[*FP}– Del baúl de los recuerdos: No me tocaba ese día

11/01/2008

Carlos M. Padrón

Cuando entré a trabajar en IBM de Venezuela ya José Francisco trabajaba allí, desde hacía un tiempo, alternando sus tareas como vendedor IBM —igual que yo lo fui después del ELT (= Entry Level Training, o cursos de entrenamiento inicial)— con otras propias de su profesión, lo cual ocasionaba que muchas veces anduviera escaso de tiempo y se retrasara en algunas de las importantes para IBM.

Eso molestaba a nuestro gerente, Jesse Alfonso —individuo eficiente en su trabajo, pero ambicioso de poder y de carácter autoritario— que parecía esperar la ocasión oportuna para salir de José Francisco, tarea nada fácil porque en la IBM de entonces —a la que hoy, no sin cierto aire peyorativo, llaman, en inglés, “regular IBM”, para distinguirla de la de ahora— despedir a un empleado era casi misión imposible dado el empeño de IBM en ofrecer a todos un trabajo de por vida.

A menos que el empleado robara, llevara a cabo dentro de la compañía otras acciones violentas o inmorales, o incurriera en la comisión de delitos considerados causa de despedido según la Ley del Trabajo, IBM no lo despedía.

A finales de 1972, DataEnd —un cliente asignado a José Francisco y que le había puesto los cuernos a IBM al irse con la competencia un par de años atrás, por lo cual IBM quería que se le diera excelente trato para ver de hacerlo volver al redil— se quejó, con o sin razón (vaya usted a saber), de falta de atención por parte de José Francisco, su representante IBM, lo cual bastó para que Jesse Alfonso le sacara a José Francisco la atención a DataEnd —o sea, “le sacara esa cuenta”, como decíamos en nuestro argot— y, porque Jesse Alfonso lo quiso así, me la diera a mí.

Como era natural y de esperar, este cambio no agradó a José Francisco; pero no fue tan natural que él me creyera culpable de lo ocurrido, y medio se enemistara conmigo arguyendo que le habían sacado la cuenta DataEnd porque yo había conspirado con Jesse Alfonso para que así lo hiciera.

Aunque eso no me gustó, pues no era cierto, no quise buscar pleitos sino que me dediqué a mi trabajo, y en especial, y desde enero de 1973, a DataEnd, pues no quería que ésta presentara quejas sobre mí como, supuestamente, lo había hecho sobre José Francisco.

Éste, por su parte, dado como era a los hobbies, adoptó el de coleccionar armas de fuego, pues Felipe Laredo, que también trabajaba en nuestra Sucursal, ya practicaba ese hobby desde hacía un tiempo.

El 05/09/1973, sobre las 11 de la mañana, la situación con DataEnd llegó a su punto, y aceptaron mi propuesta por un nuevo computador IBM main-frame con varios periféricos. Como el negocio era importante, a petición mía Jesse Alfonso fue a reunirse con el gerente de DataEnd, mientras yo me entregaba de lleno, ayudado por Milena Micaso, la secretaria de la Sucursal, a preparar los contratos.

Cuando tenía listo un borrador, tomaba un taxi y me iba a DataEnd. Allí, entre los tres —el gerente de DataEnd, Jesse Alfonso y yo— discutíamos sobre el caso, y cuando se acordaba alguna nueva modificación, yo tomaba un taxi de vuelta a IBM, donde, sin haber ido a almorzar, había quedado esperando Milena Micaso. Ella hacía en su máquina de escribir las debidas modificaciones, y yo, de nuevo en taxi, volvía otra vez a DataEnd con los contratos modificados.

Esto se repitió varias veces, y cuando era como la 1 de la tarde y yo estaba sentado en mi puesto de trabajo haciendo la modificación número ‘n’, entró José Francisco muy agitado.

Apenas verlo, Milena le contó que el negocio con DataEnd se firmaría en cuestión de horas. Aquí también cabe esperar que eso no le gustara a José Francisco, pero él, sin decir nada al respecto, se acercó al lugar que ocupaba en el mesón frente a mí —mesón que por un extremo estaba adosado a la pared— vio, por supuesto, que yo estaba preparando contratos, pero, permaneciendo en pie, se limitó a llamar a Felipe Laredo y, mostrándole una reluciente pistola plateada, le dijo con acento triunfal: “Felipe, ¡mira lo que conseguí!”.

Al tiempo que le explicaba en detalle cómo la había conseguido, comenzó a hacerle a Laredo una demostración mientras movía la pistola en un barrido de 45° que iba desde el mesón frente a ellos, donde yo estaba sentado, hasta donde estaba Milena Micaso —a la derecha de ellos— pasando por el lugar que ocupaba Manolo González, otro vendedor de la Sucursal que tenía su sitio —y estaba al momento sentado en él— en el mencionado mesón, a la derecha del de José Francisco y en diagonal con el mío.

Tanto Manolo González como Milena Micaso expresaron en voz alta y airada su inconformidad con lo que José Francisco estaba haciendo, pues —le dijeron— el arma podría dispararse y causar una tragedia. Y, además, Milena mencionó la prohibición de portar armas dentro de IBM. Pero José Francisco no hizo caso, se limitó a contestar que la pistola NO estaba cargada, y siguió con su demostración

Yo, no queriendo añadir leña al fuego, me limitaba a mirar de reojo, y seguía en la modificación de los contratos para, una vez listos, pasárselos a Milena y que ella los mecanografiara de nuevo.

De pronto, y apenas fracciones de segundo después de que yo inclinara un poco mi cabeza hacia el documento en el que estaba haciendo anotaciones, escuché el seco sonido de un disparo seguido de un alarido femenino, y sentí que algo áspero salpicaba mi cara.

Instintivamente, como para protegerme, hundí la cabeza entre los hombros y la incliné más hacia el escritorio, y luego, sin levantarla, alcé sólo los ojos hacia José Francisco y vi que en su mano, temblorosa, sostenía aún la pistola de cuyo cañón salía humo, y que, lívido y yerto como un cadáver, no apartaba la vista de algo que había en la pared por encima del punto en que la mesa estaba pegada a ella, y a una altura media entre su cabeza, estando él de pie, y la mía estando yo sentado.

Miré hacia donde así miraba él, y a escasos dos palmos por encima de mi cabeza vi en la pared un hueco que penetraba como un centímetro en el concreto, y que tenía unos 30 de diámetro. Sobre el escritorio estaba esparcido el friso arrancado por la bala que después de pegar en ángulo contra ese punto en la pared y abrir el hueco en ella, desvió su trayectoria hacia mi cabeza, que no alcanzó porque yo la había inclinado hacia el escritorio un milisegundo antes, y terminó estrellándose contra el piso a mi izquierda.

Manolo González se abalanzó sobre José Francisco con intenciones de golpearlo, pero Laredo se interpuso. Milena, a grito limpio, sacó a baleo a los ancestros de José Francisco, y a él lo llamó de todo menos bonito.

Le pedí a Milena que no se alterara más, pues no había pasado nada, y que, por favor, terminara los contratos porque el cliente me esperaba, bolígrafo en ristre, para firmarlos. Y ella así lo hizo, no sin antes mirarme extrañada por mi aparente tranquilidad y falta de emotividad ante lo ocurrido.

Cuando 5 minutos después del incidente, y mientras continuaba la reyerta verbal de Manolo González contra José Francisco, estuvieron listos los contratos, los metí en una carpeta, salí de la oficina a la calle, tomé un taxi para ir a DataEnd,… y apenas sentarme en la parte trasera del auto y cerrar su puerta tras de mí, comencé a temblar como un azogado. Las piernas me saltaban solas, sin control alguno; un sudor frío me bañaba todo el cuerpo, corriendo a chorros por mi rostro y mi espalda; un nudo en la garganta me hacía difícil respirar, y mis manos no se quedaban quietas.

Tartamudeando y apenas con un hilo de voz de tono angustiado, le di al chofer la dirección a la que yo quería ir, y soné tan mal que el hombre giró en su asiento para poder verme de frente y, preocupado, me preguntó si yo me sentía bien. Con un gesto de mi cara y mi mano le di a entender que sí, y el taxi se puso en marcha.

Afortunadamente, pues aún eran horas del mediodía, había bastante tráfico y eso me dio tiempo de medio recobrar la compostura para cuando llegué por fin a la oficina del cliente,…. ¡que me firmó los contratos! Con eso alcanzaba yo el 360% de mi cuota anual, y me hacía acreedor a todos los premios de ventas previstos ese año por IBM de Venezuela.

Ya en el taxi que me llevó de vuelta a IBM caí en cuenta de que José Francisco estaba acabado, pues Jesse Alfonso tenía ya el tan esperado motivo para salir de él, y no precisamente transfiriéndolo a otra unidad dentro de la compañía, sino despidiéndolo.

Pero lo más grave era que todo el que en IBM conociera el problema que José Francisco se había inventado acerca de mí y su pérdida de la cuenta DataEnd —y, como mínimo, toda la fuerza de ventas conocía ese problema— estaría predispuesto a pensar que el disparo no había sido accidental, sino intencionado porque yo estaba a punto de firmar ese día el contrato que él habría podido lograr si no le hubieran sacado esa cuenta. Y eso, además de despido, era posiblemente cárcel.

Y de pronto mi alegría por la excelente venta se vio empañada por el triste destino que esperaba al pobre José Francisco, un hombre casado y con hijos.

Con estos sentimientos encontrados —alegría por la venta lograda, y tristeza por lo que esperaba a José Francisco— llegué de regreso a la oficina. José Francisco no estaba allí, lo cual vi como normal. Milena, Manolo y Laredo me abrazaron y felicitaron por el éxito en la venta, pero enseguida me sentaron y me contaron lo que habían acordado apenas yo había salido para DataEnd después del disparo y desde que, emocionalmente destruido, José Francisco se había retirado sin decir palabra.

Si lo ocurrido allí ese mediodía salía fuera de nuestro conocimiento —me dijeron— José Francisco estaba perdido; le ocurriría exactamente lo que yo temía, y eso era demasiado, pues ninguno de nosotros creía que el disparo había sido intencional. En consecuencia, ellos propusieron —y yo acepté de inmediato, y con un tremendo alivio— que todos cerráramos la boca y no dijéramos ni pío, no sólo acerca del disparo sino también acerca de la traída del arma al interior de la oficina.

Y para ocultar el corpus delicti habían conseguido un afiche promocional de la convención de ventas a celebrarse el próximo año, y lo habían pegado de forma que tapara totalmente el hueco que la bala había hecho en la pared.

Cuando en la tarde llegaron los demás miembros de la Sucursal, todos supieron de la venta a DataEnd, hicimos planes para celebrar al final de la jornada,… y se les dijo —también a Jesse Alfonso— que el afiche pegado en la pared, junto a mi puesto de trabajo, era una especie de reconocimiento anticipado, y de recordatorio para todos, de que los premios de esa convención que anunciaba el afiche eran, desde ya, para Carlos Padrón. Todos “compraron” la historia, y nosotros —Milena Micaso, Felipe Laredo, Manolo González y yo— cumplimos nuestra promesa de hermético silencio.

~~~

José Francisco estuvo desaparecido por un par de días, esperando en su casa, según le dijo después a Laredo, a que de IBM lo llamaran para que pasara por el Departamento de Personal a finiquitar su liquidación de despido. Pero como no lo llamaron decidió volver al trabajo.

Laredo fue el encargado de explicarle lo de nuestro pacto de silencio, y él, creo que más por pena que por orgullo, nunca me dijo nada sobre el disparo ni yo se lo mencioné, pero poco a poco comenzó a hablarme de nuevo hasta que, a la vuelta de un mes, podría decirse que su relación conmigo era “normal”.

En abril de 1975 nos mudamos al Edf. IBM, en Chuao, y sólo entonces, al retirar el afiche que desde septiembre de 1973 había permanecido ocultando el corpus delicti, Jesse Alfonso vio el hueco, preguntó qué diablos era aquello, y Milena Micaso, sabiendo que ya era tarde para sanciones, le contó la historia del disparo.

Y así fue ella quien pagó los platos rotos, pues Jesse Alfonso montó en cólera porque le habían birlado la oportunidad, por él tan deseada, de salir de José Francisco al menor costo.

~~~

A poco de estar en Chuao, José Francisco fue transferido a otra área de la compañía, y a comienzos de los años 80 dejó IBM, sin que nunca más habláramos del disparo. Y pocas veces lo vi desde entonces.

Cuando a comienzos de 1996 regresé de España me lo encontré un día en un curso. En el intermedio, o coffe-break, me llevó fuera del aula, me saludó con visibles muestras de alegría, y me contó de los avatares de su vida desde que había dejado IBM, que no habían sido pocos.

Allá por marzo del año 2002 nos contactamos por Internet y comenzamos a intercambiar chistes. A mediados de junio de ese año me contó, siempre por Internet, que estaba por tomar vacaciones hasta septiembre pero que antes quería invitarme a que almorzáramos juntos.

Él fijó fecha, hora y lugar, y allí estuve yo, puntual y según lo convenido. José Francisco había llegado antes y escogido mesa, y al momento del café adoptó un aire solemne y me dijo:

—Desde hace mucho tiempo tengo una deuda contigo, y he decidido pagártela antes de irme de vacaciones.

—Que yo sepa, nada me debes—, fue mi respuesta.

—Eso creerás tú, pero yo siento que estoy en deuda contigo desde aquel día, hace 30 años, cuando estuve a punto de matarte de un tiro. Te juro que el tipo que me vendió la pistola me aseguró que estaba descargada, y yo, de pendejo, lo creí sin comprobarlo.

Y metiendo su mano bajo la mesa sacó lo que parecía ser un cuadro ya enmarcado pero cubierto con papel, y al ver mi cara de extrañeza me preguntó qué creía yo que era aquello. Le dije que un cuadro, y él me confirmó que sí, que era un cuadro al óleo que a principios de 1972 le había comprado a un pintor que había expuesto en el Hogar Canario-Venezolano, en Caracas, y que lo que le había gustado de ese pintor paisajista era que en sus óleos usaba tierra del lugar que pintaba. Este cuadro, que él quería regalarme —me dijo—, era un óleo campesino de Canarias, y en ese óleo había, mezclada con el aceite de la pintura, tierra del lugar que el pintor había plasmado en su obra.

Colocó el cuadro sobre una silla frente a mí, le arrancó la envoltura de papel, y se volvió curioso a mirar mi reacción.

Cuadro de JFLa cara que puse cuando analicé el cuadro que muestra esta foto, sobre todo el monte del fondo y las nubes blancas sobre él, le extrañó mucho a José Francisco, pues mi expresión tuvo que ser de una gran incredulidad porque ése fue el sentimiento que me embargó en grado sumo.

—¿Estás seguro —le pregunté— de que no sabes de dónde es ese paisaje?

—Charlie (él solía llamarme así), te juro que sólo sé que es de Canarias, y que creí que por eso te gustaría. Lo he tenido en mi casa durante 30 años pero quiero regalártelo. ¿Es que no te gusta?

—Pues la pegaste, José Francisco, porque ese paisaje, lo creas o no, ¡es de mi pueblo natal! El monte al fondo es La Cumbre Nueva, y la nube blanca sobre ella es nuestra famosa “brisa” comenzando a hacer su aparición. ¡Eso es inconfundible!

Y ahora fue él el asombrado, y hasta el emocionado porque, me dijo, así el regalo tendría para mí mayor valor, lo cual era muy cierto.

~~~

Cuando en 2003 fui a El Paso, con la ayuda de Chepina y guiándome por los detalles de la foto que adrede me llevé conmigo, comencé a ubicarme para tratar de dar con la casa del óleo. Llegamos al Camino Viejo, barrio en el que, de seguro, tenía que estar o haber estado esa casa, pero no terminaba yo de encontrarla.

En el lugar conocido como Los Cuatro Caminos, en el Camino Viejo, entramos en una venta de comestibles, como un abasto, y al mostrarle la foto a la señora que atendía detrás del mostrador, y que supo enseguida quién era yo, ésta me dijo sin más:

—¡Vaya, Carlos, cómo no! Ésa es la casa de Juana Marcelo. La recuerdo bien porque yo me crié en la que está casi enfrente.

Y acto seguido nos explicó cómo llegar —subiendo por el mismo camino, unos pocos metros antes del abrevadero de la Montaña Colorada, a la izquierda— pero también nos advirtió que de la casa, tal y como se veía en la foto, casi no quedaba ya nada.

Efectivamente, una vez en el lugar pude encontrar el punto exacto donde el pintor había colocado su caballete, y desde ese punto tomé esta foto que deja claro que el pintor, haciendo uso de las licencias que le facilita su arte, acercó La Cumbre Nueva a la casa para darle a ésta un fondo, o más bien un marco, de mayor resalte.

Casa del cuadroLo que señala la flecha azul es lo que hoy queda de la casa que ilustra el óleo pintado en 1972, óleo que desde 2002 está colgado en el salón de mi propia casa, no sólo como lugar apropiado para un paisaje de mi querido pueblo, y que contiene tierra de él, sino como recordatorio de que el 05/09/1973 no me tocaba morir.

Gracias, “José Francisco”, por el cuadro y por el accidental disparo, pues de no ser por él, el cuadro no estaría donde está.

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Commentarios

Comment from charo [Visitor]
Time 18/01/2008 at

Vaya historia la que cuentas, parece sacada de una película de intriga. Que cierto es que la realidad supera siempre la fantasía. Saludos. Charo

Comment from Carlos M. Padrón [Member]
Time 18/01/2008 at

Como ya dije, la segunda y última parte, que saldrá el próximo viernes, es más de esas cosas que sólo se ven en las películas de ficción.

¿Y dónde está el doble punto? ¡Cosas de ficción!clip_image001

Comment from Manuel A. Gutiérrez [Visitor]
Time 18/01/2008 at

Estimado Carlos, estoy seguro que Manolo González compartió momentos de nerviosismo y luego de alegría al haber logrado tus objetivos y los de la IBM. Sin duda alguna salvaron a José Francisco de muchas penalidades.

Milena Micaso creo que le escondió el incidente a Jesse Alfonso, al igual que muchos de los que fueron testigos de lo sucedido, por un corto tiempo.

¡Qué historia tan increíble, que no se encuentra dentro de los archivos de IBM! ¡Qué maravilloso episodio en tu vida y en la de quienes lo vivieron contigo! Sobre todo lo sucedido treinta años después. Ese 05/09/73 pudo haber sido tu último día, pero no era tu día para ese fin. El Sr. José Francisco volvió a vivir o renació.

Manny Guty

Comment from charo [Visitor]
Time 18/01/2008 at

Me encantan las historias que acaban bien y el óleo es precioso, tiene una gran fuerza. saludos. Charo

Comment from Silvia de Navarro [Visitor]
Time 21/01/2008 at

Carlos, ¡qué historia tan interesante¡ pero sobre todo resalta tus valores personales e integridad, así como el aprecio por esos pequeños detalles y el amor a tu tierra. Chepina, como siempre, apoyándote en tus vivencias. El regalo de José Francisco me imagino que debe ser uno de los mejores que hayas recibido.

Cariños y felicidad para ambos.

Comment from Carlos M. Padrón [Member]
Time 21/01/2008 at

Pues sí, Silvia, ese regalo tiene para mí un valor especial, no sólo por la imagen del óleo sino por cómo éste llegó a mí. Parece ser una confirmación del dicho de que no hay mal que por bien no venga, o, de este otro que me gusta más: “Nada ocurre por azar”. Hace tiempo que no creo en casualidades.

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