[*FP}– Un ladrón en IBM

Carlos M. Padrón

Como dije en “No me tocaba ese día” —artículo cuya lectura recomiendo para entender mejor éste— con la firma de los contratos de DataEnd alcancé como vendedor el 360% de mi cuota para 1973, y me hice acreedor a todos los premios de ventas previstos ese año por IBM de Venezuela.

Entre éstos estaba el Top Performer, que ese año consistía en un viaje a los juegos finales, a celebrarse en Munich a comienzos de julio/1974, del Campeonato Mundial de Fútbol Alemania ‘74.

El itinerario, según me recuerda mi “agendiario” —que, con ciertas irregularidades, mantengo desde 1967— fue:

El miércoles 03/07/1974, el día anterior a mi partida de Venezuela, lo dediqué a dejar ultimado todo lo relativo a mi trabajo, y después de terminar ese día las visitas a clientes, me fui a las dependencias de la Sucursal de Ventas de IBM en la que yo trabajaba.

Para entrar a esa Sucursal había que, desde el pasillo exterior, traspasar una puerta que daba acceso a una especie de pequeño hall, o antesala, al fondo del cual había, una al lado de la otra, dos puertas. La de la izquierda era la del área de esa Sucursal de Ventas, y la de la derecha era la del área administrativa que servía a ésa y a otras sucursales de ventas de IBM.

Internamente, esas dos áreas estaban separadas por un tabique de madera que en su parte alta tenía una especie de romanilla, removible y también de madera, para que el aire acondicionado, común a todo ese espacio, pudiera circular.

Como era ya tarde, encontré cerradas las dos puertas que había que traspasar para llegar hasta el área donde estaba el escritorio que yo compartía con otros tres vendedores, pero usando mi llave pude entrar y me senté a trabajar.

Y en eso estaba cuando llegó la señora que hacía allí la limpieza diaria. Nos saludamos, y ella se puso a hacer lo suyo mientras yo seguía en lo mío.

De pronto, la señora me sorprendió con un “¡Señor Padróooon!”, dicho en voz trémula, bastante baja, y con un tono de entrecortada excitación que denotaba miedo.

Sorprendido miré hacia ella y la vi de pie en medio del salón del área de la Sucursal, a la altura de la oficina de Felipe Laredo, que estaba abierta, y con ojos desorbitados y cara de que no iba a decir más nada, me señalaba con su índice derecho, moviendo su mano hacia adelante y hacia atrás, el interior de esa oficina.

Cuando se percató de que yo había entendido que algo irregular estaba ocurriendo, y me levanté para ir a ver de qué se trataba, se llevó un dedo a sus labios e hizo el conocido gesto de pedir silencio.

Al llegar junto a ella y mirar en la dirección que me señaló vi que, tendido bajo el escritorio de Laredo, y obviamente escondido, había un hombre que parecía joven. Tenía pelo oscuro y corto, y estaba echado de espaldas, con las piernas recogidas casi totalmente. Vestía camiseta amarilla y un pantalón jean azul, y calzaba una especie de alpargatas. Eso era visible porque el escritorio era del tipo cuya parte trasera, la que daba hacia el exterior de la oficina, tenía un panel que no llegaba hasta el piso.

Como era obvio que él se había dado cuenta de que lo habíamos descubierto, en voz alta y con fingido tono de naturalidad, como restándole importancia a una falsa alarma, dije:

—No se preocupe, señora. Es uno de los analistas de Laredo que suelen trabajar hasta tarde y luego se acuestan un rato donde mejor pueden.

Y mientras le decía esto, regresé a mi escritorio, guardé a la carrera, sin orden alguno, lo que tenía sobre él; tranqué; eché mano de mi maletín, en el que ya tenía la documentación para el viaje; tomé del brazo a la señora; salí con ella al pasillo, cerrando y trancando con llave la puerta de la Sucursal y también la del pasillo; y al llegar frente a los ascensores le dije:

—¡Váyase de prisa y dígale a los de Seguridad del edificio que vengan inmediatamente!

Y me quedé esperando allí, y sin apartar la vista de la puerta que daba acceso al hall.

Pasados unos cinco minutos, que me parecieron horas, llegaron dos guardias de la Seguridad del edificio. Les conté lo que había pasado y, por supuesto, dijeron que tenían que entrar al área de la Sucursal, así que, caminando delante de ellos, les abrí la puerta del pasillo, y, al abrir luego la propia de la Sucursal, con un gesto de mi brazo los invité a pasar y me quedé en el hall, pues no quería yo ser el primero en entrar allí.

Desenfundaron sus pistolas y, visiblemente temerosos, entraron al área en la que estaba la oficina de Laredo, pero a los pocos segundos salieron diciendo que allí no había nadie.

Extrañado entré, y en presencia de los dos guardias revisé todo. Efectivamente, el hombre que yo había visto echado bajo el escritorio de Laredo no estaba ya en ese sitio ni en ningún otro de ese área. ¡Se había esfumado!

Molesto por lo que podría ocurrir —retrasos incluidos, y en peligro mi viaje— y temiendo que los de Seguridad pensaran que se les había gastado una broma pesada y presentaran una queja, me puse a pensar cómo pudo haber salido de allí aquel hombre sin que yo lo viera, y entonces recordé la romanilla en lo alto del tabique divisorio entre el área de la Sucursal y el área administrativa. Miré hacia arriba y vi que un tramo de ella estaba claramente mal puesto y con señales de haber sido forzado.

Con un gesto de mi mano hice notar esto a los dos guardias, y con otro gesto los invité a que me siguieran; todo en silencio. Los llevé frente a la puerta del área administrativa, la abrí, y a los dos segundos escasos de haber entrado ellos, pistola en mano, escuché que uno gritó: “¡Manos arriba! ¡No se mueva!”.

Di media vuelta y me fui como alma que lleva el Diablo, pues no quería que los de Seguridad me pidieran que me quedara para dar declaraciones a la Policía que, de seguro, ellos llamarían.

Al llegar a la planta baja comencé a caminar tan rápido como pude. En esta casi huida me crucé con Jesse Alfonso, el gerente de la Sucursal, que salía de una cervecería que había en esa zona del edificio. Sin aminorar la marcha, para no darle oportunidad de hacerme preguntas, le dije “Arriba en la Sucursal te espera alguien”, y continué mi marcha aún más rápido que antes.

Mientras ya en mi casa preparaba el equipaje me sobresalté todas las veces que sonó el teléfono, pues temía que me llamaran de IBM para que me presentara a dar declaraciones, y perdiera yo con eso mi viaje.

Pero no, no llamaron, ni tampoco llamé yo, aunque estuve tentado de hacerlo en la mañana del día siguiente, jueves 04/07/1974, cuando estando ya en el aeropuerto de Maiquetía esperando la salida de mi vuelo, no dejaba de preguntarme quién sería aquel hombre, qué buscaba en nuestra Sucursal, qué habrían hecho con él, etc.

***

Terminado el Mundial de Fútbol —que, en mi opinión, habría ganado Holanda de no haberse disputado en Alemania esa final entre Kruyff y Beckenbauer— continué mi viaje según el itinerario.

El vuelo Münich-Zürich lo hice en compañía de otros varios amigos de IBM de Venezuela. Como Pérez-Pina, uno de ellos, no tenía vuelo de conexión entre Zürich y Caracas, al salir de inmigración y pasar al área de recogida de equipajes, me dio las llaves de su maleta y me pidió que, por favor, se la recogiera, y se fue a toda prisa a ver de conseguir sus vuelos.

Cuando tuve en mi mano su maleta y la mía, puse rumbo a la salida del área, y al pasar por un pasillo una de cuyas paredes era totalmente de vidrio, en ella se abrió de pronto una misteriosa puerta por la que salió un individuo que se plantó delante de mí, impidiéndome el paso, y con gesto enérgico me pidió que entrara al área de la cual él había salido.

Apenas entrar vi que se trataba de un recinto de vigilancia, cuyas paredes de vidrio permitían ver en una sola dirección. Y desde ese recinto varios inspectores de aduana, sentados detrás del tabique de vidrio que daba al área de recogida de equipajes, veían todo lo que en esa área ocurría.

Uno de ellos vio cómo Pérez-Pina me dio las llaves y se fue deprisa, y eso me hizo sospechoso ante los de aduana, así que, una vez adentro, me llevaron a un pequeño cuarto, me sometieron a un largo interrogatorio, y me hicieron abrir las dos maletas, lo cual me puso a temblar porque yo no tenía idea de qué podría haber en la de Pérez-Pina. Y, para colmo, en ese momento recordé que otro compañero de IBM de Venezuela, que por años había trabajado en la misma Sucursal de Ventas en la que, también por años, había trabajado y trabajaba todavía Pérez-Pina, había sido detenido por tráfico de drogas y nunca más supimos de él.

Por suerte salí airoso del interrogatorio y la requisa, y después de darme una reprimenda por haber recibido algo de otra persona, los de aduana me dejaron ir.

Del resto de ese viaje, lo que con el tiempo ha sobrevivido en mi memoria, además del incidente causado por la maleta de Pérez-Pina, es la conversación que el lunes 15/07/1974 sostuve en La Laguna (Tenerife) con quien entonces era mi suegro, pues lo que él, tal vez porque se sentía ya enfermo, me dijo ese día, último en que lo vi con vida, fue profético. Murió en diciembre de 1975.

El jueves 18/07/1974 volví de nuevo al trabajo, y apenas me vio Milena Micasa, la secretaria de la Sucursal, me contó, emocionada, que en el área administrativa habían sorprendido los de Seguridad a un individuo aparentemente árabe que no hablaba español y que no tenía identificación alguna; sólo tenía, en uno de sus bolsillos, un billete de 20 bolívares. Y que en la PTJ (la hoy desaparecida Policía Técnica Judicial) había confesado que había entrado a nuestra Sucursal porque le ofrecieron dinero para que robara el OEI.

El OEI —Order Equipment Inventory = Inventario de órdenes y equipos— era un libraco grande y pesado que, en grandes hojas removibles del papel llamado “formas continuas”, tenía, hasta el mínimo detalle (fechas, nombres de clientes, valor en dólares, etc.), la historia de todos los equipos y programas IBM instalados en el país, en renta o venta, y de todos los equipos, partes o programas ordenados pero no instalados aún. Todo esto era, por supuesto, información confidencial y valiosa para la competencia.

Dándome cuenta de que ni la señora de la limpieza ni Jesse Alfonso habían dicho nada de mi participación en el incidente del ladrón, opté por mostrarme altamente sorprendido de todo lo que Milena me contaba.

Por un tiempo, y cuando pude, hice preguntas al respecto, pero nunca supe si al final se averiguó quién estaba tras el intento de robo del OEI. Supongo que sí lo averiguaron pero no consideraron conveniente divulgarlo porque, tal vez, no había forma de demostrarlo ya que el frustrado ladrón era, a todas luces, un pobre diablo cuyo testimonio no resultaba fiable.

6 comentarios sobre “[*FP}– Un ladrón en IBM

  1. El relato es fantástico por que, además está estupendamente escrito.
    No sabía que eras “futbolero”. Yo lo soy.

  2. Gracias, Roberto.

    No diría que soy futbolero, pero sí que el fúltbol es el único deporte que practiqué cuando era niño, y que dejé cuando, teniendo yo apenas 10 años, me pusieron gafas.

    Lo entiendo bastante y siigue siendo el único que me gusta, pero sólo para verlo entre buenos equipos y en grandes estadios.

    Mis equipos preferidos: el Tenerife de Valdano, cuando estaba en Primera, y el Real Madrid, al que apoyo no tanto para que gane el campeonato como para que NO LO GANE EL BARCELONA. O sea, que el mío es un apoyo bastante negativo.

  3. Hola Carlos,
    tronco de relato. Es una combinación de película de suspenso y espionaje industrial.
    Con respecto a tu comentario que Holanda habría ganado la final en su país estoy en desacuerdo. Nosotros los Alemanes perdemos muchos partidos pero por lo menos ganamos casi siempre a lo Holandeses y a los Españoles.
    Saludos and ….. SMILE
    Manfred

  4. Ya eso de la final del ’74 lo hablamos una vez en tu casa y me dijiste lo mismo. No has cambiado de opinión ni yo tampoco.

    But keep SMILING….

  5. Parece mentira que todavía recuerdes esas “cosas” de hace tanto tiempo. Y te felicito porque sabes disfrazar muy bien ciertos nombres y apellidos.
    Sólo te comento que ésos eran otros tiempos, porque ahora, uno ya no sabe quién trabaja para IBM y quién no, o quién es “terceros”, “proveedores”, “afiliados”
    o de la CIA de chavez, que.., aparentemente tiene una diferente a las original.
    Saludos.-

  6. Así es, Gallega; hay cosas que no se olvidan. Y, lamentablemente, “nuestra”IBM es historia desde hace tiempo.

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