[Col}> «Sueños de emigrantes»: Clotilde Nazco y Agustín García Nazco / Estela Hernández Rodríguez

Estela

De Las Palmas (Canarias) a Cuba.

Las Palmas también tiene su huella aquí en nuestro país. Una de sus mujeres, Clotilde Nazco Castro, fue de las tantas isleñas que vinieron buscando una mejor vida y, como muchos, tuvo que pasar malos ratos y derramar alguna que otra lágrima por malas jugadas del destino, hasta que logró una estabilidad para su familia.

Luchadora inagotable, hizo frente a aquel momento que cuenta su hijo Agustín García Nazco, de 89 años de edad, casado con otra descendiente de Canarios.

Agustín dijo que su mamá, Clotilde Nazco Castro, vino a Cuba cuando tenía 30 años de edad, allá por el año 1930. Se ubicó en la provincia de Camagüey, y primero vivió con su hermana y el esposo de ésta, hasta que se casó.

Decía Agustín: «Mi padre era cubano, y tuvo con mi madre cuatro hijos; yo era el menor». Para pena suya, no pudo conocer a su padre, que murió antes que él naciera.

Desde ese momento, para la Canaria Clotilde todo fue más difícil, pues había quedado viuda y sabía que tenía que criar a sus hijos en medio de la miseria en que por aquella época vivía. Eran tiempos duros; gobernaba el presidente Eduardo Machado, hombre implacable en su mandato.

Ella sabía de la rigidez de la vida como emigrante, en la que a veces el destino da para ganar o para perder, y a ella desde muy temprano le había tocado lo segundo. Pero Clotilde, como isleña al fin, era una mujer trabajadora y luchadora, y, como dice el buen cubano: lavaba y planchaba. Esto último lo hacía con plancha de leña, como era natural en aquellos tiempos.

Cuentan los que la conocieron, y su propio hijo, que esa isleña planchaba de tal forma que se podía asegurar que la ropa quedaba hasta mejor que con una de las sofisticadas planchas de hoy en día.

También hacía comida para un grupo de trabajadores solteros, de origen Canario, que por aquel lugar laboraban en las vegas de tabaco.

Trabajaba sin descanso ya que las noches las dedicaba a la costura, remendando o arreglando una que otra ropa de su familia o de los vecinos. Así podía llevar el pan a la boca a sus cuatro hijos.

Más tarde conoció a un Canario, Antonio Rodríguez, con el que se casó, aunque continuaba trabajando en el tabaco, pero esta labor apenas les alcanzaban para comer.

Un día Clotilde le dijo a su marido: «Mira, viejo, el tabaco ya no tiene valor, y económicamente nos va mal. Vamos a mudarnos para Oriente, compramos unas tierras y empezamos con el café y otros cultivos».

El esposo le prestó atención, y al final le dio la razón porque reconoció que, aunque mujer, Clotilde tenía un don para saber hacer las cosas y abrirse paso.

De esa forma comenzaron a hacer las gestiones, visitaron Bayamo y fue allí precisamente donde al final se instalaron por el resto de sus vidas.

De la compra de la finca

«Se hablaba de la finca, pero no era tal como la imaginamos —dijo Agustín—. Sí, era tierra, pero de monte adentro, sin luz y con poca agua».

Fue aquí donde se manifestaron las habilidades de Clotilde para manejar estos asuntos. Se reunió con algunos amigos Canarios del lugar donde residía y, entre todos, compraron un pedazo a un precio muy bajo por caballería.

Clotilde solicitó dos de ellas, pero exigiéndole al dueño que tenían que tener agua, y fue así como se hizo de su finca a la que llamó “Las tres corrientes”, pues por ella pasaban tres arroyos que con sus aguas ayudarían al riego de cafetales, plantas y árboles frutales. Estos últimos que aún hoy se conservan.

La salida de Camagüey

Volviendo a la salida de Camagüey, había un inconveniente, ¿cómo se trasladarse? ¿qué llevarían?

No tenían nada, ni siquiera ropa ni zapatos. Para poder comprar esto tuvieron que vender la vaca y tres puerquitos, pero, «¡Qué remedio!», dijo Agustín.

Al fin llegaron a Camagüey, y lo más urgente era a hacer un bohío para poder vivir. Primero, y como en tránsito, fueron a parar en la casa de otra hermana de su mamá, en Guisa, en la zona de Arroyo Blanco, donde existía otro asentamiento de Canarios.

En lo que luego fuera la finca “Tres corrientes” no existía ni un camino ni un médico; todo era muy difícil, pero había que intentar mejorar las condiciones de vida. Para trasladarse desde ese lugar al pueblo había que caminar más de un día, y por un trillo por dentro del monte.

Así comenzaron aquellos isleños: rompiendo monte y creando con su esfuerzo y con sus propias manos, las siembras y sus casas. Con su trabajo y honestidad se ganaron hasta el crédito del dueño de la bodega del pueblo.

Ya habían creado un barrio, un barrio al que después, con el decir de la gente, se le quedó, y hasta nuestros días, el nombre de Canarias. Y es lógico porque cuando todos iban o venían por aquellas lomas al hacer referencia al lugar decían: “Sí, porque allá arriba, en Canarias,…”. Y fue así como, para orgullo de sus pobladores, se llamó desde entonces aquella pequeña región: Canarias.

En su recuento, Agustín me hablaba de un Canario que era poeta y que por las noches, y como por esas cosas que vienen del alma y en un momento, añorando a su terruño Amagar, Las Palmas, decía unos versos:

Yo recuerdo todavía,
de mis Canarias palmeras,
de Amagar y Las Calderas
dentro de dos serranías.

El cuento de las malangas picantes

Decía Agustín: «Recién llegados a «Tres corrientes», en el lugar no había nada que comer, y entonces mi padre fue a comprar unas malangas a un lugar de esa zona llamado «Hoyo de los indios”.

Resultó que sí había malangas, pero no malangas como tal sino sólo sus cabezas que resultaban picantes. Y mi padre dijo: “De no llevar nada, por lo menos algo comen”. Mientras, en la casa todos, hasta los trabajadores, lo esperaban.

Llegaron por fin las malangas y las cocinaron, pero no había quien se las comiera de lo picante que resultaron. Entonces uno de los isleños dijo: «Vamos a ponerla al sol a ver si cambia un poco», y así se hizo».

Y así, entre risas, contaba Agustín la anécdota, rematándola con: «Picaba poco, pero aunque picara, había que comérsela; no había otra cosa».

Cosas de jóvenes

En el barrio llamado Canarias todos eran como familia, y cuando un muchacho hacía de sus travesuras, juntos le aplicaban el castigo por igual.

«Un día —dijo Agustín— los muchachos fuimos a fumar en la casa del maíz. Subíamos a la solera y allí escondidos hacíamos otra de estas travesuras.

Un trabajador le contó esto a la tía, y de inmediato corrieron a bajarnos del lugar. ¿Qué cómo lo hicieron? ¡Pues a mazorcazos! Todos bajamos poco a poco, pero yo me tiré por el otro lado de la casa y vine a caer encima de un puerco.

Me levanté corriendo y no paré de correr hasta que llegué a mi casa. Mi mamá, al verme a esa hora de la noche, se preocupó y yo le dije que me habían traído mis primas hasta cerca de allí. Luego de ese susto, nunca más dije una mentira».

Una de las cosas que Agustín recordaba con tristeza era que en ese tiempo nunca fue a la escuela; ellos sólo trabajaban en la finca, sobre todo en los secaderos de café, en las despulpadoras.

Ya en estos equipos estaba la mano de su madre Clotilde, que era la encargada de hacer los negocios y de hacer las inversiones.

«Así era ella. Siempre fue la cabeza pensante, y ya nos iba bien. Ya con el tiempo y las buenas relaciones e ideas de mamá, tuvimos una casa muy cómoda, de piso, y muchos trabajadores, sobre  todo haitianos, que se quedaban entusiasmados por el trato de mamá Clotilde y volvían para la otra zafra; así años tras año.

Pero es que mamá era tan buena que hasta les cosía las ropas y les hacía uno que otro regalo. Por eso ellos vivían allí sin sentirse marginados.

De esta forma tuvimos nuestro cafetal, donde había un microclima y el agua no dejaba de asomarse un sólo día. Aprendimos cosas interesantes al lado de mamá, que siempre nos estaba dando buenos consejos», concluyó el descendiente Canario.

Estela Hernández Rodríguez
La Habana (Cuba). Noviembre/2010

4 comentarios sobre “[Col}> «Sueños de emigrantes»: Clotilde Nazco y Agustín García Nazco / Estela Hernández Rodríguez

  1. «AUNQUE MUJER»

    «El esposo le prestó atención, y al final le dio la razón porque reconoció que, aunque mujer, Clotilde tenía un don para saber hacer las cosas y abrirse paso».

    En los tiempos actuales ya no se dice esto; más bien, precisamente por ser mujer. ¡Menuda empresaria doña Clotilde! Afortunadamente, y para bien de todos, la mentalidad está cambiando. El famoso psicólogo Daniel Coleman sostiene que las mujeres poseen una inteligencia emocional superior a la de los hombres. Es lo que en el lenguaje común se llama intuición.

    Pero es que, además de mujer, Doña Clotilde era canaria, y ya conocemos de la imaginación creativa e ingeniosa de los canarios, que es hasta como soñar despiertos. Por eso está bien el título de «Sueños de emigrantes». Lo mejor de todo es que son sueños realizados.

    Os felicito a todos, y a Padronel que recoge y difunde estas pequeñas/grandes historias que, de otro modo, se perderían o se quedarían en el recuerdo familiar de pocas generaciones.

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  2. Gracias señor Juan Antonio.

    ¿Sabe? Aquí en Cuba hay una gran cantidad de nativos canarios y, por ende, sus descendientes. Y como una de éstos, hace muchos años escribo sobre mi descendencia porque lo siento y porque me gusta.

    Pero cuando una comienza a entrevistar a estos hombres y mujeres se da cuenta de cuánto añoran su terruño. aunque claro, han creado aquí a su familia, como es natural.

    Mi abuela hablaba poco, y si yo hubiera estado mayor quizás me habría enterado de muchas cosas, pero mi mamá tampoco conocía muchas cosas de ella; eran otros tiempos. Pero, por ejemplo, de momento yo de niña veía a mi abuela cuando ella estaba cociendo en su máquina y de buenas a primera la oía cantar canciones isleñas que, claro, no recuerdo, pero por la tonada me doy cuenta ahora, al hacer un análisis, de que posiblemente ella en esos momentos estuviera pensando en El Paso y en muchas cosas más de allá.

    De los canarios hay aquí muchas experiencias que contar.

    Saludos,
    Estela.

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  3. Hola. Acabo de leer la historia sobre Clotilde Nazco Castro.

    Casualmente la madre de mi abuela también se llamaba así, y también emigró a Cuba desde Canarias, y en Cuba se casó con mi bisabuelo que también era de Canarias y se llamaba José Rodríguez. Trabajó en Pinar del Río en los cultivos de tabaco, así como en Camagüey.

    Después conoció a mi bisabuela Clotilde; se casaron, y vivieron en una finca en el mismo Camagüey, para luego irse a Oriente,
    a una finca que allí tenían en el mismo lugar que aquí mencionan, y después trasladarse a Bayamo.

    Todo me parece muy coincidente. Quisiera saber si aquí se habla de la misma persona, pues soy nieto de una hija de Clotilde Nazco Castro.

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  4. Hola, Rigoberto.

    Le puedo decir que con los datos que usted da tengo que hablar con esta familia de ellos, que casualmente viven en la misma zona en que yo vivo, aquí en la capital cubana, o sea, que somos vecinos. Ya sería mañana, y le cuento de inmediato para darle sus datos y donde contactar con ellos.

    Puede confiar que enseguida que tenga referencia le cuento.

    Muchos saludos Estela Hernández Rodríguez.

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