[*ElPaso}– “Dándole vueltas al viento” / Poemas de Antonio Pino Pérez: El ciprés

EL CIPRÉS

Compendio forestal de verticales
que insobornable subes recto al cielo,
como supremo y perennal anhelo
de las superaciones terrenales.

Nos señalas caminos inmortales
—la eternidad del religioso vuelo—
y perpetúas en terrible duelo,
el amor y el dolor de los mortales.

Tu destino es subir, es aguzarte,
antena ascensional de perfecciones
que no sabes dudar ni derramarte.

Saeta trepadora de clausuras
perdida en un silencio de oraciones
que van a Dios como las almas puras.

[Opino}– El (supuesto) atractivo de las piernas largas

Carlos M. Padrón

Es una pena que el estudio descrito en el artículo que sigue no haya incursionado en el atractivo erótico de las piernas femeninas, ésas que tienen un buen balance entre pierna y tobillo, siendo éste, por supuesto, bien torneado. Tal vez ganaron las piernas que tenían solamente 5% más de largo que la media porque cuanto más larga la pierna más posibilidad de que el tobillo sea de cabra, o sea, horrible.

La piernas de esta foto son una excepción, pues son largas, el muslo es estrecho —típico de las piernas largas— pero la pierna en si está bien formada, sin ser nada del otro mundo:

Pero, ¿se parecen estas piernas a las de Tina Turner? ¡Por supuesto que no! Las de la Turner son unas piernas como Dios manda. ¿Hay quien diga lo contrario? ¿Por qué, entonces, pretenden vendernos como lindas y bellas unas como las de la foto, y a veces algunas realmente impresentables?

Es curioso, pero tanto en el cine como en la TV, cuando alguna actriz tiene buenas piernas las muestran a cada rato; cuando no, o anda siempre en pantalones o sólo las muestran hasta las rodillas.

Otras veces las tienen horribles y ni siquiera les da vergüenza mostrarlas, como hace, por ejemplo, Cameron Diaz, o la que es el colmo, la tal Sarah Jessica Parker, la de “Sex and the City”, que no sólo por sus piernas sino por toda ella es una verdadera cura contra la lujuria.

Desde mi adolescencia me decían en El Paso que mi debilidad por las piernas femeninas la heredé de mi abuelo paterno, quien había llenado de pequeños huecos la puerta de la cocina de su casa —la misma casa en la que nací y me crié, y recuerdo muy bien esa puerta— para mirar por ellos cuando las muchachas del colegio que funcionaba en la casa vecina —el colegio del tío Pedro Castillo— salían al recreo y jugaban en el patio. El delirio de mi abuelo era poder ver algún tobillo.

Como buen nieto suyo, analizo a una mujer de abajo hacia arriba. Si las piernas no me gustan, es poco probable que el veredicto final sea bueno, así tenga una preciosa cara.

Si lleva pantalones, procuro verle las extremidades superiores, pues las más de las veces el brazo indica cómo es el muslo, el antebrazo indica cómo es la pierna, la relación entre brazo y antebrazo es la que hay entre muslo y pierna, y la relación entre antebrazo y muñeca es la que hay entre pierna y tobillo.

Si las piernas de la foto se salvan es porque tienen una cierta “barriguita” que no las hace aparecer como palos de escoba.

***

17/01/2008

LONDRES.- No sólo son los hombres quienes consideran hermosas las piernas largas. Las mujeres opinan también que los hombres con las piernas más largas son físicamente más atractivos, según ha averiguado un estudio.

Las investigaciones, que han contado con la opinión de más de 200 hombres y mujeres, revelaron que las personas cuyas piernas son un 5% más largas que la media están consideradas más atractivas, independientemente de su sexo.

Los estudios de atracción sexual ya han demostrado que las personas más altas suelen ser consideradas como físicamente más atrayentes para el sexo opuesto. Pero, hasta ahora, poco se sabía sobre el efecto de la longitud de las piernas en las personas y en su atractivo general.

Los psicólogos, dirigidos por Boguslaw Pawlowski de la Universidad de Wroclaw, en Polonia, realizaron sus investigaciones pidiendo a 218 voluntarios de ambos sexos que evaluaran el atractivo de siete hombres y siete mujeres a partir de fotografías modificadas digitalmente.

Aunque todas las personas medían lo mismo, se alteró la longitud de sus piernas para hacerlas igual a la media en Polonia, o incluso un 5%, un 10% o un 15% más largas.

El equipo averiguó que, independientemente de la forma del cuerpo de los voluntarios y la longitud de sus propias piernas, se calificó a las personas con las piernas un 5% más largas de la media, como más atractivas. El siguiente grupo más atractivo fue el de personas con una longitud media de pierna, o las que tenían unas piernas hasta un 10% más largas de lo normal.

Los científicos creen que existen excelentes razones evolutivas en esta preferencia. “Las piernas largas son un signo de salud», explicó Pawlowski a la revista ‘New Scientist’.

Otras investigaciones anteriores han vinculado las piernas más cortas con un mayor riesgo de enfermedades cardiovasculares y con la diabetes de tipo 2 relacionada con la obesidad en ambos sexos.

También se ha demostrado que los hombres con las piernas más cortas son más propensos a tener elevados niveles de triglicéridos, algo que está relacionado con las enfermedades arteriales y los derrames cerebrales.

Aunque el estudio se centró únicamente en los habitantes polacos, Pawlowski sospecha que el efecto es común en todas las culturas.

Martin Tovee, un profesor adjunto de cognición visual de la Universidad de Newcastle, afirmó que las piernas más largas están consideradas como una de las numerosas pistas que sugieren buena salud, especialmente en las mujeres.

“La longitud de las piernas es un excelente indicador de la nutrición infantil femenina, ya que las piernas dejan de crecer una vez alcanzada la pubertad. De ahí que, si una mujer tiene las piernas más largas, esto sugiere que creció en un entorno excelente, algo que tiene un efecto muy positivo sobre la fertilidad. El efecto en los hombres es más sutil, ya que sus piernas continúan creciendo más allá de la pubertad», añadió Tovee.

El Mundo

[*ElPaso}– Personajes de mi pueblo, disminuidos pero no olvidados: Fernando el de Avelina

21-01-2008

Carlos M. Padrón

Al igual que Alfredo, en sus últimos años de vida nuestro personaje de hoy trabajó en Monterrey. Vivía cerca de mi casa, y de hecho había nacido en la que fue la casa de mis padres, donde nací y me crié, y su madre murió en esa misma casa como consecuencia del parto del que nació Fernando. Lo crió su tía, hermana de su madre, de nombre Avelina —de ahí el ‘apellido’ de Fernando— a quien él llamaba ‘Amá’.

Desde joven mostró, y mantuvo siempre, afición por los actos religiosos, en particular las procesiones, tal vez porque atraían a mucha gente y le daban oportunidad de lucirse. Ya de mayor, participada en ellas portando un pendón.

En época anterior a cuando yo lo recuerdo, gustaba de reunirse con otros muchachos, aunque de tales reuniones saliera siempre trasquilado, pues las muchas veces que algunos muchachos, más o menos de su edad, se reunían para jugar en la entonces llamada Casa de Sandalio —muy cerca de la de Avelina, y aún sin terminar para la época a la que me refiero—, sabedores de que a Fernando le gustaban las procesiones, lo invitaban a sacarlo en procesión, como si de imagen de santo se tratara, y para ello, y con materiales de la construcción de esa casa, improvisaban unas andas sobre las que sentaban a Fernando, y después de unos pocos pasos llevándolo “en procesión” dejaban caer las andas, con lo cual Fernando iba a dar con sus huesos contra el suelo.

Cuando a los muchachos les daba hambre, invitaban a Fernando a “jugar a comer higos pasados”. Él iba corriendo a su casa y, sin que Avelina lo viera, llenaba con higos pasados sus bolsillos y regresaba a reunirse con sus amigos, que se daban banquete. (Y lo de banquete lo digo con envida porque higos pasados, almendras y queso palmero ahumado constituyen mi bocado preferido, sobre todo si, además, dispongo de un buen vino tinto natural, o sea, de la parra, sin aditivos químicos).

Y así una y otra vez. Creo que él entendía que si ése era el precio que tenía que pagar para que los muchachos toleraran de alguna forma su presencia, lo pagaba con gusto.

El Fernando que yo conocí, años más tarde, era mentiroso empedernido, chismoso, bastante amanerado y tímido selectivo, pues las más de las veces que algún hombre no muy allegado a él le preguntaba algo, entraba como en pánico social, daba una respuesta que nada tenía que ver con la pregunta, y echaba a correr.

Por ejemplo, una vez que de Venezuela llegó a El Paso un primo mío, al encontrarse con Fernando cerca de la casa de éste, mi primo, alegrándose de verlo, exclamó con alborozo: «¡Hola, Fernando!». La respuesta de Fernando fue echar a correr mientras decía «¡Este año los tunos están todos podridos!».

Si cuando soltaba lo que claramente era una mentira alguien se lo hacía notar, daba media vuelta, exclamaba «¡Déjame ir a echarle de comer a las cabras!», y huía a toda carrera.

Gustaba de andar cerca de mujeres, y no por interés erótico —aunque por años dijo que tenía una novia en Tendiña— sino sólo para enterarse de lo que ellas contaban e ir luego a repetirlo en otros lados.

Sin embargo, lo erótico estaba presente en sus mentiras y folclóricas respuestas, y así un día en que en una de las ventas vecinas alguien le dijo

—Fernando, te veo muy gordo. ¿No estarás tú preñado?

La respuesta inmediata de Fernando fue:

—Pues si estoy preñado, es de Arturo.

Al enterarse de este incidente, que pronto se propagó por el barrio, don Arturo, hombre por demás honesto y respetado, exclamó impotente: «Caballeros, ¡lo que uno tiene que aguantar!». ¿Qué otra cosa podía hacer?

Pero estaba claro que Fernando el de Avelina sentía afecto por quienes afecto le mostraban, y entre estas personas estaba mi hermano Raúl con el que Fernando posó feliz con su traje oscuro, el especial para las solemnidades, para que el 25/06/1995, día de la Fiesta del Sagrado, les tomara yo esta foto, que mi hermano tuvo en gran estima:

[*ElPaso}– “Dándole vueltas al viento” / Poemas de Antonio Pino Pérez: Soy

En mi opinión, el que sigue es, por lo que del poeta D. Antonio Pino Pérez he leído hasta ahora, el más bello de sus sonetos. Tal vez por eso su hijo, mi amigo Juan Antonio Pino Capote, lo usó como piedra angular de su artículo “Ni el rencor los nombra”, (publicado en el Diario de Avisos del 21 de septiembre de 2003), en el que rememora la lucha de su padre cuando, en funciones de alcalde de El Paso, luchó en defensa de lo que a su pueblo correspondía.

Carlos M. Padrón

***

                                   SOY

De esos hombres abiertos, derramados,
que dicen con rudeza cuanto sienten,
y que, aunque les convenga, nunca mienten
y en alta voz confiesan sus pecados.

De los que viven y se dan confiados
y en alegrías su dolor convierten,
ni la traición, ni el desamor advierten,
a sus propios amores consagrados.

De los que alcanzan luz entre las sombras
y cuando pasan, ni el rencor los nombra
porque en la lucha fueron generosos.

De los que buscan con ahínco el cielo,
y se aligeran para alzar el vuelo
rompiendo sus cadenas silenciosos.

[Opino}– ¿Descubierto por españoles o por useños?

Carlos M. Padrón

Desde que estoy en esto del blog y para él busco material en diferentes medios digitales, he notado que la prensa española hace alharaca cada vez que algún español descubre algo o logra algo destacado (aunque nunca tanto como cuando se trata de meter las narices en la vida ajena, como en lo Sarkozy y la Carla Bruni).

Sospecho que esto y lo de rechazar lo de origen inglés pero jactarse de conocer ese idioma, y hasta llegar a inventar palabras “inglesas” que en inglés no existen, son manifestaciones de un mismo complejo de inferioridad.

Hoy di con el caso del descubrimiento de que lo caro proporciona más placer, que ilustra bien lo que digo, pues según la revista MUY, ese descubrimiento fue hecho por españoles:

14 de enero de 2008

Lo caro nos proporciona más placer

Cuanto más alto es el precio de un producto, más agradable es la sensación que provoca en las regiones del cerebro vinculadas al placer, según un artículo publicado hoy en la revista PNAS.

Para llegar a esta conclusión, el investigador Antonio Rangel y sus colegas del Instituto Caltech sometieron a una serie de sujetos a diferentes tests para que valoraran qué grado de placer les proporcionaba beber un sorbo de distintos vinos de la variedad Cabernet Sauvignon, a los que se había colocado una etiqueta con el precio. Simultáneamente, los científicos exploraron la reacción de sus cerebros con ayuda de la resonancia magnética nuclear.

Lo que los participantes en el experimento no sabían es que entre todos los vinos había dos exactamente iguales que habían sido etiquetados con precios diferentes. Para sorpresa de Rangel y su equipo, los sujetos no sólo respondieron en los tests que el vino más “caro” les había gustado más, sino que mientras lo bebían aumentaba mucho más la actividad de la corteza orbitofrontal de su cerebro, un área relacionada con las experiencias agradables vinculadas al olfato, el gusto y la música. “El estudio sugiere que si esperamos que algo sepa mejor, nuestro cerebro consigue que realmente sepa mejor», ha explicado Rangel a MUY Interesante.

Y según el investigador, esto es sólo el principio. “La neuroeconomía puede aportarnos muchos conocimientos sobre cómo nuestros circuitos neuronales influyen en nuestro modo de actuar en diferentes situaciones», añade.

MUY

Pero según La Vanguardia, fue hecho por investigadores useños:

15/01/2008

Vino caro, más placer

Washington. (EFE).- El placer de beber vino aumenta en la misma proporción en que se incrementa su precio, no importa cual sea su calidad, revela un estudio publicado ayer por la revista “Proceedings of the National Academy of Sciences».

Investigadores de la Escuela de Licenciados en Administración de Empresas de Stanford y el Instituto Tecnológico de California descubrieron que los consumidores creen que, al ser más caros, los vinos son de mejor calidad.

Se engañan al pensar que esos vinos les proporcionan una experiencia más agradable que los más baratos, indican los científicos en un informe sobre su estudio.

Añaden que esas expectativas desencadenan una mayor actividad en la corteza orbitofrontal medial, que es la parte del cerebro que registra el placer. Esto ocurre aun cuando no se registra ninguna actividad en la parte del cerebro que interpreta el sabor.

Los investigadores indicaron que sometieron a diversas pruebas a veinte adultos quienes probaron vinos de diferentes precios. Esos voluntarios dijeron haber experimentado un mayor placer cada vez que se les indicó el mayor precio del vino.

“Desde hace mucho sabíamos que la percepción de la gente es influida por la propaganda. Ahora sabemos que también recibe la influencia del precio», señaló Baba Shiv, uno de los autores del estudio. “Los encargados de la comercialización (del vino) tendrán que pensar dos veces antes de reducir los precios», agregó.

La Vanguardia

Entonces, ¿a quién creer?

No sé por qué, pero me inclino por los useños, aunque creo que eso de que lo caro nos proporciona más placer es muy cierto en España, país en el que, aunque no se pueda, por “dignidad” hay que comprar en El Corte Inglés y pagar —al menos así era a comienzos de la década de los ‘90— hasta 30% más que en otro lugar.

Ejemplo: En 1993, el televisor que yo quería costaba en Makro 35% menos que en El Corte Inglés. Por supuesto, lo compré en Makro, y por ello recibí comentarios denigrantes y miradas de burla.

[*ElPaso}– Personajes de mi pueblo, disminuidos pero no olvidados: Ela la Zenona

14-01-2008

Carlos M. Padrón

Para mí, el más enigmático de todos estos personajes, el que menos vida pública hacía y del que menos datos tengo.

Las pocas veces que la vi —tendría ella tal vez 30 ó menos años— fue siempre en los alrededores de su casa, cerca de la plaza de El Paso de Abajo y cerca de la casa de Alfredo.

Descalza, con una cabellera bastante larga, enmarañada y a todas luces sucia, y con una especie de bata holgada igualmente sucia, era la imagen de la falta total de higiene.

Solía caminar lentamente, mirando al suelo y en silencio. De hecho nunca la escuché hablar. Tal vez ese mutismo y su aspecto de pasiva indefensión me inspiraban lástima.

Me dicen que a veces venía al centro del pueblo y asistía a algún oficio religioso, y que un domingo, estando en uno de tales oficios, le dio un desmayo y dos jóvenes cargaron su cuerpo, la sacaron de la iglesia y, ya fuera, la reanimaron,… pero de inmediato corrieron a la farmacia a lavarse las manos con alcohol.

A pesar de su condición mental y física, no faltó quien abusó de ella y la dejó encinta.

Creo recordar que dio a luz un bebé que creció sano físca y mentalmente.

[*FP}– Del baúl de los recuerdos: No me tocaba ese día

11/01/2008

Carlos M. Padrón

Cuando entré a trabajar en IBM de Venezuela ya José Francisco trabajaba allí, desde hacía un tiempo, alternando sus tareas como vendedor IBM —igual que yo lo fui después del ELT (= Entry Level Training, o cursos de entrenamiento inicial)— con otras propias de su profesión, lo cual ocasionaba que muchas veces anduviera escaso de tiempo y se retrasara en algunas de las importantes para IBM.

Eso molestaba a nuestro gerente, Jesse Alfonso —individuo eficiente en su trabajo, pero ambicioso de poder y de carácter autoritario— que parecía esperar la ocasión oportuna para salir de José Francisco, tarea nada fácil porque en la IBM de entonces —a la que hoy, no sin cierto aire peyorativo, llaman, en inglés, “regular IBM”, para distinguirla de la de ahora— despedir a un empleado era casi misión imposible dado el empeño de IBM en ofrecer a todos un trabajo de por vida.

A menos que el empleado robara, llevara a cabo dentro de la compañía otras acciones violentas o inmorales, o incurriera en la comisión de delitos considerados causa de despedido según la Ley del Trabajo, IBM no lo despedía.

A finales de 1972, DataEnd —un cliente asignado a José Francisco y que le había puesto los cuernos a IBM al irse con la competencia un par de años atrás, por lo cual IBM quería que se le diera excelente trato para ver de hacerlo volver al redil— se quejó, con o sin razón (vaya usted a saber), de falta de atención por parte de José Francisco, su representante IBM, lo cual bastó para que Jesse Alfonso le sacara a José Francisco la atención a DataEnd —o sea, “le sacara esa cuenta”, como decíamos en nuestro argot— y, porque Jesse Alfonso lo quiso así, me la diera a mí.

Como era natural y de esperar, este cambio no agradó a José Francisco; pero no fue tan natural que él me creyera culpable de lo ocurrido, y medio se enemistara conmigo arguyendo que le habían sacado la cuenta DataEnd porque yo había conspirado con Jesse Alfonso para que así lo hiciera.

Aunque eso no me gustó, pues no era cierto, no quise buscar pleitos sino que me dediqué a mi trabajo, y en especial, y desde enero de 1973, a DataEnd, pues no quería que ésta presentara quejas sobre mí como, supuestamente, lo había hecho sobre José Francisco.

Éste, por su parte, dado como era a los hobbies, adoptó el de coleccionar armas de fuego, pues Felipe Laredo, que también trabajaba en nuestra Sucursal, ya practicaba ese hobby desde hacía un tiempo.

El 05/09/1973, sobre las 11 de la mañana, la situación con DataEnd llegó a su punto, y aceptaron mi propuesta por un nuevo computador IBM main-frame con varios periféricos. Como el negocio era importante, a petición mía Jesse Alfonso fue a reunirse con el gerente de DataEnd, mientras yo me entregaba de lleno, ayudado por Milena Micaso, la secretaria de la Sucursal, a preparar los contratos.

Cuando tenía listo un borrador, tomaba un taxi y me iba a DataEnd. Allí, entre los tres —el gerente de DataEnd, Jesse Alfonso y yo— discutíamos sobre el caso, y cuando se acordaba alguna nueva modificación, yo tomaba un taxi de vuelta a IBM, donde, sin haber ido a almorzar, había quedado esperando Milena Micaso. Ella hacía en su máquina de escribir las debidas modificaciones, y yo, de nuevo en taxi, volvía otra vez a DataEnd con los contratos modificados.

Esto se repitió varias veces, y cuando era como la 1 de la tarde y yo estaba sentado en mi puesto de trabajo haciendo la modificación número ‘n’, entró José Francisco muy agitado.

Apenas verlo, Milena le contó que el negocio con DataEnd se firmaría en cuestión de horas. Aquí también cabe esperar que eso no le gustara a José Francisco, pero él, sin decir nada al respecto, se acercó al lugar que ocupaba en el mesón frente a mí —mesón que por un extremo estaba adosado a la pared— vio, por supuesto, que yo estaba preparando contratos, pero, permaneciendo en pie, se limitó a llamar a Felipe Laredo y, mostrándole una reluciente pistola plateada, le dijo con acento triunfal: “Felipe, ¡mira lo que conseguí!”.

Al tiempo que le explicaba en detalle cómo la había conseguido, comenzó a hacerle a Laredo una demostración mientras movía la pistola en un barrido de 45° que iba desde el mesón frente a ellos, donde yo estaba sentado, hasta donde estaba Milena Micaso —a la derecha de ellos— pasando por el lugar que ocupaba Manolo González, otro vendedor de la Sucursal que tenía su sitio —y estaba al momento sentado en él— en el mencionado mesón, a la derecha del de José Francisco y en diagonal con el mío.

Tanto Manolo González como Milena Micaso expresaron en voz alta y airada su inconformidad con lo que José Francisco estaba haciendo, pues —le dijeron— el arma podría dispararse y causar una tragedia. Y, además, Milena mencionó la prohibición de portar armas dentro de IBM. Pero José Francisco no hizo caso, se limitó a contestar que la pistola NO estaba cargada, y siguió con su demostración

Yo, no queriendo añadir leña al fuego, me limitaba a mirar de reojo, y seguía en la modificación de los contratos para, una vez listos, pasárselos a Milena y que ella los mecanografiara de nuevo.

De pronto, y apenas fracciones de segundo después de que yo inclinara un poco mi cabeza hacia el documento en el que estaba haciendo anotaciones, escuché el seco sonido de un disparo seguido de un alarido femenino, y sentí que algo áspero salpicaba mi cara.

Instintivamente, como para protegerme, hundí la cabeza entre los hombros y la incliné más hacia el escritorio, y luego, sin levantarla, alcé sólo los ojos hacia José Francisco y vi que en su mano, temblorosa, sostenía aún la pistola de cuyo cañón salía humo, y que, lívido y yerto como un cadáver, no apartaba la vista de algo que había en la pared por encima del punto en que la mesa estaba pegada a ella, y a una altura media entre su cabeza, estando él de pie, y la mía estando yo sentado.

Miré hacia donde así miraba él, y a escasos dos palmos por encima de mi cabeza vi en la pared un hueco que penetraba como un centímetro en el concreto, y que tenía unos 30 de diámetro. Sobre el escritorio estaba esparcido el friso arrancado por la bala que después de pegar en ángulo contra ese punto en la pared y abrir el hueco en ella, desvió su trayectoria hacia mi cabeza, que no alcanzó porque yo la había inclinado hacia el escritorio un milisegundo antes, y terminó estrellándose contra el piso a mi izquierda.

Manolo González se abalanzó sobre José Francisco con intenciones de golpearlo, pero Laredo se interpuso. Milena, a grito limpio, sacó a baleo a los ancestros de José Francisco, y a él lo llamó de todo menos bonito.

Le pedí a Milena que no se alterara más, pues no había pasado nada, y que, por favor, terminara los contratos porque el cliente me esperaba, bolígrafo en ristre, para firmarlos. Y ella así lo hizo, no sin antes mirarme extrañada por mi aparente tranquilidad y falta de emotividad ante lo ocurrido.

Cuando 5 minutos después del incidente, y mientras continuaba la reyerta verbal de Manolo González contra José Francisco, estuvieron listos los contratos, los metí en una carpeta, salí de la oficina a la calle, tomé un taxi para ir a DataEnd,… y apenas sentarme en la parte trasera del auto y cerrar su puerta tras de mí, comencé a temblar como un azogado. Las piernas me saltaban solas, sin control alguno; un sudor frío me bañaba todo el cuerpo, corriendo a chorros por mi rostro y mi espalda; un nudo en la garganta me hacía difícil respirar, y mis manos no se quedaban quietas.

Tartamudeando y apenas con un hilo de voz de tono angustiado, le di al chofer la dirección a la que yo quería ir, y soné tan mal que el hombre giró en su asiento para poder verme de frente y, preocupado, me preguntó si yo me sentía bien. Con un gesto de mi cara y mi mano le di a entender que sí, y el taxi se puso en marcha.

Afortunadamente, pues aún eran horas del mediodía, había bastante tráfico y eso me dio tiempo de medio recobrar la compostura para cuando llegué por fin a la oficina del cliente,…. ¡que me firmó los contratos! Con eso alcanzaba yo el 360% de mi cuota anual, y me hacía acreedor a todos los premios de ventas previstos ese año por IBM de Venezuela.

Ya en el taxi que me llevó de vuelta a IBM caí en cuenta de que José Francisco estaba acabado, pues Jesse Alfonso tenía ya el tan esperado motivo para salir de él, y no precisamente transfiriéndolo a otra unidad dentro de la compañía, sino despidiéndolo.

Pero lo más grave era que todo el que en IBM conociera el problema que José Francisco se había inventado acerca de mí y su pérdida de la cuenta DataEnd —y, como mínimo, toda la fuerza de ventas conocía ese problema— estaría predispuesto a pensar que el disparo no había sido accidental, sino intencionado porque yo estaba a punto de firmar ese día el contrato que él habría podido lograr si no le hubieran sacado esa cuenta. Y eso, además de despido, era posiblemente cárcel.

Y de pronto mi alegría por la excelente venta se vio empañada por el triste destino que esperaba al pobre José Francisco, un hombre casado y con hijos.

Con estos sentimientos encontrados —alegría por la venta lograda, y tristeza por lo que esperaba a José Francisco— llegué de regreso a la oficina. José Francisco no estaba allí, lo cual vi como normal. Milena, Manolo y Laredo me abrazaron y felicitaron por el éxito en la venta, pero enseguida me sentaron y me contaron lo que habían acordado apenas yo había salido para DataEnd después del disparo y desde que, emocionalmente destruido, José Francisco se había retirado sin decir palabra.

Si lo ocurrido allí ese mediodía salía fuera de nuestro conocimiento —me dijeron— José Francisco estaba perdido; le ocurriría exactamente lo que yo temía, y eso era demasiado, pues ninguno de nosotros creía que el disparo había sido intencional. En consecuencia, ellos propusieron —y yo acepté de inmediato, y con un tremendo alivio— que todos cerráramos la boca y no dijéramos ni pío, no sólo acerca del disparo sino también acerca de la traída del arma al interior de la oficina.

Y para ocultar el corpus delicti habían conseguido un afiche promocional de la convención de ventas a celebrarse el próximo año, y lo habían pegado de forma que tapara totalmente el hueco que la bala había hecho en la pared.

Cuando en la tarde llegaron los demás miembros de la Sucursal, todos supieron de la venta a DataEnd, hicimos planes para celebrar al final de la jornada,… y se les dijo —también a Jesse Alfonso— que el afiche pegado en la pared, junto a mi puesto de trabajo, era una especie de reconocimiento anticipado, y de recordatorio para todos, de que los premios de esa convención que anunciaba el afiche eran, desde ya, para Carlos Padrón. Todos “compraron” la historia, y nosotros —Milena Micaso, Felipe Laredo, Manolo González y yo— cumplimos nuestra promesa de hermético silencio.

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José Francisco estuvo desaparecido por un par de días, esperando en su casa, según le dijo después a Laredo, a que de IBM lo llamaran para que pasara por el Departamento de Personal a finiquitar su liquidación de despido. Pero como no lo llamaron decidió volver al trabajo.

Laredo fue el encargado de explicarle lo de nuestro pacto de silencio, y él, creo que más por pena que por orgullo, nunca me dijo nada sobre el disparo ni yo se lo mencioné, pero poco a poco comenzó a hablarme de nuevo hasta que, a la vuelta de un mes, podría decirse que su relación conmigo era “normal”.

En abril de 1975 nos mudamos al Edf. IBM, en Chuao, y sólo entonces, al retirar el afiche que desde septiembre de 1973 había permanecido ocultando el corpus delicti, Jesse Alfonso vio el hueco, preguntó qué diablos era aquello, y Milena Micaso, sabiendo que ya era tarde para sanciones, le contó la historia del disparo.

Y así fue ella quien pagó los platos rotos, pues Jesse Alfonso montó en cólera porque le habían birlado la oportunidad, por él tan deseada, de salir de José Francisco al menor costo.

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A poco de estar en Chuao, José Francisco fue transferido a otra área de la compañía, y a comienzos de los años 80 dejó IBM, sin que nunca más habláramos del disparo. Y pocas veces lo vi desde entonces.

Cuando a comienzos de 1996 regresé de España me lo encontré un día en un curso. En el intermedio, o coffe-break, me llevó fuera del aula, me saludó con visibles muestras de alegría, y me contó de los avatares de su vida desde que había dejado IBM, que no habían sido pocos.

Allá por marzo del año 2002 nos contactamos por Internet y comenzamos a intercambiar chistes. A mediados de junio de ese año me contó, siempre por Internet, que estaba por tomar vacaciones hasta septiembre pero que antes quería invitarme a que almorzáramos juntos.

Él fijó fecha, hora y lugar, y allí estuve yo, puntual y según lo convenido. José Francisco había llegado antes y escogido mesa, y al momento del café adoptó un aire solemne y me dijo:

—Desde hace mucho tiempo tengo una deuda contigo, y he decidido pagártela antes de irme de vacaciones.

—Que yo sepa, nada me debes—, fue mi respuesta.

—Eso creerás tú, pero yo siento que estoy en deuda contigo desde aquel día, hace 30 años, cuando estuve a punto de matarte de un tiro. Te juro que el tipo que me vendió la pistola me aseguró que estaba descargada, y yo, de pendejo, lo creí sin comprobarlo.

Y metiendo su mano bajo la mesa sacó lo que parecía ser un cuadro ya enmarcado pero cubierto con papel, y al ver mi cara de extrañeza me preguntó qué creía yo que era aquello. Le dije que un cuadro, y él me confirmó que sí, que era un cuadro al óleo que a principios de 1972 le había comprado a un pintor que había expuesto en el Hogar Canario-Venezolano, en Caracas, y que lo que le había gustado de ese pintor paisajista era que en sus óleos usaba tierra del lugar que pintaba. Este cuadro, que él quería regalarme —me dijo—, era un óleo campesino de Canarias, y en ese óleo había, mezclada con el aceite de la pintura, tierra del lugar que el pintor había plasmado en su obra.

Colocó el cuadro sobre una silla frente a mí, le arrancó la envoltura de papel, y se volvió curioso a mirar mi reacción.

Cuadro de JFLa cara que puse cuando analicé el cuadro que muestra esta foto, sobre todo el monte del fondo y las nubes blancas sobre él, le extrañó mucho a José Francisco, pues mi expresión tuvo que ser de una gran incredulidad porque ése fue el sentimiento que me embargó en grado sumo.

—¿Estás seguro —le pregunté— de que no sabes de dónde es ese paisaje?

—Charlie (él solía llamarme así), te juro que sólo sé que es de Canarias, y que creí que por eso te gustaría. Lo he tenido en mi casa durante 30 años pero quiero regalártelo. ¿Es que no te gusta?

—Pues la pegaste, José Francisco, porque ese paisaje, lo creas o no, ¡es de mi pueblo natal! El monte al fondo es La Cumbre Nueva, y la nube blanca sobre ella es nuestra famosa “brisa” comenzando a hacer su aparición. ¡Eso es inconfundible!

Y ahora fue él el asombrado, y hasta el emocionado porque, me dijo, así el regalo tendría para mí mayor valor, lo cual era muy cierto.

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Cuando en 2003 fui a El Paso, con la ayuda de Chepina y guiándome por los detalles de la foto que adrede me llevé conmigo, comencé a ubicarme para tratar de dar con la casa del óleo. Llegamos al Camino Viejo, barrio en el que, de seguro, tenía que estar o haber estado esa casa, pero no terminaba yo de encontrarla.

En el lugar conocido como Los Cuatro Caminos, en el Camino Viejo, entramos en una venta de comestibles, como un abasto, y al mostrarle la foto a la señora que atendía detrás del mostrador, y que supo enseguida quién era yo, ésta me dijo sin más:

—¡Vaya, Carlos, cómo no! Ésa es la casa de Juana Marcelo. La recuerdo bien porque yo me crié en la que está casi enfrente.

Y acto seguido nos explicó cómo llegar —subiendo por el mismo camino, unos pocos metros antes del abrevadero de la Montaña Colorada, a la izquierda— pero también nos advirtió que de la casa, tal y como se veía en la foto, casi no quedaba ya nada.

Efectivamente, una vez en el lugar pude encontrar el punto exacto donde el pintor había colocado su caballete, y desde ese punto tomé esta foto que deja claro que el pintor, haciendo uso de las licencias que le facilita su arte, acercó La Cumbre Nueva a la casa para darle a ésta un fondo, o más bien un marco, de mayor resalte.

Casa del cuadroLo que señala la flecha azul es lo que hoy queda de la casa que ilustra el óleo pintado en 1972, óleo que desde 2002 está colgado en el salón de mi propia casa, no sólo como lugar apropiado para un paisaje de mi querido pueblo, y que contiene tierra de él, sino como recordatorio de que el 05/09/1973 no me tocaba morir.

Gracias, “José Francisco”, por el cuadro y por el accidental disparo, pues de no ser por él, el cuadro no estaría donde está.

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Commentarios

Comment from charo [Visitor]
Time 18/01/2008 at

Vaya historia la que cuentas, parece sacada de una película de intriga. Que cierto es que la realidad supera siempre la fantasía. Saludos. Charo

Comment from Carlos M. Padrón [Member]
Time 18/01/2008 at

Como ya dije, la segunda y última parte, que saldrá el próximo viernes, es más de esas cosas que sólo se ven en las películas de ficción.

¿Y dónde está el doble punto? ¡Cosas de ficción!clip_image001

Comment from Manuel A. Gutiérrez [Visitor]
Time 18/01/2008 at

Estimado Carlos, estoy seguro que Manolo González compartió momentos de nerviosismo y luego de alegría al haber logrado tus objetivos y los de la IBM. Sin duda alguna salvaron a José Francisco de muchas penalidades.

Milena Micaso creo que le escondió el incidente a Jesse Alfonso, al igual que muchos de los que fueron testigos de lo sucedido, por un corto tiempo.

¡Qué historia tan increíble, que no se encuentra dentro de los archivos de IBM! ¡Qué maravilloso episodio en tu vida y en la de quienes lo vivieron contigo! Sobre todo lo sucedido treinta años después. Ese 05/09/73 pudo haber sido tu último día, pero no era tu día para ese fin. El Sr. José Francisco volvió a vivir o renació.

Manny Guty

Comment from charo [Visitor]
Time 18/01/2008 at

Me encantan las historias que acaban bien y el óleo es precioso, tiene una gran fuerza. saludos. Charo

Comment from Silvia de Navarro [Visitor]
Time 21/01/2008 at

Carlos, ¡qué historia tan interesante¡ pero sobre todo resalta tus valores personales e integridad, así como el aprecio por esos pequeños detalles y el amor a tu tierra. Chepina, como siempre, apoyándote en tus vivencias. El regalo de José Francisco me imagino que debe ser uno de los mejores que hayas recibido.

Cariños y felicidad para ambos.

Comment from Carlos M. Padrón [Member]
Time 21/01/2008 at

Pues sí, Silvia, ese regalo tiene para mí un valor especial, no sólo por la imagen del óleo sino por cómo éste llegó a mí. Parece ser una confirmación del dicho de que no hay mal que por bien no venga, o, de este otro que me gusta más: “Nada ocurre por azar”. Hace tiempo que no creo en casualidades.

[*ElPaso}– “Dándole vueltas al viento” / Poemas de Antonio Pino Pérez: Plenitud

PLENITUD

Es mediodía. El pleamar te llena
y tú sabes, con toda exactitud,
que has llevado a la muerte que serena
tu ganada y rotunda plenitud.

Nada falta ni sobra. Ríes plena
el triunfo que atesora tu virtud,
y corregida de extravíos, buena,
te sostiene la paz en la quietud.

Arriba estás en el cenit de altura
sumergida en las anchas claridades
que te descubren su mayor hondura.

Ya no subas ni bajes. Permanece
y espera, en posesión de tus verdades,
a la verdad suprema que amanece.

1959

[Opino}– Cabello, vello y pelo,… y la evasiva de don A. de Miguel

En Libertad Digital del 13/12/2007, columna Lengua Viva, de Amando de Miguel, encontré lo siguiente:

José Manuel Roldán (Sevilla) me aclara que en México se distingue muy bien entre pelos, vellos y cabellos.
• Los cabellos son los pelos de la cabeza,
• Los vellos son los pelos del resto del cuerpo humano; y,

• Los pelos lo son de los animales.

Excelente distinción. Me recuerda la de ‘cadera’ para las personas y ‘anca’ o ‘grupa’ para algunos mamíferos. Cuando se aplica la voz animalesca a una persona, esa decisión se suele hacer con un propósito afrentoso. Véase, por ejemplo, ese sentido en muchas expresiones en las que aparece la voz pelo aplicada al hombre con un tono despreciativo.

Antes esto, le envié al Sr. A. de Miguel el siguiente e-mail:

From: Carlos M. Padrón
Sent: Thursday, December 13, 2007 8:16 AM
To: Amando de Miguel
Subject: [LE}– Cabello, vello y pelo

Esta clasificación, que para mí tiene el inconveniente de que hace de las peluquerías centros de estética para animales, no recuerdo haberla encontrado en ningún país de Hispanoamérica que yo haya frecuentado. Y excepto El Salvador y Nicaragua, los he frecuentado todos.

Ahí siguen usándose en relación a personas expresiones como,

• “Se me pusieron los pelos de punta”. (“Se me pusieron los vellos de punta” suena ridículo)
• Tiene pelo negro, blanco, canoso, entrecano, rubio, negro, etc.
• “No tiene un pelo de tonto”
• Las mujeres pelean tirándose de los pelos, o de las greñas

Y existen peluquerías para damas, peluquerías para caballeros, y peluquerías caninas.

Eso de ‘cabello’ suena, al menos todavía, como un rebusque —creo que usted suele decir ñoñismo— para evitar decir ‘pelo’, y no se entiende por qué. El uso más frecuente y normal de ‘cabello’ es su derivado, ‘cabellera’.

Y en Libertad Digital de hoy, 10/01/2008, columna Lengua Viva, de Amando de Miguel, encontré lo siguiente:

Carlos M. Padrón entiende que lo de “cabello” para no tener que decir “pelo” es simplemente un “rebusque” o ñoñismo. Entiendo que no siempre. El dulce conocido como “cabello de ángel” sería menos atractivo si fuera “pelo de ángel”.

Creo que el señor de Miguel escogió la vía fácil recurrriendo a una respuesta bastante sesgada e incompleta, pues obvia el meollo de mi objeción: Si pelos son los de los animales, entonces las peluquerías son centros de estética para animales, y está claro que las peluquerías no son eso.