[*Opino}– ¿Será culpa de Ángel Guimerá la prohibición de corridas de toros en Canarias?

El autor del artículo que copio más abajo se asombra de que en Cataluña parecen no saber que en Canarias fueron prohibidas hace tiempo las vergonzosas y denigrantes corridas de toros.

Tal vez el articulista no sepa que la mayoría de los Canarios de mi generación y de las anteriores, en especial los palmeros (o nacidos en la isla de La Palma) supimos que el trato que España daba a las Islas Canarias era de tipo colonial, de lo cual nos percatábamos cuando al emigrar (por siglos, los palmeros fuimos emigrantes) ya los árboles no nos impedían ver el bosque, y podíamos hacer comparaciones.

Fue en esos tiempos cuando en Canarias se acuñó el término “godo” que se daba a los españoles que llegaban a establecerse en las Islas y, aunque del barco bajaban generalmente en alpargatas, denigraban de casi todo lo que en las Islas había y de casi todos los que les rodeaban, a los que calificaban de “aplatanados” mientras se jactaban de que no había sido la necesidad de una vida mejor lo que les había traído a Canarias, y de los bienes —a veces hasta cortijos, decían algunos— que tenían en España.

Con la llegada de la democracia creí que ya el trato colonial había quedado atrás; y con el avance de las comunicaciones, en especial la TV, creí que también lo de godos era historia, pero el trato que recibí durante los casi 3 años que viví en España, y artículos como Repartir Canarios, publicado en septiembre/2006, me convencieron de mi error.

Pero otro artículo, como La Patria de los Andariegos, echó al fin luz sobre las raíces del sentimiento de apátridas que tenemos —repito— la mayoría de los Canarios de mi generación y de las anteriores, en especial los palmeros, un sentimiento que, aunque no me resulta nada agradable, no creo que tenga vuelta atrás.

Si un hijo no reconoce como madre a la que supuestamente es la madre que debió dedicarse a él y darle cariño y educación, y dispensarle cuidados, en el 99% de los casos —y así lo afirmarán psicólogos y psiquiatras— la culpa es de la madre, sobre todo cuando ésta dispensó a otros hijos suyos un trato mejor que al del ejemplo.

Por eso, aún en los años 50 los Canarios residentes en Canarias no tenían acceso a muchas de las viviendas de interés social que se construían en Canarias, y a muchos de los mejores puestos de trabajo que allí surgían en dependencias oficiales y hasta en Bancos. Todo eso, se les decía, había sido asignado desde Madrid a gente que vendría de España o que ya había venido.

Creo que todo esto explica también por qué en Cataluña no saben de la prohibición que en Canarias pesa sobre las corridas de toros, pues simplemente no les interesa lo que, parafraseando a Gil y Gil, ocurra en África.

Uno de los comentarios que al artículo que sigue hizo un lector argumenta que, sin embargo, en Canarias no se han prohibido las peleas de gallos. Por favor, ¿¡a quién se le ocurre comparar con peleas de gallos una corrida de toros!?

Aunque tampoco me gustan las peleas de gallos, en éstas se enfrentan dos animales que, en teoría, tiene cada uno igual oportunidad de ganar. En la salvaje corrida de toros, sin embargo, el toro no tiene oportunidad alguna porque se enfrenta a un “hombre” exhibicionista y sediento de sangre que terminará por darle muerte luego de infringirle un largo y cruel sufrimiento,… para deleite propio y de numerosos sádicos que desde la grada disfrutan del denigrante espectáculo.

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07/01/2010

Quim Monzó

A ver si ahora será culpa de Ángel Guimerá

El sábado, Josep Maria Espinàs publicó en El Periódico un artículo explicando su punto de vista sobre las corridas de toros, sobre si deben prohibirse y sobre si la oposición a ese espectáculo es cuestión de catalanismo o no.

Espinàs no es persona visceral ni demagoga, ni chilla en vez de hablar. Explicaba su gran amistad con su cuñado, Nèstor Luján, «experto en tauromaquia», y argumentaba por qué la creciente oposición a las corridas no tiene nada que ver con la pugna entre España y Catalunya.

En un momento del artículo informaba de una cosa que un servidor no sabía: que en Canarias ya no se celebran corridas de toros. Me sorprendió por dos motivos. En primer lugar por el evidente: porque no tenía ni idea. No sabía yo que desde hace años en Canarias la ley no permite las corridas de toros. En segundo lugar me sorprendió que ese hecho haya pasado desapercibido (o haya sido ocultado) en el debate que desde hace años se da aquí, en Catalunya, entre los partidarios de prohibirlas y los partidarios de mantenerlas.

Estos últimos se agarran —como se agarrarían a un clavo al rojo vivo— a la proclama de que se trata, simplemente, de una pugna entre identidades nacionales: los que ven en las corridas un símbolo de la identidad española (y por eso quieren mantenerlas, pese a quien pese) y los que, precisamente por eso, quieren acabar con ellas (pese a quien pese también). Pero ese planteamiento simplista no es cierto.

Aunque a algunos les moleste, las corridas no son en absoluto ajenas a la identidad catalana. Eran parte clara de nuestra vida, y para algunos aún lo son. Pero es evidente que el mundo cambia a toda velocidad —Catalunya, incluida— y que la actual oposición a las corridas de toros que hay entre nosotros tiene poco que ver con los Maulets, aunque los partidarios de la tauromaquia preferirían que así fuere para pintar la situación con tonos maniqueos.

Me fascina que en el debate catalán sobre los toros de lo de Canarias apenas se hable. ¿Son tan tontos los antitaurinos de aquí como para menospreciar esa baza decisiva en su argumentación de que el rechazo a la tauromaquia no tiene nada que ver con el catalanismo?

No lo descarto, porque burros los hay en todas partes. Pero es deslumbrante que, aquí, la ley antitaurina aún esté por aprobarse y, en cambio, en Canarias lleven ya años sin corridas, y estudiando qué edificar en la plaza de toros de Santa Cruz de Tenerife, en la que las hubo hasta 1983.

Dejaron de celebrarse porque, sin que nadie se rasgase las vestiduras, quedó claro que, en Canarias, la afición a la tauromaquia es casi inexistente. Y nadie les acusó de identitarios, ni los nacionalistas (españoles, por la gracia de Dios) convocaron por la Brunete mediática a un alzamiento por tierra, mar y aire. Sorpresas te da la vida.

La Vanguardia