[*FP}– ‘La tendencia de la moda masculina’, una broma que pudo costarme muy cara

Carlos M. Padrón

A mediados del año 1970, y apenas finalizado el Entry Level Training, primera actividad que realicé en IBM de Venezuela, esta compañía me mandó a trabajar a la Sucursal Finanzas, bajo la guía de Juan Llorens y en calidad de Representante de Ventas Trainee.

Y en 1971, superada la condición de trainee, quedé como Representante de Ventas en la misma Sucursal Finanzas que para entonces estaba —al igual que la Sucursal Gobierno, el Dpto. de Educación y el Dpto. Técnico (o al menos parte de él)— en la mezzanina 1 de la Torre Capriles, en Plaza Venezuela (Caracas).

El área reservada a Sucursal Finanzas constaba de un gran salón para vendedores y analistas, y a un lado de éste estaban, todas contiguas, las oficinas gerenciales de Jesús Alonso, Fernando Lacoste, Ramón Sitja, y Humberto Ariza.

En mi vida laboral de 44 años, salvo contadas y justificadas excepciones, siempre llegué temprano al trabajo. Aunque IBM iniciaba labores a las 08:00 am, yo llegaba poco antes de las 07:30 am, cuando en la oficina o no había nadie o había muy pocos.

Un día de marzo de 1971, de ésos en que llegué antes de las 07:30, no había nadie en la oficina, y encontré en mi puesto de trabajo —un gran mesón para 4 personas— el acostumbrado montoncito de correspondencia que la gente de Servicios Generales había depositado allí, como hacían con la correspondencia de todos, a última hora de la tarde anterior.

Comencé a revisarla, e inmediatamente después de un memorando que, sobre asuntos del negocio, Humberto Ariza, gerente de Administración, mandaba a todos los representantes de ventas, encontré una circular de Wilco —una tienda de ropa para caballeros en la que alguna vez compré algo— que hablaba sobre la tendencia de la moda masculina. Y al reparar en que los tipos de letra usados en el memorando de Ariza y en la circular de Wilco eran bastante parecidos, aunque no iguales, “se me prendió el bombillo”.

Como estaba solo, corté los dos documentos en tres partes, encabezamiento, cuerpo y despedida, y armé uno nuevo que tenía el encabezamiento del memorando de Ariza, el cuerpo de la circular de Wilco, y la despedida del memorando de Ariza.

Pegué los trozos, cuidando que los márgenes izquierdos coincidieran, corté los excedentes de papel en los bordes, y el resultado fue un memorando IBM Interno en el que Humberto Ariza, gerente de Administración y amante del buen vestir, anunciaba a todos los representantes de ventas de las sucursales Finanzas y Gobierno cómo sería la moda masculina para la temporada 70-71.

Fotocopié el original, pues así disimularía los empates, e intercalé la copia en el montoncito de correspondencia de Juan Llorens, gran profesional y excelente persona con un fino sentido del humor. Hecho esto, seguí en lo mío como si nada.

Poco después llegaron, casi al mismo tiempo, Juan Llorens, Fernando Lacoste, Hans Barany y Ramón Sitja.

Después de su acostumbrado saludo de “Buongiorno, amici!”, Llorens se sentó, comenzó a revisar su correspondencia y, de pronto, rompió a reír como loco; con tantas ganas reía que yo no pude contenerme y rompí a reír también, con lo cual él supo de inmediato quién había sido el autor del “memorando” causante de su ataque de risa.

Hans Barany, que se sentaba a mi lado y frente a Llorens, nos miraba alternativamente a Llorens y a mí, y, llevado por su muy peculiar sentido del humor, se levantó y, con la delicadeza que le caracterizaba, casi arrancó de las manos de Llorens el papel motivo de las risas. Lo leyó y se lo botó de vuelta a Llorens a través de la mesa mientras comentaba airado que Ariza se había vuelto loco, y que cómo se le ocurría (a Ariza) meterse en temas que no incumbían al negocio.

Eso, por supuesto, hizo que tanto Llorens como yo nos riéramos aún con más ganas, ante lo cual Barany, visiblemente molesto, se levantó y se fue.

Atraído por las carcajadas, pues le encantaba toda “rochela”, Lacoste se nos acercó a Llorens y a mí preguntando qué pasaba. Llorens le mostró el “memorando”, y, apenas leerlo, Lacoste se unió al dúo de risas, salpicándolo con los comentarios agudos que le eran propios.

Las risas de los tres y los comentarios de Lacoste terminaron llamando la atención de Ramón Sitja, un individuo con un sentido del humor muy “particular”. Así que, exhibiendo la sonrisa que le era común, se nos acercó y pidió que le explicaran,… y en ese momento dejé yo de reír.

Me consta que tanto Llorens como Lacoste, que conocían a Sitja mejor que yo, trataron de no enseñarle el “memorando”, pero él insistió tanto que al final se lo dieron, con la aclaratoria de que era un montaje hecho por mí para ser usado sólo entre nosotros.

A medida que Sitja leía, enrojecía, y, al llegar al final, giró violentamente sobre sí mismo y, a todo trapo y llevando en su mano el corpus delicti, puso proa hacia la puerta de salida mientras, casi gritando, decía que iba a Chuao, sede de la presidencia de la compañía, a hablar con Covelo, para entonces presidente, para denunciar la clase de actos irresponsables, faltos de seriedad y reñidos con las normas IBM que en nuestra Sucursal estaban ocurriendo.

El mundo se me vino encima, el alma se me cayó a los pies, y aquéllos se me pusieron de corbata. Y para mis adentros me dije: “¡Qué lindo te quedó, Carlitos! Tanto que batallaste para entrar en IBM, y ahora, a pocos meses de haber entrado, arruinas todo por hacer una gracia, ¡pendejo!

Repuestos de la primera impresión causada por la extemporánea reacción de Sitja, Lacoste y Llorens salieron tras de él y lo interceptaron justo antes de que traspasara la puerta del salón. Le dieron “jarabe de lengua” hasta decir basta, pero el hombre no cedía en su decisión de irse a Chuao a denunciar el caso.

Desde donde yo estaba no podía entender —no sé si por la angustia que me embargaba, por la distancia, o por la mezcla de ambos factores— lo que se decían entre ellos, pero sí recuerdo muy bien que, pasado un tiempo que me pareció una eternidad, Sitja, con un gesto malhumorado, le devolvió a Llorens el “memorando”, y, despotricando contra los niveles de falta de respeto y de profesionalismo en que había caído la otrora gloriosa IBM, se metió en su oficina y cerró de un portazo.

Creo que Llorens rompió la copia, y allí no se habló más del asunto en mucho tiempo. Y creo también que Hans Barany nunca supo que el motivo de todo había sido un montaje hecho por mí. Todo esto contribuyó a que, hasta donde sé, Humberto Ariza —un buen profesional con quien mantuve luego muy buena relación de trabajo— tampoco supiera nunca lo que yo había montado con su memorando.

Desde entonces me siento en deuda con Juan Llorens y Fernando Lacoste por lo que ese día hicieron por mí.

Como constancia gráfica, adjunto el “memorando” de marras.

Espero que, transcurridos casi 39 años de su “creación”, no le cause daño ni molestias a nadie.