[Col}> “Sueños de emigrantes”: Elvira Quintero Hernández / Estela Hernández Rodríguez

Estela

Una herreña que, sin querer, se convirtió en emigrante.

Esta historia sucedió en El Pinar, en El Hierro, y trata de los momentos vividos por una niña llamada Elvira Quintero Hernández que nació en ese lugar, en 1913 y en un hogar humilde y pobre.

Fue a los diecisiete días de nacida cuando la bautizaron, y su madrina, María Toledo, era muy cariñosa con ella. María era una herreña que a menudo viajaba a Cuba, donde tenía su casa, aunque residía en El Hierro. Tenía tres hijos varones, y siempre quiso tener una hembra, según contó Elvira.

Mientras, en el hogar de la pequeña herreña transcurría la vida cotidiana. Sus padres tenían como costumbre hacer queso, y su mamá a otros lugares para canjearlo por otros productos; así era por aquella región. Me contaba Elvira que, por esos años, en su terruño no había ni agua que tomar, todo estaba acabado, ni calles.

Recuerda cómo ella se preocupaba porque no llovía, pues a su padre, Gabriel Quintero, le hacía falta el agua para su escaso ganado.

Entonces, y por esta situación, su madrina a veces la llevaba para su casa y la tenía por momentos. Luego se quedaba un día con ella, y después varios. También su madrina le compraba uno que otro juguete, algo que sus padres no podían hacer.

Así fue creciendo, y cuando ya tenía once años, María Toledo le pidió a su comadre que dejara ir a Elvira con ella a Cuba para que conociera esa Isla. Para ello tuvo que pedir un permiso, y a la niña, le gustara o no la idea, tenía que aceptarla, pues en aquel tiempo los menores no tenían voz ni voto; lo que decidieran los mayores tenían que aceptarlo.

A Elvira la acompañaron sus padres al embarcadero. Vino a Cuba en el barco francés “La Salle”, en el que toda la tripulación era francesa.

«Yo, era la única niña que venía en el barco, y los marinos me daban la mano y me llevaban a comprar caramelos en la bodega del barco», decía Elvira con tristeza.

Una nueva vida

A su llegada a Cuba, recuerda cómo, luego de desembarcar, se trasladaron hasta la casa en un fotingo al que había que darle cranque para que caminara, pues era de los autos que en aquella época arrancaban de esa forma.

Dos de los hijos de María Toledo eran comerciantes, y otro trabajaba en un Banco. Elvira estudió sólo la primaria, y nunca más su madrina la llevó a Canarias.

Pasó el tiempo, y un día Elvira supo de una mala noticia: cuando El Hierro su madre y hermana se dirigían al canje de productos, a causa de un deslave en el terreno cayeron por un barranco y fueron arrastradas por un arroyo.

Su madrina aprovechó ese incidente y le dijo a Elvira que toda su familia había perecido en el deslave. Fue muy triste para la niña, que quedó traumatizada. Lloraba mucho porque también pensaba mucho en su familia.

Lo único bueno que tenía el estar bajo la tutela de su madrina era que nunca pasó hambre ni necesidades, pero esa mujer la había separado de sus seres queridos, algo muy importante para Elvira.

Recuerda cuando iba al cine, al que una hermana de su madrina la llevaba. Contaba que le decían «La llorona» porque lloraba por cualquier cosa que le sucediera, algo que era lógico porque su dolor lo llevaba por dentro, según me dijo.

Tres años después murió la madrina, y entonces su hermana, Juana, se hace cargo de Elvira. En 1935, se trasladaron a La Habana y fue cuando ella comenzó a trabajar. Por el año 1947 se casó, pero el matrimonio no le fue bien, y a los dos años se divorció. Luego comenzó a trabajar de oficinista, y contrajo nuevamente matrimonio.

La verdad toca a las puertas de Elvira

Pasó el tiempo y, casualmente y en gestiones con la isla de El hierro para solicitar una inscripción de nacimiento, sin esperarlo descubrió a una sobrina y, por ella, supo luego de otros parientes, y así se enteró de que el día del accidente en el barranco sólo habían muerto su madre y una de sus hermanas.

Por las fotos que de El Hierro le enviaron dos de sus hermanas pudo ver a su familia más cercan, y también a sus sobrinas y primos, entre otros, y conocer su verdadera historia.

No todos habían muerto, tenía una familia y no lo sabía. Pudo más el sentimiento que hacia ella tuvo su madrina, a quien no le importó hacerle tan tremendo daño.

Estela Hernández Rodríguez
La Habana (Cuba). Noviembre/2010

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