[*ElPaso}– Valores humanos de mi pueblo: Doña Petronila González Guélmez / Ismael González G.

A pesar del cariño y agradecimiento que le profesé a tía Nila —pues, según me contaron, con el arrojo y decisión que le eran característico me salvó la vida cuando apenas tenía yo 16 meses de edad —, después del panegírico que sigue me pregunto a qué vocabulario habría recurrido don Ismael González si hubiera tenido que escribir uno referido a Leonardo Da Vinci o Miguel Ángel Buonarroti.

Tal vez por eso que tía Nila hizo conmigo; por el cariño que desde entonces me tomó; porque durante mi infancia pasé mucho tiempo en su casa, para llegar a la cual sólo tenía yo que caminar 20 metros desde la mía; porque la escuela a la que primero asistí fue la de tío Pedro, también al lado de mi casa; por otros motivos que, dada mi corta edad, escaparon a mi memoria consciente; por el tiempo que pasé con ella y con un ya muy deteriorado tío Pedro, cuando iba yo en verano a presentar en Santa Cruz de Tenerife exámenes de bachillerato y me dejaban quedar allí un mes, en casa de tío Pedro y tía Nila, si los aprobaba. Tal vez por la gran influencia que por todo eso tuvieron ellos en mi formación, dos esotéricos que de mi vida nada sabían, y que estaban en países diferentes, me dijeron, también en momentos diferentes, que yo tenía unos segundos padres.


Tía Nila, tío Pedro y Carlos Padrón. Foto de mi colección tomada frente a la iglesia de San Agustín, en La Laguna (Tenerife).

Como no creo en casualidades, sólo puedo pensar que se referían a tío Pedro y tía Nila, con quienes mantuve estrecho contacto durante los primeros 22 años de mi vida.

Carlos M. Padrón

***

Ismael González G.
(Artículo publicado en el Diario de Las Palmas, Canarias, el 25/03/1972, con esta foto:

La personalidad de doña Petronila González Guélmez constituye una institución en su decidida aportación a la influencia vocacional artística —pintura, dibujo, y labores decorativas del hogar—, manifestada con la presencia que su auge esplendoroso tuvo en la juventud del sexo femenino pasense, exactamente en el período de enseñanza de doña Nila, como familiarmente se la llamaba.

Ni antes ni después se ha conseguido en El Paso aunar en la juventud un deseo de expresión artística, tan natural, imaginativo y acentuado como cuando se conjugaba el verbo enseñar en el colego “El Paso”, de don Pedro Martín Hernández y Castillo (don Pedro Castillo) y su señora esposa, doña Petronila González Guélmez (doña Nila). Verbos conjugados, repito, en una extensa gama de actividades ilustrativas.

Importa mucho decir que, para los años de nuestra mujeres de más de 50, no es aventurado pensar que colgado en la sala de un elevadísimo número de hogares del pueblo hubiera un lienzo en óleo, o una cartulina en carbón o acuarela, salido del estudio pictórico, abierto a sus discípulos a quienes doña Nila iniciaba, y supervisaba después, en esa ocupación liberal donde se expresan en colorido las facultades imaginativas o naturales captaciones del artista.


Doña Nila (la cuarta, de izquierda a derecha, de las que aparecen detrás de la mesa) con algunas de sus alumnas,… que no sé quiénes son.
Foto tomada de la portada del programa de la exposición artística hecha en El Paso con motivo de las fiestas de la Virgen de El Pino durante agosto y septiembre de 1997.

La calidad artística de doña Petronila González Guélmez es interesantísima, por compleja, en el desempeño de sus funciones como productora y profesora. Su instrucción autodidacta, que adquirió en su pueblo de El Paso, la lleva a una posición de superior categoría dentro del escaso número de individuos privilegiados en captar, por intuición, los particulares fenómenos naturales, y en plasmarlos fielmente para recreación de los profanos e inspirados en una amplitud de ideas perceptibles en una mente fiebrosa de agitadas convulsiones artísticas, revelarlas, y exteriorizarlas sensiblemente comprensibles a nosotros, los ignorantes.

El que doña Nila fuera una matrona ejemplar como madre —y raíz de una dinastía de artistas sensitivos, principalmente en el campo de la música— no fue en ella óbice para que se entregara, con una dedicación entrañable, al gran influjo de su pasión educativa. En sus manos hacendosas en los quehaceres domésticos, que nunca desdeñó, se operaba un sortilegio enigmático cuando la mente le dictaba ideas que iban tomando formas de flores o paisajes bajo la sabia disposición de rasgos y manchas impregnados en el lienzo por el sutil pincel que producía una pintura grácil, emotiva y sentimental.

Doña Petronila González Guélmez ha dejado en El Paso una honda huella en la incursión de su polifacético quehacer artístico. La profundidad imaginativa en sus creaciones de dibujos, pinturas, bordados en telas, etc., no ha podido ser marginada por este avasallador esnobismo que estamos padeciendo en todos los órdenes comunes a nuestro vivir contemplativo actual.

Tenía doña Nila la peculiar semblanza de una mujer pensadora y observadora que se manifestaba en una mirada fúlgida y relampagueante, humanizada por las múltiples circunstancias a las que se debía en su condición de esposa, madre, y de artista de amplias concepciones para ejecutar y suministrar enseñaza a los demás.

Si los pueblos se deben en cultura a sus hijos preclaros, El Paso es un caso de significativa deuda con doña Nila y don Pedro, su esposo, amantísimos educadores, y ejemplares guías de sus hijos y de los hijos de tantos y tantos padres pasenses.

De doña Petronila dijo su esposo, en un sentimental poema dedicado a ella:

Mujer, por tu pasión
latir siento en mi pecho
en ansias ya desecho
mi ardiente corazón.

Esto nos hace comprender la sólida armonía conyugal existente en dos seres afines, ejemplares, y la apreciación delicada, sentida, que don Pedro, en su calidad de hombre dimensional, remansaba en su corazón, con rescoldo tibio, hacia su esposa. Rescoldo, calor y aliento correlacionados hasta la plenitud en unas facultades exquisitas, por la esposa amante, por la mujer sensitiva y la artista genial que era doña Petronila González Guélmez.

También yo, en mis calenturientos soliloquios, en arrebatos histéricos de un pensar vacilante, he dicho de doña Nila:

¡Qué profunda sensación
de grandeza en la mirada!
¡Qué sublime emanación
de su fértil pensamiento!

¡Qué tangible se nos muestra
sobre su frente nimbada
esa gran clarividencia
de mujer privilegiada!

¡Qué pena sea marginado
su prodigioso talento!

Es nuestro deseo —o mi deseo— que este simple escrito sirva para despertar el letargo operante en alguno de mis documentados paisanos, y éste se apreste a una tarea reivindicadora en méritos a personalidades tan egregias como doña Petronila González Guélmez, una más de los Valores Humanos de mi pueblo.

[*Opino}– Los españoles y la bebida

15-03-2007

Carlos M. Padrón

Allá por 1994/95 hubo en la radio española —creo que en “La radio de Julia”— un programa sobre el tema del artículo que copio abajo.

Me resultó tragicómico escuchar que la mayoría de los que llamaron al programa lo hicieron para protestar airadamente contra la aseveración de que bebían en demasía.

A uno en particular, tal vez el más iracundo de todos, que insistía en que él sí tomaba a diario pero sólo lo normal, le pidieron que detallara qué era para él “lo normal”, o sea, lo que tomaba a diario. La respuesta fue de antología:

  • Al levantarse en las mañanas, un carajillo (café con licor)
  • A media mañana, un aperitivo
  • Durante el almuerzo, los obligados vasos de vino
  • A media tarde, un par de cervezas en el bar, con los amigos, y tal vez alguna copa de otra bebida
  • Durante la cena, los obligados vasos de vino
  • Después de la cena, un digestivo
  • Antes de irse a la cama, una copa de un licor cuyo nombre no recuerdo ahora pero que es muy popular en España

O sea, ¡lo normal!

~~~

15.03.07

Los españoles somos unos borrachos… y no es un tópico

El tópico de que los españoles somos adictos a la bebida queda confirmado. Una vez más, nadie nos supera a borrachos. Los datos son abrumadores: uno de cada cuatro españoles bebe a diario, el 91% ha consumido alcohol en el último mes y el 27% se emborracha dos o tres veces por semana.

Además de ser los europeos más aficionados al alcohol, el hábito no para de crecer. Entre 2003 y 2006, según los datos del Eurobarómetro, el consumo de bebidas alcohólicas en España subió un 11%, sólo superado por Austria, con un 13%.

Pero, ¿cada cuánto bebemos? ¿Hasta dónde llega esta ‘tradición etílica’? El 91% de los españoles afirma haber consumido alguna bebida alcohólica en el último mes, mientras que la media europea es del 87%. El 27% de los españoles bebe dos o tres veces por semana. Y lo más llamativo: el 25% lo hace todos los días.

El dato más preocupante es el que demuestra que una gran cantidad de españoles bebe para acabar emborrachándose, sin ningún límite. España cuenta con el mayor porcentaje de población en toda la UE que consume varias veces por semana cinco bebidas alcohólicas en una sola ocasión (28%).

Los hombres son, de lejos, los más bebedores. El 84% de los europeos afirman haber tomado alguna copa en el último año, frente al 68% de las europeas, sobre todo los que tienen entre 25 y 54 años (81%). Y el alcohol llega pisando fuerte a la juventud: el 25% de ellos confiesa tomar entre 3 y 4 bebidas alcohólicas cuando sale.

En cuanto a las medidas a tomar, los españoles se muestran favorables, en su gran mayoría, a prohibir la publicidad de bebidas alcohólicas para los jóvenes (81%), de prohibir la venta a menores de 18 años (92%), y de aumentar los controles en carretera (90%).

Unos datos un tanto hipócritas después de ver el lío que se ha formado con la ley antialcohol patrocinada por la ministra Salgado y retirada de un plumazo por Zapatero.

Fuente

[*FP}– Neblina (6/7): Mi segundo viaje a Australia

Carlos M. Padrón

Mi segundo viaje a Australia

Desde que ya en mi oficina de Caracas me conecté a Office Vision, encontré cantidad de mensajes enviados por los que sí habían asistido a la reunión de Sydney a la que no pude llegar, y todos eran bromas en las que me decían que en realidad yo no había llegado a Sydney porque me había quedado en las playas de Hawai tomando sol, bebiendo agua de coco y bailando hula-hula en compañía de bellas hawaianas, lo cual ellos entendían muy bien, y envidiaban.

Sin embargo —terminaban diciendo—, consideraban que era imperativo que se efectuara una reunión con mi presencia, y decidieron ponerle fecha tan pronto yo tuviera visa para Australia.

MEU se encargó de los trámites con Neblina, y me dieron la visa al cuarto día de mi llegada a Caracas después del frustrado viaje. Mandé a Sydney la buena noticia y mi llegada a Sydney fue fijada para el domingo siguiente.

Esta vez Neblina tuvo listo todo, y “requeteverificado”, en tiempo record. Con AA volé de Caracas a Los Ángeles vía Miami, y con Qantas desde Los Ángeles a Sydney, ida y vuelta. Y debo reconocer, por esos dos vuelos, que Qantas es la mejor línea aérea con la que jamás volé hasta el día de hoy.

Todo, desde el check-in, la sala VIP del aeropuerto, la bienvenida a la entrada del Jumbo 747, la decoración interna del avión, la distribución de los asientos, la atención a bordo, etc., todo fue, en ambos vuelos, de calificación A1, excepto —siempre ha de haber un pero— que en vez de las dos bellas aeromozas que suelen prestar atención a los viajeros de la parte alta, o segundo piso, del Jumbo 747, nos tocó un individuo, un “aeromozo”, sólo uno, que a todas luces era gay, de la variedad exhibicionista, y en todo —gestos, habla, andar, etc.— hacía alarde de serlo. Según la placa en su uniforme se llamaba Louis, nombre que él pronunciaba como Louise (= Luisa).

No sé si porque el 90% de los que íbamos en el segundo piso del avión éramos hombres, Louis se desvivía por atendernos a todos, pero con una abnegación tal que resultaba agobiante.

A poco de despegar el avión nos hizo la acostumbrada demostración de seguridad, pero adornada con unos gestos tan de gay que opté por ponerme a mirar por la ventanilla. Ya en altura de crucero, ofreció a cada pasajero, con reverencias y alguna que otra zalamería, la carta de bebidas.

Terminada esta tarea, sirvió en un santiamén todas las bebidas, y luego no paró de caminar de un extremo a otro de esa cubierta, con una botella en cada mano, rellenando las copas de los pasajeros apenas veía que sólo les quedaba un dedo de licor. Y mientras estuvo allí no dejó de caminar un solo instante. Era tal su actividad física que mantuvo siempre la frente perlada de sudor.

Los botones para pedir servicio eran en ese vuelo meros objetos decorativos, pues Louis nos hacía un barrido visual a todos cada dos o tres segundos, y cuando un pasajero alzaba su mano para oprimir el tal botón, el aeromozo estaba a su lado antes que la mano del pasajero llegara a destino.

Al momento de servir la comida —previa presentación recitada del menú, seguida de las consiguientes recomendaciones, por supuesto— la colocación del mantelito, cubiertos, vasos, etc. habría causado la envidia de la más delicada fémina. Acto seguido, Louis se dedicó a intentar colocarle un babero a cada pasajero. Y digo “intentar” porque muchos, como yo, lo rechazaron, pero a quienes lo aceptaron se los colocó con un estilo de desmedido esmero, en una especie de ceremonia de movimientos bien calculados, y se los ató con un nudo en la nuca.

Si se trataba de un hombre cuyo cabello fuera un tanto abundante cerca del cuello, Louis asumía que en la tarea de amarrar el babero había desordenado ese cabello, y luego de que con un precioso lazo culminaba el amarre, deslizaba sus dedos a modo de peine entre el cabello del pasajero para ver de ponerlo en el lugar del que, en mi opinión, nunca había salido.

Y durante la comida, vuelta a las interminables caminatas, de un extremo a otro, con botellas en ambas manos para rellenar vasos y copas.

Luego de los postres, el café, y el mismo interés en rellenar las tazas.

Antes de la hora de dormir, el aeromozo, llevando en la mano una bolsa grande, fue sacando de ella y regalando a cada pasajero un estuche —el mejor de éstos que he visto— con artículos que pudieran ser útiles a bordo, como cepillo y pasta de dientes, tapones para los oídos, tapaojos, etc. Si el pasajero era un hombre, Louis le regalaba un estuche que en su exterior tenía impresa la palabra HIS (= de él); y si era una fémina, uno con la palabra HER (= de ella).

Y cuando ya algunos pasajeros echaron hacia atrás sus asientos, se cubrieron con una manta y se dispusieron a dormir, mi preocupación aumentó considerablemente de nivel porque Louis, que no dejaba de caminar de un extremo a otro, apenas veía que alguna de las mantas se desplazaba un milímetro hacia un lado, dejando al descubierto algo del cuerpo del pasajero con ella arropado, iba corriendo, y con un cuidado exquisito y una mirada que presagiaba no menos de un besito de buenas noches, colocaba la manta en su sitio de forma que arropara debidamente al durmiente.

Ante esto opté por decirle —mostrándole el somnífero que siempre tomaba en los vuelos largos— que yo, además de dificultad para dormir, tenía un sueño tan ligero que se interrumpía hasta por el vuelo de una mosca, y luego ya no podía retomarlo, por lo cual le agradecía que, no importanso cómo estuvieran mi manta o mi cuerpo, no hiciera nada en mis alrededores si yo estaba durmiendo. Después de lamentar mis problemas de sueño, me prometió que cumpliría al pie de la letra mis instrucciones.

Apenas llegó la hora del desayuno, se ocupó de hacer el ruido suficiente para despertar a los pocos pasajeros que aún dormían, y de nuevo volvió a lucirse con su abnegado servicio.

Cuando por fin llegamos a Sydney, Louis, parado frente a la puerta y listo para salir, nos dio las gracias a todos por haberle permitido servirnos, y nos hizo una reverencia al más puro estilo oriental, con las manos en posición de plegaria y demás yerbas. Algunos pasajeros no pudieron menos que dedicarle un aplauso y comentar en voz alta que nunca habían sido tan bien atendidos a bordo de un avión, todo lo cual debe haber transportado a nuestro aeromozo a las mismas puertas del Cielo.

***

La reunión, que duró dos días y medio, tuvo lugar en Sydney y en Melbourne, y desde el Centro de Finanzas de IBM-Sydney salí directamente para el aeropuerto a tomar mi vuelo de regreso que, como ya dije, sería también con Qantas.

Cuando después de disfrutar de las atenciones del salón VIP subí por fin a bordo a buscar mi asiento en la parte alta del Jumbo 747, me quedé de una pieza al comprobar que allí estaba de nuevo el inefable Louis y, cabía suponer, dispuesto a repetir sus abnegadas faenas. Aparte de murmurar para mis adentros una maldición no pude hacer otra cosa, salvo rogar que no se propasara ni que se “partiera” más que en el vuelo de venida.

Pero todo iba igual que en ese vuelo de venida, salvo los cambios por la diferencia de horas. Sin embargo, mi asombro llegó al máximo cuando al momento de regalar el estuche del HIS y el HER, Louis, llevando en una mano la bolsa con esos estuches, se detuvo a mi lado y, con una sonrisa que se me antojó pícara, me preguntó:

—¿Es usted casado?

Mi intención fue alzarme y contestarle algo feo, pero el cinturón de seguridad, que llevo puesto siempre que yo esté en mi asiento, me impidió levantarme. Tal vez por el gesto que hice, el aeromozo cayó en cuenta de que no me había gustado la pregunta, y de inmediato añadió:

—Lo siento, es que quisiera saber si usted tiene hijos.

De forma bastante brusca le respondí:

Yes, I’m married and I have two daughters. So what? (Sí, estoy casado y tengo dos hijas. ¿Y qué?)

La respuesta, acompañada de voz y ademanes muy afectados, no me hizo caer porque ya estaba yo sentado:

—Es que en el vuelo anterior yo le regalé un estuche HIS, y no quisiera regalarle ahora otro HIS a menos que usted tenga un hijo varón, así que le daré un HER, si a usted no le importa.

Más por molesto que por otra cosa, le dije:

—Sí que me importa, pues ya le dije que tengo DOS hijas, no una.

—Oh, señor, ¡no hay problema!.

Y sin más me regaló dos estuches HER.

Después de eso —me dije—, de este tipo puede esperarse cualquier cosa.

A las 7:54am el vuelo aterrizó en Papeete, la capital de Tahití, en la Polinesia Francesa, para una escala de una hora durante la que no se nos permitió bajar del avión.

Pasados unos 20 minutos entró en la parte alta del Jumbo un individuo —luego supimos que era francés— de unos 40 y tantos años y con pinta de hippie, que por el nauseabundo olor que despedía debe haber visto agua por última vez el día que lo bautizaron, si es que fue bautizado. Para ese momento, Louis estaba, de espaldas, en el extremo contrario al de la entrada al área, y cuando los pasajeros nos percatamos de aquel terrible “aroma” y de que tendríamos que soportarlo por todo el tiempo desde Papeete a Los Ángeles, al unísono volvimos nuestros ojos hacia Louis, a quien en ese preciso momento le había alcanzado el tsunami nacido del francés y, alarmado, se dio vuelta con cara de asco.

Viendo que el causante de algo tan desagradable e insoportable era el francés recién llegado, Louis salió casi en carrera hacia las escaleras, mientras con disimulo pasaba por sus fosas nasales los dedos índice y pulgar de su mano derecha, y a los pocos minutos regresó en compañía de un oficial quien habló en voz baja con el francés y se lo llevó. A dónde, no lo sé, pues no volví a verlo. Tal vez lo sentó en la parte trasera del avión, en la zona de turística que todavía entonces se reservaba para fumadores y donde el aire acondicionado drenaba con más fuerza —sobre todo en ese vuelo, que venía con pocos pasajeros—, o lo mandó a las bodegas o lo dejó en tierra. El caso es que nos libramos de él y que, apenas el oficial se lo llevó, Louis se armó de dos potes grandes de desodorante ambiental y, enarbolando uno en cada mano, contoneándose recorrió como tres veces todo el área, de un extremo al otro, mientras no paraba de exclamar horrorizado, con voz de plañidera: “Oh, my God, what a stench!” (¡Oh, Dios mío, qué olorcito!”) y, casi con lágrimas en los ojos, no sé si de rabia o de vergüenza, nos pedía disculpas a todos.

A las 6:48pm (18:48) aterrizamos en Los Ángeles y Louis volvió a repetir su ceremonia de despedida y, para mí sorpresa, volvió a cosechar aplausos.

Desde Los Ángeles volé a San Francisco y aproveché para pasar unos días con mi hija Alicia y su esposo. Luego, sin mayores problemas, volé de regreso a Venezuela vía Miami.

[*ElPaso}– El humo inicial del volcán

Carlos M. Padrón

En el El vocán Cumbre Vieja: trágico pero espectacular escribí,

… y sobre las montañas conocidas como Cumbre Vieja se veía una columna de humo negro que se proyectaba hacia el cielo, y tan densa que no parecía moverse.

Pues bien, en esta foto

puede verse una columna igual a ésa que mencioné. No me refiero a la blanca —que supongo que es vapor del agua del mar— sino a la muy oscura y llena de volutas, que se ve entre las dos palmeras. Así, aunque tal vez más oscura, era la columna del humo inicial del Volcán Cumbre Vieja.

[*Opino}– «Bulling»… van mejorando

Están mejorando en España con la “castización” de términos de la lengua inglesa. Véase este titular que aparece en La Vanguardia (España) del 06/03/2007:

La madre de un niño que supuestamente sufrió bulling le cambia de colegio…

No sé por qué sospecho que si en España no fueran tan populares las corridas de toros, habrían traducido ese “bulling” como “toring” —aunque no tienen relación alguna—, del mismo modo que inventaron “puenting” y otras más.

En este caso, al menos respetaron la versión inglesa pero, eso sí, escribiéndola a su manera y, por tanto, mal, pues la forma correcta es “bullying”, derivado de “bully” que tiene, entre otros significados, el de “ser cruel con una persona más débil que uno”, y que se usa cuando un niño maltrata a otro, bien físicamente, humillándolo frente a los demás niños, quitándole el dinero o sus cosas personales, amenazándolo, obligándolo a hacer cosas que él no quiere, etc.

Carlos M. Padrón

[*FP}– Neblina (5/7): Mi segundo viaje a “Australia” (Cont.)

Carlos M. Padrón

Mi segundo viaje a “Australia” (Cont.)

Pasadas las 11 de la noche me despedí de mis hijas y me fui al Hyatt Palo Alto, y apenas acercarme a él me extrañó no ver ningún carro en el estacionamiento, que era el área alrededor del edificio. Mi extrañeza llegó a límites preocupantes cuando en la entrada del estacionamiento encontré una cadena que me impedía el paso. Toqué corneta (claxon) varias veces, y al rato vino hasta mí un individuo con uniforme de guardia de seguridad y cara de pocos amigos —valga la redundancia— que, de forma bastante brusca, me preguntó qué quería:

—Quiero entrar en mi habitación.

—Imposible. El hotel está cerrado.

—¿Qué quiere decir con que está cerrado?.

—Que fue clausurado hoy al mediodía.

—¿¡Como que clausurado!? ¿Y dónde está mi equipaje?.

—No hay equipajes en el hotel. Todos los huéspedes salieron esta mañana llevándose sus equipajes, y el hotel fue clausurado.

—Pues lo siento, pero esta mañana dejé mi equipaje en este hotel y lo necesito ya. Necesito entrar.

—No puede entrar. El hotel ha sido clausurado.

Tal vez porque ambos fuimos alzando progresivamente la voz, de pronto salió del hotel y vino hacia nosotros un individuo que dijo ser el gerente de Hyatt a cargo de la tal clausura, y preguntó qué pasaba. Cuando le repetí lo que ya le había dicho al guardia, el gerente, en tono más amable, me dijo que yo estaba equivocado porque, insistió, el hotel había sido totalmente vaciado, y los pocos huéspedes que quedaban habían retirado sus equipajes y entregado las llaves esa mañana al momento de irse.

Ante esto saqué de mi bolsillo la llave de mi habitación y balanceándola frente a su cara le pregunté:

—¡Conque todas las llaves fueron entregadas, ¿eh?!.

Poniendo expresión de asombro, el gerente, con un rápido gesto de su mano quiso arrebatarme la llave, pero yo, que me temía algo así, fui más rápido y la guardé de nuevo en mi bolsillo. La cara que luego puso aquel hombre me dijo que había caído en cuenta de que tenía problemas, y, de ser esto cierto, su próxima pregunta, inspirada seguramente en su fracaso por hacerse con mi llave, los aumentó:

—Bien, si es cierto lo que usted dice, ¿por qué no me lleva a ver su supuesta habitación?.

Follow me! (¡Sígame!)—, fue mi respuesta inmediata.

Se me hizo claro que el tipo supuso que yo NO era huésped del hotel y que, por tanto, no sabría llegar sin titubeos hasta mi habitación, pero, pasando por encima de la cadena, me fui directamente hasta la recepción, seguido de cerca por el gerente y el guardia, bajé una escalera hasta el nivel inmediato inferior, y eché a caminar muy deprisa por el largo pasillo, cuidando de usar sólo el rabillo del ojo para leer los números de las habitaciones por las que íbamos pasando. Y al llegar frente a la 124, que era la mía, sin titubeo alguno introduje la llave en la cerradura, abrí de par en par la puerta y, desde afuera, señalé hacia la cama, claramente visible desde el pasillo, y volviéndome hacia el gerente le dije:

—Eso que está sobre la cama es parte de mi ropa. Y aquella maleta de color negro, cuya combinación puedo darle si usted quiere, es mi maleta.

Incrédulo, el guardia, que estaba detrás del gerente, se adelantó dos pasos, miró hacia el interior de la habitación y, al comprobar que dentro estaba lo que yo había mencionado, dio media vuelta y se alejó casi corriendo; había presentido problemas y no quería participar más de aquel lío. El gerente, por su parte, se puso rígido como una estatua; enrojeció primero y después palideció. Luego, tartamudeando, sin atreverse a mirarme de frente y frotándose nerviosamente las manos, balbuceó:

—Pero, ¡esto no puede ser! ¡A mí se me dijo que el hotel había quedado vacío! ¡Que a todos los huéspedes se les había informado, al momento del chek-in, sobre la fecha y o hora límites!.

—Pues a mí nadie me dijo nada y, como usted ha comprobado, el hotel ni está vació ni acepto que esté clausurado para mí, pues tengo que dormir unas horas porque debo volar mañana temprano.

—Pero, señor, usted no entiende: el hotel está legalmente clausurado, y legalmente no puedo permitir que nadie duerma aquí.

“Legalmente”, tal vez la palabra más manoseada en USA, me dio una idea, y echando mano de mi carnet de empelado IBM, que en aquellos tiempos obraba milagros en casi todas las áreas sociales de ese país, se lo puse al gerente frente a su cara mientras le decía que el hotel por él representado en el trance que nos ocupaba podría tener otros problemas legales diferentes a los por él mencionados. Por poco se desmaya, y casi en tono de súplica me pidió:

—Por favor, señor, recoja usted su equipaje mientras yo voy a recepción a tratar de conseguirle hotel para que duerma esta noche. Cuando esté listo, llámeme para que le ayudemos a llevar su equipaje hasta su carro.

—Está bien, pero tenga en cuenta que no aceptaré ni un hotel de menor nivel que éste, ni un pago mayor al que habría tenido que hacer aquí—, fue mi respuesta.

—Veré qué puedo hacer—, me dijo y se fue casi en carrera.

Cuando terminé con mi equipaje, lo llevé yo mismo —botones y camareros no son especies de mi devoción—, aunque al final tuve que aceptar que me lo llevaran hasta el carro porque, legalmente —eso me dijeron—, no podían sacar la cadena para que yo pudiera llegar con el carro hasta la puerta del hotel.

Al pasar por la recepción, el gerente me dio, escrita y sellada, una orden para el Hotel Hyatt Rickeys, y las instrucciones para llegar a él.

Creo que ambos, gerente y guardia, respiraron aliviados cuando, pasadas las 12 de la noche, me fui en busca del nuevo hotel,… y por el camino iba yo tramando ya cómo obtendría provecho de aquel desagradable inconveniente hotelero.

Apenas llegar al Hyatt Rickeys —muchísimo mejor que el Hyatt Palo Alto— me apresuré a meterme en la cama para ver de dormir algo, pero no sin antes pedir que me despertaran a las 4:15am; así lo hicieron. Antes de dejar mi habitación tomé la revista promocional de la cadena Hyatt, pues contenía datos clave para mi plan de sacar provecho del problema con el Hyatt Palo Alto.

A las 6:00am, después de haber devuelto en Hertz del aeropuerto de San Francisco mi carro alquilado, hice check-in en AA, y a las 7:50am estaba ya volando camino a Miami, y luego desde Miami a Maiquetía, a donde llegué a las 8:00pm (20:00).

Durante ese largo vuelo, además de dormir varias horas escribí dos documentos: 1) un memorando interno presentando a IBM mi queja por la negligencia de Neblina y los gastos por él causados; y 2), tomando datos de la revista promocional de la cadena Hyatt, una carta dirigida al CEO (Presidente Ejecutivo de la Junta Directiva) de esa cadena hotelera presentándole mi queja por lo ocurrido en el Hyatt Palo Alto.

Cuando al día siguiente llegué a mi oficina en Caracas, le pedí a mi secretaria que procediera a mecanografiar ambos documentos mientras yo fotocopiaba todos los recaudos que adjuntaría a ellos como respaldo.

Una vez que el memorando interno estuvo listo, engrapé a él los correspondientes recaudos, metí todo en una carpeta que solía yo llevar a las reuniones, y me fui a la oficina de Francisco L., gerente encargado de lidiar con proveedores. Le conté lo ocurrido y le dije que yo no aceptaría que al IICF se le cargaran los gastos de ese viaje que, por culpa de Neblina, había resultado frustrado.

Le brillaron los ojos, esbozó una sonrisa muy maliciosa, y me pidió que le pasara un memorando explicando con lujo de detalles todo lo ocurrido y adjuntando los comprobantes de los gastos ocasionados por el viaje en cuestión.

Cuando terminó de formular esta petición, abrí mi carpeta y saqué el abultado expediente, de memorando más recaudos, que deposité frente a un sorprendido Francisco L. Él tomó el legajo y a medida que avanzaba en su lectura iba invadiendo su rostro una sonrisa como la del infante al que le confirman por escrito que el Niño Jesús sí le va a traer por fin el regalo tan ansiado y esperado. Cuando terminó la lectura del memorando y echó una ojeado a los recaudos, la expresión era de total felicidad, y casi con alborozo me dijo:

—¡Es todo lo que necesito! Gracias. Te mantendré informado.

Incorporándome para irme, y ya camino a la puerta de su oficina, le dije que esperaba que esa información me llegara en breve y fuera portadora de buenas noticias.

Un par de días después recibí copia de un memorando de Francisco L. dirigido a la gerencia de la agencia de viajes representada por Neblina —con copia a la dirección de Finanzas de IBM, a la de Servicios Generales, etc.— en el que, en todo muy duro, Francisco L. denunciaba la irresponsabilidad y falta de profesionalismo del Sr. Neblina, pedía reembolso de más de US$5.000 por los gastos en que yo incurrí porque Neblina no había obtenido para mí la visa para Australia, y advertía que, de darse otro caso más de ese tipo, como ya se habían dado varios, IBM “revisaría seriamente” el contrato con esa agencia de viajes.

A poco, todos en IBM sabían de mi frustrado viaje a Australia, de la jalada de orejas que le habían echado a Neblina, etc. El inefable Tacoa se presentó feliz en mi oficina y me dijo: “¡Qué vaina tan buena le echaste a Fray Junípero! Si al tipo lo pinchan no le sale sangre. Carga una arrechera negra de verdad”.

Cuando me tocó viajar de nuevo, le pedí a MEU que me tramitara todo con Neblina. Me miró asombrada, pero le ratifiqué la petición: ¡con Neblina!.

Cuando uno de los analistas que trabajaba conmigo se enteró de esta decisión mía vino a preguntarme cómo se me ocurría volver a viajar con Neblina después de lo que me había hecho. Mi respuesta fue que ahora era cuando Neblina iba a esmerarse conmigo y a manejar mis viajes, reservas y demás, como Dios manda, y mejor que cualquiera otra agencia de viajes.

Y así fue, Neblina nunca más me hizo víctima de sus habituales trastadas, y aunque tampoco me miraba con agrado, seguí viajando con él por un tiempo hasta que, en la dirección de la otra agencia de viajes a la que IBM de Venezuela había dado cabida en el local que estaba frente a la de Neblina, pusieron a dos lindas muchachas que, además de buenas profesionales, estaban de muy buen ver. Ante esto, dejé de lado a Neblina y me fui con las muchachas.

***

Cuando mi secretaria hubo mecanografiado mi carta de queja al CEO de Hyatt, le adjunté todos los recaudos que creí oportunos y la envié por correo certificado.

[*Opino}– Origen de las palabras: Madrid y madrileño

Carlos M. Padrón

Y dale con la dificultad de pronunciar palabras que nada tienen de enrevesadas!

¿Por qué ‘madrideño’ es de pronunciación imposible? ¿Qué tiene de arduo pronunciar ‘cafecito’?.

¿Por qué es difícil de pronunciar la terminación ‘id’ y no lo es la ‘ed’ (usted, merced, etc.), o la ‘ad’ (verdad, gustad, etc.)? ¿Por qué, entonces, no suprimen la desinencia de la terminación verbal asociada a la forma imperativa plural de segunda persona de TODOS los verbos (comed, partid, cantad, etc.)? ¿De dónde sale entonces que es atípica la terminación en ‘d’?

Como resultado del tiempo que viví en Madrid llegué a creer que los peninsulares españoles en general padecen de pereza fonética, y detalles como los de este artículo y otros del mismo corte me ratifican en esa creencia. O tal vez la explicación sea que en pronunciar esas ásperas ‘z’ (p.ej., corazón) y ‘c’ suave (p.ej., asociación) gastan tanta energía que no les queda para más.

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Amando de Miguel

Elena Alises me transmite su preocupación: «Llevo unos días dando vueltas al origen del nombre de ‘Madrid’, con la ‘d’ terminal atípica en español, y el adjetivo madrileño en vez de ‘madrideño’. ¡Si encontrara algún hueco para contárnoslo!».

¿Cómo no? Son muchos los que se han sentido intrigados con ese raro nombre de Madrid. Verdaderamente, hay pocas voces españolas terminadas en ‘id’. Algunas se relacionan con la guerra: adalid, ardid, Cid, lid.

Hay varias versiones sobre el origen de Madrid. Jaime Oliver Asín lo funda en la voz latinizada ‘matrice’ (= matriz, arroyo, fuente). De ahí pasó a ‘Matrit’, ‘Matriy’ o ‘Majerit’, pronunciado al modo arábigo.

Ramón Menéndez Pidal opina que el origen es céltico: ‘Magerito’, de ‘mago’ (= grande) y ‘ritu’ (= vado, puente).

Manuel Gómez Moreno sostiene que el nombre proviene de una mezcla de una voz púnica ‘magalia’ y del latino ‘maxeria’ (= choza). En casi todos los casos los nombres originales aluden a corrientes de agua, algo que se reproduce en otros muchos topónimos de ciudades. Sólo que las corrientes de agua que están en la base del nombre de Madrid no se refieren tanto a las del Manzanares como a las subálveas. En efecto, la ciudad de Madrid siempre tuvo muchos pozos y fuentes, circunstancia que, paradójicamente, retrasó mucho la traída de aguas desde la Sierra por medio de un canal. Es el famoso Canal de Isabel II, todavía en uso, sólo que muy ampliado. La abundancia de aguas subterráneas se explica por las abundantes lluvias de la zona serrana y el carácter poroso del terreno. Por eso el Manzanares es tan poco caudaloso. Respecto al gentilicio ‘madrileño’, es claro que se trata de facilitar la pronunciación del imposible ‘madrideño’. La derivación de madrileño’ me recuerda el diminutivo castizo de ‘cafelito’. Sería muy arduo decir ‘cafeíto’, ‘cafito’ o ‘cafecito’.

Si se me permite echar mi cuarto a espadas sobre el origen del nombre de ‘Madrid’, sospecho que proviene de la raíz ‘magh’, que en sánscrito y algunos idiomas europeos da poder. De ahí, por ejemplo, ‘madre’, ‘mago’ y ‘magia’, comunes a varias lenguas europeas. Es fácil ver en los símbolos madrileños elementos mágicos. «La villa de las siete estrellas» fue llamada Madrid, por las siete estrellas de la Osa Menor. La Osa y no el oso del madroño.

El madroño es un árbol mágico, puesto que sus extrañas bayas son alucinógenas. Podríamos imaginar que en la Silla de Felipe II, en la Almudena y en el Cerro de Los Ángeles se situaron sendos lugares de culto precristiano. Es fácil suponer que los druidas de esos primitivos templos utilizaban las bayas del madroño como estupefaciente ritual. Lo de la Osa Menor pudo venir de que en el Madrid musulmán funcionó una escuela de Astronomía. Con el tiempo, la metáfora de las «siete estrellas» adquirió otra significación: una estrella con siete puntas sobre el plano de las carreteras que confluyen en la puerta del Sol: las seis carreteras nacionales más la de Toledo.

También se pensó que las siete estrellas son las siete colinas sobre las que se asienta el plano del Madrid medieval. Se ha dicho lo mismo de Roma o de Lisboa. Lo más asombroso de Madrid es que no sea ciudad sino villa, y que hasta hace poco no haya tenido catedral. Es más, la mezquita se inauguró antes que la catedral. En fin, «Madrid, castillo famoso»; eso es lo que es.

LD.

[*Opino}– ¿Obra de arte? Según visitantes de ARCO, sí

Carlos M. Padrón

En un programa de la radio española titulado algo así como “Cincuenta ideas para un nuevo milenio” alguien dijo algo lapidario, o sea que debería esculpirse en una lápida a ser obligatoriamente instalada a la entrada de todos los museos: “El arte que necesite explicación no es arte”.

Pero claro, ¿dónde quedarían entonces Picasso y muchos otros que hicieron o hacen cuadros que uno no pondría en su casa aunque le pagaran por ello?

Y de las artes, es tal vez la pintura la que mejor encaja esa sabia sentencia, pues hay unos cuadros que simplemente o dan ganas de reír o ganas de romperlos para que no afeen el lugar donde están u ofendan el buen gusto de cualquier observador sensato. Pero claro, si algunos críticos dicen que son obras maestras, no faltarán quienes, con mentalidad de rebaño, digan ‘amén’ y formen legión de apoyo al autor del cuadro.

El vídeo que encontrarán en este link es una verdadera joya.

http://www.youtube.com/watch?v=Pj4MVtoNWZc

Tal vez no sea cierto que una persona pudo entrar en ARCO (feria del ARte COntemporáneo, la principal exposición artística que se celebra en España), montar un cuadro una vez adentro, y colgarlo en el área de exposición, y tal vez quienes expresan luego opinión acerca de él no sean reputados críticos, pero sí creo que es cierto que forman parte del público que compra pinturas porque creen que éstas valen el dinero que pagan por ellas.

¿Idiotas? ¿vanidosos? ¿jactanciosos? ¿engreídos? Ustedes opinen. Yo sigo creyendo que el arte que necesita explicación no es arte, y el cuadro protagonista de este vídeo —y muchos miles más de otros cuadros, esculturas, composiciones “musicales”, etc.— no valen, por más que lo expliquen, ni el soporte material usado para realizarlos.

[*ElPaso}– Gallito

01-03-2007

Carlos M. Padrón

Emigró a Cuba, como hicieron casi todos los muchachos del pueblo, a la edad de 18 años, regresó a El Paso a los 23, y vivió por más de 100 años.

Era un campesino al 100% que se dedicó siempre a las labores del campo (labranza, siembra, siega, trilla, cosecha, tala y acarreo de troncos, etc.) y a sus cabras, vacas, caballos, mulas, cochinos, yuntas de bueyes y perros de caza, pues era un gran aficionado a la caza de conejos usando perros y hurones.

En las tardes se reunía con sus amigos, muchos de ellos también cazadores, en uno de los bares del pueblo, y entre vaso y vaso de vino se echaban cuentos que, al igual que se dice que hacen los pescadores, estaban plagados de exageraciones.

Por ejemplo, uno contaba que había ido a cazar con su perro, a un área distante varios kilómetros de su casa, y para que el perro no se enredara en algún arbusto cuando fuera corriendo tras un conejo, le sacó el collar que, por descuido, dejó olvidado en el lugar. Al llegar de vuelta en la noche a la casa cayó en cuenta del olvido, le ordenó al perro que fuera a buscar el collar, y el perro, sin más, entendió la orden, fue y regresó con el collar en su hocico.

A una exageración como ésta contestaba otro contertulio con una igual o mayor, hasta que uno de ellos concluyó diciendo:

—Es que hay perros que soy más inteligentes que sus amos.

Y, de inmediato, Gallito respondió:

—¡El mío es uno de ésos!.

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Allá por los años 50 se inició el juego de la quiniela, que consistía en tratar de acertar el resultado de unos 14 partidos de fútbol. Frente al nombre de los equipos que disputarían cada uno de ellos había que marcar un ‘1’ si el apostador creía que ese partido lo ganaría el equipo anfitrión; un ‘2’ si creía que lo ganaría el visitante; y una ‘X’ si creía que terminaría en empate. Y Gallito se aficionó al juego de las quinielas.

Una de sus vacas lecheras tenía malas pulgas, y un día, mientras Gallito la ordeñaba, la vaca le soltó una patada. Gallito se alzó del pequeño banco que usaba para sentarse a ordeñar, y soltándole a la vaca una patada en la parte baja de la barriga exclamó:

—¡Equis!

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Los cochinos, que entonces se criaban y engordaban con las sobras de la comida de sus dueños, a la que se añadía gofio de chochos, eran usualmente sacrificados sobre el mes de noviembre en una especie de ceremonia llamada “la matazón del cochino” de fulanito.

A ella asistían familiares y vecinos, pues la tarea era larga y había que realizarla en un solo día. Se iniciaba antes de despuntar el alba, cuando las mujeres ponían agua a hervir para con ella lavar y cepillar la piel del cochino, una vez muerto éste, hasta despojarla de toda la porquería acumulada en ella durante un año. Luego se le daba muerte al cochino, para lo cual se usaba generalmente o bien un fuerte golpe en la cabeza dado con la parte gruesa de la hoja de un hacha, o bien una certera puñalada directamente al corazón. Mi tío-abuelo Juan Sosa era un experto en esta modalidad de la puñalada, y tenía merecida fama de conseguir que el cochino cayera muerto sin emitir sonido alguno.

Los cochinos que, para mantener lejos los malos olores, usualmente se criaban en un lugar bastante apartado de la casa, se alteraban al ver que de pronto había muchas personas junto a su corral, así que el día de la matazón de un cochino de Gallito, éste entró al corral para matarlo, pero el cochino consiguió llegar a la puerta de salida antes de que Gallito acertara a cerrarla completamente y pretendió escapar por ella. Gallito alcanzó a sujetarlo por los cuartos traseros, y eso dio comienzo a un forcejeo entre Gallito, que quería meter de nuevo al cochino en el corral, y el cochino que quería escapar de él.

Unas veces Gallito conseguía meter hacia el corral parte del cuerpo del cochino, y luego era el cochino el que conseguía sacar del corral parte de su cuerpo. En ese vaivén estaban cuando Gallito exclamó:

—Tú serás más cochino que yo, ¡pero más animal, no!.

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P.D.: Mi madre y Gallito habían sido vecinos durante su infancia y primera juventud, y un verano de mediados de los 90, viudos ya ambos desde muchos años atrás, mi madre, para entonces de unos 85 años, estando de vacaciones a El Paso pasó frente al bar usualmente frecuentado por Gallito, éste la piropeó, en voz alta y ante público, y mi madre, que creía que la viudez es para todo el resto de la vida y que el mundo entero tenía que respetar esta crrencia suya, se sintió tan ofendida que, de vuelta en Caracas, por varios años comentaba a cada rato el incidente y montaba en cólera.

Un día, y ya que el médico decía que su cardiólogo dijo que mantenerla motivada, se me ocurrió decirle que Gallito, en vista de que ella lo había rechazado, estaba de novio con Eva, una prima hermana de mi madre. Esto bastó y sobró para que montara todo un drama exclamando a cada rato cómo era posible que su prima Eva, viuda también desde hacía años, se hubiera enamorado de Gallito, que qué clase de venda le habían puesto en los ojos a su querida prima, que cómo estarían de disgustados los hijos de Eva, etc.

Así que, para poner broche de oro al episodio, un día escribí una carta en la que, supuestamente, el hijo de Eva se desahoga conmigo contándome lo que sufría con la relación amorosa entre su madre y Gallito, las cosas de pichones enamorados que se hacían uno a otro, y los quebraderos de cabeza que daban a todos.

Un sábado le dije a mi madre que había recibido esa carta pero que había olvidado llevarla para leérsela, lo cual la dejó en ascuas y bien alerta durante toda la semana. El próximo sábado llevé la carta, se la leí,… y por poco morimos todos de risa ante los aspavientos y comentarios que mi madre hizo,… y siguió haciendo por meses.