[Col}> “Sueños de emigrantes”: Miguel Suárez Castellano / Estela Hernández Rodríguez

Estela

Miguel Suárez Castellano, un nativo de Fontanales (Moya, Las Palmas, Canarias) llegó a La Habana en el vapor “Niágara” cuando contaba sólo 9 años de edad, en noviembre de 1926, pocos días después del ciclón del veintiséis. 

«Por el paso del ciclón, en Cuba se veían aún árboles tirados y los destrozos propios de estos fenómenos», cuenta Miguel.

Su padre había venido tres años antes, y cuando se estableció en una cafetería en Aguiar y Peña Pobre, en La Habana Vieja, mandó a buscar a su esposa, Rosa Castellano Ojeda, y a sus tres hijos varones.

Su hermano era Juan Suárez, dueño de «La Lechera», una empresa láctea muy reconocida por aquellos tiempos. José Suárez era otro tío mío, dice Miguel, que como gustaba del trabajo en comercio, laboraba en la cafetería de su padre y estudiaba de noche en una academia.

Sobre la vida de su padre en La Habana me contó que al llegar éste a la capital había contratado a una viejita, de nombre Efigenia, que le cocinaba primero a él y luego a toda la familia.

El encuentro con su familia

Hace cuatro años, Miguel Suárez Castellano viajó a las Islas Canarias, y un sobrino suyo fue a verlo. Estuvieron una semana en Tenerife, y le sucedió como a otros: que casi no puede ver a su familia, lo cual le preocupó.

Me cuenta que «Estando ya en el aeropuerto, sentado en el autobús, preguntó un señor: «¿Quién se llama Miguel Suárez?», «Yo, yo soy Miguel Suárez». Entonces el señor me dijo: «Vamos, que te están esperando». Era mi familia. ¡Imagínese qué contento me puse, pues ya casi regresaba a Cuba y, en un momento, mi sueño de ver a mi gente se hizo realidad».

«Todos los días me llevaban a pasear, sobre todo al lugar que más me gustó visitar: la casa donde yo viví. Pero ya es un chalet. Claro, la casa vieja estaba detrás del chalet, y la tenían de desahogo de éste. Ocupaba una manzana completa».

Uno de los parientes que tuvo atenciones con Miguel —recuerda— era un accionista, o algo así, de la fábrica de chocolates Tirma, nombre que le habían dedicado en honor a una leyenda que tiene que ver con un luchador guanche.

Me interesó esa historia y pude conocer que se trataba del nombre de un rebelde isleño, Bentejuí, un temible jefe que, de montaña en montaña, huía de la persecución del ejército castellano que luchaba por conquistar la isla de Las Palmas.

Bentejuí y un compañero suyo no quisieron caer en las manos del enemigo y se precipitaron por un risco con el grito de «¡Atis Tirma!». De ahí el nombre de la fábrica.

Cuenta el isleño que Juana Rosa Vizcaíno Moreno, quien fuera su esposa, era cubana, mayor que él, y murió a los 90 años. Era viuda cuando él la conoció.

Su primer esposo era hijo de un isleño llamado Rafael Perdomo, que era telegrafista y que, huyendo de la huelga de Batista, se fue de Cuba con papeles de español, pero con tan mala suerte que la tripulación del barco en que viajaba fue detenida porque al registrarlo encontraron armas.

Se llevaron a todos presos, incluso a él, y en España el régimen de Franco los fusiló.

«Yo me casé con Juana Rosa cuando ya tenía mi propio café, en Vives y Carmen, en la capital cubana, mientras que ella trabajaba en perfumes “Astras”. En 1959, cuando la propiedad privada desapareció, me ofrecieron administrar un mercado en el que fui supervisor. Luego me incorporé a la zafra de los diez millones, que así le llamaban en el año 1970. Más tarde pasé a la empresa, y de noche estudiaba contabilidad en el Centro Asturiano de La Habana».

Estela Hernández Rodríguez
La Habana (Cuba). Noviembre/2010

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