[Col}> «Sueños de emigrantes»: Clotilde Nazco y Agustín García Nazco / Estela Hernández Rodríguez

Estela

De Las Palmas (Canarias) a Cuba.

Las Palmas también tiene su huella aquí en nuestro país. Una de sus mujeres, Clotilde Nazco Castro, fue de las tantas isleñas que vinieron buscando una mejor vida y, como muchos, tuvo que pasar malos ratos y derramar alguna que otra lágrima por malas jugadas del destino, hasta que logró una estabilidad para su familia.

Luchadora inagotable, hizo frente a aquel momento que cuenta su hijo Agustín García Nazco, de 89 años de edad, casado con otra descendiente de Canarios.

Agustín dijo que su mamá, Clotilde Nazco Castro, vino a Cuba cuando tenía 30 años de edad, allá por el año 1930. Se ubicó en la provincia de Camagüey, y primero vivió con su hermana y el esposo de ésta, hasta que se casó.

Decía Agustín: «Mi padre era cubano, y tuvo con mi madre cuatro hijos; yo era el menor». Para pena suya, no pudo conocer a su padre, que murió antes que él naciera.

Desde ese momento, para la Canaria Clotilde todo fue más difícil, pues había quedado viuda y sabía que tenía que criar a sus hijos en medio de la miseria en que por aquella época vivía. Eran tiempos duros; gobernaba el presidente Eduardo Machado, hombre implacable en su mandato.

Ella sabía de la rigidez de la vida como emigrante, en la que a veces el destino da para ganar o para perder, y a ella desde muy temprano le había tocado lo segundo. Pero Clotilde, como isleña al fin, era una mujer trabajadora y luchadora, y, como dice el buen cubano: lavaba y planchaba. Esto último lo hacía con plancha de leña, como era natural en aquellos tiempos.

Cuentan los que la conocieron, y su propio hijo, que esa isleña planchaba de tal forma que se podía asegurar que la ropa quedaba hasta mejor que con una de las sofisticadas planchas de hoy en día.

También hacía comida para un grupo de trabajadores solteros, de origen Canario, que por aquel lugar laboraban en las vegas de tabaco.

Trabajaba sin descanso ya que las noches las dedicaba a la costura, remendando o arreglando una que otra ropa de su familia o de los vecinos. Así podía llevar el pan a la boca a sus cuatro hijos.

Más tarde conoció a un Canario, Antonio Rodríguez, con el que se casó, aunque continuaba trabajando en el tabaco, pero esta labor apenas les alcanzaban para comer.

Un día Clotilde le dijo a su marido: «Mira, viejo, el tabaco ya no tiene valor, y económicamente nos va mal. Vamos a mudarnos para Oriente, compramos unas tierras y empezamos con el café y otros cultivos».

El esposo le prestó atención, y al final le dio la razón porque reconoció que, aunque mujer, Clotilde tenía un don para saber hacer las cosas y abrirse paso.

De esa forma comenzaron a hacer las gestiones, visitaron Bayamo y fue allí precisamente donde al final se instalaron por el resto de sus vidas.

De la compra de la finca

«Se hablaba de la finca, pero no era tal como la imaginamos —dijo Agustín—. Sí, era tierra, pero de monte adentro, sin luz y con poca agua».

Fue aquí donde se manifestaron las habilidades de Clotilde para manejar estos asuntos. Se reunió con algunos amigos Canarios del lugar donde residía y, entre todos, compraron un pedazo a un precio muy bajo por caballería.

Clotilde solicitó dos de ellas, pero exigiéndole al dueño que tenían que tener agua, y fue así como se hizo de su finca a la que llamó “Las tres corrientes”, pues por ella pasaban tres arroyos que con sus aguas ayudarían al riego de cafetales, plantas y árboles frutales. Estos últimos que aún hoy se conservan.

La salida de Camagüey

Volviendo a la salida de Camagüey, había un inconveniente, ¿cómo se trasladarse? ¿qué llevarían?

No tenían nada, ni siquiera ropa ni zapatos. Para poder comprar esto tuvieron que vender la vaca y tres puerquitos, pero, «¡Qué remedio!», dijo Agustín.

Al fin llegaron a Camagüey, y lo más urgente era a hacer un bohío para poder vivir. Primero, y como en tránsito, fueron a parar en la casa de otra hermana de su mamá, en Guisa, en la zona de Arroyo Blanco, donde existía otro asentamiento de Canarios.

En lo que luego fuera la finca “Tres corrientes” no existía ni un camino ni un médico; todo era muy difícil, pero había que intentar mejorar las condiciones de vida. Para trasladarse desde ese lugar al pueblo había que caminar más de un día, y por un trillo por dentro del monte.

Así comenzaron aquellos isleños: rompiendo monte y creando con su esfuerzo y con sus propias manos, las siembras y sus casas. Con su trabajo y honestidad se ganaron hasta el crédito del dueño de la bodega del pueblo.

Ya habían creado un barrio, un barrio al que después, con el decir de la gente, se le quedó, y hasta nuestros días, el nombre de Canarias. Y es lógico porque cuando todos iban o venían por aquellas lomas al hacer referencia al lugar decían: “Sí, porque allá arriba, en Canarias,…”. Y fue así como, para orgullo de sus pobladores, se llamó desde entonces aquella pequeña región: Canarias.

En su recuento, Agustín me hablaba de un Canario que era poeta y que por las noches, y como por esas cosas que vienen del alma y en un momento, añorando a su terruño Amagar, Las Palmas, decía unos versos:

Yo recuerdo todavía,
de mis Canarias palmeras,
de Amagar y Las Calderas
dentro de dos serranías.

El cuento de las malangas picantes

Decía Agustín: «Recién llegados a «Tres corrientes», en el lugar no había nada que comer, y entonces mi padre fue a comprar unas malangas a un lugar de esa zona llamado «Hoyo de los indios”.

Resultó que sí había malangas, pero no malangas como tal sino sólo sus cabezas que resultaban picantes. Y mi padre dijo: “De no llevar nada, por lo menos algo comen”. Mientras, en la casa todos, hasta los trabajadores, lo esperaban.

Llegaron por fin las malangas y las cocinaron, pero no había quien se las comiera de lo picante que resultaron. Entonces uno de los isleños dijo: «Vamos a ponerla al sol a ver si cambia un poco», y así se hizo».

Y así, entre risas, contaba Agustín la anécdota, rematándola con: «Picaba poco, pero aunque picara, había que comérsela; no había otra cosa».

Cosas de jóvenes

En el barrio llamado Canarias todos eran como familia, y cuando un muchacho hacía de sus travesuras, juntos le aplicaban el castigo por igual.

«Un día —dijo Agustín— los muchachos fuimos a fumar en la casa del maíz. Subíamos a la solera y allí escondidos hacíamos otra de estas travesuras.

Un trabajador le contó esto a la tía, y de inmediato corrieron a bajarnos del lugar. ¿Qué cómo lo hicieron? ¡Pues a mazorcazos! Todos bajamos poco a poco, pero yo me tiré por el otro lado de la casa y vine a caer encima de un puerco.

Me levanté corriendo y no paré de correr hasta que llegué a mi casa. Mi mamá, al verme a esa hora de la noche, se preocupó y yo le dije que me habían traído mis primas hasta cerca de allí. Luego de ese susto, nunca más dije una mentira».

Una de las cosas que Agustín recordaba con tristeza era que en ese tiempo nunca fue a la escuela; ellos sólo trabajaban en la finca, sobre todo en los secaderos de café, en las despulpadoras.

Ya en estos equipos estaba la mano de su madre Clotilde, que era la encargada de hacer los negocios y de hacer las inversiones.

«Así era ella. Siempre fue la cabeza pensante, y ya nos iba bien. Ya con el tiempo y las buenas relaciones e ideas de mamá, tuvimos una casa muy cómoda, de piso, y muchos trabajadores, sobre  todo haitianos, que se quedaban entusiasmados por el trato de mamá Clotilde y volvían para la otra zafra; así años tras año.

Pero es que mamá era tan buena que hasta les cosía las ropas y les hacía uno que otro regalo. Por eso ellos vivían allí sin sentirse marginados.

De esta forma tuvimos nuestro cafetal, donde había un microclima y el agua no dejaba de asomarse un sólo día. Aprendimos cosas interesantes al lado de mamá, que siempre nos estaba dando buenos consejos», concluyó el descendiente Canario.

Estela Hernández Rodríguez
La Habana (Cuba). Noviembre/2010

[Col}– El «Cantar de los cantares», de Salomón / Vicencio Díaz

Vicenzio

Carlos, el comentario hecho por Carmen Campos me hizo recordar el Cantar de los Cantares, según comenté AQUÍ.

Lo leí de nuevo y cedí a la tentación de enviártelo completo.

***oOo***

El «Cantar de los cantares» de Salomón

¡Ah, si me besaras con besos de tu boca!, porque mejores son tus amores que el vino.

Delicioso es el aroma de tus perfumes, y tu nombre, perfume derramado.

¡Por eso las jóvenes te aman!

¡Llévame en pos de ti!… ¡Corramos!…  

¡El rey me ha llevado a sus habitaciones!

Nos gozaremos y alegraremos contigo,

nos acordaremos de tus amores más que del vino.
    ¡Con razón te aman!

Morena soy, hijas de Jerusalén,pero hermosa como las tiendas de Cedar, como las cortinas de Salomón.

No reparéis en que soy morena, pues el sol me miró. Los hijos de mi madre se enojaron contra mí; me pusieron a cuidar las viñas, mas mi viña, que era mía, no guardé.
Dime tú, amado de mi alma,
    dónde apacientas tu rebaño, dónde descansas al mediodía;
    pues ¿por qué he de andar como errante junto a los rebaños de tus compañeros?

Si no lo sabes, hermosa entre las mujeres,
    sigue las huellas del rebaño,
y apacienta tus cabritas junto a las cabañas de los pastores.

A la yegua del carro del faraón te he comparado, amada mía.
¡Qué hermosas son tus mejillas entre los pendientes, y tu cuello entre los collares!
Zarcillos de oro te haremos, con incrustaciones de plata.

Mientras el rey está en su reclinatorio, mi nardo esparce su fragancia.
Mi amado es para mí un saquito de mirra que reposa entre mis pechos.
Ramo de flores de alheña en las viñas de

En-gadi es mi amado para mí.

¡Qué hermosa eres, amada mía, qué hermosa eres! ¡Tus ojos son como palomas!

¡Qué hermoso eres, amado mío, qué dulce eres! Frondoso es nuestro lecho; las vigas de nuestra casa, cedro; nuestro artesonado, ciprés.

Yo soy la rosa de Sarón, el lirio de los valles.

Como el lirio entre los espinos es mi amada entre las jóvenes.

Como un manzano entre árboles silvestres es mi amado entre los jóvenes. A su sombra deseada me senté y su fruto fue dulce a mi paladar.
Me llevó a la sala de banquetes y tendió sobre mí la bandera de su amor.
Sustentadme con pasas, confortadme con manzanas, porque estoy enferma de amor.
Su izquierda esté debajo de mi cabeza; con su derecha me abrace.

¡Yo os conjuro, hijas de Jerusalén, por las gacelas y las ciervas del campo,que no despertéis a mi amor!
    ¡Dejadla dormir mientras quiera!

¡La voz de mi amado! ¡Ya viene, saltando sobre los montes, brincando por los collados!

Semejante a una gacela es mi amado; como un joven cervatillo. Helo aquí, está tras nuestra pared, mirando por las ventanas, atisbando por las celosías.
Habló mi amado, y me dijo:

«Amada mía, hermosa mía, levántate y ven.
Ya ha pasado el invierno, la lluvia ha cesado y se fue; han brotado las flores en la tierra,
    ha venido el tiempo de la canción y se oye el arrullo de la tórtola en nuestro país.
Ya la higuera ha dado sus higos y las vides en cierne, su olor.
    «¡Amada mía, hermosa mía, levántate y ven! Paloma mía, que anidas en lo oculto de la roca, en lo escondido de escarpados parajes, muéstrame tu rostro, hazme oír tu voz, porque tu voz es dulce, y hermoso tu aspecto».

¡Cazadnos las zorras, esas zorras pequeñas
    que destruyen las viñas, nuestras viñas en cierne!

¡Mi amado es mío y yo soy suya! Él apacienta entre los lirios.
Mientras despunta el día y huyen las sombras, vuelve, amado mío, como una gacela o un cervatillo por los montes de Beter.

Por las noches busqué en mi lecho al amado de mi alma; lo busqué, mas no lo hallé.
Pensé entonces: «Me levantaré,
recorreré la ciudad, y por calles y plazas buscaré al amado de mi alma».
    Lo busqué, mas no lo hallé.
Me hallaron los guardias que rondan la ciudad, y les pregunté:

«¿Habéis visto al amado de mi alma?»

Apenas me aparté de ellos un poco, hallé al amado de mi alma; me así a él, y no lo dejé hasta llevarlo a casa de mi madre,
    a la habitación de quien me dio a luz.

¡Yo os conjuro, hijas de Jerusalén, por las gacelas y las ciervas del campo,
    que no despertéis a mi amor!
    ¡Dejadla dormir mientras quiera!

¿Qué es eso que sube del desierto cual columna de humo, perfumado de mirra e incienso, y de todo polvo aromático?
¡Ved, es la litera de Salomón!
    Sesenta valientes la rodean, de entre los fuertes de Israel.
Todos ciñen espada y son diestros en la guerra; cada uno lleva su espada al cinto, por los peligros de la noche.

El rey Salomón se hizo una carroza de madera del Líbano, con columnas de plata, respaldo de oro y asiento de grana; su interior, recamado de amor por las hijas de Jerusalén.

¡Hijas de Sión, salid!

Ved al rey Salomón con la corona que le ciñó su madre el día de su boda,
    el día del gozo de su corazón.

¡Qué hermosa eres, amada mía, qué hermosa eres! ¡Tus ojos son como palomas en medio de tus guedejas!
    Tus cabellos, como manada de cabras que bajan retozándolas laderas de Galaad.
Tus dientes, como manada de ovejas que suben del baño recién trasquiladas,
    todas con crías gemelas, ninguna entre ellas estéril.

Tus labios son como un hilo de grana; Tu hablar, cadencioso; Tus mejillas, como gajos de granada detrás de tu velo. Tu cuello, como la torre de David, edificada para armería: de ella cuelgan mil escudos, escudos todos de valientes. Tus dos pechos, como gemelos de gacela que se apacientan entre lirios.
Mientras despunta el día y huyen las sombras, me iré al monte de la mirra, a la colina del incienso.
¡Qué hermosa eres, amada mía!
No hay defecto en ti.

Ven conmigo del Líbano, esposa mía; baja del Líbano conmigo. Mira desde la cumbre del Amana, desde la cumbre del Senir y del Hermón, desde las guaridas de los leones, desde los montes de los leopardos.

Me robaste el corazón, hermana, esposa mía; me robaste el corazón con una mirada tuya, con una gargantilla de tu cuello.
¡Cuán hermosos son tus amores, hermana, esposa mía!
    ¡Cuánto mejores que el vino tus amores,
    y la fragancia de tus perfumes más que toda especia aromática! ¡Esposa mía!

Tus labios, como un panal, destilan miel; miel y leche hay debajo de tu lengua,
    y el aroma de tus vestidos es como la fragancia del Líbano.

Jardín cerrado eres, hermana mía, esposa mía; fuente cerrada, sellado manantial,
vergel de renuevos de granado, de frutos suaves, de flores de alheña y de nardos,

nardo y azafrán, caña aromática y canela,
    árboles de incienso y de mirra, áloes y las más aromáticas especias.
Manantial de los jardines, pozo de aguas vivas que descienden del Líbano.

¡Levántate, Aquilón, y ven, Austro!
    ¡Soplad, y mi jardín desprenda sus aromas!
    ¡Venga mi amado a su jardín y coma de sus dulces frutos!

He venido a mi jardín, hermana, esposa mía;
    he recogido mi mirra y mis aromas,
    he comido mi panal y mi miel,
    mi vino y mi leche he bebido.

Comed, amados amigos; bebed en abundancia.

Yo dormía, pero mi corazón velaba. La voz de mi amado que llama:

    «¡Ábreme, hermana mía, amada mía, paloma mía, perfecta mía, pues mi cabeza está cubierta de rocío, mis cabellos, de la humedad de la noche!

«Me he quitado la ropa,
    ¿cómo vestirme otra vez?
    Ya me he lavado los pies,
    ¿cómo ensuciarlos de nuevo?»
Mi amado metió su mano por el resquicio de la puerta
y mi corazón se conmovió dentro de mí.
Me levanté para abrir a mi amado
    y mis manos gotearon mirra: ¡de mis dedos corría la mirra sobre el pestillo de la cerradura!
Abrí a mi amado, pero mi amado se había ido,y
a había pasado, y tras su voz se me salió el alma.
    Lo busqué, mas no lo hallé; lo llamé, y no me respondió.
Me encontraron los guardias que rondan la ciudad; me golpearon, me hirieron, me arrebataron el manto los guardias de las murallas.

Yo os conjuro, hijas de Jerusalén, si halláis a mi amado, hacedle saber que estoy enferma de amor.

¿Qué es tu amado más que otro amado, tú, la más hermosa entre las mujeres?
    ¿Qué es tu amado más que otro amado, para que así nos conjures?

Mi amado es blanco y sonrosado, distinguido entre diez mil; su cabeza es oro fino;
    sus cabellos crespos, negros como el cuervo.
Sus ojos, palomas que junto a arroyos de aguas se bañan en leche, están a la perfección colocados. Sus mejillas, eras perfumadas con especias aromáticas,
    son como fragantes flores; sus labios, lirios que destilan mirra. Sus manos, anillos de oro engastados de jacintos; su cuerpo, claro marfil cubierto de zafiros.
Sus piernas, columnas de mármol fundadas sobre basas de oro fino; su aspecto, como el Líbano; esbelto cual los cedros. Su paladar, dulcísimo, y todo en él codiciable.

    ¡Tal es mi amado, tal es mi amigo,
    hijas de Jerusalén!

¿A dónde se ha ido tu amado, tú, la más hermosa entre las mujeres?
    ¿A dónde se dirigió tu amado, y lo buscaremos contigo?

Mi amado ha bajado a su jardín, a las eras de las especias, a apacentar en los huertos y recoger los lirios.

¡Yo soy de mi amado, y mi amado es mío!
    Él apacienta entre los lirios.

Amada mía, eres bella como Tirsa, deseable como Jerusalén, imponente como ejércitos en orden de batalla.
¡Aparta tus ojos de mí, pues me subyugan!
    Tu cabello es como manada de cabras que bajan retozando las laderas de Galaad.
Tus dientes, como manada de ovejas que suben del baño, ninguna estéril, todas con crías gemelas.
Tus mejillas, como gajos de granada detrás de tu velo.
Sesenta son las reinas, ochenta las concubinas, y las jóvenes, sin número;
mas única y perfecta es la paloma mía,
la única de su madre, la escogida de quien la dio a luz.
    Las jóvenes la vieron y la llamaron «bienaventurada»; la alabaron las reinas y las concubinas.

«¿Quién es esta, que se muestra como el alba, hermosa como la luna, radiante como el sol, imponente como ejércitos en orden de batalla?»

Bajé al huerto de los nogales a ver los frutos del valle, a ver si brotaban las vides y florecían los granados.
Luego, antes de darme cuenta, mi alma me puso entre los carros de Aminadab.

¡Vuelve, vuelve, sulamita!
    ¡Vuelve, vuelve, que te veamos!

¿Qué miráis en la sulamita?

Que danza, como en los campamentos.

¡Qué bellos son tus pies en las sandalias, hija de príncipe!
    Los contornos de tus caderas son como joyas, obra de excelente artífice.
Tu ombligo, como una taza redonda donde no falta el buen vino.
    Tu vientre, como montón de trigo de lirios rodeado.
Tus dos pechos, como gemelos de gacela.
Tu cuello, como torre de marfil;
tus ojos, como los estanques de Hesbón junto a la puerta de Bat-rabim; tu nariz, como la torre del Líbano, que mira hacia Damasco.
Tu cabeza erguida, como el Carmelo;
como púrpura, tus guedejas: en ellas, un rey está cautivo.

¡Qué hermosa eres y cuán suave, oh amor deleitoso!
Tu talle, como la palmera;
    tus pechos, como sus racimos.
Yo dije: «Subiré a la palmera y asiré sus frutos».
    Deja que sean tus pechos como racimos de vid,
y como de manzanas la fragancia de tu aliento.
Tu paladar, como el buen vino,
que entra al amado suavemente y corre por los labios de los viejos.

Yo soy de mi amado, y en mí tiene su contentamiento.
Ven, amado mío, salgamos al campo, pasemos la noche en las aldeas.
Vayamos de mañana a las viñas,
a ver si brotan las vides, si ya están en cierne, si han florecido los granados.
    ¡Allí te daré mis amores!
Las mandrágoras exhalan su aroma,
y a nuestras puertas hay toda suerte de deliciosas frutas, frescas y secas, que para ti, amado mío, he guardado.

¡Ah, si fueras tú un hermano mío, criado a los pechos de mi madre!
    Cuando te hallara fuera de la casa, te besaría,
y no me menospreciarían.
Te llevaría y te haría entrar en casa de mi madre; tú me enseñarías.
    Yo te daría a beber vino aromado con licor de mis granadas.
Su izquierda esté debajo de mi cabeza; con su derecha me abrace.

¡Yo os conjuro, hijas de Jerusalén, que no despertéis a mi amor!
    ¡Dejadla dormir mientras quiera!

¿Quién es esta que sube del desierto, recostada sobre su amado?

Debajo de un manzano te desperté; donde tuvo tu madre los dolores, donde tuvo los dolores quien te dio a luz.

Ponme como un sello sobre tu corazón, como una marca sobre tu brazo; porque fuerte como la muerte es el amor y duros como el seol los celos.
    Sus brasas son brasas de fuego, potente llama.
Las muchas aguas no podrán apagar el amor ni lo ahogarán los ríos.
    Y si un hombre ofreciera todos los bienes de su casa a cambio del amor, de cierto sería despreciado.

Tenemos una pequeña hermana, que no tiene pechos;
    ¿Qué haremos con nuestra hermana cuando de ella se hable?
Si fuera una muralla, edificaríamos sobre ella un palacio de plata; si fuera una puerta, a recubriríamos con tablas de cedro.
Yo soy como una muralla, y mis pechos, como torres.
    Ante sus ojos he sido como quien ha hallado la paz

Salomón tuvo una viña en Baal-hamón, y la encomendó a unos guardas, y cada uno le llevaba por su fruto mil monedas de plata.

¡Mi viña, la mía, está delante de mí!
    ¡Que las mil monedas sean para ti, Salomón,
doscientas para los que guardan el fruto!
Tú, que habitas en los huertos, los compañeros escuchan tu voz. ¡Házmela oír!
¡Corre, amado mío, como la gacela o el cervatillo, por las montañas llenas de aromas!

Pero el rey Salomón amó además de la hija de Faraón a muchas mujeres extranjeras: a las de Moab, a las de Amón, a las de Edom, a las de Sidón y a las heteas; gentes de las cuales Jehová había dicho a los hijos de Israel: no os llegaréis a ellas, ni ellas se llegarán a vosotros porque ciertamente harán inclinar vuestros corazones tras sus dioses. A éstas, pues, se juntó Salomón con amor y tuvo setecientas mujeres reinas y trescientas concubinas; y sus mujeres desviaron su corazón.

(De la genealogía de José, de quien estaba desposada María Madre de Jesús: Isaí engendró al rey David, y el rey David engendró a Salomón de la que fue mujer de Urías. Salomón engendró a Roboam, Roboam a Abías, y Abías a Asa. Asa engendró a Josafat, Josafat a Joram, y Joram a Uzías. Uzías engendró a Jotam, Jotam a Acaz, y Acaz a Exequias).

[Col}> “Sueños de emigrantes”: Teresa Cejas Valdés / Estela Hernández Rodríguez

Estela

En 1917, y cuando sólo contaba 16 años de edad, Juan Cejas Padrón vino a Cuba. El motivo que lo trajo hasta aquí fue el mismo que movió a casi todos los varones que emigraron de las Islas Canarias: La guerra, el servicio militar —muy duro en aquellos tiempos—, y la pobreza que imperaba en las Islas.

La hija que me contó su historia se llama Teresa Cejas Valdés, una anciana de 77 años, muy simpática y agradable, que no porque peine canas deja de ser jovial, y muy risueña y entusiasta a la hora de hablar acerca de los parientes de allá (Canarias) y de aquí (Cuba).

Dijo Teresa:

«Juan,   mi  padre,  vino   con   otro  hermano, quien luego regresó a Canarias. Eran oriundos de Valverde, El Hierro. Desde que mi padre llegó a Cuba comenzó a trabajar en los ferrocarriles de Ciénaga, Ciudad de La Habana. Luego se fue a San Cristóbal, provincia de Pinar del Río, donde existe un asentamiento de Canarios. Entonces se dedicó a la caña, renglón fundamental por aquellos tiempos en la economía del país. Fue fundador del Central de San Cristóbal, hoy nombrado “José Martí”. Él fue mecánico de ese central y, como tal, hacía varios trabajos».

El isleño, como también le decían sus amigos de la región, trabajaba todo el año. Para él no hubo tiempo muerto, pues ésa era costumbre en las zafras azucareras. También fue un hombre muy inteligente, por lo que llegó a jefe de reparaciones. No tenía miedo a las alturas, por lo cual a veces lo veían encaramado encima de aquellos molinos de viento para repararlos, o pintando uno de esos grandes tanques que utilizaban para el agua.

(Teresa Cejas Valdés, una Canaria de Valverde, El Hierro)

Entre sus preferencias, le gustaba montar a caballo. Dice Teresa que era buen jinete y que le contaba que cuando chico iba al campo a trabajar con su padre y llevaban queso y vino para merendar.

Cuando se mudó para San Cristóbal, conoció allí a la que fue su esposa, Inés Valdés Miranda, con la que tuvo 5 hijos. Más tarde enviudó y entonces tuvo 2 hijos en ese su segundo matrimonio.

Momentos de recordación

Teresa era la mayor de las hijas de Juan. Me contó que en el año 2003 visitó la Isla de El Hierro, y allí, en Valverde —la capital de esa Isla, la más pequeña del archipiélago canario—, con su familia, primos, y los hijos de éstos, y con otros familiares, pudo compartir momentos maravillosos.

Teresa contaba de su familia con tanta alegría que era como si quisiera que se conociera todo a la vez. De pronto fue muy presta a buscar las fotos, que se le habían quedado en su cartera, y en instantes volvió con su pequeño álbum y comenzó a mostrármelo. Ese álbum lo lleva siempre consigo, me dijo.

Pasó luego a contarme de lo bien que la había pasado en esa región de Canarias, en el terruño de su padre; de cómo, desde las alturas por la carretera y dentro del auto, veía aquellas casas del tamaño de una hormiga; y de lo cariñosa y amable que fue su familia con ella.

Para Teresa fue una experiencia inolvidable, y sus ojos denotaban lo que expresaba: el brillo húmedo que se notaba en ellos descubría ese sentimiento de amor por los suyos.

Así conocí por fotos a Guillermina, Julián, Dolores, José Francisco —que, me dijo Teresa, que trabaja en el aeropuerto— y a Edelia. En una palabra, los Sánchez Cejas de Valverde y, sobre todo, la casa de su padre, foto que mostró con mucho orgullo: una casa rústica pero con toda la belleza de recuerdos que para Teresa encierra, allí, en aquel pedacito de Valverde.

Estela Hernández Rodríguez
La Habana (Cuba). Noviembre/2010

[Col}> “Sueños de emigrantes”: Elvira Quintero Hernández / Estela Hernández Rodríguez

Estela

Una herreña que, sin querer, se convirtió en emigrante.

Esta historia sucedió en El Pinar, en El Hierro, y trata de los momentos vividos por una niña llamada Elvira Quintero Hernández que nació en ese lugar, en 1913 y en un hogar humilde y pobre.

Fue a los diecisiete días de nacida cuando la bautizaron, y su madrina, María Toledo, era muy cariñosa con ella. María era una herreña que a menudo viajaba a Cuba, donde tenía su casa, aunque residía en El Hierro. Tenía tres hijos varones, y siempre quiso tener una hembra, según contó Elvira.

Mientras, en el hogar de la pequeña herreña transcurría la vida cotidiana. Sus padres tenían como costumbre hacer queso, y su mamá a otros lugares para canjearlo por otros productos; así era por aquella región. Me contaba Elvira que, por esos años, en su terruño no había ni agua que tomar, todo estaba acabado, ni calles.

Recuerda cómo ella se preocupaba porque no llovía, pues a su padre, Gabriel Quintero, le hacía falta el agua para su escaso ganado.

Entonces, y por esta situación, su madrina a veces la llevaba para su casa y la tenía por momentos. Luego se quedaba un día con ella, y después varios. También su madrina le compraba uno que otro juguete, algo que sus padres no podían hacer.

Así fue creciendo, y cuando ya tenía once años, María Toledo le pidió a su comadre que dejara ir a Elvira con ella a Cuba para que conociera esa Isla. Para ello tuvo que pedir un permiso, y a la niña, le gustara o no la idea, tenía que aceptarla, pues en aquel tiempo los menores no tenían voz ni voto; lo que decidieran los mayores tenían que aceptarlo.

A Elvira la acompañaron sus padres al embarcadero. Vino a Cuba en el barco francés “La Salle”, en el que toda la tripulación era francesa.

«Yo, era la única niña que venía en el barco, y los marinos me daban la mano y me llevaban a comprar caramelos en la bodega del barco», decía Elvira con tristeza.

Una nueva vida

A su llegada a Cuba, recuerda cómo, luego de desembarcar, se trasladaron hasta la casa en un fotingo al que había que darle cranque para que caminara, pues era de los autos que en aquella época arrancaban de esa forma.

Dos de los hijos de María Toledo eran comerciantes, y otro trabajaba en un Banco. Elvira estudió sólo la primaria, y nunca más su madrina la llevó a Canarias.

Pasó el tiempo, y un día Elvira supo de una mala noticia: cuando El Hierro su madre y hermana se dirigían al canje de productos, a causa de un deslave en el terreno cayeron por un barranco y fueron arrastradas por un arroyo.

Su madrina aprovechó ese incidente y le dijo a Elvira que toda su familia había perecido en el deslave. Fue muy triste para la niña, que quedó traumatizada. Lloraba mucho porque también pensaba mucho en su familia.

Lo único bueno que tenía el estar bajo la tutela de su madrina era que nunca pasó hambre ni necesidades, pero esa mujer la había separado de sus seres queridos, algo muy importante para Elvira.

Recuerda cuando iba al cine, al que una hermana de su madrina la llevaba. Contaba que le decían «La llorona» porque lloraba por cualquier cosa que le sucediera, algo que era lógico porque su dolor lo llevaba por dentro, según me dijo.

Tres años después murió la madrina, y entonces su hermana, Juana, se hace cargo de Elvira. En 1935, se trasladaron a La Habana y fue cuando ella comenzó a trabajar. Por el año 1947 se casó, pero el matrimonio no le fue bien, y a los dos años se divorció. Luego comenzó a trabajar de oficinista, y contrajo nuevamente matrimonio.

La verdad toca a las puertas de Elvira

Pasó el tiempo y, casualmente y en gestiones con la isla de El hierro para solicitar una inscripción de nacimiento, sin esperarlo descubrió a una sobrina y, por ella, supo luego de otros parientes, y así se enteró de que el día del accidente en el barranco sólo habían muerto su madre y una de sus hermanas.

Por las fotos que de El Hierro le enviaron dos de sus hermanas pudo ver a su familia más cercan, y también a sus sobrinas y primos, entre otros, y conocer su verdadera historia.

No todos habían muerto, tenía una familia y no lo sabía. Pudo más el sentimiento que hacia ella tuvo su madrina, a quien no le importó hacerle tan tremendo daño.

Estela Hernández Rodríguez
La Habana (Cuba). Noviembre/2010

[Col}– Caracas, la Ciudad Elegida, y las Columnas de Hércules / Vicencio Díaz

05-01-11

Vicenzio

Algunas personas quizá hayan leído artículos anteriores sobre la ciudad elegida, y se habrán hecho preguntas que nunca llegaron a ser conocidas por mí; una de ellas tal vez sea «¿Va a ocurrir algo en Caracas? Si es así, ¿cuándo?».

La verdad es que para no someterles a una angustiosa espera les diré que lo más importante sobre la ciudad elegida, y para lo cual fue elegida, ya ocurrió. Eso fue un plan quizá elaborado antes del Diluvio, ya preparada la tierra ésta para los que iban a llegar hasta acá entre los descendiente de Noé para hacer de todas aquellas razas una sola, de tres naciones una nueva, sana de toda enfermedad, libre de contaminación de ideas falsas, y capaz de buscar la justicia y alcanzarla.

Sin embargo, las cosas tienen su tiempo, y el hombre no estuvo preparado para migrar sino después de muchas tribulaciones, y los de acá no estaban preparados para recibirles pues, en su aislamiento de otras culturas, habrían de acostumbrarse a soportarse unos a otros como hermanos, a la fuerza, sin conciencia de libertad, pues eran siervos unos de otros, así como los del otro lado del rio de la fraternidad, también lo eran.

Por alguna razón, siendo tres grupos étnicos separados por algo que no tiene visos de veracidad, pues no aparece mayor diferencia en el genoma, llegaron a repudiarse de tal manera que se vieron enfrentados en guerras contantes, y el cambio climático los forzaba a reunirse y a mezclarse, pero ellos siempre quisieron ser tres y se avergonzaban de los que por casualidad saltaban la talanquera y formaban parte del cuarto grupo: los bastardos.

Algo les dijo desde siempre «¡Hacia occidente!», y hacia occidente siempre fueron, dejando atrás los volcanes del cinturón de fuego, las zonas donde antes tuvieron sus templos y sus pastizales y ganados, y se fueron hasta encontrar el Rhin y sus hijos.

Se tomaron su tiempo, y tomaron sus hijas y se mezclaron, pero no mucho, sólo lo suficiente para tener siervos y siervas, pues eso creían ellos. Avanzaron, y en oleadas llegaron al despeñadero, la Spania de los romanos, el final según las leyendas, desde donde no podían continuar, pues las Columnas de Hércules era lo último, más allá de lo cual sólo se podía encontrar la muerte.

Las Columnas de Hércules no eran otra cosa que esos dos archipiélagos, Las Azores y Las Canarias, en medio del camino de los valientes, los atrevidos y audaces de los cuales debe de haber habido muchos que aprovechando los vientos de verano no se detuvieron ante el temor de NON PLUS ULTRA, sino que se tiraron al agua y dejaron a los demás godos detrás.

Pasado el tiempo y en llegando el señalado, uno de tantos atrevidos, quizás genovés, siguió el mismo camino, y después de distraerse en el mar del centro de la Tierra, siguió, como todos los que deseaban mejores pastos, aguas y vientos, y se lanzó en su búsqueda.

Alternó entre lusitanos e hispanos, y con todo lo que logró conseguir se tiró a buscar su destino no sin antes detenerse en las Columnas de Hércules quizá para coger aire, tomar agua y alimentos, aparte de para elevar sus oraciones al altísimo que hasta allí le había traído.

Sé que este lugar es el destino de todas las razas, y a este lugar han de venir a buscar aquello que les fue dado, y quizás tengan que detenerse en las Azores o en las Canarias como antes sus padres lo hicieron en la península, pero no se regresan sin terminar de cruzar el rio EÚFRATES y tomar lo suyo, aunque después vuelvan a su terruño.

A los que desde el tiempo no conocido fueron elegidos para habitar en estas tierras y ya están aquí; a los que han de venir a formar parte del mismo grupo; a los que deben de permanecer en su terruño, aunque periódicamente deban de venir a buscar su alimento a tiempo, les adjunto una gráfica satelital que quizá les ayude a entender lo importante que son su movimientos.

La Ciudad y la ruta de San Pablo

Al igual que las Columnas de Hércules no son el destino final, tampoco Caracas lo es, pero al igual que las Columnas de Hércules son la puerta de entrada a la Tierra de Gracia, o a la Galilea de los Gentiles, Caracas es la primera de la puertas abiertas para entrar en la Gran Ciudad de Jerusalén, donde se posará la futura ciudad santa.

¿Y de dónde viene esto, de la Galilea de los gentiles o de la Ciudad Santa? ¿Y qué tienen que ver en ello Las Azores y las Islas Canarias, o, más aún, la misma Spania?

Las respuestas tenemos que buscarlas 1.500 años atrás, antes de que se abriera el paso hacia las nuevas tierras, como aparece en el escudo de los Reyes Católicos —el que tiene las columnas que dicen PLUS ULTRA— o en el escudo del águila vidriera.

Cuando pasados tres años del reinado de Claudio un preso del César, de nombre Pablo, era llevado desde Jerusalén hasta Roma, la nave donde viajaban encalló en la isla de Malta.

Después de algún tiempo, los que iban en esa nave subieron hasta Roma donde Pablo permaneció dos años, y probablemente se entrevistó con Claudio, pues a él había apelado.

El caso es que, en una carta anterior de Pablo escrita a los romanos, les decía que le gustaría pasar por Roma, y que así esperaba hacerlo para que lo encaminaran hacia Spania. O sea, su objetivo no era permanecer en Roma, para entonces el lugar más importante del mundo conocido, sino ir a Spania. Pero ya sabemos que, para todos los que se movían hacia occidente, Spania era como un “Culo de botella” por las trabas que a los migrantes les ponían las famosas columnas.

Por aquellos días, y según las tradiciones, Santiago estuvo también en Spania, y a eso se refieren las peregrinaciones del Camino de Santiago que se detienen en Santiago de Compostela. Pero no era ése el destino de los creyentes en la doctrina de El Camino hacia la Galilea, de los gentiles, sino que el destino era PLUS ULTRA: las Columnas de Hércules.

Es el norte de España el origen de los migrantes que tienen por destino la esquina norte de la gran ciudad, y que a su paso dejan atrás la columna de la derecha, o sea, las Azores. Y es el sur de España el origen de los migrantes que, pasando por las Canarias, tienen por destino la esquina Este de la gran ciudad, entre cuyos lados media una distancia exacta de 12.000 estadios, que vienen a ser 1.200 millas.

Ahora bien, como si fuese la obra de un gran arquitecto, obra que requiere un fundamento y una orientación, así quien diseño esta Gran Ciudad tomó como piedra angular un lugar de los Altos Mirandinos —conocido por Google Earth como Los Dolores, con coordenadas 10º 20’ Norte y 66º 56’ Oeste—, alineado con el Camino de Santiago y con el sur de Caracas, que fue la ciudad escogida como piedra angular, de la misma manera que Las Canarias y Las Azores fueron escogidas como puerta de entrada, y como España fue escogida como puerto de partida.

Bienaventurados los migrantes que hayan recorrido el Camino que fue indicado por Jesús y Pablo a sus seguidores. Para ellos no hay indulgencias humanas sino el merecido galardón por la obediencia a los que, sin saberlo, optaron por seguir el Camino de los escogidos de dios.

Vicencio Díaz

[Col}> “Sueños de emigrantes”: Edelia González González / Estela Hernández Rodríguez

Estela

Esta descendiente herreña habla de Frontera.

Edelia González González es hermana de Juan González, quien contó la historia de su padre, natural de Frontera (El Hierro). Ahora la descendiente herreña cuenta sobre su madre, también oriunda de esa región.

Contó que su mamá había venido a Cuba con dos de sus hermanos, Antonio y Marcos. Este último vivía en Cabaiguán, en Sancti Spíritus. En El Hierro se habían quedado Juana, María y Petra.

Marcos enfermó, y cuando estuvo grave vino para La Habana y murió en un hospital al que abonaban los nativos Canarios, el llamado “Quinta Canaria”.

Recordaba cómo su mamá había muerto cuando ella era chica, y cuando ya fue algo mayor ya tenía que cuidar y atender a sus hermanos.

De su padre decía que, para ella, era el mejor papá del mundo, aunque no era muy comunicativo, pero era de corazón noble y bueno, recalcaba.

Su tío Antonio vivió mucho tiempo con ellos y les enseñaba canciones de su terruño, sobre todo folías. Empezaba cantando y bailando —decía— para que ella le siguiera, y entonces lo complacía.

Sobre la cocina recuerda cómo le enseñaron a hacer el mojo isleño, la especialidad de su mamá y ahora de ella. Así continuaba esa costumbre en la casa de los herreños, de igual forma que la utilización de las yerbas medicinales.

Edelia cuenta: «Mi hermano Juan siempre fue más inteligente que yo, y muy estudioso. Claro que yo tenía que atender a mis otros hermanos y a él, quien llegó a ser Doctor en Ciencias».

Estela Hernández Rodríguez
La Habana (Cuba). Noviembre de 2010

[Col}> “Sueños de emigrantes”: Juan González González / Estela Hernández Rodríguez

Estela

Un doctor en Ciencias cuenta sobre Frontera (El Hierro, Canarias).

Juan González González es descendiente de Frontera. Este isleño, ingeniero químico y doctor en Ciencias, tuvo aquí en Cuba una rica trayectoria laboral en el Instituto de Investigaciones de la Industria Alimenticia, Industria Láctea.

El isleño me contó que cuando su padre, Justo González Barrera, tenía 16 años, vino a Cuba con un hermano en 1883. En 1911, su esposa Juana tuvo a su primer hijo, la hermana de Juan. La pareja tuvo en total nueve hijos. Juan nació en 1931, y a los dos años de nacido su mamá enfermó y murió.

Justo, su padre, tuvo negocio de bodegas, y luego trabajó como pesador de caña de azúcar en una finca de un pariente, hasta que se jubiló. Esto fue en Villa Bermeja, en el Central “San Antonio”, en Matanzas.

Contaba Juan González que en 1940 recibieron de las Islas Canarias una carta de una prima suya, llamada Ortelia, pero que no supieron más de esos familiares hasta después de quince años.

De su visita a Canarias

En 2003, a Juan lo invitaron a visitar Canarias de igual forma que a su amigo Domingo y por el mismo proyecto. Estaba convencido de que no contactaría con sus familiares, pero el último día se le presentó una prima acompañada de su esposo. Para él fue una alegría, pues ya no tenía esperanzas de ver a sus parientes.

Un día de felicidad

Contaba Juan que nunca pensó que un día iría a Frontera y pudiera hablar con sus familiares, aunque no con todos pero si con una gran parte de ellos, ya que la familia de su mamá no pudo verla.

Un recuerdo que se trajo de ese terruño fue que lo llevaron allí a ver la casa de sus padres.

Cuenta que estaba destruida, abandonada, por los años, pero, aún así, pudo palpar el calor del lugar que un día los albergó a todos. Ahora los tiempos cambian y la vida moderna se impone, dijo.

Y Juan siguió contando: «Para mí el viaje era triste, durante cinco días no me divertía, pero en un solo día se me arregló. Pude ver a mi familia que me dio mucha atención, fueron amables conmigo».

Y termina contando sus anécdotas con una ligera sonrisa, como agradecido de ese momento de recordación, que más que recordar es vivir.

Estela Hernández Rodríguez
La Habana (Cuba). Noviembre de 2010

[Col}> “Sueños de emigrantes”: Domingo Norberto Cabrera Morgadanes / Estela Hernández Rodríguez

Estela

Un hijo de Isora (Frontera, El Hierro) cuenta su historia de cómo en un solo día visitó la tierra de su padre.

Conocí a Domingo Norberto Cabrera Morgadanes —un hombre entrado en canas, de ojos azules brillantes como perlas de mar— cuando estaba contento porque podía contar la historia de su padre, del pueblo natal de éste, Isora (Frontera, isla de El Hierro), y de su descendencia.

Su padre nació en el año 1888. Se llamaba Domingo Cabrera Gutiérrez, y en 1902, cuando apenas tenía catorce años, vino a Cuba. Hasta entonces había pastoreado cabras en El Hierro, y leía si acaso malamente. Decía el isleño:

“Mi abuelo tenía cinco hijos, y pensó que antes de que a sus hijos los mataran en la guerra mejor era que vinieran para Cuba. Ya mi padre, al llegar a la tierra cubana, comenzó a trabajar en la Ciénaga de Zapata, ubicada en la provincia de Matanzas, el centro de la isla”,

Allí estuvo hasta que un pariente de buena posición económica, Ignacio Padrón, primo de su abuelo, colocara a su papá en un comercio; tenía fincas y era benefactor, pues hizo en su barrio una escuela. Domingo contaba:

«Mi padre se independizó y tuvo su primera bodega en Bermeja, Unión de Reyes, en la provincia de Matanzas, y fue ahí donde conoció a la que fuera luego mi mamá, Mercedes Morgadanes, también hija de isleña, de Tenerife, y de padre gallego, de Pontevedra. Cuando ya mi padre tenía dos hijos, ocurrió una desgracia con su hermano, que murió, y entonces mi abuelo le dijo: “Ya tienes dos hijos. Quiero irme de regreso a mi casa». Entonces le pagó el viaje y lo llevó. Mi padre estaba ya encaminado. y luego nacieron dos hijos más; fuimos cuatro hermanos en total».

Cuenta Domingo que su padre era un hombre muy humano, no podía ver miserias, y cuando alguien venía a su bodega comprar algo fiado porque no tenía dinero, le daba la mercancía. Fue por eso por lo que quebró la bodega de su propiedad. Luego llegó a vender hasta confituras en los comercios, pues era muy buscador de vida. Y decía el descendiente herreño.

«Yo crecí, y mi primer trabajo fue en un estorage vendiendo gasolina, en La Habana, y vivía con mi madre y mis hermanos. También me superé, pues pasé la escuela y en 1948 me gradué de Técnico en Farmacia en la Universidad de La Habana. Trabajé esa profesión hasta el año 1988, cuando me jubilé. Para entonces estaba en la farmacia de Santos Suárez, en La Habana, de Dolores Oharris. Y en 1957 estaba en la farmacia de los hospitales Clínico Quirúrgico, que coincidió con su inauguración, y conjuntamente realizaba otro trabajo en el hospital Calixto García, también en la propia ciudad».

En el año 2003, invitado por el gobierno de Canarias, pudo visitar la isla de Tenerife, lo cual —dijo— le dio una gran alegría. «Para mí fue un sueño convertido en realidad. El gran sueño que duró un solo día», recalcó Domingo.

Estando ya en Tenerife y en un hotel cinco estrellas, Domingo pensaba en la querida tierra de su padre, Isora, en El Hierro. Pero por muy cerca que estuviera, estaba muy lejos de ella, pues en estas salidas de turismo dirigido no se permite estar de un lado para otro solo, y durante los 9 días que duraría su permanencia le era difícil ponerse en contacto con sus familiares. Pero añoraba verlos, y sólo un milagro lo permitiría.

Ese mismo día un gran amigo, y compañero de la habitación de hotel, recibía a unos familiares y le dijo:

Domingo, vamos conmigo y así conoces a mi familia y te animas un poco.

Domingo accedió y bajó con su amigo.

Ya con los familiares de éste, lo presentaron a todos y conoció al esposo de la prima de su amigo, quien le dijo:

Señor, en mi casa yo tengo un retrato donde aparece usted.

Domingo quedó asombrado y, como cosas del destino o casuales, resultó que el esposo de la prima de su amigo era pariente lejano de él, otro Cabrera también.

Tal fue la alegría que inmediatamente este pariente llamó a la prima de Domingo, Nicolasa, y le dijo.

Aquí tengo frente a mí a un primo tuyo que quiere verte.

Nicolasa aceptó y esa noche salieron en barco para El Hierro. Allí, en el puerto, todos estaban esperándolo, y fue así como pudo visitar la tierra de su padre y cumplir con su deseo.

Una bonita experiencia

Todo fue precipitado para el descendiente de Isora, pero su vida cambió, pues ya no se iría de Canarias sin visitar la tierra de sus ancestros.

Allí conoció a cinco primos hermanos. Luego fue a ver la casa de su padre. Todo estaba igual.

Había 100 chivas que daban 100 litros de leche diarios. Luego vino la conversación y los análisis, a través de los años, de dos vidas diferentes.

Antes, su papá pastoreaba; ahora, con la modernidad, los animales se alimentaban con pienso, y entonces pudo ver un almacén con sacos de ese alimento. Luego, Domingo, volviendo a recordar a su padre comentó:

«El se superó, hasta estudió inglés, y siempre estuvo preocupado por la educación de sus hijos. Tenía la moral por principio. Murió a los 86 años. Todos estudiamos. Mi hermano mayor, Ramón, es contador, el tercero estuvo en Comercio Exterior, y mi hermana Reina es maestra».

A mi pregunta de qué había sentido en ese solo día, contestó, con brillo de lágrimas en sus ojos:

«En ese solo día aunque, fue tan corto el tiempo, recibí muchas muestras de cariño y tuve muchas emociones, todo por igual. Fue un día maravilloso».

Estela Hernández Rodríguez
La Habana (Cuba). Noviembre/2010

[Col}> “Sueños de emigrantes”: Miguel Suárez Castellano / Estela Hernández Rodríguez

Estela

Miguel Suárez Castellano, un nativo de Fontanales (Moya, Las Palmas, Canarias) llegó a La Habana en el vapor “Niágara” cuando contaba sólo 9 años de edad, en noviembre de 1926, pocos días después del ciclón del veintiséis. 

«Por el paso del ciclón, en Cuba se veían aún árboles tirados y los destrozos propios de estos fenómenos», cuenta Miguel.

Su padre había venido tres años antes, y cuando se estableció en una cafetería en Aguiar y Peña Pobre, en La Habana Vieja, mandó a buscar a su esposa, Rosa Castellano Ojeda, y a sus tres hijos varones.

Su hermano era Juan Suárez, dueño de «La Lechera», una empresa láctea muy reconocida por aquellos tiempos. José Suárez era otro tío mío, dice Miguel, que como gustaba del trabajo en comercio, laboraba en la cafetería de su padre y estudiaba de noche en una academia.

Sobre la vida de su padre en La Habana me contó que al llegar éste a la capital había contratado a una viejita, de nombre Efigenia, que le cocinaba primero a él y luego a toda la familia.

El encuentro con su familia

Hace cuatro años, Miguel Suárez Castellano viajó a las Islas Canarias, y un sobrino suyo fue a verlo. Estuvieron una semana en Tenerife, y le sucedió como a otros: que casi no puede ver a su familia, lo cual le preocupó.

Me cuenta que «Estando ya en el aeropuerto, sentado en el autobús, preguntó un señor: «¿Quién se llama Miguel Suárez?», «Yo, yo soy Miguel Suárez». Entonces el señor me dijo: «Vamos, que te están esperando». Era mi familia. ¡Imagínese qué contento me puse, pues ya casi regresaba a Cuba y, en un momento, mi sueño de ver a mi gente se hizo realidad».

«Todos los días me llevaban a pasear, sobre todo al lugar que más me gustó visitar: la casa donde yo viví. Pero ya es un chalet. Claro, la casa vieja estaba detrás del chalet, y la tenían de desahogo de éste. Ocupaba una manzana completa».

Uno de los parientes que tuvo atenciones con Miguel —recuerda— era un accionista, o algo así, de la fábrica de chocolates Tirma, nombre que le habían dedicado en honor a una leyenda que tiene que ver con un luchador guanche.

Me interesó esa historia y pude conocer que se trataba del nombre de un rebelde isleño, Bentejuí, un temible jefe que, de montaña en montaña, huía de la persecución del ejército castellano que luchaba por conquistar la isla de Las Palmas.

Bentejuí y un compañero suyo no quisieron caer en las manos del enemigo y se precipitaron por un risco con el grito de «¡Atis Tirma!». De ahí el nombre de la fábrica.

Cuenta el isleño que Juana Rosa Vizcaíno Moreno, quien fuera su esposa, era cubana, mayor que él, y murió a los 90 años. Era viuda cuando él la conoció.

Su primer esposo era hijo de un isleño llamado Rafael Perdomo, que era telegrafista y que, huyendo de la huelga de Batista, se fue de Cuba con papeles de español, pero con tan mala suerte que la tripulación del barco en que viajaba fue detenida porque al registrarlo encontraron armas.

Se llevaron a todos presos, incluso a él, y en España el régimen de Franco los fusiló.

«Yo me casé con Juana Rosa cuando ya tenía mi propio café, en Vives y Carmen, en la capital cubana, mientras que ella trabajaba en perfumes “Astras”. En 1959, cuando la propiedad privada desapareció, me ofrecieron administrar un mercado en el que fui supervisor. Luego me incorporé a la zafra de los diez millones, que así le llamaban en el año 1970. Más tarde pasé a la empresa, y de noche estudiaba contabilidad en el Centro Asturiano de La Habana».

Estela Hernández Rodríguez
La Habana (Cuba). Noviembre/2010