[Col}> La Canaria que dio su vida por el dominó / Estela Hernández Rodríguez

Juana Martín era natural de las Islas Canarias. Vivía en La Habana, en la calle Galiano número 47, y sus padres se llamaban Isidoro y Aquilina.

Cuentan de Juana —y en eso coinciden hasta sus propios hijos— que a ella le gustaba mucho el juego de dominó, del que era verdadera experta, y alcanzó a tener fama local hasta entre sus rivales, cuando les ganaba partida tras partida.

Se cuenta que en el dominó ella daba rienda suelta a su goce, como cualquier deportista lo hace con su deporte favorito.

La sempiterna preocupación de su esposo y de sus hijos no era tanto esa gran afición cuanto lo brava que Juana se ponía en las pocas ocasiones en que perdía una partida.

Una noche del año 1925, Juana Martín jugaría su última partida.

El juego se inició con el doble ocho. Como siempre, Juana estaba muy atenta mirando a través de sus gruesos lentes, mientras las fichas eran depositadas, una a una, sobre la mesa.

Al aproximarse la partida a su final, la siguiente jugada resultaba evidente, pues sólo quedaban dos fichas por poner y Juana estaba segura de que ganaría la partida, una seguridad en la nadie la aventajaba y, por eso, ella era casi siempre la campeona.

Se suponía que Pedro, su cuñado, que también jugaba, pasaría, pero no fue así, y… Juana no pudo gritar “¡Gané, gané!” como le gustaba hacer.

Ante esto, Juana montó en cólera y, maldiciendo su mala suerte, tomó fuertemente en sus manos la ficha del doble tres… ¡y murió de un infarto!

En homenaje a Juana, sus hijos depositaron —en la parte superior de su tumba del cementerio de Colón, en la capital cubana— una lápida de mármol blanco y negro en la que, en relieve, de manera simbólica y en alusión a la partida que perdió Juana aquella triste noche, aparece el doble tres, que también sirve como florero para cuando la visitan en el cementerio.

De esa forma y desde entonces, Juana Martín mantiene a su lado la ficha que le llevó a la muerte el 12 de marzo de 1925.

Al morir tenía 77 años.

Estela Hernández Rodríguez
La Habana (Cuba). Marzo/2011

[Col}> “Sueños de emigrantes”: Hilda Iluminada Díaz y Manuel Hernández / Estela Hernández Rodríguez

Estela

Hilda Iluminada Díaz, aunque no es nativa Canaria es la hija del Canario Don Manuel Hernández, quien fue dueño de la finca “Nueve hermanos».

En el portal de su casa, con agradable brisa y rodeada de flores —entre ellas la violeta, muy conocida en Canarias, y la que no falta en un hogar de isleños—, Hilda me habló de cómo su padre vino a Cuba.

Hizo en poco tiempo un recuento de su niñez, de cómo su padre nunca dejó sus costumbres Canarias, de comer las frutas oriundas de allá, así como que trabajaba de sol a sol, y que era un hombre honesto.

Hilda

En la finca “Nueve hermanos”, en Cabaiguán, se yergue el museo campesino, lugar donde se encuentra la más grande y hermosa carrilera de palmas del Caribe y del mundo. En total son 177 palmeras, y llama la atención la forma en que se hizo, pues allí estuvo también la mano de laboriosos Canarios quienes pusieron todo su esfuerzo y entusiasmo para sembrar esas palmeras.

Un dato curioso en esa labor fue que para ellos disponer de una medida perfecta para separar las palmeras unas de otras, colocaron una vela a tres o cuatro pasos, vela que era el punto de referencia para sembrarlas.

Este arte le da cierto aire de majestuosidad, primero a la que fuera la casa del Canario Manuel Hernández, y luego al que es hoy el Museo Campesino enclavado en el Consejo Popular Cuatro Esquinas, en Santa Lucía, en Cabaiguán.

Casa de Hilda

El lugar tiene como objetivo rescatar tradiciones de los campos toda vez que ayuda a las personas a la investigación del tema. En él se exponen y divulgan los valores patrimoniales de la cultura material campesina para el conocimiento de las nuevas generaciones, que a la vez preservan nuestra identidad. Las veladoras de la sala tienen a su cargo brindar toda la ayuda para conocer un poco más de la campiña cubana y de los Canarios que viven en ese lugar.

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Con este último testimonio concluyen estas historias de nativos y descendientes Canarios que, más que historias, son un reflejo de una pequeña parte de sus vidas.

Algunos ya han muerto y sólo viven en el recuerdo; otros continúan viviendo en esta isla que  los abrigó y les dio el amor y calor humano que necesitaban.

Historias contadas por ellos y que, a pesar de que en ocasiones dejaron ver la añoranza de su terruño, también expresaron su agradecimiento a la tierra cubana, la tierra de José Martí, que les dio la oportunidad de estudiar y trabajar, de ser útiles a esta sociedad, que convirtió en realidad sus sueños de emigrantes.

Estela Hernández Rodríguez
La Habana (Cuba). Noviembre/2010

[Col}> “Sueños de emigrantes”: Ángela del Pilar Santana / Estela Hernández Rodríguez

Ángela del Pilar Santana es una descendiente de Las Palmas porque su padre, Florentino Santana Florido, vivió en esa isla Canaria, y también su madre, María Dolores Cáceres, que era de Los Llanos de Telde.

En 1902, cuando tenía 5 años, Ángela vino a Cuba con sus padres y tres hermanos: Pancho, Manuel y José Antonio, éste último el más pequeño que murió a la edad de once meses de una enfermedad que se supuso vinculada al agua de pozo que tomaban.

Todos vinieron con una tía llamada Dolores (Lola) Cáceres Vega. De momento vivieron en Paso Real de San Diego, en Pinar del Río, y luego se mudaron para Unión de Reyes, en la provincia de Matanzas.

Sus abuelos llegaron a tener once hijos.

Su abuelo materno, Francisco Henríquez Miranda, de Los Llanos del Telde, enviudó y se casó con la abuela de Ángela, y vinieron para Cuba.

Francisco tenía en su terruño una posición bastante buena como agricultor, pero vino a Cuba con cuatro hijos y su esposa Pilar.

Ya en Cuba, en Unión de Reyes, provincia de Matanzas, arrendó una finca llamada “El Laberinto”, en la que era colono. Se hizo cargo de unas tierras de García Vega, un Canario poderoso en ese lugar.

Por su parte, su abuela fue costurera de pantalones de hombre. Luego la situación de la familia mejoró.

Su abuelo paterno, Santiago Santana Perera, quien vivió en el barrio Tafida de Las Palmas, y su abuela, Ángela Florido Morales, se quedaron en su terruño, pero tres hijos de ellos vinieron a Cuba: Florentino, Francisco y Gregorio. Este último se fue luego a Brasil en el año 1948, y no supieron más de él.

De cómo se conocieron sus padres

Viviendo sus abuelos en Unión de Reyes, en Matanzas, allí se reunían en las noches todos los Canarios a conversar.

En esos encuentros se conocieron su papá y su mamá cuando aún eran jóvenes, y luego, pasados los años, se hicieron novios. Ella tenía 27 años y el 37.

Su madre —dice— aprendió corte y costura.

«Mi padre trabajó en el hotel de Unión de Reyes. Estuvieron de novios durante cinco años, se casaron y se fueron a vivir a Santa Clara. Luego se mudaron para La Habana pensando que de ahí regresarían a Canarias, pero no pudo ser. Entonces comenzó a trabajar en los muelles. Éramos cuatro hermanos: tres hembras y un varón que murió en 1988», dice Ángela.

Su mamá siguió contando Ángela se convirtió en una modista profesional de las tiendas importantes de la capital, como “El Encanto” y “Fin de Siglo”, mientras que su papá trabajaba en el muelle La Flota Blanca, llamado así en aquel entonces. Él era bachiller pero trabajó allí como estibador.

De visita a su tierra

Ángela pudo viajar a las Islas Canarias pero no pudo contactar con sus familiares ni saber un poco más de su historia ancestral. «Sólo quería conocer a mi familia», dijo Ángela.

Esta mujer sencilla, extraordinaria y entusiasta, se hizo contadora, y durante 18 años fue maestra de Biología.

Su hermana, Mirta Santana, fue doctora en Pedagogía, y la otra, Elsa, fue licenciada en Geografía.

Estela Hernández Rodríguez
La Habana (Cuba). Noviembre/2010

[Col}> “Sueños de emigrantes”: Jesús Orta Ruiz / Estela Hernández Rodríguez

Un fiel exponente de la décima.

Jesús Orta Ruiz, Premio Nacional de Literatura en Cuba, fue un descendiente Canario, de Tenerife, que cultivó la décima y le cantó también con sus versos a las siete islas.

En una ocasión tuve la oportunidad de visitarlo y entrevistarlo.

Recuerdo que aquella mañana radiante el poeta estaba sentado junto a su compañera de siempre, Emelina, y hablaba sobre el tema que me llevaba al encuentro.

Me contó «El Indio Naborí», como era también llamado el poeta, que Cuba le debe a las Islas Canarias el cubanismo de nuestra poesía, especialmente de la décima, y así mencionó al «Espejo de Paciencia», escrito por Silvestre de Balboa, un Canario que en versos de octavas reales exaltó la naturaleza cubana, el esplendor de nuestros campos, y la luz y el color de nuestros paisajes, elevando así a categoría poética nombres indígenas de árboles o criaturas de nuestra fauna.

Este reconocido poeta ponía énfasis en su conversación, la que no dejó de ser amena y amorosa a pesar de las tinieblas que empañaban sus ojos. Hablaba, de Leonor Pérez Cabrera, y de cómo de su vientre prodigioso y sagrado vino la cumbre de la poesía moderna: José Martí, a quien le dedicó estos versos suyos:

Una Canaria en Martí
nos dio un genio visionario,
y del cuchillo Canario
salió el machete mambí.

Se unieron trigo y maní,
aguardiente y vino de uva,
y con tanto amor que en Cuba
esta unión de corazones,
no son siete los montones,
son ocho contando a Cuba.

 

Y es que, en verdad, a Cuba se la puede contar como una más de las Islas Canarias, pues ha albergado a muchos nativos Canarios cuyos descendientes mantienen aún con orgullo las tradiciones de sus ancestros, desde cantar hasta bailar su música.

En esta reunión amistosa con este hombre, un grande de la cultura cubana, también se habló del tema del tiple o timple, esa pequeña guitarrita de cinco cuerdas que es símbolo de la cultura Canaria, y que tanto sirvió a los emigrantes de esas Islas para acompañar sus décimas.

Estela Hernández Rodríguez
La Habana (Cuba). Noviembre/2010

[Col}> “Sueños de emigrantes”: Herminio Barrera Plasencia / Estela Hernández Rodríguez

En la calle Sergio Soto, en Cabaiguán, vivió Herminio Barrera Plasencia.

Cuando lo visité tenía más de noventa años, y con lucidez me habló de sus siete Islas y, sobre todo, de La Gomera de donde era oriundo.

El día de mi visita fue uno de sol radiante y bello cielo azul, y, como es natural, de mucho calor, un calor igual al de la acogida que me dieron Herminio y su gran familia.

En ocasiones las preguntas estaban de más, pues al comenzar a hablar sobre Canarias no teníamos para cuando acabar.

Herminio hablaba sobre su niñez, su familia y los juegos en los barrancos. Y yo no dejaba de escuchar ni un detalle; su conversación me hacía recordar siempre a mis ancestros.

Al escucharlo me preguntaba cómo era posible que después de tanto tiempo pudiera recordar esos pasajes, que, si no eran iguales, sí parecidos a los que ya me habían contado otros Canarios.

Eran hechos que siempre despertaban mi curiosidad a pesar de haber sucedido en épocas distantes en el tiempo pero en el mismo lugar: las Islas Canarias.

Contó Herminio que, siendo niño, allá en la Gomera le gustaba correr por los barrancos y entrar a las cuevas. Un día lo hizo a una de ellas y se adentró tanto que descubrió huesos humanos.

Fue tal el susto que le dio por correr y correr hasta llegar a su casa.

Más tarde se pudo comprobar que eran huesos pertenecientes a los primitivos habitantes, los llamados guanches que, hace cientos de años, poblaron esas islas y vivían en cuevas.

Sobre cómo llegó a Cuba, Herminio contó que había venido por embullo, pues isleños más viejos que él, y que ya estaban radicados en Cuba, al ir de visita a Canarias le contaban cosas agradables acerca del país que les había dado abrigo.

“Así llegué a Cuba buscando un lugar donde radicarme —contaba—. Y hoy estoy contento de estar aquí, en mi segunda patria”.

Aquí, en Cuba, Herminio trabajó en las vegas de tabaco, por unas veinticinco zafras.

El isleño seguía contando: “Pasaron los años, hice una familia y estoy, como ves, en mi hogar, con mucha salud y contento de poder contarte pasajes de mis Islas Canarias, las que visité luego de más de setenta años de ausencia. Allí fui muy bien recibido por mis familiares que me hicieron una gran fiesta y me entregaron una placa con una bonita dedicatoria».

Un recuerdo que Herminio y su familia atesoran en la sala de su casa.

Del silbo o silbido gomero

Este hombre siguió contándome de las costumbres de La Gomera, una de ellas los silbidos. El Silbo

Gomero, me dijo, es muy usado como una forma de comunicarse entre los pobladores, por el tipo de terrenos quebrados que hay en esa isla Canaria. A través del silbo, o silbido, se hacen llegar mensajes a las familias y, sobre todo, a los pastores, que son los que más usan esta forma de comunicación, muy frecuente en esa isla.

Contó que estando un día en su casa se formó un alboroto porque, a media mañana, en aquella loma donde vivían oyeron de pronto unos silbidos. Su padre, que los interpretó, dijo que anunciaban la llegada de una visita.

“Eran mis tíos que venían a estar unos días con nosotros —dijo Herminio—. Los recibimos con vino y queso de cabra. ¡Qué alegría era ver a la familia junta y contenta!».

Así aprendí un poco más de esa costumbre.

Me reiteró Herminio que el silbo lo usan «para llamar a alguien, hacer alguna advertencia o transmitir mensajes alternativos o diferentes. Con este lenguaje, típico y autóctono de los gomeros, se puede mantener una conversación como si fuera por teléfono”.

También supe que esa costumbre, declarada patrimonio por la UNESCO, se ha agregado dentro del bloque de la enseñanza en las escuelas de la isla.

Tanto Herminio, como Victorino y su esposa, ya no están entre nosotros, pero siempre estarán en el recuerdo de aquéllos que los conocimos y aprendimos de sus experiencias y de las costumbres canarias.

La décima en los Canarios

En la vida de los Canarios hay una expresión cultural que no se puede dejar de destacar: La décima.

Y, casualmente, Herminio era un cultivador de esta manifestación artística legada por la influencia Canaria.

Se cuenta que estos emigrantes descargaban toda su añoranza a través de las décimas que cantaban por las noches, luego de terminadas sus labores.

Allí, en el portal de su modesto bohío, no pocos le cantaron a las Islas recordando lo dejado atrás: madre, padre y familia.

Una de las décimas cantadas por Herminio decía así:

Islas Canarias, vecinas
del continente africano,
notas del órgano hispano
hechas con letras latinas.

Tu guitarra cantarina
y el prominente acordeón,
endulzan cada montón
con la folía armoniosa
que canta la victoriosa
vida de tu población.

Sus ojos brillaban de ternura y dejaban escapar un poco de nostalgia; sus años no invalidaban la fortaleza devenida en su figura.

Así es la décima, siempre está presente donde hayan isleños y cubanos. Los Canarios con guitarra o timple en mano, y llanto o no en sus ojos, atraían así sus recuerdos.

Estela Hernández Rodríguez
La Habana (Cuba). Noviembre/2010

[Col}> “Sueños de emigrantes”: Marcos (Victorino) Vargas Lamas / Estela Hernández Rodríguez

Leyendas de Canarios

Placetas se caracteriza por ser un pueblo sencillo pero bonito, de gente buena y afable. Es en ese lugar donde conocí, en una de mis visitas, a un nativo de La Gomera (Islas Canarias) llamado Marcos (Victorino) Vargas Lamas , quien vino a Cuba en el barco “Conde Wilfredo” en el año 1924.

Me contó muchas vivencias relacionadas con su niñez, que fue muy triste, decía, pues tuvo que cargar muchas piedras en sus espaldas, y ése fue, entre otros, uno de los motivos por los que dejó Canarias. Con tristeza decía:

«El dolor que sentí por dejar mi Isla fue grande, tan grande y profundo como el de mi cuerpo maltratado. Pero ya no podía soportar aquello. Aquí en Cuba me fue muy bien. Constituí una familia y, ya ves, hoy me rodean mis hijos, nietos y bisnietos. A veces me preguntan mis amigos si tengo herencia, y yo les digo: «Puede que tenga allá en la Gomera un poco de arrecifes»».

Su esposa, Carlota, hizo un recuento de sus ochenta años de unión con este nativo y, por el brillo en sus ojos, no cabe duda de que, como ella misma expresara, ha sido muy feliz al lado de este hombre trabajador de las vegas.

No por gusto, cuando entré a su casa, ante la modesta mesa torcía un tabaco, pues bien que conocía todo lo referente a la cosechada hoja.

Era un día de domingo y allí estaba rodeado de su familia. Lo primero que hicieron fue brindar el buchito de café, tan usual por esos campos.

Casi no me voy del lugar, pues Marcos, más conocido como Victorino, sentado en su taburete, allí, debajo de las matas que rodean la parcela de tierra donde también viven gran parte de sus descendientes, empataba una anécdota con otra,

Mientras, afuera el aire nos impregnaba de su fresco bajo las hojas de un árbol. Ya luego, dentro de la casa y en reunión familiar, una de las hijas del isleño Victorino hablaba sobre las curaciones, y que para ello utilizaban mucho las hierbas cuando tenían alguna dolencia.

Así conocimos de muchas de esas plantas que usaban y de cuyas virtudes damos fe los que nacimos y vivimos al lado de Canarios o rodeados de amistades emigrantes de esa región. No en pocas ocasiones tomamos infusiones y cocimientos que aliviaron un fuerte dolor de estómago, inflamaciones, y fiebres, entre otras afecciones.

Con ello corroboramos, una vez más, que los Canarios influyeron en este tipo de cura con hierbas, las que hoy tienen mucha vigencia en la Medicina Alternativa y que científicamente se han comprobado sus propiedades curativas.

Los tiempos eran difíciles, y no era menos cierto que, a veces, la necesidad y los problemas económicos obligaban a las capas más humildes a usar «la medicina verde». La Mejorana, Hierba Buena, Caña Fístola, Apasote, y Orégano, plantas que, entre otras, no faltaban sembradas en cualquier hogar de los isleños, y surtían los efectos de cualquier sofisticada pastilla o jarabe.

De esta forma, nuestros ancestros hacían su aporte a la medicina natural.

Sobre las brujas nos cuenta

Victorino es un hombre jocoso, y también, como Canario al fin, habló sobre el tema de las brujas, un tema que, por misterioso, invita a oírlo.

Me contaba el anciano que él las vio volando en sus escobas, pero, al tiempo que esto decía, sus labios sonreían porque sabía que estaba mintiendo. También decía que aquí, en Cuba, no podían volar porque la escoba chocaría con las palmas.

Así fue pasando el tiempo de la visita a aquella pequeña casa de madera, y con hojas de palma por techo, pero con habitantes de corazón grande lleno de amor y de recuerdos Canarios

Llegó el momento de la despedida y de un adiós con manos que se entrelazaron en un solidario abrazo con el que expresaban todo el sentir que profesan estos nativos canarios.

Estela Hernández Rodríguez
La Habana (Cuba). Noviembre/2010

[Col}> “Sueños de emigrantes”: José Francisco Osorio / Estela Hernández Rodríguez

Un dulcero Canario

Caminaba yo por una de las calles de Cabaiguán, visitando esa región y conociendo un poco más de los emigrantes Canarios residentes en el lugar, cuando escuché el reclamo de un silbato.

Entonces conocí a José Francisco Osorio, un dulcero de estatura alta y robusta, y de pelo entrecano que tiraba en su bicicleta-carrito en el que llevaba cremas de leche, coquitos y torticas, o mantecaditas como le dicen en otras zonas.

Aparentemente era muy conocido en el lugar, pues muchas personas lo llamaban para comprar sus deliciosos dulces, y digo así porque pude probarlos y pienso que se puede dudar de que también la mano isleña tiene un toque especial en eso de hacer cualquier manjar, y más cuando de dulce se trata.

Osorio contó que su papá había nacido en el barco donde vino a Cuba, y aunque no recordó el nombre del braco, dijo que él nació sietemesino.

Este descendiente de Canario tenía ocho años cuando murió su padre. Me dijo: “Mi familia tenía sitios en Sancti Spíritus donde sembraban tabaco y frutos menores. Eso era en el lugar llamado “El Camino de La Habana”.

Contó además que se sentía orgulloso de ser descendiente de Canario y de vivir en Cabaiguán por ser éste lugar de personas honestas, trabajadoras y honradas y, sobre todo, con sonrisa picaresca y, recalcó, “de mujeres muy bonitas”.

Antes de despedirse comentó que a la Casa Canaria de esa región llevaba él llevaba sus dulces y también cocos, pues allí gustaban de su agua.

En la despedida no faltó la sonrisa en sus labios, a los que llevó de nuevo el silbato que con su música anunciaba que se acercaba el dulcero José Francisco Osorio, y animaba a los pobladores a salir a su encuentro.

A lo lejos, frente a la iglesia, ondeaba la bandera cubana y, un poco más allá del lugar, el letrero de una tienda de ropa que llevaba por nombre “Canarias”.

Estela Hernández Rodríguez
La Habana (Cuba). Noviembre/2010

[Col}> “Sueños de emigrantes”: Eulalia Hernández Herrera / Estela Hernández Rodríguez

Estela

Una tinerfeña cuenta su historia.

Eulalia Hernández Herrera es una nativa Canaria que me contó muchas cosas interesantes de su vida, como que nació en la calle Viera y Clavijo, de Santa Cruz de Tenerife, y que vino de niña a Cuba.

Eulalia también recordaba a su abuela Eusebia y el amor que le profesaba.

En el momento de la entrevista estaba muy contenta, pues viajaría a Canarias y volvería, luego de tantos años de ausencia, a tocar su terruño y encontrarse con sus familiares.

Como todas las personas de las que se habla en esta serie de artículos, Eulalia habló mucho de sus costumbres, sobre todo de la enramada de la Cruz de Mayo, y es que todos los Canarios que vinieron a Cuba, así como sus descendientes, de una forma u otra cuentan su experiencia sobre este tema que creó tradición en los campos cubanos.

«De los isleños aprendimos a festejar el 3 de mayo —decía Eulalia—. Se enramaba la cruz y se ponía encima del techo por tres o cuatro días. Estos festejos eran muy bonitos, pues se reunían la familia y los vecinos, y se realizaban bailes y otras actividades. Los que asistían a la reunión depositaban una prenda en la cruz hasta que ésta quedaba adornada. Los altares se hacían dentro de la casa, con tabla y hoja de palma (guano)».

La Fiesta de la Cruz de Mayo comenzaba con el saludo al altar entonando una Salve y varios otros cantos. Cada familia lo adornaba su cruz con velas, flores, frutas, y cerámicas. Todos participaban en la Enramada de la Cruz, si no en su propia casa, en la casa de algún vecino.

A los nativos Canarios y sus descendientes, esto les daba esperanzas de una buena cosecha, entre otros beneficios.

Estela Hernández Rodríguez
La Habana (Cuba). Noviembre/2010

[Col}– Caracas, la Ciudad Elegida, y el himno nacional de Venezuela / Vicencio Díaz

24-01-2011

Vicenzio

Poco o nada se ha escrito sobre esta canción, regalo a los hispanoparlantes que viven después de cruzadas Las Columnas de Hércules, y eso es comprensible pues nadie puede escribir sobre lo que no se entiende, como no sea que por el afán de gloriarnos y hacernos de un nombre hablemos de algo que nadie entiende y sabiamente no nos va a contradecir.

A más de que siendo, como parecen ser, una serie de oraciones que trascienden las edades, es absurdo encontrarle su autoría en estos 2.000 años de la era en que hemos vivido y hemos de ver terminar, y menos aún encontrarle el propósito para el cual fueron destinadas esas oraciones.

Lo que sí podemos hacer —y es mi opinión— es que, sin darle ninguna explicación a priori, tratemos de entender, por el significado de las partes, el sentido del todo, cosa que en lo personal he venido haciendo desde 1997 y les comento a continuación lo que he indagado.

Busqué en todos los himnos hispanos, me fui a otros idiomas, registré entre la liturgia y, ya agotado de buscar, confirmé lo que había percibido desde el principio: aquélla era una pieza única cuyo autor sólo podía ser el supremo autor a quien nadie conoce y que habita en el empíreo.

Al año siguiente, y después de algo excepcionalmente maravilloso que ocurrió en el cielo sobre los Altos Mirandinos, cerca de Caracas, el 18 de noviembre de 1998 comenzaron las gentes de Caracas a cantarlo, y con brío, cosa que yo nunca había escuchado.

Mas, con todo de que ya llevaba un año meditando sobre el asunto, sacando copias del himno con mis meditaciones, y repartiéndolas entre mis allegados y amigos, no me di cuenta de tan extraño fenómeno; más bien lo tomé como algo folklórico y propio del momento que le tocaba vivir a la ciudad.

Luego vino el año 1999 con la alharaca del virus Y2K, porque las computadoras podrían fallar y todo el mundo relacionado trabajaba en esto, mientras algunos “esotéricos” se preparaban para encontrarse con el Hercóbulus —pues recordaron al olvidado Nostradamus que menciona el año 1999 como fecha en que del cielo algo ha de venir—, para tranquilidad de muchos llegó el año nuevo y vimos por televisión la alegría de los animadores porque no había pasado nada, mientras el Sol hacía que todo el mundo se fuera levantando desde Sydney, Jerusalén, Roma, Madrid y, cuatro horas más tarde, nosotros en Venezuela.

¡Feliz Año nuevo. Feliz siglo XXI!

Himno Nacional

Pero, ¿qué había pasado en verdad?

Siete semanas de años (49 años) después de declarada Jerusalén como sede de la capital del pueblo de Israel, el 23 de enero de 1950, —aniversario de feliz recordación para los caraqueños a sesenta y seis días del fenómeno cósmico ocurrido en los Altos Mirandinos el 18 de Noviembre, y después de haberse puesto a cantar “Gritemos con brío: muera la opresión; compatriotas fieles: la fuerza es la unión”— ocurrió la manifestación energética más grande después del Big-Bang, cosa ocultada por los astrofísicos que conocieron del asunto, hasta el 26 de marzo en que fue publicado en la revista Science por un grupo de personas del Instituto de Astrofísica de Canarias y que fue conocido como el GRB990123.

Según ellos, esto ocurrió a

213.500.000.000.000.000.000.000

kilómetros, pero, para que lo entienda mejor y el sol nos parece familiar y una buena referencia, el chorro de rayos gamma —que así le llamaron— ocurrió a 1.427.000.000.000.000 veces la distancia de aquí al Sol.

En todo caso, y si todavía no percibe con claridad porque no entiende lo que son millardos pero sí está claro en lo que son millones, le comunico que, si sabe donde están las primeras estrellas y multiplica esa distancia por 22.570.000.000 habrá llegado a 1.639 redshift distancia computada por ellos, más allá del punto en el cual el universo deja de expandirse y que los sabios de la edad media llamaban Empíreo.

Así las cosas, medite: ¿Qué mente entre las galaxias podía conocer lo que ahora es público y notorio: que sesenta y seis días después de cantado el «Gritemos con brío ¡muera la opresión!», desde z=1.639 (el Empíreo) el supremo autor le respondiera con este viento raro de rayos gamma? ¿O no dice así la canción:

«Y desde el empíreo el supremo autor, un sublime aliento al pueblo infundió»?

Sobre la autoría de esta canción —para los hispanoparlantes de esta TIERRA DE GRACIA, y dejando de lado al supremo autor, quien se identifica a si mismo dentro del texto— hay algunas teorías que lo hacen revelarse como posterior al 19 de abril de 1810, argumento que queda descalificado ante la evidencia del siguiente testimonio:

Fragmento de un documento de La Fundación Empresas Polar con inserción, en color, de datos sobre la detención y posterior traslado a Cádiz de Vicente Basadre:

«Aunque tradicionalmente se ha escrito que la improvisación de Salias se produjo en el seno de la Sociedad Patriótica de Caracas, esto no parece probable, pues aquel canto patriótico existía ya a fines de abril, o muy a comienzos de mayo, de 1810, en tanto que la Sociedad Patriótica sólo inició sus actividades a partir de diciembre de ese año.

Después de los sucesos del 19 de abril de 1810 el intendente de Ejército y Real Hacienda, Vicente Basadre, fue apresado por las nuevas autoridades y recluido en el castillo de San Carlos de La Guaira, hasta su expulsión el 5 de mayo siguiente.

Durante esos días que iban del 19 de abril al 5 de mayo de 1810 (decía Vicente Basadre en un informe escrito el 4 de julio), El 19 de abril de 1810 fue llevado ante el Cabildo de Caracas, donde renunció a su cargo; fue apresado y se negó a colaborar con los patriotas, por lo que fue mandado a La Guaira y embarcado el 1 de mayo en la corbeta Fortuna, con destino a Cádiz. Tras una breve escala en Puerto Rico arribó a España, siendo el primer funcionario depuesto por la revolución americana. Durante su travesía y a bordo del Fortuna, escribió su Memorial sobre el 19 de abril de 1810, la cual es considerada como una de las fuentes fundamentales para la comprensión del proceso emancipador americano y venezolano».

Al llegar a Cádiz, los «caballeros mantuanos» que por turnos le custodiaban en el castillo día y noche, le dijeron que «…en todos los pueblos se habían compuesto canciones alegóricas alusivas a la libertad, a la independencia…». El funcionario español recuerda con indignación en Cádiz algunas de las canciones que oyó o leyó poco antes en La Guaira: «Pero lo más escandaloso fue en las canciones alegóricas que compusieron e imprimieron acerca de su independencia. Convidaban a toda la América española para hacer causa común, y que tomasen a los caraqueños por modelo para dirigir revoluciones».

Estas palabras de Basadre son una paráfrasis bastante exacta de la tercera estrofa de la canción patriótica de 1810, convertida en 1881 en Himno Nacional:

Unida con lazos que el Cielo formó,
la América toda existe en Nación,
y si el despotismo levanta la voz,
seguid el ejemplo que Caracas dio.

Vicencio Díaz