respirar fuerte. Tiendas donde todo estaba alineado con una precisión casi moral. Tiendas donde uno sentía que si movía algo un centímetro, el universo se desbalanceaba. Y detrás del mostrador estaba él: un Yonekura, o un Tanaka, o un Suzuki. Quieto. Recto. Con una sonrisa mínima. Con los brazos relajados. Con una inclinación de cabeza tan pequeña que parecía un secreto compartido.
—Buenos días —decía. Y no era un saludo. Era un gesto de paz.
Y uno salía con una bolsa en la mano y una sensación rara en el pecho, como de haber sido tratado con respeto aunque solo hubiera comprado una linterna.
Y entonces apareció Hitachi, de la mano de los Mayorca. Hitachi no era una marca. Hitachi era familia. Ese televisor que duraba veinte años. Ese televisor que vio telenovelas, noticieros, béisbol, apagones, elecciones, retornos de luz… y todavía prendía como si nada. Ese aire acondicionado que sobrevivía a apagones eternos, tormentas, mudanzas y sobrinos curiosos. Ese ventilador que pasaba de casa en casa como herencia emocional. Ese radio que seguía funcionando, aunque lo hubieras dejado caer tres veces “sin querer”.
En Venezuela, decir “compré un Hitachi” era como decir: —Esta relación va en serio.
Pero los japoneses no sólo nos trajeron electrodomésticos inmortales. Nos trajeron vehículos con alma. Los Toyota 4×4 que suben cerros como cabras montesas con doctorado en resistencia. Los Mitsubishi que cruzan ríos como si fueran anfibios certificados. Los Nissan que arrancan aunque les cambien el aceite cada eclipse. Las Honda que han llevado a medio país al trabajo, a la playa, al mercado, al hospital… y al amor. Las Yamaha que rugen como si tuvieran espíritu propio. Las Suzuki que parecen decirte, bajito: “tranquilo, yo puedo con esto”.
Un Toyota en Venezuela no es un carro: es un animal mitológico. Una moto Honda es un caballo moderno. Una Yamaha es una declaración de independencia. Y un Nissan Sentra es el equivalente automotriz de un perro fiel: no se queja, no te deja mal y siempre arranca.
Y luego llegó la comida japonesa. Primero tímida. Ceremoniosa. Pidiendo permiso. A principios de los años 80, en Caracas había dos restaurantes japoneses. Dos. No tres. No “unos cuantos”. Dos.
Uno sí lo recuerdo bien: el Ávila Tei, en El Rosal. Ir ahí era ponerse serio. Bajabas la voz. Te sentabas derecho. Mirabas el menú como quien descifra un manuscrito antiguo. El otro quedaba por La Carlota. Y hasta ahí llega la memoria. No me acuerdo cómo se llamaba. No sé si tenía nombre. Puede que sí. Puede que no. Puede que fuera simplemente “el japonés de La Carlota”. Y eso también es muy japonés: existir sin hacer ruido.
En esa época, ir a un japonés no era “vamos a comer”. Era una aventura cultural. Uno iba porque alguien “sabía”. Porque un primo “había probado algo crudo y no se murió”.
El sushi nos enseñó que el pescado no siempre necesita aceite hirviendo para ser feliz. El sashimi nos pidió un acto de fe. El ramen nos abrazó con su caldo profundo, sus fideos largos, su huevo perfecto, como una sopa con doctorado. La tempura nos recordó que la fritura también puede ser elegante. El yakimeshi se volvió primo del arroz chino, pero más discreto. El miso nos enseñó el umami, aunque no sepamos explicarlo. El matcha nos avisó que no todo lo verde es aguacate. El wasabe nos demostró que algo puede ser lindo y picar en serio. Y el sake llegó suavecito, calentando el pecho sin pelear, poniéndonos filosóficos sin permiso.
Hoy hay sushi por todas partes. Hay sushi con delivery. Hoy uno puede estar en pijama, con un ventilador japonés prendido, viendo una serie en un televisor japonés, y pedir sushi desde el teléfono. Sushi que llega en moto. Sushi democrático. Sushi que convive con la empanada sin pelear.
Y entre las cosas pequeñas llegaron los relojes japoneses: Casio, Seiko, Citizen. Un nombre me viene a la memoria: Seijiro Yazawa Iwai. Relojes que no se atrasaban. No se quejaban. No fallaban. Relojes que parecían medir no solo el tiempo, sino la paciencia.
Pero lo más profundo que trajeron no fue material. Nos trajeron una forma de estar. Una cortesía que no invade. Que no atropella. Que no exige. Una cortesía que se inclina apenas, que baja la mirada para elevar al otro. Aprendimos —tarde, pero bien— que inclinar la cabeza no es sumisión: es reconocimiento.
Y fue esa filosofía la que un día me tocó de frente, en un evento cultural, en un concierto en el Teatro Teresa Carreño. El Teresa Carreño impone. Te endereza la espalda, aunque no quieras. La gente hablaba bajito. Las luces eran suaves. El ambiente era de respeto compartido. No era sólo música: era encuentro.
Para esos tiempos, yo estaba en la junta de la Fundación Amigos del Teresa Carreño, uno de los trabajos más lindos que me ha tocado en suerte tener. Y estrenábamos el nuevo piano, que había sido posible gracias a una campaña extraordinariamente exitosa: “Un piano para Teresa”. Mi amigo Arturo Casado, por seguro, la recordará con tanta pasión como yo.
Era una noche hermosa y plácida. Y en el foyer, justo antes del llamado a entrar, ahí estaba él: el embajador de Japón en Caracas. Se acercó y me saludó, con una levísima inclinación. No ocupaba espacio innecesario. Su presencia era precisión. Su cuerpo parecía educado. Escuchaba con ojos tranquilos, profundos, atentos. Asentía apenas. Dejaba pausas. Pausas que no incomodan: ordenan.
Después del concierto, nos encontramos de nuevo para el brindis. Hubo un silencio breve. Un silencio japonés. Y entonces dijo:
—Usted es un bonsái.
Así. Sin adornos. Y entendí. No me estaba diciendo pequeña. Me estaba diciendo esencial. Que el bonsái no es pequeño porque no pudo crecer. Es pequeño porque alguien lo imaginó así. Porque alguien lo cuidó. Porque alguien lo podó con paciencia. Porque alguien supo cuándo tocar… y cuándo dejar en paz.
Un halago japonés. Silencioso. Exacto. Y todo encajó.
El bonsái es un árbol diminuto con un universo adentro. La kokedama es un planeta verde suspendido. Ambos nos enseñaron que la paciencia es arquitectura y que el silencio también cultiva. Y entre todo eso, nos regalaron los haikus: poemas mínimos que dicen más con tres líneas que otros con cien.
Los japoneses nos trajeron disciplina… y nosotros le pusimos humor. Nos trajeron silencio… y nosotros le agregamos brisa y carcajada. Nos trajeron precisión… y nosotros improvisación tropical.
Y de esa mezcla salió algo único: un haiku que baila tambor, una kokedama que huele a mar, un Toyota cruzando ríos, un Hitachi que dura más que un matrimonio, un sushi con empanada, un arigatō flotando en el aire, y un Yonekura tan venezolano como un Salazar.
Los japoneses no vinieron a cambiarnos. Pero igual nos cambiaron. Y nosotros, agradecidos, los adoptamos.
Porque así es Venezuela: un país que se deja querer… y cuando quiere, quiere con todo.
