[*Opino}– Un virtuoso del violín, y su música, pasan inadvertidos en el Metro

Carlos M. Padrón

El caso que sigue deja al descubierto la forma apabullante en que campea la mentalidad de rebaño, que en este experimento con el famoso violinista puso de manifiesto que si la gente sabe que va a verlo y escucharlo, aplaudirá enfervorecida y dirá que sus interpretaciones son una maravilla,… maravilla que para esa misma gente pasa desapercibida si creen que a están a cargo de un don nadie.

¿Es eso entender de música? No, es seguir la corriente de la mayoría o dejarse llevar por lo que digan los medios; es estar convencido de que sí se sabe de música y de sus ejecutantes cuando, en realidad, se es incapaz de distinguir entre la técnica de un verdadero virtuoso y la de uno que toca en la calle como medio de pedir limosna. Es, en resumen y una vez más, estupidez humana.

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10/04/2007

Washington. (EFE).- El famoso violinista estadounidense Joshua Bell ha demostrado que, pese a tocar de forma magistral las piezas más exquisitas, si lo hace en el Metro de la capital de Estados Unidos, los pasajeros pasan de largo ante el virtuosismo.

El experimento, planificado por el diario ‘The Washington Post’ y publicado en su dominical de esta semana, consistía en observar la reacción de la gente ante la música tocada por Bell, uno de los mejores violinistas del mundo, que aceptó la propuesta de actuar de incógnito en el subterráneo estadounidense.

El 12 de enero pasado, a las 07.51 de la mañana, el artista y ex niño prodigio comenzó su recital, de seis melodías de diversos compositores clásicos, en la estación de L’Enfant Plaza, epicentro del Washington federal, entre decenas de personas cuyo único pensamiento era llegar a tiempo al trabajo. La pregunta que lanzó el rotativo era la siguiente: ¿Sería capaz la belleza de llamar la atención en un contexto banal y en un momento inapropiado?.

En ese momento, Bell, ataviado con unos vaqueros, una camiseta de manga larga y una gorra, comenzó a emitir magia desde su Stradivarius de 1713 —valorado en 3,5 millones de dólares— ante las 1.097 personas que pasaron a escasos metros de él durante su actuación.

En los 43 minutos que tocó, el violinista (nacido en Indiana en 1967) recaudó en su estuche 32 dólares y 17 céntimos —donados luego a la beneficencia—, una cifra muy lejana a los 100 dólares que los amantes de su música pagaron tres días antes por asientos decentes (no los mejores) en el Boston Symphony Hall, que registró un lleno completo.

En cambio, en L’Enfant Plaza, alejado de las campañas de promoción de su arte, fuera de los grandes escenarios y con la única compañía de su violín, a Bell sólo lo reconoció una persona, y muy pocas más se detuvieron siquiera unos momentos a escucharle.

Leonard Slatkin, director de la Orquesta Sinfónica Nacional de Estados Unidos, dijo al Post que calculaba que «entre 75 y 100 personas se pararían y pasarían un rato escuchando» al artista, aunque a primera vista nadie cayera en cuenta de su identidad. De hecho, pasaron tres minutos y 63 personas hasta que alguien se cercioró de que, efectivamente, una melodía sonaba en el subterráneo.

Un hombre de mediana edad fue el primero en apartar la vista del suelo, aunque fuera por un segundo, para dirigirla hacia Bell. Treinta segundos después llegó el primer dólar, y a los seis minutos alguien decidió pararse por un momento para apoyarse en una de las paredes de la estación y disfrutar de la música. El violinista comenzó con la interpretación de la chacona de la “Partita número 2 en Re menor, de Johann Sebastian Bach” y siguió con piezas como el Ave María, de Schubert, o la ‘Estrellita’, de Manuel Ponce. En total, fueron siete los individuos que detuvieron su marcha para escucharle, mientras 27 decidieron contribuir a la ‘causa’.

Aunque sólo le reconoció una mujer que había estado en uno de sus conciertos, en general quienes se pararon a escucharle percibieron que el artista no era un pedigüeño cualquiera.

«Era un violinista soberbio, nunca he oído nada así. Dominaba la técnica, su fraseo era buenísimo. Y su cacharro era bueno también, el sonido era amplio, rico», describió John Piccarello, un supervisor postal que en su día estudió violín. Otro pasajero que se detuvo a oír al virtuoso fue John David Motensen, funcionario del Departamento de Energía, que, sin los conocimientos de Piccarello, sí explicó al Post que la música de Bell le hacía «sentir en paz».

El redactor del Post Gene Weingarten, que ideó el experimento, dijo hoy durante una charla con los lectores del diario que retrasó la publicación del artículo debido al premio Avery Fisher’, el más importante de la música clásica, que recibirá el artista mañana.

En conclusión, según el Post, los ciudadanos de Washington hicieron bueno el refrán que defiende que «la belleza se encuentra en el ojo de quien mira». Y en el oído de quien escucha, al parecer. El hábito no hará al monje —o el Boston Simphony Hall al violinista—, pero bien que le ayuda.

La Vanguardia.

[*ElPaso}– El calendario de la discordia

10-04-2007

Carlos M. Padrón

NotaCMP.- De todas las historias que de El Paso he contado aquí y contaré, ésta es, hasta ahora, la única que he escuchado en boca de una sola persona; a nadie más le oí hablar de ella. Esto podría indicar que la historia es falsa, parcial o totalmente, o que, por lo delicado de los sucesos que describe y de la posición de una de las personas involucradas, se optó por no darle publicidad.

En todo caso, y como decía mi amigo Juancho (el de Bailando con máscaras) “Lo cuento como me lo contaron; si miento es por boca de otro”.

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Como ya dicho, las barberías de El Paso tenían un solo sillón, un solo barbero (su dueño), y la afición de éste a hablar de política light por cuanto en plena dictadura de Franco el tema era delicado, o hasta intocable. Y también en ella se reunían varios hombres para usar los servicios del barbero o simplemente para matar el tiempo dándole a la lengua sobre diversos temas, chismes incluidos, como ya referí en Olga y el tenorio.

Uno de los indianos recién llegado de Venezuela había traído un calendario en cuya portada aparecía una dama desnuda, calendario que causó sensación en el pueblo porque, en aquellos tiempos, allí, ni en fotos públicas y menos en cine, se veía un desnudo; es más, no se veía ni siquiera un muslo, aunque fuera de pollo, pues eran los tiempos en que la dictadura y la Iglesia habían impuesto una férrea censura, y los curas se creían con autoridad y derecho a dictar normas, no sólo morales sino también sociales, y esperar que todos dijeran amén a ellas.

El cura de turno en el pueblo supo que el indiano había dejado el calendario “en consignación” en una de las barberías, para deleite de quienes la frecuentaban o de cualquier hombre del pueblo que quisiera ir a verlo, así que un buen día se presentó en esa barbería causando el consiguiente asombro ya que nunca antes había entrado en ella.

Todos hicieron un silencio respetuoso y un tanto ominoso porque tal inesperada visita no auguraba nada bueno.

El cura, después de saludar con aire desenvuelto, como si fuera un cliente habitual —pues se las daba de simpático y persuasivo—, se dirigió al barbero, con sonrisa de buenos amigos, y entre ellos tuvo lugar este diálogo:

—Entiendo que usted tiene aquí un calendario que le trajeron de Venezuela. Yo quisiera verlo.

—No, eso no es para usted—, contestó el barbero, sin siquiera mirar al cura, mientras, impertérrito, siguió manejando su navaja para afeitar al cliente sentado al momento en el sillón.

—¿Por qué no, si sé que todos aquí y muchos otros lo han visto ya, y que van a venir más a verlo?.

—Porque como el calendario no es mío ni es cosa que a usted le vaya a gustar, si yo se lo muestro usted podría o romperlo o querer llevárselo, y eso tendría resultados muy desagradables.

—¡Yo sólo quiero ver ese calendario!—, replicó de inmediato el cura, pasando de la sorna inicial al tono autoritario, pues, como cura de aquellos tiempos, no estaba acostumbrado a ser desobedecido.

Tal vez cansado por la insistencia, o irritado por el cambio de tono, y habiendo ya advertido de posibles malas consecuencias si el cura atentaba contra el calendario, el barbero, aún navaja en mano, se dirigió a un rincón de la barbería, tomó el calendario, que estaba enrollado en forma de tubo, y, sin decir palabra, se lo entregó al cura,… y siguió dado a la tarea de afeitar a su cliente.

El cura desenrolló el calendario, y a la primera ojeada palideció, luego enrojeció y de inmediato lo estrujó con claras intenciones de romperlo.

No bien había iniciado ese movimiento cuando el barbero, moviendo su mando derecha a velocidad de rayo, apoyó el filo de la navaja contra la yugular del cura mientras lo miraba fijamente a los ojos con una determinación que no dejaba lugar a dudas.

Atónito, el cura se paralizó, congeló todo movimiento y se tornó rígido y pálido como un cadáver. Luego arrojó con rabia al piso el maltrecho calendario, dio media y se fue sin decir palabra.

[*Drog}– Los hombres son el sexo débil ante la presencia de una mujer atractiva

Queda claro una vez más que cuando en las relaciones hombre-mujer se permite que el instinto prevalezca sobre la razón, aparece el drogamor con toda su secuela de efectos nocivos.

¿Cómo es posible que la sola contemplación de una imagen, ya sea en fotografía o en vivo, de una mujer “hermosa” (el entrecomillado es por lo subjetivo del concepto) desestabilice el poder de decisión de un hombre?.

Si esto ocurre es porque el hombre, lejos de ponerse en guardia ante el alborotamiento de las hormonas, se deja llevar por él. Es el triunfo del instinto sobre la razón, o, lo que es igual, el triunfo del animal sobre el homo sapiens.

Afortunadamente, no todos los hombres son presas de este ardid de la Naturaleza, y, por tanto, el titular del artículo debería ser “Algunos hombres son el sexo débil ante la presencia de una mujer atractiva”.

Carlos M. Padrón

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08/04/2007

Ante la belleza femenina se nubla la capacidad masculina y el varón se vuelve vulnerable, al menos ésta es la conclusión de un reciente estudio.

La visión de una mujer atractiva es todo cuanto se necesita para arruinar la capacidad de decisión de un hombre; y a mayores niveles de testosterona, peor. Ésta es la conclusión de un estudio.

Los especialistas estudiaron las reacciones de 176 voluntarios varones de entre 18 y 28 años. Luego de que una parte de ellos estuvieran expuestos a imágenes de mujeres atractivas o tuvieran que valorar prendas de lencería femeninas, los participantes iniciaron juegos que requerían decisiones financieras.

Los hombres expuestos a las imágenes denominadas por los científicos como “insinuaciones sexuales” fueron los más propensos a tomar las decisiones equivocadas durante el experimento. Los que tenían los mayores niveles de testosterona fueron las más proclives a equivocarse al ser más vulnerables, de acuerdo con los especialistas, a las insinuaciones sexuales, las cuales “les impiden concentrarse en su objetivo y los distraen de decidir correctamente”.

El doctor Siegfried Dewitte, uno de los responsables del estudio, dijo que los hombres con altos niveles de testosterona “se comportan con normalidad si no hay ninguna insinuación sexual, pero si ven imágenes sexuales se vuelven impulsivos”.

Al parecer, todo tiene una explicación en términos de necesidad reproductiva. Su colega, el doctor George Fieldman, por su parte, dijo: “El hecho de que las insinuaciones sexuales distraigan a los hombres, es lo que corresponde en términos evolutivos. Es lo que se espera que ellos hagan en cuanto a la búsqueda de oportunidades reproductivas, en cuanto a la transmisión de genes. Si a un hombre se le pide que seleccione algo presentado por una mujer atractiva o por un hombre de no muy buen aspecto, la selección no sería tan desapasionada como correspondería”.

Un estudio similar se ha llevado a cabo con mujeres, pero hasta ahora no se han encontrado estímulos visuales que las afecten a la hora de tomar decisiones.

IBL

[*ElPaso}– El Ñoño y su nieta

04-04-2007

Carlos M. Padrón

El Ñoño —el mismo de El Ñoño y el arco iris—, absolutamente chocho con su nietita, Marían Nela —que así se llamaba la hija de Julita, la de Sin derecho a pedir más— salió un día al jardín llevando en brazos a la niña cuando ésta tenía apenas unos cinco meses, y cortando una rosa de vivos colores pero con el tallo lleno de espinas, comenzó a moverla a escasos centímetros de la cara de la bebé mientras cantaba:

—¿Ónde as, Aría Ela? / A er la abrita e apá (= ¿Dónde vas, María Nela? / A ver la cabrita de papá).

Atraída por el color y el movimiento de la rosa, la niña extendió su mano con clara intención de empuñar el espinado tallo, ante lo cual Doña Fina —la vecina mencionada en “El Ñoño y el arco iris”— que había observado todo muy de cerca, exclamó alarmada:

—Pero, hombre de Dios, ¿¡no ve que esa niña se va hacer daño con las espinas!?.

Y El Ñoño, sin dejar de bailar a su nieta y sin mirar siquiera a Doña Fina, contestó inmutable:

—Yo ya e lo dije: “Aría Ela, ¡en cuidado, ira e las osas ienen espinas!” (= Yo ya se lo dije: María Nela, ¡ten cuidado, mira que las rosas tienen espinas!”).

[El Paso}– Don Pedro Castillo, hijo ilustre de El Paso / Antero Simón

En un recorte de la revista Canarias Gráfica, no sé de qué fecha, que encontré entre mis papeles, aparece este escrito de don Antero Simón en homenaje a la memoria de Don Pedro Martín Hernández y Castillo. No es raro que conservara yo tal escrito porque don Pedro fue mi tío-abuelo, y don Antero primo tercero mío.

Según información dada por, o validada con, Roberto Pérez Simón —primo hermano de Antero y también primo tercero mío— desde muy joven, Antero asombró al pueblo de El Paso con su avanzada inteligencia.


Antero Simón. Julio/1955

Terminada la primaria en la escuela de don Pedro, hizo el bachillerato con la ayuda y guía de doña Carmenchu, dama varios años mayor que él, nacida en Valcarlos, en el Pirineo Navarro (España), que vino a El Paso como maestra nacional, y aunque su especialidad no era impartir clases de bachillerato, ayudó a Antero en esos estudios, y terminó siendo su esposa y madre de sus hijos.


Carmenchu. Julio/1955

Concluido el bachillerato, Antero pasó luego a la universidad donde estudió Filosofía y Letras, obtuvo el doctorado en esta materia y dictó clases de ella en la misma universidad donde la estudió, en la de San Fernando (La Laguna, Tenerife, Canarias).

Mientras ejercía como profesor de Filosofía y Letras estudió, en la misma universidad, la carrera de Derecho, que pasó luego a ejercer. Por la honestidad y rectitud que siempre mostró en ese ejercicio se ganó en Canarias el epíteto de “El abogado de la honradez”, lo cual es mucho decir para un abogado.

Durante cinco años fue director del Instituto de Cultura Hispánica de la Universidad de Río (Brasil), de la que recibió la distinción de Doctor Honoris Causa.

Hablaba español (su lengua materna), francés, inglés, alemán, italiano y portugués, y fue nombrado Hijo Predilecto de la Ciudad de El Paso.

Al final del mencionado recorte, y bajo el título “Una petición al Ayuntamiento de El Paso”, leo un fragmento en que Canarias Gráfica, basándose en el siguiente escrito de don Antero Simón, solicita que el Ayuntamiento de El Paso dé el nombre de Pedro Martín Hernández a una de las calles del pueblo. No si por ésta u otras peticiones similares, hay en El Paso una calle que recibió, desde hace años, el citado nombre.

Carlos M. Padrón

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A la memoria de mi maestro, don Pedro Martín Hernández y Castillo

Antero Simón


Foto publicada en este artículo de Canarias Gráfica.

No todos los pueblos cuentan, en la galería de sus hijos, con figuras venerables, con nombres casi simbólicos; pero El Paso sí. Los que fuimos niños hace ya cierto tiempo tuvimos la suerte, no ya de tratar sino de salir de las manos de una de esas figuras: Don Pero, cuyo nombre evoco con la emoción y la ternura de quien, bajo su guía, entró a los caminos del conocimiento y de la vida.

Maestro

Cuando aprender era heroico, don Pedro se formó a sí mismo; cuando enseñar no era fácil, don Pedro enseñó y educó a los demás. Su labor tuvo dimensiones excepcionales porque no se ocupó sólo de la formación elemental de sus alumnos sino que fue muchísimo más lejos: a lo artístico, a lo literario, a lo moral.

El Paso tuvo entonces grupos artísticos, actividades literarias, vocaciones y realizaciones que, en época posterior, y con más medios, decayeron o acabaron perdiéndose. Y la preocupación constante de don Pedro fue la formación integral de sus alumnos, el modelado de sus carreras. Por eso, sin duda, nos sentimos con respecto a él discípulos y no alumnos.

Su acción educativa se salió del recinto de la Escuela. Para los demás fue siempre el consejero fiel y honrado, el padre espiritual que jamás dejó de buscar y encontrar, en beneficio de los otros, la solución adecuada para el problema con que la vida nos sorprende cada día.

Todo los de El Paso le estamos en deuda, según pienso. Yo, por lo menos, me reconozco uno de sus deudores.

Patriota

Eminentemente familiar, enamorado de una esposa y de unos hijos no menos ejemplares, don Pedro amó entrañablemente a su patria grande y a su patria chica, a las que cantó, sin regateos, en todo momento y en todo lugar. España y El Paso estuvieron en el centro de sus devociones más íntimas, y siempre presentes en sus clases, en sus charlas, en sus poemas.

Creyente

No es el rasgo menos importante, pues se nos antoja el fundamento y la explicación de los demás. Hombre de fe meridiana y luminosa, su vida fue, en todos los aspectos, la realización viviente de esa fe. Lo cristiano fue carne y sangre de su comportamiento, móvil permanente de su conducta, clave de sus actos y suprema esperanza de su vida. El título (“Todo por Dios”) de su última obra, inédita, es el resumen de una vida que fue, en efecto, toda por Dios y para Dios.

Valgan estas líneas como recuerdo agradecido de quien se honra en proclamarse su discípulo.

***

En el mismo mencionado recorte, y a la derecha de este artículo de don Antero Simón, Canarias Gráfica escribió:

“Reproducimos con gran satisfacción este bello poema, inédito, del ilustre palmero don Pedro Martín Hernández y Castillo, de gran aprecio y valía”.

El Paso

Es centro de La Palma la ubérrima ciudad
de nítidos paisajes, de histórica grandeza,
do encuentran los artistas sublime amenidad,
encantos que difunde la acción de la Belleza.

En él está el vetusto, famoso y milenario,
acaso el más gigante que tienen las Canarias,
que da sombra a los seres que llegan al santuario
a honrar a la Princesa con férvidas plegarias.

“El Pino de la Virgen” lo llaman los mortales
porque él guardó en su trono la imagen de María,
a aquélla a quien los fieles en cánticos triunfales
le dieron nuevo templo, tributo a su valía.

Es pueblo en que se encuentra la célebre Caldera
que admiran los turistas que buscan lo grandioso.
Después de contemplarla pregonan por doquiera
que tienen los pasenses el cráter más famoso.

Es pueblo en que está el monte, lugar de la campaña
en que el Adelantado su empresa consumó
logrando en el combate que fuera para España
la perla del Atlántico que entonces conquistó.

Y desde aquella fecha, La Palma, ya española,
levanta en todas partes el signo de la Cruz,
izando la bandera, de ibérica aureola,
orlada de trofeos, de glorias y de luz.

Mansión de los almendros, ubérrima ciudad
de prados y vergeles, de histórica grandeza:
en ti halla el artista sublime amenidad,
encantos que difunde la acción de la Belleza.

[*ElPaso}– Tres de La Salina

22-03-2007

Carlos M. Padrón

La Salina, vecina y coetánea de mi madre, era famosa en el barrio por su “altruismo”, sus “profundas” reflexiones y la ligereza con que las expresaba.

Contaba mi madre que un día en que varias mujeres estaban reunidas, bordando, en casa de La Salina, cada una sentada en su respectivo taburete, la Salina hizo un mal movimiento y cayó hacia atrás, con tan mala suerte que en la caída abrió las piernas de par en par y, al alzarlas así abiertas, la falda le llegó a la cabeza.

En cuanto pudo recobrar su compostura, y aún en el suelo, exclamó lloriqueando:

—¿Se me vio algo? ¡Ay, Dios mío, y yo que suelo ponerme bragas todos los días, no me las puse hoy!

(Bragas = pantaletas).

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En aquellos tiempos los proveedores de pescado eran unas mujeres, llamadas genéricamente “barqueras” y vecinas de El Puerto (Tazacorte), que si bien a veces llegaban en guagua (bus) a El Paso, otras veces, cargando en su cabeza una cesta llena de pescado, subían caminando desde El Puerto —por lo menos unos 11 k y en pendiente pronunciada— para ver de vender su mercancía en El Paso, lo cual no siempre lograban totalmente. Y en particular no lo lograba una de ellas, llamada Manuela y famosa por sus malas pulgas, a quien apodaron “La guagua de las dos” porque llegaba a El Paso en la guagua de las 2 de la tarde, y a esa hora le era ya difícil vender su pescado porque sus competidoras, Celia y Gabriela, habían llegado antes y cubierto la demanda.

La Salina sabía de estos fracasos de gestión comercial de “La guagua de las dos”, y se apostaba pacientemente en la entrada de su casa esperando que Manuela bajara con mercancía sobrante.

Un día en que se dio esta condición, La Salina le propuso a Manuela canjearle pescado por tunos, fruta ésta que se daba por montones en El Paso pero que para la fecha no se conseguía en Tazacorte.

Como la propuesta, más que leonina, era de uno por uno —o sea, tantos pescados como tunos— “La guaga de las dos” montó en cólera, pero sabiendo que si no transigía tendría que llevarse de regreso su pescado, aceptó, y, para colmo, cuando ya se iba cuesta abajo echando maldiciones, La Salina le gritó:

—Manueeela, ¡no te olvides de traerme mañana las cascaritas, que las quiero pa’l cochino!.

(Las cáscaras de tunos —fotos de ellos aquí—, una vez secadas al sol, eran buen alimento para esos animales).

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Con ocasión de la muerte de un vecino próximo, La Salina se sintió obligada a ir al correspondiente velorio, que tenía lugar en la casa del difunto porque entonces no había funeraria en El Paso. Al llegar al sitio, se sentó junto a María, esposa del difunto, y no sabiendo qué decir para expresar sus condolencias, emitió un profundo suspiro y exclamó:

—Pues sí, María, todos tenemos por qué sufrir: ¡hoy la gallina me movió un huevito!

(Se llamaba “huevo movido” el que, por falta de calcio, tenía la cáscara tan delgada y delicada, casi como papel de fumar, que las más de las veces se rompía cuando se quería recogerlo del nido).

[*FP}– Neblina (7/7): El ‘mea culpa’ de Hyatt

Carlos M. Padrón

El mea culpa de Hyatt

Unas dos semanas después de haber llegado de mi último viaje a Australia recibí de la oficina del CEO de Hyatt, y firmada por él, una carta llena de disculpas pues —decía— había pedido verificación de los hechos por mí descritos y habían resultado ciertos, ante lo cual me rogaba que la próxima vez que yo fuera a USA se lo hiciera saber con la debida anticipación. ¡Eso, exactamente eso, era lo que yo buscaba cuando le envié al CEO mi carta!.

En mayo de 1992, un mes antes de salir en mi asignación para España, decidí, usando mis millas, ir a Palo Alto con mi hija Elena —mi otra hija, Alicia, seguía aún en Palo Alto— y con las que para entonces eran todavía mi mujer y mi suegra. Con la debida anticipación avisé al CEO de Hyatt, y en el Hyatt Rickeys de Palo Alto —el mismo donde me habían enviado cuando no me dejaron quedar en el otro Hyatt de Palo Alto, y que esta vez sí pude examinar en detalle y comprobar que era muy buen hotel— me dio, GRATIS, una suite con dos habitaciones, cuatro camas king, dos baños, salón, dos televisores —uno tamaño “heroico”—, etc.

Una comprobación de que no hay mal que por bien no venga.

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En beneficio de quienes no tuvieron la “dicha” de viajar con Neblina, creo conveniente narrar la anécdota que, en mi opinión, mejor define la forma de actuar de este personaje.

Un día en que, habiéndome ya cambiado de la agencia de Neblina a la manejada por las dos chicas guapas, bajé al sótano a tramitar algo con las tales chicas, encontré que en la agencia de Neblina, que estaba frente por frente a la de las chicas, había un tremendo lío. Un par de IBMistas que habían viajado juntos a no sé dónde le reclamaban de mala manera a Neblina el no haberles hecho reservas de hotel, de carro, de etc., en fin, lo de siempre.

Neblina, sentado tras su escritorio y practicando su tic nervioso de hacer emerger su cabeza y halar hacia arriba las mangas de su camisa, se defendía con los argumentos más peregrinos que uno pudiera imaginar, lo cual exacerbaba más el ánimo de sus víctimas.

Recostado en actitud indolente contra el marco de la puerta de la oficina de Neblina, y con una sonrisa sarcástica dibujada en su rostro, estaba, callado, Julián L., uno de nuestros “filósofos” maestro de la ironía. En todo el tiempo que estuve haciendo mi trámite en la agencia de las dos chicas, el lío aumentó en intensidad —para deleite de éstas—, así que cuando terminé con mi trámite me acerqué a la puerta de la oficina de Neblina, y como nadie, excepto Julián, reparó en mí, a él le pregunté qué pasaba. Con voz bastante alta para que lo escucharan los otros tres, me dijo:

―Lo que pasa es que la gente de esta compañía no entiende a Neblina.

Los dos IBMistas detuvieron en seco sus airadas protestas y, al igual que Neblina, se quedaron mirando asombrados a Julián —persona por demás respetada en IBM—, quien aprovechó el silencio para, dirigiéndose luego a ellos, hacer su exposición.

―Ustedes argumentan que Neblina nunca le haría a Salvador (a la sazón presidente de IBM de Venezuela) las cosas que les ha hecho a ustedes. Pero deben saber que si Salvador le pidiera a Neblina que fuera al CCCT [1] a hacerle una diligencia, para Neblina no tendría eso ningún aliciente si tuviera que ir y venir por la amplia y segura pasarela para peatones. No, para él tendría aliciente si tuviera que pasar entre IBM y el CCCT, ida y vuelta, por sobre un cable tendido entre los dos edificios, sin pértiga, de espaldas, de noche y lloviendo. Cuando ustedes entiendan eso, entenderán por qué Neblina hace lo que hace.

Los dos tipos y yo rompimos en carcajadas, y Neblina se puso rojo como un tomate. Acto seguido, Julián dio media vuelta y, sin decir nada más, se fue.

Efectivamente, lo correcto y predecible no tenían atractivo para Neblina, pero además —y creo que Julián se dejó esto en el tintero—, aparte de la indudable cuota de improvisación, incompetencia y falta de responsabilidad, ciertamente parecía detestar lo sencillo, rutinario y carente de emoción, pero, mucho más aún, lo legal, correcto, diáfano, transparente y a prueba de auditoría. Tanto detestaba todo esto que parecía padecer de algún extraño tipo de sadismo compulsivo que, tal vez por saberse protegido, le llevaba por la ruta de los enredos y tracalerías, para luego disfrutar de los inconvenientes y arrecheras que así causaba en sus víctimas.

Creo que fue en 1992 cuando la agencia que él representaba fue reemplazada por otra, también con dos lindas chicas para gestionarla, y, por fin, Neblina dejó IBM.

Si estoy acertado en mis cálculos de tiempo, fueron 18 años los que disfrutó poniendo a parir a muchos IBMistas que deben guardar de él muy “gratos” recuerdos. A mí —aparte de los recuerdos, igualmente “gratos”, que ya he contado— me dejó la duda, que ya mencioné al principio de esta crónica, de por qué lo mantuvieron tanto tiempo en IBM.

Tal vez algunos IBMista que lean esta crónica y que in illo tempore disfrutaran de las “delicias” de viajar con Neblina se animen a escribir las experiencias que éste les hizo vivir, y si me envían por e-mail tales escritos veré de publicarlos en Padronel como contribución a la difusión de la “magna obra” del inigualable Neblina.

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En 1996, de regreso ya de mi asignación en España y estando yo en la recepción de IBM, entró Tacoa y, muerto de risa, se me acercó y me dijo, como lo ha hecho todas las veces que me ha visto desde diciembre de 1991:

—¡Fray Junípero quiere que vayas a Australia otra vez!.

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[1]: CCCT = Centro Comercial Ciudad Tamanaco, que está justo enfrente al Edf. IBM.

[*ElPaso}– Petronila González Guélmez, mi tía Nila

15-03-2007

Carlos M. Padrón

A pesar del cariño y agradecimiento que le profesé a tía Nila —pues, según me contaron, con el arrojo y decisión que le eran característico me salvó la vida cuando apenas tenía yo 16 meses de edad —, después del panegírico que sigue me pregunto a qué vocabulario habría recurrido don Ismael González si hubiera tenido que escribir uno referido a Leonardo Da Vinci o Miguel Ángel Buonarroti.

Tal vez por eso que tía Nila hizo conmigo; por el cariño que desde entonces me tomó; porque durante mi infancia pasé mucho tiempo en su casa, para llegar a la cual sólo tenía yo que caminar 20 metros desde la mía; porque la escuela a la que primero asistí fue la de mi tío-abuelo Pedro (Tío Pedro, como todos lo llamábamos en casa), también al lado de mi casa; por otros motivos que, dada mi corta edad, escaparon a mi memoria consciente; por el tiempo que pasé con ella y con un ya muy deteriorado tío Pedro, cuando iba yo en verano a presentar en Santa Cruz de Tenerife exámenes de bachillerato y me dejaban quedar allí un mes, en casa de tío Pedro y tía Nila, si los aprobaba.

Tal vez por la gran influencia que por todo eso tuvieron ellos en mi formación, dos esotéricos que de mi vida nada sabían, y que estaban en países diferentes, me dijeron, también en momentos diferentes, que yo tenía unos segundos padres.


Tía Nila, tío Pedro y Carlos M. Padrón. Foto de mi colección tomada frente a la iglesia de San Agustín, en La Laguna (Tenerife), en abril de 1958

Como no creo en casualidades, sólo puedo pensar que se referían a tío Pedro y tía Nila, con quienes mantuve estrecho contacto durante los primeros 22 años de mi vida.

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(Artículo publicado en el Diario de Las Palmas, Canarias, el 25/03/1972)

Ismael González G.

Valores humanos de mi pueblo: Doña Petronila González Guélmez

La personalidad de doña Petronila González Guélmez constituye una institución en su decidida aportación a la influencia vocacional artística —pintura, dibujo, y labores decorativas del hogar—, manifestada con la presencia que su auge esplendoroso tuvo en la juventud del sexo femenino pasense, exactamente en el período de enseñanza de doña Nila, como familiarmente se la llamaba.

Ni antes ni después se ha conseguido en El Paso aunar en la juventud un deseo de expresión artística, tan natural, imaginativo y acentuado como cuando se conjugaba el verbo enseñar en el colego “El Paso”, de don Pedro Martín Hernández y Castillo (don Pedro Castillo) y su señora esposa, doña Petronila González Guélmez (doña Nila). Verbos conjugados, repito, en una extensa gama de actividades ilustrativas.

Importa mucho decir que, para los años de nuestra mujeres de más de 50, no es aventurado pensar que colgado en la sala de un elevadísimo número de hogares del pueblo hubiera un lienzo en óleo, o una cartulina en carbón o acuarela, salido del estudio pictórico, abierto a sus discípulos a quienes doña Nila iniciaba, y supervisaba después, en esa ocupación liberal donde se expresan en colorido las facultades imaginativas o naturales captaciones del artista.


Doña Nila (la cuarta, de izquierda a derecha, de las que aparecen detrás de la mesa) con algunas de sus alumnas,… que no sé quiénes son.
Foto tomada de la portada del programa de la exposición artística hecha en El Paso con motivo de las fiestas de la Virgen de El Pino durante agosto y septiembre de 1997.

La calidad artística de doña Petronila González Guélmez es interesantísima, por compleja, en el desempeño de sus funciones como productora y profesora. Su instrucción autodidacta, que adquirió en su pueblo de El Paso, la lleva a una posición de superior categoría dentro del escaso número de individuos privilegiados en captar, por intuición, los particulares fenómenos naturales, y en plasmarlos fielmente para recreación de los profanos e inspirados en una amplitud de ideas perceptibles en una mente fiebrosa de agitadas convulsiones artísticas, revelarlas, y exteriorizarlas sensiblemente comprensibles a nosotros, los ignorantes.

El que doña Nila fuera una matrona ejemplar como madre —y raíz de una dinastía de artistas sensitivos, principalmente en el campo de la música— no fue en ella óbice para que se entregara, con una dedicación entrañable, al gran influjo de su pasión educativa. En sus manos hacendosas en los quehaceres domésticos, que nunca desdeñó, se operaba un sortilegio enigmático cuando la mente le dictaba ideas que iban tomando formas de flores o paisajes bajo la sabia disposición de rasgos y manchas impregnados en el lienzo por el sutil pincel que producía una pintura grácil, emotiva y sentimental.

Doña Petronila González Guélmez ha dejado en El Paso una honda huella en la incursión de su polifacético quehacer artístico. La profundidad imaginativa en sus creaciones de dibujos, pinturas, bordados en telas, etc., no ha podido ser marginada por este avasallador esnobismo que estamos padeciendo en todos los órdenes comunes a nuestro vivir contemplativo actual.

Tenía doña Nila la peculiar semblanza de una mujer pensadora y observadora que se manifestaba en una mirada fúlgida y relampagueante, humanizada por las múltiples circunstancias a las que se debía en su condición de esposa, madre, y de artista de amplias concepciones para ejecutar y suministrar enseñaza a los demás.

Si los pueblos se deben en cultura a sus hijos preclaros, El Paso es un caso de significativa deuda con doña Nila y don Pedro, su esposo, amantísimos educadores, y ejemplares guías de sus hijos y de los hijos de tantos y tantos padres pasenses.

De doña Petronila dijo su esposo, en un sentimental poema dedicado a ella:

Mujer, por tu pasión
latir siento en mi pecho
en ansias ya desecho
mi ardiente corazón.

Esto nos hace comprender la sólida armonía conyugal existente en dos seres afines, ejemplares, y la apreciación delicada, sentida, que don Pedro, en su calidad de hombre dimensional, remansaba en su corazón, con rescoldo tibio, hacia su esposa. Rescoldo, calor y aliento correlacionados hasta la plenitud en unas facultades exquisitas, por la esposa amante, por la mujer sensitiva y la artista genial que era doña Petronila González Guélmez.

También yo, en mis calenturientos soliloquios, en arrebatos histéricos de un pensar vacilante, he dicho de doña Nila:

¡Qué profunda sensación
de grandeza en la mirada!
¡Qué sublime emanación
de su fértil pensamiento!

¡Qué tangible se nos muestra
sobre su frente nimbada
esa gran clarividencia
de mujer privilegiada!

¡Qué pena sea marginado
su prodigioso talento!

Es nuestro deseo —o mi deseo— que este simple escrito sirva para despertar el letargo operante en alguno de mis documentados paisanos, y éste se apreste a una tarea reivindicadora en méritos a personalidades tan egregias como doña Petronila González Guélmez, una más de los Valores Humanos de mi pueblo.