[*Opino}– Mujeres maltratadas de las agresiones – Hipérbaton y duda

Titular en Libertad Digital (España) del 29/02/08:

«El Gobierno culpa a las mujeres maltratadas de las agresiones y dice que “la ley funciona»»

Porque lo de ‘maltratadas de las agresiones’ tiene sentido propio que podría causar confusión, y porque ‘de las agresiones‘ no tiene que ver con ‘maltratadas‘ sino con el motivo de la culpa, lo que debieron escribir pero no escribieron es, p.ej.,

«Por las agresiones, el Gobierno culpa a las mujeres maltratadas, y dice que “la ley funciona»»

***

Hipérbaton aparte, es posible que al Gobierno le asista algo de razón, pues los problemas de pareja tienen, cuando menos, dos versiones, y en los más de los casos de estos maltratos tan frecuentes en España cabe suponer que los dos miembros de esas parejas provienen de un mismo medio social, y fueron educados por madres españolas, también de muy parecida extracción social.

Entonces uno no puede menos de sentir curiosidad por saber qué hacen esas mujeres para que sus maridos, novios o lo que fueren, reaccionen así.

No puede ser que los culpables sean SIEMPRE ellos, aunque ni de casualidad estoy justificando el maltrato y menos el asesinato. Pero sabiendo cómo se las gastan las españolas que he conocido, no puedo evitar la duda.

Carlos M. Padrón

[*Opino}– Nacionalismo léxico

Quien escribe lo que copio más abajo es una pluma mucho más autorizada que la mía, pero que señala lo mismo que he señalado en muchas de las notas aquí publicadas: el rechazo a ultranza de franceses y españoles a lo que venga de EEUU, y ya no tanto de Inglaterra.

Y, en el caso de lo españoles, el dilema entre ese rechazo, la paradójica tendencia a inventar palabras supuestamente inglesas (puenting, vueling, etc.), y la no aceptación de otras que, como ‘chip’, ‘pen-drive’ o’ e-mail’, no tienen vuelta de hoja (en ‘pen-drive’ e ‘e-mail’ podría cambiarse la grafía para adaptarla a la pronunciación inglesa —pendraif e imeil—, como se hizo en fútbol), a menos que se quiera caer en el ridículo de los ’60 cuando pretendieron que en lugar de byte se usara octeto. Todo ello lo interpreto como la manifestación del deseo de poder hablar bien inglés, porque lograrlo viste bien.

No sé si en otros países se ha rechazado el término ‘computador/a’ y en su lugar se usa el ridículo ‘ordenador’, pero sí sé que en Francia y España se ha hecho así, y que es parte de ese rechazo, producto de envidia (en el caso de Francia, que no se resigna a no ser, como una vez fuera, rector de los destinos universales), y de complejo, en el caso de España.

El asunto es casi crítico cuando alguien como Amando de Miguel, que entiendo que además de español habla bien ingles, se descuelga con comentarios como éste:

Marcel Moreau (Francia) me dice que no entiende lo de ‘ismael’. Muy sencillo. Es un juego para traducir el ‘e-mail’: emilio o ismael. Son dos nombres corrientes de personas. En cambio, lo de ‘e-mail’ no deja de ser un terminacho impronunciable. Acabaremos diciendo y escribiendo ‘imeil’. Lo de traducirlo por “correo” tampoco convence mucho, pues los ‘emilios’ o ‘ismaeles’ no corren nada.

¿Cuál es el ‘juego’ de traducir e-mail por ‘emilio’ o ‘ismael’? ¿Dónde está la gracia? ¿Dónde lo impronunciable? Sólo lo explico como manifestación del recalcitrante rechazo a lo de origen useño, hecho de forma que intenta dejar en ridículo al término ‘e-mail’ (o sea, ‘imeil’, que nada tiene de impronunciable) cuando en realidad deja en ridículo a quien lo usa.

Sospecho que el libro “Y si habla mal de España… es español”, de Sánchez Dragó, otra pluma muy autorizada, mete el dedo en esta llaga.

Carlos M. Padrón

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A. de Miguel

El idioma es un continuo fluir de arcaísmos que se retiran de la circulación y de neologismos que se presentan con la frescura de la originalidad.

El idioma español siempre estuvo dispuesto a las novedades léxicas, pero ahora cunde una cierta resistencia a los neologismos. Es una suerte de nacionalismo léxico, que se observa igualmente en el francés o en otros idiomas europeos, salvo el inglés.

La razón es que, dada la hegemonía cultural estadounidense, muchos de los neologismos proceden del inglés. El proceso es tan natural como cuando el castellano medieval se nutría de muchos vocablos arábigos. No hay razón para negar la realidad de los neologismos cuando vienen a etiquetar realidades nuevas. La adaptación fonológica de las nuevas voces procedentes del inglés puede resultar algo complicada, pero al final se resuelve.

LD

[*El Paso}– “Dándole vueltas al viento” / Poemas de Antonio Pino Pérez: Espera

ESPERA

Junto al “Tritón” desguazado,
—viejo para navegar—
está el marino sentado,
fija la vista en el mar.

Mira el oriente incendiado
del oro crepuscular.
Y mira más, angustiado,
el Sol que va a naufragar.

Es un ocaso vencido
que alarga su luz postrera
sobre un poniente perdido.

Es un mirar sin mirar,
que todo lo fue y lo espera
por los caminos del mar.

1962

[*FP}– El Teide y su sombra

Carlos M. Padrón

En octubre de 1959, cuando aún vivía yo en Santa Cruz de Tenerife, con mis amigos, José Quirantes ─a quien todos llamábamos Pepe─ y Eleuterio Sicilia, decidimos subir a lo más alto del Teide y, por supuesto, caminando, pues en aquella época no existía el teleférico que hay hoy.

Armados de mochila, calzado apropiado, ropa de abrigo, cámaras fotográficas, etc. salimos de Santa Cruz en la mañana del 03/10 en el Land-Rover de un amigo de Pepe,

Aquí, yo en el portalón trasero del Land-Rover.

Este vehículo debería habernos dejado en Montaña Blanca, o sea, donde comienza el camino para subir al Teide, lugar al que queríamos llegar con tiempo suficiente para subir, aún con luz de día, hasta el refugio, dormir allí esa noche, y en la madrugada del 04/10 escalar el cono final hasta la cúspide, para ver desde arriba el amanecer.

Pero el Land-Rover se accidentó en Güímar, su reparación tomó muchas horas, y, una vez reparado, sólo nos llevó hasta Vilaflor.

Allí, el chofer de un camión cargado de pacas de pinillo (agujas de pino secas) —carga que sobresalía más de un metro por sobre el borde superior se la de por sí elevada carrocería del vehículo— aceptó llevarnos, como de contrabando, hasta Montaña Blanca. Pero para evitar una desgracia nos exigió que nos amarráramos con las sogas que había en lo alto de la carga de pacas, de forma que no fuéramos a caernos por efecto de las inclinaciones que el camión hacía en las muchas y muy cerradas curvas.

También nos advirtió que pasaríamos por un punto de control de la Guardia Civil, que él se detendría ahí a charlar un poco con los guardias, y que en ese rato no sólo deberíamos casi hundirnos en las pacas sino evitar cualquier tipo de ruido o movimiento que pudiera delatar nuestra presencia, pues si la Guardia Civil nos descubría, el chofer podría ir preso y tal vez nosotros también.

Todo salió bien, aunque con el consiguiente estrés. Y eran casi las 9 de la noche cuando el camión nos dejó en Montaña Blanca, junto a un mapa, hecho en piedra, cal y cemento, que indicaba las rutas a seguir en la zona.

Y de inmediato comenzamos a subir a pie, con bufandas cubriéndonos boca y nariz, y gorras o sombreros hundidos hasta la orejas para protegernos del frío.

Como tengo que caminar deprisa, so pena de cansarme y crearme un dolor de espalda, me alejaba bastante de Eleuterio y Pepe, y cuando creía que por la zigzagueante ruta había yo subido un kilómetro en línea recta, me sentaba a esperar por ellos. Al verlos aparecer, reiniciaba mi subida, siempre a mi velocidad, y repetía la maniobra de la espera, y mientras aguardaba sentado me recreaba contemplando el cielo, pues nunca he vuelto a ver estrellas tan grandes como las que vi esa noche.

Una de mis esperas se hizo demasiado larga, y, preocupado, bajé a ver qué por qué mis amigos no aparecían. Los encontré sentados sobre unas piedras porque Pepe, por algunos kilos de más y por su problema de azúcar, se sintió mal y dijo que no podía seguir, que se sentía agotado y que se le había nublado la vista. Descubrimos que de la vista, nada, que lo que se le nublaban eran sus lentes (gafas) porque el aliento los empañaba al salir hacia arriba, y no de frente, forzado por la bufanda con la que Pepe llevaba cubiertas su boca y nariz.

Pero lo del extremo cansancio sí requería atención, así tuve que hacer uso obligado del caminar deprisa, y me disparé ladera arriba a pedir ayuda en el refugio.

Cuando llegué a él toqué con el puño en su única puerta, que ya por la hora estaba trancada, y la persona que la abrió la cerró de golpe apenas verme con la cara cubierta como si fuera asaltante de banco. Desde afuera, y gritando porque a esa altura el ulular del viento era muy fuerte, pedí ayuda para un amigo en apuros. Debí sonar muy auténtico porque el encargado del refugio no sólo me dejó entrar sino que preparó no sé que infusión y bajó conmigo hasta donde habían quedado Pepe y Eleuterio.

A poco de ingerir la infusión, Pepe se sintió mejor y pudo reanudar el ascenso hacia el refugio, una casa hecha de piedra en la que por fin entramos los tres pasadas las 12 de la medianoche.

Como todas las literas estaban ocupadas, el encargado nos facilitó unas mantas, y sobre ellas nos echamos en el piso para tratar de descansar por apenas un par de horas, pues se nos dijo que sobre las 3 deberíamos iniciar el ascenso del tramo final entre el refugio y la cúspide del Teide, a más de 3.700 metros de altura.

Ya que el camino de subida era uno solo, sin pérdida posible, pisé el acelerador y puse velocidad de crucero, dejando atrás a Pepe y a Eleuterio, pero no antes de que Eleuterio nos tomara, a Pepe y a mí, esta foto:

De izquierda a derecha: Carlos M. Padrón y José Quirantes.

Por el camino adelanté a muchos, y al adelantar a un señor ya mayor, cuando éste notó la velocidad que yo llevaba, me dijo que no me apurara porque sí lo hacía él me alcanzaría. Pensé que el señor estaba equivocado, pero unos 15 minutos después un extraño agotamiento me invadió y tuve que sentarme a la vera del camino,… y allí estaba cuando llegó el señor mayor, se detuvo ante mí y, sonriendo, mientras decía algo acerca de la prisa de los jóvenes, me dio un trozo de chocolate y me dijo que lo comiera ya. A poco de comerlo tuve ánimos para reanudar la marcha.

En lo más alto del Teide hay un pequeño cráter que es como una mordida en el costado de la ladera, justo debajo de la cúspide del pico, y la ruta para llegar a ésta pasa por dentro de ese cráter, que, al menos entonces, despedía olor a azufre.

Unos metros antes de entrar al cráter —por su borde inferior, por supuesto— adelanté a un hombre de unos 40 años (yo tenía apenas 20) que por el equipo que llevaba y la forma de caminar parecía un escalador profesional. Y eso debe haber sido, porque en cuanto lo adelanté, y con ello herí su orgullo de veterano, sentí cómo apuraba el paso tratando de alcanzarme. Pero yo, animado por la cercanía de la meta, apuré más el mío, y así se estableció entre nosotros una muda competencia.

Aunque resbalé un par de veces, pues mi calzado no era tan bueno como el suyo, y aunque otras veces logró él situarse a mi nivel y caminamos cabeza a cabeza sin decirnos palabra, puse el pie en la cima primero que mi competidor. Y al verme en la meta final, miré hacia atrás y lo vi parado, mirándome con expresión de entre asombro e ira. Luego reanudó la subida y llegó junto a mí tal vez 10 ó 15 segundos después. En buen inglés me dijo algo así como “Congratulations! You are a real walker!”. Mal sabía él que por muchos años me había entrenado yo en El Paso subiendo como una exhalación, varias veces al día, la empinada cuesta entre La Plaza y mi casa, o entre mi casa y La Cruz Grande.

Eso sí, tuvo la cortesía de tomarme esta foto:

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Poco a poco fueron llegando los demás, y entre ellos Pepe y Eleuterio.

José Quirantes, Eleuterio Sicilia y Carlos M. Padrón en la cima del Teide.
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Al ver desde la cúspide del Teide que la tierra firme de todo el perímetro de la isla salía del mar y confluía en nuestros pies, nos dimos cuenta de que el Teide no está en Tenerife, sino que Tenerife es el Teide.

Aunque se veía una extraña luminosidad, entre claridad y penumbra, el Sol no había salido aún, y cuando esperábamos que asomara y comenzara a subir lentamente —como siempre hacía,… según creíamos— nos sorprendió ver que asomó de un solo golpe y se ubicó a una altura que, dada la distancia y el efecto óptico, podría decirse que era de unos 4 metros sobre la línea del horizonte, y a partir de ahí comenzó su ascenso normal.

Apenas terminó el Sol su extraño salto, giramos 180° y nos quedamos impactados al ver proyectada contra el cielo la sombra perfectamente cónica de ese gigante de más de 3.700 metros que es el Teide. ¡Algo sobrecogedor!

Todos los que teníamos cámaras tomamos fotos de ese insólito espectáculo. De las que tomé, ninguna sirvió, pero Eleuterio si logró ésta:

No hay que olvidar el año en que fue tomada y la calidad de las cámaras que entonces podían comprar muchachos como nosotros.

Después de tal vez casi una hora en la cúspide, bajamos hasta el refugio —de culo muchas veces porque resbalábamos en la arena volcánica y caíamos sentados—, y durante la bajada tomamos estas fotos:

José Quirantes y Carlos M. Padrón. Al fondo, el cono final del Teide.

Y estas otras, ya de vuelta en el refugio:

De izquierda a derecha: Carlos M. Padrón, José Quirantes y Eluterio Sicilia.
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José Quirantes y Carlos M. Padrón, cambiados de ropa y listos para bajar.

Al rato iniciamos el descenso, y nos tomamos un par más al llegar al punto en que el camión nos había dejado la noche anterior, o sea, junto al mapa para excursionistas que ya mencioné antes.

Carlos M. Padrón.

En ésta puede apreciarse cuán “gordo” estaba yo:

De izquierda a derecha: Eleuterio Sioilia, José Quirantes y Carlos M. Padrón.

Para el regreso, otro camionero accedió a llevarnos hasta La Orotava, y desde allí usamos la guagua (autobús) hasta Santa Cruz.

Eleuterio Sicia y José Quirantes dentro del camión que nos llevó hasta la Orotava. Por lo que veo, la foto, cortesía de Eleuterio —al igual que muchos de los detalles arriba dados, que yo ya había olvidado— la tomé yo con su cámara.

Y así culminó nuestra excursión.

He subido al Teide otras dos de veces, en teleférico y luego caminando hasta sólo un poco más arriba de la estación terminal, pero nunca con la emoción de aquella primera vez, de aquellos tiempos de veinteañeros en que excursiones como ésta eran una verdadera aventura.

***

Mi primo Antonio Pedro Dorta Martín me ha enviado desde Tenerife algunas fotos espectaculares, como ésta,

Esta muestra la sombra del Teide contra el cielo y demuestra que lo que dije de que esa sombra era “perfectamente cónica” no es metáfora, y que la foto no es montaje, pues lo prueba la tomada en 1959 desde el mismo sitio —no hay otro mejor— y que repito aquí para facilitar la comparación:

Y esta otra maravillosa foto del Teide fue tomada al amanecer de no sé qué día por Alfredo Lafee, un fotógrafo amateur y jubilado que vive en Santa Cruz de Tenerife.

Mi amigo Juan Antonio Pino, que tuvo la gentileza de enviármela, me cuenta que el día en que don Alfredo, vecino suyo, la tomó, se fue a el Teide a las 4 de la mañana, y cuando regresaba lo pararon los policías y le advirtieron que estaba prohibido pasar sin autorización.

Don Alfredo les contestó que cuando él pasó no había nada ni nadie que lo prohibiera, y como prueba les mostró en su cámara la hora en que había hecho la foto,… hora en que, a falta de carteles, la Policía debió estar donde ahora estaba si quería controlar el acceso.

[*Opino}– Lo de «Por un clavo se perdió la guerra» aplicado a los automóviles

Carlos M. Padrón

Hace meses que cuando con mi camioneta —una Ford Explorer 4×4— circulaba yo por un lugar plano, escuchaba un extraño cuido, con un tun-tun, que aumentaba de frecuencia, tanto en el tiempo como en hertzios, cuando aumentaba la velocidad. Por ello deduje que podría tratarse de un problema de cauchos (neumáticos, gomas, etc., según el país), pero cuando rodando por un lugar igualmente plano soltaba yo el volante, el vehículo continuaba en línea recta, lo que, en mi opinión, era prueba de que no se trataba ni de un problema de cauchos ni de amortiguadores.

Para salir de dudas en cuanto a los cauchos, llevé la camioneta al mismo taller al que por 30 años he llevado mis vehículos para asuntos de cauchos y cambios de aceite y filtro, y el dueño del taller, un experto en la materia, deslizó su manos por la superficie y la cara interna y externa de los cauchos, y me dijo que todos estaban bien.

Luego fui a un taller de sistemas de escape, subieron la camioneta en un puente, y esos sistemas estaban bien, pero el tun-tun era cada vez más audible.

Para el pasado 7 de diciembre se había pautado una intervención quirúrgica a Chepina, mi mujer, y se le dijo que debía estar en la clínica a las 6 de la mañana. Salimos de casa a las 05:30 y tomé la ruta más corta: la que a través de la zona conocida como Vizcaya me permitiría caer en El Cafetal, donde está la clínica.

Al salir noté que había llovido, pues el pavimento estaba mojado, pero ya no llovía.

Al comenzar a bajar la vía con muchas curvas que termina en Vizcaya, puse la segunda, pues, aunque mi camioneta tiene, desgraciadamente, transmisión automática, siempre uso la segunda, sea con el vehículo que fuere, cada vez que comienzo una bajada o debo frenar yendo a cierta velocidad, recurso por el cual no sólo los frenos de mis vehículos duran mucho sino que he evitado accidentes que pudieron ser graves.

A pesar de ir en segunda, cuando en cierto momento, y debido a lo inclinado de la vía, la camioneta alcanzó una velocidad que consideré excesiva, toqué ligeramente el pedal del freno, y de inmediato el vehículo derrapó hacia el borde del barranco que corre paralelo a esa vía. También de inmediato, Chepina me gritó “¡No toques el freno!”, advertencia muy oportuna porque, sorprendido por el derrape y aunque conocedor de esa norma, ya mi pie derecho iba camino al pedal del freno.

Varias veces estuvimos a punto o de caer al barranco o de pegar contra el cerro, pues la camioneta bandeaba como loca de un borde al otro de la vía, pero el ABS funcionó y, accionando el volante con la serenidad que pude conseguir, logré estabilizarla y continuar nuestro camino, pero con el consiguiente susto, pues gracias a que a esa hora de la mañana no había vehículos en ninguna de las dos direcciones, nos salvamos de que nos llevaran a la clínica —y no precisamente para la operación a Chepina— o la morgue.

Días después fui a un taller cercano en el que al Corolla de mi hija le había hecho un buen trabajo, y cuyo dueño me pareció competente. Le dejé la camioneta para que le hiciera entonación, le conté lo del ruido tun-tun, y le pedí que revisara la amortiguación o lo que él creyera que podría ser la causa de tal ruido.

Cuando fui a recoger la camioneta, ya debidamente entonada, el mecánico dueño del taller me dijo que el sistema de amortiguación está muy bien (cosa que habla muy bien de él porque los más de otros mecánicos me habrían dicho que estaba malo y que era necesario cambiar los amortiguadores, y sabe Dios si algo más) y que, en su opinión, el ruido se debía a problemas en el caucho delantero izquierdo.

Llevé de nuevo la camioneta al antes mencionado taller de cauchos, pero esta vez le pedí al dueño que desmontara los dos delanteros y los revisara bien.

Apenas revisó el izquierdo me hizo notar una para mí extraña anormalidad: varios de los tacos de goma —los sectores demarcados por las estrías que hay en la superficie del caucho— estaban irregularmente gastados y no alcanzaban la altura de sus vecinos. En un área en particular, había tres tacos contiguos que presentaban este problema, el mismo que la persona que ahora me lo mostraba no pudo detectar cuando, sin desmontar los cauchos, deslizó su manos por ellos.

Ahí se me hizo claro que el derrape que pudo ser mortal fue ocasionado porque en el preciso momento en que pisé el freno, la parte del caucho en el que los tres tacos contiguos estaban tan gastados que no alcanzaban el nivel de sus vecinos, se encontraba en contacto con el pavimento mojado, y, por tanto, falló el agarre.

Compré dos cauchos nuevos y pedí que los montaran en la parte delantera, en reemplazo de los existentes.

CONCLUSIÓN: Más vale gastar en un par de cauchos nuevos, que arriesgarse a sufrir un accidente que podría ser desde los que causan un simple choque hasta los que causan una o varias muertes.

[*ElPaso}– Personaje de mi pueblo, ni disminuido ni olvidado: Julio el Gacio

18-02-2008

Carlos M. Padrón

Como pública declaración y merecido reconocimiento, aprovecho el cierre (al menos por ahora) de esta serie de artículos sobre “Personajes de mi pueblo, disminuidos pero no olvidados” para hacer público algo por lo que aún estoy agradecido, y continuaré estándolo. Y debo dejar muy claro que, como digo en el título, el personaje de este artículo nada tenía de disminuido y, con lo que acerca de él voy a contar, pretendo que tampoco lo tenga de olvidado.

Este señor, cuyo nombre era Julián Germán Pérez Hernández, era conocido en El Paso por el apodo de Julio el Gacio, pero, para mí, fue y será Don Julio.

Según me cuenta su hijo, también de nombre Julio, ese apodo familiar tuvo su origen en los ojos azules y piel blanca típicos de su parentela, pero, sobre todo, en el peculiar color de los ojos de una de las féminas de la familia, de nombre María, de quien en el pueblo decían que ese color era como el de las vainas de las llamadas gacias, un arbusto que es pariente, según parece, del tagasaste.

Don Julio tenía, si mal no recuerdo, una granja de gallinas, y un andar taciturno. Era, además de dado a la lectura, un autodidacta que había acumulado notables conocimientos acerca de agricultura, ganadería, granjas avícolas, etc., y su gesto para conmigo fue el entonces típico del hombre pasense mayor que se preocupaba por la educación de los jóvenes de su pueblo, se sabía con autoridad moral sobre ellos, y la ejercía en beneficio de éstos y de lo que él consideraba un deber para con el pueblo.

Un día, cuando yo tenía 16 años y estaba con unos amigos en el primer banco que para entonces se encontraba al borde de la carretera, en la primera curva más arriba de Monterrey donde en verano habíamos montado lo que llamábamos “El Senado” —una especie de tribunal en el que, mediante presentaciones orales, ventilábamos asuntos de ‘trascendencia y profundidad’ equiparables a la inmortalidad del cangrejo o el sexo de las nubes—, don Julio venía subiendo por la carretera en el momento en que yo, de espaldas a ella y de frente al banco, comencé mi exposición diciendo:

—Si tal cosa fuera cierta yo no hubiera hecho lo que dicen que hice.

Cuando terminé mi alegato y regresé al banco, don Julio, parado a un lado de la vía en el punto conocido como Boca de la Carretera, a unos 30 metros del banco, me llamó, y yo, por supuesto, me acerqué, un tanto preocupado porque caí en cuenta de que él había estado allí esperando a que yo terminara mi alegato. Cuando llegué a su lado, muy serio pero muy amable, me tomó por el brazo y me dijo:

—Carlos, te escuché decir “Si tal cosa fuera cierta yo no hubiera hecho…”, y eso es incorrecto porque, primero, estás usando dos veces el mismo tiempo subjuntivo del verbo: fuera y hubiera; y segundo, y más importante, no estás usando el tiempo condicional, que es el que debes usar cuando usas el ‘si’ condicional. Por tanto, debiste decir “Si tal cosa fuera cierta yo no habría hecho…”.

Durante los 51 años transcurridos desde ese día, cada vez que en forma oral o escrita he tenido que lidiar con esa construcción gramatical —y puedo asegurar que han sido muchas, pero muchas veces— he recordado aquel incidente, y mentalmente he dado gracias a don Julio por haberse tomado la molestia de enseñarme lo que ninguna otra persona me enseñó de forma tan clara y oportuna. Su noble gesto no cayó en terreno baldío.

Lo que dije en el artículo de introducción a esta serie, lo repito en el de cierre: La inmortalidad es la condición mediante la cual perduramos en el recuerdo de otras personas.

[*FP}– Del baúl de los recuerdos: Un ladrón en IBM

Carlos M. Padrón

Como dije en “No me tocaba ese día” —artículo cuya lectura recomiendo para entender mejor éste— con la firma de los contratos de DataEnd alcancé como vendedor el 360% de mi cuota para 1973, y me hice acreedor a todos los premios de ventas previstos ese año por IBM de Venezuela.

Entre éstos estaba el Top Performer, que ese año consistía en un viaje a los juegos finales, a celebrarse en Munich a comienzos de julio/1974, del Campeonato Mundial de Fútbol Alemania ‘74.

El itinerario, según me recuerda mi “agendiario” —que, con ciertas irregularidades, mantengo desde 1967— fue:

El miércoles 03/07/1974, el día anterior a mi partida de Venezuela, lo dediqué a dejar ultimado todo lo relativo a mi trabajo, y después de terminar ese día las visitas a clientes, me fui a las dependencias de la Sucursal de Ventas de IBM en la que yo trabajaba.

Para entrar a esa Sucursal había que, desde el pasillo exterior, traspasar una puerta que daba acceso a una especie de pequeño hall, o antesala, al fondo del cual había, una al lado de la otra, dos puertas. La de la izquierda era la del área de esa Sucursal de Ventas, y la de la derecha era la del área administrativa que servía a ésa y a otras sucursales de ventas de IBM.

Internamente, esas dos áreas estaban separadas por un tabique de madera que en su parte alta tenía una especie de romanilla, removible y también de madera, para que el aire acondicionado, común a todo ese espacio, pudiera circular.

Como era ya tarde, encontré cerradas las dos puertas que había que traspasar para llegar hasta el área donde estaba el escritorio que yo compartía con otros tres vendedores, pero usando mi llave pude entrar y me senté a trabajar.

Y en eso estaba cuando llegó la señora que hacía allí la limpieza diaria. Nos saludamos, y ella se puso a hacer lo suyo mientras yo seguía en lo mío.

De pronto, la señora me sorprendió con un “¡Señor Padróooon!”, dicho en voz trémula, bastante baja, y con un tono de entrecortada excitación que denotaba miedo.

Sorprendido miré hacia ella y la vi de pie en medio del salón del área de la Sucursal, a la altura de la oficina de Felipe Laredo, que estaba abierta, y con ojos desorbitados y cara de que no iba a decir más nada, me señalaba con su índice derecho, moviendo su mano hacia adelante y hacia atrás, el interior de esa oficina.

Cuando se percató de que yo había entendido que algo irregular estaba ocurriendo, y me levanté para ir a ver de qué se trataba, se llevó un dedo a sus labios e hizo el conocido gesto de pedir silencio.

Al llegar junto a ella y mirar en la dirección que me señaló vi que, tendido bajo el escritorio de Laredo, y obviamente escondido, había un hombre que parecía joven. Tenía pelo oscuro y corto, y estaba echado de espaldas, con las piernas recogidas casi totalmente. Vestía camiseta amarilla y un pantalón jean azul, y calzaba una especie de alpargatas. Eso era visible porque el escritorio era del tipo cuya parte trasera, la que daba hacia el exterior de la oficina, tenía un panel que no llegaba hasta el piso.

Como era obvio que él se había dado cuenta de que lo habíamos descubierto, en voz alta y con fingido tono de naturalidad, como restándole importancia a una falsa alarma, dije:

—No se preocupe, señora. Es uno de los analistas de Laredo que suelen trabajar hasta tarde y luego se acuestan un rato donde mejor pueden.

Y mientras le decía esto, regresé a mi escritorio, guardé a la carrera, sin orden alguno, lo que tenía sobre él; tranqué; eché mano de mi maletín, en el que ya tenía la documentación para el viaje; tomé del brazo a la señora; salí con ella al pasillo, cerrando y trancando con llave la puerta de la Sucursal y también la del pasillo; y al llegar frente a los ascensores le dije:

—¡Váyase de prisa y dígale a los de Seguridad del edificio que vengan inmediatamente!

Y me quedé esperando allí, y sin apartar la vista de la puerta que daba acceso al hall.

Pasados unos cinco minutos, que me parecieron horas, llegaron dos guardias de la Seguridad del edificio. Les conté lo que había pasado y, por supuesto, dijeron que tenían que entrar al área de la Sucursal, así que, caminando delante de ellos, les abrí la puerta del pasillo, y, al abrir luego la propia de la Sucursal, con un gesto de mi brazo los invité a pasar y me quedé en el hall, pues no quería yo ser el primero en entrar allí.

Desenfundaron sus pistolas y, visiblemente temerosos, entraron al área en la que estaba la oficina de Laredo, pero a los pocos segundos salieron diciendo que allí no había nadie.

Extrañado entré, y en presencia de los dos guardias revisé todo. Efectivamente, el hombre que yo había visto echado bajo el escritorio de Laredo no estaba ya en ese sitio ni en ningún otro de ese área. ¡Se había esfumado!

Molesto por lo que podría ocurrir —retrasos incluidos, y en peligro mi viaje— y temiendo que los de Seguridad pensaran que se les había gastado una broma pesada y presentaran una queja, me puse a pensar cómo pudo haber salido de allí aquel hombre sin que yo lo viera, y entonces recordé la romanilla en lo alto del tabique divisorio entre el área de la Sucursal y el área administrativa. Miré hacia arriba y vi que un tramo de ella estaba claramente mal puesto y con señales de haber sido forzado.

Con un gesto de mi mano hice notar esto a los dos guardias, y con otro gesto los invité a que me siguieran; todo en silencio. Los llevé frente a la puerta del área administrativa, la abrí, y a los dos segundos escasos de haber entrado ellos, pistola en mano, escuché que uno gritó: “¡Manos arriba! ¡No se mueva!”.

Di media vuelta y me fui como alma que lleva el Diablo, pues no quería que los de Seguridad me pidieran que me quedara para dar declaraciones a la Policía que, de seguro, ellos llamarían.

Al llegar a la planta baja comencé a caminar tan rápido como pude. En esta casi huida me crucé con Jesse Alfonso, el gerente de la Sucursal, que salía de una cervecería que había en esa zona del edificio. Sin aminorar la marcha, para no darle oportunidad de hacerme preguntas, le dije “Arriba en la Sucursal te espera alguien”, y continué mi marcha aún más rápido que antes.

Mientras ya en mi casa preparaba el equipaje me sobresalté todas las veces que sonó el teléfono, pues temía que me llamaran de IBM para que me presentara a dar declaraciones, y perdiera yo con eso mi viaje.

Pero no, no llamaron, ni tampoco llamé yo, aunque estuve tentado de hacerlo en la mañana del día siguiente, jueves 04/07/1974, cuando estando ya en el aeropuerto de Maiquetía esperando la salida de mi vuelo, no dejaba de preguntarme quién sería aquel hombre, qué buscaba en nuestra Sucursal, qué habrían hecho con él, etc.

***

Terminado el Mundial de Fútbol —que, en mi opinión, habría ganado Holanda de no haberse disputado en Alemania esa final entre Kruyff y Beckenbauer— continué mi viaje según el itinerario.

El vuelo Münich-Zürich lo hice en compañía de otros varios amigos de IBM de Venezuela. Como Pérez-Pina, uno de ellos, no tenía vuelo de conexión entre Zürich y Caracas, al salir de inmigración y pasar al área de recogida de equipajes, me dio las llaves de su maleta y me pidió que, por favor, se la recogiera, y se fue a toda prisa a ver de conseguir sus vuelos.

Cuando tuve en mi mano su maleta y la mía, puse rumbo a la salida del área, y al pasar por un pasillo una de cuyas paredes era totalmente de vidrio, en ella se abrió de pronto una misteriosa puerta por la que salió un individuo que se plantó delante de mí, impidiéndome el paso, y con gesto enérgico me pidió que entrara al área de la cual él había salido.

Apenas entrar vi que se trataba de un recinto de vigilancia, cuyas paredes de vidrio permitían ver en una sola dirección. Y desde ese recinto varios inspectores de aduana, sentados detrás del tabique de vidrio que daba al área de recogida de equipajes, veían todo lo que en esa área ocurría.

Uno de ellos vio cómo Pérez-Pina me dio las llaves y se fue deprisa, y eso me hizo sospechoso ante los de aduana, así que, una vez adentro, me llevaron a un pequeño cuarto, me sometieron a un largo interrogatorio, y me hicieron abrir las dos maletas, lo cual me puso a temblar porque yo no tenía idea de qué podría haber en la de Pérez-Pina. Y, para colmo, en ese momento recordé que otro compañero de IBM de Venezuela, que por años había trabajado en la misma Sucursal de Ventas en la que, también por años, había trabajado y trabajaba todavía Pérez-Pina, había sido detenido por tráfico de drogas y nunca más supimos de él.

Por suerte salí airoso del interrogatorio y la requisa, y después de darme una reprimenda por haber recibido algo de otra persona, los de aduana me dejaron ir.

Del resto de ese viaje, lo que con el tiempo ha sobrevivido en mi memoria, además del incidente causado por la maleta de Pérez-Pina, es la conversación que el lunes 15/07/1974 sostuve en La Laguna (Tenerife) con quien entonces era mi suegro, pues lo que él, tal vez porque se sentía ya enfermo, me dijo ese día, último en que lo vi con vida, fue profético. Murió en diciembre de 1975.

El jueves 18/07/1974 volví de nuevo al trabajo, y apenas me vio Milena Micasa, la secretaria de la Sucursal, me contó, emocionada, que en el área administrativa habían sorprendido los de Seguridad a un individuo aparentemente árabe que no hablaba español y que no tenía identificación alguna; sólo tenía, en uno de sus bolsillos, un billete de 20 bolívares. Y que en la PTJ (la hoy desaparecida Policía Técnica Judicial) había confesado que había entrado a nuestra Sucursal porque le ofrecieron dinero para que robara el OEI.

El OEI —Order Equipment Inventory = Inventario de órdenes y equipos— era un libraco grande y pesado que, en grandes hojas removibles del papel llamado “formas continuas”, tenía, hasta el mínimo detalle (fechas, nombres de clientes, valor en dólares, etc.), la historia de todos los equipos y programas IBM instalados en el país, en renta o venta, y de todos los equipos, partes o programas ordenados pero no instalados aún. Todo esto era, por supuesto, información confidencial y valiosa para la competencia.

Dándome cuenta de que ni la señora de la limpieza ni Jesse Alfonso habían dicho nada de mi participación en el incidente del ladrón, opté por mostrarme altamente sorprendido de todo lo que Milena me contaba.

Por un tiempo, y cuando pude, hice preguntas al respecto, pero nunca supe si al final se averiguó quién estaba tras el intento de robo del OEI. Supongo que sí lo averiguaron pero no consideraron conveniente divulgarlo porque, tal vez, no había forma de demostrarlo ya que el frustrado ladrón era, a todas luces, un pobre diablo cuyo testimonio no resultaba fiable.

[*FP}– Un ladrón en IBM

Carlos M. Padrón

Como dije en “No me tocaba ese día” —artículo cuya lectura recomiendo para entender mejor éste— con la firma de los contratos de DataEnd alcancé como vendedor el 360% de mi cuota para 1973, y me hice acreedor a todos los premios de ventas previstos ese año por IBM de Venezuela.

Entre éstos estaba el Top Performer, que ese año consistía en un viaje a los juegos finales, a celebrarse en Munich a comienzos de julio/1974, del Campeonato Mundial de Fútbol Alemania ‘74.

El itinerario, según me recuerda mi “agendiario” —que, con ciertas irregularidades, mantengo desde 1967— fue:

El miércoles 03/07/1974, el día anterior a mi partida de Venezuela, lo dediqué a dejar ultimado todo lo relativo a mi trabajo, y después de terminar ese día las visitas a clientes, me fui a las dependencias de la Sucursal de Ventas de IBM en la que yo trabajaba.

Para entrar a esa Sucursal había que, desde el pasillo exterior, traspasar una puerta que daba acceso a una especie de pequeño hall, o antesala, al fondo del cual había, una al lado de la otra, dos puertas. La de la izquierda era la del área de esa Sucursal de Ventas, y la de la derecha era la del área administrativa que servía a ésa y a otras sucursales de ventas de IBM.

Internamente, esas dos áreas estaban separadas por un tabique de madera que en su parte alta tenía una especie de romanilla, removible y también de madera, para que el aire acondicionado, común a todo ese espacio, pudiera circular.

Como era ya tarde, encontré cerradas las dos puertas que había que traspasar para llegar hasta el área donde estaba el escritorio que yo compartía con otros tres vendedores, pero usando mi llave pude entrar y me senté a trabajar.

Y en eso estaba cuando llegó la señora que hacía allí la limpieza diaria. Nos saludamos, y ella se puso a hacer lo suyo mientras yo seguía en lo mío.

De pronto, la señora me sorprendió con un “¡Señor Padróooon!”, dicho en voz trémula, bastante baja, y con un tono de entrecortada excitación que denotaba miedo.

Sorprendido miré hacia ella y la vi de pie en medio del salón del área de la Sucursal, a la altura de la oficina de Felipe Laredo, que estaba abierta, y con ojos desorbitados y cara de que no iba a decir más nada, me señalaba con su índice derecho, moviendo su mano hacia adelante y hacia atrás, el interior de esa oficina.

Cuando se percató de que yo había entendido que algo irregular estaba ocurriendo, y me levanté para ir a ver de qué se trataba, se llevó un dedo a sus labios e hizo el conocido gesto de pedir silencio.

Al llegar junto a ella y mirar en la dirección que me señaló vi que, tendido bajo el escritorio de Laredo, y obviamente escondido, había un hombre que parecía joven. Tenía pelo oscuro y corto, y estaba echado de espaldas, con las piernas recogidas casi totalmente. Vestía camiseta amarilla y un pantalón jean azul, y calzaba una especie de alpargatas. Eso era visible porque el escritorio era del tipo cuya parte trasera, la que daba hacia el exterior de la oficina, tenía un panel que no llegaba hasta el piso.

Como era obvio que él se había dado cuenta de que lo habíamos descubierto, en voz alta y con fingido tono de naturalidad, como restándole importancia a una falsa alarma, dije:

—No se preocupe, señora. Es uno de los analistas de Laredo que suelen trabajar hasta tarde y luego se acuestan un rato donde mejor pueden.

Y mientras le decía esto, regresé a mi escritorio, guardé a la carrera, sin orden alguno, lo que tenía sobre él; tranqué; eché mano de mi maletín, en el que ya tenía la documentación para el viaje; tomé del brazo a la señora; salí con ella al pasillo, cerrando y trancando con llave la puerta de la Sucursal y también la del pasillo; y al llegar frente a los ascensores le dije:

—¡Váyase de prisa y dígale a los de Seguridad del edificio que vengan inmediatamente!

Y me quedé esperando allí, y sin apartar la vista de la puerta que daba acceso al hall.

Pasados unos cinco minutos, que me parecieron horas, llegaron dos guardias de la Seguridad del edificio. Les conté lo que había pasado y, por supuesto, dijeron que tenían que entrar al área de la Sucursal, así que, caminando delante de ellos, les abrí la puerta del pasillo, y, al abrir luego la propia de la Sucursal, con un gesto de mi brazo los invité a pasar y me quedé en el hall, pues no quería yo ser el primero en entrar allí.

Desenfundaron sus pistolas y, visiblemente temerosos, entraron al área en la que estaba la oficina de Laredo, pero a los pocos segundos salieron diciendo que allí no había nadie.

Extrañado entré, y en presencia de los dos guardias revisé todo. Efectivamente, el hombre que yo había visto echado bajo el escritorio de Laredo no estaba ya en ese sitio ni en ningún otro de ese área. ¡Se había esfumado!

Molesto por lo que podría ocurrir —retrasos incluidos, y en peligro mi viaje— y temiendo que los de Seguridad pensaran que se les había gastado una broma pesada y presentaran una queja, me puse a pensar cómo pudo haber salido de allí aquel hombre sin que yo lo viera, y entonces recordé la romanilla en lo alto del tabique divisorio entre el área de la Sucursal y el área administrativa. Miré hacia arriba y vi que un tramo de ella estaba claramente mal puesto y con señales de haber sido forzado.

Con un gesto de mi mano hice notar esto a los dos guardias, y con otro gesto los invité a que me siguieran; todo en silencio. Los llevé frente a la puerta del área administrativa, la abrí, y a los dos segundos escasos de haber entrado ellos, pistola en mano, escuché que uno gritó: “¡Manos arriba! ¡No se mueva!”.

Di media vuelta y me fui como alma que lleva el Diablo, pues no quería que los de Seguridad me pidieran que me quedara para dar declaraciones a la Policía que, de seguro, ellos llamarían.

Al llegar a la planta baja comencé a caminar tan rápido como pude. En esta casi huida me crucé con Jesse Alfonso, el gerente de la Sucursal, que salía de una cervecería que había en esa zona del edificio. Sin aminorar la marcha, para no darle oportunidad de hacerme preguntas, le dije “Arriba en la Sucursal te espera alguien”, y continué mi marcha aún más rápido que antes.

Mientras ya en mi casa preparaba el equipaje me sobresalté todas las veces que sonó el teléfono, pues temía que me llamaran de IBM para que me presentara a dar declaraciones, y perdiera yo con eso mi viaje.

Pero no, no llamaron, ni tampoco llamé yo, aunque estuve tentado de hacerlo en la mañana del día siguiente, jueves 04/07/1974, cuando estando ya en el aeropuerto de Maiquetía esperando la salida de mi vuelo, no dejaba de preguntarme quién sería aquel hombre, qué buscaba en nuestra Sucursal, qué habrían hecho con él, etc.

***

Terminado el Mundial de Fútbol —que, en mi opinión, habría ganado Holanda de no haberse disputado en Alemania esa final entre Kruyff y Beckenbauer— continué mi viaje según el itinerario.

El vuelo Münich-Zürich lo hice en compañía de otros varios amigos de IBM de Venezuela. Como Pérez-Pina, uno de ellos, no tenía vuelo de conexión entre Zürich y Caracas, al salir de inmigración y pasar al área de recogida de equipajes, me dio las llaves de su maleta y me pidió que, por favor, se la recogiera, y se fue a toda prisa a ver de conseguir sus vuelos.

Cuando tuve en mi mano su maleta y la mía, puse rumbo a la salida del área, y al pasar por un pasillo una de cuyas paredes era totalmente de vidrio, en ella se abrió de pronto una misteriosa puerta por la que salió un individuo que se plantó delante de mí, impidiéndome el paso, y con gesto enérgico me pidió que entrara al área de la cual él había salido.

Apenas entrar vi que se trataba de un recinto de vigilancia, cuyas paredes de vidrio permitían ver en una sola dirección. Y desde ese recinto varios inspectores de aduana, sentados detrás del tabique de vidrio que daba al área de recogida de equipajes, veían todo lo que en esa área ocurría.

Uno de ellos vio cómo Pérez-Pina me dio las llaves y se fue deprisa, y eso me hizo sospechoso ante los de aduana, así que, una vez adentro, me llevaron a un pequeño cuarto, me sometieron a un largo interrogatorio, y me hicieron abrir las dos maletas, lo cual me puso a temblar porque yo no tenía idea de qué podría haber en la de Pérez-Pina. Y, para colmo, en ese momento recordé que otro compañero de IBM de Venezuela, que por años había trabajado en la misma Sucursal de Ventas en la que, también por años, había trabajado y trabajaba todavía Pérez-Pina, había sido detenido por tráfico de drogas y nunca más supimos de él.

Por suerte salí airoso del interrogatorio y la requisa, y después de darme una reprimenda por haber recibido algo de otra persona, los de aduana me dejaron ir.

Del resto de ese viaje, lo que con el tiempo ha sobrevivido en mi memoria, además del incidente causado por la maleta de Pérez-Pina, es la conversación que el lunes 15/07/1974 sostuve en La Laguna (Tenerife) con quien entonces era mi suegro, pues lo que él, tal vez porque se sentía ya enfermo, me dijo ese día, último en que lo vi con vida, fue profético. Murió en diciembre de 1975.

El jueves 18/07/1974 volví de nuevo al trabajo, y apenas me vio Milena Micasa, la secretaria de la Sucursal, me contó, emocionada, que en el área administrativa habían sorprendido los de Seguridad a un individuo aparentemente árabe que no hablaba español y que no tenía identificación alguna; sólo tenía, en uno de sus bolsillos, un billete de 20 bolívares. Y que en la PTJ (la hoy desaparecida Policía Técnica Judicial) había confesado que había entrado a nuestra Sucursal porque le ofrecieron dinero para que robara el OEI.

El OEI —Order Equipment Inventory = Inventario de órdenes y equipos— era un libraco grande y pesado que, en grandes hojas removibles del papel llamado “formas continuas”, tenía, hasta el mínimo detalle (fechas, nombres de clientes, valor en dólares, etc.), la historia de todos los equipos y programas IBM instalados en el país, en renta o venta, y de todos los equipos, partes o programas ordenados pero no instalados aún. Todo esto era, por supuesto, información confidencial y valiosa para la competencia.

Dándome cuenta de que ni la señora de la limpieza ni Jesse Alfonso habían dicho nada de mi participación en el incidente del ladrón, opté por mostrarme altamente sorprendido de todo lo que Milena me contaba.

Por un tiempo, y cuando pude, hice preguntas al respecto, pero nunca supe si al final se averiguó quién estaba tras el intento de robo del OEI. Supongo que sí lo averiguaron pero no consideraron conveniente divulgarlo porque, tal vez, no había forma de demostrarlo ya que el frustrado ladrón era, a todas luces, un pobre diablo cuyo testimonio no resultaba fiable.

[*Drog}– La Ciencia alerta contra el drogamor

Buenas noticias.

Cada vez son más las voces autorizadas que se hacen sentir contra el drogamor, y las buenas noticias al respecto, como las que traen los dos artículos que copio más abajo.

¿Qué otra cosa sino una droga o una enfermedad congénita, puede causar el surgimiento de fobias, causar trastornos de la personalidad y hasta ataques de pánico, un estado demencial, un estado obsesivo compulsivo que ocupa todas las neuronas y no se puede sino pensar en el ser amado, con, además de la enfermedad, la consiguiente pérdida de productividad y de libertad porque uno se vuelve dependiente de otra persona?

Por si algún día me animo a contar mis experiencias personales como víctima de esa droga, y sobre cómo me zafé de ella, anticipo que sé muy bien que es cierto eso de que el drogamor hace sentir, por lo menos, pérdida de productividad, palpitaciones, temblores, hormigueos o entumecimiento, dificultades gastrointestinales, sudoración, sensación de ahogo o de atragantamiento, dificultades en la concentración, atención y memoria, sensación de mareo, vértigo o inminente desmayo. Y que durante el periodo en que fui presa de él me enfermé más veces, y de afecciones más variadas, que en los 50 años precedentes.

Y también puedo dar fe de que es cierto que es imposible detenerlo inmediatamente, que los drogamorados no pueden jerarquizar adecuadamente cada uno de los niveles de importancia, es decir, la intensidad de la preocupación es la misma, independientemente de las causas que la originan.

Así de bueno es el drogamor. ¡No se lo pierda!

Pero, tal vez por ponerse a salvo de las críticas de las personas, sobre todo jóvenes, que aún creen que el drogamor no sólo no es malo sino que es lo mejor de la vida, remataron el artículo con esta contradictoria salida: “Hay que estar atentos para distinguir el simple y sano enamoramiento del cuadro de ansiedad, ya que, básicamente, las sensaciones corporales, en ambos casos, tienen el mismo origen fisiológico, y son completamente inofensivas para la salud”.

¿Cuál enamoramiento es simple y sano, si se sabe que, para empezar, todo enamorado se vuelve imbécil? Aeemás, si el desamor libera, cuando se está drogamorado no se es libre, ¿es eso sano?

Puede ser que si el drogamorado se entrega a las delicias del drogamor y tiene la mala suerte de ser correspondido, el asunto no pase de la sensación de caminar como entre las nubes. Pero cuando se acabe esa etapa, como de seguro ocurrirá —pues “el cerebro no podría resistir tanto desgaste si se mantuviera así constantemente”— vendrán los problemas serios. Y si la buena suerte de cobrar conciencia del hueco en que ha caído, y lucha para salir de él, tendrá que pasar el calvario arriba descrito, no tal vez con todas sus secuelas sino posiblemente con algunas más. Pero hayq eu tenr presente que

O sea, que de todas, todas, es una desgracia.

Carlos M. Padrón

***

11.02.08

(PD/Agencias).- La romántica fantasía que el común de la gente suele tener por causa del enamoramiento ha sido puesta en duda por recientes estudios científicos, y es que el amor puede provocar daños a quienes sufren trastornos de ansiedad.

Así lo han afirmado médicos del Centro de Estudios Especialista en Trastornos de Ansiedad de Argentina, cuyos profesionales aseguraron que el enamoramiento puede causar el surgimiento de fobias, trastornos de la personalidad y hasta ataques de pánico.

“Estar enamorado, además de ser uno de los estados más deseados, es costoso, sobre todo para aquellas personas que sufren algún trastorno de ansiedad», indicaron desde el centro médico.

En el Centro de Estudios Especialista en Trastornos de Ansiedad (CEETA), aseguraron que “Muchas sensaciones corporales que se suscitan durante el enamoramiento coinciden con las sensaciones corporales aumentadas que padecen muchas personas que sufren de ciertos trastornos de ansiedad».

Por ello, la llegada de Cupido puede venir en algunos casos acompañada por “trastornos de pánico, trastornos por fobia social y trastornos por ansiedad generalizada», explicó Gabriela Martínez Castro, psicóloga especialista en trastornos de ansiedad y directora del CEETA.

Temores y sensaciones

Las sensaciones más frecuentes que sufren estas personas son palpitaciones, temblor, hormigueos o entumecimiento, dificultades gastrointestinales, sudoración, sensación de ahogo o de atragantamiento, suspiros, dificultades en la concentración, atención y memoria, sensación de mareo, vértigo o inminente desmayo, y la sensación de caminar como entre las nubes.

Para el caso de quienes sufren de ansiedad social, el temor más grande radica en ser rechazado o ser avergonzado en público, lo que puede elevar la ansiedad hasta alcanzar una crisis de pánico propiamente dicha.

“A aquéllos que padecen Trastorno por Ansiedad Generalizada, además de sensaciones corporales aumentadas, sensación de ahogo, mareos y otros síntomas, se les agrega la excesiva preocupación por todo tipo de posibles inconvenientes que pudieran ocurrir», indicó Martínez Castro.

Estos temores pueden ir desde “no ser correspondido por el ser elegido, pensar en la posibilidad de llegar un poco tarde a la cita, qué vestimenta usar para la misma, o temer padecer un accidente al dirigirse al lugar de encuentro».

Es que los ansiosos enamorados no pueden “jerarquizar adecuadamente cada uno de los niveles de importancia, es decir, la intensidad de la preocupación es la misma, independientemente de las causas que la originan», precisó la especialista.

En algunos casos puede llegarse al extremo de sufrir un trastorno de pánico, donde aparecen el temor a morir, a descontrolarse o a enloquecer, durante la aparición de una crisis.

En este sentido, la profesional aseguró que hay que estar atentos para distinguir el simple y sano enamoramiento del cuadro de ansiedad ya que, “básicamente, las sensaciones corporales, en ambos casos, tienen el mismo origen fisiológico, y son completamente inofensivas para la salud».

PD

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14.02.08

(PD/EFE).- El amor dura máximo cuatro años y se caracteriza por ser un “estado demencial temporal».

Puede que ya esté preparando una sorpresa a su pareja para celebrar San Valentín, que piense que nunca dejará de amar a esa persona, y que compartirá el resto de su vida con ella. No obstante, ha de saber que el amor dura máximo cuatro años y se caracteriza por ser un “estado demencial temporal».

Esto es lo que asegura un grupo de especialistas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), la mayor universidad de Latinoamérica, que ha analizado las implicaciones neurológicas de este sentimiento.

El amor debe distinguirse del apego y del atractivo sexual, porque el enamoramiento activa sustancias químicas en el cerebro que ocupan todas las neuronas y no se puede sino pensar en el ser amado, afirma en un comunicado Georgina Montemayor Flores, de la Facultad de Medicina de la UNAM.

Montemayor, que dirige un grupo de investigación sobre el tema, explica que cuando un individuo se enamora “se accionan las zonas que controlan emociones, como el tálamo, la amígdala, el hipotálamo, el hipocampo, el giro singulado y las partes del sistema límbico».

Este estado físico químico también acaba, asegura la especialista.

“Suele durar un máximo de cuatro años o hasta que aparece otro ser que despierta esa pasión romántica, y sólo pervive el apego o la compañía hacia una persona», afirma.

En la medida en que piensa recurrentemente en la misma persona, la condición psicológica del enamorado puede ser comparable “con un estado obsesivo compulsivo», sostiene.

Ello lleva a Montemayor a concluir categóricamente que “sólo se puede estar enamorado de una persona a la vez», al contrario del apego o del deseo sexual.

En sus inicios, el amor deviene en una obsesión de tales dimensiones “que las personas dejan de ser productivas ( … ) de hecho las grandes obras de arte nunca se crearon cuando los autores estaban apasionados, sino después, en el proceso del desamor».

La especialista en anatomía precisa que las personas entran y salen de ese estado de enamoramiento porque el cerebro no podría resistir tanto desgaste si se mantuviera así constantemente.

“Lo asombroso es que el encéfalo se acostumbra a las sustancias liberadas, por lo que, en su caso, está a la espera de que otra persona inicie este proceso. Aunque ello no tiene sustento moral, le sucede a todos los humanos “, puntualizó.

Sin embargo, advierte que el amor romántico “es tan fuerte como el impulso de ingerir alimentos o tener sed, se puede controlar en las primeras etapas, pero una vez activado es imposible detenerlo inmediatamente, aunque es temporal».

En cambio, desenamorarse de una persona, según la investigadora mexicana, se explica en que el cerebro aumenta los niveles de oxitocina, la llamada hormona del apego, “incompatible con la pasión romántica, que se convierte en el cariño familiar», asegura.

Para la experta “el amor tiene un precio. Por principio, se pierde la libertad y también se vuelve dependiente de otra persona, por ello, se debe recordar que el desamor libera».

PD