[Col}> “Sueños de emigrantes”: Domingo Norberto Cabrera Morgadanes / Estela Hernández Rodríguez

Estela

Un hijo de Isora (Frontera, El Hierro) cuenta su historia de cómo en un solo día visitó la tierra de su padre.

Conocí a Domingo Norberto Cabrera Morgadanes —un hombre entrado en canas, de ojos azules brillantes como perlas de mar— cuando estaba contento porque podía contar la historia de su padre, del pueblo natal de éste, Isora (Frontera, isla de El Hierro), y de su descendencia.

Su padre nació en el año 1888. Se llamaba Domingo Cabrera Gutiérrez, y en 1902, cuando apenas tenía catorce años, vino a Cuba. Hasta entonces había pastoreado cabras en El Hierro, y leía si acaso malamente. Decía el isleño:

“Mi abuelo tenía cinco hijos, y pensó que antes de que a sus hijos los mataran en la guerra mejor era que vinieran para Cuba. Ya mi padre, al llegar a la tierra cubana, comenzó a trabajar en la Ciénaga de Zapata, ubicada en la provincia de Matanzas, el centro de la isla”,

Allí estuvo hasta que un pariente de buena posición económica, Ignacio Padrón, primo de su abuelo, colocara a su papá en un comercio; tenía fincas y era benefactor, pues hizo en su barrio una escuela. Domingo contaba:

«Mi padre se independizó y tuvo su primera bodega en Bermeja, Unión de Reyes, en la provincia de Matanzas, y fue ahí donde conoció a la que fuera luego mi mamá, Mercedes Morgadanes, también hija de isleña, de Tenerife, y de padre gallego, de Pontevedra. Cuando ya mi padre tenía dos hijos, ocurrió una desgracia con su hermano, que murió, y entonces mi abuelo le dijo: “Ya tienes dos hijos. Quiero irme de regreso a mi casa». Entonces le pagó el viaje y lo llevó. Mi padre estaba ya encaminado. y luego nacieron dos hijos más; fuimos cuatro hermanos en total».

Cuenta Domingo que su padre era un hombre muy humano, no podía ver miserias, y cuando alguien venía a su bodega comprar algo fiado porque no tenía dinero, le daba la mercancía. Fue por eso por lo que quebró la bodega de su propiedad. Luego llegó a vender hasta confituras en los comercios, pues era muy buscador de vida. Y decía el descendiente herreño.

«Yo crecí, y mi primer trabajo fue en un estorage vendiendo gasolina, en La Habana, y vivía con mi madre y mis hermanos. También me superé, pues pasé la escuela y en 1948 me gradué de Técnico en Farmacia en la Universidad de La Habana. Trabajé esa profesión hasta el año 1988, cuando me jubilé. Para entonces estaba en la farmacia de Santos Suárez, en La Habana, de Dolores Oharris. Y en 1957 estaba en la farmacia de los hospitales Clínico Quirúrgico, que coincidió con su inauguración, y conjuntamente realizaba otro trabajo en el hospital Calixto García, también en la propia ciudad».

En el año 2003, invitado por el gobierno de Canarias, pudo visitar la isla de Tenerife, lo cual —dijo— le dio una gran alegría. «Para mí fue un sueño convertido en realidad. El gran sueño que duró un solo día», recalcó Domingo.

Estando ya en Tenerife y en un hotel cinco estrellas, Domingo pensaba en la querida tierra de su padre, Isora, en El Hierro. Pero por muy cerca que estuviera, estaba muy lejos de ella, pues en estas salidas de turismo dirigido no se permite estar de un lado para otro solo, y durante los 9 días que duraría su permanencia le era difícil ponerse en contacto con sus familiares. Pero añoraba verlos, y sólo un milagro lo permitiría.

Ese mismo día un gran amigo, y compañero de la habitación de hotel, recibía a unos familiares y le dijo:

Domingo, vamos conmigo y así conoces a mi familia y te animas un poco.

Domingo accedió y bajó con su amigo.

Ya con los familiares de éste, lo presentaron a todos y conoció al esposo de la prima de su amigo, quien le dijo:

Señor, en mi casa yo tengo un retrato donde aparece usted.

Domingo quedó asombrado y, como cosas del destino o casuales, resultó que el esposo de la prima de su amigo era pariente lejano de él, otro Cabrera también.

Tal fue la alegría que inmediatamente este pariente llamó a la prima de Domingo, Nicolasa, y le dijo.

Aquí tengo frente a mí a un primo tuyo que quiere verte.

Nicolasa aceptó y esa noche salieron en barco para El Hierro. Allí, en el puerto, todos estaban esperándolo, y fue así como pudo visitar la tierra de su padre y cumplir con su deseo.

Una bonita experiencia

Todo fue precipitado para el descendiente de Isora, pero su vida cambió, pues ya no se iría de Canarias sin visitar la tierra de sus ancestros.

Allí conoció a cinco primos hermanos. Luego fue a ver la casa de su padre. Todo estaba igual.

Había 100 chivas que daban 100 litros de leche diarios. Luego vino la conversación y los análisis, a través de los años, de dos vidas diferentes.

Antes, su papá pastoreaba; ahora, con la modernidad, los animales se alimentaban con pienso, y entonces pudo ver un almacén con sacos de ese alimento. Luego, Domingo, volviendo a recordar a su padre comentó:

«El se superó, hasta estudió inglés, y siempre estuvo preocupado por la educación de sus hijos. Tenía la moral por principio. Murió a los 86 años. Todos estudiamos. Mi hermano mayor, Ramón, es contador, el tercero estuvo en Comercio Exterior, y mi hermana Reina es maestra».

A mi pregunta de qué había sentido en ese solo día, contestó, con brillo de lágrimas en sus ojos:

«En ese solo día aunque, fue tan corto el tiempo, recibí muchas muestras de cariño y tuve muchas emociones, todo por igual. Fue un día maravilloso».

Estela Hernández Rodríguez
La Habana (Cuba). Noviembre/2010

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