[*FP}– Barú, turismo de aventura (2/2): El reencuentro

21.03.08

Carlos M. Padrón

Para iniciar el tour —para mí, zafari— a Barú, a las 08:00 de la mañana del domingo 16/03 nos recogió en el hotel un vehículo llamado “chiva” que es un autobús muy ancho, con asientos en filas transversales abiertas por sólo el costado derecho, y decorado con abalorios de todo tipo (espejitos, tablitas multicolores, cueros repujados, figuras de santos, y otros detalles igualmente cursis e inútiles),

Apenas subir a la chiva fuimos acosados por los buhoneros que vendían lentes (gafas) de sol, gorras “de hasta 8 funciones”, collares, sortijas, etc., y que no paraban de hablar exponiendo las bondades de sus mercancías.

Para el momento, ya mis aprensiones habían aflorado, y empeoraron cuando en la segunda parada luego de salir de nuestro hotel escuchamos como Ingrid, nuestra guía para ese tour, mientras hablaba por radio, con no sé quién, dijo: “Sí, ya el Sr. Padrón y la Sra. Chepina están en la chiva”.

“¿Qué diablos está pasando aquí? —me pregunté con renovada suspicacia—. ¿A quién carajo le importa si ya estamos o no en este carromato?”

Cuando la chiva completó su periplo por no sé cuantos hoteles hasta que todos los puestos estuvieron ocupados, nos dejó en el puerto de Cartagena donde abordamos una lancha de dos motores fuera de borda y con capacidad para unos 60 pasajeros.

Nuestra lancha era de este tipo.
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Al abordar, nos obligaron a ponernos chalecos salvavidas,

La incipiente sonrisa por la proximidad a la meta que se divisa allá en el horizonte.
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La resignación.

Y una vez recibido el permiso oficial, la lancha partió a full chola (toda pastilla) hacia la Isla del Encanto, un lugar netamente turístico al estilo moderno, que de isla no tiene nada, pues está donde termina la línea roja que parte desde la Bahía de Cartagena y que indica nuestro recorrido de ida. (En el de regresó entró por Bocachica, el estrecho junto al número 66).

Durante el trayecto, que tomó una hora, Ingrid —bilingüe y bien preparada— recitó su letanía, y yo, como siempre desde hace muchos años, volví a sentir lástima por quienes ejercen este trabajito que les obliga a repetir cada día la misma cantaleta, con los mismos chistes, advertencias, etc.

Ingrid impartiendo instrucciones.

Lo último que a Chepina le habían dicho era que Mariela vendría desde Barú a reunirse con nosotros en Isla del Encanto, así que al llegar a ese lugar tomamos asiento y nos pusimos a esperar la llegada de Mariela.

Terminal turístico de Isla del Encanto visto desde el mar.

De pronto alguien dijo: “Al Sr. Padrón y a la Sra. Chepina los buscan los de lancha que está en el muelle”, y al mirar hacia el muelle vimos una pequeña lancha con motor fuera de borda y dos hombres dentro de ella.

Al entusiasta “¡Vamos!”, que de inmediato me espetó Chepina, respondí, más suspicaz aún, que lo de la tal lancha no estaba en el programa, que ésta había salido de la nada, y que por qué teníamos que montarnos en una lancha cuyos ocupantes eran unos desconocidos que igual podrían ser de las FARC.

Pero Chepina se mostró muy confiada, y yo, víctima de la pesadez y lentitud de reflejos de la condición climática que me pone apático e incapaz de reaccionar normalmente, acepté, subí a la lanchita y nos sentamos en la tabla transversal del centro teniendo a nuestra espalda al piloto, y de frente a un hombre gordo con cara de pocos amigos.

La lanchita arrancó a full chola hacia mar abierto, y de pronto dobló a la izquierda, atravesó un estrecho paso entre macizos de manglares, se adentró en una laguna, y en menos de 5 minutos (tal vez menos, pero el susto hizo que me parecieran más) de haber salido de Isla del Encanto, llegamos a Barú, que desde el mar se vimos así:

Cuando, para mi tranquilidad, pusimos pie en “el muelle internacional de Barú”,

“Muelle internacional” de Barú.
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uno de los dos hombres le dijo a gritos a una niña que estaba en tierra firme que nos llevara donde Mariela —personaje que, como supimos luego, es como un ícono en esa zona, más que conocido de todos y responsable de los hechos que me pusieron suspicaz—, así que seguimos a la niña hasta que entramos en “downtown Barú” y poco después en la “Barú main street”.

Barú main street, con su “alta congestión” de tráfico automotor, como en todo el poblado,… en el que sólo hay alguna que otra moto.

Y allí, bajo uno de los árboles, esperaba la tan buscada Mariela.

El abrazo entre ella y Chepina fue del tipo que cabe esperar después de 22 años sin verse.

Y Juanchito, el hijo de Mariela, quien lucía así cuando de pequeño vivió en casa de Chepina,

y que había expresado serias dudas acerca de que ésta fuera a Barú, al fin lo creyó cuando la vio allí y pudo abrazarla.

y posar luego a su lado para esta foto,

Y aquí, Chepina junto a Juancho, el marido de Mariela y padre de Juanchito,

Luego de todos los abrazos y presentaciones, otra foto con pose:

El almuerzo, a base de pescado fresco, fue en casa de Mariela y con bastantes vecinos congregados en el terraplén frente a esa casa, y en el exterior de las casas vecinas, atraídos, supongo, por la novedad de nuestra visita.

Camino hacia el “muelle internacional de Barú”, y muy cerca de éste, un niño almorzaba feliz sentado a horcajadas sobre el mostrador de un “restaurante 5 estrellas” que anuncia su menú en un gran cartel. Y cuando una niña que estaba dentro del local se percató de que yo iba a tomarle una foto al niño, vino corriendo y se colocó junto a él.

A las 02:45 de la tarde abordamos, en el “muelle internacional de Barú”, esta lancha,

que, junto con Mariela, Juancho y Juanchito, nos llevó hasta Isla del Encanto desde donde a las 03:33 partimos, con mar picada y grandes saltos de la lancha, hacia la bahía de Cartagena, a la que llegamos, sanos y salvos —yo no lo podía creer— a las 04:30.

El domingo 16 de marzo de 2008 será recordado en los anales de la “metrópolis” de Barú como —parodiando a Woody Allen— “El día en que Chepina reencontró a Mariela”, y los baruleros (que éste es su gentilicio) recordarán también que Chepina llegó acompañada de un extraterrestre rubio y medio loco, pues sólo ese origen y condición puede tener —pensarán ellos— alguien que va al hirviente Barú vistiendo camiseta bajo una camisa de manga larga, pantalón de jean, y calzando sneakers (tenis) con medias gruesas y de caña alta hasta justo debajo de la rodilla.

Dejando de lado el sarcasmo, debo reconocer que la visita a Barú fue para mí como un viaje en el tiempo hacia una comunidad afroamericana de corte tribal que está a menos de 5 minutos en lancha desde un centro turístico del siglo XXI, y en la que todos parecen ser parientes en algún grado, y, por lo que vi, viven en paz y gracia de Dios, tienen abiertas siempre sus casas, y llevan una vida frugal con un mínimo de ropa y cero calzado, pues todos, tanto niños como adultos, andan descalzos.

El altruismo de esta gente tiene en Mariela un claro exponente, pues cuando hace años una de las mujeres del pueblo, que ni siquiera era pariente de Mariela, dio a luz a una niña, tuvo problemas después del parto, y al saber que iba a morir le pidió a Mariela que cuidara de su niñita recién nacida.

Al morir la madre, Mariela —y no para liberarse de ninguna responsabilidad sino para cumplir con una— buscó al padre de la criatura y le preguntó qué se haría con la niña. El hombre contestó que él no la quería, que Mariela y Juancho la registraran como suya, y se la quedaran.

Y así se hizo, sin mayor preocupación, estoy seguro, acerca de cómo o con qué recursos criarían ellos a esa niña. Pero Nathalie, que así se llama, tiene hoy 9 años y es el amor de Juancho que anda con el seso sorbido por esa niñita, que aparece en esta foto junto a Mariela y a Chepina

Mariela está a cargo de un taller de decoración de pareos pintados a mano sobre telas de algodón, que patrocina la llamada Fundación Aviatur

Aquí se la ve trabajando en uno de esos pareos.

Otras mujeres del pueblo trabajan también ahí,

Obsérvese el calzado, común a todos los baruleros.

Y las niñas se acercan para ir aprendiendo de las mayores.

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Aunque en Barú tienen, además del taller de pareos, iglesia, escuela y centro de salud con médico residente, seguro estoy de que, así como los baruleros nada supieron sobre la crisis entre Venezuela, Ecuador y Colombia, tampoco saben —ni les importa— de la crisis financiera internacional, la devaluación del dólar, la guerra de Irak, el calentamiento global (al cual, por cierto, poco contribuyen ellos) u otras tantas cosas que a nosotros nos llenan de preocupaciones renovadas día tras día.

Durante la hora que tomó el regreso a Cartagena, yo no podía dejar de pensar que el mundo sería un mejor lugar si hubiera muchos Barú. Pero, de acuerdo a algunos planes, lamentablemente le queda poco tiempo a su relativo paradisiaco aislamiento y a su pacífica condición social.

En favor de Cartagena debo decir que sentí envidia al palpar y comprobar lo mucho que los cartageneros quieren a su tierra —sin caer en el rancio nacionalismo de otros latinoamericanos—, y lo mucho que respetan y respaldan al Presidente de su país.

[*Opino}– ¿Consecuencia de envejecer… o realidad que asusta?

Carlos M. Padrón

Las comillas en “hombre” ─títlo del artíclo que copio al final─ las puse yo, pues creo que procede hacerlo así porque, en el sentido sexual de la palabra, el tal Thomas Beatie de hombre tiene muy poco.

Éste es uno de esos casos que harían que mi difunta madre exclamara, agitanto sus brazos sobre su cabeza, “¡Fin de mundo! ¡Fin de mundo!”, y es la primera vez en que han dado ganas de hacer lo mismo, pues como parte del proceso de envejecer, uno comienza a sentir que ya no encaja en el ambiente que le rodea, que cada vez hay más y más manifestaciones sociales que le resultan chocantes, fuera de lugar e inaceptables, y que, en resumen “antes no era así”. Y también por eso, cuando comparamos nuestra vida de hoy con la de nuestros tiempos jóvenes decimos que si nuestros padres o abuelos regresaran de sus tumbas, esa “vida de hoy” los mataría de infarto, pues no podrían ni entenderla y muchos menos aceptarla.

Pero la Historia nos dice que siempre los mayores han dicho y pensado lo mismo al comparar sus tiempos con aquéllos de cuando eran jóvenes, y, por tanto, la razón debería decirnos que así es la vida, y que los cambios continuarán a pesar de todo. Esto no obstante, se impone la pregunta de ¿hasta cuándo? ¿No habrá también en esto un “meterse en camisas de once varas”? ¿No nos dice también la Historia que éste, como muchos otros aspectos de la vida, se rige por ciclos, y que cuando uno de ellos se pasa de la raya sobreviene una guerra, con su secuela de desastres y pérdida de vidas, que marca el inicio de un ciclo nuevo?

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Aparecido el 27/03/08 en varios medios digitales.

Un transexual será el primer “hombre” del mundo que dará a luz una hija

Un transexual que habita en Oregon (Estados Unidos) está ya transitando su quinto mes de embarazo. Sí, aunque cueste creerlo, así es: si las cosas no se complican, en alrededor de cuatro meses se convertirá en el primer “hombre” en dar a luz a un bebé.

El “hombre” se llama Thomas Beatie y relató su experiencia a la revista The Advocate, dirigida al público homosexual. En realidad, Beatie nació mujer, pero decidió hacerse un cambio de sexo que consistió en quitarse los pechos y en ingerir hormonas masculinas (testosterona).

La gran diferencia con muchos otros transexuales, es que Beatie siguió conservando los órganos reproductivos que lo habían hecho mujer al nacer.

En pareja hace 10 años con una mujer llamada Nancy, el futuro padre embarazado decidió en un momento dejar de tomar la testosterona para poder, justamente, quedar encinta.

Tomada en conjunto, la movida tuvo que ver con el hecho de que su pareja no puede tener hijos: una grave enfermedad hizo que se sometiera a una histerectomía hace años.

“Dejé de ponerme las inyecciones de testosterona. Había estado ocho años sin tener la menstruación, así que no fue una decisión fácil de tomar. Mi cuerpo se reguló por sí mismo después de cuatro meses y no tuve que tomar estrógenos o progesterona o cualquier otro fármaco que favoreciera la fertilidad para ayudar la concepción», explica Beatie en el artículo de la revista.

De todos modos, con eso no alcanzó, y la pareja debió recurrir a la inseminación artificial y a un banco de semen. Fue a partir de entonces que se logró lo que parecía imposible.

Pero antes de llegar a esa concepción feliz, todo fue cuesta arriba, como es de imaginarse. Lo primero que hicieron Beatie y Nancy fue ir a un endocrinólogo experto en reproducción, con el que pasaron varios meses e invirtieron miles de dólares en pruebas.

Un día, el especialista confesó que ya no podría atenderlos porque él y su equipo “se sentían incómodos tratando a alguien como yo». Después de eso llegaron las consultas a otros ocho especialistas. Un año después de haber tomado la decisión de ser padres, consiguieron el acceso a un banco de esperma.

Hubo un primer embarazo, pero fue ectópico y no llegó a término. Después se produjo éste, que avanza (aparentemente al menos) con normalidad.

“El embarazo es una sensación increíble. Mi barriga crece día tras día, pero yo me siento hombre y cuando nazca mi hija, que está previsto para el mes de julio, yo ejerceré de padre y Nancy de madre», explica Beatie en el artículo de la revista

Yahoo Noticias

[*Opino}– Por qué a los españoles les cuesta tanto hablar inglés

Carlos M. Padrón

Para mi satisfacción, este artículo confirma algunas de mis teorías sobre lo que, usando la exageración, he calificado como “impedimento genético de los españoles para hablar otra lengua, especialmente el inglés”.

Por supuesto, como el artículo dice, ese impedimento no se debe a un cromosoma perdido.

¿Por qué si el gobierno socialista de Zapatero, que ha demostrado su inquina hacia el franquismo eliminando muchos vestigios de él, no ha eliminado también el doblaje de las películas y ha optado por las versiones originales subtituladas en español?

Es porque si lo hiciera, la gran mayoría de los cinéfilos españoles se quedarían en blanco ya que no podrían leer los subtítulos a la debida velocidad, pues ni tienen costumbre de hacerlo —de ahí lo del fracaso comercial que menciona Méndez-Leite— y, lo que es peor, tampoco ganas, que, según entiendo, es la “actitud negativa del público” a la que, con toda razón, se refiere también Méndez-Leite.

Los españoles prefieren seguir soportando lo que para cinéfilos de otras latitudes resulta patético: escuchar —para dar sólo un ejemplo— cómo un negro del Bronx habla castizo o, lo que es el colmo, cómo escudándose en el doblaje, en España adulteran el argumento de algunas películas, o demuestran su aversión hacia lo gringo con detalles como el de “Terminator II”, film en el que Arnold Schwarzenegger dice en claro español “¡Hasta la vista, baby!” pero en la versión doblada en España lo pusieron a decir “¡Hasta la vista, chaval!”. Si el guionista de ese film hubiera querido que Schwarzenegger usara el equivalente de ‘chaval’ le habría hecho decir ‘boy’ o ‘kid’, pero usó ‘baby’ porque ese término tiene una connotación muy particular que no es precisamente la de ‘chaval’ sino una que, según el contexto, puede ser cariñosa o despectiva.

¿Es que acaso en España no se entiende el significado de “baby”? Por supuesto que sí, pero no quieren usarlo porque creen que eso sería “darle a los gringos el gusto”, lo cual a los españoles les resulta humillante.

El colmo del descaro es el de algunos que en España se hacen llamar críticos de cine que, aún sabiendo —pues me permito suponer que sí lo saben— que el 60% del valor actoral reside en la declamación, tienen los riñones de criticar el trabajo de los actores basándose en filmes doblados, y no en la versión original. Al menos deberían emular la intención de los avisos puestos en las cajetillas de cigarrillos, advirtiendo sobre los peligros de fumar, y antes de soltar sus críticas sin fundamento decir que no están basadas en la versión original de la película sino en la versión doblada, o sea, adulterada.

Porque es cierto: el doblaje es una aberración. Y aunque Méndez-Leite considera como crimen ver una película doblada, el verdadero crimen es permitir que la doblen, pues con eso, que de seguro es un buen negocio para alguien, se mantiene a millones de personas en un cierto oscurantismo, y por eso “España, siendo la octava economía del planeta, suspende en inglés”.

El que los angloparlantes hablen español peor que los españoles el inglés, no es justificación alguna, es sólo consuelo de tontos, pues el asunto está en la importancia que en el mundo de hoy tienen esos dos idiomas, y no en si los angloparlantes tienen o no mejor vida que los españoles.

Esa frasecita de que “[la vida de los negocios] está en las antípodas de la buena vida” es muy decidora de lo que en Venezuela se describe como “mear fuera del perol”, pues ¿qué rayos tiene que ver la buena vida con la importancia de un idioma?

Cierto es que en EE.UU. hay gringos y hay useños, como en España hay godos y peninsulares, pero eso no le quita ni le pone nada a la importancia del idioma que se habla en esos países. Usar lo de buena vida como argumento en este asunto es, además de una tontería, una manifestación de hedonismo o producto de la aversión del mundo católico hacia las profesiones liberales, hacia el comercio y los negocios, aversión que los Protestantes no tienen, y ocurre que la mayoría de ellos son angloparlantes.

En enero de 2007 crucé e-mails con don Amando de Miguel en relación con su afirmación de que el aparato fonador de los españoles no está preparado para ciertas pronunciaciones como la ‘s’ líquida presente en palabras como ‘speak’. Al respecto, él publicó esto en su columna Lengua Viva, de Libertad Digital (LD):

Carlos M. Padrón (Caracas, Venezuela) no está de acuerdo con mi argumento de que la ese líquida es de difícil pronunciación para los españoles. La prueba, dice, es que se despiden con un “hasta luego” que pronuncian “sta luogo».

Es una observación muy atinada. A mí también me maravilla ese “staluogo” de los españoles actuales. Otras pronunciaciones del español actual de España que anotó don Carlos: satamente (= exactamente), Mafre (= Mapfre), At-lántico (= Atlántico).

Así es, aunque no debería serlo.

Si los españoles pueden pronunciar correctamente la ‘s’ líquida de “staluogo”, ¿por qué no la de “speak”? Pues porque apenas ven escrita esa palabra la identifican como inglesa, y el rechazo, por la tirria no exenta de envidia —sentimiento que llamaré “tirrenvidia”— que en España se le tiene a lo gringo, les imposibilita la correcta pronunciación. No les entra el inglés porque les falte un cromosoma sino por un ‘no quiero’ que se presenta como un ‘no puedo’.

Si aplico la teoría de don Amando de Miguel, el aparato fonador de los Canarios está peor dotado que el de los españoles, pues en Canarias practicamos, como en Hispanoamérica, el llamado seseo, y no pronunciamos ni la zeta ni la ‘c’ que suena como zeta, y por eso, en ciertas partes de España, a los Canarios nos llaman sudacas.

Sin embargo, conozco muchos Canarios que emigraron a Inglaterra y regresaron hablando muy buen inglés, y yo mismo no tuve problemas para adaptarme, ya de 22 años, a la pronunciación del inglés, idioma que aprendí por libros y que, por tanto, no pude sensibilizar a ella mis oídos. ¿Por qué sí pude manejarlo luego? Porque yo no tenía “tirrenvidia” hacia EE.UU,, pues nadie me habló mal de ese país que, al menos en mi pueblo natal, era considerado como el más tecnológicamente avanzado y, por ello, digno de admiración. Y hace muchos años que el idioma inglés, el cine más famoso, y los productos de tecnologías de punta se asocian más con USA que con UK.

El remedio para que los españoles no suspendan en inglés está en que, si al igual que los franceses no pueden superar su complejo ante EE.UU., al menos saquen al inglés fuera de los efectos de tal complejo y lo vean y traten como una lengua que, por razones de conveniencia para el comercio y el enriquecimiento cultural personal, hay que aprender.

Que olviden también su manía de buscar un equivalente español a términos ingleses que son aceptados como tales por el resto del mundo excepto, claro está, por Francia, cuya corrosiva aversión hacia EE.UU. es una confirmación de lo que acerca de los favores escribí en 1987 y publiqué en este blog:

Tres son las posibles reacciones humanas a un favor recibido: agradecerlo, olvidarlo o vengarlo. Cualquiera de las dos últimas es una flagrante muestra de ingratitud, que es hija de la bajeza, hermana de la injusticia, y madre de la desconfianza.

Está claro que los franceses han optado por vengar el favor que EE.UU les hizo en la Segunda Guerra Mundial, y preferirían que eso desapareciera de la Historia.

Y acerca del origen del para mí horrible y detestable nombre de ‘ordenador’ que en España le dan a un computador o computadora, en la antes mencionada columna de don Amando de Miguel encontré el 23/03/08 la confirmación de mis sospechas:

23.03.08

A. de Miguel

En su día los españoles aceptamos ‘ordenador’ para seguir a los franceses. Nunca he entendido por qué un neologismo del francés resulta más aceptable que otro que provenga del inglés.

Me extraña que don Amando no sepa que la explicación a lo que dice no entender está en la “tirrenvidia” que ambos, franceses y españoles, tienen a lo que venga de EE.UU.

Por ejemplo, los franceses se empecinan en afirmar que el origen de la computadora es la máquina sumadora inventada por Blas Pascal en 1642, o el telar, en base a tarjetas perforadas, inventado por Joseph Jacquard en 1799, y que, por tanto, la computadora es un invento francés.

Sin embargo, los más de los investigadores están de acuerdo en que el ancestro de la moderna computadora fue la máquina tabuladora —palabra clave en este caso por cuanto esa máquina sí que se limitaba principalmente a ordenar— que el useño Herman Hollerith, inspirándose en las tarjetas del telar de Jacquard, inventó en 1890 y con la cual ganó la licitación para el censo nacional de población de EE.UU. ¿Acaso el trabajo requerido por un censo podría haber sido hecho por un telar?

Por supuesto que no. Por eso, afirmar que el inventor de la moderna computadora fue Joseph Jacquard es como afirmar que la invención del automóvil se debe al inventor de la rueda. Pero tal parece que a la hora de vengar un favor, todo vale.

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Resumen del artículo que con el título “¿Por qué [a los españoles] nos cuesta tanto hablar inglés?” publicado en El País (España) el 23/03/08. Luego siguen mis comentarios. Lo resaltado en negrillas lo puse yo.

23.03.08

¿Qué es un español? Alguien que se pasa su vida aprendiendo inglés. Y, se podría añadir, que nunca lo aprende.

Búlgaros, húngaros y turcos son los únicos que alegan hablar menos inglés que los españoles. El 65% de los españoles reconoce que no es capaz de hablar, ni de leer ni de escribir en ese idioma. ¿Por qué lo hablamos tan mal?

Es cierto que se trata de un problema arrastrado. La dictadura de Franco cerró las fronteras al inglés durante 40 años, se centró en la defensa del español, y España se convirtió así en un país acostumbrado a ver cine doblado. En la actualidad, el dominio del inglés sigue siendo uno de los factores educativos que más marca la diferencia entre unas clases sociales y otras.

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“El verdadero problema es que, si se miran las estadísticas, el porcentaje no se ha movido a través de los años», dice Ramón Aspa, director ejecutivo de la escuela de idiomas de Esade. Los datos son chocantes. El 70% de los españoles reconocen que el inglés es importante o muy importante, pero sólo el 4% lo estudian, según la consultora Ipsos para la editorial Océano. El informe revela que el 17% leen correctamente este idioma, el 14% lo entienden cuando lo escuchan, y el 11% aseguran hablarlo bien.

Mientras España enmudecía, otros tomaban ventaja como Portugal y Grecia, que se adaptan lingüísticamente a la ampliación de la Unión Europea, y con ello a la importancia del inglés como lengua franca. “Es el latín del siglo XXI», observa Aspa, que no tira la toalla: ¿Por qué los telediarios no nos dejan oír la voz de Obama? ¿En lugar de doblar, no se puede subtitular?“.

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Eso demuestra que la educación española tiene un problema. Un problema no: dos. Porque la inversión —sobre todo la privada, la de las familias— en este idioma, mueve millones (../…) pero España, siendo la octava economía del planeta, suspende en inglés, aunque más justo sería decir que suspende en un segundo idioma. Ni ingleses, ni useños son unos cracks en otro idioma. Hay una teoría: los países con lenguas que cuentan con un gran número de hablantes, como Francia e Inglaterra, no sienten la necesidad de aprender otros idiomas. Lo seguro científicamente es que el español no tiene un cromosoma perdido que le impida hablar inglés con corrección.

El secretario general del Ministerio de Educación, Alejandro Tiana, confirma la tesis. Tener una primera lengua fuerte hace que sus hablantes soporten menos presión para aprender otros idiomas. “En España, el dominio del inglés todavía es insuficiente. El sistema educativo no le ha dado tradicionalmente una gran importancia a las lenguas extranjeras. Aunque peores que nosotros son los ingleses“, explica Tiana.

No hay una edad ideal para empezar a aprender un idioma, sino un análisis de las características de cada país y una decisión que implique a todos. “Existe la evidencia de que empezar a una edad temprana el aprendizaje de aspectos centrales, como la gramática y la pronunciación, es muy importante», afirma la investigadora Nuria Sebastián.

Algunas escuelas españolas ya se han apuntado al inglés en serio y ofrecen asignaturas en ese idioma. Los niños no estudian Naturaleza sino Science. Y no pasa nada. Bueno, nada, nada…

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“El sistema educativo debe dar el salto cualitativo y dejar de enseñar el inglés como lengua extranjera, e impartirlo como una habilidad básica del sistema», subraya Miquel Berga, presidente de la Asociación de Profesores y Profesoras de Cataluña (APAC). El problema, según Berga, es que en la primaria y la secundaria hay mecanismos que garantizan el contacto con el inglés, pero en la universidad no. Hay distintas iniciativas que tratan de ponerle remedio.

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Las promesas electorales también ayudan a ser optimistas, aunque ni José Luis Rodríguez Zapatero ni Mariano Rajoy se manejan en esta lengua. Sólo uno de los cinco presidentes que han gobernado España desde 1975 dominaba el inglés: Leopoldo Calvo-Sotelo.

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No todo el mundo es partidario de inclinarse por el inglés: “Debe de ser muy bueno para los negocios, pero no lo son todo en la vida; de hecho, están en las antípodas de la buena vida“, asegura Jordi Llovet, catedrático de literatura comparada.

Otro freno histórico al impulso del inglés en España es que la televisión y el cine no se emitan en versión original. Finlandia y Holanda son un ejemplo a seguir. Ambos países, con un gran nivel de inglés, ven el cine y la televisión en versión original, con excepción de las películas infantiles, que sí las doblan. Un país con un idioma tan especial como el finlandés no tenía capacidad para doblar todo y, al final, la necesidad se transformó en virtud.

En España son pocas las opciones. A principios de los años cuarenta, Franco aprobó una ley prohibiendo las películas en versión original. El objetivo, defender el castellano. “A finales de los años 50, las distribuidoras useñas intentaron exhibir dos películas, “La ley de la horca” y “La Montaña Siniestra”, en inglés y con subtítulos. Debió ser un fracaso comercial y no se repitió el tema“, explica Fernando Méndez-Leite, director de la Escuela de Cinematografía y del Audiovisual de la Comunidad de Madrid. Hubo que esperar hasta 1963 para ver en inglés “West Side Story”, musical de gran éxito.

A mediados de los 60, la ley de salas de arte y ensayo permitió proyectar algunas películas de autor en versión original. El doblaje se afincó de tal forma en nuestra sociedad que ha llegado hasta nuestros días, dejándonos aislados. En Alemania o Italia siguen doblando filmes, pero vecinos como Portugal o países más pequeños ven absolutamente todo en versión original. Esto facilita la exposición al idioma y la identificación de sus sonidos desde edades muy tempranas.

“Es muy difícil volver atrás porque existe una actitud negativa del público. Además, las distribuidoras useñas quieren doblar», asegura Méndez-Leite, un defensor de la versión original que considera un “crimen” ver una película doblada. Otro factor es que en España el sector de doblaje es muy potente. La recién aprobada Ley del Cine plantea una serie de incentivos y apoyos especiales a la versión original. “Sin embargo no existe ninguna previsión de prohibir el doblaje», aclara Fernando Lara, director del Instituto de la Cinematografía y las Artes Audiovisuales.

../…

El País

[*El Paso}– “Dándole vueltas al viento” / Poemas de Antonio Pino Pérez: Señor

SEÑOR

Aquí me tienes a tus pies rendido
sin merecer siquiera ni adorarte.
De todo mi pasado arrepentido,
sólo encuentro el consuelo de buscarte.

Tú sabes cuántas veces me he perdido
por huirte, Señor, y traicionarte,
y tú sabes también que en el olvido
intentó mi extravío sepultarte.

Sabes mi poquedad, mi nadería,
mi claudicante fe, mi desvarío,
mi caminar sin norte de alegría,

porque todo los sabes santamente;
y también sabes que me mata el frío
si tú no alumbras mi dolor creciente.

1959

[*ElPaso]– El duelo y la figuración social

24-03-2008

Carlos M. Padrón

Bernardita Perera era una dama de El Paso de Arriba que, en mis tiempos, ya estaba entrada en años y seguía soltera.

Si mal no recuerdo vivía sola, pues sus padres habían muerto, y tenía un solo hermano que emigró a Cuba y no había vuelto más a El Paso. Supongo que entre ellos mantendrían alguna correspondencia, pero no estoy seguro.

Sí lo estoy de que para ella la figuración social, el qué dirán, tenía gran importancia, y, por ejemplo, en su opinión el uso de gafas (lentes) no se debía a la necesidad de corregir un problema visual, sino a la conveniencia de destacar socialmente llevando puesto algo que, creía ella, estaba de moda entre gente importante, y daba prestigio, razón por la cual cuando una vez tuvo que ir a Santa Cruz de Tenerife, vino a mi casa —esto lo contaba mi madre—, a pedir prestados un par de lentes de los de mi padre, no importa cuál, para ella llevarlos en su viaje y usarlos en Tenerife, pues si llegaba allá sin gafas, ¡qué diría la gente!

Un día, Antonio Simeón, un vecino suyo, recibió el poco agradable encargo de hacerle saber a Bernardita que su hermano había muerto en Cuba.

A media mañana del día siguiente, hora que don Antonio creyó prudente, se dirigió a casa de Bernardita y comenzó a prepararla con otros temas de conversación hasta que, cuando lo consideró oportuno, le hizo saber la mala nueva.

Para su sorpresa, Bernardita no mostró tristeza, no soltó una lágrima ni hizo comentario que denotara dolor, pero sí exclamó:

—Bueno, ¡cosas de la vida!

Y mirando a su alrededor, como queriendo cambiar de tema, dijo:

—Esta casa mía no está para visitas.

Si bien era cierto que la casa estaba hecha un desastre en cuanto a orden y limpieza, la inexpresividad emocional de Bernardita desconcertó a don Antonio que, considerando que había cumplido su encargo, emprendió el camino de regreso a su casa, pero no dejaba de darle vueltas a su cabeza tratando de encontrar explicación a tan extraña reacción, o falta de ella, de parte de aquella mujer, máxime cuando, sobre todo las mujeres de aquel pueblo y en aquella época, dramatizaban mucho las desgracias, en particular si se trataba de una muerte, y sus expresiones de dolor eran a gritos acompañados de llanto.

Una vez en su casa, y transcurrida una media hora larga, don Antonio encontró la respuesta que buscaba, pues de repente retumbaron en el vecindario los horrísonos gritos de Bernardita que a todo pulmón clamaba,

—¡Ay, mi hermano, que no te voy a ver! ¡¡Ay mi pobre hermano!!

Gritos que lograron su cometido, pues en pocos minutos la casa de Bernardita se llenó de preocupados vecinos y vecinas,… que encontraron, tanto a Bernardita como a su casa, perfectamente arregladas, o sea, listas para recibir visitas.

[*FP}– Barú, turismo de aventura (1/2): Prolegómenos

21.03.08

Carlos M. Padrón

Allá por 1981, Chepina, cuya hija era aún bebé, contrató los servicios de Mariela, una joven colombiana, para que la ayudara en las labores domésticas, y sobre todo en el cuidado de la bebé, mientras ella, Chepina, trabajaba en IBM, y algunos años después además de mantener ese trabajo también estudiaba Mercadotecnia.

Mariela Zúñiga

Chepina y su hijo Henrique en 1981, el año en que Mariela entró en sus vidas.

En 1986 Mariela decidió regresar a Barú (Cartagena, Colombia), su pueblo natal, situado en lo que llaman una isla del Archipiélago del Rosario, frente a Cartagena, y digo “en lo que llaman” porque, como puede apreciarse en el mapa que sigue, Barú es una península.

Tal vez fue isla en los tiempos de la Colonia, pero siendo de bajo fondo el brazo de mar que la separaba del continente, los manglares ocuparon esa área, señalada en el mapa como Ciénaga Honda, y hoy día aparece como península. Esto es sólo una suposición de Chepina y mía, ya que no pudimos encontrar quien nos diera una mejor explicación a lo de isla.

Desde 1986 Chepina no volvió a ver a Mariela, pero mantenía hacia ella un permanente recuerdo y un gran afecto por lo mucho y bien que la había ayudado, de ahí que, cada vez más, expresara su deseo de ir a Cartagena y de allí a Barú a reencontrarse con Mariela.

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En febrero de 1998 estuve en Cartagena y supe cómo es su clima,… o al menos eso creí.

Por un problema de salud —tal vez innato en mí pero que se manifestó desde la primera vez que fui a una playa en Venezuela, y que en los años ’60 me diagnosticaron como variante de hiperventilación— el calor a nivel del mar, y el aire denso y preñado de humedad, me ponen sentir muy mal. Me siento alicaído, con dolor de cabeza, mareos, empapado de un sudor frío y con una desesperante sensación de estar en un segundo plano, de que voy lento, cada vez más lento y alejado de la acción que a mi alrededor transcurre a una velocidad que yo, por más que me esfuerzo, no logro alcanzar porque, además, no puedo pensar bien, todo lo cual me pone irritable.

El único paliativo que contra esto he encontrado es fumarme un puro, recurso que descubrí en 1965 durante la boda de un amigo pasense que en la correspondiente celebración cumplió con el muy palmero ritual de distribuir cigarros puros entre los invitados varones.

En mi desesperación —pues la tal celebración tuvo lugar en San Felipe (Edo. Yaracuy, Venezuela) en una finca de cambures (plátanos) y con un para mi insoportable nivel de humedad y una alta temperatura a pesar de que fue en la noche— tomé un puro, lo encendí, y para no molestar con el humo a las asombradas personas que me acompañan en la mesa y que jamás me habían visto fumar porque yo no era fumador, me interné entre las plantas de cambures, y después de unas diez chupadas al puro mi malestar desapareció como por arte de magia.

Desde entonces, y aunque sigo sin ser fumador, cada vez que he viajado he llevado conmigo una dotación de cigarros puros comprados en La Palma (Canarias). Unos 50 me duran más de dos años, pues evito tanto como puedo caer en la maldita combinación de calor + nivel de mar + mucha humedad, muy abundante en el trópico donde el común de los mortales ama la playa, que yo detesto. Amo las temperaturas de entre 15 y 20°C, y el aire ligero que suele encontrarse en lugares altos y montañosos, combinación que me permite ir totalmente vestido y un tanto abrigado, y sentirme así muy bien.

Y es que en materia de vestimenta no tengo términos medios: o estoy totalmente desnudo (para la práctica de deportes de cama, pues si es para dormir uso pijama de cuerpo entero) o estoy totalmente vestido. El andar semidesnudo, como suele andar la gente en las zonas de playa —si es que no andan disfrazados de mamarrachos, con shorts o bermudas, en chancletas o descalzos, y con el ombligo al aire─ no va conmigo.

Para empeorar esta condición, sufro de alergia a los cambios de temperatura, y si en medio de un cuadro climático como el descrito se me ocurre despojarme de algo de ropa, de inmediato me resfrío. Por tanto, siempre ando con camiseta que me arrope bien la garganta, y a veces también con chaqueta.

***

A pesar de mis temores al asunto climático, y como al fin y al cabo sobreviví a mi estada en Cartagena en 1998, decidí llevar a Chepina a Barú este mes de marzo, con motivo de su cumpleaños. El pasado diciembre compré los pasajes, y Chepina, por Internet, reservó el hotel.

Para aumentar mis renuencias y suspicacias, ocurrió lo del problema entre Venezuela y Colombia, y con él aumentaron mis temores de perder tal vez los pasajes, y mis dudas sobre la posibilidad de viajar bajo riesgo de entrar a Colombia pero tener problemas para salir, de que los colombianos se mostraran hostiles hacia los venezolanos, etc. Pero el impasse se resolvió, y el sábado 15/03/2008 viajamos a Cartagena vía Bogotá.

La Cartagena que encontré ahora está más cuidada y hospitalaria que hace 10 años, pero también más cara, pues ha caído en esa plaga llamada turismo. Legiones de barrenderos, uniformados y hasta con tapabocas, la mantienen relativamente limpia, y la cantidad de buhoneros que importunan a uno en las calles es sólo superada por la cantidad de taxis cuya tarifa básica, para un trayecto de apenas 10 a 15 minutos, es de 5.000 pesos (aproximadamente $2.00), mientras que un taxi de la parada del aeropuerto de Bogotá cobra 15.000 pesos por hora.

Un detalle no muy bueno para conservar al turismo es que aunque el hotel que Chepina reservó se anunciaba como de 3 estrellas, con aire acondicionado y con precios propios de tal categoría, en realidad no llegaba ni a dos.

Si bien la habitación tenía baño privado —el colmo sería que no lo tuviera, en cuyo caso yo no me habría quedado en él— de la ducha, que era eléctrica, lo que salía era un menguado chorrito de agua apenas tibia y que caía verticalmente, con lo cual había que hacer cabriolas si uno no quería mojarse la cabeza.

Bidet no había, y la llave de agua caliente del lavamanos estaba de adorno, pues nada salía por ella, con lo cual opté por afeitarme, y sólo superficialmente, cada dos días, pues para darme una afeitada en regla necesito agua casi hirviendo. Si no es así, hasta me hago sangre en la cara, pues además de que mi piel es “delicagadita”, el vello de mi barba tiene consistencia de alambre y crece anárquico en todas direcciones. Y como el espejo situado sobre el lavamanos no tenía luces a su alrededor, mi afeitada era casi adivinando, pues la única luz del baño estaba en el techo y provenía de una bombilla de apenas unos 40 vatios.

La cama de la habitación, que aunque dizque para dos personas no llegaba ni a tamaño queen, tenía una sola mesa de noche en la cual no había siquiera una lámpara. La única luz de la habitación estaba en el techo, era de unos 60 vatios, y su interruptor quedaba a medio camino entre la cama y la salida de la habitación, por lo cual tuve que hacer uso de los recursos que siempre que viajo llevo en el por mis hijas bautizado “Bolso de Macyver”, y sobre la única silla que allí había, y que acerqué a mi lado de la cama a guisa de mesa de noche, coloqué una linterna para poder llegar sin tropiezos a la cama una vez apagada la ventiúnica luz, o para alumbrarme si necesitaba luego llegar al interruptor y no correr el riesgo de golpearme contra el filo del vidrio de una pequeña mesa ubicada justo debajo del interruptor y sobre la cual estaba el teléfono.

El aparato de aire acondicionado, que era del tipo llamado de ventana, caía en la categoría del llamado aire “acondisoplado” —muy frecuente en Europa— pues aunque colocado para que enfriara al máximo, yo dormía apenas cubierto con una sencilla sábana.

Como se ve, era una habitación “muy funcional”.

En lo tocante a seguridad, la puerta principal carecía de cerradura interna, de la cual carecía también la puerta que comunicaba con la habitación contigua y contra la que coloqué las maletas porque no tenía yo garantía de que no pudiera ser abierta desde esa habitación vecina. Así, si alguien intentaba entrar a la nuestra, la puerta tropezaría con las maletas y el consiguiente ruido nos alertaría.

Como se ve, era una habitación “muy segura”.

Si bien detesto los hoteles de lujo —los llamados de 5 estrellas— y las veces que en ellos estuve fue por decisión de IBM, me encantan los que en USA llaman “business hotels” (= hoteles para asuntos de negocios), que son tremendamente funcionales y que nunca he encontrado fuera de USA. Y creo que los moteles decentes, sobre todo ésos en los que uno puede estacionar el carro (coche) frente a la habitación, son una gran invención.

Sin embargo, aunque cabría suponer que las estrellas indicativas de la categoría de un hotel son válidas a nivel internacional, y que su valor representativo es el mismo en cualquier lado, no es así, pues ya supe que no lo son en Marrackech, y ahora averigüé que tampoco en Colombia.

Las dos última veces que he estado en Santa Cruz de Tenerife me he alojado en un apartotel cuyos apartamentos son para mí el ideal para vivir: un dormitorio grande con un closet de pared a pared, mueble gavetero con escritorio incorporado, TV y una gruesa cortina que cubre totalmente el ventanal y permite oscuridad casi total; salón amoblado, también con TV, Internet, aire acondicionado, y mesa de trabajo; cocina bien equipada; y un baño con todas las piezas, repisas grandes y amplias, y una bañera grande con una regadera de la que fluye agua abundante a buena presión. Categoría de ese apartotel: 3 estrellas. Entonces, ¿de dónde salen las 3 estrellas del hotel de Cartagena?

Habiendo yo vivido en pensiones 5 años de mi vida (4 en Tenerife y 1 en Caracas), y habiéndome quedado como huésped en varias de ellas en diferentes ciudades de Venezuela mientras en los años ’60 trabajé en Olivetti, puedo asegurar que ese hotel, si dejamos de lado el baño privado, el teléfono y la TV, no pasa de ser una pensión glorificada, por lo cual, como la primera noche no pude casi dormir, las noches subsiguientes, y a pesar de la inseguridad, tuve que tomar doble dosis de somnífero.

Pero hay más. La Cartagena de marzo/2008 estaba también más calurosa que la de febrero/1998: a las 08:30 de la mañana los termómetros ubicados en las calles de la zona hotelera marcaban 32°C, la humedad era altísima, el sol era como para derretir las piedras, y yo me sentía desfallecer.

La noche del domingo 16 era tal el calor que busqué refugio en el único de los restaurantes, de los alrededores del hotel, que tenía aire acondicionado, sin importarme si la comida era buena, regular, mala, peor, barata o cara. Ha sido la única vez en mi vida que he deseado que el servicio de camareros fuera lento de verdad, que tardara lo más posible.

Continuará…

[*Drog}– La antropología y el drogamor

Según la Dra. Helen Fisher, una calificada antropóloga, sus investigaciones con resonancia magnética han mostrado que hay en el cerebro humano tres áreas muy diferenciadas que tienen que ver con,

SEXO. Su misión es perpetuar la especie.
AMOR ROMÁNTICO (o sea, DROGAMOR, y su relación con la Dopamina)
APEGO (Attachment), lo que tiene que ver con una relación a largo plazo, con lo que de verdad es AMOR.

En su exposición, hecha en inglés, la Dra. Fisher deja claro que lo del amor romántico no es una emoción, es un algo aberrante que más tiene que ver con los efectos de la cocaína, o sea, de una droga. Por eso lo llamo DROGAMOR.

Y también dice que estas tres áreas bien diferenciadas explican por qué una persona puede mantener una relación con tres otras personas diferentes, lo que permite entender que un hombre, por ejemplo, pueda querer continuar en lo que para él es un buen matrimonio (Apego), tenga una amante (Sexo), y esté bebiendo los vientos por una mujer a la que cree el sumo de la perfección femenina (Drogamor).

Aquí puede verse a la Dra. Helen Ficher en su conferencia:

http://www.ted.com/index.php/talks/view/id/16

Parece que en esto del drogamor no ando descaminado.

[*Opino}– Fútbol en vertical: Impactante valla publicitaria en Japón

Carlos M. Padrón

¡Y dale con el ‘soccer’!

Según lo que copio más abajo —resumen que armé con varios artículos extraídos de Internet— el fútbol, NUESTRO fútbol, tuvo su origen en Inglaterra donde lo llamaron ‘football’ (que se pronuncia ‘fútbol’ y significa ‘balón-pie’), y de ahí el nombre que a ese deporte se le da en español, aunque hace mucho tiempo se le llamó precisamente ‘balompié’, término que ha caído en desuso pero que aún lo registra el DRAE.

Si a USA, como cabe suponer, llegó llevado por ingleses y con el mismo nombre, ¿por qué —me pregunto— los useños lo llaman ‘soccer’ y reservan el nombre de ‘football’ para un deporte casi salvaje que, por lo visto, sólo juegan ellos?

Sería mejor que los useños llamaran fútbol a nuestro fútbol, como hace todo el mundo, y reservaran el nombre de “gringootball” (que en español sería “gringútbol”) para el de ellos.

Un deporte es tanto más aceptado y tanto más natural, cuantos menos artilugios necesite para ser jugado. Además del campo de juego, factor común a todos, el fútbol sólo requiere un balón, pues la tendencia a pegarle con el pie es natural. Pero el béisbol, por ejemplo, requiere de un bate, almohadillas, protección para la cara de uno de los jugadores, que no sé cómo se llama, etc.

Nunca el béisbol logró engancharme; me lo explicaron varias veces y al día siguiente olvidé todo. Además, me aburren los juegos en los que no hay continuidad de acción sino que ésta se ve interrumpida por pausas destinadas a planificar las jugadas, fijar estrategias, etc., Y el béisbol es uno de ésos.

Tal vez mi sentir acerca de él se deba a prejuicios, pues cuando lo vi por primera vez me recordó un juego llamado ‘Paro’ que las niñas practicaban en Canarias y que tenía un planteamiento básico como el del bésibol, excepto que en vez de golpear la pelota con un palo (bate) se la golpeaba con la mano, y mientras quien la había lanzado corría a buscarla, quien la lanzó corría a ocupar tantas posiciones (bases) como pudiera.

***

Orígenes del fútbol

El fútbol fue jugado por primera vez en Egipto, como parte de un rito por la fertilidad, durante el siglo III a.C.. La pelota de cuero fue inventada por los chinos en el siglo IV a.C. Los chinos rellenaban estas pelotas con cerdas.

Esto surgió, cuando Fu-Hi, uno de los cinco grandes gobernantes de China en la antigüedad, apasionado inventor, apelmasó varias raíces duras hasta formar una masa esférica a la que recubrió con pedazos de cuero crudo; acababa de inventar la pelota. Lo primero que se hizo con ella fue sencillamente jugar a pasarla de mano en mano. No la utilizaron en campeonatos.

También se podría decir que los nativos de las islas Filipinas dieron origen al fútbol a través del ‘sikaran’. La pelota era una bola de fibras secas de diferentes hierbas fabricada en las selvas filipinas, y el deporte consistía en patearla para que no tocara el piso, y se usaban las manos para el balance del cuerpo.

De ahí se pasó al arte marcial de combate de pelear con las piernas, con sus tres técnicas de golpes laterales. Como en el fútbol no existe ese tipo de lucha de agresión física, el origen filipino es sólo rescatable en su aspecto histórico.

También en la América precolombiana los aztecas y mayas conocián el juego de jugar con la pelota —hecha ésta con una especie de hule—, y jugar en canchas. Los taínos, del Caribe, y los de la mayor parte de las islas de Puerto Rico, La Española y Cuba, practicaban un juego llamado batú. Ambas civilizaciones formaban dos equipos. El batú tiene también mucha relación con el arte marcial filipino del sikaran.

En la Edad Media hubo muchos caballeros obsesionados por los juegos con pelota, entre ellos Ricardo Corazón de León, quien llegó a proponer al caudillo musulmán Saladino que dirimieran con un partido de pelota sus cuestiones sobre la propiedad de Jerusalén.

Los hindúes, los persas y los egipcios adoptaron la pelota para sus juegos, utilizándola en una especie de ‘handball’, o balonmano.

Cuando este juego llegó a Grecia se le llamó ‘esfaira’ (esfera), y se jubaga con una vejiga de buey como pelota.

Los romanos comenzaron a llamarlo con el nombre de “pila” que con el tiempo se transformaría en ‘pilotta’, término del que deriva el español ‘pelota’. Al deporte juado con ‘pila’ los romanos lo llamaron ‘harpastum’, que es el antecedente del fútbol moderno, y fueron ellos quienes lo llevaron a las islas británicas donde, según datos legendarios, se practicaba ya una especie de fútbol nativo.

El juego se convirtió allí en deporte nacional inglés. Así el fútbol moderno tuvo su origen en Inglaterra en el siglo XIX.

En 1848 apareció el Primer Reglamento de Cambridge, destinado a unificar las distintas reglas que se utilizaban.

[*El Paso}– “Dándole vueltas al viento” / Poemas de Antonio Pino Pérez: Laureles de la plaza

LAURELES DE LA PLAZA

A mi buen amigo Enrique Mederos Lorenzo.

Laureles de la plaza centenaria
que proyectáis una tupida sombra,
y en la noche, profunda y solitaria,
arrulláis un misterio en vuestra fronda.

Porque evocáis la estirpe legendaria
de un pasado feliz que nadie nombra,
porque rezáis una inmortal plegaria,
por vuestra verde plenitud redonda.

Porque os perfuma un hálito de historia,
despreciando las miserias vanas
buscáis la luz, que es alcanzar la gloria,
yo os bendigo, laureles de Los Llanos,
conmovidos por voces de campanas
y entrelazados con amor de hermanos.

Laureles victoriosos, impasibles,
de la añorada selva trasplantados
para esparcir alientos indecibles
sobre la urbana paz de los tejados.

Quitasoles lujosos, increíbles,
en un verde perenne consagrados,
para inspirar ensueños imposibles
y acallar el pesar de los hastiados.

Me llama la esperanza alentadora
de vuestras copas anchamente erguidas
a evocar en su sombra protectora
los recuerdos que el viento se llevó,
el secreto fugaz de tantas vidas
que la muerte implacable deshojó.

Laureles de la Plaza de Los Llanos,
atrio del templo, vegetal, abierto
a la comba de todos los arcanos
en el encanto de un refugio cierto.

Recortados laureles ciudadanos
en esta plaza, que es hogar y huerto.
Laureles compasivos, casi humanos
donde siempre arribamos como a un puerto.

Decidle a la Virgen, mi Señora,
que hoy venimos a verla penitentes,
a implorarle perdón para el que llora,
y a buscar, en la fiebre de un anhelo,
laureles que circunden nuestras frentes
con la aureola de un jirón de cielo.

1948