[*Opino}– Apostar vs. ‘to bet’

21-04-11

No estoy de acuerdo con el artículo que copio más abajo.

En inglés no se usa to bet como en castellano se usa ahora apostar.

El apostar que tan profusa y fastidiosamente usan en España equivale a, entre otros,

  • desear
  • confiar en
  • inclinarse por
  • apoyar
  • decantarse por
  • preferir
  • poner empeño en
  • optar por
  • proponer
  • inclinarse por
  • manifestarse a favor de
  • declararse a favor de

Y digo lo de en España porque el fastidioso uso del tal apostar es más del lado Este del charco que del lado americano. Eso al menos hasta ahora,… pues todo lo malo se pega.

Carlos M. Padrón

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01-03-11

A. de Miguel

Don José Antonio Martínez Pons se irrita con la moda de usar apostar para referirse al futuro deseado.

Es la traducción del to bet del inglés. Equivale a nuestro «ojalá».

Fuente: Libertad Digital

[*Drog]– Las universidades de Pekín darán clases de amor

¿Será que los chinos han entendido, antes que los occidentales, la necesidad de impartir educación sobre este espinosos tema del amor y sobre los peligros del drogamor?

Si así fuere, me saco el sombrero ante ellos y espero que el ejemplo llegue pronto a nuestras universidades e institutos de enseñanza media.

Carlos M. Padrón

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19/04/2011

Pekín (EFE).- Las autoridades educativas de Pekín están preparando una asignatura, para impartir en las universidades de la capital china, que incluirá lecciones sobre cómo amar y mantener relaciones sentimentales.

El hecho ha causado estupor entre los estudiantes, informó hoy la prensa local.

Según el diario South China Morning Post, el Comité Municipal de Educación de Pekín ha elaborado un texto sobre «salud mental» para los universitarios chinos, que en uno de sus capítulos incluye las relaciones amorosas.

El capítulo, bajo el título «La felicidad comienza aprendiendo cómo manejar las relaciones románticas», busca enseñar a los estudiantes a «comprender el significado del amor (…) y aprender a expresar, aceptar, rechazar, mantener o dejar marchar» los romances.

El texto, que se encuentra todavía en fase de borrador, también incluirá alusiones a la homosexualidad, un tema tabú durante décadas y que, probablemente, llega por primera vez a las clases universitarias chinas.

No obstante, es la cuestión de las «clases de amor» la que ha generado más comentarios en los foros de Internet de jóvenes chinos, donde una de las ideas que predominan es que no son los profesores los mejores consejeros para estas cuestiones, sino los amigos y compañeros de clase.

«Si se acaba dando formalmente en clase esa asignatura , sentiré como si se estuviera imponiendo a los estudiantes un determinado punto de vista convencional sobre el amor. No hay aciertos ni errores en el amor», señaló al respecto Kong Lingyu, una estudiante de la Universidad Tsinghua de Pekín, al «South China Morning Post».

En cambio, entre algunos profesores citados por el mismo diario, las inéditas clases son defendidas y, según ellos, «abrigan buenas intenciones», por ejemplo, la de luchar contra los suicidios por amor que muchos años se producen en famosos campus de la capital.

«Podría ayudar a los estudiantes a buscar visiones positivas del amor y aprender cómo manejar fracasos en las relaciones, para que así no ocurran comportamientos extremos», aseguró Xia Xueluan, profesor de la Universidad de Pekín.

Fuente: La Vanguardia

[*Drog}– ‘Si ese alguien no me hace sentir princesa, ¿por qué le voy a hacer yo sentirse rey?’

29-03-11

En el artículo que copio más abajo, la autora, además de afirmar que el drogamor dura poco — año y medio, o dos a tres años como mucho—, pone en boca de las mujeres la frase que he usado como título de este post.

Estoy de acuerdo en que una mujer no puede tratar como rey al hombre que es su pareja pero que no la hace sentir princesa.

Sin embargo, ¿qué pasa cuando es realísticamente imposible tratar como princesa a una mujer que está muy lejos de ser tal? ¿Debe el hombre fingir?

Es éste uno de los casos en que salen a flote las falsas aspiraciones femeninas cuando la mujer pretende ser tratada como princesa o reina, o ser objeto de innúmeras atenciones por parte de su hombre, y éste le pregunta ¿A cambio de qué?”.

Lamentablemente, muchas siguen creyendo que con dar a cambio sólo sexo es más que suficiente.

Carlos M. Padrón

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27 de marzo de 2011

Claves para «mantener la pasión y resolver las diferencias sexuales» en la pareja.

Detrás de ese «cariño, esta noche tampoco» o del tan socorrido «dolor de cabeza» que, una día tras otro, sirve de excusa a tantas y tantas mujeres, se esconde muchas veces, según Sylvia de Béjar, lo que ella llama «cabreo oculto», y que explicaría en parte por qué un 30-40 % de españolas reconocen que han perdido el deseo.

Los mismos estudios que arrojan tan preocupante dato sitúan en un 14 el porcentaje de españoles a quienes, como a ellas, les duele también la cabeza con frecuencia y, casualmente, a la hora de irse a la cama.

«Una mujer necesita que un hombre la valore para tener ganas de ese hombre», afirma Sylvia de Béjar en una entrevista con EFE.

Después de vender más de 250.000 ejemplares de su anterior libro, «Tu sexo es tuyo», Sylvia de Béjar —escritora, experta en sexualidad humana y educación sexual, además de divulgadora en varios medios de comunicación— vuelve a la carga con «Deseo» (Editorial Planeta), en el que da pautas para «mantener la pasión y resolver las diferencias sexuales» en la pareja.

Dice Sylvia:

Esa pasión dura poco, año y medio, o dos a tres años como mucho, pues el deseo es genital en los hombres, mientras que en ellas es emocional, o sea, más de sentimientos.

Las mujeres llegan al sexo por la intimidad, mientras que con los hombres ocurre todo lo contrario, descubren qué es la intimidad a través del sexo.

A las mujeres se nos gana por la intimidad y por las emociones.

La cama «nunca» puede ser el campo de batalla en el que una pareja dirima «sus guerras».

La realidad, lamentablemente, es bien distinta. La ausencia de deseo en la mujer esconde muchas veces frustración y cabreo con una pareja que no la valora, que la hace sentir que no ella no es importante, que la ningunea. “Si tú no me respetas, ¿por qué te voy a desear?”, se preguntan a diario muchas mujeres, dice Sylvia, quien también Aregua que “De ahí que cuando un hombre cumple con sus obligaciones domésticas y familiares, tiene más y mejor sexo”.

«Cuando mi hombre me trata bien —reflexiona en voz alta Sylvia de Béjar— yo le trato como a un rey. Yo y todas. Pero si ese alguien no me hace sentir princesa, ¿por qué le voy a hacer yo sentirse rey? Es tan sencillo como eso. ¿Quién le da margaritas a los cerdos?».

Gozar en la cama

Estudios demuestran que de cada cien encuentros sexuales en una pareja, entre un 20 y un 25% son «muy buenos», entre un 40 y un 60% «buenos», y el resto, ¡entre el 15 y el 40%!, poco satisfactorios o, incluso, disfuncionales», destaca Sylvia de Béjar.

«Y no por ello se acaba el mundo», escribe en su libro. Para gozar en la cama «vale todo», recalca, si bien pone tres límites a ese «todo»: respeto, ausencia de violencia y que haya acuerdo.

Sylvia de Béjar está convencida de que es posible «sortear» la monotonía en la vida de cualquier pareja, y no solamente en la cama, como igual de convencida está de que el deseo no tiene edad.

No obstante, reconoce que, aún hoy, «el sexo en la gente mayor está estigmatizado».

«Da apuro, vergüenza, hablar de ello, pero a ciertas edades el sexo tiene mucha más calidad. Seguro. Y ello es así porque conocemos mejor nuestros defectos, nuestras limitaciones físicas, tenemos asumido que nuestros cuerpos ya no son jóvenes… Y muy claro qué es lo que nos gusta y qué no.

Fuente: Periodista Digital

[*ElPaso}– Eficaz alternativa al divorcio

21-03-2011

Carlos M. Padrón

Mientras duró el régimen franquista, el divorcio no existía en España, pero eso no era cura contra las disputas y desavenencias conyugales, ni podía evitar la separación de cuerpos, a la que, a pesar de la condena de la sociedad, llegaban algunas parejas para evitar males mayores.

Esa especie de prisión propició la búsqueda y ejecución de vías de escape —se dice que el deber de todo preso es escaparse—, que ante los críticos ojos de la sociedad del pueblo justificaran al menos la tal separación de cuerpos.

De las «soluciones innovadoras» que al respecto se usaron, sólo recuerdo la ideada y puesta en práctica por el marido de una tal Pepita, un hombre al que llamaré Juan porque, en realidad, ni lo conocí ni sé cómo se llamaba. A Pepita sí la conocí.

Juan, que además de mujeriego se daba a la bebida —tal vez por aquello de «ahogar en alcohol» los problemas que le causaba su matrimonio— solía llegar a su casa tarde y borracho, lo cual enfurecía a Pepita.

Una noche llegó no sólo más borracho que de costumbre, según parecía, sino, además, agresivo, e inició contra Pepita un ataque verbal al que ella replicó también de forma verbalmente agresiva.

Ante esto, Juan enarboló un cuchillo y se fue contra Pepita. Ella, aterrada, saltó de la cama matrimonial —que era alta, como las de entonces— mientras Pepita emitía los gritos a los que ya estaban acostumbrados los vecinos, corría por la habitación, esquivaba a Juan haciendo cabriolas sobre la cama, o pasaba por sobre ella para huir al otro lado.

Enardecido, Juan optó por separar de la pared la cabecera de la cama para poder aumentar las posibilidades de alcanzar a Pepita, quien entonces optó por huir circundando el lecho conyugal para que Juan no la alcanzara.

Cansada ya de las circunvalaciones, a veces en un sentido y a veces en el contrario, dependiendo de cómo atacara Juan, Pepita optó por la única alternativa que le quedaba, y en una ágil maniobra se metió debajo de la cama.

Apenas conseguirlo soltó un grito de un tono e intensidad tales que los vecinos, entendiendo que había ocurrido algo fuera de lo habitual y muy grave, corrieron hacia la casa para ayudar a Pepita.

Al llegar sacaron de la habitación a un Juan que ya no tenía cuchillo, y de debajo de la cama sacaron a una aterrorizada Pepita que al ser preguntada por el motivo de su horripilante grito, sin poder articular palabra señalaba hacia el lugar de donde la habían sacado.

Entendiendo que algo habría allí, uno de los vecinos se inclinó a mirar y encontró la explicación al terror de Pepita: bajo la cama había un féretro, forrado en negro y abierto, como listo para un «inquilino».

¿Cómo fue eso posible?

Juan y Pepita vivían cerca de la carpintería en la que, con madera de pino, se fabricaban los ataúdes usados en el pueblo, de los cuales tenía siempre el carpintero varios listos por cuanto hay muertes repentinas.

De alguna forma Juan se las ingenió para —sin que nadie lo viera, y mucho menos Pepita— sacar de esa carpintería uno de los ataúdes y meterlo bajo la cama.

Luego, con la llegada tarde y fingiendo estar borracho, propició la situación que obligó a Pepita a buscar refugio bajo la cama, donde encontró el «regalo» que allí había dejado Juan para ella.

Por supuesto, la opinión pública y legal fue que se separaran, y así Juan se fue a Tenerife y Pepita quedó en La Palma, llegando a un final como el famoso «Que era lo que se quería demostrar», usado en matemáticas, pero que en este caso fue «Que era lo que Juan quería».

[*ElPaso}– «Espejo de la Vida» / Poesías de Pedro Martín Hdez. y Castillo: En campaña

EN CAMPAÑA

Para el Batallón Cazadores La Palma, número 20.

I

Combatamos, españoles,
con fervor y bizarría,
con valor, con hidalguía,
con civismo hasta morir.

A luchar con decisión
por honra de nuestra España,
y el laurel de la campana
pronto habremos de lucir.

Obedientes, sin temor,
combatamos sin cesar;
pues bravura hay que mostrar
por la patria y el honor.

II

¡Guerra, guerra!, noble infante,
que la España que es tu anhelo,
la defensa de este suelo
entregó a tu abnegación.

¡Guerra, guerra!, noble hispano.
¡A luchar! ¡Iberia os llama!
Luzca enhiesto el oriflama
que es honor de la Nación.

Venceremos al bregar,
como en el tiempo mejor,
y de España el puro amor
nos sabrá recompensar.

[*Opino]– Ciencia para mejorar su vida amorosa

Dudé si poner esto en Humor o en Sociedad, y opté por colocarlo en Opino dada la evidente dualidad de consejos que tienen cierta consistencia, mezclados con otros que suenan a cursilería, por decir lo menos; o sea, que bien podría ser un ejempla de los que califico como «bromenserio».

Carlos M. Padrón

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13-03-11

Richard Wiseman

En la ciencia, como en el amor, demasiada concentración en la técnica puede llevar a la impotencia, decía el sociólogo Peter L. Berger.

Pero dado que el tema de las relaciones tiene un papel tan prominente en tantas vidas, BBC Focus pescó diez consejos comprobados científicamente para incrementar sus opciones de encontrar, y mantener, el amor de su vida.

Todos provienen del libro del psicólogo Richard Wiseman, «59 segundos. Piensa un poco, cambia mucho».

1. Amor a primera vista

Usted posiblemente cree que ir a un lugar romántico en la primera cita es la mejor opción, pero en realidad sería mejor escoger un lugar que dé miedo.

Las investigaciones muestran que un lugar que asusta produce un incremento en los latidos de corazón, que su pareja atribuirá al hecho de estar con usted, más que a las cosas que le dan miedo, lo que le convencerá de que usted es la persona que estaba buscando.

Por lo tanto deje a un lado las caminatas en el parque y, en su lugar, decídase por las películas de terror o por la montaña rusa.

2. Compartir sentimientos

Revelar información personal lleva rápidamente a tener sentimientos de intimidad, según afirman las investigaciones científicas.

Durante su cita, invite a su potencial pareja a que describa lo que siempre quiso hacer en su vida o cual fue el día más feliz de su existencia.

3. ¿Lujuria o amor?

La persona con la que usted se encuentra, ¿está interesada en su cuerpo o en su cerebro?

Los estudios muestran que si está interesada en usted como persona, inclinará ligeramente su cuerpo cuando estás hablando, cabeceará y sonreirá.

Sin embargo, si se trata sólo de lujuria es más probable que saque la lengua y se chupe los labios.

4. No ponerse de acuerdo para luego ponerse de acuerdo

La mayoría de las personas creen que si una persona asiste con la cabeza mucho es una buena señal, sin embargo las investigaciones muestran que este tipo de persona se siente más atraída hacia aquéllos con los que empiezan teniendo una relación tibia y que va mejorando en el transcurso de la cita.

5. Ponerse de acuerdo en no estar de acuerdo

Más que hablar sobre cosas que les gustan a los dos, trate de iniciar conversaciones sobre cosas que nos les gustan a ninguno.

Las personas se sienten más cerca de aqéellos con los que coinciden en lo que les disgusta más que lo que les gusta.

6. Finja una sonrisa verdadera

Aunque tanto las sonrisas falsas como las verdaderas elevan la comisura de los labios, sólo las auténticas hacen que la zona alrededor de los ojos se arrugue.

7. Déjelo con hambre

Investigaciones recientes muestran que los hombres que están hambrientos califican a una mujer rellenita como más deseable.

Si ese es su caso, vaya a tomarse una copa antes de la cena y no después.

8. Utilice a otros

Las mujeres califican a un hombre de más atractivo si han visto a otra mujer que le sonríe, o si ven a otra mujer que lo está pasando bien con él.

Por tanto, si quiere impresionar a una mujer en un bar o una fiesta, pídale a una de sus amigas que le acompañe, que se ría con ganas de sus bromas, y que después desaparezca silenciosamente.

9. El poder del tacto

Si quiere que alguien le encuentre más atractivo, tóquele ligeramente en la parte superior del brazo cuando le diga algo bonito. Pero recuerde, tiene que ser un toque corto, y limitado a esta zona del cuerpo, a la vez que se realiza un comentario halagador o una petición.

Y si está en una relación, recuerde…

10. Escríbalo todo

Los miembros de la pareja que reservan unos momentos cada semana para plasmar en papel sus pensamientos y sentimientos más profundos acerca de su relación incrementan sus posibilidades de permanecer juntos en un 20%.

Esta «escritura expresiva» resulta en que las parejas utilizan un lenguaje más positivo cuando hablan, lo que lleva a una relación más sana y feliz.

Fuente: BBC Mundo

[*FP}– Una «plácida» noche en Monte Carlo

Carlos M. Padrón

16 de mayo de 1995. El viaje de ese día, desde Madrid a Monte Carlo, comenzó mal, pues al llegar a Niza en el vuelo IB-5456 me dijeron que para ir a Monte Carlo tenía que abordar un helicóptero, aparato que siempre había yo evitado porque vuela muy bajo y se mueve demasiado. Pero siempre hay una primera vez.

Por suerte, la duración del viaje de Niza a Monte Carlo fue de sólo 6 minutos, y los bajones y subidas del helicóptero muy pocos, así que llegamos pronto, y yo sin dolor de cabeza.

En el hotel Loews Monte Carlo, al que entré a las 14:30, me asignaron la habitación 3234. Una vez instalado en ella fui a la reunión de trabajo que me había llevado a esa ciudad, y que se prolongó hasta bastante tarde.

De regreso al hotel luego de la cena inaugural del grupo de gerentes de IBM de diferentes países, cena que terminó muy tarde, deshice mi equipaje, me puse el pijama y me metí en la cama.

Cuando apenas comenzaba a conciliar el sueño me sobresaltó el ruido que en la habitación que estaba encima de la mía hacía el movimiento de un mueble que alguien estaba cambiando de lugar,… a la 01:30 de la madrugada.

Pensé que ese alguien tuvo alguna necesidad que le obligó a proceder así una sola vez, pero los ruidos de sillas que caían al suelo y de muebles, algunos más pesados que otros, siendo arrastrados por sobre el piso continuaron a intervalos como de 5 minutos, impidiéndome dormir.

Ante la necesidad de madrugar para asistir a la reunión de las 08:00 de la mañana, llamé a la recepción y presenté mi queja.

Para mi sorpresa, el empleado que me atendió me dijo que la habitación ubicada encima de la mía estaba desocupada, y que los ruidos, cuyo origen él desconocía, no deberían molestarme más por cuanto en ese hotel se respetaba mucho el descanso de los huéspedes.

No habían pasado 10 minutos de terminaba esta conversación cuando los ruidos volvieron a sonar, una y otra vez, y hasta me pareció que con menor espacio de tiempo entre ellos.

Unos veinte minutos después, cansado ya de aquel extraño concierto llamé de nuevo a la recepción.

Creo que deliberadamente dejaron que el teléfono repicara sin atenderlo, pero insistí y al fin contestó el mismo empleado de la vez anterior, y al recitarle de nuevo mi queja no tuvo mejor ocurrencia que decirme que el hotel estaba lleno y no tenían otra habitación que darme.

Molesto argumenté que eso no era consistente con lo que me había dicho antes, o sea, con que la habitación encima de la mía estaba vacía. Entonces, a falta de mejor explicación el tipo, como queriendo convencerme, me dijo, con cierto toque jocoso, que no eran horas para entrar en paranoia. Ahí exploté y le dije:

—Escúcheme bien, por favor. Soy uno de los gerentes de IBM que asisten a la reunión internacional que tiene aquí nuestra compañía, una que es muy buen cliente de esta cadena de hoteles. Si usted no quiere que mi queja, por su falta de atención y su respuesta ofensiva, vaya a niveles mayores, páseme con el gerente de turno.

Silencio al otro lado de la línea, tal vez porque el tipo estaba revisando mi ficha, y a los pocos segundos me atendió otra persona que se identificó como «manager on duty«. A éste le dije:

—Señor, mi nombre es Carlos M. Padrón y soy gerente de IBM. Durante la última hora he llamado dos veces a su empleado para pedir que me cambien de habitación porque sobre la mía hay unos ruidos que me impiden dormir, pero él no sólo no me ha hecho caso sino que me ha sugerido que lo mío es paranoia, así que le ruego a usted que suba para que compruebe la validez de mi queja y, si no puede hacer que los ruidos cesen, me cambie de habitación. Pero suba pronto porque a las 08:00 de mañana debo estar en una reunión.

El hombre dudó por un segundo y luego dijo,

—Como a esta hora no hay mucho trabajo, voy a subir. Deme unos minutos.

Durante los 6 ó 7 minutos que tardó en llegar, los ruidos se repitieron dos veces más.

Por fin tocaron a la puerta de mi habitación, abrí, vestido con el pijama con que yo estaba desde hacía una hora, y un individuo con cara de francés y acento de ídem se paró en el dintel y después de darme las buenas noches me preguntó en qué podía ayudarme.

—Pase, por favor, y sea usted ahora quien me conceda unos minutos de su tiempo.

Dudó, pero al final entró aunque dejando abierta la puerta.

Le pedí que, por favor, se sentara en la silla del pequeño escritorio que allí había. Mientras, yo fui a sentarme en la cama.

En cuanto me senté y quedé mirando hacia él, el supuesto gerente comenzó a decirme algo, pero apenas abrió su boca el ruido de un pesado mueble que se desplazaba, ahora más rápido que nunca antes, por el piso de la habitación de arriba lo cortó en seco, y no bien el hombre miró hacia el techo, el mueble se estrelló con tal violencia contra la pared justo encima de su cabeza que la vibración hizo temblar hasta la cama en que yo estaba sentado, y casi derriba el pequeño florero que había sobre la mesita junto a la cual se había sentado el francés, que tenía un brazo apoyado en ella.

Como empujado por un resorte se levantó aquel hombre de su asiento sin dejar de mirar hacia el techo, y cuando por fin bajó la vista sus ojos estaban desorbitados y su rostro muy pálido.

Sin decir palabra, a toda prisa se encaminó a la salida, y cuando estaba a punto de cerrar la puerta tras de sí, la entreabrió un poco, metió la cabeza y me dijo:

Monsieur, prepare su equipaje que ya le envío a alguien que lo llevará a otra habitación.

Cerró dando un portazo y se fue.

Encima del pijama me puse pantalón y camisa, recogí los enseres del baño y demás, y al rato llegó un mozo con uno de esos carros altos que usan para transportar maletas, carro que en este caso era totalmente innecesario porque yo tenía sólo un portatrajes.

Cuando el mozo entró en la habitación noté que estaba nervioso, y mientras se dirigía a recoger el portatrajes, que ya listo había puesto yo sobre la cama, de nuevo sonó el bendito mueble que ahora se desplazaba en dirección contraria.

Lejos de alterarse y mirar hacia el techo, como habría sido lo lógico ante algo tan anormal, aquel hombre cogió el portatrajes, lo puso sobre el carro, al darse vuelta bajó la cabeza en un claro gesto de evitar mirarme, y, sin perder la compostura, como si nada hubiera pasado, se mantuvo en silencio y comenzó a empujar su carro fuera de la habitación.

Intrigado ante tal actitud, me planté ante el carro, obligando a que se detuviera, y pregunté:

—¿Quiere usted decirme qué fue eso?

Sin alzar la vista del piso se limitó a contestar:

—Yo no sé nada; a mí no me pregunte.

Respuesta que traduje como «No estoy autorizado a hablar del asunto».

Me hice a un lado. El mozo, empujando el carro con mi portatrajes a bordo, salió de la habitación y me guió hasta la 3055, ubicada en el mismo piso pero a bastante distancia de la de los ruidos.

Al llegar a ella, la abrió y, sin decir palabra ni esperar por propina alguna, puso sobre la cama el portatrajes, me entregó la llave, salió con su carro y cerró la puerta. Y en esa nueva habitación pude dormir esa noche unas tres horas.

En la reunión de la mañana siguiente conté a mis compañeros el incidente. Algunos rieron de buena gana, pero tuve la impresión de que otros creyeron que yo me había de tragos después de la cena de la noche anterior y me había emborrado.

Todas las veces que a partir de esa noche pasé frente a la recepción del hotel, los empleados de turno me miraban raro. Yo no dejaba de preguntarme el origen de los extraños ruidos, el por qué de las explicaciones contradictorias («la habitación de arriba está vacía» vs «el hotel está lleno»), por qué los huéspedes de las habitaciones a ambos lados de la mía no se quejaron (tal vez estaban vacías), y, sobre todo, por qué el supuesto gerente se asustó tanto al escuchar los ruidos y reaccionó como quien cae en cuenta de que está de regreso algo malo que se consideraba desaparecido, o algo de lo que no está permitido hablar a los huéspedes, aunque parece que los empleados del hotel, al menos los de la recepción y uno de los maleteros, sí sabían lo de los ruidos pero tal vez no conocían su origen.

Encima de un apartamento de playa que tuve una vez en Caraballeda (Venezuela) estaba el pent-house del edificio, y una noche tuve que llamar a los de ese pent-house y pedirles que dejaran de rodar las sillas de su terraza porque el ruido que hacían no me dejaba dormir. Me pidieron disculpas y el ruido cesó.

Al día siguiente, cuando todos o varios de ellos bajaron a la piscina, vi que un miembro del grupo era, a todas vistas, retrasado mental, y supuse que tal vez se dedicaba a rodar sillas cuando no podía dormir.

Así que mi conclusión en el caso del hotel Loews Monte Carlo fue que en la habitación encima de la mía había alguien importante que o bien era anormal, o se había emborrachado o drogado, y le dio por botar sillas, rodar muebles y estrellarlos contra las paredes de su habitación. Pero era alguien «intocable» a quien no convenía, o no se podía, llamarle la atención.

Cuando poco antes de las 13:00 del viernes 19-05-1995 fui a hacer el check-out, al llegar frente al mostrador vi que dos mujeres que estaban en una oficina al fondo comenzaron a mirarme y a cuchichear entre ellas.

Al notar mi presencia, el único empleado que al momento había en el mostrador de la recepción y que estaba atendiendo a otro huésped, le dijo a éste algo en francés, lo dejó esperando y vino a atenderme a mí. Me pareció que los del hotel querían que yo me fuera de allí lo antes posible.

Pagué, recogí la factura y me fui sin que nadie me pidiera disculpas ni mencionara más el incidente para el cual sigo sin encontrar una explicación lógica y cabal.

[*ElPaso}– Recuerdos de la década de los ’50s: Teudis

Carlos M. Padrón

Durante muchos años, el molino de gofio más cercano a mi casa natal, en El Paso, estaba en la Cruz Grande y era de Tomás «el sordo», que así lo llamaban.

Fueron muchas las veces que hasta ese molino fui cargando un saco de trigo tostado,… que días después traía de vuelta a casa ya molido y hecho gofio.

Creo que fue a mediados de los ’50s cuando Tomás «el sordo» vendió a un tal Porfirio ese molino y la casa en cuyos predios estaba. Porfirio llegó a El Paso procedente de otro pueblo de La Palma, creo que de Las Breñas.

Uno de los hijos de Porfirio, un muchacho coetáneo mío, era Salvador Teudis, a quien todos conocían por sólo Teudis, y que era el encargado de operar el molino.

Durante mis vacaciones escolares acostumbraba yo a echar mano de mi tablero de ajedrez con sus piezas e irme a la Cruz Grande, y sentados Teudis y yo en lo alto del muro que en la propiedad de José (Pepe) Pino había entonces frente al molino, jugábamos una o dos partidas.

Ese hobby se me terminó porque yo, que había aprendido a jugar ajedrez —o al menos eso creí, y luego enseñé a Teudis lo que yo había aprendido— siguiendo las instrucciones que encontré en la enciclopedia Espasa-Calpe propiedad de don Juan Fernández, el médico del pueblo, un día, apenas salir de una enfermedad de un par de semanas de duración —no recuerdo de qué estuve enfermo—, llevado por mi obsesión de mejorar en el juego me fui a jugar ajedrez con Teudis, y fue tal el esfuerzo que hice que recaí, y de gravedad, en mi dolencia,… y el médico me dijo que no más ajedrez.

Al igual que yo, aunque antes, Teudis emigró a Venezuela, y en agosto de 1963, en uno de mis viajes de trabajo a Maracay —entonces trabajaba yo para Olivetti— fui a visitarlo y me invitó a su boda.

Hasta Maracay nos fuimos, Fernando Pino y yo, en la tarde del 31-08-1963, y con mi cámara fotográfica —la primera que tuve y que había traído yo de Canarias— tomé varias fotos de la boda, dos de las cuales, que adjunto (tengo otras pero casi iguales), me dedicaron luego él y su esposa Mary.

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En esta otra aparece también, con los novios, Fernando Pino.

Fernando Pino (q.e.p.d.), Mary y Teudis (q.e.p.d.)

Lo triste de esto es que vi a Teudis por última vez antes de 1969, y luego sólo hablé con él por teléfono. Su número lo obtuve en uno de los viajes que hice a El Paso a comienzos de los años 2000.

A mi pedido de que me diera su dirección para ir a visitarlo contestó que esperara a que él se mejorara porque estaba muy enfermo y se lo pasaba hospitalizado la mayor parte del tiempo; que él me llamaría.

Nunca me llamó, y por más que yo llamé varias veces más, nadie atendió el teléfono. Meses después, a través de El Paso supe que el amigo Teudis había muerto. También murió ya Fernando. Que en paz descansen ambos.

Amigo de Teudis y mío era también Rodrigo Sosa. Rodrigo y yo, junto a Fernando Pino, Jesús Capote (Suso «el de la Corrala») y otros, fuimos compañeros de rondallas y serenatas. Ellos tocaban —y muy bien— instrumentos de cuerda, y cantaban; yo sólo cantaba.

[*ElPaso}– «Espejo de la Vida» / Poesías de Pedro Martín Hdez. y Castillo: Madre e hijo

MADRE E HIJO (1)

Para el Ilustrísimo señor
don Adolfo Cabrera-Pinto y Pérez.

Es lógica y altruista consecuencia
del amor de un patriota a su peñón,
la actitud de la Palma que en unión,
loor canta con tierna reverencia
al hombre de preclara inteligencia,
al hijo de sensible corazón;
al ilustre, al insigne, al gran varón
que llega hasta los lindes de la Ciencia:
al gran Cabrera-Pinto a quien la Historia
hará inmortal en páginas de gloria.

Admiro su modestia y su talento
y de la Palma aplaudo la actitud.
Mi pena no es ingrata, y con aliento
ha cumplido un deber: ¡¡la gratitud!!

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(1) Soneto publicado en el «Diario de Avisos», de Santa Cruz de La Palma. Está inspirado en el homenaje popular que La Palma tributó a Cabrera-Pinto en 1915.