[*Opino}– Y seguimos con lo del acento del adverbio ‘sólo’

04.05.2007

Amando de Miguel

Uno de los pasatiempos favoritos de los libertarios es protestar apasionadamente por mi incorporación a la hueste de escritores que eliminan la tilde de solo (adverbio). Mª Carmen Gisbert redarguye que, por la misma razón, habría que eliminar la B, la V (a elegir) o la H.

No es lo mismo. La eliminación de la tilde en «solo» obedece a mantener la norma general de que las palabras graves terminadas en vocal no se acentúan. Prescindir de las haches, sustituir la V por la B o la K por la C en el sonido correspondiente son reformas tan utópicas como confusas y baldías.

Entiendo que se pueda confundir «solo» cuando es adverbio o cuando es adjetivo, pero la lengua está llena de ese tipo de confusiones y nadie se echa para atrás. Pretender un idioma sin algún tipo de vacilaciones es tarea vana. Así que no me bacilen más, queridos libertarios.

Incluyo en el apóstrofe a José Mª Navia-Osorio, quien, después de un largo requilorio gramatical, concluye: «Bueno, lo dicho: solo, adjetivo, no lleva tilde y sólo, adverbio, sí lo lleva. A cabezón no se me gana fácilmente». Don José María, tiene usted perdida la batalla, aunque solo sea una escaramuza en esta guerra incruenta en la que me siento bastante solo.

Otro libertario contumaz, Carlos M. Padrón, remacha que seguirá poniendo un acento en el adverbio sólo. El argumento es moral: «Lo considero un deber para el lector y un acto de respeto hacia mí mismo». Por ese camino llegaremos a la inmolación ortográfica.

Miguel A. Centenero Gallego hace un alegato más convincente. “Mi opción de aplicar la norma general de acentuación a la voz solo debería extenderse a la eliminación de otros acentos inútiles, como en mi, se o tu”.

No lo había pensado, pero es posible que a la larga también haya que eliminar esas tildes un tanto protésicas. Lo verán mis biznietos, si es que para entonces existe la ortografía.

***

Carlos M. Padrón

Gran verdad eso de que “si es que para entonces existe la ortografía”. Por ese camino de facilismo que se pretende tomar, seguro que desaparecerá.

Y la opinión que acerca del acento en el adverbio ‘sólo’ le hice llegar a don Amando tiene consideraciones y argumentos de más peso que el único que él reprodujo en el comentario precedente. Aquí va, completo, el email que le envié:

From: Carlos M. Padrón [mailto:madgri@padronel.net]

Sent: Tuesday, April 10, 2007 11:24 PM
To: Amando de Miguel
Subject: Mario González vuelve a la carga con lo de solo….

Creo que quienquiera que escriba para que otro lea tiene el deber de evitarle al lector dudas o confusiones, o sea, de expresarse en la forma menos equívoca posible.

Está claro que si le pongo acento al adverbio ‘sólo’ no crearé duda, pero si no lo acentúo sí. Por tanto, podrán decir lo que quieran —hasta por enésima vez—, pero yo, por respeto a quien lea lo que escribo, seguiré acentuándolo, como acentuaré también ‘éste’, ‘ése’, ‘aquél’ y sus femeninos y plurales siempre que sean pronombres. Y lo hago, repito, porque lo considero un deber para el lector y acto de respeto hacia mí mismo.

La única ventaja que tiene el “prescindir de la tilde en todas las ocasiones donde aparezca la voz ‘solo’» —como ha escrito usted—, en los pronombres arriba mencionados y en otros casos en que la tilde contribuye a eliminar la duda, es la de la comodidad que brinda la vía del menor esfuerzo, que, además de crear dudas, se traducirá en un incremento de la ignorancia gramatical y del deterioro de nuestro idioma escrito.

Supongo que el Sr. Manuel González estará de acuerdo conmigo en esto.

LD

[*ElPaso}– Crónica de una boda

01-05-2007

Carlos M. Padrón

Aclaratoria previa y necesaria.

Hurgando entre mis papeles he dado con un escrito, titulado “Crónica de una boda”, que escribí yo mismo un febrero 28 de mediados de los 50. No recuerdo el año, pero me inclino por 1956 porque, que yo recuerde, febrero de 1957 fue el último febrero que pasé en El Paso, y es muy poco probable que en febrero de 1957 escribiera yo “Crónica de una boda”, que lo escribí para enviárselo a mi tío Pedro (Pedro Martín Hernández y Castillo), quien desde 1949 vivía con su esposa e hijas en Santa Cruz de Tenerife, y gustaba de estar al día con lo acaecido en su querido El Paso, del que conocía a todos los habitantes, y por ello entendería muy bien lo que el artículo menciona —antecedentes, hechos, personajes y lugares—, y sabría completar lo que acera de esto omite. Pero como ése no es ahora el caso, pues ha pasado mucho tiempo y no todos los que lo lean son de mi pueblo, o si lo son nada saben de esto, se hace necesaria una breve explicación.

A mediados de los años 50 había en El Paso una dama cincuentona, o tal vez de más edad, a quien llamaré Rosalba, que desde años había sido dada por solterona sin esperanzas. Pero de América llegó un “indiano”, un señor sesentón, o tal vez de más edad, a quien llamaré Julio, que se había casado ya dos veces y era dos veces viudo. Y, para sorpresa de todos y deleite de algunos, Julio le propuso matrimonio a Rosalba.

Rosalba —que, por supuesto, aceptó— entró en un estado de entusiasmo más propio de adolescente que de dama otoñal, y no paraba de hablar de su vestido de novia, y de cómo iban los arreglos de su nido de amor, nombre con el que se refería a la casa en la que se desposarían y en la que, a decir de Rosalba, vivirían muy felices. Y en medio de la constante excitación de los preparativos, no perdía ocasión de decir “¡Yo soy muy feliz con Julio!”. Y con tal hacer y decir sólo alimentaba el malsano interés y los comentarios de burla.

Lamentablemente —al menos así lo veo hoy, tal vez porque estoy muy cerca de los setenta—, esto despertó el morbo de mucha gente del pueblo que se prometió no perderse por nada el acto de la unión religiosa de Rosalba y Julio, considerados demasiado viejos para andar en eso porque en aquella época, y yo diría que en aquel pueblo, alguien con más de 50 años era considerado viejo y lucía como tal. Y tanto fue el interés manifiesto en sarcásticos chismorreos y comentarios de todo tipo y a toda hora, que los novios y la familia de Rosalba decidieron no decir cuándo se celebraría la boda y, además, y con complicidad del cura párroco, celebrarla a puertas cerradas para privar a esa gente de la oportunidad de satisfacer su morbo.

Y así lo hicieron, dando lugar a los hechos que relato en mi mencionado artículo, y que presencié personalmente porque, haciendo memoria con mi hermana mayor, ese 28 de febrero había ido yo a Santa Cruz de La Palma en el coche de Emilio Carballo o en el de Melo Ramón, que eran los “taxis” que para entonces había en el pueblo para el servicio, a unos siete pasajeros por vez, de un viaje de ida y vuelta a La Palma, como se le llamaba familiarmente a la capital de la isla. El coche salía de El Paso a golpe de 6 de la mañana, desde frente al Bar Central, y hacía una parada obligada en Fuencaliente, mitad del trayecto, bien para que chofer y pasajeros desayunaran o comieran almendrados.

Para el regreso a El Paso el punto de reunión solía ser el bar del pasense, y lejano pariente mío, Melo Padrón, en la Avenida Marítima. Y la salida no era tan a hora fija porque dependía de cuándo terminara sus diligencia el más rezagado de los pasajeros. Ese 28 de febrero alguno las terminó tarde y llegamos a El Paso casi a las 10 de la noche.

Cuando camino a mi casa vi tanta gente reunida frente a la Iglesia Nueva, a la altura del para entonces recién bautizado Bar Casablanca —pero conocido desde años antes como Café de Bellido—, me acerqué hasta allí, averigüé el motivo de tan extemporánea y concurrida reunión, y me quedé con todos a ver qué ocurriría.

Aquí va, trascrito textualmente, el artículo en cuestión, tal y como lo escribí cuando tenía yo 16 años, o sea, hace más de medio siglo —Santo Dios, ¡más de cincuenta años! ¡Ni yo mismo me lo creo!— y lo pasé a letra de molde en, seguramente, la desvencijada máquina de mi tío Daniel Padrón.

Si lo escribiera hoy, por lo menos la redacción y detalles serían otros, pero al trascribirlo aquí no quiero alterarlo más allá del cambio de los nombres de los protagonistas.

***

CRÓNICA DE UNA BODA

El día 28 de febrero de los corrientes contrajo matrimonio Rosalba Dorta.

Una heterogénea multitud se “golió”, no se sabe por dónde, la celebración del acto, y esperó impertérrita a la puerta de la iglesia a pesar de que permanecía cerrada ya que el párroco, una vez celebrada la primera y única boda “oficial” del día, trancó y se fue. Pero la gente no se dejó convencer por este simulacro de prematuro sueño, y continuó esperando.

Por fin, a las once en punto de la noche los vigías apostados en la esquina del Bar Casablanca dieron la voz de alerta: un coche acaba de salir del domicilio de la víctima. En un alarde de puntualidad, llegaron al mismo tiempo a la escalinata de la iglesia el coche y el cura.

El primero paró, y con un grácil saltito, propio de una exótica sirena, descendió de él la radiante y satisfecha persona de la novia. Avanzó la comitiva por la izquierda, según se entra, y, al pasar por la puerta lateral, abrió el párroco una hendija, pero el nupcial cortejo, seguido de cerca por una masa ansiosa de gentes, demostró escaso interés por las puertas laterales y avanzó decididamente hacia la principal.

Como solícito y fiel lacayo volvió el señor cura a repetir la maniobra de la puerta y, como temeroso de que se colase algún espíritu de infelicidad, abrió sólo lo necesario para que entrasen las parejas, y fue tal su apresuramiento por cerrar que por poco deja afuera a un sujeto del acompañamiento cuya esposa había ya penetrado en el templo.

Pero he aquí que aquella gente que había esperado más de una hora para presenciar el famoso enlace entre Julio III y Rosalba I, al ver cómo le han dado con la puerta en las narices estalla en una salva de rugidos, chillidos, silbidos, y gritos, no muy correcta, pero sí altamente significativa. Aquellos pacientes espectadores se retiraron sintiendo tan ofendidos sus sentidos de la investigación y la espera que, rápidamente, planearon la terrible venganza.

Salen los esposos por el lado opuesto al que han entrado y, a su paso, se nota una atmósfera de risa contenida. No bien han vuelto la espalda al citado bar, cuando desgarra el silencio de la noche un sobrehumano estornudo que tiene la virtud de romper la contención de la risa. Carcajadas a granel.

Suben los desposados al coche y, en el momento de partir, se deja oír la melodiosa sinfonía de un abollado orinal que baja rodando por la cuesta en pos del coche. Nuevas y estruendosas carcajadas.

El automóvil portador de tan amorosa carga parte como una exhalación y se detiene en la casa de la enamorada esposa. Se bebe, se come y, a la hora de partir para el “nido de amor”, como ella lo llama, se vuelve a escuchar el musical sonido del orinal, pero acompañado esta vez por el no menos musical de un cascabel de cabra que, junto con su cantante compañero, habían sido previamente atados al parachoques trasero del automóvil.

Como broche de oro, el muy elocuente discurso que, ante los asombrados “¡Hijita!” del señor alcalde, pronunció la exaltada madre de la esposa, acusando a nuestro pueblo de un terrible déficit en la educación de sus hijos.

[El Paso}– Ismael González, Hijo Predilecto de El Paso / Wifredo Ramos

Ismael González es el autor de tres escritos publicados en este blog, a saber:
«Valores humanos de mi pueblo: Don Pedro Martín Hernández y Castillo», «Valores humanos de mi pueblo: Doña Petronila González Guélmez», y
«La eficacia del «Colegio El Paso«»

Entre los recortes de prensa que guardo encontré el artículo que sigue, escrito por Wifredo Ramos con motivo de la muerte de Ismael González. Ese recorte de prensa trae la foto de don Ismael, pero se ve tan mal que no intento siquiera escanearla. Es una lástima, porque me gustaría presentar aquí una foto suya.

También entre los papeles que guardo encontré copia de un soneto de don Ismael en el que, en el tono jocoso muy común en su poesía, hace alusión a su muerte. Dice así:

Finiquitatis, mea culpa est

Estoy tan deteriorado
que no consigo un remiendo,
y creo que voy muriendo
de frente, de atrás y lado.

Mi futuro está morado.
Un tono que ya estoy viendo
turbio, y que me está oliendo
un poco a cuerno quemado.

Tal sintomatología
por la ley de biología
indica que, la partida

será hacia un mundo ignoto,
a caballo, a pie o en moto,…
o en caja en tabla podrida..

El soneto tiene fecha de 1986.

Carlos M. Padrón

***

Wifredo Ramos
(Artículo publicado en el diario El Día, de Tenerife, el 10/12/1988)

Llegó la hora y la noticia de su adiós. Cuando acontece el óbito, es ocasión para la meditación y el recuerdo. Quienes tuvimos la oportunidad de conversar con él amistosamente, recibiendo además palabras elogiosas, nos sentimos impulsados a manifestar algún sentimiento de afecto y gratitud.

Mis primeros recuerdos están envueltos en una aureola popular, a través de algunos relatos de mi padre y de otros paisanos. Rasgos de originalidad destacada para su época y entorno, observador profundo, inconformista con afán constante de superación, tuvo el mérito de haber sido un entusiasta autodidacta, cursando sus “estudios” en la denominada «Universidad de la vida».

Más tarde conocimos sus inquietudes literarias en prosa o verso, su cariño al terruño pasense y canario, y a la tierra venezolana que le acogió durante varios años; sus etapas de residencia en Caracas, Las Palmas, Santa Cruz de La Palma, Los Llanos de Aridane, y El Paso, fueron acumulando pensamientos en manuscritos, o deletreado en la máquina de escribir.

Dotado de gran sensibilidad, captó, con su retina ávida, panorámicas, personajes, costumbrismos, reseñas históricas, impresiones, etc., del variado escenario cultural, descubriendo, apreciando y difundiendo valores y aspectos en un trabajo generoso de cronista voluntario.

¡Cuántas páginas escribió de nuestro pueblo natal desde cualquier lugar en que se encontrara! Y cuántas habrá dejado encarpetadas. Fue colaborador de varios periódicos, con diversas publicaciones. «El Paso (de los almendros floridos)», en el Diario de Avisos; «En la Cumbre», desde Las Palmas:… “Quiero sentir la caricia / del aire en resina ahumado / de orégano embalsamado / y del tomillo en albricia; «Valores humanos de mi pueblo»: Don Pedro Martín Hernández y Castillo, en la revista Canarias Gráfica; «El Cojo de las Lirias», en El Día. «Tanausú», etc.

Otros escritos —desde Santa Mónica, en Venezuela—, su recuerdo a «El Paso, en su trayectoria municipal» —anticipo al 150 aniversario—, sus deseos de noticias, sus coplas con música de Cumbre Nueva, sus muestras de humor, y sus asiduas visitas a exposiciones, que analizaba haciendo comentarios de reflexión y mensaje, patentizan su talante.

Poco tiempo después de recibir el pergamino de su nombramiento de Hijo Predilecto de El Paso, nos lo mostró complacido prodigándose en expresiones de gratitud y modestia. Y aquí hemos de comunicar que albergó la ilusión de ver publicado algún libro con escritos suyos. Ojalá alguien haga el esfuerzo, la selección y la publicación, porque con ello se contribuye a la difusión de la cultura popular de nuestra tierra, y a que se cumpla un deseo noble y soñado que la muerte postergó.

La última vez que estuvimos cerca de él fue en el festival para la elección de la romera mayor de las fiestas de la Virgen del Pino, donde escuchamos con atención sus poemas, recitados por Antonio Abdo, en el espectáculo “Arte, Folklore y Belleza”, a cielo abierto y en feliz apoteosis.

Él no pudo subir al escenario porque un hado misterioso ya le estaba elevando a otros horizontes y acercándole a las estrellas,… que titilaban en el espacio cósmico, en sus ojos y en su corazón.

[*Drog}– Es cierto: se muere de amor

O de apego o dependencia, variantes del drogamor que a veces la gente confunde con amor.

Conocí a una pareja, a quienes llamaré Juan y Juana, que tenían dos hijos y formaban entre los cuatro una aparentemente bien llevada familia. Juan era un hombre trabajador, un padre dedicado,… y un esposo pusilánime que sólo veía por los ojos de Juana. Él no tomaba decisiones propias, pues tras todas sus acciones o inacciones estaba la voluntad de Juana. Sus conversaciones estaban plagadas de menciones a Juana y de expresiones de admiración hacia ella,…. que nunca escuché que Juana tuviera hacia él.

Un día, a Juana —mujer que rebozaba autosuficiencia porque se sabía dueña y señora— le diagnosticaron un cáncer que ya había hecho metástasis. Creo que ese mismo día enfermó también Juan, quien entró en agonía a medida que la gravedad de Juana aumentaba. Y cuando Juana murió, él, sin importarle mucho que sus hijos necesitaban a su padre, dijo que quería morir también, y lo logró unos tres meses después. Una sombra.

¿Murió de amor? Yo no diría eso; yo diría que murió porque él era una sombra de Juana, porque una sombra no puede existir sin el cuerpo que la proyecta, y, por tanto, al faltarle Juana, la vida de Juan perdió todo valor y sentido. Y eso se llama dependencia, no amor.

Me llamó mucho la atención, y hasta me dolió, que la muerte de Juana fue muy lamentada por el círculo social en que ella y Juan se movían, sobre todo por las mujeres de ese círculo, quienes, supongo, admiraban a Juana, no sin cierta envidia, por el control que tenía sobre su marido, control que ya quisieran ellas tener sobre los suyos. Pero la muerte de Juan podría decirse que “pasó por debajo de la mesa” y fue vista por todos los de ese círculo, mujeres y hombres, no sin un cierto tinte de desprecio, sentimiento que se ganan los pusilánimes.

Lo sé porque por años me tocó gerenciar a varios de ellos, y mi conclusión es que tratar con un pusilánime es como caminar en un campo minado, pues además de que pueden “explotar” en el momento menos esperado, uno tiene la sensación de que son sólo una pantalla tras la cual está su mujer; que son como muñeco de ventrílocuo, y que mejor que buscar de un pusilánime un compromiso o una respuesta fiable, sería buscarlos de su mujer, pues aunque él dé hoy su palabra y bajo ella se comprometa a algo, en la noche consultará con su mujer, y sólo cumplirá su compromiso si ella le autoriza a hacerlo. Si no, a la mañana siguiente aparecerá “con su cara lavada” y dirá algo así como “ Laurita no está de acuerdo…..” como si el contrato de trabajo bajo el que él está se hubiera hecho con Laurita.

¿Es esto amor? No lo creo, pero sí creo que si Laurita muere antes que su marido, éste corra la suerte de Juan.

Carlos M. Padrón

***

23 de abril de 2007

El corazón destrozado por la pérdida de la persona amada podría ser algo más que una metáfora, y conducir a la muerte, según investigadores de la Universidad de Glasgow, Escocia.

El estudio se basó en la evolución de unos cuatro mil matrimonios de entre 45 y 64 años de edad entre la década del ’70 y 2004.

«Hemos comprobado que el duelo tiene un impacto en los riesgos de mortalidad de los viudos, que se suman a los factores individuales», comentó la jefa del equipo, la doctora Carole Heart.

Entre los casos más famosos, se encuentra el del matrimonio que constituyeron los cantantes y compositores de música country y rock, Johnny Cash y June Carter Cash. En mayo de 2003, June falleció a los 73 años luego de ser sometida a una intervención quirúrgica. Sólo cuatro meses después, Johnny, de 71 años no pudo sobrevivir a las complicaciones que se presentaron en su diabetes.

La situación es particularmente crítica en los primeros seis meses luego de la desaparición del cónyuge, dice el estudio que publica esta semana la revista especializada Journal of Epidemiology and Community Health.

En ese período se puede producir la muerte del viudo por diferentes causas, mientras que en los cinco años subsiguientes existe un alto índice de posibilidad de desarrollar desórdenes cardíacos.

Según Cathy Ross, de la Fundación de Cardiología Británica, una de las razones por las cuales se da este fenómeno es que la gente que pierde a sus parejas a menudo adquiere malos hábitos.

«Algunos comienzan a fumar más, otra gente bebe más y por lo general tienden a alimentarse mal», dijo la experta para quien la cuestión radica en cómo se lleva el duelo más que el dolor de la pérdida en sí mismo.

BBC

[*Opino}– ¿Existe el mal?

Carlos M. Padrón

La argumentación de esta supuesta gran lección —que en realidad es una hisotieta inventada por alguna Iglesia de USA— se basa en conceptos que tienen una clara contraparte: frío vs. calor, luz vs. oscuridad, etc. Pero el mundo no es así, tan binario, y uno bien podría preguntar si existen las nubes, los árboles, etc. Esto cae en la por mí llamada «filosofía de Selecciones» que he criticado otras veces.

Pero la cosa es peor, pues ocurre que sí existe el mal, y no como ausencia de bien sino como mal per se. Hay excelentes libros dedicados a este tema. Les recomiendo el de M. Scott Peck, un psiquiatra que trató a pacientes que, simplemente, encarnaban el mal.

***

El profesor universitario retó a sus alumnos con esta pregunta:

—¿Dios hizo todo lo que existe?

Un estudiante contestó valiente:

—¡Si, lo hizo!

—¿Dios hizo todo, caballero?

—Sí, señor—, respondió el joven.

El profesor contestó:

—Si Dios hizo todo, entonces Dios hizo al mal, pues el mal existe, y bajo el precepto de que nuestras obras son un reflejo de nosotros mismos, entonces Dios es malo.

El estudiante se queda callado ante tal respuesta y el profesor, feliz, se jactaba de haber probado una vez más que la fe cristiana era un mito. Otro estudiante levantó su mano y dijo:

—¿Puedo hacer una pregunta, profesor?

—Por supuesto—, respondió el profesor.

—Profesor, ¿existe el frío?

—¿Qué pregunta es ésa? Por supuesto que existe, ¿acaso usted no ha tenido frío?

El muchacho respondió:

—De hecho, señor, el frío no existe. Según las leyes de la Física, lo que consideramos frío, en realidad es ausencia de calor. Todo cuerpo u objeto es susceptible de estudio cuando tiene o transmite energía, el calor es lo que hace que dicho cuerpo tenga o transmita energía. El cero absoluto es la ausencia total y absoluta de calor, todos los cuerpos se vuelven inertes, incapaces de reaccionar, pero el frío no existe. Hemos creado ese término para describir cómo nos sentimos si no tenemos calor. Y, ¿existe la oscuridad?—, continuó el estudiante.

El profesor respondió:

—Por supuesto

El estudiante contestó:

—Nuevamente se equivoca, señor, la oscuridad tampoco existe.La oscuridad es en realidad ausencia de luz. La luz se puede estudiar, la oscuridad no, incluso existe el prisma de Nichols para descomponer la luz blanca en los varios colores de que está compuesta, con sus diferentes longitudes de onda. La oscuridad no. Un simple rayo de luz rasga las tinieblas e ilumina la superficie donde termina el haz de luz. ¿Cómo puede saber cuán oscuro esta un espacio determinado? Con base en la cantidad de luz presente en ese espacio, ¿no es así? Oscuridad es un término que el hombre ha desarrollado para describir lo que sucede cuando no hay luz presente.

Finalmente, el joven preguntó al profesor:

—Señor, ¿existe el mal?

El profesor respondió:

—Por supuesto que existe, como lo mencioné al principio, vemos violaciones, crímenes y violencia en todo el mundo, esas cosas son del mal.

A esto, el estudiante respondió:

—El mal no existe, señor, o al menos no existe por sí mismo. El mal es simplemente la ausencia de Dios, es, al igual que los casos anteriores, un término que el hombre ha creado para describir esa ausencia de Dios. Dios no creó al mal. No es como la fe o el amor, que existen como existe el calor y la luz. El mal es el resultado de que la humanidad no tenga a Dios presente en sus corazones. Es como resulta el frío cuando no hay calor, o la oscuridad cuando no hay luz.

Entonces el profesor se quedó callado.

¿Existe el mal?

Carlos M. Padrón

La argumentación de esta supuesta gran lección —que en realidad es una hisotieta inventada por alguna Iglesia de USA— se basa en conceptos que tienen una clara contraparte: frío vs calor, luz vs oscuridad, etc. Pero el mundo no es así, tan binario, y uno bien podría preguntar si existen las nubes, los árboles, etc. Esto cae en la por mí llamada «filosofía de Selecciones» que he criticado otras veces.

Pero la cosa es peor, pues ocurre que sí existe el mal, y no como ausencia de bien sino como mal per se. Hay excelentes libros dedicados a este tema. Les recomiendo el de M. Scott Peck, un psiquiatra que trató a pacientes que, simplemente, encarnaban el mal.

***

El profesor universitario retó a sus alumnos con esta pregunta:

—¿Dios hizo todo lo que existe?

Un estudiante contestó valiente:

—¡Si, lo hizo!

—¿Dios hizo todo, caballero?

—Sí, señor—, respondió el joven.

El profesor contestó:

—Si Dios hizo todo, entonces Dios hizo al mal, pues el mal existe, y bajo el precepto de que nuestras obras son un reflejo de nosotros mismos, entonces Dios es malo.

El estudiante se queda callado ante tal respuesta y el profesor, feliz, se jactaba de haber probado una vez más que la fe cristiana era un mito. Otro estudiante levantó su mano y dijo:

—¿Puedo hacer una pregunta, profesor?

—Por supuesto—, respondió el profesor.

—Profesor, ¿existe el frío?

—¿Qué pregunta es ésa? Por supuesto que existe, ¿acaso usted no ha tenido frío?

El muchacho respondió:

—De hecho, señor, el frío no existe. Según las leyes de la Física, lo que consideramos frío, en realidad es ausencia de calor. Todo cuerpo u objeto es susceptible de estudio cuando tiene o transmite energía, el calor es lo que hace que dicho cuerpo tenga o transmita energía. El cero absoluto es la ausencia total y absoluta de calor, todos los cuerpos se vuelven inertes, incapaces de reaccionar, pero el frío no existe. Hemos creado ese término para describir cómo nos sentimos si no tenemos calor. Y, ¿existe la oscuridad?—, continuó el estudiante.

El profesor respondió:

—Por supuesto

El estudiante contestó:

—Nuevamente se equivoca, señor, la oscuridad tampoco existe.La oscuridad es en realidad ausencia de luz. La luz se puede estudiar, la oscuridad no, incluso existe el prisma de Nichols para descomponer la luz blanca en los varios colores de que está compuesta, con sus diferentes longitudes de onda. La oscuridad no. Un simple rayo de luz rasga las tinieblas e ilumina la superficie donde termina el haz de luz. ¿Cómo puede saber cuán oscuro esta un espacio determinado? Con base en la cantidad de luz presente en ese espacio, ¿no es así? Oscuridad es un término que el hombre ha desarrollado para describir lo que sucede cuando no hay luz presente.

Finalmente, el joven preguntó al profesor:

—Señor, ¿existe el mal?

El profesor respondió:

—Por supuesto que existe, como lo mencioné al principio, vemos violaciones, crímenes y violencia en todo el mundo, esas cosas son del mal.

A esto, el estudiante respondió:

—El mal no existe, señor, o al menos no existe por sí mismo. El mal es simplemente la ausencia de Dios, es, al igual que los casos anteriores, un término que el hombre ha creado para describir esa ausencia de Dios. Dios no creó al mal. No es como la fe o el amor, que existen como existe el calor y la luz. El mal es el resultado de que la humanidad no tenga a Dios presente en sus corazones. Es como resulta el frío cuando no hay calor, o la oscuridad cuando no hay luz.

Entonces el profesor se quedó callado.

[El Paso}– La eficacia del «Colegio El Paso» / Ismael González

Ismael González
Artículo publicado en el periódico El Día (Canarias), el 19 de agosto de 1987.

En el periódico Diario de Las Palmas, el viernes 24 de marzo de 1972 iniciamos una serie de publicaciones bajo el título “Valores humanos de mi pueblo”. La introducción a tal serie estuvo a cargo de mi dilecto amigo, maestro de EGB y periodista, José Manuel Balbuena Castellano.

Se da la circunstancia de que el primer personaje —a quien seguirían otros más— fue don Pedro Martín Hernández y Castillo.

Al siguiente día, el 25 de marzo de 1972, en el mismo periódico fue publicado otro escrito concerniente a doña Petronila (Nila) González Guélmez, esposa de don Pedro.

Ambos, don Pedro y doña Nila, así conocidos popular y cariñosamente, fueron inseparables educadores que rindieron jugosos frutos a la culturización en diferentes fases educacionales pero convergentes en un determinado punto de positiva enseñanza, tal como la música, el dibujo, la pintura, las Letras, las Matemáticas, y el cuidado de la inteligencia en general.

Al llegar a nuestra manos las dos fotografías que ilustran este artículo [1], no hemos podido resistir la tentación de volver sobre nuestros pasos de recordación, y sobre la temática que, en su día, nos impulsó a hablar de estos personajes: dos entrañables paisanos que dieron por entero su vocación a la docencia, a “desasnar” y culturizar a una gran parte de nuestro coterráneos pasenses.

He de decir que no fui alumno de don Pedro, aunque sí lo fue mi esposa, que figura en primera fila, a la izquierda, de la fotografía de hembras, “forrada” de negro desde el gorro hasta los zapatos; tenía para entonces 10 años de edad.

Pero sí fui uno de los integrantes de la banda de música que dirigía don Pedro, quien, pacientemente, iba formando elementos entre la juventud masculina para que, en cierta medida, “aquello sonara” aceptablemente. Se esforzaba en hacernos “entrar en camino” con el instrumento y con la verdad de la composición.

Yo tocaba clarinete, y ¡hay que ver los apuros de don Pedro para “meterme en cintura”! Parte de la pieza la tocaba yo de oído por no saber solfear lo escrito. ¡Cuantas veces el bueno de don Pedro se acercó a mí para decirme: «Ismael, cabeza de alcornoque, silencia ese pasaje si no eres capaz de sacarle la pureza de la música que contiene»!. Y así perseveraba don Pedro en uno y otro ensayo, y con uno y otro mal aficionado, para conjuntar la coordinación de lo que él deseaba, lo que debía ser.

Don Pedro Castillo —popularmente así conocido— no solamente era músico: era escritor, poeta, orador, maestro de insospechadas dotes para la enseñanza, y para meter en la “cabeza de alcornoque” de sus discípulos —con el correspondiente coscorrón a los muchachos— la luz del conocimiento, que él, vocacionalmente, deseaba hacer brillar por el saber de hombre estudioso que generosamente transmitía, con una voluntad sin límites puesta al servicio de sus alumnos.

Afortunadamente, hace ya algún tiempo que en nuestro pueblo existe una calle céntrica que lleva el nombre de Don Pedro Martín Hernández y Castillo, nombre que don Pedro se ganó con merecidos méritos.

Pero nuestra reseña estaría incompleta si no nos ocupáramos sucintamente de la personalidad de doña Petronila (Nila), aunque ya dijimos que al matrimonio Martín-González nos habíamos referido separadamente en anterior ocasión, en la serie “Valores humanos de mi pueblo”, en la que hablamos de doña Nila con el subtítulo “Semblanza de una mujer ejemplar”, pues, en efecto, así fue doña Nila, una mujer ejemplar, es decir, una institución por su aportación y dedicación a la enseñanza —en particular de dibujo, pintura, labores manuales, bordado e instrucción en general—, hacia las jóvenes pasenses.

Nos atrevimos a decir entonces, al referirnos a doña Nila, que “Ni antes ni después se ha conseguido en El Paso aunar en la juventud un deseo de expresión artística, tan natural, imaginativo y acentuado”.

La calidad artística de doña Petronila González Guélmez es interesantísima. Su cultura autodidacta —como la de don Pedro— fue extraordinaria. Era como una hemorragia que fluía y se desbordaba de su mente, y se materializaba en la sutileza del pincel, en los bordados en tela, y, en general, en la profundidad creativa de las imágenes. Recordamos muy bien a doña Nila manifestándose en la mirada relampagueante, escudriñadora y humanizada a la vez.

En las fotografía que ilustran este escrito podemos observar el sistema pedagógico que usaban don Pedro y doña Nila, con esas excursiones que solían hacer en determinadas fechas, principalmente a las poblaciones del Valle de Aridane —realmente, sólo a Los Llanos, ya que para entonces no se había segregado Tazacorte—, excursiones con las que pretendían que sus alumnos tuvieran acceso a una visión del mundo exterior fuera de lo circunscrito a la monotonía de la asistencia periódica al colegio.

La fecha en que fueron tomadas las fotografías de que hablamos corresponde al año 1925 y, en esa mirada retrospectiva, podemos considerar retazos de la historia y de las vivencias existentes, donde, desde las féminas más pequeñas hasta las de mayor edad, se ven ataviadas con el imprescindible tocado y el vestido, acordes con las exigencias de la moda imperante.

Si los pueblos deben su cultura a los maestros que cultivan la inteligencia de las consiguientes alternativas generacionales de personas, El Paso tiene una deuda de gratitud con este matrimonio ejemplar, el formado por don Pedro Martín Hernández y Castillo, y doña Petronila González Guélmez, pues ellos pusieron todo el bagaje de su saber a la orden de quienes quisieron servirse de sus enseñanzas.

Valgan, pues, estos rasgos recordatorios como sentido homenaje de este periodista hacia aquellos nobles paisanos que dejaron honda huella, de indudable buen hacer, en la cultura de nuestro pueblo de El Paso.

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[1] NotaCMP.- Estas fotos aparecen en el recorte de prensa que llegó a mi poder y desde el que copié el texto del artículo precedente, pero, precisamente por eso, porque están impresas en un viejo recorte de prensa, las fotos son de mala calidad. Esto no obstante, las reproduje arriba, pero de mi colección van aquí también otras dos sobre el mismo tema y que tienen mejor resolución.